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Archive for 31 marzo 2014

El DAFO personal

¿Qué es un DAFO? Pues así a bote pronto y como parte del análisis de situación de todo negocio, consiste en el conjunto de debilidades y fortalezas de las que este consta, así como las amenazas y oportunidades que ofrece el entorno del mismo. Aquí tenéis algunos ejemplos para que visualicéis mejor la idea en términos empresariales, que es donde habitualmente se emplea y practica el DAFO (también llamado FODA, como prefiráis).

DAFO

Sin embargo, hace unas semanas tuve el placer de asistir a un taller en el que un experimentado profesional del marketing, Andreas Schou, nos invitó a mis compañeros asistentes y a mí a desarrollar un DAFO personal, es decir, lo mismo que he definido en el párrafo anterior pero totalmente enfocado hacia nosotros mismos. Y me pareció un ejercicio muy interesante y recomendable para cualquier persona, ya que ayuda a mirarse de frente y a analizar los defectos y virtudes que se tiene y los posibles riesgos futuros y a pensar, por tanto, en formas de solucionar los primeros, explotar las segundas y prever los terceros para reaccionar por adelantado.

Esto se puede desarrollar exclusivamente en el ámbito profesional, pero puesto que nuestra personalidad y forma de ser incide directamente sobre nuestra manera de trabajar, os recomiendo no descartar ninguna posibilidad. Preguntas que os podéis hacer para completar los campos:

Debilidades: ¿cuáles son mis debilidades (conocimiento, experiencia, pasión)? ¿Qué me dicen que tengo que mejorar en mi trabajo/escuela/casa? ¿Cuál es mi condición física y mental? ¿Soy bueno para leer y escribir? ¿Soy creativo? ¿Me planifico bien? ¿Me hacen caso los demás? ¿Hablo idiomas? ¿Soy flexible en horarios y desplazamiento? ¿Qué admiro en los demás? ¿Cuáles son mis peores recuerdos a nivel personal o profesional?

Fortalezas: ¿cuáles son mis fortalezas (conocimiento, experiencia, pasiones)? ¿Para qué acuden a mí en mi trabajo/escuela/casa (habilidades, etc.)? ¿Qué formación tengo, experiencia laboral, hobbies? ¿Cuál es mi condición física y mental? ¿Soy bueno para leer y escribir? ¿Soy creativo? ¿Me planifico bien? ¿Me hacen caso los demás? ¿Hablo idiomas? ¿Soy flexible en horarios y desplazamiento? ¿En qué me admiran los demás? ¿Qué recuerdos me producen más orgullo? ¿Qué me apasiona?

Amenazas: ¿cuáles son las amenazas para mi futuro? ¿Qué obstáculos me impiden lograr lo que quiero? ¿Cuáles son mis miedos? ¿Qué puede hacerme perderlo todo? ¿Qué factores de mi entorno influyen (PEST: políticos, económicos, socio-culturales, tecnológicos)? ¿Hay muchos como yo?

Oportunidades: ¿cuáles son las oportunidades para mi futuro? ¿Qué factores de mi entorno influyen (PEST)? ¿Cuáles son las tendencias? ¿Qué sectores están creciendo y cuáles valoran mi perfil? ¿Me pueden promocionar en mi empresa? ¿Podría ganar dinero con mis pasiones? ¿Puedo emprender?

EJEMPLO DE DAFO PERSONAL:

Debilidades

  • Falta de conocimientos de programas de diseño.
  • Falta de pasión por algo en concreto.
  • Paciencia limitada.

Fortalezas

  • Buena capacidad comunicativa, de redacción, organizativa y para el trabajo en equipo (carrera periodística).
  • Facilidad en la adaptación a problemas y cambios (estancia prolongada en Reino Unido y experiencia laboral variada).
  • Dominio del inglés.

Amenazas

  • Dificultades crecientes para trabajar en España debido a la crisis.
  • Competencia elevada a causa de la cantidad de personas con formación y experiencia laboral similares.
  • Reparo a quedarme atrás en el rápido avance de las tecnologías.

Oportunidades (factores PEST, tendencias, posibilidades)

  • Disposición de material en Internet suficiente para formarme y buscar una posible pasión.
  • Buscar empleo en el extranjero.
  • Montar un negocio propio gracias a mis conocimientos (máster de marketing, ventas y digital business) y contactos.

