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Caminante, no hay camino; se hace camino al andar


He encontrado mi ejercicio predilecto. O, al menos, por el momento, mientras no salga nada mejor. Y consiste en caminar. No os equivoquéis, no se trata de los típicos paseos de viejas, sino de una marcha continua y bastante acelerada, pero sin correr. Tampoco concuerda con este tipo de atletismo que se basa en marchar bajo el requisito de tener en todo momento al menos uno de los pies tocando el suelo, ejercicio que debe de dejar los gemelos bastante partidos.

Pues eso, lo mío es el término medio. Así, a la vez que se hace notar cierto cansancio, prima la resistencia, permitiéndome estar una hora al máximo para llegar a casa y postrarme merecidamente en el sofá (no perdamos las buenas costumbres). Dicho sea de paso, os voy a colgar fotillos que he hecho en algunas de las caminatas.

Y me agrada mi recorrido escogido. Bajo el agradabilísimo sol (la imagen anterior y la última de este post fueron echadas en unas condiciones climáticas excepcionales para lo que está siendo la norma este invierno) que nos está acompañando por estas tierras andaluzas a pesar de las fechas en las que nos hallamos, circulo animadamente por toda la avenida Álvaro Domecq, la principal de Jerez de la Frontera, hasta llegar al centro, donde atravieso la Calle Larga, plagada de tiendas y de gente, y bordeo el Alcázar y la catedral para, en un par de giros por calles más estrechas, volver a enfrentar la Avenida de vuelta a casa.

Un factor muy importante del que no me había percatado a la hora de decidir caminar a diario se basa en el espacio mental que me cede para tanto relajarme como para pensar. Nada más poner un pie fuera de casa, la mente ya está en funcionamiento, espontánea y locuaz, deseosa de expandirse a sus anchas. Ahí está la mayor dicha psicológica de esta actividad: dejar correr los pensamientos, los cuales vagan por senderos en los que en ningún otro momento del día les da por inmiscuirse.

Imaginaciones, recuerdos, fantasías, anécdotas pasadas que se suceden a la velocidad de la luz y que surgen prácticamente de la nada en ocasiones, mientras que otras veces parten de algún aspecto advertido a mi alrededor o, por último y más a menudo, son catapultados automática e inesperadamente desde otro tema, enlazando eternamente a su vez con muchos otros, sin que la razón tenga voz ni voto para decidir el curso de los acontecimientos neuronales.

Haciendo el camino, divagando, notando la respiración, sintiendo la música en los oídos, incluso observando sin ver a veces a la gente que pasa, soltando miradas despistadas hacia el alrededor con el único objetivo plenamente consciente de no tropezar. Solo existo yo, y mi iPod, que cada vez pasa más a un segundo plano, a un compañero de fondo.

Ensoñaciones, miedos, aventuras, traumas… Arremetiendo contra mi cerebro con mayor fuerza que nunca, llegando a manifestarse hasta en el plano exterior, en el mundo físico, en forma de sonrisas o ceños fruncidos, en forma de carcajadas o… por una vez… lágrimas. Lágrimas furtivas e irrefrenables que me obligaron a sentarme para reflexionar, para asumir, para volver a encontrarme con alguien que fui, rememorar la sensación de tener algo pendiente y enfrentarlo de una vez por todas. Y gritar a los cuatro vientos en silencio los minúsculos y molestos restos de putrefacción que quedaban en mi interior.

Para, agotados los lacrimales, volver a ponerme en pie, y seguir luchando por el equilibrio emocional.

Sí… Me gusta caminar conmigo misma.

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar.

Nunca perseguí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse.

Nunca perseguí la gloria...

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...

Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar:
«Caminante no hay camino,
se hace camino al andar...»
golpe a golpe, verso a verso...

Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
«Caminante no hay camino,
se hace camino al andar...»
golpe a golpe, verso a verso...

Cuando el jilguero no puede cantar,
cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
«Caminante no hay camino,
se hace camino al andar...»
golpe a golpe, verso a verso.
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