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Archive for 30 abril 2012

Cielos londinenses

Hace un mes os conté que habíamos tenido una semana maravillosamente primaveral por aquí, y os relaté el recorrido que procuro hacerme a diario (Lewisham-observatorio de Greenwich, pasando por Blackheath). En aquel momento, también os dije que tenía pendiente enseñaros un poco las agradabilísimas vistas que me ofrece este paseo. Pues bien, ese día ha llegado.

Las siguientes imágenes pertenecen en parte a aquella espléndida semana y en parte a algunos días posteriores sueltos, aunque más bien durante el último mes ha estado la cosa bastante húmeda por aquí, demasiado, nunca había vivido una racha de lluvia tan eterna. Por suerte, no es algo que me suela poner triste ni depresiva, simplemente estaba empezando a ser un coñazo para la vida diaria.

Pues nada, comenzamos. Primera extensión inmensísima que se abre hasta el infinito tras pasar Blackheath Village donde normalmente te encuentras con más de un grupo haciendo ejercicios coordinados, gente haciendo footing, etc.

Nos acercamos un poquillo más a la iglesia aquella de la derecha, de la cual me debería documentar mínimamente por cierto.

Continuamos en línea recta (todo lo recta que se puede) atravesando el parque por alguno de los dos caminos que nos ofrece y que se acabarán uniendo.

Justo en esta parte de la carreterilla se presentan unos 10 minutos idóneos para dejar volar la mirada por los alrededores y buscar por dónde te pueden sorprender cada vez.

Una de las cosas que este país me ha hecho descubrir es que uno no debe pasar día tras día esperando a ver asomarse el sol, sino que todo este imparable movimiento de nubes tiene la capacidad de mostrar otra perspectiva natural igual de hermosa y gratificante para los sentidos. En ocasiones, esos cúmulos blanquecinos, grisáceos, rosados, anaranjados y de miles de colores llegan a desplazarse a tal velocidad que en dos minutos tienes delante de tus ojos composiciones completamente diferenciadas unas de otras.

Entonces, llegamos a la carreterilla que divide el parque de Blackheath y el parque de Greenwich, cuyo tamaño tampoco tiene nada que envidiar al primero.

Ahora bien, cuidado a las horas a las que se accede a esta sección del parque de Greenwich, que a las 20:30 ya está cerrado. Digamos que, mientras que este se presenta intencionadamente modelado, estructurado y adornado de formas florales, el parque de Blackheath resulta bastante más salvaje a primera vista, aunque también se noten ciertos cuidados hacia su impoluta planicie repleta de césped.

¿Distinguís la hilera de árboles de hojas rosadas allí al fondo? Reconozco que es un sacrilegio que siga sacando fotografías con mi lamentable cámara del móvil pero bueno. Pues a continuación la tenéis más cerquita, aunque nunca me he metido por ella, ya investigaré.

Dejamos atrás esta saturación romántica del recorrido para proceder a encontrarnos con nuestro destino, la cúspide de este borbotón físico-reflexivo, de esta andadura por parajes en los que más se siente uno a sí mismo, a veces rodeado de gente, otras solo ante los cielos y sus lluvias, pero siempre en continua exposición con los pensamientos más espontáneos, más profundos, más controvertidos, más simples, más escurridizos.

Bienvenidos al Greenwich Observatory.

Cabe mencionar que, para no variar, las imágenes no le llegan ni a la suela de los zapatos a la realidad, así que si tenéis la oportunidad de visitarlo en persona, lo recomiendo.

Aquí procuro yo acoplarme cinco minutos al día con el único objetivo de perder la mirada. La mirada y todo mi ser dentro de lo posible. Cualquier cosa, problema, preocupación, decepción, anhelo, frustración se queda en cenizas ante esto, ante un mundo que nos intenta recordar constantemente que nos queda grande aunque insistamos en permanecer sumidos en nuestras diminutas y absurdas movidas terrenales. Cielos que gritan en silencio la volatilidad de los momentos, la rapidez del paso del tiempo, la fugacidad de la vida en sí.

Nunca nada fue tan cierto como que lo que ayer nos preocupaba hoy no importa, y lo que hoy nos preocupa mañana nos dará exactamente igual. La mente siempre retroalimentándose de emociones insulsas… las cuales son, al fin y al cabo, lo mejor que tenemos, ¿no? Lo que nos hace levantarnos con un objetivo cada día, aunque al poco tiempo haya derivado en otro distinto.

