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Archive for 28 julio 2012

Taxis londinenses

Desde que llegué a esta ciudad, naturalmente una de las cosas que más me llamó, y me sigue llamando, la atención es la originalidad de los taxis, tan llamativos en sus colores y mensajes y tan característicos por su tamaño y forma física a lo antiguo. Hasta se les coge cariño. No por ello cómodos, debo decirlo, porque están más duros que una piedra, pero sus superficies decoradas con los más variados anuncios ofrecen unas vistas de lo más pintorescas en medio de la frenética circulación que domina las calles londinenses por doquier.

Así pues, me animé a fotografiar de vez en cuando alguno que me hiciera tilín, y aquí os los voy a enseñar habiendo ya reunido un número considerable.

Para empezar, ¿un viajecito a Sri Lanka?

Seguidamente, más motivación para ir de vacaciones (no me extraña con este clima):

También podemos topar con compañías más específicas, como la siguiente de inversión…

O de moda, cómo no.

Así como de algún producto no identificado por falta de atención, pues no me acuerdo de qué iba este pero me gustaba el colorido.

Otros tantos más planos visualmente como el siguiente, simple y llanamente… ¡Rosa!

Incluso alguno que otro empotrado en el escaparate de una pizzería invitándonos simpáticamente a entrar.

A continuación, el mejor para mí hasta el momento. ¡Beefeater rules!

Guapísima la publicidad.

Espero que os haya gustado el post. Desde luego, no se puede decir que les falte encanto a estos carismáticos (y caros, por cierto) automóviles públicos.

¡Que paséis un buen fin de semana!

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El día que íbamos a Brighton y acabamos en Oxford

Apoteósico total el comienzo de este domingo 22 de julio de 2012. ¡Ah, que estamos en verano! Pues hasta hoy no me había dado cuenta. Primer día en el que paso verdadero calor y cojo algo de color, y de la manera menos esperada. Ni playa ni leches, echando horas en un parque bajo un cielo azul de escándalo. Os cuento, que sé que estáis ansiosos, aunque las parrafadas que vienen a continuación se basarán más bien en el relato de las primeras tres horas del día (ya vendrá en otro post próximo el resto de la jornada dominguera) y la retahíla de sentimientos que han acarreado de aquí a la posteridad. Comenzamos, pues:

Tras una noche fantástica en el (por ahora) mejor pub de Londres, el O’Neill’s de Leicester Square, y cinco horas cortas de sueño, mi querido grupo de valencianos que me he echado encima espontánea y gratamente y yo procedimos a pegarnos el madrugón de las 6 de la mañana para ir a la estación de Victoria a comprar unos tickets con el objetivo de pasar el día en Brighton. Una vez reunidos en el meeting point (una llegando puntual y los demás tarde, ¡para no perder las costumbres!), nos dirigimos hacia la (maldita y despiadada) máquina de los tickets y, cuando sólo una de nosotros había ya pagado y obtenido su billete, aquel aparato del demonio anunció que el autobús se encontraba lleno.

Un “oh, shit!” (¡oh, mierda!) en toda regla recorrió nuestras mentes. Como la máquina de las pelotas estaba como una cabra y ya no sabíamos si había billetes disponibles para otros autobuses o no porque nos dijo primero una cosa y luego lo contrario, decidimos sabiamente buscar a un ente humano que nos atendiera en condiciones . La cola para las taquillas ya indicaba que no llegaríamos al siguiente autobús pero aún nuestra querida (y bien pringada por momentos) amiga disponía de su billete para uno que salía más tardío, así que nos encontrábamos a tiempo.

Llegamos por fin a la altura de, atención… ¡El ser más alucinante jamás hallado en la tierra! Perspectiva puramente personal y subjetiva, claro, pero no por ello menos acertada. Nos presentamos los cuatro fantásticos ante un hombre de agradable mirada y mejor predisposición que nos atendió de una manera tan profesional como increíblemente simpática. Como suelo decir, hay mucha gente que es “buena gente”, pero este hombre era una “buena persona”. Buenísima, incluso, o más bien lo definiría como “auténtico”. Tras comunicarnos que la salida del último autobús de vuelta de Brighton a Londres era a las 4 y pico de la tarde, lo cual solo nos permitía pasar unas cinco horas allí teniendo en cuenta la hora a la que llegaríamos, y que el billete de nuestra amiga no podía ser reembolsado por tratarse de un viaje a realizar en el mismo día, optamos por un camino que llevaría a una sucesión de decisiones, gastos y risas apabullantemente impredecible para lo que esperábamos cuando nos habíamos levantado esta mañana.

