Una vida en un clic

clicNo sé si hace ya dos, tres años o cuánto tiempo exactamente pero, el día que me animé a darme de baja del boletín de noticias por correo electrónico de El País, tomé una buena decisión. Una buena decisión para mí, para mi persona, mi equilibrio emocional, mi forma de pensar, quién quiero ser, cómo quiero levantarme cada mañana.

Lo mismo da hablar de El País que de cualquier otro periódico. La inmensa mayoría de las noticias son un bajón. Un bajón de estado de ánimo, de azúcar, de tensión, de alegría, de vida. Accidentes, fraudes, maltrato, asesinatos, guerras, muertes. Si por lo menos nos enseñaran a tener otro tipo de relación con estas situaciones, todavía tendría sentido permitirme pasearme por esos titulares. Si nos contaran a una edad razonable (no es plan fastidiarse la infancia de antemano tampoco) que la vida es una lotería… Cosa que sabemos pero obviamos, ignoramos. Tema tabú. Si nos dijeran que la vida es REALMENTE una lotería, que caemos como moscas, que hoy estás aquí y mañana no, que en prácticamente todas las familias hay, más cerca o menos, enfermedad y muerte. Si tuviéramos otra visión hacia la muerte; si yo fuera capaz, porque no quiero culpar al exterior, de mirarla de otra manera, tendría una relación más saludable con la vida, con el ciclo de la vida. Podría llamarse “El ciclo de la vida y la muerte”. Tres palabras más pueden cambiarte la perspectiva para siempre. Pero no es así.

El caso es que, no importa los años que pasen por mí, las noticias (entiéndase como las de medios de comunicación genéricos) siguen provocándome una profunda desazón. No me inmunizo ante las tragedias por mucho que sigan el mismo patrón. Me entristecen, me quitan esperanza, me causan vacíos y hastío hacia el ser humano. Y no quiero eso para mí. Aunque eso suponga a ojos de la sociedad convertirme en una “inculta”, no estar al día, no enterarme de qué pasa en el mundo. ¿En qué beneficia a mi evolución como persona “mantenerme informada”? Yo decido de qué informarme. Yo escojo qué ver, qué leer, qué escuchar. Y mi preferencia no son los periódicos ni las crónicas políticas ni los programas de cotilleo.

empatíaNo obstante, hay cosas que, a pesar de mi voluntad por evitarlas, te llegan. Y me resquebraja el alma saber que alguien, que por supuesto no ha sido ni será la única, se ha suicidado a causa de la falta de empatía ajena (en concreto, por la difusión de un vídeo sexual). A alguien le ha superado tanto la situación, las ansias de morbo hacia su vida privada en este caso, que ha optado por quitarse de en medio.

Estoy horrorizada. Me horroriza lo fácil que es provocar que una persona se pierda de sí misma, que alcance tal nivel de desesperación que escoja morir. Desaparecer voluntariamente sin posibilidad de retorno. Solo hace falta una palabra, un cotilleo, un rumor, un mensaje, un vídeo con algo íntimo, inadecuado de compartir, dañino. Por no hablar de las situaciones de acoso intencionado y continuado. Me da verdadero pánico la posibilidad de causar ese daño, de desencadenar un sentimiento así en alguien por una acción mala y egoísta.

Como no podía ser de otra manera, esa noticia me llevó directamente a otra del palo “Suicidios en España”. Estadísticas difíciles de concluir por ser tema tabú. Eufemismos como “accidente” bailando con cifras. Cifras que son personas con vidas, sueños y seres queridos rotos. No niego que es un tema peliagudo, pero eso no justifica tratarlo de pasada. Personalmente, y aunque quizá me embarre por afirmar lo siguiente: trato de empatizar con el deseo de desaparecer. Aunque sacuda mis entrañas, intento aceptar la libre elección de las personas. Tan simple como procurar entender que no todo el mundo quiera seguir aquí, aunque naturalmente asuma que, si no todos, un porcentaje de suicidios podría evitarse de tratarse de otra manera. Y este es uno de ellos.

Nos falta consciencia. Nos falta respeto. Nos falta aplicar sentido común hacia lo que está bien y lo que está mal, que no es más que aquello que provocará gozo o daño en los demás. Hay circunstancias en tonos grises, claro que sí. Pero otras son muy claras. Como compartir un vídeo sexual de otra persona. Blanco y en botella.

Facebook likesHace ya tiempo también que decidí vaciar mi Facebook. Me resisto a quitármelo porque sus puntos positivos me resultan realmente de provecho, como acceder a ciertos grupos y estar en contacto con gente. Así que encontré la forma más sana, para mí, de mantenerlo. La fiebre por limpiarlo me entró tras ver el último episodio de la serie de documentales Hot Girls Wanted: Turn On, en el que se cuenta el caso de una adolescente que reprodujo por una red social, Periscope, la violación en directo de su amiga. Soy incapaz de describir lo en shock que me dejó aquella historia, lo congelada que me sentí durante cada minuto. No es que entrara a saco en detalles escabrosos pero solamente la idea de que las ansias de divulgación y atención pública superen al más puro instinto de ayuda y consideración humanas… Me horrorizó. Era la guinda que me faltaba junto con la proliferación de haters protegidos por la pantalla y la expansión de noticias falsas para negarme a formar parte de ello. Lo respeto, obviamente, cada uno decide en qué utilizar su tiempo. Siempre que no se ataquen los derechos de los demás, que parecen estar colgando de una línea moral muy delgada y, a menudo, vulnerada.