Gran paseo este. Grande.

The Cardigans – Gran Turismo

¿Cómo es posible que lleve cuatro meses sin colgar ni una canción? Como si no hubiera buena música para recomendar. Nada, nada, aquí tenéis un discazo, Gran Turismo, de The Cardigans, banda sueca a caballo entre los estilos indie, pop y rock. Atención a la profundidad de la fantástica parte instrumental, aunque la vocalista tampoco tiene el menor desperdicio, qué pedazo de voz.

Tras divagar un rato de una canción a otra, me he decantado por elegir Starter (minuto 4:24) como muestra pero vamos, el disco entero es una joyita. Ya que suelo buscar videoclips oficiales o, si no lo hay, conciertos en directo, a continuación también tenéis el tema Explode. Que lo disfrutéis :).

EXPLODE

Ease your trouble
we’ll pay them double
not to look at you for a while
And you rely on
what you get high on
and you last just as long as it serves you

Chorus (x2)
Explode or implode
explode or implode
we will take care of it
yes, we will carry you

‘cause you’re deserted
what’s good, you hurt it
and it kills you it keeps you alive
so give it up
in a world of puppets
It’s a shame what they do to us all
can we do anything for you now?

Chorus (x2)

STARTER

This is a start
that I know I’ll believe in
so I’m leavin’ everything behind
Keeping the parts
that I know I’ll be needing
and I breed to be a better kind
And I’m leavin’ everyone behind

This is the age
when my past should be gone
but it’s just stronger than the aims I have
Turning the pages
I used to hang on to
I was young and I have changed my mind
And I’m leaving everything behind

Chorus
New beginning again
a bit closer
new beginning again
a little bit closer
New beginning again
a bit closer to the end

This is the time
it’s a delicate line
to the beginning of what’s yet to come
Lifetimes of changes
a strange generation
explanations never come in time
So I’m leavin’ everything behind

Chorus

Cosas que pasan cuando tienes a familiares agregados al Facebook

Por cosas como esta, entre tantas otras, no tengo a familiares agregados (exceptuando hermanos y parientes más o menos de mi quinta) y sigo dando gracias porque mis padres no tengan el más mínimo interés en introducirse en el mundo de las redes sociales.

Creo que se trata de un ámbito en el que se deberían separar unas generaciones de otras. Me explico: me parece estupendo y maravilloso que hijos y padres decidan tenerse presentes en sus respectivas cuentas pero también me parece incluso una pena saltar esa frontera, esa distinción generacional. La exteriorización de los pensamientos, estados de ánimo, opiniones, noticias e imágenes a compartir, etc, siempre se va a ver condicionada por quienes tengamos agregados a nuestro perfil, y si justo son nuestros progenitores los que deambulan por ahí, esa privacidad expresiva se pierde por completo.

No os confundáis, tengo muchísima confianza con mis padres (basta con decir que naturalmente leen este blog, y cualquiera de mis lectores habituales sabe cómo me expreso en bastantes ocasiones: sin tapujo ninguno), pero las redes sociales son otro tema. Por poner los ejemplos más típicos: ya saben que bebo pero no considero necesario que me vean con cubatas en la mano. Ya saben que tengo fotos con mis amigos pero no hace ninguna falta que vean la esperpéntica jeta que llevo en la mitad de ellas ni que me las comenten, y menos para alabar tantísimo mis virtudes delante de todos mis contactos (admitámoslo: a todos nos da una vergüenza terrible esa explosión amorosa, o reprobadora según la situación/imagen enfrente de los colegas).

Me basta y me sobra con la relación que mantengo con ellos, plenamente comunicativa pero cada uno con su espacio, en perfecto equilibrio. Aparte, extrapolándolo a todos aquellos que sí tienen a familiares agregados: ¿con qué motivación le suelto yo una burrada verbal a algún amigo en su muro si soy consciente de que tiene a su madre agregada? ¿Qué va a pensar de lo que puede ser una inocente frase para mí pero resulta una burda atrocidad para ella? No lo sé, normalmente no la conoceré pero ya me coarta. Peor aún: pongamos que lo hago y me la comenta ella misma. ¿Cómo respondo? Abran paso a la muerte cruel y dolorosa del libre (y joven) pensamiento.

