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Lacra en auge: el “bullying”, acoso escolar


Relato ficticio (o no tanto). Autora: María González Amarillo.

Pedro se despertó, como cada mañana, preguntándose si sucedería algo en aquel día que cambiara su vida. Cualquier cosa. Lo mínimo para no llegar a clase y que volvieran a atosigarle, como cada día desde que había empezado el curso hacía ya cinco meses. Ni el parón vacacional de Navidad había conseguido frenar lo más mínimo aquel aluvión de maldad sobre su persona.

Se lavó la cara y se vistió con lentitud, procurando disfrutar del momento, tratando incluso de alargar los minutos que precedían a su tortura diaria. Desayunó y procedió a caminar los 15 minutos del camino hacia el colegio, a buen paso y con la música en los oídos, intentando no pensar, no recordar, no esperar.

Nada cambió aquella mañana. Nada más atravesar las puertas del aula abarrotada, puesto que solía llegar a lo justo a pesar de vivir tan cerca, allí estaban. Los cuatro fantásticos. Los cuatro gilipollas, más bien, atentos a su llegada para provocarle. El más chulo, cómo no, se acercó y le zarandeó agarrándolo de la mochila. Pedro se resistió lo mínimo para no caer al suelo, pero hubo de dejar que se la arrancaran y pisotearan.

“Ignórales, ya se cansarán”, le habían dicho sus padres más de una vez. Pero jamás cesaban en su empeño por amargarle la existencia. Ni sus silencios, ni su resistencia, ni sus quejas a los profesores habían servido de nada. Su tutor se había limitado a llamarles la atención. Ni un recreo les sancionó siquiera. Hasta en una ocasión, el mismo maestro le reprochó a Pedro el que protestara tanto, lo que le abatió, a la vez que enardeció, por dentro aún más.

Desesperanzado, abatido, se sentó en su silla hasta que dejaron de darle un repaso a su mochila y se la tiraron a la cara. Las grises huellas de las pisadas recorrían toda la superficie. Se puso colorado de furia y de impotencia pero, como siempre, permaneció en su mudez.

Vuelta para casa. Un terrible día más. Después de otro espantoso y antes de otro que se preveía igual de horrible. No se habían contentado esa mañana con mancillarle su mochila favorita, sino que también le habían tirado el estuche, obligándole a recogerlo para volver a hacérselo caer varias veces. Algún coscorrón en la cabeza tampoco había faltado, incluso un mal golpe en el ojo, tras el cual habían fingido que fue sin querer, librándose una vez más de la sanción que se merecían.

“No puedo más”. Pedro recorría aquellos 15 minutos con más lentitud aún que a la ida al colegio, preguntándose por qué, imaginándose que se desplazaba un par de metros hacia la derecha para que le atropellara el autobús que estaba a punto de pasar.

Pero no lo hizo. No era capaz. No quería huir de la vida, todavía cabía la esperanza de que le podía aportar muchas cosas. Pero aún no, ni al día siguiente ni durante todo el año, concluía cabizbajo mentalmente. No podía imponerse a los cuatro, cada uno de ellos era más alto y fuerte que él. Y ya entre los cuatro si le daban una paliza no podía ni imaginarse cómo quedaría, además de añadirle más humillación a su vida. Entonces, tomó una decisión.

Por la noche, le dio un beso de buenas noches a sus padres, como siempre, y se acostó. Durmió mejor que nunca, mejor que en los cinco meses anteriores. Se sumió en un sueño dulce y profundo, sin pesadillas por fin. Al sonar la alarma, la paró rápidamente. Se vistió con el mismo pausado deleite de cada mañana, recreándose en cada botón que abrochaba, pero con una mirada mucho más reflexiva, determinante, segura.

