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El sentido de la vida


He encontrado el sentido de la vida. Y, como la mayoría de las respuestas y grandes descubrimientos existenciales, no se encontraba tras un fatigoso entramado de adivinanzas imposibles ni caminos tortuosos ni búsquedas desesperadas, sino que se guarecía entre las cosas más pequeñas y simples de este mundo, camuflada por su propia naturalidad y cotidianeidad.

Así, me he dado cuenta de que encuentro constantemente el sentido de la vida, canalizado en diferentes e infinitas formas de manifestarse aunque fundamentadas en un punto en común: el mantenerme tan maravillosamente en vilo que no quiera que se acaben, o al menos de manera que dejan a su paso una profunda huella, alejándome de las cosas mundanas y trasladándome a otra dimensión emocional. En especial, me percaté de estar experimentando el sentido de la vida cuando me hallaba leyendo una novela en el metro de Madrid la semana pasada. ¿Por qué? Porque estaba total y absolutamente inmersa en el relato, tanto que deseaba que el vagón prosiguiera corriendo durante horas y horas para no tener que interrumpir mi aventura literaria.

De la misma manera, me volví a cruzar con el sentido de la vida mientras descubría una webserie que me trasladó a otros mundos no tan remotos como pudiera parecer a pesar de su carácter ficticio. Al contrario de la impresión positiva que tal vez esté dando, la trama no era en absoluto feliz, pausada o romántica, sino que era acelerada, sobrecogedora, inquietante… Y, aún así, me hacía navegar por universos nuevos en los que me apetecía permanecer y continuar divagando entre mares de posibilidades, por más nefastas que fueran.

No faltó aquel otro momento de iluminación hacia el sentido de la vida en el cual, para no variar demasiado, iba en el metro (fantástico espacio repleto de sensaciones si se mantienen ojos y oídos mínimamente atentos), esta vez con vistas a paisajes más áridos que otra cosa, y me dio por apartar la vista del libro que portaba para despejar un poco la mirada y relajar el cuello, topándome de improviso con un intenso cielo azul, tintado levemente de blanco por escasas nubes. El mejor de los paisajes, permanente y gratis. El techo eterno que no hay día que no me abstraiga a pesar de ser el mismo de siempre. No quería llegar a mi destino y tener que parar de contemplarlo.

Y así se suceden mil y un componentes del sentido de la vida de manera constante: (determinad@s) libros, películas, series, paisajes, veladas con amigos, besos confidentes, conversaciones telefónicas familiares, risas encadenadas, saludos risueños de desconocidos, bebés de revista, platos de espaguetis, nórdicos de colorines, publicaciones en blogs, agendas organizadas, tartas de chocolate, limpiezas caseras, sesiones de gimnasio, tragos de agua, paseos urbanos, barritas de cereales, discos de música, mensajes inesperados, tazas de té, bailes nocturnos, ropa nueva (o vieja), copas de vino, noches de sexo y/o de amor, exposiciones fotográficas, obras de teatro, ataques de ansiedad, drogas, abrazos, infidelidades, viajes, duchas, cremas hidratantes, enfermedades, errores, momentos de pánico, pérdidas… Incluso en periodos de espera puede surgir el sentido de la vida con toda su fuerza, o en ratos de profunda ensoñación, en minutos que se vuelven horas al dejar volar la imaginación.

Sólo hay que saber reconocerlos y permitirles invadirte para sacar lo mejor de ellos. Ni más ni menos.

el sentido de la vida

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  1. enero 28, 2014 en 11:33 pm

    Viva =)

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