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Archive for 30 enero 2012

Gracias por dejarme ser libre

Gracias por encontrarme.

Gracias por tu sinceridad.

Gracias por tu confianza.

Gracias por aceptarme y respetar mis ideas.

Gracias por interesarte por mis amigos.

Gracias por apreciar a mis seres queridos.

Gracias por no invadir mi espacio.

Gracias por permitirme respirar.

Gracias por distinguir entre tu círculo y el mío.

Gracias por no juzgarme.

Gracias por hacerme reír.

Gracias por emocionarme.

Gracias por tu transparencia.

Gracias por tus silencios.

Gracias por tu mirada.

Gracias por tu ambición.

Gracias por apostar y luchar por mí.

Gracias por iluminarme el camino.

Gracias por hacerme sentir viva.

Gracias por abrumarme de felicidad.

Gracias por no sólo quererme, sino amarme tal y como soy.

Gracias por escucharme y entenderme, o como mínimo intentarlo.

Gracias por abrirme la puerta de tus sentimientos desde el primer momento. De par en par.

Gracias por dejarme ser libre dentro de una sociedad repleta de manipulación y de un sentido de la posesión extremadamente enfermizo.

Gracias… por ser así. Como tú.

En un mundo en el que virtudes como la confianza, el respeto, la comunicación y el amor incondicional se hallan tan deterioradas, no es tan raro sentir unas ganas inmensas de agradecerlas.

“Desconectar para conectar”, fantástico anuncio tailandés

Sobran las palabras.

¡Me voy a Londres!

Mis más sinceras disculpas, queridos lectores, por haber desaparecido tan estrepitosamente durante las dos últimas semanas, con independencia del post anterior que he publicado tras acostarme anoche con el tema del “bullying” dándome vueltas. ¡La inspiración ha vuelto! O más bien, no es que se hubiera ido, sino que los acontecimientos me han mantenido ausente del mundo de las ideas para sumirme profundamente en la incertidumbre existencial de tantos jóvenes que, como una servidora hoy en día, buscan una salida laboral, o aunque sea académica, a toda costa para sentir que aprovechamos nuestras vidas y que no se nos escurren entre los dedos ante la inactividad forzada.

¿Y qué ha ocurrido, pues, que me ha alejado tanto de mi amado blog? Pues, señores, resulta que, tras una larga serie de inseguras divagaciones, hoy puedo garantizar plenamente que: ¡ME VOY A LONDRES! Tras haber estado tres meses pendiente de una universidad londinense, que no nombraré porque ni ganas tengo de plasmarla aquí, mi solicitud de un máster hacia la misma resultó completamente fallida, cosa que no me importó lo más mínimo frente al cabreo de que hubieran tardado tantísimo en responderme en condiciones para llegar a una conclusión. En serio, yo solo quería saber si sí o si no, sin más, y venga con la burocracia (online, peor aún), a esperar, a insistir, a esperar otra vez, y así.

Finalmente, a tomar por saco. Y, en cuestión de un par de semanas en contacto con una empresa intermediaria para que me buscara prácticas y alojamiento en Londres, voilá! Cierto que yo no me creo nada a pies juntillas hasta que me encuentro en el meollo de lleno, por pura desconfianza innata que he adquirido a través de los palos que te da la vida, pero sí que he sido entrevistada (en inglés por Skype, con un par, no llevaba ni nervios) y estoy perfectamente seleccionada y admitida.

Aún me quedan unas semanitas para irme, así que procuraré ir informándoos más a menudo y a tiempo real mientras continúo con los últimos trámites y preparativos. Ya sabéis: asegurar la reserva de la vivienda, la asistencia médica, el manejo de los medios de transporte, los asuntos bancarios, el viaje de ida (pasando por Madrid, cómo no), las medidas y el peso de las maletas, renovar el DNI (que me va a caducar ya mismo, hay que ser lerda, nunca dejéis de estar al tanto de esto)… ¡Un no parar de lo más emocionante! Y con todo el respeto que merece enfrentarse a la primera vez que salgo del país para pasar (espero) una temporada bastante más larga que de costumbre.

Que conste que también he de disculpar mi ausencia debido a algún fin de semana largo pasado en Madrid con la mejor de las compañías y para celebrar con ellos, de paso, mi cumpleaños por duplicado (puesto que a la vuelta me esperaba una enorme tarta de chocolate para disfrutar con mis padres), que fue el pasado lunes 16 de enero. 23 añitos. Vaya hostia mental el pasar de los “casi 20” a los “tirando hacia los 25”.

