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La vida en dos palabras


Yendo en autobús, además de haber aprovechado para echarle las fotos que veréis a lo largo de este post al bello panorama que me ofrecía el cielo, se me ha venido a la cabeza aquella escena de la gran película Donnie Darko en la que la profesora les explica a los alumnos que la línea de la vida consta de dos extremos en los que se puede ubicar cualquier situación. Algo como esto había en la pizarra escrito:

AMOR……………………………………..MIEDO

Repartía unas tarjetas con diferentes situaciones y cada alumno debía poner una cruz en una de las dos palabras. Entonces, el protagonista, Jake Gyllenhaal, mandaba a paseo a la profesora por simplificar de esa manera la vida y todo lo que conlleva humana e interiormente.

Personalmente, “amor” y “miedo” me parecen una bazofia de simplificaciones pero, no obstante, sí que me atrevería a agrupar los sentimientos en otras dos palabras, bastante más acertadas desde mi punto de vista (al menos según la concepción global que se tiene de ellas): “Felicidad” y “Angustia”.

Eso sí, sin dejar de incluir diferentes niveles en ambas y nunca pensando que el cuerpo solo se encuentra centrado en una de las capas de esos dos extremos, sino que puede experimentar ambos a la vez y en sus niveles correspondientes.

Me explico: tristeza, melancolía, nostalgia, dolor, impotencia, nervios… Todas estas sensaciones las podría reunir en la palabra “angustia”, de manera que supusieran distintas formas de enfocar psicológicamente una situación que, al fin y al cabo, nos produce una sensación bastante parecida a las demás experiencias, a pesar de que suframos exclusivamente una de ellas en concreto. Así, el resultado se canaliza en una cierta presión sobre el pecho, un “encogimiento del corazón”.

Siguiendo el mismo procedimiento, la alegría, la satisfacción, el sentirse orgulloso, el amor, etc, constituirían diferentes escalas de la “felicidad”, en las que tienes más ganas de sonreír y estás a gusto contigo mismo. Digamos que te encuentras momentáneamente en armonía con el universo, que respiras mejor la sociedad y sus circunstancias (fundamentalmente porque te va bien, claro).

Para hacerme entender mejor en cuanto a las situaciones en las que se experimenten los dos ámbitos sentimentales, os pongo estos ejemplos (alguno más cutre que otro pero igual de válido):

1. Hartarte de comer y disfrutar de ello a saco, pero a sabiendas de la más consciente que subconsciente idea de que luego la báscula te dará una inmensa bofetada mental.

2. Dejar escapar un gasesillo con todo el placer que supone (a todo ser humano le sienta bien tirarse un pedo, aquí no hay discusión ninguna), aún a pesar del sobrecogimiento ante la posibilidad de que los que se hallen alrededor se percaten de algún olorcillo.

3. Regocijarse enormemente de la compañía de alguien volcando todo tu cariño en esa persona, mientras que el pesar de que la vas a echar terriblemente de menos te abruma a la vez y por igual que tu propio goce.

4. Pasar todo un domingo tirado gustosamente en el sofá, y brutalmente improductivo hacia todo lo que sea laboral o estudiantil. Sensaciones enfrentadas. Normalmente, ganará el estado “ameba” sobre cualquier intención física o mental aplicada, a pesar de la insatisfacción de “perder el día”. De esto seguro que sois expertos muchos de vosotros. Tenéis todo mi apoyo.

La vida en dos palabras, y sus múltiples derivaciones internas… Y toda esta paranoia me ha venido por asociar durante un rato una despedida con una ruptura, pues el pecho me respondía idénticamente. Me ha parecido tan curioso que he procurado mantener ese estado durante todo el camino de vuelta a casa. Objetivo conseguido. Ahora, la presión ha sido sustituida por un cansancio bestial y toca mentalizarse para comenzar una entretenida semana, encabezada por un examen sin estudiar y un trabajo sin hacer…

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