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Archive for 29 mayo 2012

El día que caminé de Lewisham a Leicester Square (I)

Ese día fue el sábado 26 de mayo de 2012. De esto que me encontraba holgazaneando en torno al ordenador, para no perder las costumbres del fin de semana, moviendo mucho el ratón y clickeando sin hacer realmente nada que pudiera entrar en la definición de “aprovechar el tiempo”, a la vez que la perspectiva de leer se me tornaba exageradamente soñolienta y la de ver cine un tanto perezosa también.

Había quedado a las 21 en Leicester Square, situado en pleno centro de Londres, y aún no era ni mediodía cuando le empecé a dar vueltas al tema. Total, me dije, para limitarme a languidecer adormilada por el calor sin hacer el más mínimo esfuerzo mental, qué menos que al menos forzar el componente físico de mi ser, sobre todo con el día que hacía, ¿eh o no, María?

Para que os hagáis una idea, a continuación tenéis una vista lejana y por encina del recorrido en Google Maps. En esta impresión de pantalla, no importa tanto el caminito del mapa como los datos de la izquierda (click para ver mejor).

Exacto: 2 horas y 28 minutos. No os fuérais a creer que era un paseíto de viejas, mariconadas las justas. Así pues, como lo vi tan rectito y tan asequible, me lié a apuntarme las calles de todas formas para estar bien segura de por dónde cogía y los escasos pero importantes giros que habría de tener en cuenta. ¡Tachán!

Mi destino en manos del reverso de un ticket del Sainsbury’s (centro comercial), sí, señor.

Salí a las 18:45 de mi dulce hogar confiando en que quizá llegaría bien a las 21 a pesar de ese cuarto de hora de más que me indicaba el Google Maps que me faltaría, aunque por otra parte pensé que daría igual retrasarse, ya que aún así probablemente llegaría la primera, como era habitual (efectivamente, así fue).

Lee High Road me recibía resplandeciente y calurosamente en mis primeros pasos, acompañados de una suave brisa que no podía por menos que darme más ilusión hacia mi pequeña aventurilla semi-errante.

A los 15 minutillos, me saludaba la zona comercial de Lewisham. Ya sabéis, esa calle con sus maravillas a una libra y su mercadillo con productos de todo tipo (hasta las 6 de la tarde aprox), situada justo enfrente de mi lugar de trabajo y liderada por la Clock Tower (torre del reloj) que aún no os había enseñado y que ahora podéis ver.

A partir de aquí o poco más adelante, recorridos los primeros 20-30 minutos del camino, nacería una avenida tan larga y tan inmensa que, aunque se dividiera en varias calles, para mí era toda una, lo cual tampoco la hizo pesada por suerte, en absoluto. Me regocijaba enormemente ir recordando ciertos puntos que había divisado yendo en autobús, mientras que la perspectiva de darme cuenta, una vez más, de que mi habitual recorrido de los fines de semana lo estaba emprendiendo por mí misma, a través de mi propia integridad física, no podía más que hacerme sonreír y disfrutar plenamente de los detalles, la sucesión de tiendecillas esporádicas, el descubrimiento de la cantidad de árboles y de vegetación en la cual no me había fijado hasta entonces. Un aspecto a destacar es el margen que me permitía este sendero para respirar, cosa de la que tampoco me había percatado antes de este día. Es decir, que se podía respirar de verdad, inspirando profundamente, notando el oxígeno puro, sintiéndose lleno.

El centro de Londres mola mucho pero, si no te hallas en un parque, cuesta bastante más sentir lo que acabo de expresar. No tiene nada que ver el aire de la ciudad con el de las zonas verdes, obviamente.

No solo mis notas en el ticket del Sainsbury’s me despejaban de cualquier duda, sino también los propios carteles con los que me iba cruzando. Sin embargo, no todo fue un camino de rosas, y me refiero más a mí que al exterior: uno de mis queridos zapatos nuevos comenzó a rozarme el talón de una manera primero disimulada y muy poco después implacable. Ya pensaba que tendría que abandonar mi empresa cuando se me ocurrió, a falta de tiritas, introducir un pañuelo entre dicha parte del pie y el calcetín. Actualmente, da cierta pena mirar esa zona, pero me alivió inmensamente y me permitió continuar hacia adelante.

Graffiti que me gustó yendo aún por Lewisham Way (no me quedaba ná…).

La siguiente fotografía fue tomada en la calle más eterna de todas las que formaban esta larga avenida. Os presento Old Kent Road bajo unos rayos de sol poco frecuentes y cuya fuerza iba menguando al avanzar la tarde, dando lugar a una temperatura aún más idónea que la del inicio vespertino.

