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Archive for 29 junio 2012

The Folly, restaurante y pub en Londres

Queridos lectores, os presento el sitio en el que degustaría mi primer bicho de mar en este país (a los 4 meses de estancia, tócate los huevos) un 9 de junio tras una buena caminata desde mi barrio hasta el centro. The Folly es un restaurante que si lo miras desde fuera, y sobre todo por dentro, te da la sensación de que te van a clavar la puñalada de tu vida, puesto que es enorme, compuesto de varias zonas, extremada y vistosamente adornado e incluso no le faltan árboles dentro, además de que buena parte de los clientes van bastante arreglados allí, al menos para el sábado noche, cosa que me habría venido bien saber con adelanto pero bueno, también se puede ir vestido normal y corriente.

Su composición: al entrar, te encuentras con unas mesitas y sillas del estilo para tomar el té y a la derecha una barra en la que pedir cócteles, función muy cumplida para el fin de semana por la noche antes del cierre a las 12. Creo que rondaban las 7 u 8 libras, aunque podrían ser más caros.

Delante de los ojos y detrás de estas mesitas, bordeadas por tres arbolitos más grandes que yo, se observa un amplio espacio con variadas mesas acondicionadas para tanto reuniones grandes como parejitas que quieran comer, es decir, de diferentes tamaños, y una segunda barra al fondo. A esta sección, más focalizada hacia el almuerzo o la cena, se accede a través de unas escaleritas situadas a la izquierda de la entrada.

No obstante, el local consta de otras escaleras que te conducen al piso de abajo, donde se abre otra sala aún más inmensa en la que te encuentras una tercera barra y mesas circulares, esta vez con sillones, más apropiadas para tomar algo que para comer; y los baños al fondo, que merecen mención aparte.

Lo siguiente es lo que se ve a la derecha nada más entrar en el baño de techo alto: una barra con sus butacas. Te dan ganas de tomarte una copa allí mismo. De hecho, un mensajito escrito en uno de los espejos te invita a ello.

Y esto es sólo el principio. Vista al frente, te encuentras con un árbol más plantado en medio, liderando una fila de lavabos a cuyos ambos lados se sucede una serie de puertas con sus respectivos váteres, contando aparte con los secadores de manos justo a la izquierda de la entrada. Disculpen la falta de imágenes del local en sí, pero había poca luz y estas acabaron siendo las más nítidas, además de que me parecía para hacerle un mini-reportaje.

¡Que no le falte un espejito colgando al árbol!

Pasando a lo verdaderamente importante, hablemos de la comida y los precios. En la carta, los platos principales, entre los que te encuentras tanto ensaladas como carne y pescado, rondan las 10 libras, lo cual está de maravilla para la calidad y la presentación, con la que aluciné en colores. Si le añades un refresco, son un par de libras y 60 peniques más; una cerveza, casi 5 libras más; algún entrante, otras entre 5 y 7 si se trata de los de la sección superior de la carta, más baratitos, u otras 10 si lo elegimos de la sección de platos para compartir o entrantes menos baratitos, con los que una persona se podría quedar llena, según nos dijeron (me imagino que una que no coma mucho, en vistas del que nos pedimos).

Así pues, fuimos a lo grande para mi primera vez, segunda de la amiga que me lo recomendó y me llevó allí, y nos pedimos, para empezar, un entrante, algo simple para no pifiarla porque de aquel menú entendíamos más bien poco (habrá que repasarse las comidas en inglés): pollo. Sin embargo, ¡mirad qué forma de ponérnoslo!

Y bueno que estaba. La salsita no me hacía especial gracia pero acabé mojando y acostumbrándome porque si no costaba un poco tragárselo. Creo recordar que se basaba en algún fruto seco, avellana o algo así, con un leve toque picante.

A continuación, ¡mi súper plato principal! Lo que en la carta era una descripción en inglés del copón con una sola palabra en francés que captó mi atención (Paupiette) se transformó en una vieira deliciosa, introducida a modo de semi-puré mezclado con guisantes y no sé qué condimentos en el interior de la concha que véis en la fotografía y sobre una base de puré de patata que tampoco sabía nada mal.

