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Archive for 31 marzo 2011

Mundano

mundano, na.

(Del lat. mundānus).

1. adj. Perteneciente o relativo al mundo.

2. adj. Dicho de una persona: Que atiende demasiado a las cosas del mundo, a sus pompas y placeres.

3. adj. Perteneciente o relativo a la llamada buena sociedad.

4. adj. Que frecuenta las fiestas y reuniones de la buena sociedad.

Fuente: RAE.

Me encanta la segunda acepción, sobre todo por la palabra “pompas”. Exactamente en eso estamos sumidos, en una brutal cantidad de pompas mundanas, de burbujas personales, que no nos dejan mirar más allá. ¿Dónde ha quedado el universo de las ideas y de las inquietudes intelectuales de alcance global? Se extinguen poco a poco entre las zarpas del egocentrismo, del yo, del ego.

Víctimas por todos lados y por todos los motivos. Unas más reales que otras. Bastantes fingidas. Muchísimas acalladas y clandestinas en interiores tormentosos que reniegan el dar pena por encima de su orgullo. O que saben que, de exteriorizarlo, no serviría para absolutamente nada, o incluso empeoraría su situación. Pero cuando algo o alguien está realmente mal, en teoría se ve, ¿no? ¿Y el límite? ¿Quién está peor? Lo único que sé es que yo no, y creo que puedo distinguir más o menos. Pero más o menos no basta. No aquí, ni ahora, ni nunca más.

Paraíso (o infierno) terrenal versus… ¿versus qué? Está todo tan relacionado, aunque tan dispar lo tangible del raciocinio, que no encuentro ni los términos adecuados. O lo más coherentes posible desde mi punto de vista. Ni siquiera es el otro extremo ni lo contrario, se trata de… ¿el simple acto de pensar con lógica? O reflexionar sobre lo que no está exclusivamente en torno a tu diminuto espacio de posesiones y relaciones de relevancia=0 para el resto del mundo.

Por eso aprecio enormemente a las personas que me sacan de mi egoísmo.

Continuará…

¿Qué nos pasó?

Soy partidaria de las amistades escasas y buenas. Lo demás son conocidos. Los tengo a porrillo, muchos de los cuales ya ni mu. Y a veces se me cruzan con la mirada… Ya no escénicamente la mayoría, pero pululan por las redes sociales. Un día está X conectado en el messenger, otro aparece Z en el Inicio del Facebook…

Y me acaban de entrar ganas de preguntarle a una amiga de cualquier tiempo pasado: ¿por qué salió así? ¿qué hizo que, de un periodo pasado juntas en completa armonía y millones de risas y anécdotas, pasáramos al silencio, a la indiferencia absoluta, a esta lejanía que nos ha convertido en unas completas desconocidas?

Tampoco termina de apenarme, más que nada me causa curiosidad. Estoy tan acostumbrada a dejar pasar gente en mi vida que no puede ser ya un hecho más predecible y repetitivo cíclicamente. Aunque luego igual te sigues preguntando muy de vez en cuando… ¿Qué nos pasó?

A alguna persona la recuperé un poco. Un atisbo de hacía cinco años a través del ordenador, que se canalizó hacia cordiales saludos y palabras en posteriores encuentros interpersonales que no quedaron nada exentos de simpatía y naturalidad, a pesar de tanto tiempo pasado sin hablar. Una bella excepción en torno a la que reflexionar y, probablemente, sonreír.

Imposible preguntar a cada cual qué cree que ocurrió. Además, sería agotador llevar a cabo tantísimos procesos de análisis. Total, para acabar en una conclusión bien parecida, estilo “se enfríó” o vete tú a saber, tampoco compensa.

Pero a veces es que sucede tan rápido y/o sutilmente que todavía no te has dado cuenta cuando resulta que ni os miráis a la cara… Y, aparte de un diminuto halo de melancolía, te da exactamente igual.