Me explico: ¿que no podía esta chica devolver el billete? Pues cambiamos el día para ir a Brighton. Así, tras compartir una serie de “¡no, este día no!”, “¡este finde es para el otro viaje!” y poco más, zas, el domingo 19 de agosto. Primera tanda de billetes. ¿Qué pensamos luego sobre la marcha mientras íbamos pagando? Coño, pues que no eran ni las 9 de la mañana y teníamos todo el día por delante. ¿Y si vamos a Oxford? Para este destino sí que había autobuses disponibles por un tubo. Venga, va, con un par, siguiente tanda de billetes, en medio de un bestial descojone durante el cual nos fuimos a pensar en… ¿por qué no? ¡El tercer viaje que teníamos pendiente este verano antes de que mis valencianos huyeran de vuelta a España! ¿Por qué no consultarlo en aquel preciso momento, ya que estábamos todos juntos ante un amabilísimo señor y no separados buscando perezosamente ofertas a través de una vulgar pantalla?

Edimburgo. Nuestro viaje de fin de semana. Al majísimo taquillero ya le había dado tiempo de comentarnos que era una verdadera alegría ver a unos chicos tan risueños cuando normalmente la gente se le presentaba con una cara de lo más triste y apurada por la vida. ¡Pues no sólo llegó hasta aquí! Tras auto-destinarnos (nosotros a nosotros mismos y arrastrando a dos de nuestros hermanos sin siquiera preguntarles antes) a una fatiga cruel y dolorosa compuesta por unas 9 horas de autobús de ida (viernes 10 de agosto por la noche) y 9 horas de autobús de vuelta (domingo 12 de agosto… también durante la noche), este fascinante ser humano nos dijo (en inglés, claro): son 40 libras cada uno pero, “because you are so nice” (“porque sois tan simpáticos/agradables”), os lo dejo a 20.

¿Sois conscientes del argumento empleado para dejarnos… un billete de 50 euros a mitad de precio a cada uno?????????? Indescriptible el subidón que llevábamos. Media hora después, continuábamos flipando de cómo habían salido las cosas, y aún tras todo el día de arriba para abajo (ya os hablaré sobre Oxford en otro momento, sobre todo cuando tenga fotos en mi poder), no puedo más que encogerme de emoción recordando la actitud, la sonrisa, la sinceridad, el TODO de aquel hombre… al que ni llegamos a preguntar el nombre de lo agilipollados que nos quedamos, gran fallo pero no pasa nada, ya sabemos dónde trabaja y cualquier día que se nos vaya la pinza vamos y le regalamos algo, que se lo merece.

Muy fuerte. Muy impactante, absolutamente inesperado, totalmente esperanzador. Una bocanada de nueva confianza hacia la posible naturaleza bondadosa del ser humano, o al menos de unos cuantos de ellos a una escala tan inmensa que podría cubrir la de todos los demás. ¡”Because you are so nice”!!!!! Para hacerle un monumento.

En serio, no se trata ya del dinero ni mucho menos, sino de las formas, las palabras, el trato, el bellísimo curso que tómo la conversación, una inicial y supuesta transacción comercial, entre absolutos desconocidos… Completamente desinteresado (obviamente ellos seguirán ganando dinero, pero… 50%!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Y no se lo inventó, que vimos el precio en la pantalla, para los escépticos) y solo por escucharnos, por vernos la sonrisa, el entusiasmo, el espíritu frenético que nos acompañaba antes de, como os he dicho, las 9 de la mañana de un domingo. Surrealista. Y en Londres, la ciudad-boquete del dinero.