Es curioso cómo, tras la desgracia, se hace el silencio. Vienen el despertar y la reflexión. Cuando ya es demasiado tarde. Así somos, vendiendo almas, las nuestras y las de los demás, por likes y comentarios. Por recibir atención, por sentirnos menos pequeños, por lo que sea que nos transmite tanta euforia interna que nos hace olvidar nuestro poder de destrucción y nos separa de lo que nos hace humanos.

Aprendamos a no ser partícipes ni cómplices de estas actitudes, por favor.

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La agresividad, la culpa y la identidad

Nacidas para el placerNecesito hablaros de lo que me está provocando leer “Nacidas para el placer”, de Mireia Darder con la colaboración de Silvia Díez. Esperaba un libro muy volcado en lo que anuncia el subtítulo en la misma portada: “Instinto y sexualidad en la mujer”, pero me he encontrado con un fantástico análisis de la mujer del siglo XXI. Un recorrido alucinantemente iluminador por su origen y sus características, condicionantes e influencias hasta el punto de ayudarme a entenderme y conocerme mejor a mí misma. Hasta el punto de decir a veces: “¡coño! ¡Por eso me siento así cuando…!”.

Aún no me lo he terminado pero no quiero esperar a finalizarlo para hablar de los puntos que más me han marcado, entremezclados con mis propias sensaciones. Lo recomiendo a las mujeres en especial y a toda persona de cualquier identidad en general. Precisamente, una de sus claves para mí, muy sutil, consistía en los estereotipos de género: cuánta necesidad tenemos siempre de categorizar a la gente. Parece darnos gran inseguridad el no reconocer a alguien en alguno de los papeles de género tradicionales, nos crea desconfianza, nos descoloca, nos confunde. Recuerdo haber visto en algún formulario que podía poner si era “hombre”, “mujer” u “otro”. Supongo que es algo, aunque quizá lo ideal sería no tener que especificarlo para asegurarnos de no excluir a nadie que no se sienta únicamente mujer u hombre. Ahí lo dejo. Por no hablar del otro porrón de etiquetas sociales: padre/madre, soltero/a, etc.

Me agitan los párrafos dedicados a la agresividad femenina, la gran prohibida a pesar de todos los logros del feminismo. Un hombre cabreado transmite carácter, fuerza, poder, ímpetu. Una mujer cabreada se percibe débil, loca, exagerada, histérica. Histeria, esa enfermedad diagnosticada a un incontable número de mujeres hasta el siglo pasado a menudo simplemente por que se salieran de la tónica sumisa y pasivamente sexual. Lo sabemos, conocemos estos estereotipos de género y, aún así, todavía juzgamos a las mujeres mucho más duramente por cualquier comportamiento y, en especial, cuando se muestran, cuando nos mostramos, agresivas.

No sé cuántas veces he oído ya, tras cualquier debate sobre la violencia doméstica, que también hay hombres maltratados de los que no se dice nada. Dentro de mí, reconocía su validez, aunque no me valiera para contrarrestar el espantoso volumen de maltrato hacia la mujer. Lo reconocía como una cuestión relacionada pero independiente, merecedora de su propio capítulo aún por explorar. Me creía, y me creo, que hay mujeres que se comen al hombre porque, sin duda alguna, tenemos poder, fuerza y capacidad para eso y mucho más. Pero me faltaban argumentos para comprender la dimensión de este fenómeno. El libro de Mireia me ha permitido abarcarlo mejor: en una sociedad en la que está tan mal vista y castigada la exposición pública del enfado femenino, ¿cómo se canaliza? Aparte de entre amigas, cómo no, en el seno familiar. Rebosa por todo él por no poder expresarse de otra manera que no sea en la intimidad. Y eso cuando una no se lo guarda para sí misma, en cuyo caso a menudo explotará en cualquier momento y encima te tildarán de desequilibrada. Ojo: ningún maltrato está justificado. Pero siempre es interesante investigar sus orígenes, sobre todo con el objetivo de comprenderlos mejor y resolverlos.