El siguiente paso se basa en entrelazar los cuatro bloques para llegar definitivamente a las estrategias, a lo que se debe hacer para conseguir nuestros objetivos personales y profesionales. Con frecuencia, en el DAFO aparece automáticamente la respuesta a varias de las debilidades y amenazas en las fortalezas y oportunidades.

ESTRATEGIAS AMENAZAS OPORTUNIDADES
FORTALEZAS Búsqueda de empleo en el extranjero + Formación autodidacta a través de Internet Aprovechamiento de contactos y habilidades periodísticas para plantear posibles negocios
DEBILIDADES Diferenciación especializándome en algún campo + Práctica de técnicas para ejercitar la paciencia Análisis de países potenciales para trabajar a partir de mis conocimientos y formación actuales

Incluso hacer un DAFO en otros planos como el sentimental o el cultural resultaría de interés, ¿no creéis?

Espero que este post os haya sido de utilidad 😉

Los pilares de la tierra y la capacidad de perdonar

Los Pilares de la Tierra Ken FolletNo voy a hacer spoiler ninguno porque desde luego esta obra se merece leer sin conocimientos sobre la trama. No dejaría de sorprenderos y encandilaros de todas formas, al menos desde mi punto de vista tras haber pasado por ella, pero cuantas más sorpresas os dé, tanto mejor.

Solo para poneros mínimamente en situación, se trata de una historia medieval en la que se entrecruzan a lo largo de unos pocos escenarios una serie de personajes diferenciados, desde arquitectos y monjes hasta caballeros y realezas varias, pasando por proscritos y otras tantas caracterizaciones propias de estos tiempos. Sumado a unas dosis de acción prácticamente permanentes, aparece el mundo arquitectónico como vínculo entre los elementos, todo fusionado en un sinfín de conflictos y escasos periodos de calma fantásticamente enlazados, equilibrados y de una creatividad y propiedad adictiva aplastantes.

No obstante, lo que venía a destacar en este post, además de la obra de arte que esta novela es, consiste en la virtud de uno de los personajes principales, que de tan misericordioso que se muestra a la hora de perdonar a los demás le deja a uno anonadado por completo. Y le hace pensar en ello, reflexionar sobre el bien y el mal hasta el punto de incluso verle sentido a esa filosofía de vida, a la proporción entre lo positivo que emitimos y, consecuentemente, lo que recibimos. En la posibilidad de responder con una sonrisa hacia una ofensa, con ayuda ante un ataque. Actitudes inesperadas que pillen tan de sorpresa al emisor agresivo que tal vez le hagan, a su vez, reflexionar sobre su actitud y sus motivos.

Resulta difícil expresar los sentimientos que Los Pilares de la Tierra van despertando en el alma, tentando a cada frase a continuar desvelándonos el intrincado circunstancial y problemático que envuelve sin descanso a los personajes, hacia los cuales a uno le arden los sentimientos de cariño, compasión, desprecio, furia y mucho más, hasta la última página.

Para terminar: sí, efectivamente el susodicho tomo consta de unas 1300 páginas pero, ¿sabéis qué? A menudo nos perdemos grandes placeres que requieren más tiempo y esfuerzo a causa de la pereza o de la necesidad de hacer un mayor número de cosas durante lo que esa en particular nos llevaría, privándonos de lo mucho que nos pueden hacer disfrutar, no solo una vez culminadas sino durante el proceso, como ocurre en este caso. Es decir: ¿que durante ese mes que le he dedicado podría haberme leído cuatro libros más reducidos? Naturalmente, pero ¿qué más da, qué prisa tenía, cuando he vivido tanto este? Sin prisa pero sin pausa, con la dedicación justa y necesaria de cualquier lector motivado.

Qué maravilla disponer de un universo literario tan amplio… y qué poco apreciado está, el pobre.

Lecciones de escritor a escritor (II)

escribirContinuamos con la segunda división que establecí, allá por octubre, de reflexiones y consejos recibidos por el protagonista de la novela La verdad sobre el caso de Harry Quebert, de Joël Dicker. Podéis ver la primera tanda de consejos aquí, y aprovecho para volver a recomendaros este fantástico libro, cuya crítica personal tenéis en este otro post. Procedemos pues, aún tras estos meses que me han mantenido alejada de esta secuencia literaria pero que no he olvidado gracias a mi querido escritorio de ordenador, en el que cada icono presente es una tarea pendiente, y no son pocos…

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“Marcus, ¿sabe cuál es el único modo de medir cuánto se ama a alguien?

– No.

– Perdiendo a esa persona.”

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“Harry, ¿hay algún orden en todo esto que me está contando?