Así que nada, aquí los protagonistas de la historia tienen ya en sus manos el destino de la mitad de los fines de semana de un agosto que se presenta magnánimamente prometedor. Y así os lo quería contar antes de acostarme para no dejar pasar esta euforia, latente como nunca e imperdonable de permitir que cayera en el olvido con el paso del tiempo. De eso nada: que quede clarísimo que la mañana del domingo 22 de julio de 2012, tres valencianos y una andaluza triunfaron económica y emocionalmente al encontrarse, tras una pura sucesión de causalidades, con el mejor tipo de Londres tras una taquilla en la estación de Victoria de Londres, Reino Unido.

¡Así da gusto empezar la semana!

No permitas sentirte viejo

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De Londres a Stansted, desde el avión y aterrizando

Os voy a contar un poco mi ida de Londres a Jerez de la Frontera (Cádiz, Andalucía, España). El motivo principal era mostraros las fotos que tomé desde el avión, solo que al ir eliminando por verlas todas iguales me he quedado con poca cosa, así que me centraré también un poco en el recorrido anterior, aportando cierta información que puede resultar útil. Naturalmente, si algún lector conoce otra vía que vea más idónea, considérese absolutamente invitado a plasmarlo en un comentario para que todos nos enteremos.

Para empezar y para quien no la conozca todavía, bienvenidos a la empresa Easybus, cuyos autobuses salen desde un número limitado de calles céntricas de Londres hasta los aeropuertos de Stansted, Luton y Gatwick. A Heathrow no le hace falta, que llega el metro, y al City el tren, aunque a Gatwick también pero bueno, cuantas más opciones a elegir, mejor para nosotros, ¿no?

Los autobuses que van a Luton, y que normalmente son de tamaño grande, salen desde Brent Cross, Finchley Road, Marble Arch, Victoria Buck. Palace Road y Gloucester Place (Baker St); mientras que los que van a Stansted, de tamaño medio o minibuses, solo salen de esta última localización. Para más información, consultad la página web, que tampoco me la he estudiado y a mí el aeropuerto que me interesa principalmente es el de Stansted, el único que me lleva a Jerez (y el que está más lejos).

De todas formas, si vais a Gatwick, lo que veo más apañado es coger el tren en London Bridge, aunque también depende desde dónde vayais de Londres, pero ¡cuidado! A medida que va avanzando, algunos vagones se desplazan hacia otros destinos. Estad atentos a la megafonía o igual no llegáis al aeropuerto y encima acabáis en Pernambuco.

Esta parada de autobús, la 19, se corresponde con los autobuses que van a Stansted, mientras que la que se ve un poco más adelante es la S, la de los autobuses para Luton. Cabe destacar la inmensidad de nubes, tan típicas por estos lares, que  hacían difícil atisbar el azul del cielo. A continuación, os enseño el edificio situado enfrente de la parada al otro lado de la carretera, que me cayó simpático para fotografiarlo.

Tras un recorrido de aproximadamente una hora y 10 ó 15 minutos, llegada al aeropuerto. No tiene pérdida acceder al mismo y buscar tranquilamente tu puerta de embarque (si llegas con tiempo, claro). No lo he comentado antes pero, para llegar a Baker Street, lo más apañado sería pillar el metro hasta allí.

¡Y ya estamos en el avión! Como no podía ser otra la compañía, con Ryanair y la cola metiéndose en toda mi vista. Es lo que tiene que los asientos delanteros se ocupen los primeros.

Petadillo que iba, ¿eh? No me esperaba yo que tanta gente fuera a Jerez así por las buenas. Era viernes pero aún así, me llamó la atención. Me sentí algo más orgullosa de mi apacible lugar de origen. Claro que teniendo en cuenta que la provincia de Cádiz no tiene más aeropuertos, a saber para dónde tiraría toda aquella gente una vez en Jerez, porque playa poquita.

Una última toma de un cielo ya más despejado antes de despegar. No os dejéis engañar, en el tiempo que llevo aquí ya son unos cuantos días en los que me ha llovido encima y me ha dado el sol a continuación a lo largo de escasos minutos. Varias veces seguidas incluso alternándose entre sí. Un cachondeo climatológico del copón.

Hala, vámonos que nos vamos. La verdad es que en otros vuelos recuerdo haberme sentido más impresionada por las vistas pero bueno, es lo que hubo durante el viaje que me dio por inmortalizar el paisaje.