Espectacular, espectacular alumbramiento. ¿Cómo no me he dado cuenta de ello antes? Pues claro que reventamos con quienes más queremos: no nos dejan hacerlo fuera. Generaciones y generaciones de mujeres marcan nuestro camino y genes, que son perfectamente modificables a través de los comportamientos, para sobrevivir sin hacer ruido, sin llamar la atención. Para encajar en una sociedad en la que no hemos creado nuestra propia identidad sino que nos hemos acoplado a la vida y derechos de los hombres. Hemos conseguido trabajar y ahora no solo debemos ser esposas y madres perfectas (porque claro, sin hijos, ¿qué mujer está completa?) sino también triunfar profesionalmente, cultivarnos y tener cuerpos irreales, generando un cansancio e insatisfacción continuos, estrés y depresión, marcas personales del momento presente junto con la necesidad de no parar nunca, de estar siempre haciendo “cosas productivas”. Hemos olvidado la importancia de pisar el freno, disfrutar y compartir, anulada por las ansias de competitividad y de ser mejor que los demás.

Defendemos la libertad sexual de la mujer y seguimos llamando, a ellos, ligones; a ellas, putas. Putas, guarras (y sus diminutivos, “putillas”, “guarrillas”), inconscientes, descarriadas, viciosas, enfermas, adictas. Esto abre paso a otra gran protagonista de nuestras vidas: la culpa. Esa culpa que ahoga a muchísimas compañeras a la hora de experimentar físicamente con otros y consigo misma, si es que consiguen lanzarse para mantenerlo en la clandestinidad. Esa culpa que convierte a víctimas en culpables y no les permite reintegrarse en la sociedad tras sufrir salvajadas sexuales. Absurdo. Injusto. Arcaico y, a la vez, muy actual. Consecuencia de la invasión territorial de civilizaciones patriarcales, de dominación masculina, que han destruido la conexión entre la mujer y su propia fuerza, temerosos de ella. ¡Basta ya de sentirnos culpables! No solo por nuestra sexualidad, sino por todo. Por “no cumplir” con los demás, sus expectativas, sus antojos, sus exigencias. Encontremos nuestro propio sitio, con nuestra agresividad y nuestra mayor capacidad emocional. Nada nos falta, nada nos sobra.

Si una mujer se dedica a sus hijos, le falta ambición. Si una mujer elige su desarrollo profesional, está incompleta, “se quedará sola y desamparada”, “ya le saldrá el instinto maternal”. O no, joder, ¡o no! Y es lo más respetable del mundo porque esa persona solo está tratando de ser quien verdaderamente es, lo cual no debería encarnar una lucha interna y externa. Por otra parte, no me olvido de que si a un hombre le diera por volcarse en sus hijos, también sería tachado, en este caso, de “poco hombre”, de “calzonazos”, de débil. El patriarcado es problema de todos y muchos no se dan cuenta de esto, se piensa que es una lucha que solo pertenece a las mujeres.

Cada persona necesita hallar su propia identidad, definida o no por los estereotipos de género, y comportarse en base a ella para no perderse a sí mismo. El camino de las personas transgénero es un brutal ejemplo. ¡Cuánto dolor debe provocar sentirse en el cuerpo equivocado! Nos criticarán, nos juzgarán, nos pegarán, nos matarán. Pero, poco a poco, iremos ganando terreno, cada persona y la identidad que le corresponda. Qué bonito será el día en que cada cual se mire al espejo sin miedo, sin entrar en comparaciones autodestructivas, con amor propio y seguridad en sí mismo. Aquí estoy yo. Sin ánimo de cambiarme. Sin temor a mostrarme tal y como soy. Y respetando a los demás exactamente de la misma manera.

Buscandomipasion.home.blog

Sí, esto está pasando: ¡un nuevo blog!

Me avergüenzo y me descojono a partes iguales viendo la entrada que publiqué justo antes de esta, hace seis meses, de la que se puede concluir que desistí de profundizar en la búsqueda de aquello para lo que se supone que estoy hecha, aquello que me haría levantarme por la mañana por algo y no por sistema. Volví a dejarme caer en la duermevela cotidiana, en el trajín de lo mundano.

Pero la inquietud, el vacío, el ansia que se asoman por las esquinas de ese limbo no te dejan en paz por mucho tiempo, así que he decidido que es hora de inventarme una meta, ya que no se me pone por delante por sí sola, como es lógico por otra parte. Ya que me doy cuenta cada vez más de que, con objetivos por delante, sí o sí ves tu existencia de otra manera que si simplemente te dejas llevar y “vas viendo lo que pasa”. La psiquiatra Marián Rojas dice en esta conferencia: “Piensa en grande y actúa en pequeño”. ¡Oído cocina! A falta de una pasión por meta, mi meta, por ahora, es buscar esa pasión.

No quiero enrollarme aquí sobre mis motivaciones para crear este nuevo blog porque, para eso, mejor que lo sigáis vosotros mismos si os interesa. Ojo, un par de puntos:

  1. No estoy pasando por una, objetivamente hablando, mala etapa vital ni nada parecido, simplemente me gustaría rellenar la vida estándar de española emigrante y cuasi-treintañera que tengo de un sentido lo más elevado y satisfactorio posible. Que yo decida mi destino, no el azar.
  2. Esto no es un adiós, por supuesto Maria Dixit seguirá aquí plantado para cuando la inspiración me llame impulsivamente, que es así como siempre ha funcionado, y quizá el motivo por el que se ve cada vez más abandonado, el pobre. Simplemente, desde este momento, tengo una misión añadida.

