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Camino


Poco antes de comenzar estas vacaciones, cogí un taxi que me llevaría desde el pueblo donde habito durante el curso universitario hasta la estación de Atocha (Madrid). El taxista era mayor pero simpático, enrollado, como con interés casi paternal y, al menos aparentemente, un talante noble, educado, sincero, rozando el cariño pueblerino. Un agradable viejete a poco de jubilarse, vamos.

Pues estuve charlando durante todo el camino con él. Vale, fueron unos 15 minutos, pero muy bien echados. Un comienzo bonito del viaje a casa. Después de haberlo celebrado en la capital en todos los sentidos (fiesta, buenas compañías, un cine y un caro pero estupendo almuerzo en un japonés), qué menos que tirar para la propia tierra, donde una se siente realmente a gusto.

Total, que el señor taxista tenía más arrugas que un Shar Pei pero unos ojos verdes preciosos que me engancharon el doble a la conversación y a sus palabras de camionero retirado que se ha recorrido el país tropecientas veces.

Y esta situación la he relacionado con lo que me dijo un chico que conocí hace poco, y cuya idea consistió en que no importa lo guapos o feos que seamos porque todo se va a la mierda, es decir, envejecemos, maduramos, incluso la expresión se endurece. La belleza dura muy poco… pero lo que se mantiene, lo único que permanece a través del tiempo, me dijo, es el color de los ojos.

¡Bienvenidos a mi blog!

María González Amarillo.

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