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Archive for 25 febrero 2012

London rules

Como es natural, ya hay unas cuantas cositas que me han llamado la atención de este país. Algunas conocidas, otras olvidadas y tantas muchas por descubrir. Para empezar, y dentro de lo que me permite la bazofia de conexión a Internet de esta residencia, bueno, del piso concretamente en el que vivo del edificio (a mí me tenía que tocar, ¡en los demás va en condiciones!), os enseño cómo Londres me da los buenos días al descorrer las cortinas por las mañanas.

Lo sé, no tiene una gran resolución pero por ahora me las apaño con el móvil. La imagen me dio buen rollo, esperanza, alegría, más ganas de levantarme todavía. Me abrió los ojos, me re-situó en mi nuevo hogar. Indudablemente, no se trata de ningún paisajazo, de una vista espectacular… Pero es Londres. Otra ciudad, otra gente, otra mentalidad, otro estilo de vida, otro mundo. Para rematar lo que quiero decir: soy yo en Londres. He aquí la cuestión.

Por ejemplo, comenzando a profundizar, parémonos a observar esa afición al café portátil. Sí, claro que existe también en España, pero nunca me había cruzado con tantísimos seres humanos portando uno de ellos. Si algo aprendí al primero que adquirí esta semana es que el cartón que le ponen para cogerlo resulta de suma importancia para no perder los dedos de ardor.

Os plasmo a continuación el segundo y último café (al menos de tamaño large, que ya fui bestia yo eligiendo) que tomaré en este país. ¿Por qué? Pues porque, a pesar de que me motivara a escribir mi primer post desde Londres, es decir, el anterior (para dar vueltas en la cama prefiero aprovechar el tiempo), las cuatro horas de sueño me pasaron factura a la tarde del día siguiente. Aparte, mejor un buen tazón de cereales antes de salir de casa y evitar estar gastando dinero cada mañana. Relego a los demás el placer del glamuroso y magnánimo potingue cafeínico.

Grande con todas sus ganas, ¿eh? Me mantuvo durante horas sin que me entrara hambre. Pero bueno, prosigamos con algún que otro detalle cotidiano de estos británicos.

De la siguiente foto, lo que me veo obligada a comentar se centra, sin duda, en la diferencia crucial entre el mensaje de esta puerta de cuarto de baño londinense con respecto a cualquier otra puerta española en la que normalmente se expondría algo parecido a “no arrojar compresas ni tampones al WC”.

Está claro que los ingleses, lo que es tirar este tipo de útiles por el váter no lo hacen, porque de hacerlo colocarían carteles similares en las puertas, digo yo. Y ya que no se cargan los inodoros, algo habrá que poner, ¿no? Exquisitez máxima a la orden del día. Me parece correcto, la verdad. Curioso, cuanto menos.

Finalmente, llegamos a un derrotero de lo más expandido entre los no británicos. ¡Esa circulación en direcciones distintas al resto de Europa que nos trae locos! Pues nada, un letrero grande y claro a nuestros pies antes de cruzar.

Me ha gustado cómo ha quedado la foto, con cierta llovizna en el ambiente. De momento, he tenido la dicha de que no me haya caído ninguna tromba encima, ni tampoco estando a cubierto la he visto, de hecho. Y ese famoso frío semi-polar atribuido a estos lares se me antoja más bien un gran mito. Obviamente no hace calor, pero aquí no te van a traspasar más olas siberianas y sucedáneos de los que te puedan sorprender en Madrid. Incluso en caso de llevar prisas hasta te quitas capas de vez en cuando.

Volviendo al mensaje de la fotografía, a mí se me viene una pregunta a la cabeza: ¿cuántos atropellos se habrán producido para que hayan tenido que plasmar eso en nuestras narices?

Como podéis ver, todo ocurre por alguna razón, así como que todo letrero tiene su motivo.

Y con esto y una barrita de cereales, a la cama. A descansar y a ver lo que va surgiendo para los próximos días. London’s calling

¡Que paséis un feliz fin de semana!

London life

Visto lo visto, es decir, 17 días consecutivos sin publicar nada, he llegado a la conclusión de que no sería mala idea pasarme un poco al plano visual (sí, señores, ¡fotitos!) para ir plasmando mis experiencias en mi nueva aventura, distinta de cualquier otra vivida anteriormente. Nada como unas prácticas laborales en una ciudad como Londres para despertarte los sentidos un poco más en este nuestro gran mundo y en este mi pequeño universo interior. Con sus ventajas y sus inconvenientes, por supuesto. Comencemos, pues.

Así es como me recibió la capital británica un 12 de febrero de 2012, cargando con una maleta de 21 kilos (maldito kilo de más) y otra de 9.8 aproximadamente. Un bellísimo manto blanco que cubría los campos, dándole a mi llegada un toque mágico y encantador.

A excepción de en los 3 trasbordos que hice, claro, durante los cuales la realidad me devolvió brutalmente a la pesadez de mis 30 kilos a cuestas.