Sí que tomaré un momento para poneros un poco al día. A grandes rasgos: ya llevo poco más de dos años en Berlín, capital que me ha dado bellísimas cosas pero de la que me despediré el próximo enero a raíz del fin de mi contrato laboral (no hay dolor, dos añitos seguidos en atención al cliente van que chutan) y de la vuelta de mi pareja a su país de origen: Francia.

Mientras que la tierra de los vinos y los quesos se prevé como mi próximo destino donde, una vez más, habrá que buscarse la vida, cabe destacar que mi primera parada oficial tras la capital alemana será Jerez de la Frontera, mi ciudad natal. Nada como regresar al origen de todo para reorganizarse como Zeus manda.

Nos seguimos viendo por aquí y por https://buscandomipasion.home.blog/, que también está en Facebook.

buscando mi pasión cabecera

Cuando no encuentras “tu pasión”

Tony RobbinsAcabo de ver un documental bastante inspirador llamado “Tony Robbins: A Date With Destiny” centrado en la actividad profesional del señor del título que consiste en, digamos, ayudar a otros a encontrar su camino, a darse cuenta de qué es lo que les está impidiendo avanzar y qué hacer para superarlo. Más o menos. Entre todas las actividades de coaching a las que se dedica Tony, esta producción cubre un evento anual que se basa en una especie de convivencia con talleres temáticos, dinámicas de grupo, etc., de una semana de duración y que cuesta unos €5000 euros (no estoy segura de qué incluye y qué no).

Tras ver el docu, estoy segura de que a los asistentes a la convivencia les habrá servido con creces la experiencia, pero me alegro de que hayan lanzado la película porque, con ese precio, pocos nos íbamos a enterar de la labor del buen hombre. Si aún no se os ha pasado el susto por el coste del programita, recalcaré que la historia transcurre en Estados Unidos, donde servicios como este, y de otros muchos tipos, cuestan un coj*n y medio. ¡Bienvenidos a la tierra de las oportunidades!

Pero la idea no es hablar de los sablazos económicos americanos, sino del tema que pone sobre la mesa: resolver cuentas pendientes emocionales, encauzar nuestros caminos, crearnos metas, encontrar nuestra identidad y entender que todo lo que nos ha pasado nos hace como somos y, por tanto, hay que dar gracias por ello con amor.

Mira que estas cosas me conmueven en el momento y hasta me las creo, las siento y me entra el gusanillo de poner esa filosofía en práctica en mi vida. Pero eso es un curro psicológico diario en un mundo en el que me cuesta mucho aceptar las perrerías humanas y, desde un punto de vista, por supuesto, egoísta, en el que, oh dios mío… ¡No encuentro mi pasión! Y no estoy segura de hasta qué punto tengo que encontrarla o me han vendido que debería encontrarla. Supongo que es una forma poética de fomentar que nos busquemos objetivos, metas, razones de ser, causas en las que volcarnos para mantenernos motivados, para ver esa chispa a la vida, para no marchitarnos de aburrimiento, hastío y asqueamiento. Sí, esta versión me gusta más. A mí. Cada uno que se busque la que le sirva, que no todo el mundo se va a regir igual.

Y, sin embargo, aquí me veo, con las carnes abiertas tras ese torrente espiritual e incitador inyectado por mi adorado Netflix, intentando desesperadamente dilucidar qué me pide el cuerpo hacer para satisfacer esas ansias auto-realizadoras. Y, sinceramente, el cuerpo me pide más bien poquito. Como mucho, una duchita. Así que, tras el fracaso del cuerpo iluminador, he pasado a intentar forzar a mi mente a hallar aquello que haría de mi existencia algo realmente significativo o, al menos productivo. Las primeras candidatas, de rollo más artístico o intelectual, han sido escribir algún relato o seguir con un curso online sobre liderazgo. Tras rechazarlas por pereza máxima, se me ha venido la idea de salir a caminar y a comprar el pan, o escribir en el diario, o cocinar algo guay… La cosa se ha quedado en lavar los platos y navegar por internet cual zombi.

¿Por qué no ha funcionado? Supongo que porque todo lo pensado son deberes y responsabilidades inventados por mi cabeza y que no pueden estar ya más cocidos, rebozados y recalentados en el patio de mis neuronas veintinueveañeras. Porque no me acaba de salir aquello que se supone que ha de brotar de mi mismísima alma, y no sé si saldrá. Que sí, que una no se topa con el sentido de su vida en cuestión de dos horitas, pero no me acaba de convencer tanta paja mental en torno a la felicidad que nos espera una vez demos con ello porque creo que se trata del camino. Con una meta, sin duda, pero del camino, sus tropiezos y sus logros. Y nos están educando para mandar a tomar por saco el camino y priorizar la valía de los triunfos, que están muy bien pero, al volverse el núcleo de la felicidad, crea una insatisfacción terrible.