Nubecillas típicas por todos lados con mil millones de ondulaciones. Me acordé de los anuncios de Philadelphia :D. La siguiente imagen parece de publicidad de la compañía. No era la intención pero me gusta cómo ha quedado.

Otro porrón de nubes por encima del paisaje…

Y el solazo que me esperaba en mi tierra querida, echándole un par de huevos a tanta nube.

Para terminar, el infinito cielo azul que me dio la bienvenida al aterrizar (comparadlo con la primera imagen del post y llorad, británicos) y que me acompañaría durante todo mi fin de semana largo, con sus alrededor de 30 grados a la sombra incluidos. Hasta cuando me encontraba a punto de desfallecer en una pollería el domingo al mediodía, me concentré en disfrutar de aquel infierno por el que no volvería a pasar este verano, a menos que en septiembre haga el mismo calor pero creo que se irá suavizando para entonces.

Un saludo :).

Cerrando círculos (Paulo Coelho)

Para todos aquellos atascados en el pasado. Para todos aquellos a los que les cuesta arrancar y dejar atrás una determinada situación que ni da más de sí ni les permite avanzar en la búsqueda de la felicidad.

Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer en ella, más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, O cerrando puertas, O cerrando capítulos. Como quieras llamarlo, lo importante es poder cerrarlos, dejar ir momentos de la vida que se van clausurando.

¿Terminaste con tu trabajo?,¿Se acabó una relación?,¿Ya no vives más en esa casa?, ¿Debes irte de viaje?,¿La amistad se acabó? Puedes pasar mucho tiempo de tu presente “revolcándote” en los porqué, en regresar el casette y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho. El desgaste va a ser infinito porque en la vida, tú, yo, tu amigo, tus hijos, tus hermanos, todos y todas estamos abocados a ir cerrando capítulos, a pasar la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la vida y seguir adelante.

No podemos estar en el presente añorando el pasado. Ni siquiera preguntándonos por qué. Lo que sucedió, sucedió, y hay que soltar, hay que desprenderse. No podemos ser niños eternos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos con quien no quiere estar vinculado a nosotros. No, ¡los hechos pasan y hay que dejarlos ir!

Por eso a veces es tan importante destruir recuerdos, regalar presentes, cambiar de casa, papeles por romper, documentos por tirar, libros por vender o regalar. Los cambios externos pueden simbolizar procesos interiores de superación. Dejar ir, soltar, desprenderse. En la vida nadie juega con las cartas marcadas, y hay que aprender a perder y a ganar. Hay que dejar ir, hay que pasar la hoja, hay que vivir sólo lo que tenemos en el presente.

El pasado ya pasó. No esperes que te devuelvan, no esperes que te reconozcan, no esperes que alguna vez se den cuenta de quién eres.
Suelta el resentimiento. Al prender “tu televisor personal” para darle y darle al asunto, lo único que consigues es dañarlo mentalmente, envenenarlo, amargarlo. La vida está para adelante, nunca para atrás. Porque si andas por la vida dejando ‘puertas abiertas”, por sí acaso, nunca podrá desprenderte ni vivir lo de hoy con satisfacción.

Noviazgos o amistades que no clausuras, posibilidades de “regresar” (a qué?), necesidad de aclaraciones, palabras que no se dijeron, silencios que te invadieron ¡Si puedes enfrentarlos ya y ahora, hazlo!, si no, déjalo ir, cierra capítulos. Di a ti mismo que no, que no vuelve. Pero no por orgullo ni soberbia, sino porque ya no encajas allí, en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en
ese escritorio, en ese oficio. Tú ya no eres el mismo que fuiste, hace dos días, hace tres meses, hace un año, por lo tanto, no hay nada a que volver.

Cierra la puerta, pasa la hoja, cierra el círculo. Ni tú serás el mismo, ni el entorno al que regresas será igual, porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático. Es salud mental, amor por ti mismo desprender lo que ya no está en tu vida. Recuerda que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo, nada es vital para vivir porque: cuando viniste a este mundo ‘llegaste’ sin ese adhesivo, por lo tanto es “costumbre” vivir pegado a él, y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy te duele dejar ir.