¿Qué puedo decir del transcurso de mis 22 años? Pues, básicamente, lo que ya os conté en mi balance personal del año 2011, redactado hace menos de tres semanas, solo que confirmando ahora mi huida al extranjero y el disponer definitivamente de las mejores amistades a mi lado, por muchos kilómetros que haya por en medio, y de aquella personita que os nombré y sigue en mi vida, cobrando cada vez más importancia.

¡Que paséis un buen domingo!

Lacra en auge: el “bullying”, acoso escolar

Relato ficticio (o no tanto). Autora: María González Amarillo.

Pedro se despertó, como cada mañana, preguntándose si sucedería algo en aquel día que cambiara su vida. Cualquier cosa. Lo mínimo para no llegar a clase y que volvieran a atosigarle, como cada día desde que había empezado el curso hacía ya cinco meses. Ni el parón vacacional de Navidad había conseguido frenar lo más mínimo aquel aluvión de maldad sobre su persona.

Se lavó la cara y se vistió con lentitud, procurando disfrutar del momento, tratando incluso de alargar los minutos que precedían a su tortura diaria. Desayunó y procedió a caminar los 15 minutos del camino hacia el colegio, a buen paso y con la música en los oídos, intentando no pensar, no recordar, no esperar.

Nada cambió aquella mañana. Nada más atravesar las puertas del aula abarrotada, puesto que solía llegar a lo justo a pesar de vivir tan cerca, allí estaban. Los cuatro fantásticos. Los cuatro gilipollas, más bien, atentos a su llegada para provocarle. El más chulo, cómo no, se acercó y le zarandeó agarrándolo de la mochila. Pedro se resistió lo mínimo para no caer al suelo, pero hubo de dejar que se la arrancaran y pisotearan.

“Ignórales, ya se cansarán”, le habían dicho sus padres más de una vez. Pero jamás cesaban en su empeño por amargarle la existencia. Ni sus silencios, ni su resistencia, ni sus quejas a los profesores habían servido de nada. Su tutor se había limitado a llamarles la atención. Ni un recreo les sancionó siquiera. Hasta en una ocasión, el mismo maestro le reprochó a Pedro el que protestara tanto, lo que le abatió, a la vez que enardeció, por dentro aún más.

Desesperanzado, abatido, se sentó en su silla hasta que dejaron de darle un repaso a su mochila y se la tiraron a la cara. Las grises huellas de las pisadas recorrían toda la superficie. Se puso colorado de furia y de impotencia pero, como siempre, permaneció en su mudez.

Vuelta para casa. Un terrible día más. Después de otro espantoso y antes de otro que se preveía igual de horrible. No se habían contentado esa mañana con mancillarle su mochila favorita, sino que también le habían tirado el estuche, obligándole a recogerlo para volver a hacérselo caer varias veces. Algún coscorrón en la cabeza tampoco había faltado, incluso un mal golpe en el ojo, tras el cual habían fingido que fue sin querer, librándose una vez más de la sanción que se merecían.

“No puedo más”. Pedro recorría aquellos 15 minutos con más lentitud aún que a la ida al colegio, preguntándose por qué, imaginándose que se desplazaba un par de metros hacia la derecha para que le atropellara el autobús que estaba a punto de pasar.

Pero no lo hizo. No era capaz. No quería huir de la vida, todavía cabía la esperanza de que le podía aportar muchas cosas. Pero aún no, ni al día siguiente ni durante todo el año, concluía cabizbajo mentalmente. No podía imponerse a los cuatro, cada uno de ellos era más alto y fuerte que él. Y ya entre los cuatro si le daban una paliza no podía ni imaginarse cómo quedaría, además de añadirle más humillación a su vida. Entonces, tomó una decisión.

Por la noche, le dio un beso de buenas noches a sus padres, como siempre, y se acostó. Durmió mejor que nunca, mejor que en los cinco meses anteriores. Se sumió en un sueño dulce y profundo, sin pesadillas por fin. Al sonar la alarma, la paró rápidamente. Se vistió con el mismo pausado deleite de cada mañana, recreándose en cada botón que abrochaba, pero con una mirada mucho más reflexiva, determinante, segura.

