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Archive for 29 octubre 2012

Por las risas espontáneas

Tenía que compartir esto. Sé que es muy cómodo hacer un copia-pega y tener un post más en el blog, pero realmente es verlo y descojonarme, así que como creo que nunca viene mal soltar una carcajada (sobre todo tan espontánea e inesperadamente como la primera vez que se cruzó esto con mis ojos), ahí que lo difundo.

Con todo mi respeto hacia Titanic… Es MUY bueno. Ni que decir tiene que la inmediatez de internet me seguirá asombrando día tras día, esa habilidad para sacarle jugo a cualquier noticia a los escasos minutos de salir a la luz… ¡Quién se lo iba a decir a Baumgartner!

Que lo disfrutéis 😀

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Días de esos

Días en los que te levantas sin esperar nada. No vacía, pero tranquila, sin expectativa ninguna. Días en los que la mañana te sorprende con una tarjeta en tus manos de tus compañeras de departamento, escribiéndote frases preciosas, diciéndote que has sido mucho más que una becaria. Días en los que eres consciente una vez más de la de personas que entran y salen de tu empresa, de tu ámbito laboral o social, de tu ciudad, pero no de tu vida. Días en los que te declaran amor eterno con palabras o sin ellas, y tú lo declaras también, a los cuatro vientos, porque son personas que valen la pena, y no te arrepientes de ello. Días en los que defiendes a una amistad que nunca creías que tendrías, una amistad situada a miles de kilómetros hasta ese preciso momento en el que se cruza en tu camino y te acompaña, y se queda a tu lado porque el destino lo ha querido así.

Días en los que te comes una ensalada seguida de tres chocolatinas de distintos tipos, y no te importa, porque es lo que ha surgido, lo que te ha apetecido. Días en los que te pones un vestido sin ninguna razón y la mitad de la gente con la que te cruzas te dice lo bien que te sienta. Días en los que te sientes bien, completa, a pesar de que las circunstancias sean las mismas, exactamente las mismas, que el día anterior, solo porque en ti ha cambiado algo, has crecido, has evolucionado.

Días en los que sabes que echarás de menos a alguien. Días en los que echas de menos a otra persona que quedó allí atrás, unos recuerdos, unas vivencias, una ciudad, unas noches, unas conversaciones, una casa y vuestra bebida predilecta, unas confidencias que vuelven de distintas personas pero formas similares. Y lo magnánimo de que esa relación no solo no se olvide sino que permanezca aún en la distancia con la misma confianza de siempre. Una mañana en el trabajo que pasas más tiempo conversando con alguien que trabajando, y no te importa quién se dé cuenta porque en ese momento solo quieres escuchar, compartir, aportar, vivir la experiencia que te transmiten, empatizar, ayudar, confesar.

Días en los que ves a alguien agobiado por el trabajo, día tras día, y le sueltas tranquilamente: “¡Basta! La vida no es trabajo, cielo”. Ellos siguen a su bola pero al menos te has manifestado en vez de seguir dándoles bola con su monotema. Días en los que pasas una simple y maravillosa tarde acompañada de una serie de personas aún por descubrir pero con brillo dentro, que quizá te deslumbre, quizá se apague, pero están ahí y hacen de tu momento, de tu tarde, algo maravilloso.

Días… Días excepcionales. Días que no quieres que se acaben, pero sabes que se acabarán, y por eso quieres plasmarlo, para que no pierda su intensidad, su sentido, su significado en ese preciso momento en el que te llenaron hasta el último rincón de tu mente y de tu espíritu. Días en los que hablas de viajes, de aventuras, de proyectos para dentro de dos años, y los ves perfectamente factibles.

Días en los que vuelves a casa escuchando música y caminando por la calle como por una pasarela, como si todo el mundo te estuviera viendo, como si fueras la persona más segura de este mundo, la más guapa, la más inteligente, la más completa, la más feliz, la más perfecta.

Días en los que llegas a casa, tienes hambre, te vas a la cocina y te encuentras con una persona, y empiezas a hablar, a compartir experiencias, puntos de vista, a esquivar los chispazos de aceite que se le están saliendo de la sartén, a abrirte como si os conociérais de antes. A comparar la visión de futuro de uno y de otro en cuestión de segundos, a comprobar cómo hay gente que piensa en volver y gente que piensa en todo lo contrario, en seguir viajando, moviéndose, explorando este mundo, sin que eso signifique que uno sea mejor que el otro.

Días en los que te dicen que tienes que ser escritora, que has nacido para ello, porque aquel email que escribiste un día, aquella parrafada vital supeditada a un tema tan cerrado y abierto como el amor se convirtió en ley de vida, en el mejor de los razonamientos, en una serie de ideas tan claras y transparentes como el agua. Y, todo hay que decirlo, en otro idioma, para orgullo y satisfacción de mi amado padre.