Por último, en esta primera parte de mi caminata Lewisham-Leicester Square, quería compartir con vosotros una escena que surgió ante mis ojos de sorpresa y que incluso me enterneció.

¡Un Toys “R” Us! Con un parking delante de él buenísimo para aprender a patinar, oigan (una de mis cuentas pendientes). Una lástima que me pille a una hora y pico de mi residencia.

Hasta aquí la primera mitad de mi encantador paseo. En el próximo post, que no tardará en llegar, segunda mitad y llegada a mi destino :).

Sin título

Y cuando llegas a casa no te importa. No te afecta realmente nada. Eres consciente de que estás en casa, en el lugar más seguro y a la vez asequible donde podrías estar, al resguardo de cualquier peligro, amenaza, mal pensamiento. ¿No? Porque, al fin y al cabo, cada mal pensamiento viene justo y precisamente de nosotros mismos, nunca de fuera, de fuera solo vienen nuestras propias percepciones, decepciones, ilusiones, esperanzas.

Como ese pan con Philadelphia del que eres puñeteramente dependiente a diario. ¿Qué pasa si no lo tomas un día? Que sigues pensando que lo tienes pendiente. Como miles de millones de cosas a lo largo de la vida que dejas atrás y nunca sabes si podrás recuperar, si es que no cuentas con la completa certeza de que no volverán, no tendrán lugar. ¿Para qué? Ya no importan. Ya no constan de la más mínima relevancia de la que gozaban en su momento. Qué felices ellas por aquel entonces, ¿verdad? Tanto protagonismo, tanto malestar, tanta euforia, tanto interés, tanta mentalidad volcada en ella, buscando motivos, detonantes, consecuencias. Porqués.

Eternos porqués. Porqués que dentro de nada de tiempo perderán todo su sentido para sumirse en el olvido, en el limbo de los pensamientos, para no volver. O quizá para rondar de vuelta a ratos, para incordiar, para pasearse ante las nuevas circunstancias, pero con el mismo hilo simbólico de un objeto perdido entre la crueldad atemporal vital, entre las docenas de situaciones dentro de situaciones, entre las anécdotas, entre las sensaciones experimentadas con toda su fuerza en un momento dado pero exclusivamente pertenecientes a dichos momentos. No volverán. Nunca en su más pura esencia. Probablemente sí de forma parecida, sí canalizándose hacia el mismo tipo de pensamiento, sentimiento, frustración, desapego, ilusión, etcéteras varios, pero encabezado por su propio destino, dirigido a su exclusiva dirección.

Y esto es lo que hay. Todo y nada, en cada año, cada mes, cada día, cada minuto, cada segundo. Hasta que te encuentras con algo, una persona, una circunstancia, un atisbo de cielo, de mar, de pensamiento incluso que te desvele de tu egoísmo, de tu egocentrismo, para volverte a dar cuenta de que somos aire, no somos nada, somos sensaciones, presentimientos. Tal cual, pre-sentimientos, sentimos antes de los mismos, sensaciones prejuiciosas que preceden a los sentimientos como tal y que, naturalmente, los condicionan.

Pero luego sabes que, al fin y al cabo, algo material, o espiritual, te desvelará de ello. Tan fácil, tan rápido como una peste que se extiende inexorablemente a lo largo de un aldea, un territorio, un país, el mundo entero.

Arrastrándote con toda la maldad y la compasión de la que es capaz.

Buenas noches.

Categorías:Neuras mentales

Gotye – Somebody that I used to know

Seguro que muchos, si no todos, os sentís identificados con esta canción en relación con más de una persona que haya pasado por vuestras vidas. Incluso en relación con la inmensa mayoría de ellas.

Y no solo se trata de la letra, sino también de las indescriptibles voces y la elaborada parte instrumental. Un conjunto fantástico que, sumado a la interesante composición del videoclip y a la tremenda expresividad facial de su protagonista, te atrapa en su intensidad expresiva, artística y simbólica.