Desde luego, no estoy diciendo que a los mayores de 50 años se les deba prohibir el acceso a Facebook, ¡no me malinterpretéis! Mas opino que esta intromisión tecnológico-social en masa de los nacidos en los 60 se debe más bien al boca-a-boca que a un deseo natural y espontáneo de pertenecer a estas comunidades, las cuales hay que conocer bien antes de meterse (y no es la norma esto, así nos va). Sí, eso es, una moda que ha irrumpido y se está catapultando brutalmente de unos seres a otros para ir cubriendo cual epidemia de sensación moderna y súper-actualizada todos los hogares posibles.

En fin, todo este post no deja de mostrar mi perspectiva personal (aunque más de uno coincidirá conmigo, digo yo) pero vamos, por muy transparentes que seamos, nadie se comporta igual con los padres que con los amigos (nadie, he dicho), de la misma manera que tampoco nos comportamos igual con unos amigos/colegas/conocidos/familiares que con otros.

Conclusión: papás, seguid en vuestra línea. Mis hermanos y yo estamos orgullosísimos de vosotros y extremadamente agradecidos hacia vuestro nulo interés por estos mundos virtuales :D.

He llegado a la conclusión de que tengo que aprender catalán

Sí, sí, sí, sí, no es coña. Creo que estaría bien ponerme un día. Algo me pasa con los catalanes.

Punto número 1: dos de mis mejores amigos son catalanes. Puntualizo: las dos personas con las que más experiencias, aventuras y confidencias he compartido en los últimos tres años pertenecen a esta comunidad autónoma.

Punto número 2: el primer amigo que hice en Londres, al segundo día de llegar de hecho, es decir, el primer español que conocí, también es catalán. Así, zas. Por aquel entonces todavía no me había parado a pensar en esta nueva neura mental (una más en mi cabeza, welcome to my mind!).

Punto número 3: anoche vi el clásico y salí con siete catalanes. Nada más y nada menos. De hecho, conocí a otra más antes de encontrarme con ellos. Fue de camino al pub donde realmente estaban los amigos de cada una. No voy a decir que nos confundimos porque al buscar Walkabout en Google Maps, el primer sitio al que llegamos ambas era otro (C/ Henrietta 11), parece ser que hay unos cuantos, ¡pero fijaos en la tremenda casualidad del encuentro! La verdad es que el Walkabout correcto (pegado a Temple Station, a cinco minutos uno de otro) era bastante más grande, y un ambientazo… Bestialmente español, claro. Total, que esta chica y yo nos aliamos para encontrar el pub donde nuestros amigos ya llevaban vista la primera parte del partido y un buen rato de la segunda. Sí, llegué un poco tarde.

¡Y lo que me queda con este sector geográfico me parece a mí! Están por todas partes, es impresionante. Al menos a partir de mi experiencia durante estos dos meses, creo que puedo afirmar que las plagas humano-extranjeras en esta ciudad (Londres) se basan fundamentalmente en catalanes y colombianos.

A lo que iba: sinceramente os digo que la idea me llama poderosamente la atención, la de aprender el idioma. Al menos para entenderlo, hablarlo ya será otro tema pero bueno, con el trabajo que cuesta que siete catalanes se mentalicen para hablar en castellano entre ellos por haberse colado una gaditana (cosa que entiendo perfectamente), mejor ponerme yo misma, me resulta apetecible.

Por otra parte, me da que tengo tal mono de aprender lenguas que acabaré mezclándolas como me ponga con varias a la vez. Llevo casi desde que llegué a este país brutalmente emperrada con el francés, como si no me quedara todavía recorrido con el inglés…

¡En fin! Vuelvo a irme por las ramas. El caso es que me gusta analizar el porqué de los acontecimientos, y después de la noche de ayer ya dije: esto es para pararse a pensar un rato. A la vista está que todo ser humano canaliza hacia los demás distintos tipos de conexiones interpersonales. Para poner un ejemplo fácil y rápido: ¿cuántos de vosotros sentís empatía, complicidad, entendimiento mutuo hacia los kinkis? (Cada cual que mire el sinónimo que se corresponda haciendo click sobre dicha palabra, pero ya aviso que se trata de la Frikipedia). Yo creo que poquitos, ¿no? Pues este es uno de los mayores puntos de imposibilidad-de-establecer-un-vínculo-relacional. Lo que viene a ser un tú-y-yo-ni-de-coña.