Mis fieles seguidores sabrán, y los que no os enteraréis ahora mismo, que los medios de transporte siempre me parecen unos espacios de lo más interesantes en el plano sociológico. Cada día te pueden sorprender o llamar la atención con algo. Como el siguiente anuncio que exponía una de las paredes del tren que cojo actualmente a diario:

Exacto. Beauty is with thin. Llamadme malpensada pero… Oiga, ¿no está incitando a los pasajeros en cierto modo a la anorexia? Pensadlo, pensadlo. A mí se me vino a la cabeza en cero coma, lo relacioné a la velocidad de la luz, demasiado rápido quizá. Probablemente influya la fusión de mi propia condición femenina y psicología personal a la hora de percatarme de este tipo de mensajes, digamos, no ocultos, porque no afirmo que vaya realmente intrínseco en la intención publicitaria pero vamos, tal y como están los cerebros de las niñas de hoy en día… En fin, continuemos, no obstante, con el susodicho tren, ahora mostrando una visión algo más genérica de su composición.

No tiene nada de particular, la verdad. Pero que a mí al volver hoy para casa un completo desconocido me haya dejado pasar con un caballeroso gesto de la mano y un “ladies” pronunciado con una sonrisa pletórica, además de haberme deseado poco después (habiendo salido y todo del tren y adelantándome tras varios minutos yendo yo totalmente ya a mi bola) un “have a good evening” girándose hacia mí y sin venir a cuento, pues qué queréis que os diga, me da la confianza en el género humano que me falta desde hace años.

Sin embargo, este tipo de situaciones no dejan de formar parte de la cara bonita de los medios de transporte porque, si alguien quiere estresarse, le recomiendo elegir como primera opción el meterse en el metro de Londres con prisas. Una cantidad de gente por todos lados de todas las razas, una mezcolanza cultural… que no sé ni cómo no se estampa contra sí misma más a menudo del torrente incombustible que provoca, cubriendo cada vía, cada pasillo, cada recodo, cada centímetro de cada uno de los vagones.

London Bridge es mi querida parada, en la que me cambio al tren del que ya os he hablado y que me lleva a mi lugar de trabajo. A ver si un día de estos salgo de ella hacia el exterior a contemplar realmente el London Bridge en vez de continuar sumida bajo tierra.

Esta mañana había tantísima gente que cortaron uno de los accesos, obligándonos a dar una buena vuelta a los que queríamos acceder a los trenes y descolocándome por completo al pensar por un momento que no estaban disponibles. La semana que viene pruebo los autobuses y hago balance sobre en qué resulta menos agobiante viajar. Total, creo que me tardarán más o menos lo mismo entre un trasbordo y otro, puesto que parece imposible encontrar un recorrido directo, así que lo comprobaré más pronto que tarde, y más con la tromba humana de esta mañana. Aish, esos autobuses rojitos y altísimos… ¡Ya caerán más fotos! De todas formas, ya me he montado en uno y sí, son muy cucos, pero como no te agarres con las dos manos acabas rodando por las escaleras.

Y nada más por hoy. Hala, por fin he empezado a escribir desde aquí, así que esto no tiene vuelta atrás, ¡he arrancado! Tras una semana y media de locura absoluta entre asimilar la situación, superar el pánico inicial y aclararme en el tema de la vivienda (que no estaba del todo estipulado, lo cual no te suele permitir mucha tranquilidad), he logrado la estabilidad necesaria para sentarme a escribir. Eso solo puede significar que… ¡comienzo a adaptarme!

Bueno, y por otra parte, os enseñaré próximamente el Large Capuccino que me ha desvelado por completo de mi sueño esta noche (son las 2:15 y me levanto a las 7, y sigo con unos ojos de búho que pa qué). Agradecedle también a él este post.

¡Buenas noches desde London City!

Categorías:London's calling, Pizcas

Las secuelas emocionales del pasado

Imagino, y espero, que no a todos les ocurre, pero estoy bastante segura de que a muchos de nosotros nos persiguen ciertas experiencias, actitudes adquiridas, sistemas de defensa que actualmente reaccionan de una determinada manera debido a circunstancias pasadas. Y no siempre intervienen en el momento más adecuado, pero se hallan ahí, agazapadas, esperando su oportunidad para ponernos a prueba.

Aspectos tan determinantes como la educación, el posible maltrato de un progenitor, el miedo a una pareja, la desconfianza hacia un amigo… Situaciones que se repiten sucesivamente a lo largo de la vida de las que aprendemos, algunos más lentamente que otros. Y una tercera parte que, desgraciadamente, no aprende la lección jamás, pero de estos no vamos a hablar hoy.

Así pues, cobra suma importancia el derecho a nacer y crecer de una manera sana, con unos principios establecidos. No hablo de ideologías marcadas o de creencias definidas, sino de unos valores que deberían ser tan intrínsecos como naturales en el hombre como son el respeto y la comunicación. El respeto es la base de toda creación beneficiosa, la comunicación la completa y la realza a su máxima expresión. Y, posteriormente, la madurez consigue perfilar por completo este marco de humanidad.

