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Archive for 30 octubre 2011

James Blunt – Stay the night

It’s 72 degrees, zero chance of rain
It’s been a perfect day
We’re all spinning on our heels, so far away from real
In California
We watched the sunset from our car, we all took it in
And by the time that it was dark, you and me had something, yeah!

Chorus
And if this is what we’ve got, then what we’ve got is gold
We’re shining bright and I want you, I want you to know
The morning’s on it’s way, our friends all say goodbye
There’s nowhere else to go, I hope that you’ll stay the night

We’ve been singing Billie Jean
Mixin’ vodka with caffeine
We’ve got strangers stopping by
And though you’re out of tune
Girl you blow my mind, you do
And I’ll say I don’t wanna say good night
There’s no quiet corner to get to know each other
And there’s no hurry I’m a patient man
Is your discover

Chorus

Just like the song on our radio set
We’ll share the shelter of my single bed
But it’s a different tune that’s stuck in my head
And it goes…

Chorus x2

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Anuncio del Volkswagen Passat con el pequeño Darth Vader

Sencillamente, me parece graciosísimo el papel del niño. Un anuncio original y simpático.

 

De los sueños a la realidad

Hace una semana y media, soñé que me despedía de mis padres y que partía en avión a Nueva York. No sé hacia qué tipo de vida exactamente pero me iba. Nerviosa, ilusionada, acojonada, expectante. Abrí los ojos sin haber tomado tierra y me puse a pensar en ello. Mi subconsciente. Los sueños, mundos fantásticos, tenebrosos y alucinantes, donde todo es transparente, donde salen a la luz hasta las vergüenzas más osadas y las anécdotas más descabelladas. ¿Lo que queremos? ¿Lo que ansiamos? ¿Lo que tememos?

Esta semana, el lunes por la noche soñé que tenía un affaire la mar de interesante con una persona a la que admiro bastante, proporcionalmente a lo inalcanzable que es, lo cual no deja de darle un considerable morbo mental al asunto. Un anhelo reprimido, que de solo imaginarlo en sí provoca cierta violencia interior, casi incomodidad ante lo inaudito y atrevido del asunto, pero que en cuestión de unos minutos sumidos en el sopor se torna en una imagen preciosa, tierna y tangible, un sueño cumplido (nunca mejor dicho).

Bueno, a ver, tampoco es para tanto, pero en el momento me desperté bastante emocionada, obviamente.

Finalmente, el miércoles por la noche, tuve una pesadilla. No llegaban a violarme pero sí me hacían cosas en contra de mi voluntad, y resultaba espantosamente frustrante. Humillada, despreciada, tratada como basura (y encima por un ser gordo, de rostro rojo cual tomate y feo como un insulto a un padre).

Tampoco me involucré tanto en esta angustia como para alcanzar el auténtico drama de quienes realmente hayan sufrido algo así (ya sabemos que, en ocasiones, los sueños se vuelven reales hasta el punto de llegar a exteriorizarlo físicamente llorando, gritando o riendo) pero, de alguna forma, me llegó. Lo suficiente como para que, nada más despertar, me entraran unas ansias terribles por buscar clases de defensa personal. Y lo pensaba en serio. Una cuenta pendiente más.

¿Hasta dónde nos afectan, pues, los sueños? Probablemente hasta lo más profundo. Entonces, todo es como tiene que ser. No podía haber sido de otra manera, surge así y punto. Y así es como deberíamos tomarnos la vida también, tal y como va fluyendo, a pesar de que en ella jamás vayamos a ser tan auténticos como en esas traicioneras nocturnidades.

Lo que quieres (o lo que más te jode), lo ves por todas partes

Probablemente os haya ocurrido que, cuando rompéis la relación con una pareja, de repente por todo paseo, camino, calle, sendero-perdido-de-la-mano-de-Dios sintáis que no paráis de encontraros justo con lo que queréis para vosotros/echáis de menos/os da asco/no os apetece nada ver pero no hay más huevos debido a un sensor específico de la mente altamente desarrollado que se encarga de recordarte lo que antes tenías y ya no.