Sin embargo, a lo largo de la vida nos vamos encontrando con otros grupos sociales junto con los cuales nos sentimos a gusto, nos dan confianza, nos agradan al poco de conocerlos, nos interesan más por unas razones u otras y, en general, por lo visto compartimos bastante en común (ya no hablo de los catalanes y yo, este ámbito tengo aún que seguir explorándolo con el tiempo y el azar, tirando a la causa-efecto).

Y no solo tenemos que limitarnos a canis, heavies, pijos, hippies, frikis, “normales” (no creo que haya nadie normal pero bueno, por catalogar a los que no se les nota tanto la tendencia correspondiente), emos, góticos, fachas, comunistas y todo tipo de mezclas entre ellos (ya sabéis: pi-hippies, friki-heavies y demás parafernalia), sino que, al menos para mí, la cuestión de la procedencia también influye considerablemente.

Sobre todo viviendo en un lugar tan extremadamente multicultural como Londres es cuando te das cuenta de esto: con quién vas enlazando, ya sea casualmente o más bien a través de una serie de causalidades; las características más potenciales de cada círculo, los atributos que asimilas en tu propia mente casi más subconsciente que conscientemente y que te hacen sentir mayor simpatía hacia unos desde los inicios comunicativos que hacia otros, etc.

Tengo la sensación de que lo iré comprobando con más claridad a lo largo de los próximos meses. Así es la vida, ¡una aventura detrás de otra! Solo hay que saber verlas.

¡Feliz domingo!

Maldita sinceridad

Creo que es mi mayor defecto. El ser humano no está preparado para escuchar lo que no quiere que le digan, para asimilar lo que insiste en negar, para aceptar como válida una perspectiva ajena que le pueda doler aunque sea una verdad como un puño. Dicha perspectiva, por supuesto, no deja de ser subjetiva normalmente, sobre todo cuando hablamos de la percepción que le está transmitiendo un ser humano a otro, es decir, la opinión que se tiene del otro, ¿me entendéis? Y para gustos, colores.

Nunca dos personas se van a conocer de la misma manera que con una tercera. Aunque se coincida en puntos de vista sobre la otra persona, se comente cómo es y nos sorprendamos opinando lo mismo, cada uno es un mundo. O eso espero, porque yo a mí misma no me abarco, es que no me abarco, es que hay veces que me he montado unos monólogos que no son ni normales, ni su comienzo ni su desarrollo ni su final ni la cara que se le queda a quien me está escuchando e intentando comprender (el cual suele acabar entre riéndose y flipando).

Y tampoco estos monólogos se sueltan de la misma manera según la persona que lo reciba. A veces, si hay confianza y/o cariño, a una le dan ganas de contarlo de manera cómica para hacer reír, sobre todo porque ya pasó, porque ya no importa tanto. Sin embargo, si te pilla una determinada circunstancia justo en los inicios, donde más ilusión y felicidad te provoca, o donde más duele, donde más jode; te vuelves, respectivamente, una quinceañera repelente o, por el contrario, te transformas en un arrebato de furia con patas, sin lugar para las risas.

¡Es que es curiosísimo! ¿Y cómo comentar este tipo de cosas/ralladas/paranoias de manera que te entiendan? ¿Cómo abrir la mente cuando al intentarlo salen los pensamientos tan atropelladamente que no hay dios que te pille? ¡O sí! Hay unas pocas personitas, muy escasas, que no se me van a olvidar, o que por lo menos se me vienen a la mente en ciertos momentos en los que echo de menos a alguien con quien el soltar algo, lo que fuera, por la boca suponía una conversación, un análisis del porqué, el detonante, las consecuencias; una búsqueda del origen, y el intento de llegar a una conclusión.

Difícil. Extremadamente difícil. Sobre todo además cuando faltan argumentos, faltan explicaciones científicas. De lo empírico no se vive, o más bien nadie te da la razón, aunque no sé por qué para unas cosas se piden tantas pruebas cuando luego llega uno, dice que cree en Dios y nadie le dice “¿que tú qué?”. Esto yo tampoco lo haría, evidentemente, solo es un ejemplo, me parece totalmente respetable, ojalá yo fuera capaz, así dejaría de deprimirme el tema de la muerte.