La vida en dos palabras

Yendo en autobús, además de haber aprovechado para echarle las fotos que veréis a lo largo de este post al bello panorama que me ofrecía el cielo, se me ha venido a la cabeza aquella escena de la gran película Donnie Darko en la que la profesora les explica a los alumnos que la línea de la vida consta de dos extremos en los que se puede ubicar cualquier situación. Algo como esto había en la pizarra escrito:

AMOR……………………………………..MIEDO

Repartía unas tarjetas con diferentes situaciones y cada alumno debía poner una cruz en una de las dos palabras. Entonces, el protagonista, Jake Gyllenhaal, mandaba a paseo a la profesora por simplificar de esa manera la vida y todo lo que conlleva humana e interiormente.

Personalmente, “amor” y “miedo” me parecen una bazofia de simplificaciones pero, no obstante, sí que me atrevería a agrupar los sentimientos en otras dos palabras, bastante más acertadas desde mi punto de vista (al menos según la concepción global que se tiene de ellas): “Felicidad” y “Angustia”.

Eso sí, sin dejar de incluir diferentes niveles en ambas y nunca pensando que el cuerpo solo se encuentra centrado en una de las capas de esos dos extremos, sino que puede experimentar ambos a la vez y en sus niveles correspondientes.

Me explico: tristeza, melancolía, nostalgia, dolor, impotencia, nervios… Todas estas sensaciones las podría reunir en la palabra “angustia”, de manera que supusieran distintas formas de enfocar psicológicamente una situación que, al fin y al cabo, nos produce una sensación bastante parecida a las demás experiencias, a pesar de que suframos exclusivamente una de ellas en concreto. Así, el resultado se canaliza en una cierta presión sobre el pecho, un “encogimiento del corazón”.

Siguiendo el mismo procedimiento, la alegría, la satisfacción, el sentirse orgulloso, el amor, etc, constituirían diferentes escalas de la “felicidad”, en las que tienes más ganas de sonreír y estás a gusto contigo mismo. Digamos que te encuentras momentáneamente en armonía con el universo, que respiras mejor la sociedad y sus circunstancias (fundamentalmente porque te va bien, claro).

Para hacerme entender mejor en cuanto a las situaciones en las que se experimenten los dos ámbitos sentimentales, os pongo estos ejemplos (alguno más cutre que otro pero igual de válido):

1. Hartarte de comer y disfrutar de ello a saco, pero a sabiendas de la más consciente que subconsciente idea de que luego la báscula te dará una inmensa bofetada mental.

2. Dejar escapar un gasesillo con todo el placer que supone (a todo ser humano le sienta bien tirarse un pedo, aquí no hay discusión ninguna), aún a pesar del sobrecogimiento ante la posibilidad de que los que se hallen alrededor se percaten de algún olorcillo.

3. Regocijarse enormemente de la compañía de alguien volcando todo tu cariño en esa persona, mientras que el pesar de que la vas a echar terriblemente de menos te abruma a la vez y por igual que tu propio goce.

4. Pasar todo un domingo tirado gustosamente en el sofá, y brutalmente improductivo hacia todo lo que sea laboral o estudiantil. Sensaciones enfrentadas. Normalmente, ganará el estado “ameba” sobre cualquier intención física o mental aplicada, a pesar de la insatisfacción de “perder el día”. De esto seguro que sois expertos muchos de vosotros. Tenéis todo mi apoyo.

La vida en dos palabras, y sus múltiples derivaciones internas… Y toda esta paranoia me ha venido por asociar durante un rato una despedida con una ruptura, pues el pecho me respondía idénticamente. Me ha parecido tan curioso que he procurado mantener ese estado durante todo el camino de vuelta a casa. Objetivo conseguido. Ahora, la presión ha sido sustituida por un cansancio bestial y toca mentalizarse para comenzar una entretenida semana, encabezada por un examen sin estudiar y un trabajo sin hacer…

Sigo aquí

Ya me han preguntado un par de veces: ¿qué pasa con el blog? No escribes desde el viernes. Y así es, y no me gusta haberlo dejado tirado por estos días pero tampoco sé lo que escribiré de aquí en adelante. Por supuesto, no lo voy a abandonar, eso sería muy triste después de todo lo que hemos andado juntos.

Tampoco tengo una explicación en sí. ¿Falta de inspiración? Puede. No voy a poner los trabajos y exámenes de la universidad como excusa principal porque eso es lo que menos me agobia, siempre le he dado más importancia y tiempo al blog, pero se podría coger un poco de eso y otro de cansancio, que no me explico cómo pero a las 12 de la noche ya no puedo más. El horario de las prácticas (que acabé el mes pasado, por cierto) se me ha quedado implantadísimo, y antes solía escribir por la noche.