Efectivamente, solo véis parejas. Parejas de todas las edades (la mayoría guapas, curiosamente), felices y contentas, risueñas, abrazadas, besándose como si se fuera a acabar el mundo en algunas ocasiones, etc.

Pues a mí me ha pasado eso esta mañana pero con otro tema: el footing. Sí, señores. He salido con toda mi buena voluntad de casa para hacer el intento de correr un rato. Sabía que el primer cuarto de hora y el último sería imposible porque se trata de la ida y la vuelta al parque del Retiro, por donde no hay forma de correr en condiciones con las aceras petadas de gente pero me dije, mejor, así digamos que pre-caliento y relajo caminando a buen ritmo.

Entonces, llego al parque. Hermosa cuesta arriba. Vamos a seguir caminando un poco. Ahí va, estos cucos caminos tienen un barro interesante. Vale, una carretera, quizá sea buen momento para darle algo de más ritmo a los talones. ¿Qué son? Las 12:36. Venga, vamos allá.

A las 12:38 paré. ¿Que si no podía más? ¡Por supuesto que sí, pero me amargaba desmesuradamente la perspectiva espiritual que llevaba (es decir, nula)! En vez de procurar despejarme del hartón de estudiar inglés que me estoy pegando (porque en estos tiempos o estudias o no haces nada), me agobiaba. Sabía que me había forzado a salir de casa para obligarme a moverme un mínimo y hacer ejercicio. ¿Pero qué ocurre? Que no estaba disfrutando ni una pizca.

A esto se le añadió, una vez desistiendo de acelerar el paso, el hecho de sentirme lerda yendo en chándal a caminar, pues para eso me habría vestido normal aunque, claro, al menos llevando puestas las deportivas te da por correr un poquillo en algún momento. Hasta que, después de ver pasar a unas 5 personas jadeando alegremente, divisé a otro muchacho de similar indumentaria y ritmo como el mío. Sin correr ni hostias. Y pensé: joder, qué ridículo. Gracias, espejito.

Así que vuelta para casa. Al menos estuve una hora andurreando a buen ritmo. Si es que no soy vaga, para nada, me encantaría dedicarle a un deporte determinado una o dos horas al día… pero no encuentro MI ejercicio. Durante la ESO, participé en unas clases diarias de step y aerobic tan absolutamente fantásticas que no he vuelto a conformarme con cualquier bazofia, hasta el punto de renegar ya de probar más gimnasios.

Me aburre ese sacrilegio de ejercicios para viejas, correr, nadar, montar en bici y la mariconada del batuka. Y, sinceramente, en esta vida no me voy a entretener en amargarme ni obligarme a hacer algo que no me guste. Por supuesto que todo objetivo requiere sacrificios, y a mí me gustaría muchísimo contribuir a mi salud a través del deporte pero mira, aún no es el momento de que emplee mi tiempo en algo por cojones.

Aquellas sesiones aeróbicas de mi adolescencia resultaron tan espectaculares… Cosa que he apreciado sobre todo posteriormente, claro. Es ese tipo de ejercicio que te llena, que te mueres por volver a él, que te despeja de todos los problemas y movidas mentales. Una hora al día durante la cual llegabas, calentabas y te lanzabas de lleno en una coreografía que, aunque te iba dejando exhausta en su intensidad y coordinación exigida, querías seguir, mejorar, hacerla cada vez más perfecta, continuar hasta que las piernas no respondieran. Buah, unos gemelos que llevaba por aquel entonces…

Así que nada, ya volverá a llegarme algo así. Paso por completo de encomendarme deberes corporales a mí misma que sé de antemano que me van a frustrar. Mientras tanto, seguiré recurriendo a las medidas tradicionales para contrarrestar el engorde: frutita para cenar y ni mirar las estanterías con chocolate del Carrefour. Cabe recalcar que, evidentemente, respeto profundamente a todo el que se sacrifique físicamente, tiene todo su mérito. Mas, por mi parte, que le zurzan al footing.