Por cierto, la bolsita esa tan cuca de la esquina contenía… ¡medio limón! ¿Será posible tanto curro para presentar un plato? Desde luego, no se puede decir que la gastronomía no sea un arte.

Ahí queda recomendado el sitio. Recordad: si os pedís un solo plato y agüita del grifo, la cosa se puede quedar en unas 10 libras o poco más; a partir de aquí, suma y sigue entre bebida, entrantes y/o postres, a los que no tuvimos tiempo de acceder, por cierto, ya que nos cerró la cocina a partir de las 10 o 10:30 de la noche, mas queda pendiente probar el brownie.

¡Hasta la cuenta la trajeron de forma atractiva!

Por último, dirección: número 41 de la calle Gracechuch Street, al lado de la estación de metro de Monument o de Bank (están conectadas), zona 1, pleno centro de Londres. Eso sí, si queréis continuar la fiesta, proceded a coger un bus o el metro ipso facto porque por la zona no hay absolutamente nada.

¡Un saludo!

El día que caminé de Lewisham a Monument (II)

Tal y como dije al relatar la primera mitad de esta caminata de 2 horas y unos 7 minutos, el sábado 9 de junio me saludó un sol espléndido al mediodía que me decidió a embarcarme en esta aventurilla semi-peregrina.

Así pues, pasado el Southwark Park, la civilización comenzaría a hacer un poquillo más de presencia a partir de este tramo, e incluso me toparía con una parada de metro por aquellos lares: Bermondsey Station, bajo unos espectaculares cielos.

Seguidamente, señalización de la calle en la que me hallaba. Está muy de moda poner en venta este tipo de artilugios en las tiendas de souvenirs. Me imagino que tendrá éxito entre los turistas, como las matrículas de coches y demás placas del estilo, aunque a mí aún no me ha dado por pillarme ninguna, la verdad, no lo acababa de ver muy estético para mi habitación. Sin embargo, la imagen sí me gusta.

¿Cómo no inmortalizar y enseñaros de una vez alguno de esos entrañables taxis londinenses plagados de publicidad? La siguiente escena estaba que ni pintada como para dejarla escapar, a pesar de ser una compañía de teléfono la anunciada.

Enlazando por fin de Jamaica Road (que se hizo notar a lo largo) a Tooley St, gran sorpresa la mía cuando diviso inesperadamente al fondo de una de las avenidas nada más y nada menos que… ¡El Tower Bridge! Mira que me había observado el mapa a fondo pero ese detalle se me había escapado por completo: el hecho de que durante aquella parte del camino contaría a mi derecha con las perspectivas traseras de algunos de los míticos edificios posicionados de cara al Támesis.

Por tanto, no sólo se quedó ahí la cosa. Pasando un par de edificios tochos por Tooley St, se me apareció el siguiente paisaje ante mis ojos. El Tower Bridge quedando levemente atrás en la distancia y liderando el frente ahora el City Hall, sin olvidar un cielo impoluto de fondo como para echarse a llorar de la emoción ante su escasez en esta ciudad.

Entonces, llegaría a un punto clave del camino. El principio del puente cuya calle se llamaría Borough High St (curioso que no haya ningún bridge en la denominación) y que me ofrecería algunas de las vistas más hermosas recibidas hasta el momento en pupila. Mirada al frente.

Mirada a la izquierda, con su puesta de sol y la cúpula de la Catedral de St. Paul a contraluz entre otras.

Mirada a la derecha. De nuevo el Tower Bridge pero con menor protagonismo esta vez, situado en medio de un dorado y mágico equilibrio entre unos componentes visuales y otros. Absolutamente alucinante. De hecho, se trata de la foto de cabecera de Maria Dixit en Facebook. Se lo merece, ¿no?

El paseo culminaría con una maravillosa cena en el restaurante The Folly, pero ya vendrá otro post próximamente para hacerle homenaje. No os perdáis a continuación la versión nocturna de la foto anterior.

¡Hasta la próxima!

La palabra “coraje” en Andalucía (España)

Veamos… He caído en que a lo largo de mis publicaciones habré utilizado esta palabra un considerable número de veces, y a la vez he asociado este hecho con el de que la inmensa mayoría de mis lectores no la utilizarán en la vida como tal ni tienen por qué haberla oído o leído antes, así que ya va siendo hora de dedicarle un post a tan excelso concepto.

