Archivo

Archive for 31 marzo 2012

Semana primaveral en Londres

Una semana en Londres impresionante en cuanto al clima. A excepción de hoy, que ya me habían dicho que para el fin de semana iba a hacer malo, ¡pero vaya cinco últimos días, señores! Ni una nube, el sol en la cara… Incluso uno de los días salí por la tarde sin abrigo, ¡alucinante! Al volver más tarde por la noche fue otro cantar pero bueno, se agradece que la primavera se vaya haciendo notar.

He encontrado un recorrido fantástico que me gustaría hacer a diario. Se trata de una agradabilísima caminata de unos 40 minutos desde el barrio de Lewisham hasta el de Greenwich, aunque yo lo que haría sería llegar hasta un mirador antes de acceder a este barrio y ahí me volvería, cumpliendo con una horita de semi-ejercicio (lo siento, mi odio hacia los gimnasios no es compatible con volver a intentar probar ninguno, al menos por ahora). En el siguiente mapa podéis verlo.

En esa primera avenida larga que he de atravesar hasta llegar a Blackheath es donde me quedé prendada de un par de árboles, literalmente: dos únicos árboles repletísimos de color, vida y esencia primaveral. Todos los demás ofrecían un panorama bastante más pelado, pero se olía en el ambiente que algo está comenzando a germinarse…

Nunca he sido tan consciente de la llegada de una estación. En España, lo adviertes en toda su plenitud puesto que normalmente el calor va y te golpea con ganas casi sin avisar. Sin embargo, por estos lares se experimenta prácticamente como un anhelo, un caramelo que te van dando a cachitos. Mucho significa ya para mí misma haber sentido desde lo más profundo la necesidad de quedarme parada ante un árbol para observar detenidamente su copa, su riqueza floral y lo que suponía su presencia, su existencia como tal, en la evolución temporal-climatológica. El despertar de la temporada. Sencillamente precioso.

Pues aún más impresionantes resultan los enormes parques que cruzo entre la salida de Blackheath y Greenwich (podéis ver en el mapa la extensión de la que gozan). De ellos aún no tengo fotos, pero espero hacerlas pronto. Me da la sensación de que me abstraigo tantísimo en mis pensamientos mientras los atravieso que ni quiero romper ese halo de reflexión para tratar de plasmar la escena, aparte de que veo imposible abarcar e inmortalizar fielmente en una fotografía lo que supone para mí ese momento. Tampoco me cabe gran cosa en el puñetero visor ante la inmensa planicie del césped y la enormidad del cielo, por lo que me temo que acabaré cometiendo un sacrilegio contra el propio paisaje pero bueno, se intentará.

A continuación y para despedirme, os voy a enseñar lo que se convirtió hace unas semanas en mi nuevo “papel tapiz” (así llama el HTC a la imagen de fondo de pantalla, qué exquisito él), tomada en un fin de semana de frenético turismo por el centro.

Simple, pero me encanta.

¡Que paséis un buen fin de semana!

Poema a los amigos, de Jorge Luis Borges

Pocas palabras plasmadas por aquí a lo largo de la última semana. Unos días difíciles, días de adaptación, de tensión, de levantarse, de luchar, de recibir malas noticias. Semanas especialmente intensas las seis últimas, y parece que la agitación no tiene fin. Obviamente sé que sí, pero no cuándo. Por ahora la angustia a mi alrededor no hace más que crecer. Lo noto, lo detecto, lo veo (también me cuentan parte de ella, claro), se abre hacia mí toda una retahíla huracanada de insatisfacción, incomprensión, desesperación, desde el exterior y desde mi interior a partes iguales.

El equilibrio emocional se encuentra definitivamente aplastado entre tanta hostia mental (alguna expresión más directa tenía que soltar, que sigo siendo yo la que escribe). Siempre he sabido que el principal motivo de nuestra inestabilidad somos nosotros mismos, pero últimamente se me está escurriendo este argumento entre los dedos, entre las lágrimas semi-injustificadas, entre el dolor ajeno, entre las miles de diminutas aflicciones que, al unirse todas en una, explotan y desmoralizan hasta al más fuerte.

Basta. Se acabó el buscar el bienestar, se terminó el luchar contra uno mismo, culminó esta incesante reflexión sin comienzo ni final. Toca dejarse llevar. Experimentar, sufrir, sonreír, confesar, callar, escuchar y, por fin, dejar de agotarse por querer estar siempre por encima de las circunstancias. Unirse a ellas, compincharse, saberse cómplice, asimilar que a veces deciden darte por saco un tiempo y punto.