Es un proceso de aprender a desprenderse y, humanamente se puede lograr porque, te repito, nada ni nadie nos es indispensable. Sólo es costumbre, apego, necesidad. Pero… cierra, clausura, limpia, tira, oxigena, despréndete, sacude, suelta. Hay tantas palabras para significar salud mental y cualquiera que escojas, te ayudará definitivamente a seguir para adelante con tranquilidad.

¡Esa es la vida!

Paulo Coelho.

Prioridades en la vida: la familia

El mes pasado estuve en mi tierra natal (Jerez, Cádiz, España) tres días, del 15 al 18 de junio. Fue un fin de semana largo extremadamente apacible. No vi a casi ninguno de mis amigos más cercanos, ya que los pillé de exámenes o fuera (o ambos) o ya tenían planes pero no importó: llevaba un mono importante de padres y hermanos, lo cual se juntó con visitas de tíos y abuela, así que más contenta que unas pascuas y cumpliendo con la familia, que es, al fin y al cabo, lo más importante que tengo (por muy guay que sea Londres ni leches).

Es muy curioso porque… No sé si me estaré volviendo vieja, pero al dejarme mi madre en el aeropuerto de Jerez y alejarse, fue sentarme a esperar (maldito retraso de Ryanair) y entrarme una pena brutal, seguida de inevitables arrebatos lacrimosos en medio de una profunda confusión ante mi propio estado de ánimo. Tela de patidifusa conmigo misma, vaya.

Lo más relevante es que es la primera vez que he llorado al separarme de mi familia. En mi vida, he pasado parte de 3 veranos en Irlanda y he visitado otros tantos sitios, me he ido cada dos por tres a Madrid (obvio, estudié allí), me fui una primera vez a Londres para quedarme el pasado febrero por las prácticas y una segunda en abril tras pasar un finde largo por Semana Santa… Todo con el mayor nivel de independencia y formalidad que se puede tener. Y, sin venir a cuento, esta separación un 18 de junio ha sido la primera que me ha provocado tal angustia interior (momentánea, por suerte).

Mmm… ¿Me hago mayor? ¿He reflexionado demasiado sobre mi existencia últimamente? ¿El ritmo de vida londinense me ha vuelto más humana si cabe? ¿La perspectiva de futuro fuera de España permanentemente me ha tocado la fibra sensible? ¿Me afectaron al cerebro los treinta y pico grados andaluces?

Supongo que, en cierto modo, uno va esclareciendo sus prioridades conforme madura, y a una de tantas conclusiones a las que he llegado en los meses anteriores es que no me gustaría ser de esas personas que ve a su familia cuatro veces al año. El mundo es muy amplio, sí, y me apetece enormemente explorarlo en la mayor medida posible, pero para permanecer es otro tema. Y eso que antes de venir a este país para quedarme por no sé cuánto tiempo, me imaginaba viviendo en cualquier parte del mundo. Lo que cambia a veces la perspectiva, ¿eh?

Tampoco me veo volviendo a Jerez, sin duda, más claro que el agua, ni siquiera a España, al menos durante los próximos años, mas estoy completamente segura de que este continente debe de tener un rincón idóneo, un lugar en el que sentirme yo misma, a gusto, realizada en todos los aspectos y decir: “esta sí puede ser mi casa”, una ciudad incluso desconocida en estos momentos para mí. Sin necesidad de irme al otro lado del charco, sin tardar un día en llegar a casa de mis padres ni tener que gastarme el sueldo de un mes en ello. He aquí la base de toda esta parafernalia.

Pero bueno, por mucho que hable y piense ahora, ya veremos dónde acabo. Sea donde sea, sólo espero poder seguir disfrutando como mínimo del salmorejo de mi madre en verano :D.

¡¡Ni bueno que está con su huevo y pan tostado troceados!! Aunque reconozco que en la imagen no tiene la mejor pinta del mundo… Para la próxima mejor os enseño el salmorejo por un lado y los condimentos por otro :).

El Messenger, ese viejo chat de amigos olvidado

Me gustaba mucho el Messenger. Era una enganchada del copón hace unos años. ¿Cuántas horas invertidas (no diré perdidas, no seamos dramáticos) en esas ventanas repletas de letras y caritas, la mayoría morralla vacía pero entretenida y unas pocas profundas e interesantísimas conversaciones?