Después de desayunar, más temprano que de costumbre, Pedro entró al despacho de su padre, quien pertenecía al cuerpo de policía nacional, y abrió su cajón privado. Estaba terminantemente prohibido escrutar el contenido de dicho cajón, pero él sabía lo que contenía. Se tomó su tiempo para considerar la magnitud de sus actos y, con decisión, agarró finalmente la pistola de servicio de su progenitor. Comprobó que estaba cargada y partió, pasando por unos 15 minutos diferentes a todos los anteriores, relajados y excitados a la vez, casi a cámara lenta. Llegó al colegio, admiró sus grandes puertas, dirigió los ojos hacia el cielo, pidió perdón a sus padres, lanzó un último suspiro y accedió al edificio.

No hubo tregua. El gesto burlón de los cuatro fantásticos se tornó en una expresión de terror absoluto que no tuvo ni tiempo de manifestarse más de 3 segundos, durante los cuales Pedro desenfundó su arma y pegó un tiro a cada uno de ellos. No erró ninguno. Ya que lo hacía, iba a matar. Las películas de acción le habían servido para algo, aunque estuvo a punto de desequilibrarse de la fuerza que desprendía el instrumento mortífero. Optó porque en su viaje a la muerte acompañaran un par de compañeros más a los cuatro capullos que jamás se habían dignado a defenderle, es más, les habían reído las gracias, aunque él sabía que lo hacían por borregos, por no sentirse excluidos de la manada, para que no los eligieran a ellos como objetivos alternativos.

Ante el ruido de los disparos y el griterío inmediato que se había levantado por toda la clase, el tutor entró precipitadamente en el aula. También se llevó su dosis, aunque tardó algo más en morir. Un tiro no tan limpio. “Joder, Pedro”, se dijo a sí mismo. Se acercó al cuerpo languideciente del profesor y, devolviendo con dureza la mirada a unos ojos desorbitados y agonizantes, aprovechó para pronunciar con los labios sin emitir sonido: “debisteis hacer algo”. Y lo remató. Con la intención de que no sufriera.

¿Quién tuvo la culpa del desenlace en esta historia?

No siempre hay un final feliz. Sobre todo fuera de Hollywood.

Una papelera: ¡al abordaje!

Hoy, tengo unas cuantas preguntas que lanzar a nuestra querida sociedad. Para empezar: ¿qué coño ocurre en España en cuanto a la limpieza? ¿Dónde ha quedado la educación y el sentido común? ¿Por qué me encuentro por la calle cada vez más papeleras absolutamente violentadas? Lo que me he cruzado esta misma mañana (véase la imagen) ya ha sido lo último.

¿Para qué conformarse con agredirla vilmente aún dejándola en su sitio cuando puedes quemarla directamente y hacerla desaparecer de la faz de la tierra? Qué sentimiento de satisfacción y de poder ante la devastación, ¿eh? A ver, niñatos y niñatas con ansias destructivas: esto es delincuencia, estupidez humana y ausencia total de un par de hostias bien dadas a edades tempranas.

¿Sabéis qué? En Japón no hay papeleras. ¡No hay papeleras! Deben de tener las ciudades hechas una basura, ¿no? Pues justo lo contrario. Precisamente, por lo concienciada que está la mentalidad al otro lado del globo, no las necesitan. Todo chicle, envoltorio, pañuelo con mocos, etc, va a parar al bolsillo del autor para tirarlo al recipiente que le corresponde en su casita, sin osar arrojarlo al suelo.

Por no hablar del panorama que sigue a las noches de botellón en este país. Qué lástima de parques y vecindarios… Mira que llevo tiempo diciéndolo: no me puedo creer que no haya en todas las ciudades un botellódromo. Es más, que lo haya en Jerez y no en Madrid me deja completamente descolocada.

Pues nada, seguimos en nuestros trece, abriendo paso a un mundo sin árboles, viciado de humo y polución, con cristales y jeringas al alcance de los niños pequeños y una cantidad ingente de mierda pegándose a la suela de nuestros zapatos. Así son las cosas y así las hemos querido.

Balance personal del año 2011

Sé que este post debería haberse escrito el 31 de diciembre de dicho año pero bueno, nunca es tarde para reflexionar un poco sobre el año pasado. Si me permitís, lo voy a adornar con varios de los mensajes que personas anónimas escribieron para que fueran expuestos en aquellas bolas gigantes que colocaron en septiembre en la Plaza de Callao de Madrid y que iban ofreciendo sus deseos y/o propósitos uno detrás de otro, apareciendo y desapareciendo paulatinamente, y durante las 24 horas del día.