Hoy, no toca contar maravillas de Londres. Tampoco desgracias, que para eso tengo a mis seres queridos y a mi diario (si es que lo actualizo un día de estos…). Después del tocho que acabáis de zamparos, solo voy a colgar dos presentaciones que he recibido esta semana de una de las personas a las que más quiero y querré nunca en este mundo, sin ninguna duda (sí que me pilla sensible, cuando publique esto me pondré colorada yo sola al releerlo).

Ahí va, en primer lugar, el Poema a los amigos de Jorge Luis Borges. Corto pero conciso. Lo malo es que al subir el powerpoint a la plataforma de documentos nos podemos ir despidiendo de la musiquita que acompañaba a las imágenes y textos pero bueno, os propongo ver la presentación mientras escucháis la melodía del vídeo que he colgado justo debajo. Es puramente funcional, para acompañar acústicamente a las palabras de Borges, aunque quien quiera luego tragarse los 10 minutos de paisajitos cuenta con todo mi apoyo, por supuesto.

De hecho, no estaría mal que dejárais este vídeo funcionando para ver la siguiente presentación igual de bien ambientada. Una sucesión de escenarios distinta, ausente de mensajes, todo visual, color, naturaleza. Reconozcámoslo: el Photoshop hace maravillas. Con esto me despido, sin confiar en las sorpresas que me deparen los próximos días, sin pensar en que mañana abriré los ojos albergando una felicidad radiante, sin creer que dentro de dos días todo volverá a la normalidad dentro y fuera de mi cabeza.

Solo esperaré a que en esta ciudad, la British City por excelencia, haga otro día tan espectacular como lleva haciendo desde el lunes. Ni una sola nube. Almuerzos bajo el sol en un banco cualquiera de la calle hablando en spanglish (más English que Spanish, que conste) con mi compañera más cercana del curro, alias “la suiza”. Fácil de adivinar el porqué.

Y si me levanto y está lloviendo (que ya sería mala suerte porque no me ha caído casi nada encima en el mes y medio que llevo aquí) pues nada, me ahorro alisarme el pelo.

Pd: yo también he visto tropecientos powerpoints de este estilo a lo largo de mi vida, pero tengo que reconocer que en un mínimo de diez ocasiones (que mi vida ya son 23 años) en las que he contado con alguno de estos adorables archivos delante de mis ojos, me han llegado brutalmente al alma, ya sea por mi situación personal, el emisor del email o ambos. Y esta semana, ha sido así.

Londres = consumismo

Es alucinante el ritmo que se coge aquí de gastos. Im-pre-sio-nan-te. Una mañana cualquiera, estaba yendo para el trabajo cuando me encontré con las siguientes imágenes, una detrás de la otra y en paradas de autobús extremadamente cercanas, incluso dos de los carteles se encontraban pegados el uno contra el otro, digamos por la espalda, en los dos típicos paneles publicitarios de una misma parada.

Pero qué asco, ¿no? ¿Dónde está la comida sana? ¿No podrían haber alternado con alguna ensaladita de por medio? ¡Para qué! Alguna lechuguilla ya se han dignado a añadirles. Pues mira, con la tontería llevo más de un mes consumiendo una cantidad de basura… Vale, también se trata de la más pura y dura pereza que me acompaña innatamente hacia el mundo de la cocina con independencia de las circunstancias por las que he pasado en cuanto al tema de la vivienda desde el 13 de febrero (mudanzas, tardar casi una hora ida y otra vuelta desde la oficina, etc) pero vamos, dejando a un lado mi mal ejemplo gastronómico, me parece igualmente una escena como para reflexionar. Tal y como os lo cuento: en menos de diez metros, toda esta explosión visual de color, precios, mayúsculas, formas, logos, enunciados y, en general, un hostión de seducción alimenticia y morbo económico en tus narices.

Ahora bien, vamos a pasar a mis establecimientos preferidos. ¡Esos Pounland (la tierra de la libra, nombre al estilo épico de lo más apropiado desde mi punto de vista) y esos 99p (99 peniques, aquí no hay ni que complicarse)! Tómenselo al pie de la letra: mogollón, pero mogollón de productos que se venden a una libra y a 99 peniques. Desde elementos de aseo (mismas marcas en muchos casos que en el Hipercor, oigan) hasta enormes paquetes de patatas, pasando por utensilios de cocina, productos de limpieza, libros, películas, chocolatinas y así hasta enloquecer.