Me explico: evidentemente, los andaluces sabemos que el “coraje” está directamente relacionado con la valentía de una persona por definición, ¿no es así? Pues no siempre para nosotros. Nuestras expresiones (altamente utilizadas) me da coraje X cosa, qué coraje me da y derivados (en los últimos años he soltado algunos “qué corajoso” pero me da que es de cosecha propia) se focalizan más bien hacia algo que nos resulta molesto.

Profundizando desde un plano personal para no opinar en boca de 8 millones de personas, aunque creo que muchos estarán de acuerdo conmigo, el término no se identifica en sí exactamente con el típico “me da rabia”. Es muy parecido y es lo que diría el resto de españoles, pero nuestro “coraje” lleva menos intensidad, a la vez que resulta más preciso; se trata de un “uf, ¡qué detestable!” (que no “odioso”, puesto que tampoco me parece lo mismo “detestar” que “odiar”), mientras que la rabia me resulta mucho más cruda y seria (al igual que el “odio”), menos carismática incluso. Me recuerda a los perros que sufren dicha enfermedad. Una palabra bastante menos simpática que el “coraje” andaluz, aunque implique irritación.

Para finiquitar el post, contáis con la segunda acepción del diccionario de la Real Academia Española para que conste como concepto reconocido lingüísticamente y también podéis consultar una serie de ejemplos prácticos en el siguiente post.

El día que caminé de Lewisham a Monument (I)

Ese día fue el 9 de junio de 2012. Un sábado que pretendía pasar entero en casa tras más de una semana de planes diarios se truncó en una nueva caminata para celebrar la salida del sol al mediodía (precedida por una siesta que me sentó como Dios). Tanto había disfrutado del recorrido de Lewisham a Leicester Square hecho el 26 de mayo, que no pude menos que plantearme la idea y comenzar a googlemapsear para ponerla en práctica. Quizás incluso se convierta en una costumbre mensual o quincenal, ¡quién sabe!

Puesto que el plan era cenar en un restaurante situado al lado de la estación de metro de Monument, comprobé que incluso tardaría menos que hasta Leicester Square: me iba a llevar dos horas y unos 7 minutos (a Leicester Sq eran dos horas y 28 minutos), así que cogí puerta con mis míticas notitas para no perderme.

Los primeros 15-20 minutos transcurrieron por la misma calle de partida que en la primera caminata, a lo largo de Lee High Rd, pero al pasar la estación de tren y de DLR de Lewisham se giraba ligeramente a la derecha en vez de seguir recto (aunque el resultado era el mismo ya que en principio había que llegar a New Cross Rd, al igual que en la primera caminata). ¡Cuál fue mi sorpresa al encontrarme de sopetón con un pedazo de parque! Ravensbourne Park, para servirles.

Recorridas Thurston Rd, Brook Mill Rd y New Cross Rd, la siguiente calle me haría alucinar del encanto que desprendía: Depford High St. Una vía estrecha en comparación con las anteriores y absolutamente repleta de todo tipo de pequeños comercios en ambas aceras. No pasaban ni coches. Una mini-ciudad en auge de población mayoritariamente negra (por no decir absoluta a excepción de mí, algún chino y poco más), un amago de barrio de vecinos medianamente transitado y con gente charlando en las puertas de las tiendas, todo unido a los mil y un olores que te acompañan al cruzarla y que te abren brutalmente al apetito. A continuación, tenéis el final de la calle, donde ya sí que había más circulación.

Se sucederían a partir de aquí unas avenidas continuas de halo tranquilo con pequeños comercios a ratos que abarcaban todos los posibles servicios necesarios (fruterías, pubs, peluquerías, bancos, centros de cambio de moneda, cibercafés, super mercados enanos, restaurantes, etc.), niños en la calle alguna que otra vez, urbanizaciones cuyos balcones incluso me recordaron a los pueblos costeros españoles… Muy familiar, muy de barrio pero a lo grande. Para más inri, se me abrieron ante los ojos tropecientos paisajes ligeramente nublados entre los que me he decantado por elegir el siguiente de Creek Rd. Un par de edificios y el cielo de fondo. Simple y de composición idónea en cuanto a los elementos para mi gusto.