Now and then I think of when we were together
Like when you said you felt so happy you could die
Told myself that you were right for me
But felt so lonely in your company
But that was love and it’s an ache I still remember

You can get addicted to a certain kind of sadness
Like resignation to the end, always the end
So, when we found that we could not make sense
Well, you said that we would still be friends
But I’ll admit that I was glad that it was over

Chorus
But you didn’t have to cut me off
Make out like it never happened and that we were nothing
And I don’t even need your love
But you treat me like a stranger and that feels so rough
No, you didn’t have to stoop so low
Have your friends collect your records and then change your number
I guess that I don’t need, that though
Now you’re just somebody that I used to know (x3)

Now and then I think of all the times you screwed me over
But had me believing it was always something that I’d done
But I don’t wanna live that way, reading into every word you say
You said that you could let it go
And I wouldn’t catch you hung up on somebody that you used to know

Chorus

Somebody, I used to know
Somebody, now you’re just somebody that I used to know
Somebody, I used to know
Somebody, now you’re just somebody that I used to know

I used to know
That I used to know
I used to know
Somebody

“El dinero no da la felicidad pero yo prefiero llorar en un ferrari”

¡Muy buenas a todos! Qué dejada estoy últimamente con el blog. Supongo que me hallo en el periodo más primario de la adaptación a este país, de manera que lo más turístico y llamativo a primera vista, perteneciente a la etapa, llamémosla, “del encuentro” o “de introducción”, ya ha pasado, ¡pero aún queda muchísimo por hacer!

El título de este post (cita más vista que el tebeo) se debe, cómo no, a otro arrebato consumista más que añadir a la lista. De esto que una se acerca al supermercado Sainsbury’s más cercano a por Philadelphia y se encuentra de cabeza con la sección “DVD SPECIAL OFFERS”. Que si 8 o 7 libras por películas normalillas, tal y cual, ojeada furtiva ya perdiéndose hacia el objetivo principal (sección de quesos) cuando se cruza de sopetón con lo siguiente:

WHAT? ¿La trilogía de El Señor de los Anillos a 5 libras (6’2 euros)? ¡De cabeza!

Si no le hecho la foto con el plástico puesto es porque en cuanto atravesé las puertas del Sainsbury’s lo abrí (to ansiosa) para comprobar que estaban dentro las tres pelis. ¡Y efectivamente! Primera parte…

… ¡Segunda y tercera! Parecía una niña pequeña a la que le acabaran de dar un caramelo. Tal cara de felicidad…

Que sí, que me las podría haber descargado gratuitamente y punto pero mira, hay cosas que cuando te atrapan, lo hacen con ganas. Para haberme marchado del supermercado dándole vueltas mejor comprármelo, que no sé cuánto tiempo llevo ya pensando en bajarme pelis en versión original y hace siglos que nada. Mitad pereza, mitad… más pereza.

¡Hablando de consumismo! Hace un par de meses os hablé sobre las cadenas Poundland y 99p, ¿verdad? Pues el fin de semana pasado volvía para la residencia desde la parada de autobús en Lewisham cuando me encuentro con lo siguiente de sopetón.

Un Poundworld!!!! ¡Inimaginable otra cadena más (en la misma calle) de todo a una libra! Menos mal que estaba cerrada en aquel momento, que si no me habría metido a explorarla…

En fin, como conclusión, naturalmente reconozco la tremenda superficialidad de la frase que encabeza este post pero no puede tener más razón. Y no entraré a analizar/rajar sobre la dependencia económica en este mundo porque, aparte de que ya hablé de esto en otra publicación, tengo tres películas por ver :D.

Cosas que pasan de picnic en Hyde Park

Pocas palabras en este post, solo pretendo dejar constancia de un domingo fructífero, puesto que cualquier cosa que no sea languidecer en el sofá (para los suertudos que lo tengan) o la cama durante todo el día a finales de semana ya resulta de provecho en mi humilde opinión.

Y la mejor manera de exprimir el día ha sido tirando para el Hyde Park a echar el mediodía-tarde de picnic, que aquí cuando no llueve no es plan quedarse en casa. De hecho, mañana vuelven las aguas. Como este año hay sequía por aquí… En fin, os pongo una simpática imagen grupal.

Una de las principales diversiones, dejando a un lado las ardillas que rondaban por los alrededores y una chisposa conversación en cuanto a la monarquía española, se ha basado en analizar los movimientos y dimensiones de las (enormes y malvadas) nubes que surcaban los cielos impidiéndonos cada dos por tres recibir los rayos de sol que tanto anhelábamos.

Sin embargo, de esto que llego a casa a la tarde y me recibe, primero, así la ventana:

Y de la siguiente manera al asomarme:

Ni una sola nube aunque lo parezca, se debe a la claridad del sol incidiendo sobre el objetivo de mi (pésima) cámara del móvil.

Esta ciudad me gusta mucho pero definitivamente el clima está como una puta cabra.