El caso: que no, que no se puede ser sincero. Ni soltar lo que a uno se le ocurra, aunque se esté deseando decirlo, ni levantar la veda de las inquietudes más profundas, porque pocas mentes las van a abarcar. Pocos cerebros se van a corresponder con tu línea de pensamiento, escasas neuronas conectarán con las tuyas para compartir tus movidas mentales. Y así con todo el mundo, no hablo solo de mí, está clarísimo que yo también seré incapaz de enlazar con miles de millones de otras mentalidades repartidas a lo largo de este mundo.

Para empezar, la virtud de escuchar está bastante extinta. Y de la poca que queda, menos percibo. En parte porque estoy completamente convencida de que, aunque te presten atención en un determinado momento, cada cual tiene demasiados problemas, demasiadas preocupaciones sobre sí mismo como para acordarse de ti mínimamente tan a menudo como tú mismo. Esto es realista, no es triste, forma parte del género humano. ¿Por qué digo esto? ¿Por qué lo plasmo, cuando me van a venir no sé cuántos diciéndome que estoy definiendo al género humano como egoísta por naturaleza? Porque ni siquiera me parece egoísmo, solo lo veo así, natural y humano. Joder, que en mí aparte de mi madre y mi padre no va a pensar nadie más que yo en la puñetera vida, y el que diga lo contrario se engaña a sí mismo.

Me estoy yendo brutalmente por las ramas. El tema de este post era en realidad… ese dolor que provoca la sinceridad. Aunque te la pidan. Nadie la quiere. Ya lo sabe todo el mundo: “la ignorancia es la felicidad”. Totalmente cierto. Cuanto más sabes de este mundo, más asco te da. Por supuesto que hay mil millones de cosas, personas, actitudes maravillosas, pero no nos engañemos: más crudo el alcance mortífero y destructivo de la humanidad, imposible. No paro de pensarlo últimamente: si las cosas se hacen bien, más fácil para todo el mundo, pero eso nunca es así, ni en la calle ni en un trabajo ni en un país ni siquiera en el McDonald´s de la esquina porque esa muchacha con cara de amargada no es capaz ni de ponerte una hamburguesa en condiciones. Y no estoy siendo dura porque esto lo hemos pensado todos en más de un momento de nuestras vidas: para hacerlo mal, mejor no hacerlo.

¡Volviendo a la sinceridad! Creo que hoy he matado psicológicamente a un muchacho. No era mi intención en absoluto, pero tengo la sensación de que lo he machacado bestialmente. De verdad que lo siento por él, probablemente no se lo merecía, pero yo no hacía más que decir lo que sentía. ERROR. ¿Desde cuándo eso le iba a aportar algo útil al chico? ¿Acaso te iba a entender tal y como tú pretendes emitir tus pensamientos? ¡No! ¡Nadie lo hace! Siempre entra en juego la interpretación, esa lacra innata que te hace ver las cosas como te pide el cuerpo (a veces mal y a veces bien) en vez de como te lo transmiten, cosa que de por sí yo misma he ido descubriendo mientras hablaba.

Parecía rencor. ¿Lo era? Ya no estoy segura, no me sentía rencorosa en absoluto, pero todo apuntaba a que sí. No tenía sentido, no había motivos, o yo no los veo. Nadie me debe nada en la vida como para sentir rencor, a menos que me haya jodido realmente. No ha estado bien ¿No? No lo sé. Simplemente, mientras iba soltando cada puñalada, cada frase políticamente incorrecta, era tan… transparente, puro, directo. Tan sincero. Tan sincero, que no era necesario. Porque tampoco el efecto es nunca el deseado cuando te pasas. Porque el efecto suele ser dolor, y ni siquiera buscabas eso, solo intentar hacer pensar, tratar de transmitir, de hacer comprender un punto de vista, procurando a la vez dejar muy claro que solo consiste en eso, en MI punto de vista, nada global. Subjetivo, abierto, espontáneo, personal.

No obstante, incluso me ha preguntado qué me ocurría, qué me habían hecho. Aquí me he quedado parada por un momento. Sin duda, tenía razón, aunque en aquel momento negara hipotéticos motivos que justificaran mis ¿duras? respuestas. Y no lo admitía porque no lo distinguía, pero no hace falta ser muy listo para saber que nuestro estado de ánimo siempre nos influye a la hora de expresarnos hacia el exterior, siempre, tanto en las ganas de hablar más o menos como en la forma de decir las cosas (y ya con alcohol de por medio ni os cuento, que no ha sido el caso hoy, y menos mal).