Después de desayunar, más temprano que de costumbre, Pedro entró al despacho de su padre, quien pertenecía al cuerpo de policía nacional, y abrió su cajón privado. Estaba terminantemente prohibido escrutar el contenido de dicho cajón, pero él sabía lo que contenía. Se tomó su tiempo para considerar la magnitud de sus actos y, con decisión, agarró finalmente la pistola de servicio de su progenitor. Comprobó que estaba cargada y partió, pasando por unos 15 minutos diferentes a todos los anteriores, relajados y excitados a la vez, casi a cámara lenta. Llegó al colegio, admiró sus grandes puertas, dirigió los ojos hacia el cielo, pidió perdón a sus padres, lanzó un último suspiro y accedió al edificio.

No hubo tregua. El gesto burlón de los cuatro fantásticos se tornó en una expresión de terror absoluto que no tuvo ni tiempo de manifestarse más de 3 segundos, durante los cuales Pedro desenfundó su arma y pegó un tiro a cada uno de ellos. No erró ninguno. Ya que lo hacía, iba a matar. Las películas de acción le habían servido para algo, aunque estuvo a punto de desequilibrarse de la fuerza que desprendía el instrumento mortífero. Optó porque en su viaje a la muerte acompañaran un par de compañeros más a los cuatro capullos que jamás se habían dignado a defenderle, es más, les habían reído las gracias, aunque él sabía que lo hacían por borregos, por no sentirse excluidos de la manada, para que no los eligieran a ellos como objetivos alternativos.

Ante el ruido de los disparos y el griterío inmediato que se había levantado por toda la clase, el tutor entró precipitadamente en el aula. También se llevó su dosis, aunque tardó algo más en morir. Un tiro no tan limpio. “Joder, Pedro”, se dijo a sí mismo. Se acercó al cuerpo languideciente del profesor y, devolviendo con dureza la mirada a unos ojos desorbitados y agonizantes, aprovechó para pronunciar con los labios sin emitir sonido: “debisteis hacer algo”. Y lo remató. Con la intención de que no sufriera.

¿Quién tuvo la culpa del desenlace en esta historia?

No siempre hay un final feliz. Sobre todo fuera de Hollywood.

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  1. Borja
    enero 21, 2012 en 12:30 pm

    Yellow mellow! Me ha llegado este relato, muy bueno. Bien narrado e impactante, dosis dura de realidad para todos. ¿Seguro que no te viene mejor escribir un libro que noticias en los periodicos? If you write a book I would be the first one on buying it jejeje 😛

    • enero 21, 2012 en 12:38 pm

      Jajajaja, muchas gracias, Borja :D. La verdad es que hace tiempo que me desencanté de los medios de comunicación, solo que me siguen llamando más la atención que otras empresas de momento (por suerte, sé que me queda tiempo para descubrir otras opciones que probablemente me llenen más, dentro o fuera de ellos).

      Pero créeme que más de una vez he pensado en que algún libro saldrá cualquier día… Dentro de bastantes años, cuando me sienta preparada, con tiempo, ganas, formación y una historia que contar. No obstante, de momento, ¡a darle al inglés!

      Un besazo desde el sur :).

  2. rayo de luz
    enero 22, 2012 en 11:56 am

    Presentaron en el Actual el corto “They Say” (Dicen), que trata este tema pero desde un punto de vista que me pareció curioso, ya que deja espacio a los abusones para que expresen las motivaciones que les llevan a hacer lo que hacen. La historia que narra el corto es muy emocionante y hasta logra que el espectador eche un lagrimote. Dejo el trailer, pero esta sin subtitulos.

    ¿Que columpiada el final del texto no? ¿eso lo sueña o lo hace? jajaja.

    • enero 22, 2012 en 4:28 pm

      Lo hace pero, en este caso, es ficción ;). Aunque no sería el primero que se liara a tiros en una escuela/universidad si investigamos un poco, tirando más hacia los Estados Unidos desde luego. La intención es que el lector reflexione sobre el tema. Mi escrito no deja de ser un relato sacado de la imaginación pero con el objetivo de exprimir su aplastante base realista.

      Muchas gracias por darme a conocer el corto, tiene pinta de intenso y de poner los pelos de punta, lo buscaré.

      ¡Un saludo!

  1. enero 22, 2012 en 1:20 am

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