Añadiré otro poco de desgana en general. Y cuando la desgana es general, pues eso, es para todo. Las redes sociales empiezan a asquearme/aburrirme bastante. Me “saturan”, exacto, mi palabra favorita, “saturación”.

Creo que no os conté que me corté el pelo a final de febrero. Pero si resulta mínimamente relevante, dentro de lo banal que va a ser este post, es porque me parece cómico el proceso. Llevaba ya semanas mirándome al espejo y la mitad de las veces no me convencía, se me empezaba a abrir a lo afro, tal y cual. Total, que llegaron mis amigos de Jerez a Madrid (ellos tenían el puente de Andalucía, con el lunes 28 de febrero festivo), con los cuales pasé un finde genial, y salimos, claro. Viernes por la noche.

Me levanto el sábado a no sé qué hora, me miro al espejo, recuerdo la frase de mi madre (“si me miro y tres veces no me gusta, hay que cambiar”). Dicho y hecho, cogí la cuchilla, como me había indicado una amiga que hacía, para tratar de proceder a un meticuloso repaso. Aquello no funcionaba, así que agarré las tijeras de cocina. ¿Resultado? Pues dos capas bien diferenciadas, un mini-flequillo y mil gracias a mi genética por haberme parido con un maravilloso pelo rizado.

Los cambios sientan bien. Y si sientan mal, a la larga será mejor. Tampoco habría más remedio probablemente. ¿Qué más os cuento? Pues he pasado un fin de semana impresionante. Nada extraordinario en realidad. En absoluto productivo hacia la universidad, por supuesto, como todos mis findes desde que nací prácticamente. Ya paso de proponerme “aprovecharlos” para adelantar prácticas porque sé que al final no lo hago, y este próximo será igual a pesar del trabajo y el examen del lunes. ¡No pasa nada!

Se ha vuelto bastante secundario ese tema. Antes me exigía más a mí misma, pero entre la pérdida brutal del hábito de estudio y la pereza genérica que llevo encima… Aún no me creo que me queden dos meses y pico de carrera. Tengo 22 mocosos años. Desde luego, no me faltan ganas de terminar, sobre todo ahora, que no paran de mandarnos proyectos en grupo relacionados con la Comunicación Audiovisual.

Me gusta la carrera pero sin excesos, y siempre hay épocas de sobrecarga. Evidentemente, sigo teniéndola de relleno para periodismo, qué queréis que os diga. Eso no quita que admire la capacidad de trabajar en todo ese ámbito. Yo siento que pierdo mi vida durante esas eternas horas en las que se coloca todo el arsenal, se graba, se edita, bla bla bla. Los resultados suelen ser satisfactorios, pero hasta entonces…

Sketch, making off, promo, planes de producción… Hasta los huevos me tienen, con lo feliz que estaba leyendo y viendo películas (con su correspondiente proceso de análisis, que no a todo el mundo le gusta, por supuesto, no os vayais a creer aquí que era un simple paseito por las obras de turno, sino una comedura de cabeza buena, como a mí me motivan).

Al menos, este cuatrimestre se salva Ética y Deontología de la Comunicación. Sí, era fácil de adivinar, mis asignaturas preferidas son aquellas que me dan mayor libertad de expresión, me hacen pensar más y me abren la mente. Esto tampoco le apasiona a mucha gente pero bueno, mejor, me hace sentirme más especial para mí misma de alguna forma. Je, cuanto más diferente, más exclusiva.

El ser humano suele querer sentirse integrado en los grupos sociales. ¿O no? Después de aquel post en el que os hablaba de unos documentales sobre la manipulación de las masas, entre otras cosas, sí que se veía que una considerable cantidad de individuos querían diferenciarse de los demás. Acababan igual de manejados por las técnicas comerciales de consumismo pero bueno, algo es algo. O, como dicen, “la intención es lo que cuenta” (aunque a mí la intención sin el acto de poco me sirve).

