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Decisiones versus “destino”


¿Hasta qué punto exactamente eres tú el que decide el camino a seguir o son las circunstancias las que te llevan a ello? ¿Dónde se cruza la línea entre un sendero deliberadamente escogido y una opción hacia la que realmente no tienes más remedio que dirigirte? En resumidas cuentas, ¿cuándo sientes la seguridad de que eres dueño de tus decisiones o resulta que el “destino” te las ha impuesto?

Pongo destino entre comillas porque no soy precisamente de creer que el futuro está escrito ni nada parecido, aunque sí apoyo el argumento de que las cosas pasan porque tienen que pasar: en esos momentos, en esas circunstancias, en esos lugares y con esas personas, sin tener que acudir al ansia por que hubiera sucedido antes, después, nunca o fuera perdurable en el tiempo. Necesidad que, evidentemente, es bastante complicada de asumir mentalmente a veces si perteneces al género humano pero bueno, un objetivo más en esta búsqueda eterna de la felicidad, ¿no?

Pongamos un sencillo y actual ejemplo, motivado por la crisis económica mundial que nos envuelve. Al parecer, un considerable porcentaje de la población ha retomado los estudios que dejara hace años para introducirse de lleno en el mercado laboral, puesto que hoy en día no disponen de un trabajo ni de esperanzas de aspirar a él hasta que se pase un poco el percal que sufrimos. Y hasta que esto suceda, les da tiempo a sacarse el graduado escolar, una carrera o quizá incluso ambas.

Los que ya han pasado por la universidad tampoco gozan de mayor suerte. Los más afortunados ejercen como becarios cobrando unas cantidades que apenas les cubren un alquiler medio-bajo, si es que cobran algo, mientras que los demás ni eso, por lo que se ven catapultados a plantearse un máster o algún tipo de estudio superior, también si se cuenta con los suficientes fajos de billetes para destinarlos a ello, claro.

De lo contrario, a buscar dónde caerse muerto y explotado en algo que no tenga absolutamente nada que ver con lo que has estudiado. Por matar el tiempo y sentirse activo, básicamente, en nuestra naturaleza anhelante por desempeñar algún tipo de ocupación, por no permanecer ocioso más de lo justo y necesario, por mucho que se le atribuya la vagueza al carácter español, visión tan errónea como ignorante.

Nos han enseñado que al que consigue trabajar en lo que desea le ha tocado la lotería. Nos han obligado a considerar que nuestro esfuerzo y tiempo no vale ni para pipas. Nos han inculcado que este es el momento idóneo para aprender más, para irse al extranjero, para embarcarse en nuevos proyectos, para recuperar viejas ambiciones y cuentas pendientes académicas.

Pero no lo hemos pedido. No ha habido elección. Y hay personas que se lo toman de una manera, y otras de forma muy distinta, teniendo en cuenta a su vez sus condiciones. Ya no hablamos exclusivamente del recién licenciado sumido en un vacío profesional, sino del digno ciudadano que ronda los 50, que lleva toda la vida sirviendo fielmente a una empresa y al que aún le quedan años en los que alimentar unas cuantas bocas. Despedido.

Probablemente sea el momento idóneo para probar otros derroteros. Pero de ahí a pensar que los elegimos por propia voluntad se abre una ancha zanja de auto-convencimiento y resignación, tan fácil y alegremente pasable para unos como insoportable, humillante e indignante para otros.

Hasta que se hacen méritos por tocarnos la fibra, perjudicándonos a todos, y vuelves a intentar reflexionar sobre el mecanismo globalizador establecido del que parece imposible escapar. ¿Nosotros decidimos? Tocar la sanidad y la educación de este país ha puesto la guinda al pastel.

Sin embargo, el verdadero problema son los sucesivos tartazos que esperan a estas medidas no tomadas por los que se supone que escogemos libremente el sistema, los ciudadanos. Inmensas vestiduras engalanadas que van a provocar una subida de azúcar general que ríanse los diabéticos. Pero, por favor, a quién se le ocurre, cualquier cosa menos la salud y la educación…

Y lo peor es que la lacra de este mundo sigue siendo la misma de siempre: el dinero.

  1. rayo de luz
    diciembre 12, 2011 de 9:33 am

    Viva el vino, viva el dinero.

  2. diciembre 12, 2011 de 3:58 pm

    Preciosa entrada, super bien redactada… comprometida! Me gusta mucho!!! Enhorabuena María! 🙂 No se si el destino tira de nosotros o nosotros tiramos hacia el… como otras cosas de esta vida, creo que escapan a nuestro actual conocimiento. Lo que si se, es que el derecho a decidir, a elegir, en ultimisima instancia, siempre sera nuestro… siempre y cuando, con valentía, porque a veces asusta mucho, lo hagamos… en libertad. Un fuerte abrazo María y toda mi energia!! 😀 😀

    • diciembre 15, 2011 de 11:32 pm

      Muchas gracias, David, me alegro de que te haya gustado ^^.

      Yo creo que nuestras elecciones, por mucho que las creamos propias, en la inmensa mayoría de las circunstancias se verán más bien impulsadas por el entorno y las posibilidades. Y lo importante es procurar llevarlas con filosofía hasta hacerse dueño de ellas tarde o temprano :).

      ¡Saludos!

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