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Camino de Santiago (III), 7 km más allá de Ribadeo-Lourenzá


Si pongo “7 kilómetros más allá” es porque no recuerdo ni apunté el sitio exacto donde estábamos tras recorrer aquel inesperado tramo de más para ser el primer día.

Segunda etapa: “Ribadeo”-Lourenzá. Domingo 18 de julio, 6 de la mañana en pie. No sé cómo definirla. Mortalita, quizá, por no llamarla oficialmente La Muerte. Toda la marcha transcurrió por carretera, es decir, con los pies sobre el asfalto, ardiendo, latiendo, chillándome hija de la gran puta incluso, al menos en mi imaginación (no me extrañaría, vaya forma de tratarlos a los pobres). F declaró abiertamente que no había venido a joderse las piernas.

En realidad, el paisaje resultó mucho más bonito que el del día anterior (exceptuando los 5 minutos de costa), pero de nuevo confirmamos que los asturianos no tienen ni puñetera idea del camino, a mí me vino la regla y sufrí la “presión agónica” otra vez, aparte de la presión nada psicológica de unos intestinos sensibles, o bien preparados para actuar justo cada puñetera mañana en mitad de la marcha (menos mal que solo fue una falsa alarma por dos o tres días seguidos)… Pero bueno, llegamos, almorzamos en un bar con wifi y con un ordenador de la época de cromañón (combinado de escalopes de pollo, ensaladilla y patatas, seguido de piña y un minimilk, un polo de 60 céntimos) y lavamos la ropa. No tenía palillos así que colgué las bragas esperando que no se me volaran y acabaran tiradas en el césped. Naturalmente, al cabo de las horas me las encontré en el suelo, no podía ser de otra forma.

Siesta de los chicos, durante la cual me dediqué a quitarme las primeras ampollas (de muchas que vendrían después) y a escribir en el cuadernito sentada en un banco enfrente del albergue. Este era amarillo y con arquitos, estaba gracioso. Momento de reflexión. Hasta entonces no habíamos conocido a nadie, aparte de encontrarnos con un par de chicas ese día, con tres personas el anterior, una apodada la mantis (vaya piernas más largas), con unos militares con los que no cruzamos palabra, con un madurito que se apareció en aquel primer albergue de 12 plazas en calzoncillos felizmente por la puerta de entrada y un italiano rastoso que no estaba haciendo el camino ni iba a quedarse allí, solo usó las duchas y estaba de paso y se ganaba la vida haciendo malabares para viajar. Total, que me había acostado contenta pero me di cuenta de que probablemente cada día pasaría por todos los estados de ánimo posibles y extremos, en vistas del par de días que llevaba, o mejor dicho, día y medio.

Cuando se levantaron los niños, dimos un paseo. Indescriptible el placer de poner los pies en remojo en aquella agua helada que casi dolía. Entonces por la tarde, sin nada que hacer, dio comienzo la auténtica organización de la tagarnina del siglo y de la historia del camino de Santiago, y en año Xacobeo dicho sea de paso: deserción brutal del camino del norte y huida al homólogo francés. ¿Por qué? Porque sí. Por que no había ni Dios, (bueno sí, el gallego casi sesentón del albergue de 12 plazas con capacidad para hablar durante horas sobre sus experiencias y sabidurías sin dejarte intervenir), porque si pisábamos dos metros más de asfalto se nos iban a derretir los pies, porque hasta el paisaje era soso y en fin, para ser los primeros en crear el “camino gitano”, vaya.

Miramos autobuses, buscamos números de contacto a través de mi móvil, porque aquel ordenador del bar parecía creado para ser protagonista de la segunda parte de 2001: Odisea en el espacio, y cuando ya teníamos claro los enlaces y tal, seguíamos teniendo unas largas horas por delante. ¿Qué podíamos hacer? Pues por lo pronto permanecer en el bar, V y A pimplarse una botella de vino, yo un par de Estrellas de Galicia, F aprovechar el internet y nada, cenar y volver al albergue, donde echamos un último rato muy placentero charlando y comenzando a escribir en el “diario del camino” de A.

Ya no me comía la cabeza. Tampoco lo había hecho mucho antes pero sí daba vueltas en torno al viaje, a alguna persona que había dejado atrás, sobre todo en la ida en coche el viernes no había parado de danzar por mi mente… Y ahí se había quedado por fin, sin pensarlo ni plantearlo, para dar paso definitivamente a la nueva aventura y al disfrute del más inmediato presente :D. Entonces comencé a divisar poco a poco el espíritu peregrino.

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