Tenía mucho encanto para mí. Buscar a tal persona, encontrarla, saludar (o esperar un saludo), ver cómo la ventanita te anuncia que te están respondiendo, emocionarse, decepcionarse (a escala adolescente, claro, sin drama ninguno para el espíritu)…

¡Oh! ¡Elegir la tipografía que más te gustara! Toda una aventura. La que tenía más éxito era, sin duda, la Comic Sans. La cual, por cierto, nunca debéis utilizar para un trabajo de universidad ni nada serio. Como seguro que muchos de mi quinta sabréis a estas alturas: está enfocada para los niños. Su legibilidad, sus trazos suaves y redondeados y demás la caracterizan como tal. ¿Y los colores? Para dar y tomar. Hasta los que te dejaban ciego se usaban con frecuencia (amarillo y verde fosforescente en especial, los diseñadores podían haber sido un poco más selectivos con este tema para evitar problemas oculares).

¿Y pensar en una foto de perfil que te identificara? Sólo una, en ese diminuto cuadradillo, nada de poder colgar tropecientas mil. Bueno, creo que se podía, aunque nunca les di gran uso a las capacidades internas, por llamarlo de alguna manera, del programa más allá de las conversaciones.

Actualmente, esta herramienta de comunicación se encuentra en coma. Para no volver, me temo. La proliferación de mini-chats (alias “mierdi-chats” por mi parte) en las redes sociales la ha golpeado bestialmente sumiéndola en el más hondo, cruel y desolador abandono. Qué conformistas somos, ¿no? Tres caritas cutres, letra enana y veinticinco ventanitas en la esquina del Tuenti o del Facebook. Qué tristeza. Aguanté poco con ello, no me apetecía que me aumentara la miopía esforzándome en leer eso tras tantos años de fidelidad absoluta al Messenger, su diseño, su comodidad, su cercanía. Un tú a tú con las personas que te interesan, no tanto un repaso a la lista de gente conectada (en parte sí, pero creo que menos que ahora).

Sin embargo, como todo en esta vida, necesitamos una reciprocidad, una respuesta, un estímulo que anime a seguir con cualquier tipo de actividad, y yo me vi más sola que la una intentando resistir al abismo. Entonces, te creas el Tuenti (para dejarlo donde estaba cuando pasa la euforia inicial y te teletransportas al Facebook), dejando al Messenger por imposible, por anticuado. Estás desfasado, chaval, ahí te quedas. Si fuera un ser humano estaría deshecho en lágrimas fijo. Así nos regimos: a base de saltar de moda en moda, de capricho en capricho (también enfocado hacia las relaciones interpersonales incluso) para no sentir que desencajamos entre la masa. Aish… Quedan unos cuantos románticos rondando por él pero no tiene nada que ver con sus años mozos. Quién sabe, quizá vuelva, aunque con las nuevas tecnologías resulta más complicado que con la ropa, por ejemplo. Mirad los pantalones de pitillo. Bueno, y encima con la última versión que han sacado dudo mucho que resurja, es una bazofia.

A ver, concretando el sentido que quería darle al programa calificándolo de “cercano”, soy la primera que defiende a muerte la inmensa superioridad y valía de las relaciones en persona antes que a través de la pantalla, pero opino que el Messenger permitía mantener un contacto bastante ameno con gente a la vez cercana y lejana, además de más desahogado, sobre todo para los tímidos. Como todo, tenía sus desventajas: ¿quién no ha echado en alguna ocasión demasiados cojones online en vez de en directo? Aún así, se era más selectivo que en las redes sociales. Puede que aceptaras a todo dios, sin duda, mas el objetivo era puramente comunicativo. No podías escrutar la vida del otro como ahora.

Total, no voy a criticar ahora las redes sociales porque también constan de muchísimas ventajas y no hay lugar en este post para ellas, solo me apetecía recordar con añoranza y cariño aquel viejo compañero de tantas tardes y noches que quedó atrás inevitablemente, arrastrado por nuestra particular filosofía de vida.

¡Va por ti, Messenger!

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