Tres meses en Londres

Muy buenos y tempraneros días para la hora a la que me acosté. Hace bastante tiempo que perdí la capacidad de quedarme durmiendo hasta las tantas de la tarde después de trasnochar, lo cual resulta una auténtica pena ya que no por eso suelo aprovechar más estas horas en vela.

¡Pero hoy no es el caso, que llevaba más de una semana sin escribir! Pues eso, llevo tres meses en Londres. Hoy, tres meses y un día. Me vine un 12 de febrero (o el 11 incluso… Buena memoria, María) para Londres, esa ciudad tan llamativa, atractiva, conocida y respetada a nivel mundial, ¿verdad? Ya me imaginaba que sería bastante cosmopolita, pero este nivel se sale de lo normal. Nunca se sabe de qué vas a estar rodeado en el metro, por las calles, los locales. Escuchas acentos de todas las nacionalidades, reconoces a mogollón de españoles cada día que te asomas a las multitudes. En el metro de Madrid, probablemente te cruces con gente de toda España y bastante de fuera, pero en esta ciudad lo difícil es encontrarte con británicos.

Volviendo al tema que me trae hoy por aquí: ¿está valiendo la pena? Por supuesto. Durante mi primer mes y medio aquí, la verdad es que las cosas no fueron en absoluto fáciles. La gente te ayuda mucho, desde luego, desde los compañeros de trabajo hasta las propias personas a las que les consultas algo por la calle, pero nunca imaginé que tendría que mudarme dos veces en ese tiempo y pasar por tal desfase económico entre unas fianzas y otras, alquileres y la vida en general en esta ciudad, que se acopla totalmente a la definición de “muy cara”, aunque sigo pensando que esto es cuestión de ir explorando sitios. Todo ello sumado a un batiburrillo de movidas personales complicaron en gran medida mi adaptación a este país pero puedo asegurar firmemente que en ningún momento pensé en volverme, se quedó en que estaba teniendo una suerte de pena.

A pesar de llevar tres meses, al tener otros tantos por delante durante las prácticas que estoy haciendo, no me he afanado en hacer demasiado turismo, solo al recibir un par de visitas, pero realmente lo básico de Londres lo tengo más que visto. Ahora la idea es profundizar todo lo posible, investigar a fondo esta fantástica oferta cultural y de entretenimiento que cada día nos brinda la capital británica. Es decir, pasar de lo que vería un turista a lo que viviría un ciudadano local y de cotidianeidad ya establecida. ¡En Trafalgar Square mismo hay un concierto cada vez que paso por allí!

Tampoco estoy segura de ir mejorando muchísimo mi inglés. En gran medida, comparado con cómo vine, apuesto a que sí, pero me veo un pelín atascada. Sigo pensando que el aprendizaje es una cuestión de lo más autodidacta, al igual que toda cualidad o capacidad que se quiera potenciar en uno mismo al máximo, así que ahí voy, medio enganchada a Lost en versión original (a buenas horas; gracias, FBI, me quedaré en la primera temporada) con subtítulos, que si no no pillo ni jota; escribiendo dictados de esta maravillosa página web (vais a “Levels” y probáis en cuál no os desesperáis escuchando y redactando), con libros en inglés pendientes de coger (cuando acabe Leviatán de Paul Auster en español, que me está encantando) y ojeando la portada del periódico The Guardian todo lo posible, aunque ya solo con la mitad de los títulos me quedo descolocada, estupendo…

A su vez, esos autorrealizadores hábitos como son el cocinar comidas medianamente decentes (junto con apartarse del consumo de chocolate diario, maldita sea, qué abuso, no sé cómo quepo aún en mi ropa) y hacer algo de ejercicio también se hallan en proceso de adoptarse por completo. Vienen y van pero sé que muy pronto se quedarán. Sinceramente, se puede comer de manera sana perfectamente aquí si pones un mínimo de interés y esfuerzo en ello, aunque naturalmente la dieta mediterránea siempre será la mejor, al menos para mí. La dieta de mi madre, vamos.

¿Vida social? A saco, sin duda. Opino que es extremadamente fácil conocer a mucha gente de sopetón cuando llegas nuevo a un sitio, aunque a la vez creo que luego te vas definiendo, decantando más por unos que por otros, averiguando lo identificado que te sientes en unos círculos determinados… La mayoría de los cuales, como no podía ser de otra forma, son españoles. Muy mal, fatal, terrible, lo sé. Aún cuento con otros tantos (los menos) con los que hay que ponerse angloparlante, pero tengo que pulir este tema urgentemente. Probablemente una acertada opción sería compartir piso con extranjeros si me quedara en este país, mas para tener esto confirmado he de encontrar una ocupación estable tras las prácticas. Ya se verá, queda lejos aún.