– Claro que sí…

– ¿Cuál?

– Cierto. Ahora que me lo pregunta, quizás no lo haya.

– ¡Pero, Harry! ¡Esto es importante! ¡No lo conseguiré si no me ayuda!

– Bueno, mi orden no importa. Es el suyo el que cuenta al final. […] La victoria está en usted, Marcus. Basta con querer dejarla salir.”

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“Los escritores que se pasan la noche escribiendo, enfermos de cafeína y fumando tabaco de liar, son un mito, Marcus. Debe ser disciplinado, exactamente igual que en los entrenamientos de boxeo. Hay horarios que respetar, ejercicios que repetir. Conservar el ritmo, ser tenaz y respetar un orden impecable en sus asuntos: ésos son los tres cancerberos que le protegerán del peor enemigo de los escritores.

– ¿Quién es ese enemigo?

– El plazo. ¿Sabe lo que implica un plazo?

– No.

– Quiere decir que su cerebro, en esencia caprichoso, debe producir en un lapso de tiempo fijado por otro. Exactamente como si fuese un recadero y su jefe le exigiese estar en tal sitio a tal hora precisa: debe arreglárselas para estar, y poco importa que haya mucho tráfico o se le pinche una rueda. No puede llegar tarde, porque si no, está usted acabado. Pasará lo mismo con los plazos que le imponga su editor. Su editor es a la vez su mujer y su jefe: sin él no es nada, pero no podrá evitar odiarlo. Sobre todo, respete los plazos, Marcus. Pero si puede permitirse el lujo, sálteselos. Es mucho más divertido.”

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“En esta sociedad, Marcus, los hombres a los que más admiramos son los que ponen en pie rascacielos, puentes e imperios. Pero en realidad, los más nobles y admirables son aquellos capaces de poner en pie el amor. Porque es la mayor y la más difícil de las empresas”.

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“Debe usted preparar sus textos como quien prepara un combate de boxeo, Marcus. Los días precedentes a la velada conviene entrenarse a un setenta por ciento del máximo, para dejar hervir y crecer dentro de uno mismo esa rabia que debe explotar la noche del combate.

– ¿Qué quiere decir eso?

– Que cuando tenga una idea, en lugar de convertirla inmediatamente en uno de esos ilegibles cuentos que publica en la revista que dirige, debe guardarla en lo más profundo de sí mismo y dejarla madurar. Debe impedir que salga, debe dejarla crecer en su interior hasta que sienta que ha llegado el momento. […]

– Entonces, Harry… Convertir las ideas…

– … en iluminaciones.”

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“Harry, ¿cuánto tiempo se necesita para escribir un libro?

– Depende.

– ¿Depende de qué?

– De todo.”

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“¿Cuál es su opinión?

– No está mal. Pero creo que les da demasiada importancia a las palabras.

– ¿Las palabras? Pero, cuando se escribe, son importantes, ¿no?

– Sí y no. El sentido de la palabra es más importante que la palabra en sí.

– ¿Qué quiere decir?

– Bueno, una palabra es una palabra y las palabras son de todos. Basta con abrir un diccionario y elegir una. Es en ese momento cuando se vuelve interesante: ¿será usted capaz de dar a esa palabra un sentido particular?

– ¿Cómo cuál?

– Coja usted una palabra y repítala en uno de sus libros, por todas partes. Cojamos una palabra al azar: gaviota. La gente empezará a decir cuando hable de usted: “Ya sabes, Goldman, el tipo que habla de gaviotas”. Y después, llegará un momento en que, al ver gaviotas, la gente empezará a pensar en usted. Se fijarán en esos estridentes pájaros y se dirán: “Me pregunto qué es lo que Goldman ha podido ver en ellos”. Y después empezarán a asimilar gaviotas y Goldman. Y cada vez que vean gaviotas, pensarán en su libro y en toda su obra. Ya no verán esos pájaros de la misma forma. Sólo en ese instante estará usted escribiendo algo. Las palabras son de todos, hasta que uno demuestra que es capaz de apropiarse de ellas. Eso es lo que define a un escritor. Y ya verá, Marcus, algunos querrán hacerle creer que un libro tiene relación con las palabras, pero es falso. Se trata de una relación con la gente.”

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“Ya ve usted, Marcus, nuestra sociedad ha sido concebida de tal forma que hay que elegir continuamente entre razón y pasión. La razón nunca ha servido de nada y la pasión a menudo es destructiva. Así que me va a costar ayudarle.

– ¿Por qué me dice eso, Harry?