Uau, creo que prácticamente he cubierto un par de días o tres con este tochón. Lo último a comentar es que antes de ayer, lunes 21 de 2011, empezó la primavera a las 00:21. El fin de semana hizo un tiempo alucinante, buenísimo, el sábado por la noche iba a gustísimo. Ayer pasé tela de frío volviendo de la facultad. Y esta mañana…

Esta mañana me he despertado siendo sorprendida por el sonido de la lluvia chocando contra el cristal de la ventana. Pero, en vez de desagradarme, me ha encantado. Para nada me esperaba que lloviera, y como no me lo creía, me he levantado corriendo a subir la persiana para verlo, cual niño entusiasmado en víspera de Reyes.

Pues nada, ya estáis al corriente de mi existencia. ¡Que paséis un buen día! Y no os olvidéis de que sigo aquí.

Pd: he adornado el post con fotos hechas en Navidad en Madrid. No pega en absoluto pero, ¿quién iba a leerse esto sin poner imágenes por en medio para ventilar tanta letra? Además, siempre quise colgarlas pero se me fue pasando el tiempo. El pino luminoso es el de la Plaza de Sol; los circulitos decorativos, de la Plaza Mayor; y los árboles con bombillitas, de un espacio perdido de Villaviciosa, encontrado en un agradable y reflexivo paseo nocturno.

La “chispa”

La “chispa” se fue. La confianza, las risas, las confidencias, los susurros, las miradas de complicidad, los acuerdos, la conexión y las ganas en general. Es como…

Evaporarse. Las relaciones se van volatilizando en un mar de olas espumosas, a veces más tranquilas, otras encolerizadas. La tabla de surf despegó, salió desbocada y se perdió. O quizás se dejó perder. Ignoro si se fundiría con las profundidades saladas o si se estrellaría en las rocas. El caso es que desapareció, muy probablemente para siempre.

Y así sucede cíclicamente a lo largo de la vida. Tablas y tablas que recorren implacables el mar hasta que se empiezan a desgastar. Muy pocas perduran. Otras se guardan en algún espacio recóndito para que no se estropeen, sin olvidar visitarlas de vez en cuando para darles el brillo que se merecen.

Estas son las mejores, las más fuertes, las que se recordarán siempre con más cariño. Las demás quedaron a la deriva. Lo pasamos bien, pero ya no importa. Me esperan nuevas tablas por probar.

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Amor a la autodestrucción

¿Soy la única que piensa que nos gusta autodestruirnos? 5, 4, 3, 2, 1 y ¡PUM! Llega el momento que tanto preveíamos y ansiábamos de alguna manera, ese instante en el que todo se parte, se esfuma, se monta tal y como temíamos y no queríamos sufrir.

Es el fin del cuento de hadas que permanece en nuestro inconsciente. La aniquilación de todos esos deseos que nos gobernaban desde hacía tiempo y que ahora se han ido para ser sustituidos por otros, porque de ellos vivimos permanentemente de forma irremediable.

¿Impulsos reprimidos o soltados al exterior con toda su fuerza y máxima expresión? Después de cuatro documentales en torno a Freud, el psicoanálisis, Eduard Barneys y la manipulación de las masas, ya no sé ni con qué quedarme. ¿Qué será lo correcto? ¿Controlarse (bueno, intentarlo) a sí mismo para que su peligrosidad no repercuta cíclicamente o explotarlos sana, lujuriosa y orgullosamente?

Da igual, porque al final harán lo que les dé la gana, sobre todo en función de cada persona. El caso es que, de alguna manera, acabamos autodestruyéndonos, tanto física como psicológicamente.

La semana pasada me entró una especie de ansia una tarde por un paquete de Ruffles jamón jamón. Pero un anhelo terrible, tanto que salí a las 9 de la noche a pillármelo, y cuando una tiene en sus manos un paquete de esos, es para fundírselo entero. Al acabar, la sensación de saciedad era un poco extraña, tirando a sucia, como si se notaran en todo el organismo las calorías que se extienden e implantan donde más jode. Eso no ocurre cuando se consume un vaso de salmorejo o media piña.