Días en los que defiendes a tu compañera de trabajo y amiga por encima de la crítica de su jefe (y tu futuro jefe), porque ves que no es justo, porque necesitas decirlo, porque ella merece mucho más reconocimiento, y porque total, su jefe lleva un puntazo que acabaréis hablando de la vida, la vejez, la dependencia, el amor y quién sabe qué, tan a gusto, sin esa distinción superior-subordinado, sin ningún tipo de barrera laboral, al menos por ese rato. Y sin acordarte ni de lo que dijiste, más tarde tu amiga te lo agradecería con toda su alma y te diría que eres alucinante.

Días en los que ves a un muchacho de 19 años semi-enamorado de una chica de 25, y lo ves crudo, pero luego dices “¿por qué no?” ¿Con qué derecho se le quita la ilusión a esa persona? ¿Con qué valor y/o poder se fulminan los sentimientos de un ser humano hacia otro? Por suerte o por desgracia, no se puede, para eso nos bastamos nosotros solitos, y nada mejor que la propia experiencia para aprender y seguir hacia delante.

Días de esos en los que te sientes en paz contigo misma, y eres más consciente que nunca de que es lo único que necesitas.

Días de esos… En los que todo lo que ha ocurrido en tu vida tiene sentido y justificación solo por el preciso momento, por el día tan normal por fuera y tan extraordinario por dentro que acabas de vivir.

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Cosas que pasan en una residencia (II)

Tras aquel supuesto ladrón de geles que vagaba por la residencia en la que viví durante un mes en el centro de Londres, mi actual residencia, y concretamente la cocina, me han sorprendido esta semana con el siguiente cartel pegado a una pared.

Traducción:

Queridos inquilinos,

Podrían ustedes dejar de poner botellas con urina en la cocina, por favor.

Es muy antihigiénico.

Si necesitan orinar en una botella, por favor despáchense por ustedes mismos poniéndola en el aseo.

No estamos aquí para limpiar orina.

Por razones de salud y seguridad, por favor, traten con ello.

¿Qué puedo decir? Cualquier denuncia de robo no habría resultado más chocante y/o cómica que el hecho de encontrarse botellas con meados por la cocina. Pobre señora de la limpieza, con lo bien que me cae. Y, sobre todo, ¿qué clase de mente lleva la persona que deja su orina por doquier?

Harry Potter tour – Warner Bros Studios

¡Hola a todos!

Este verano tuve el inmenso placer de contemplar durante una mágica tarde en los estudios de la Warner Bros lo que se conoce por aquí (Londres) como The making of Harry Potter, es decir, la reproducción de todos los escenarios, decorados, vestuario, maquillaje, máscaras y un largo etcétera presente en las películas de esta saga universalmente conocida. Todo a escasos centímetros, todo expuesto en un caótico orden y a lo largo de unas salas de ensueño que me devolvieron brutal y maravillosamente a aquellos años en los que disfruté como una enana de tan fantástica historia.

Tras una dura criba en la que cientos de fotos se han quedado en 15, aquí tenéis una pequeña muestra de un espectáculo visual que, en mi opinión, vale mucho la pena de ver aún no siendo un fanático. Mejor si se han visto las películas, claro, mas la contemplación de este arduo trabajo no dejará indiferente a nadie.

Comenzamos con el gran comedor de Hogwarts, ese colegio con el que muchos soñamos unirnos en su día (algunos siguen haciéndolo).

Proseguimos con la Sala Común de Gryffindor, acompañada de los trajes de los protagonistas. El vestuario de las variadas escenas no cesaba de aparecer por doquier entre escenario y escenario.

Seguidamente, el Aula de Pociones. ¿Quién no tiene a Snape en la cabeza admirando esta sala?

¡Las puertas del Ministerio de Magia! Enormes.

Diagon Alley. Paseando entre Gringotts, Olivander

El autobús noctámbulo. Pa comérselo con papas.

Una de tantas paredes con algunos de los tropecientos retratos que caracterizan Hogwarts.

La puerta de acceso al despacho de Dumbledore.

Piezas del ajedrez gigante. Y grandes que eran, hasta los peones daban respeto.

El despacho de (la fulana de) Dolores Umbridge. Qué bien conseguía J.K. Rowling hacernos odiarla, ¿verdad?

El Monstruoso Libro de los Monstruos. Nervios y todo pensando en si tocarlo.

Aragog. Vaya bicharraco.

Cerveza de mantequilla “gratis” (claramente está pagada con la entrada pero bueno, hace ilusión igualmente) como a la mitad del recorrido. No estaba mal aunque se nota que han adecuado bastante el sabor para todo tipo de público, incluyendo a los visitantes más pequeños.

Varitas, varitas y más varitas. Para todos los gustos y colores.

Y, para terminar, la gran frikada del año. Resulta que hay un espacio del tour dedicado a todos aquellos que deseen obtener una foto como la que podéis ver a continuación. Gracias al uso de un croma, pared de un tono verde intenso que permite recrear diferentes fondos paisajísticos al enfocar la cámara hacia ellos (solo visibles en el vídeo, la pared siempre permanece verde), se podía elegir entre cuatro escenarios distintos. Que conste que elegí el más guay.

Ahí queda eso. Una preciosa vuelta a la más pura, creativa e inocente adolescencia. Una tarde para recordar.

Saludos mágicos.

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