The Contours – Do you love me

Este sábado por la noche, volviendo a buena hora hacia casa, me sentí feliz mientras conducía sola y sonaba esta canción por la radio.

Dios está en todas partes

La ciudad duerme

Madrid descansa. Se sienten dormir los edificios, la gente, el barullo habitual. Los murmullos (y no tan murmurados normalmente) de los vecinos, los estridentes chillidos de esos adorables pequeños, la música de la calle, el ajetreo de los bares y restaurantes próximos.

Domingo. 11 de la mañana. Y a las 10 ni os cuento, aún ahora esa parte de la sociedad que ha trasnochado quizá empiece a desperezarse, pero aún tiene toda la mañana para disfrutar del placer de estar tumbado en la cama mirando el techo. A veces, repasando las aventuras nocturnas; otras, disgustado por la rápida llegada del día pre-comienzo de la semana. En ocasiones, indiferente, centrado en la jornada que les espera, con sus distintos deberes y atisbos de ocio, cuyo deleite depende exclusivamente de cada persona.

Y, mientras tanto, yo aquí, delante del pc, con un libro de inglés entre este y yo, eclipsado por mis brazos, que lo cruzan para poder alcanzar el teclado, pasando por completo de sus contenidos aunque sea durante unos minutos con el objetivo de intentar transmitir esta sensación de tranquilidad, de paz, de satisfacción personal. Esta, podría llamarse, virtud de haber “madrugado” tal día como hoy, en medio de un mundo, concretamente de un país, que ama la noche.

Una España que idolatra las escapadas físicas y mentales del fin de semana, normalmente pausadas durante el día y frenéticas en cuanto cae el sol. Ya sea por el clima, las costumbres adquiridas, la evolución de las generaciones, el insomnio, la necesidad de sentirse integrado, los diferentes horarios de las comidas, etc, vivimos en una nación que comienza a entusiasmarse a las 12 de la noche, alcanza el punto más pletórico a las 3 o 4 horas, y regresa extenuado a las 6 o 7 (o más) de la mañana para sumirse en un plácido letargo.

Hasta que la mentalidad sufre un shock, en unas personas brutal, radical, casi trágico; en otras, más distendido, prolongado, replanteado. Y no sales un sábado noche. También es posible que el agotamiento del viernes noche haya bastado como para cubrir la fiesta del fin de semana (y de los próximos meses), pero apartémonos de este caso concreto. Centrémonos en ese cambio que te hace redescubrirte a ti mismo, quizá también experimentando cierta extrañeza ante lo desacostumbrado, mas abriendo paso a un entusiasmado pálpito de nuevas posibilidades en el horizonte.

Porque, a las 10 de la mañana de un domingo, no hay el más mínimo ruido. Solo se escuchan los pájaros, alternados con uno de los sonidos más maravillosos del mundo: el silencio. Ese estado en el que has de conformarte exclusivamente contigo mismo y del que resulta completamente imposible disfrutar a lo largo de la semana.

Ese ambiente matinal que te obliga a admirarlo sin buscar nada más que el roce de las páginas de un libro, el susurro del teclado, el roce de las sábanas… pero nada de palabras, ni de voces, ni de melodías. No son necesarias ni oportunas en este momento.

Todo el mundo tiene miedo a la soledad. Casi la totalidad del género humano ansía ser consciente a cada momento de que a su alrededor hay vida, alegrías y miserias. Pero yo me pregunto… ¿para qué poner música cuando te ofrecen, te ofreces, en bandeja la posibilidad de enfrentarte al universo sin más protección que tu propia mente?

Aquí y ahora es el momento de aprovecharlo. Sobre todo antes de que el vozarrón del tipo del piso de abajo irrumpa estrepitosamente en tu armónica mañana haciéndote volver a nuestra querida y ensordecedora realidad.

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