¡Tres kitkats por 99 peniques! Así no se puede hacer dieta, hombre…

No obstante, para no mostrar exclusivamente la cara más calórica del asunto, tampoco puedo dejar de mostraros ese otro universo maravilloso basado en los mercadillos, bien surtidos también de tropecientos millones de baratas tentaciones (productos de belleza, flores, pescado, carne, ropa, etc), entre las cuales destacan los atractivos bowls de frutas de todos los colores y tamaños, para todos los gustos y a una libra el recipiente. Eso sí, mejor darles un lavadito bueno en casa, que la gente va manoseando por doquier.

¡Mirad qué buena pinta!

Así va la cosa por estos lares. Lo que no me acaba de entrar en la cabeza es que tenga que cargar con tantísimas monedas de uno y dos peniques que me van a reventar la cartera, porque no es normal la cantidad que se va reuniendo mientras aprendes a distinguirlas y el espacio que ocupan. Que alguien me explique la necesidad que había de fabricar una moneda de dos míseros peniques con un tamaño mayor a la de una libra.

¡En fin! Ahí queda eso. ¡Que disfrutéis del pre-finde, ya no queda nada!

De Elephant and Castle a Lewisham

¡Muy buenas a todos!

Hoy, no puede tocar otra cosa que contaros mi segunda mudanza en menos de un mes y medio. Para situaros: la primera se produjo desde la casa particular de una familia hasta la residencia situada en pleno centro de Londres (Elephant & Castle) que tanto me llevaba interesando desde antes de venirme a este país. Sin embargo, circunstancias como que no tuviera licencia residencial y fuera a cerrar a finales de este mes me obligaron a indagar otra vivienda (o mejor dicho a esperar a que me la buscara la agencia intermediaria que me organizó todo el conjunto trabajo-alojamiento), terminando por encontrar una fantástica residencia situada en el mismo municipio de mi lugar de trabajo: Lewisham.

Dicen que es un barrio chungo. Me da exactamente igual, la verdad. Me hallo en una habitación mucho más espaciosa que la de la residencia céntrica, tengo los baños y la cocina a dos pasos y no al fondo del pasillo, el Internet tira extraordinariamente mejor, mi oficina se encuentra a 15 minutos caminando (no a tres cuartos de hora en tren y metro), no necesito pagar la Oyster mensualmente (la tarjeta-transporte, que vale una pasta), cuento con todo tipo de tiendas al alcance de un paseo y esta residencia me cuesta 200 libras menos al mes. Pedir más sería de avaricioso.

Además, he pasado el tiempo suficiente en el centro (exactamente un mes) como para hacer la visita express más completa durante los últimos fines de semana a los principales centros turísticos de Londres, destacando la ruta del Támesis (por orden: Tower of London, London Bridge, Millenium Bridge, St Paul’s Cathedral, The Globe, Tate Modern, London Eye, Big Ben, Houses of Parliament, Westminster Abbey y Buckingham Palace; otro día os lo cuento con tranquilidad, ¡no os agobiéis con tanto nombre!). Ya solo queda ir profundizando, y para eso me queda mínimo hasta octubre si todo va bien :).

A continuación, os muestro el pedazo de día que me saludó el domingo al levantarme (aún en Elephant & Castle). Esto sí que da ánimos a cualquiera. ¡Rayos de sol!

Sí, hay nubes al fondo, pero cuando en Londres se consigue distinguir el sol, ¡creedme que hace un tiempo fantástico! Luego se puso algo más feo, cayendo incluso algunas gotas pero bueno, igualmente dediqué unas buenas horas a visitar el Tower of London por dentro con unos amigos. La verdad es que me lo esperaba propiamente como un castillo, tal y como da la sensación al observarlo desde el exterior, pero más bien se trataba de una mini-ciudad medieval (similar al estilo de Toledo, solo que esta ciudad me encandiló bastante más en comparación) con edificios circundantes y exposiciones en sus interiores que rodean a una construcción central por la que al subir no aprecias demasiado que ganas altura entre tanto artilugio expositivo ni tampoco llegas a una superficie que te permita mirar hacia fuera desde la torre. Demasiado retocado todo desde mi punto de vista.