– Porque sí. La vida es una estafa.

– ¿Se va a terminar las patatas fritas?

– No. Cójalas si le apetece.

– Gracias, Harry.

– ¿De verdad le interesa lo que le estoy contando?

– Sí, mucho. Le estoy escuchando atentamente. La vida es una estafa.

– Dios mío, Marcus, no ha entendido usted nada. A veces tengo la impresión de estar hablando con un estúpido.”

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“El peligro de los libros, mi querido Marcus, es que a veces se puede perder el control. Publicar significa que lo que ha escrito usted en compañía de la soledad se escapa de pronto de sus manos y desaparece entre la gente. Es un momento muy peligroso: debe usted conservar el control de la situación en todo momento. Perder el control de su propio libro es catastrófico.”

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“Aprenda a amar sus derrotas, Marcus, pues son las que le construirán. Son sus derrotas las que darán sabor a sus victorias”.

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Tercera parte pronto (o eso espero esta vez).

El Mandela y los cambios de planes

La tarde-noche del jueves pasado, día 6 de marzo, salió por completo del revés de como estaba planeada, pero tan diferente y amena fue, que se me antojó perfecta. Debido a la clase de máster cambiada, una de tantas que me mantienen ocupada de 19:00 a 22:00 de lunes a jueves pero que por manías del destino no le tocaba sucederse, tuve la oportunidad de planear una velada ociosa con mi hermano mayor, con el que vivo (tampoco somos muchos, tengo otro hermano menor y ya está).

La idea inicial consistió en asistir a una tertulia sobre viajes en entornos fríos, seguida de una sesión de cine en los Yelmo Ideal de la Plaza Jacinto Benavente (Madrid, por las dudas), con sus películas en versión original y subtítulos a las que les estoy cogiendo especial afición y cariño. Cuando te acostumbras a escuchar las verdaderas palabras de los personajes, de los actores, ya no te apetece volver a oír sus doblajes. Suenan falsos, te cuesta muchísimo creértelos, notas a leguas la falta de sincronización entre lo emitido y el movimiento de los labios, por no hablar de la tremenda repetición de las mismas voces en un porrón de actores. No paro de ver a Brad Pitt, entre otros, en rostros que no son suyos.

Sin embargo, durante ese rato que se corresponde con la destructiva mezcla de la digestión y la consecuente modorra post-almuerzo, me acometió una pereza brutal hacia la (pobre) tertulia y, en cambio, me surgió en la mente como una iluminación la opción de probar un sitio nuevo para cenar, sin renegar de la sesión de cine a continuación. Así se lo expuse a mi hermano, al que no me costó nada convencer.

Ya prácticamente casi a las puertas de El Mandela, un restaurante africano cercano a la estación de metro de Ópera (concretamente la dirección es Calle Independencia, nº1), mi querido brother cayó en que había olvidado sus gafas, lo que enturbió el plan fílmico. No es que necesite leer los subtítulos, va sobradísimo en inglés, pero sí que le podría acometer un buen dolor de cabeza en caso de exponerse al riesgo de forzar la vista, por lo que nos centramos en nuestra cena retrasando un poco la decisión y dando tiempo a su mini-mosqueo consigo mismo a que se volatilizara entre sabores exóticos y timbales de fondo.

El Mandela restaurante Madrid

Tan motivados estábamos hacia probar cosas que empezamos a pedir dos entrantes cuando el experimentado camarero nos paró los pies asegurándonos que no podríamos con todo, y tenía razón en vistas de cómo acabamos, así que nos decantamos por una tortilla de yuca (un tubérculo) para comenzar y de plato principal él se pidió un Ndolé (ternera con una salsa de hierbas con la que yo habría sufrido brutalmente pero cuyo sabor fuerte a él le gustó) y yo una Yassa (pollo con arroz y una salsa dulce buenísima).

Al terminar, con toda la calma del mundo y el cine ya más que relegado a otro día, nuestras prolongaciones barrigudas y nosotros salimos de allí, todos gordos y satisfechos, y procedimos a pasear de camino a casa para bajar la hinchazón un poco. Una servidora ha hecho el recorrido del centro a casa y viceversa bastantes veces a lo largo de estos meses de vuelta a la capital (desde octubre) pero no esperaba que a mi hermano le entraran las ganas de patearse gratuitamente cincuenta madrileños minutos, no porque sea mi hermano sino porque conozco a poca gente que lo haría. Con más razón me alegró que surgiera tan espontáneamente y allá que nos fuimos, entre amplias calles iluminadas por miles de farolas y coches pero escasas de gente y con una temperatura nocturna magnífica que hasta nos obligó a despojarnos de los abrigos durante los últimos metros.