Entonces, pensé en las posibilidades del cuerpo, todo lo que se podría hacer con él a lo largo de la vida a modo de experimento para comprobar sus reacciones, sus consecuencias, explorarse a uno mismo y, en general, entretenerse de una forma más profunda, personal e implicada que yendo al cine, leyendo un libro o echando un polvo mismamente.

¿Y si probara a tomar un paquete de Ruffles diario durante una semana? Me pregunté, centrándome en si así me hartaría de ellas y no volvería a tomarlas en mucho tiempo. Pues deduzco que acabaría con tantos kilos de más que no sé si mi mente decidiría pasar brutalmente de mi cuerpo o si alcanzaría tal punto de repugnancia que caería de lleno en una de esas dietas milagrosas, continuando con un bucle de autodestrucción que no tendría nada de aburrido.

Proyecto desestimado, prefiero proseguir con la lucha enfocada en el adelgazamiento. Total, ahí tenemos ya el documental Super Size Me. Por otra parte, tampoco resulta viable dejar de comer, me parece dificilísimo, no entiendo cómo existe la anorexia, con lo desagradable que es pasar hambre. Aquí vuelve a brillar la peligrosidad de la mente y sus impulsos. Entonces, ¿qué? ¿hay que controlarlos? ¿El ser humano no está preparado para ser libre?

Imágenes: exacto, de El Club de La Lucha.

Happythankyoumoreplease

Nunca la lluvia fue tan agradable de escuchar. Pero no es por la lluvia. Ni el sol es bello por ser el sol. Es porque el cuerpo te ha pedido escuchar las gotas encima del cristal, o porque tu piel estaba deseando recibir esos rayos calientes.

Acabo de ver una hermosa película, Happythankyoumoreplease, recomendada por una buena amiga, y con mi querido Josh Radnor como protagonista, al que algunos conoceréis por su papel principal en la serie Cómo conocí a vuestra madre.

No solo hacía mucho que no veía un poco de romanticismo, sino que hacía bastante que ni siquiera visualizaba algo parecido a una obra cinematográfica. Solo noticias. Bueno, sin olvidar el Cuéntame de anoche, claro, que se está poniendo cada vez más dramático.

Independientemente del peligro fantasioso en el que te introducen este tipo de filmes, creo que es muy positivo para el alma experimentar sus sensaciones de vez en cuando. Aunque aparentemente puedan darte envidia, acaban haciéndote sentir bien. Te dan nuevas esperanzas, te crean maravillosas escenas mentales que ves posibles y te abren los ojos trasladándote de tu mundo a muchos otros.

No sé cuántas veces he oído ya la expresión “la vida no es una película de Woody Allen”. Es más, no tengo la menor duda de que yo la habré dicho, pero, por otra parte, siempre he confiado en vivir mis películas. Y las he vivido. Preciosas, extraordinarias, alucinantes, surrealistas. Y las seguiré viviendo porque no están en esta discoteca, esta playa, este chico o esta ciudad, sino que las llevo dentro, apegadas a mí permanentemente.

Y para no alejarme demasiado de mi más querido y fiel compañero, el realismo, en caso de ausencia de películas siempre me quedará lo que creo que se va a convertir en un fantástico almuerzo semanal junto a tres bellezas de personas de las que me siento orgullosísima de contar con sus amistades y sus conversaciones. ¡Me dan la vida! :D.

Por cierto, no me olvido de que os tengo que contar el viaje a Amsterdam, ya caerá. Últimamente estoy un poco cansada del ordenador que, por increíble que parezca, también acaba saturando, como todo. Por lo pronto, este fin de semana toca pasarlo en Valencia, a disfrutar de las pre-fallas (no ha podido ser para el que viene pero tampoco me afecta demasiado, la verdad), así que os deseo un buen fin de semana, y que la lluvia os saque más sonrisas que pesares :).

Pd: ¿cómo no nombrar a otro gran motivo de mi positivismo actual? Pues eso, saludos, besos y abrazos desde aquí a esa berona personita tan especial que se ha emocionado esta misma mañana cual quinceañero al recibir (por adelantado, sí que va rápido el correo) su regalo de cumpleaños (con el cual he acertado brutalmente, contrariando lo que se esperaba, ¡ja!).

Hala, buenas noches y recordad: solo vosotros sois los directores de vuestras películas.

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