Pero bueno, ¡no pasa nada! Había que verlo. Los elementos expuestos no dejaban de desprender muchísima historia. Aparte de las joyas de la corona; armas de todos los tipos, figuras de caballos, armaduras, instrumentos de tortura, un dragón montado sólo con material de combate…

Creo que dentro de poco van a acondicionar la entrada gratuito a este lugar (gracias, mamones, yo pagué 17 libras), así que quizá me ponga más detenidamente y con imágenes a mostraros su interior, aunque cada vez estoy más convencida de que las cámaras no le llegan ni a la suela de los zapatos a ciertas realidades. Aún así, la siguiente imagen es una de las perspectivas más bonitas que me regaló la visita.

Debo justificar el inmenso espacio concedido al cielo a que, aparte de que me guste, lo de abajo ofrecía una perspectiva bastante más cutre, ya que parte de la atracción está en obras, así que era mejor no enseñarlo. De hecho, tuve que dejar que se me colara un cachito de caseta por la esquina de la foto si es que no quería cortar el Tower Bridge. Cosas que pasan.

Por último en cuanto al Tower of London, ¡esos bichos que tiene en algunos rincones! Al parecer, en la época contaban allí con un buen surtido de animales para entretenerse viendo cómo se daban candela entre ellos, así que en ciertos puntos nos encontramos con determinadas especies elaboradas a partir de alambres. Un buen rato que han debido de tirarse para hacerlos.

Y poco más. Este ajetreado día culminaría con unos calóricos nuggets y unas patatas ultra saladas (me pasé echándoles sal). No me arrepentí de no probar un Traditional Fish porque se lo pidió una amiga mía y valiente mala pinta tenía aquello. Blandengue, con espinas, cayéndose a cachos… No tenía nada que ver con otros más cuscurrudillos que habíamos visto en el escaparate de otro Fish&Chips. ¡Otra vez será!

Volviendo al tema de este post: mi segunda mudanza en este país. Pues nada, me levanté un lunes 19 de marzo (ayer) y abrí las cortinas, como cada mañana, pero esta vez de manera más melancólica, reflexiva, pausada. Era la última vez que tenía aquel paisaje ante mis ojos.

Como me suele pasar en este tipo de situaciones, traté de llevarme más peso del que se corresponde con la naturaleza humana, así que tuve que dejar parte del equipaje en la vieja residencia para recogerlo por la tarde, cosa que no me vino nada mal para disfrutar de las siguientes espectaculares vistas desde lo más alto de uno de esos entrañables autobuses rojos.

Y para demostrar la veracidad de mi privilegiada posición, otra fotillo con un porón de sus sucedáneos por los alrededores.

Así, y tras un segundo viaje a por la última maleta que me quedaba por recoger (esta vez no a la resi sino a casa de una amiga en Greenwich, a unos 20 minutos en autobús, para rematar la faena y no tener que hacerlo al día siguiente, o sea hoy), ya me encontraba en mi querida nueva residencia. ¿Qué pasaba? Que esto tenía unas capas de polvo como para no respirar debido a que el edificio está aún terminando de arreglarse: pintura por aquí, suelos por allá y demás.

Confieso que yo era consciente de ello, que la había visitado tres semanas antes, pero al menos esperaba que me limpiaran la habitación previo acceso. Craso error. Toallitas en mano, único material de uso límpido del que me había podido aprovisionar por el camino de vuelta (eran las 11 de la noche), a darle al tema. Lo bueno de que esté todo recién hecho se basa en que, desde luego, tú mismo estrenas tu propio cuarto: antes no lo ha habitado absolutamente nadie. ¡Nuevísimo el colchón! Trabajito que me costó quitarle el plástico sin que rozara el suelo.

Por suerte, esta mañana pude comentar el asunto de la limpieza con la amabilísima señora postrada en la oficina (ayer no pudo recibirme, era el cumple de su madre y no vino a trabajar) y cuando he llegado por la tarde el panorama me ha permitido incluso caminar descalza :D. Por tanto, de la siguiente manera me saludó el día desde este, mi nuevo hogar (y espero que para los siguientes siete meses, por favor, no más mudanzas).