No compensa ser sincero. Normalmente, no. Entre que no te entienden como querrías (ni siquiera tú sabes en ocasiones cómo interpretarte después de soltar tantas cosas), que dejas en la otra persona un sabor de boca espantoso y que tú también te sientes luego mal por no haberte callado la boca… No, no compensa.

Y así vamos. En un mundo en el que constantemente pensamos lo que no decimos, decimos lo que no pensamos, hacemos lo que no queremos hacer, nos reímos cuando no nos ha hecho gracia, abrazamos cuando no nos apetece y aguantamos las lágrimas cuando estamos deseando soltarlas. Y nos avergonzamos cuando nos sentimos más humanos, cuando nos exponemos más, cuando nos encontramos más débiles ante las adversidades, cuando nos abrimos hacia los demás. Ahí, nos damos vergüenza. En nuestro mayor punto de humildad.

Los desayunos británicos: patada en los cojones a la dieta mediterránea

Esto será Londres pero hay ciertas cosas que no cambian. Esas costumbres tan españolas, como el volver a casa a las tantas de la mañana por las circunstancias que sean. Está en nuestro carácter, nos entretenemos fácilmente. Hablando con gente que nos encontremos por el camino, o al comienzo de la noche, o en medio de ella…

En mi caso, este fin de semana la cosa consistió más bien en pasarme mi parada de autobús por ir sobada (encima de que apenas había bebido) y acabar a tomar por saco con un frío de infarto (he aquí el motivo de mi actual resfriado, por cierto). De esto que abres los ojos en el autobús, en el que te has colocado en primera fila del segundo piso, que para eso son rojitos, londinenses y enormes, y piensas con los ojos medio cerrados: “oh, no… ¿en serio estoy viendo el puto amanecer?”.

Vuelta para atrás desde el fin del mundo (alias Bexleyheath). Llegada por fin a Lewisham. Lo mejor se hacía esperar: esos 15 minutos caminando desde la parada hasta el dulce hogar. Escondes la cara como puedes tras la bufanda hasta que te das cuenta de que da exactamente igual; el proceso de congelación por todo el cuerpo es inminente. Agradeces que no haya casi nadie por la calle para murmurar/maldecir tranquilamente. “Puto frío, puto viento, putas medias, maldito país de los…”.

Entonces, miras hacia adelante, incluso hacia arriba. El paisaje te impacta (nada que ver con el suelo del que has retirado la mirada, claro), hasta te hace pararte. Y te dices a ti misma: “bueno, no está tan mal”.

Y cuando una mañana cualquiera de estas te da por meterte en algún sitio para desayunar, ¡ya puedes tener hambre! Como fue el caso algún fin de semana más atrás. Entro en un bar y me encuentro de cara un maravilloso cartel con unos Breakfast que iban desde el número 1 hasta el 7. Entre habichuelillas, salchichas, huevos, tostadas, café, etc, decido pedirme el 1, atemorizada ante tal explosión estomacal. No íbamos a empezar muy fuerte, que mi cuerpo tampoco estaba para trotes con el mes y pico que llevo de excesos. Pues esto me pusieron:

Tal y como he puesto en el título de este post: patada en los cojones a la dieta mediterránea. Mira que me lo esperaba, pero verlo en directo es otro tema, os lo puedo asegurar, y mira que se trataba del pack más simple. ¡No pasa nada! Estaba bueno, la verdad, incluso el café. Aunque no para tomarlo a diario, desde luego, qué locura, no comí casi nada más durante el resto del día. Ahí estaba yo, más sola que la una pero por poco tiempo: las mesas se fueron llenando a mi alrededor. Si mi desayuno me parecía grande, allí la gente no se quedaba corta. Esos números del 2 al 7 no tenían el menor desperdicio. Nadie perdonaba la mitad del plato repleta de patatas. Me vi obligada a inmortalizar la carta de menús, para que no perdáis detalle.

¡El Jumbo Breakfast no cabe ni en el plato, oigan!

Por las dudas, aclararé que para haberme tomado un auténtico British breakfast me faltó bacon, otro huevo, tomates, champiñones, pudin y medio kilo de patatas fritas. Bueno, bueno, poco a poco, señores. ¡Otra vez será!

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