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Conociendo el País Vasco (I); Bilbao, San Juan de Gaztelugatxe y Gernika


Empecemos por el principio: un sábado 23 de abril de 2011, casi finalizada mi Semana Santa jerezana, cogí un avión en Sevilla para el País Vasco, donde se me abriría la perspectiva de unos cuantos días descubriendo varias ciudades y pueblos del norte de España que aún no había tenido el placer de visitar.

En una hora y cuarto aproximadamente ya estaba en Bilbao. Primera parada: el Guggenheim, claro.

Naturalmente, resultó imposible que me cupiera entero. Las imágenes tampoco son espectaculares pero llegó un momento en el que decidí dejar de intentar inmortalizar bien el espacio que me rodeaba (difícilmente ilustrable en modo panorámica a través del móvil) para simplemente disfrutar de lo que veía.

Vista desde la orilla del museo hacia el otro lado del río Nervión. La arquitectura propia de todos estos sitios norteños que vi me pareció bastante singular, diferenciada del sur, colorida, de considerables dimensiones en las ciudades y muy agradable de recorrer con la mirada. Por su parte, los pueblos desprendían un profundo encanto.

La señora araña de al lado del Guggenheim, con el puente de la Salve de fondo. A partir de este momento, pasé del móvil para centrarme en el paseo por la ciudad, bastante bonita, con un ambiente bastante majestuoso. Tras unas cuantas vueltas y almorzar a base de pinchos, cultura gastronómica que no había experimentado, marchamos hacia el siguiente destino: San Juan de Gaztelugatxe (lo que me costó aprenderme el nombre), un paraje realmente precioso que consiste en una isla unida a la tierra a través de un istmo artificial y en cuya cima nos encontramos con una ermita dedicada a San Juan Bautista.

231 escalones a los que precedió un recorrido de bajada entre vegetación y carretera, y una servidora llevando botas y medias de rejilla. Fallo técnico, desconocía la verdadera naturaleza de la excursión… Temperatura agradable convertida en calor infernal por la caminata, que hacia las alturas se tornaría en un rato de tal relax y belleza paisajística que compensó con creces el esfuerzo.

A un lado, estas vistas. Al otro, la inmensidad que se fundía al fondo con el cielo y que ninguna imagen podría mostrar fielmente, así que tendréis que ir vosotros mismos. Olor a mar, brisa y campanadas de la ermita, las cuales pueden ser tocadas libremente por los visitantes.

Vuelta exclusivamente por carretera, allá se veía a lo lejos la cima en la que habíamos pasado un rato para amortizar el tiempo de ida. Ahora: subida en cuesta. Durilla, pronunciada, procurando mantener el tipo frente a las personas que bajaban (ya les tocaría luego subir, ya). No había coches, todo el mundo optaba por caminar, eso hacía la visita mucho más auténtica (aunque creo que tampoco estaba permitido el paso en un punto determinado…).

Llegar al coche por fin fue todo un premio. Botas fuera y camino de Gernika/Guernica, donde pasaríamos la noche. Breve paseo por el pueblo buscando el famoso árbol de Gernika, que me lo esperaba bastante más impresionante pero bueno, el caso era ojear un poco la zona.

Y fin de un primer y maravilloso día al que esperarían unas cuantas aventuras más :).

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