Admito que ha quedado cutrísimo, pero en la realidad sí que están pegadas una cosa al lado de la otra, aunque la luz del sol haya hecho que me salga mucho más clara la foto de la izquierda. Es decir, que lo que antes eran edificios se ha convertido en el jardín trasero de la propiedad + parte de la residencia. Estas son mis vistas a partir de ahora a través de la ventana. Y me gusta, la verdad, resulta agradable. Una vez más, me sorprendo alucinando al concentrarme en mis circunstancias actuales: new city, new people, new home, new life. Demasiado me falta por explotar.

Hasta aquí por hoy, mis queridos lectores. Próximamente os contaré más sobre mi percepción personal de este singular distrito, Lewisham, conocido como uno de los municipios londinenses más mestizos.

¡Que tengáis una feliz semana!

Señales

No soy de creer en el destino, en que nuestro futuro está escrito, predeterminado y derivados, pero sí que me gusta detectar posibles antecedentes a mi alrededor de lo que puede pasar, de si puede ser un buen día o no. Tampoco suelo definir a un día entero como “malo” o “bueno”, ¡con todas las horas que tiene! Pero me divierte interpretar el ambiente circundante con intención premonitoria. Aunque me lo invente para mí misma, da igual, me lo paso bien.

Para explicarme de forma más práctica, un ejemplo claro y conciso: ¿verdad que os sentís mejor si salís a la calle y os recibe un sol radiante que no un nubarrón medio negro? Aparte de que la lluvia resulte hermosa de ver para muchos, todos sabemos que, en líneas generales, esa vitamina D nos anima, nos transmite optimismo y buen rollo.

Pues así me dio los buenos días Londres ayer por la mañana.

Primera niebla británica del copón delante de mis ojos desde que estoy aquí, o al menos la primera de la que soy consciente (¡ya llevo un mes en Londres!). En este post podéis comprobar la gran diferencia entre este amanecer turbio y hostil frente al que hace unas semanas me sorprendiera radiante e iluminador.

Y, efectivamente, señores: ¡tuve un día de mierda de los grandes! De esos que te dan bastantes ganas de que pasen las horas para volver a acostarte. No obstante, lo más curioso de todo es que yo me levanté, algo inquieta pero con confianza y positivismo, abrí las cortinas y me encontré con este panorama. Ni siquiera en ese preciso momento predije malos augurios en absoluto pero le hice la foto. ¡Le hice una foto! ¿Por qué? No tengo ni la menor idea. Me apeteció, sentí la necesidad de inmortalizar la imagen. Me dio el venazo, básicamente.

Al segundo de hacerla, volví a mis labores típicas de la mañana (ducha, desayuno, gente, metro, gente, tren, gente, trabajo), las cuales me hicieron olvidarme por completo del estado climático que me había despertado… Hasta que fueron pasando las horas y determinados sucesos personales entraron en mi vida para jugármela un rato, que ya tocaba, ¿verdad? No hace falta creer en el destino para ser consciente de que cada cierto periodo de tiempo al mundo le entran ganas de darte una patada en los cojones. No es culpa de nadie, cosas que pasan. C’est la vie, que queda más chic.

Continuamos: en esto que llego a casa por la tarde, imbuida en mil y un pensamientos entre perversos, reprimidos y procurando mantener un mínimo de equilibrio emocional; conecto el móvil al ordenador y me encuentro esta escena, de la que ya ni me acordaba. Ojos como platos que se me quedaron al relacionarlo con todo lo sucedido (en mi interior principalmente, pero con eso me sobraba). Alucinante. Un espejazo del día, el más fiel reflejo del torbellino físico y, sobre todo, mental que me había acompañado desde bien temprano hasta entrada la tarde. Un zas en toda la boca, vamos.

Conclusión: sí, fue una gran mierda de día, pero toda, absolutamente toda experiencia sirve para reflexionar y acordarnos de que la naturaleza humana, el subconsciente, lo desconocido, lo paranormal y la mente en general no dejan de ser extremadamente intrigantes y apasionantes.

Cosas que pasan en una residencia de estudiantes

Curiosa la sorpresa de encontrarme con esto pegado en la puerta de los baños esta mañana.

Nota aclarativa: la traducción exacta del texto en inglés es “Nota para el que había robado el gel verde: querid@, eres realmente irrespetuos@ y te encontraré! Gracias. Habitación 509”.

Sinceramente, ¿a quién se le ocurre dejar nada en unos baños en los que se acicalan casi una treintena de personas? Por mucho buen rollo que haya a lo largo del pasillo, charloteo, salidas en grupo los fines de semana, etc., NO, no es para fiarse tan felizmente. Otra cosa es que se trate de un despiste, claro, en cuyo caso yo me olvidaría del gel. Pero bueno, le ha aportado su lado cómico al día de hoy.