El siguiente edificio, situado en la calle contigua a la anterior, en Evelyn St, me pareció bastante encantador, más acorde con la arquitectura que se le suele atribuir a este país como propiamente británica: ladrillo, ventanas cuadradas o rectangulares, uno de los tejados en pico… Se trataba de un colegio de primaria: Deptford Park Primary School.

No obstante, si el haber topado con Ravenbourne Park me había resultado grato, Lower Rd me sorprendería aún más con un segundo e inmenso parque: Southwark Park, con una pinta buenísima para recorrerlo en bici. Lástima que no tenga, aunque aquí los ciclistas son bastante temerarios y van siempre por la carretera, cosa que me da bastante respeto (y coraje cuando hay uno delante del autobús en el que voy yo)…

¡Dichosos los ojos! ¡Por fin la rotonda que conectaría Lower Rd con Jamaica Rd! Considerémoslo como la mitad del camino, y ganas que tenía de verla teniendo escrito en mis notas “recto hasta una rotonda” mientras que caminaba eternamente sin divisarla. De paso, cartelito de turno, aunque esta vez les hice poco caso.

Al girar en la rotonda a la izquierda por Jamaica Rd, me quedaría flipada mirando a mi izquierda y encontrándome de pleno con otro acceso al Southwark Park cuando hacía un rato que lo había perdido de vista y olvidado al estar tapado por los muros. ¡Pero no, seguía ahí! ¡Ni grande el parque! Habrá que explorarlo un día de estos.

Hasta aquí tenéis redactada la primera mitad de esta, mi segunda caminata londinense. En la segunda parte, más y mejor.

¡Un saludo y feliz fin de semana!

¡Maria Dixit en Facebook!

Sí, señores, tras dos años escribiendo, ya iba siendo hora de crear una página en Facebook específicamente para el blog. Aunque contáis con un botón en la columna de la derecha para darle al “me gusta”, os pongo la dirección exacta a continuación:

https://www.facebook.com/mariagadixit

Espero que muchos os animéis a integraros, sobre todo si os resultaría más cómodo seguirme a través de ella :).

Puesto que hay una inmensa cantidad de material redactado desde el 13 de junio de 2010, naturalmente no me pondré a colgarlo todo, pero quizás sí que publique de vez en cuando, o incluso casi a diario, algún viejo post, junto con los más recientes que vaya escribiendo a tiempo real desde la creación de la página y cuya difusión en Facebook será inmediata.

Sin más dilación, ¡bienvenidos a Maria Dixit en Facebook!

Musical “El Rey León”

Ayer lo vi. Corrijo: ayer tuve el inmenso placer de asistir a este alucinante espectáculo, concretamente a las 19:30 en el Lyceum Theatre (que en el Google Maps aparece como “Lyceum Tavern”, desconozco aún el porqué). Sinceramente, no me voy a extender, o eso digo ahora, porque no creo que las palabras hagan justicia a esta representación, a esta maravillosa vuelta a la infancia envuelta en un disimulado halo adulto (reconozcámoslo: vaya dramón cuando Mufasa la palma, y esto no lo considero spoiler), solo quiero dejar constancia aquí de tan grata experiencia para que ni el tiempo ni la (mala y/o selectiva) memoria mengüen la profunda emoción que me acompañó (a mí y a todo el público, del cual debieron de llorar unos cuantos, incluidas dos amigas mías) durante las dos horas y media de tierna y viva fantasía, e incluso posteriormente hasta que me acosté envuelta en un mar de sueños y reflexiones positivas en torno a la obra e incluso hacia la vida en general. Es lo que tienen las cosas bonitas.

Dentro de lo impresionante que resultaron todos los componentes artísticos, en primer lugar destacaré el suelo. Sí, el suelo donde mismo iban pisando y bailando los diferentes personajes, el cual se movió como un auténtico ente humano cada escasos minutos (o quizá no tan escasos, sino que se hicieron muy cortos) dando lugar a una inmensa variedad de atmósferas, transportándonos sucesiva e inesperadamente de una escena a otra a través de unas capas de suelo que se superponían, se alternaban, se escalonaban, subían, bajaban, hacían surgir de la nada unas descomunales escaleras y estructuras… Absolutamente asombroso, y me estoy limitando exclusivamente al uso del suelo, luego añadidle los diferentes decorados expuestos sobre él en sus debidos momentos a lo largo de la obra y ya es el remate.