A ver, obviamente me alegro un montón por todos aquellos que encuentran una pasión, pero empiezo a ver el mundo un tanto sobrecargado de tanta reflexión y psicoanálisis derivados en exigencias existenciales, y no me parece bien vivir con esa presión constante de tener que encontrar por coj*nes la respuesta definitiva. Justo en una parte del documental, al personaje de interés en cuestión le preguntan en qué momento vivió su “despertar”. Él, de manera muy acertada, en mi opinión, comenta que no ha habido un único momento determinante, sino una buena cantidad de ellos a lo largo de su vida. ¡Equilicuá!

En fin, no os preocupéis, que basta con que publique esto para que, al rato, vuelva a estar yo en modo (léase con voz épica) EN BUSCA DE LA PASIÓN PERDIDA (o pasiones, ¿quién dice que hay que tener solo una?). Y, si no, tan a gusto que me he quedado quitándome de en medio la pila de platos por fregar.

Fragmento de la novela Demián, de Hermann Hesse

Fragmento de la novela Demián, de Hermann Hesse

¡Un año en Berlín!

Cuando me preguntan si me gusta Berlín, me quedo dubitativa. Tras pasar por varios lugares, necesito preguntas más específicas.

¿Me gusta la ciudad? He recorrido algunos de los típicos sitios turísticos e históricos, lo cual siempre es muy interesante, pero me imagino asentándose en otro tipo de ciudad. Demasiado extensa, oscura, con obras constantemente, con un clima muy desagradecido, con un idioma que nunca me planteé aprender y con buena parte de actividades culturales que, consecuentemente por la ignorancia del idioma, no puedo entender. Culpa mía, totalmente reconocida. Calculo que mi estado actual cuerpo-mente empieza a anhelar un lugar de residencia más permanente y que me aporte esas cosas que te apetecen más cuando te vas “haciendo mayor”.

¿Me gustan los servicios de la ciudad? Sí. Salvando las distancias, tengo supermercados a mano y los servicios fundamentales, un seguro médico integrado en la nómina al estilo de España, no abusivo como en Estados Unidos; unos precios generales asequibles, provocados por una ciudad con recursos inesperadamente más humildes, a pesar de ser la capital, que otras del país como Munich, Hamburgo, Francfurt, Stuttgart, etc., bastante más ricas y caras. Mejor no hablar de la gastronomía nacional, pero eso sí: Berlín ofrece un buen abanico de restaurantes de todo tipo.

currywurst

¡Currywurst!

¿Me gusta el idioma? En verdad, ¡no me disgusta! Cuando llegué hace un año y me apunté de inmediato a una escuela para estudiar el A2, tras haber estudiado el A1 durante el verano en Jerez, me di cuenta de que no era tan complicado. En el sentido de que no era el chino que me esperaba, una cosa totalmente opuesta a lo que me resulta familiar.

Aparte de sus famosas declinaciones, que no es momento de tratar de explicar ahora, la gramática no deja de tener una lógica similar a la nuestra, y muchas palabras se asemejan a sus homólogas en inglés y en francés. Si percibiera que mi estancia fuera a durar un tiempo relevante, seguiría con ello, pero a estas alturas de la vida tengo otras prioridades e intereses. No vine por el país ni su idioma, vine porque aquí destinaron a mi pareja y mi objetivo era ganarme las papas. ¡Dicho y hecho! Es más, si he de aprender un idioma, antes va el francés.

No obstante, jamás se me ocurrirá exigir a los alemanes que me hablen en inglés ni daré por hecho que el país entero sea bilingüe, porque no es así en absoluto. Estando aquí, lógicamente el esfuerzo por integrarme depende de mí, y ante todo hay que respetar la cultura nativa, sus costumbres y su forma de vivir y de pensar. ¿Estaría más a gusto si hiciera un mejor clima y el estilo de vida se pareciera más al español o al francés? Seguramente. Pero esto no es España ni Francia, aspecto muy importante de asimilar cuando se visita o se vive en un lugar que no es el de origen. Para no explorar con la mente abierta y quejarse de todo lo que es distinto, mejor no salir de casa.

puerta Brandeburgo Berlín

Puerta de Brandeburgo

¿Me gusta la gente? ¡Berlín es un popurrí de culturas! Me he relacionado con muy pocos nativos y mi trato habitualmente ha sido cordial, nada que destacar. No me gusta generalizar, así que, a falta de integración en este aspecto, mejor no decir más, al menos en cuanto a los alemanes. Disfruto mucho de mis ámbitos sociales, basados en algunas amistades individuales y mi equipo del trabajo, formado unas 14 personas y nueve nacionalidades distintas, ¡para que os hagáis una idea!

Lógicamente, el encontrarme con este tipo de ambiente multicultural también lo provoco yo misma ante la necesidad de trabajar y la limitación del idioma, ya que naturalmente en Berlín la mayoría de las empresas estarán formadas por trabajadores alemanes.