El problema es que este camino depende exclusivamente de nosotros y los valores sociales que nos rodeen. Es decir, que el dilema comienza donde la humanidad termina, susceptible de ser azotada por una educación inadecuada, unos círculos conflictivos, una permisividad excesiva ante la injusticia o un ímpetu controlador que no puede llevar sino a la destrucción de los demás y de ti mismo.

Para dejar de divagar e intentar hacerme comprender mejor, volvamos a los ejemplos prácticos citados unos párrafos más arriba y comprobemos cuánta certeza hay en tales hipótesis personales, las cuales probablemente también se hayan cruzado por varias de vuestras mentes. Algo así como el famoso karma que acumulamos y sus consecuencias, aunque en ocasiones las causas no estarán al alcance de los protagonistas, como se da en el siguiente caso que voy a exponer y del que cuento con testimonios verídicos.

Un padre que maltrata a sus hijas. Unas hijas que albergan un miedo constante a su presencia, que cada día temen por su integridad física y psicológica, que no ven el momento de liberarse de la costumbre del pánico adquirido. Hasta que, por fin, la situación cambia, consiguen la independencia. Sin embargo… ¿de qué manera habrá afectado esta influencia extremadamente perniciosa en ellas a la hora de relacionarse con una pareja, e incluso en el momento de reflexionar sobre el género masculino en general y la confianza hacia él? Aunque no entre dentro de sus pretensiones, como mínimo en el subconsciente hay un alarma de peligro inminente, una luz activada que tardará su tiempo en apagarse a pesar de la distancia con respecto a la situación anterior.

Saltemos a otro caso, de resultado similar aunque detonante diferente. Una pareja reprimida, sumida en un egocentrismo absoluto plagado de celos y posesividad, un ambiente terroríficamente opresivo en el que no se sabe ni cómo han acabado. Una relación de vigilia, de desconfianza, de falta de respeto y, consecuentemente, de sufrimiento extremo hasta límites insospechados, hasta fronteras que no se distinguen hasta pasado otro periodo de tiempo. Porque llega un día en que tal relación se acaba, como no podía (o no debía) ser de otra manera. ¿Cómo se van a relacionar cada uno de los componentes de una relación así con los siguientes pretendientes?

Para empezar, con pies de plomo, con una actitud que, aunque queriéndose evitar, sobre todo al principio se manifestará en todo su esplendor, porque hay demasiado dolor adormecido y temeroso de despertar, demasiado hábito impregnado de la inmadurez, demasiados recuerdos oprimentes contrapuestos a la excelsa libertad explotada nada más haber terminado con aquella lacra. Por suerte, esos temores iniciales desaparecerán con el nacimiento de un nuevo espacio amoroso en el que confluyan el respeto y la comunicación de los que hablábamos antes.

Tercer y último caso, culminado con una consecuencia distinta de los dos supuestos anteriores pero no menos importante como es la repercursión sobre la amistad, para que no parezca que estas “secuelas emocionales” solo se focalizan hacia la pareja, sino hacia todo ámbito relacional. Todos sabemos que nuestros primeros lazos se basan en los amigos. Esas personitas que vamos conociendo a edades tempranas van a contribuir en gran medida e inevitablemente a forjarnos como los adultos que seremos más adelante.

Pues el procedimiento es el mismo: cualquier proceso amistoso en el que a un niño o niña se le someta, se le maltrate, se le haga sentir inferior de cualquier manera o simplemente se sienta poco querido, ignorado o rechazado, determinará enormemente su posterior actitud hacia los siguientes vínculos adolescentes e incluso adultos que, por muy cercanos y fantásticos que sean en a diferencia de los primeros, difícilmente no se verán rociados mínimamente de un cierto halo de resistencia al principio, una cierta ansia por mantener una coraza para no volver a salir dañados.

Por tanto, vemos cómo nuestro desarrollo relacional infantil y adolescente, nuestros primeros contactos emocionales, pueden dejar profundas secuelas. Quizá no para toda la vida, pero sí responsables de una cautela y un recelo aún por superar, e incluso por descubrir a lo largo de los sucesivos lazos interpersonales si no se era consciente de su nicho establecido en aquel rincón, el cual se procuró dejar aparcado mas continúa agazapado a raíz de la fuerza que adquirió, o que nosotros mismos le dimos, ya sea inintencionadamente o por condiciones externas.

No obstante, para terminar de forma algo más optimista y esperanzadora, cabe comentar que estas aprensiones y escepticismos ocultos, lejos de tomarlos como traumas y teniendo en cuenta que lo hecho, hecho está, se pueden intentar aprovechar para conocerse a uno mismo, examinarse, reflexionar y expandir los horizontes mentales hacia otras posibilidades, relaciones y proyectos de vida maravillosos con otra perspectiva. Más madura y más selectiva, más prudente y menos apasionada que como cuando éramos más jóvenes, pero igual de humana y probablemente más beneficiosa a la larga.

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