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Londres = consumismo


Es alucinante el ritmo que se coge aquí de gastos. Im-pre-sio-nan-te. Una mañana cualquiera, estaba yendo para el trabajo cuando me encontré con las siguientes imágenes, una detrás de la otra y en paradas de autobús extremadamente cercanas, incluso dos de los carteles se encontraban pegados el uno contra el otro, digamos por la espalda, en los dos típicos paneles publicitarios de una misma parada.

Pero qué asco, ¿no? ¿Dónde está la comida sana? ¿No podrían haber alternado con alguna ensaladita de por medio? ¡Para qué! Alguna lechuguilla ya se han dignado a añadirles. Pues mira, con la tontería llevo más de un mes consumiendo una cantidad de basura… Vale, también se trata de la más pura y dura pereza que me acompaña innatamente hacia el mundo de la cocina con independencia de las circunstancias por las que he pasado en cuanto al tema de la vivienda desde el 13 de febrero (mudanzas, tardar casi una hora ida y otra vuelta desde la oficina, etc) pero vamos, dejando a un lado mi mal ejemplo gastronómico, me parece igualmente una escena como para reflexionar. Tal y como os lo cuento: en menos de diez metros, toda esta explosión visual de color, precios, mayúsculas, formas, logos, enunciados y, en general, un hostión de seducción alimenticia y morbo económico en tus narices.

Ahora bien, vamos a pasar a mis establecimientos preferidos. ¡Esos Pounland (la tierra de la libra, nombre al estilo épico de lo más apropiado desde mi punto de vista) y esos 99p (99 peniques, aquí no hay ni que complicarse)! Tómenselo al pie de la letra: mogollón, pero mogollón de productos que se venden a una libra y a 99 peniques. Desde elementos de aseo (mismas marcas en muchos casos que en el Hipercor, oigan) hasta enormes paquetes de patatas, pasando por utensilios de cocina, productos de limpieza, libros, películas, chocolatinas y así hasta enloquecer.

¡Tres kitkats por 99 peniques! Así no se puede hacer dieta, hombre…

No obstante, para no mostrar exclusivamente la cara más calórica del asunto, tampoco puedo dejar de mostraros ese otro universo maravilloso basado en los mercadillos, bien surtidos también de tropecientos millones de baratas tentaciones (productos de belleza, flores, pescado, carne, ropa, etc), entre las cuales destacan los atractivos bowls de frutas de todos los colores y tamaños, para todos los gustos y a una libra el recipiente. Eso sí, mejor darles un lavadito bueno en casa, que la gente va manoseando por doquier.

¡Mirad qué buena pinta!

Así va la cosa por estos lares. Lo que no me acaba de entrar en la cabeza es que tenga que cargar con tantísimas monedas de uno y dos peniques que me van a reventar la cartera, porque no es normal la cantidad que se va reuniendo mientras aprendes a distinguirlas y el espacio que ocupan. Que alguien me explique la necesidad que había de fabricar una moneda de dos míseros peniques con un tamaño mayor a la de una libra.

¡En fin! Ahí queda eso. ¡Que disfrutéis del pre-finde, ya no queda nada!

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