Torre de Televisión

Torre de Televisión

¿Me gusta mi vida en Berlín? Dejando de lado la fecha incierta de caducidad de esta etapa, sin duda. Por primera vez, los típicos pilares de la vida están en un equilibrio fantástico: tengo un trabajo aparentemente más estable, que me permite sobrevivir e incluso ahorrar un poco, con unas condiciones laborales bastante buenas y un ambiente estupendo, al menos con mi equipo, y tal vez con posibilidades de crecer.

Y soy muy, muy feliz sentimentalmente y con la práctica de una existencia simple. No necesito muchas reuniones sociales (unas pocas sí), fiestas, viajes, evasiones de la cotidianeidad. Llegar a casa tras el trabajo, cenar algo rico y ver una serie o película con mi pareja es una de mis actividades favoritas. O leer mientras él hace cualquier otra cosa a mi lado, o tomar un café con un amigo y conversar, o pasear por la ciudad, o cenar un día cualquiera en un tibetano con una compañera de trabajo, y así con múltiples ejemplos igual de sencillos. La ausencia de necesidad, más allá de las básicas lógicamente, hace tu vida maravillosamente completa.

¡Con lo que yo era! Me dicen, me digo. Supongo que he agotado las reservas de vida nocturna y viajera, al menos por una temporada. Muy divertidas pero muy agotadoras y volubles. En estos tiempos, me interesa más mirarme de frente y examinarme, conocerme, cultivarme, cuidarme.

Berlín, siempre estaré profundamente agradecida por lo que me has dado, por lo que me das, y me aseguraré de aprovecharte al máximo. No tengo ni idea en este momento de cómo se sucederán los acontecimientos, para no variar, pero sí que hay una diferencia, y está en la sensación de estar avanzando de manera más determinada y satisfactoria en la dirección correcta, personal, laboral y espiritualmente.

Cómo espantar a un cliente en dos segundos

atención al cliente 2¿El cliente siempre lleva la razón? No. Por supuestísimo que no. Pero de ahí a hacer sentir al cliente como si no tuviera ni pajolera idea o estuviera cometiendo una atrocidad con lo que te está pidiendo, hay un paso. Obviamente habría que ver en profundidad el tipo de producto o servicio que ofrece el profesional y el tipo de petición que el cliente le está haciendo. Pero creo que todo se puede explicar de manera que el cliente comprenda el punto de vista desde la experiencia y no salga espantado, a menos que la intención sea precisamente esa por parte de la empresa o profesional individual.

¿A qué viene esto? Pues se debe a que recientemente he pasado por una vivencia considerablemente incómoda, en concreto en una peluquería. Reconozco que casi siempre que pido que me escalonen el pelo con la primera capa a la altura de la ceja, cosa que llevo haciéndome desde hace años, a los peluqueros parece chirriarles un poco esa petición. Se resisten, siempre quieren dejarla más larga, con el resultado del perímetro de pelo en torno a la nuca más abultado en lugar de todo el cabello uniforme desde lo alto de la cabeza hasta las puntas, lo cual me da una rabia tremenda y por ello procuro describir en detalle lo que quiero.

Si bien estoy familiarizada con la reacción de los peluqueros, la de esta vez me dejó patidifusa nada más explicar lo que quería. “¡Eso va a quedar horroroso!” me soltó de inmediato. Como una, a pesar de estar en edad más que adulta, se sigue quedando con cara de pez cuando le pillan desprevenida, traté de explicar humildemente en mayor profundidad el motivo de mi preferencia en medio del brutal impulso de salir de allí por patas. Bueno, pues durante la media hora que estuve allí, corrieron perlas del tipo:

  • ¡Yo eso no te lo hago!
  • ¿Alguna vez te han cortado la capa así? (Sí) ¿¿Por la ceja?? (Sí).
  • Es que venís y pedís cosas como si todo se pudiera hacer…
  • ¿Te corto más? (Sí). ¡Pues no digas que te lo he hecho yo!

A mí me tenía que tocar, que ni siquiera me gusta ir a la peluquería, que voy por pura necesidad. Flipando en colores me quedé, no tiene otro nombre. Supongo que mi actual puesto en atención al cliente me da aún más perspectiva sobre el trato tan reprobable que me proporcionaron. Sin duda ella sabrá muchísimo más de peluquería que yo, pero me da que de marketing y atención al cliente, poco.

Además, vamos a ver, ¿estilos de pelo horribles? ¿Quién decide eso hoy en día, con la cantidad de peinados de todo tipo que rulan por el mundo? Me parece algo tan extremadamente subjetivo que alucino con que una peluquera se escandalice. ¿Se planteó en algún momento cómo me sentarían sus palabras, ya no solo como clienta sino como ser humano? ¿Será consciente de la crucial repercusión que tiene su servicio de cara a mi experiencia, a cómo la transmita a otros y a mis ganas de volver o de recomendarla? Lo increíble es que al final me cortó como deseaba, con más razón para preguntarme: ¿era necesaria aquella pataleta quejicosa gratuita?

peinados

Pongo el ejemplo que se me pasó por la mente: una servidora trabaja en atención al cliente en Booking.com, plataforma de encuentro entre personas que buscan establecimientos para viajar por cualquier motivo (placer, trabajo, etc.) y aquellos que los ofrecen. Específicamente asesoro a este último tipo de cliente, el cliente-colaborador, el que ofrece el alojamiento, que puede ser un hotel de cinco estrellas, un bed & breakfast o un apartamento particular, entre muchas otras categorías.