En segundo lugar, el uso de las luces, de los focos. Brutal. Si ya el colorido que ofrecían fue de impresión, el manejo en sí de los mismos para destacar figuras, ensombrecerlas, aplicarles unas determinadas sensaciones u otras, remarcar su presencia por encima de las demás o esconderlas por completo (incluso inmensas construcciones situadas de la mitad del escenario hacia atrás) resultó imponente, además de la sensacional ambientación que prestaban al día y la noche, la vegetación, la alegría, el peligro… Arte lumínico en estado puro, lo llamaría yo.

En tercer lugar, la fusión de todo lo demás. La banda sonora: impecable, indescriptible, una potencia arrasadora la de todas esas voces, engalanadas con un vestuario y un maquillaje que se debatían entre la pulcritud y lo salvaje, lo humano y lo animal, sumidos en un idóneo y caótico orden visual. Los diálogos: clavados, emotivos, intensos, con sus pequeños golpes humorísticos que no podían faltar.

Los personajes, excelentemente definidos, con solo un par de anomalías desde mi punto de vista: la falta de negro en la mata de pelo de Scar (demasiados colores cálidos para lo frío y oscuro que debería encarnarse a este ser) y el apabullante verde del traje llevado por el actor que manejaba a Timón. Durante los primeros cinco minutos no podía dejar de ver ese gigantesco moscardón verde tras el muñeco pero bueno, luego te vuelves a meter en el papel y la mente lo ignora cómodamente.

Culminando con la interpretación, destacaré a los pequeños Simba y Nala, los cuales no debían de superar los 8 ó 9 años (tampoco soy muy buena adivinando edades pero creo que tiran por ahí) y se lucieron admirablemente en todas sus cualidades; la simpatía que los personajes de Timón y Pumba cedían a la historia y, sin duda, las carcajadas que arrancaban; la gracia y el dinamismo con los que Zazu se expresaba y sobrevolaba por el escenario en manos del actor que lo representaba; y, finalmente, Rafiki. ¿Cómo ponerle adjetivos a la manera en que aquella opulenta señora le dio vida al probablemente más carismático personaje de la historia? Me agradó enormemente, de hecho, que fuera una mujer quien lo pusiera en escena, y tan excelsamente.

Teniendo en cuenta que más arriba os dije que no me iba a extender, como conclusión, por si no se ha dilucidado a través de mis parrafadas alabadoras y encandiladas, recomiendo este musical. Muchísimo. Incluso diría que me parece un espectáculo prácticamente de contemplación obligada, añadiendo además que, aunque en mi caso me salió la mar de económico por una oferta temporal que llegó a mis manos, garantizo que vale la pena pagar el precio que valga para verlo. Por ello mismo, a su vez, no hay fotografías en este post. Vayan ustedes y juzguen por sí mismos.

“God bless you”

En esta ciudad (Londres), el verano no existe, o no me lo parece de momento. A casi mediados de junio, continúo llevando mi enorme abrigo a cuestas, y bien que me viene la capucha a falta de paragüas, cuya ausencia no se debe a otra cosa que a la pereza de cargarlo y al riesgo de perderlo. Me resulta un artículo tan tremendamente fácil de dejar por ahí apoyado y olvidado, además de incómodo de llevar, que aún resisto en este país sin adquirir ninguno. Con más razón ante la pérdida del mismo por parte de dos amigas en la última semana.

A su vez, estas temperaturas no te incitan a la mítica operación bikini como en mi querido país natal. No hay fecha determinada, no hay un impulso meteorológico que te lance un aviso tan bestial a la cara como esos españoles treinta y pico, cuarenta grados a la sombra y la obligación de comenzar a enseñar carne para sobrevivir.

Pues de esto que el pasado viernes, antes de ayer, me encontraba la mar de a gusto estrenando un vestido cuyas características permitían encontrarme a mis anchas por mucha cerveza que bebiera, ya que era de composición ancha de cintura para abajo (sin hacerme gorda, obviamente, en tal caso se habría quedado colgado en ese infierno alias Primark cuya cola para los probadores podéis ver en la foto), aunque dándole cada vez más vueltas mentales a mi inminente viaje a Jerez esta semana que entra, con su más que probable y correspondiente rato en la playa de turno.