Los que me conocen saben que me encanta tener las cosas claras y los planes organizados, pero también suelen ser conscientes de que me adapto bastante bien a los cambios que se acontecen, sobre todo cuando ocurre de manera natural, progresiva, lo que viene a definirse como “sobre la marcha”, proceso que me parece fantástico y que no tiene nada que ver con esos molestos cambios de última hora que te pillan de improviso y te trastocan por completo.

Un buen día el pasado jueves 6 de marzo, y con la mejor compañía 🙂

Pd: para orientar en cuanto a los precios de El Mandela, el conjunto formado por un entrante, dos platos, una cerveza nigeriana (suavecita) y un Nestea nos costó 37 euros. No es una oferta McDonald’s pero precisamente por eso la experiencia que te llevas no tiene ni punto de comparación, además de que el servicio fue excelente.

Conectados permanentemente

Capítulo “Conectados permanentemente”.
Libro: La práctica de la atención plena.
Autor: Jon Kabat-Zinn.

Nota personal: es largo, pero lo idóneo sería leerlo de un tirón, con calma y sin mirar el móvil 😉

No hace falta estar muy despiertos para darnos cuenta de que el mundo está cambiando apresuradamente bajo nuestras propias narices a un ritmo que jamás antes había experimentado el sistema nervioso humano. El impacto y los cambios que todo ello provoca en nuestra vida, en nuestra familia y en nuestro trabajo son tan extraordinarios que no estaría de más que nos detuviéramos un poco a reflexionar en este punto. Veamos ahora, pues, los efectos que tiene sobre el ser humano la necesidad de permanecer conectado veinticuatro horas al día los siete días de la semana.

Creo, para comenzar, que hay mucha gente que ni siquiera se da cuenta de esto. Estamos tan atrapados en la necesidad de adaptarnos a las posibilidades y retos que nos proporcionan las nuevas tecnologías –aprendiendo a usarlas para hacer más cosas, hacerlas más rápido e incluso hacerlas mejor– que solemos acabar dependiendo de ellas. Pero, independientemente de que nos demos cuenta o no, nos hallamos sumidos en una aceleración que no hace sino aumentar. Por ello la tecnología, tan adecuada para aumentar nuestra eficacia y obsesión nuevas tecnologíasproporcionarnos más tiempo libre, amenaza con privarnos, si es que no lo ha hecho ya, de ambas cosas. ¿Conoce acaso el lector a alguien que ahora disponga de más tiempo libre? Hasta la noción misma de tiempo libre parece algo extemporáneo y que nos retrotrae a la década de 1950.

Se dice que el ritmo al que discurre nuestra vida está experimentando una inexorable aceleración exponencial –a la que se conoce como ley de Moore (porque fue enunciada por Gordon Moore, fundador de Intel)– que se halla gobernada por el tamaño y la velocidad de los circuitos integrados. Cada dieciocho meses –y manteniendo el mismo precio– la capacidad de computación y la velocidad de la siguiente generación de microprocesadores se duplica, al tiempo que su tamaño se divide por dos. Nos hallamos pues sumidos en un proceso, aparentemente interminable, en el que se acelera la velocidad de procesamiento y la miniaturización y en el que la electrónica es cada vez más y más barata. Esta combinación acaba provocando una dependencia de los ordenadores personales, los productos de consumo, los juegos y los dispositivos electrónicos portátiles que suele desembocar en una clara y desproporcionada adicción que nos lleva a responder, de buen agrado o por la fuerza, a un número cada vez mayor de mensajes electrónicos, de mensajes de voz, de faxes y de llamadas al teléfono móvil procedentes de cualquier rincón del planeta. Y lo más paradójico de todo es que la mayor parte de la montaña de correo basura y de propaganda agresiva que no deja de bombardear casi todos nuestros sentidos procede de personas que nos interesan y de las que no queremos desconectarnos. Pero ¿qué pasa entretanto con nuestro equilibrio y cómo podemos acompasar la posibilidad de respuesta inmediata que nos proporciona la conectividad instantánea y ubicua con nuestras verdaderas necesidades?