España se echa de menos, sin duda. O más que España como tal, la familia y los amigos. El clima no me afecta mucho que digamos, aunque hemos tenido un mes largo de lluvia intermitente bastante pesado, pero la parte emocional es la que toca la fibra sensible, por muy independiente que me considere. Hace unas semanas me hice a mí misma el propósito de tratar de visitar Jerez al menos una vez cada dos meses (distíngase a la derecha mi querida luna llena de cuando estuve allí en Semana Santa). No me gustaba nada la idea de ver a mis padres 3 veces al año, la verdad. Sin embargo, los vuelos están carísimos. Valiente boquete económico está hecho esto. A Madrid también se intentará ir, por supuesto, lo considero mi segunda casa (ya llevo tres, a ver cuál es la siguiente tras Londres) pero bueno, como todo actualmente: “a ver qué pasa”.

Total, que animo a huir a todos los que aún no os hayáis atrevido, aunque sea temporalmente. Tenía pendiente irme al extranjero desde la carrera y si ha ocurrido este año es porque era el momento idóneo. Me mantengo activa, hago currículum, conozco gente y lugares nuevos y, en general, vivo una experiencia tan recomendada como útil para la retroalimentación vital. Eso sí, alucinante lo rápido se me está pasando, qué vértigo…

Y con esto y un bocata de lomo (me lo trajo mi última visita española :D, gracias!!!), me voy en breve a Hyde Park de picnic. ¿Quién dijo que los domingos son un asco? ¡Que paséis un buen día!

Primera adquisición británica

Tras dos meses y medio en Londres, tengo que confesar que no me había comprado nada… ¡hasta ahora! Absolutamente nada que no fuera de consumo inmediato, claro. Es decir, comida. Pero esto tuvo que cambiar hace poco en vistas de que mis zapatillas de deporte sucumbieron ante su cruel e inevitable destino tras haber permanecido conmigo fielmente durante unos años.

Maldita sea, qué rabia me da tener que tirar un zapato porque se le empiece a fastidiar una parte determinada, pequeña para el conjunto del calzado pero una gran jodienda para lo que viene a ser el propósito fundamental de dicho producto: caminar en condiciones.

Pues nada, he aquí que sin tenerlo ni pensado, antes de ayer ocupé parte de mi hora libre para el almuerzo en el curro en pasearme por el shopping centre de Lewisham y, de repente, mi mirada perdida se encontró de pleno con un Foot Locker por una esquina y un cartel en otra tienda próxima donde citaba “Trainers” con todas sus ganas.

Noté en mi interior la llamada del consumismo, del monazo de ojear un poco a ver lo que podía considerar pillarme (tal vez también resonara por algún sitio en mi cabeza la voz de mi madre diciéndome que me comprara unas zapas de una puñetera vez, todo hay que decirlo). Cabe destacar que no soy una persona gastosa ni experimento esa pasión femenina natural por ir de compras. Ese tipo de temas me dan una pereza brutal, y ya ir a la peluquería ni os cuento, pero esto es otra historia.

Total, que tras una vuelta por el Foot Locker que me sobró para salir por donde mismo había entrado más dos vueltas por el “Trainers” me hicieron decantarme por un único par en esta tienda. De hecho, a medida que observaba las estanterías unos minutos antes pensaba: ¿para qué me voy a comprar unos deportes si nada más que los uso para caminar? Ni mijita de correr. Pegaba encontrar algo informal pero que pudiera también llevar puesto felizmente cualquier día. Hala, en la foto tenéis mi elección.

¡¡Tan monos!! En mi vida anterior, cuando llevaba pantalones anchos y sudaderas hippies (y no veía el momento de tener que renovar todo mi vestuario para que me dejaran entrar primero, en las discotecas madrileñas, y luego, en una oficina londinense), solía pillármelos bastante más anchos pero estas All Star me han llegado. Tampoco había mucho donde elegir para mi gusto.

¡La tentación despertó! Sin embargo, ya saciada, le vuelve a tocar dormir durante otras tantas semanas (tirando a meses, teniendo en cuenta mi vagancia)… O quizás simplemente hasta que me adentre con mayor profundidad en las tenebrosas posibilidades de Camden Town, Oxford Street y demás boquetes económicos paralelos. En fin, lo dicho, conociéndome…

¡Pero de estas zapas me he enamorado por completo!

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