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De los sueños a la realidad


Hace una semana y media, soñé que me despedía de mis padres y que partía en avión a Nueva York. No sé hacia qué tipo de vida exactamente pero me iba. Nerviosa, ilusionada, acojonada, expectante. Abrí los ojos sin haber tomado tierra y me puse a pensar en ello. Mi subconsciente. Los sueños, mundos fantásticos, tenebrosos y alucinantes, donde todo es transparente, donde salen a la luz hasta las vergüenzas más osadas y las anécdotas más descabelladas. ¿Lo que queremos? ¿Lo que ansiamos? ¿Lo que tememos?

Esta semana, el lunes por la noche soñé que tenía un affaire la mar de interesante con una persona a la que admiro bastante, proporcionalmente a lo inalcanzable que es, lo cual no deja de darle un considerable morbo mental al asunto. Un anhelo reprimido, que de solo imaginarlo en sí provoca cierta violencia interior, casi incomodidad ante lo inaudito y atrevido del asunto, pero que en cuestión de unos minutos sumidos en el sopor se torna en una imagen preciosa, tierna y tangible, un sueño cumplido (nunca mejor dicho).

Bueno, a ver, tampoco es para tanto, pero en el momento me desperté bastante emocionada, obviamente.

Finalmente, el miércoles por la noche, tuve una pesadilla. No llegaban a violarme pero sí me hacían cosas en contra de mi voluntad, y resultaba espantosamente frustrante. Humillada, despreciada, tratada como basura (y encima por un ser gordo, de rostro rojo cual tomate y feo como un insulto a un padre).

Tampoco me involucré tanto en esta angustia como para alcanzar el auténtico drama de quienes realmente hayan sufrido algo así (ya sabemos que, en ocasiones, los sueños se vuelven reales hasta el punto de llegar a exteriorizarlo físicamente llorando, gritando o riendo) pero, de alguna forma, me llegó. Lo suficiente como para que, nada más despertar, me entraran unas ansias terribles por buscar clases de defensa personal. Y lo pensaba en serio. Una cuenta pendiente más.

¿Hasta dónde nos afectan, pues, los sueños? Probablemente hasta lo más profundo. Entonces, todo es como tiene que ser. No podía haber sido de otra manera, surge así y punto. Y así es como deberíamos tomarnos la vida también, tal y como va fluyendo, a pesar de que en ella jamás vayamos a ser tan auténticos como en esas traicioneras nocturnidades.

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