¿Qué puedo decir? Un año intenso. Tela. Un año para ponerme a prueba más que nunca. Un año en el que he visitado Roma, Amsterdam y Bélgica (hacedme el favor de ir a Brujas, ciudad de ensueño como pocas, con pareja si es posible), he terminado la doble licenciatura de Periodismo y Comunicación Audiovisual, he pasado mi primer verano en Madrid, me he operado de la vista y he vivido de primera mano una revolución política y social de reconocimiento universal. Un año en el que hasta las lágrimas derramadas y las decepciones sufridas han valido su peso en oro para curtirme y hacerme tal y como soy.

Difíciles últimos meses de carrera. Poco tiempo libre, tensiones varias compañeriles, incertidumbre total hacia el futuro. Y, tal y como empezó mi aventura académica en la capital, terminó, igual de rápido. He de reconocer que, aunque cara de cojones, la Universidad Europea de Madrid me parece buena. Más que buena, al menos en las ramas de la comunicación. Muchísimas prácticas, profesores cercanos y bien entendidos en sus materias, disponibilidad libre de instrumentos de todo tipo (eso sí, no te retrases un día en devolver una cámara, que te sancionan un mes), acceso permanente a las diferentes salas con sus programas o útiles determinados…

Probablemente, un error ha sido no aprovechar mejor todas estas posibilidades, no haber sido más autodidacta. En fin, no vamos a lamentarnos por lo irremediable. Y tampoco nos engañemos: una preparación excepcional pero en cuanto al curro garantizado me han dado por saco.

Un verano espectacular en Madrid. Alucinante, precioso, emotivo. Entre semana, sus madrugones para ir a las prácticas y las siestas no me las quitaba nadie, junto con las reuniones semanales con mi consejo de ministras particular. Los fines de semana, la vida se transformaba. Jerez, el festival de Benicasim, Tarragona, Chipiona, Benidorm, Sevilla. Madrid y todo lo que ofrece, por supuesto. Sin olvidar, ya que hablamos de turismo, la visita primaveral al País Vasco y a Logroño en Semana Santa.

Septiembre: fin del contrato de las prácticas. ¿Y ahora qué? Frente a la espera eterna para que alguien notara mi existencia como profesional, tenía que hacer algo, sobre todo al estar pagando un alquiler en Madrid. El resultado fue apuntarme a una academia de inglés para intentar sacarme el Advanced. Y digo intentarlo porque, aunque mi nivel era para aprobarlo, el examen no me salió bien. Así que nada, a seguir mejorando el idioma de todas formas. Ya nos veremos las caras el resultado y yo dentro de unas semanas.

Lo que no me esperaba era que el ambiente en una academia de inglés pudiera tener tantísima vida. Qué gente tan fantástica me he encontrado en ella, madre mía, y qué buen rollo y qué ilusión de relacionarse con seres a los que te apetece verlos, que te alegran el día con simplemente su presencia, que cuentan contigo desde el primer día y sin conocerte de nada. Gente que brilla, que destaca, que te iluminan y te hacen confiar más en el género humano.

Sin embargo, una vez realizado el examen… Vuelta a casa. Cuatro meses enviando el currículum y varias ocasiones en las que parecía haber esperanza cuando al final resultaba que no. Pues nada, vuelta al nido familiar a investigar otras opciones, a ser posible en el extranjero. En este tema no hay nada concreto todavía, ya se irá viendo.

Un mes de diciembre apacible. Celebrando como correspondía el haber hecho el examen del Advanced por fin, haciendo las maletas, sufriendo las despedidas y experimentando el sabor dulce de unas vacaciones más largas, después de un año y medio sin tenerlas. A gustísimo entre mi familia, a los que más quiero en este mundo; recuperando un poco el hábito lector, perdido entre phrasal verbs y sus puñeteros sucedáneos; haciendo, aleluya, ejercicio, tras unos seis años de sedentarismo. Restableciendo contacto también con las amistades de mis orígenes, por supuesto.

Así pues, dejándome muchas cosas en el tintero, me despido del año 2011 con una gran sonrisa, la verdad. Gracias, 2011, por todo lo que me has enseñado, tanto lo bueno como lo malo. Gracias por decirme adiós con el inmenso regalo de contar con una nueva personita en mi vida desde hace muy poco pero que parece prometer mucho, y gracias por todas con las que me he relacionado. Pero, sobre todo, gracias por haberme dado la oportunidad de creer en la fuerza de la amistad a través de los dos especímenes más maravillosos que se han podido cruzar en mi camino. Y catalanes, con un par.

Le deseo un feliz 2012 a todas esas personas que quiero, aprecio y que me han aportado algo, y a todos aquellos que se lo merecen. Este es nuestro año, ni crisis ni hostias.

¡Un abrazo!

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