No estoy haciendo muy buena dieta desde que me hallo aquí, aunque ni mucho menos entraré en el juego de culpar al país porque opino que todo el que tenga verdadero empeño puede alimentarse de una manera igual de sana y equilibrada que la que favorece la dieta mediterránea. No obstante, ahí estaba yo, permitiéndome unas Foster y apaleando con ellas todo lo rebajado frugalmente entre semana.

Ni siquiera tenía pensado salir esa tarde ni esa noche, pero se me juntaron una fiestecilla en la empresa (con bebida y comida gratis hasta las 21:00) con las ansias de una amiga por salir por su cumpleaños. ¿Cómo negarme a ninguno de los dos planes? El culmen calórico fue una criminal Alhambra al final de la velada (2:00 de la mañana en Londres) que dejé a los tres buches de lo fatídica que me sabía. Ignoro el porqué de mi empeño en consumir cerveza si tengo más que comprobado que no me gusta. No, no me gusta, y punto en boca.

Adonde quiero llegar con toda esta extensa parrafada, que no me explico ni cómo albergo tal capacidad para enrollarme, es a que a las 3:30 de la mañana me hallaba de vuelta a casa en autobús sin un balance claro sobre la noche. Tampoco soy de determinar si tal o cual plan ha valido la pena (a menos que sea evidente si sí o si no) pero bueno, ahí estaba yo, tratando de crear nuevos equilibrios mentales en la relación próximas-comidas-de-la-semana–rato-de-playa-inminente, cuando llegué a mi parada.

Me bajo y me sorprendo al instante al divisar una menuda figura portando muleta en una mano y maleta del copón en la otra, en un compás de cojear y tirar respectivamente que hacía daño a la vista. Casi ni un alma a aquella hora y en aquel paraje y una sola dirección que tomar para llegar a alguna calle con algo más de civilización, es decir, que tomábamos el mismo camino por huevos, así que con más razón no vi ningún impedimento para ofrecerle mi ayuda, que aceptó con una sonrisa.

¡Joder, cómo pesaba aquello! Debieron de ser cinco o diez minutillos hasta dejarla donde deseaba pero no quise ni pensar en el estado en que habría quedado la risueña mujer de haberlo hecho sola. Era de Ghana, llevaba diez años en Inglaterra y estaba yendo a visitar a su hermana (o eso me contó, a menudas horas). No hablaba mucho al principio, creo que se concentraba más en caminar y respirar a la vez, pero al hacerle un par de preguntas se soltó. Tanto que por un momento me pidió una libra para tomarse un té pero a eso ya no accedí, siguiéndole a mi negativa un rápido gesto de ella de “no importa” y amplias muestras de gratitud, comentándome que nadie la había ayudado y, sin embargo, ahí había ido yo a socorrerla sin pensarlo.

God bless you (“que Dios te bendiga”) fue lo último que me dijo, y otra nueva reflexión me acompañaría durante el resto de mi camino a casa, bajo una impresionante luna llena por cierto (aunque en la imagen el punto situado justo en el centro parezca una farola más). Una buena acción. Había aprovechado la oportunidad y la había clavado, la verdad, nunca había sentido tan profundo el bien ajeno (no había tenido muchas oportunidades hasta ahora, quitando las monedas dadas a músicos y demás artistas callejeros).

Me sentía orgullosa, buena persona. A su vez, me sentía algo gilipollas por llevar las últimas semanas medio obsesionada con los michelines de las pelotas cuando hay gente que no puede ni andar en condiciones. Y también sentía fuerzas y ganas renovadas hacia emprender esas caminatas frikis mías que me gustan y que poca gente haría, esas semi-palizas improvisadas (como la que os conté de Lewisham a Leicester Square) que me recuerdan que sigo teniendo unas piernas en perfectas condiciones para llevar a cabo su función principal: caminar. Caminar todo lo posible mientras pueda hacerlo.

Y así es como próximamente tendréis por aquí un nuevo post (¡o dos!) con el siguiente título: El día que caminé de Lewisham a Monument.

¡Buenas noches y que tengáis un feliz comienzo de semana!

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