¿Qué pasaría si le dijera a un cliente, por ejemplo, que “con sus fotos espantosas no iba a hacerle una reserva nadie en su vida”? ¿O con sus “precios abusivos”? ¿O reprocharle que alquile su alojamiento en determinadas estaciones y no todo el año? Absurdo. ¿Habrá formas y formas de expresar hacia un cliente de manera muy educada y positiva, aunque clara y determinante cuando haga falta, cómo hacer las cosas mejor, y aceptar sin resistencia la decisión final de ese cliente, si acaso puntualizando que sería su responsabilidad para cubrirse las espaldas?

enfadoVolvemos a lo mismo: cada gremio profesional tiene sus técnicas, procesos, posibilidades y tipos de clientes. Lo que vengo hoy aquí a recalcar es que no nos damos cuenta de cómo cada una de nuestras palabras puede influir de manera fulminante sobre el estado de ánimo de una persona, y por supuesto sobre su percepción de nuestro servicio, y más si se trata de su primera vez con nosotros.

Independientemente de la fuerza mental de cada uno para asumir los golpes de la vida, nuestra actitud para con los demás cuenta, y mucho. Cada contestación, comentario, queja, piropo, reclamación, insulto… Se impregna como un chicle a la suela de un zapato, y no todo el mundo es capaz de sacudírselo con la misma rapidez. A menudo, las sensaciones negativas provocadas por comentarios ajenos duran horas en retirarse de nuestra mente. Si todos fuéramos más responsables a la hora de canalizar nuestras opiniones o argumentos hacia los demás, evitaríamos mucho dolor, mucha pérdida de tiempo dándole vueltas a algo dañino.

No os preocupéis, no me afecta para nada la actitud de aquella peluquera, pero me chocó y no me parece adecuada. Aprecio como la que más la naturalidad, la espontaneidad, la sinceridad. No los rapapolvos gratuitos. He llegado a tener a una clienta llorando al teléfono porque otro agente le había tratado mal. Desconozco lo que ocurrió a ciencia cierta, por lo que no soy quién para juzgar; solo sé que, de manera consciente o inconsciente, se le había herido y necesitaba mi apoyo y ayuda. Para ofrecer un servicio al público, hay que tener paciencia y empatía. ¿No eres el profesional, el que sabe del tema? Entonces, compórtate y explícate como un profesional, no como un cateto chabacano y engreído. Y trata bien a la gente, no como si fueran unos ignorantes. Te lo agradecerán.

atención al cliente

El feminismo es necesario. Y la educación, mucho más

Cielo gris, lluvia intermitente. El clima se ha levantado del mismo humor que yo, al igual que anoche al salir de casa a tomar algo se mostraba sorprendentemente agradable, bajo el abrigo por supuesto, al compás de mi ilusión por reunirme finalmente con mis compañeros del turno de tarde, con horarios más complicados para coincidir.

Berlín es muy oscuro, o al menos la zona por la que me asomé al salir del metro sobre las 22:00. Tenía tiempo, así que me dediqué a explorar la calle para localizar la parada de autobús que me convenía para volver. Poca gente, sensación de alerta activada. Euforia interior al localizar la parada y seguidamente encontrar el bar propuesto, oscurísimo por dentro también. Nos quedamos fuera, había menos ruido y no se estaba mal.

Me lo pasé muy bien. Charlamos, bromeamos, nos reímos. Dibujé en mi mente las nuevas experiencias que me estaban transmitiendo, vivencias pasadas, opiniones, visiones del mundo, permitiéndome conocerles un poco mejor, saboreando esa feliz agitación de profundizar emocionalmente con potenciales amistades futuras.

Entonces, llegaron las 2 de la mañana, junto con la evidencia de que mi casa era la más lejana del área, y de que no había comprobado correctamente el horario de los autobuses. Esperé unos 20 minutos. Llegó un autobús de dos pisos y me puse en primera fila en la planta superior, rememorando mi época londinense. ¡Cuántas veces regresé a casa tras salir de fiesta! Una hora de vuelta en la capital británica; 45 minutos aquí la pasada noche. El camino procedió con normalidad, y con la cierta impaciencia que suele acompañar a las vueltas a casa, in crescendo conforme me hago mayor y me decanto definitivamente por la vida diurna más que por la nocturna.

De la parada del autobús a mi casa hay apenas cinco minutos a pie, incluso menos. Y, hasta que no abrí la puerta exterior del edificio, no me di cuenta de que me seguía un hombre. Mi impulso fue empujar la pesada puerta para cerrarla pero él puso su mano sobre ella y, por una milésima de segundo de duda en cuanto a si viviría allí, le dejé entrar. Su reacción inmediata fue hablarme, haciéndome caer inmediatamente en que no cerrarle la puerta en las narices había sido un error.