Ahora, las preguntas son: ¿cuánto durará el cartel ahí puesto? Y, sobre todo, ¿qué más le escribirá encima otra gente?

No os perdáis el cartel que me encontraría medio año más tarde en mi segunda residencia en Londres.

Diferencia entre el frigorífico de mi madre y el mío

Estas navidades, un día como otro cualquiera, eché un vistazo al contenido del frigorífico de mi hogar natal (Jerez de la Frontera, por las dudas). Se trata de una actuación exageradamente extendida, ¿verdad? Ir a contemplar las bellezas alimenticias de vez en cuando, aunque no se escoja nada. También es muy típico volver a la hora (o, incluso, a los cinco minutos) para repetir exactamente la misma acción.

Me lo encontré en su estado natural: pletórico, repletísimo, hasta los topes. Dura poco con escasez de productos, mi madre lo pone a punto cada semana. Pues resulta que lo vi tan completo y hermoso que me dio por fotografiarlo, pensando que cualquier día surgiría la oportunidad de postrarlo por el blog. Y voilá! Ese día ha llegado, aquí lo tenéis. No obstante, el objetivo final de este post, más que en la ilustración, se basa en la comparación, así que le he pegado al lado mi querida nevera londinense.

He de justificar tal pobreza nutritiva (aunque no se puede decir que no coma fruta) debido a mi situación actual con respecto a la vivienda: esta residencia cierra a finales de marzo. Problemas legales como, por ejemplo, no pagar la licencia residencial. Por cortesía del dueño del edificio.

Hombre, por supuesto que reconozco mi brutal pereza hacia cocinar, pero tampoco me voy a estar comprando comida para tener que cargarla dentro de dos semanas junto con aquellos 31 kilos de los que ya os hablé. Prometo que me pondré con este tema en cuanto me establezca definitivamente en la otra residencia que ya tengo reservada, la cual se encuentra, dicho sea de paso, a 15 minutos de mi trabajo andando, no a tres cuartos de hora en tren y en metro como ahora, y que me cuesta 197 libras menos al mes (230 y pico euros). Esto que me ahorro, además de pagarme la Oyster Card mensualmente.

Porque, si otra cosa más he aprendido en el último mes entre ingresos, fianzas y yo qué sé cuántos agobiantes pagos, es que en este mundo todo consiste en tener, ganar, ahorrar y gastar dinero. Entendedme, no es en absoluto lo más importante, pero sí lo fundamental para preservar cierta capacidad de movimiento, de actuación, de consecución de las necesidades primarias, secundarias y, en general, todas las que haya fuera de “encontrar a tu media naranja” (que también, porque la hallarás en un ámbito social hacia el que te habrá llevado el dinero!!!). Una dependencia total y absoluta por encima de la salud, el amor, la madurez, la autoestima, la justicia, la equidad y el sentido común.

Me sigo explicando: toda gestión se rige a través del dinero. Negocios, empleos, vivienda, alimentación, lujo, ocio. Sé que no digo nada nuevo pero realmente, al contemplar de cara todo este embrollo al que nos hemos acostumbrado hasta el punto de asimilarlo como algo normal, me surge una reflexión apabullante en torno a este sistema potenciado entre todos nosotros. Pero claro, ¿qué punto de partida, medios, ganas y necesidad hay de investigar otras vías fuera del capitalismo? Y dentro de este, ¿quiénes somos para intentar adaptarlo mejor a las necesidades de toda la población humana? ¿Cómo lograrlo? ¿Qué hacer exactamente?

Comemos dinero, nos vestimos con dinero, viajamos con dinero, nos comunicamos a distancia gracias al dinero, trabajamos con, por y para el dinero. Guerras y muertes arrastradas, manipulación, egoísmo, codicia, superficialidad, envidia, egocentrismo, complejo de superioridad, mil y un terribles canalizaciones criminales hacia la convivencia justa y en paz, equilibrada, equitativa. Finalmente, utópica. Qué difícil todo desde una sola mente. Cierto que la unión hace la fuerza, pero queda mucho camino por recorrer para llegar a la unión.

… Y todo esto empezó, sin comerlo ni beberlo (nunca mejor dicho), con el frigorífico de mi madre.

A %d blogueros les gusta esto: