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Un año en Londres


Me encuentro en un momento de paz y armonía conmigo misma (y tirada en la cama cual marmota), así que mejor aprovecharlo antes de que se esfume. No es que me considere de naturaleza agitada pero si hay un sitio donde puedas permanecer mes tras mes sin parar, saltando de plan en plan, ese es Londres. Una ciudad alucinante, con sus ventajas y sus inconvenientes, parte de los cuales dependen de la mentalidad de cada uno, desde mi punto de vista.

¿Cara? Naturalmente, de las que más, pero también es cuestión de indagar un poco y hacerse con un alquiler aceptable y unas compras de primera necesidad económicas, cosa que no resulta de gran dificultad disponiendo de algún mercadillo por los alrededores, que no son pocos, y algún centro comercial con tiendas tan maravillosas como el Poundland, entre otras. Si ya te metes en movidas mayores como hipotecas e hijos, me callo.

No obstante, hoy no he venido aquí a luchar por la capital británica sino a comentar mi propia experiencia habiendo transcurrido nada más y nada menos que un año desde que llegué. Ya era consciente de esto pero aún más lo he sido al ordenar un cajón cualquiera de mi habitación y encontrarme con lo siguiente.

Billete avión

El primer billete de avión invertido en mi cruzada británica. El primero de unos cuantos que le seguirían posteriormente, y ya si cuento los de tren y autobús, apaga y vámonos. He comentado alguna vez que admiro a la gente que coge su maleta y se lanza a la aventura (la mayoría de los casos tampoco ha tenido otro remedio). Yo no soy así: contraté a una agencia para que me buscara las prácticas y el alojamiento. Qué queréis que os diga, cuanto más cómodo me lo pusieran, mejor. Total, las iba a pasar putas igualmente en los inicios.

Un primer mes y pico de inseguridad, incertidumbre, altibajos. Cuidado, nada de arrepentimiento. ¿Para qué, si el cambio era consecuencia directa de la decepción hacia un país que no me daba trabajo ni a la de tres? ¿Y qué somos sin una ocupación determinada, por mucho que nos guste el sofing? No obstante, no vine con perspectivas de volver en cuanto mejorara la cosa (para lo que, de todas formas, queda un tiempecillo), más bien con una visión plenamente abierta. Podría volver en unos años, décadas o nunca, no albergo especial apego a España, lo tengo hacia a la gente, que es la que me hace moverme y tener ganas de regresar a mi tierra por unos días cada pocos meses para recuperar el calor familiar y de las amistades de toda la vida (o quizá algo más recientes pero igual de importantes para mí), y sobre todo para despejarme del frenético ritmo de vida londinense, aunque al final nunca descanse mucho como tal.

¿Por qué insisto tanto en calificarlo de frenético? Porque, a menos que pongas especial empeño en aislarte, vas a tener ocupaciones día sí y día también. Ya sean museos, musicales, cervezas, exposiciones, visitas de amigos, cenas, obras teatrales, viajes y un sinfín de posibilidades, aparte del tiempo de vida que te ocupe tu trabajo, claro está. ¿Que Londres es caro? Sí, pero creo que el acceso a toda esta corriente artística y cultural compensa con creces, y más teniendo en cuenta que una parte considerable de ella es gratuita, solo hay que saber encontrarla. Me ha venido de bien acostumbrarme al café para suplir horas de sueño… ¡Qué escaso descanso pero cuántas anécdotas para el recuerdo!

café dibujo hoja

Pues eso, que tras un primer mes y pico de inestabilidad emocional absoluta, las cosas de repente comenzaron a encarrilarse. Mucha más confianza en el trabajo, gracias a unas compañeras fantásticas, todo hay que decirlo; una segunda y última mudanza a la residencia que se convertiría en mi hogar hasta ahora, y donde me hallo totalmente a mis anchas; el establecimiento del sano hábito de cocinar mucho más a menudo y la forja de lazos amistosos más fuertes, junto con esa aparente simple pero ardua tarea mental de adaptarse a las costumbres y horarios británicos. Todo este conjunto daría lugar a una experiencia de lo más apacible y excitante a la vez, en la que sigo inmersa sin fecha de caducidad a la vista. Y habiéndome apuntado al gimnasio por fin, con un par.

Ni el clima me ha amedrentado ni la comida me ha afectado especialmente. Tampoco es que lleve mis raíces españolas en vena clamando por jamón serrano y un sol de infarto, la verdad, pero sí que debo destacar el verano como periodo especialmente intenso, y no por la mejora meteorológica, aunque el desarrollo de la estación se viera altamente favorecido por ella, sino por todo el movimiento turístico que conllevó. A ver, yo viajaría en invierno también pero la gente prefiere el verano, qué se le va a hacer.

El pasado 29 de octubre pasé a ser una auténtica empleada en mi empresa. Algo habrán visto en mí (¡já!). Indescriptible la sensación de dejar de ser una becaria, aunque tampoco me sentí como tal durante los primeros 9 meses. A la vez que tampoco veo tan fácil verse como una auténtica empleada recién contratada tras haber estado de prácticas, sigues siendo un poco multiusos pero bueno, creo que unos cuantos me entenderéis y supongo que también dependerá de la experiencia personal de cada uno. Que conste que habré servido cafés tres veces como mucho en todo este tiempo, y tampoco este tema está tan mal visto por aquí, todo el mundo se ofrece diariamente a traer algo a los demás. Total, que me enrollo, el caso es que me encuentro a gusto en mi ámbito laboral, que no es moco de pavo.

Y aquí estoy, medio en shock, tratando de asimilar que realmente ha pasado un año. Un año en el que he me he curtido muchísimo, me he probado a mí misma, he conocido a una inmensidad de gente, he sufrido y he sido feliz. Y sigo sintiendo que me queda una eternidad por experimentar.

Cuanto más se vive, más se quiere vivir. ¿No es así?

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  1. tsutomu
    febrero 9, 2013 en 9:09 pm

    ¡Un año ya, cómo pasa el tiempo! Pues a seguir así con esas ganas de comerte el mundo, hermana 😉 ¡Mucho ánimo y un besazo!

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