Le digo una primera vez que me deje en paz. Se aproxima y hace el gesto de abrir los brazos como para coger mis manos mientras sonríe, ignorando mi total y repetida negativa e incluso arrinconándome en una esquina del portal interior. Insistencia. Mucha. Demasiada. Frena cuando empiezo a hablar más fuerte, aunque no acaba de largarse. Me escurro sin dejar de decirle que no, que me deje en paz, que se largue. No sé si me entiende al hablarle en inglés y él a mí en alemán pero en ese tipo de circunstancias sobran las palabras, los gestos y la expresión facial lo dicen todo… a quien quiera escuchar. Allá por la quinta o sexta vez, por fin agarra el maldito picaporte y se marcha, aún a tiempo de que mi pareja se asomara por la puerta de casa y saliera a decirle que llamaría a la policía.

Todo fue muy rápido, casi no me dio tiempo a sentir miedo entre la sorpresa y la repulsión. El problema es lo que ha venido después: la conciencia plena sobre la realidad que expone ese hecho, la fuerza con la que la imagen se está paseando una y otra vez por mi mente, y el temor innato. Por mí, por mi género, por la lacra que llevamos tatuada en la cara, en el cuerpo, solo por haber nacido mujeres, o cualquier otra identidad que no coincida con un hombre blanco heterosexual en realidad. No se puede rebajar al argumento feminista, ni a ningún otro que defienda derechos humanos, clasificándolo de tontería, de innecesario, de exagerado, de “feminazi”, con la barbaridad de afrentas que suceden día tras día, desde el “simple y breve” acoso que sufrí en carne propia ayer hasta los crímenes más graves.

Sinceramente, hoy en día no me importa que un hombre abra una puerta y me deje pasar primero, no necesito que en los discursos se diga “ciudadanos y ciudadanas”, no creo que siempre que un chico mire a una chica, el acto suponga una situación machista. Comprendo la importancia de prestar atención a estas y muchas otras actitudes pero antes, mucho antes, hoy en día, lo único que quiero es respeto como persona y ser humano. Lo demás vendría consecuentemente de manera natural, o al menos más fácilmente, desde mi punto de vista, partiendo de una base tan lógica y fundamental como la del respeto y la tolerancia a los demás.

Y, para difundirlos, hace falta llevar a cabo una labor de re-educación intensa y exhaustiva, no solo desde las asociaciones feministas y de todo tipo centradas en los grupos desfavorecidos, como si fuera algo en lo que no debiéramos contribuir todos, ni solo desde la intimidad y el ambiente familiar de cada uno, sino desde los colegios, institutos, universidades, gobiernos, múltiples instituciones locales y globales. Sin esto, sin una intención y puesta en práctica conjunta y unificada por expandir el respeto y la tolerancia, los detalles cotidianos son muy difíciles de pulir. La historia nos enseña que los cambios llevan mucho, mucho tiempo. Cuanto más significativos, más tiempo y dolor conllevan. Y van paso a paso. Y empiezan por el principio.

Porque, que alguien me diga: ¿qué maldita necesidad tengo de sentir miedo? ¿De que me persigan? ¿De que me insistan? ¿De que alguien se crea con el derecho de abordarme en el portal de mi casa? ¿De creerse que me pueden arrinconar, que me pueden tocar? ¿De que mi novio me tenga que abrazar durante minutos mientras me tiemblan las piernas? ¿De levantarme pensando en apuntarme a clases de defensa personal y comprarme un spray anti-violadores? ¿De no querer volver a salir tarde nunca más? ¿De arrepentirme de ponerme medias en lugar de vaqueros? ¿De encontrarme en el resumen del periódico que los títulos más leídos de las últimas 24 horas han sido “En el Hormiguero no son los únicos: Scarlett, ¿llevabas bragas en el rodaje?” y “La policía apunta al robo como móvil del asesinato de un bebé y la violación de la madre y la hermana en Mexico”? ¿De enterarme un día de buena mañana que a un amigo un grupo homófobo le ha pegado una paliza? ¿De que maten a docenas de gais y lesbianas en una discoteca? ¿De que un fanático haya decidido arrollar a quien pillara con un camión? ¿De que un hombre sea asesinado por ser negro? ¿De que a una chica un imbécil le dé una patada sin venir a cuento mientras baja las escaleras del metro haciéndole caer de bruces? ¿De que en Rusia mueran cada año 14.000 mujeres (que se sepa) por agresiones machistas y encima conviertan estas en “faltas administrativas” en lugar de delitos porque “¿cómo se va a mandar a alguien a la cárcel por una torta?”?

La educación y el respeto es cosa de todos, y no funciona limitarnos a intentar transmitirlos lo mejor que podamos en nuestra propia casa. Pero tampoco sé qué cojones hace falta para que se tome como un asunto de prioridad universal.

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