conectividad permanente

El teléfono móvil y la agenda electrónica nos permiten estar continuamente conectados con cualquier persona en cualquier lugar del planeta. Pero ¿se ha dado usted cuenta de que, con ello, corremos el riesgo de desconectarnos de nosotros mismos? Inmersos en este fascinante proceso, solemos olvidarnos de que nuestra conexión fundamental con la vida tiene lugar a través de nuestra interioridad, es decir, a través de la experiencia de nuestro cuerpo y de nuestros sentidos, incluida la mente, que nos permite tocar y ser tocados por el mundo y responder en consecuencia. Convendría, por tanto, disponer del suficiente tiempo, un tiempo que no estuviera saturado de actividades, un tiempo en el que, aunque podamos hacerlo, no nos apresuremos a responder a otra llamada telefónica, a enviar un nuevo correo electrónico, a planificar o añadir un nuevo ítem a la agenda de cosas que todavía nos quedan por hacer, un tiempo, en suma, que podamos destinar a reflexionar, cavilar, pensar y meditar.

¿En qué sentido afecta, este aumento de la capacidad de conexión, al contacto con nosotros mismos? ¿Acaso estamos tan conectados con los demás que jamás estamos donde realmente estamos? ¿Dónde estamos cuando, tumbados en la playa, nos precipitamos a responder a cualquier llamada telefónica? ¿Disfrutamos acaso del paseo cuando lo desperdiciamos hablando por teléfono? ¿Estamos realmente conduciendo cuando vamos con el teléfono pegado al oído? ¿Disponemos acaso, en medio del acelerado ritmo que está asumiendo nuestra vida y de las posibilidades de conexión instantánea, de tiempo suficiente para mirar por la ventana?

¿Qué ocurriría si, en esos momentos de ocio, no conectásemos con nadie? ¿O es que acaso no dispone usted de ningún momento libre? ¿Por qué no se esfuerza en conectar con quien se encuentra de este lado de la línea y no del otro? ¿Por qué no charla un rato consigo mismo y se pregunta cómo está? ¿Por qué no se pregunta cómo se siente aunque, en ese instante, pueda estar adormecido, abrumado, aburrido, desbordado, ansioso, deprimido o necesitando hacer todavía una cosa más?

meditación

¿Qué pasaría si conectásemos con nuestro cuerpo y con el universo de sensaciones que nos permiten sentir y conocer el paisaje exterior? ¿Qué ocurriría si cobrásemos conciencia, aun en los momentos en que más distraídos estamos y más automáticamente nos comportamos, de lo que discurre por nuestra mente, es decir, de nuestras emociones, de nuestros estamos de ánimo, de nuestros sentimientos, de nuestros pensamientos y de nuestras creencias? ¿Por qué no prestar atención, no sólo al contenido, sino al tono de nuestros sentimientos, a su realidad energética y a los acontecimientos importantes de nuestra vida, un archivo enorme de información que puede contribuir a aumentar nuestro autoconocimiento, catalizar la transformación y vivir conforme a lo que sabemos y entendemos? ¿Por qué no desarrollamos una imagen mayor de nosotros mismos que tenga en cuenta todos y cada uno de los niveles, aunque se trate de una imagen, a veces clara y otras no, que siempre está en movimiento, que siempre es provisional, que está en continua transformación y que, con mejor o peor fortuna, siempre se halla en proceso?

La mayor parte de las veces, la recién descubierta conectividad tecnológica no es más que un puro hábito que, como evidencia la siguiente tira cómica del New Yorker, roza los límites de lo absurdo:

En una estación de tren a una hora punta, todos los pasajeros que suben y bajan del tren llevan el teléfono móvil pegado a la oreja. A pie de página se lee lo siguiente: <<Ahora estoy subiendo al tren…>>, <<Ahora estoy bajando del tren…>>

Pero ¿quiénes son todas esas personas? ¡Oh, sí, casi lo olvidaba, somos nosotros! ¿Acaso hay algo malo en subir o bajar del tren sin decírselo a nadie? ¿No es posible, como antes, bajar de un avión e ir a una fiesta y emplear el teléfono únicamente en caso necesario? A este ritmo no me extrañaría escuchar, dentro de poco, algo así como <<Ahora estoy lavándome las manos>>. ¿Cree realmente que hay alguien que necesite saber esas cosas?

conversación absurda whatsapp

Si todo eso nos lo dijéramos a nosotros mismos, podría ser una forma muy útil de cobrar conciencia de nuestra experiencia y cultivar así la atención a la experiencia concreta que se desarrolla en el momento presente. <<Yo subo al tren (y soy consciente de ello)>>. <<Yo siento el agua en las manos (y soy consciente del agua y de lo valiosa que es)>>. Ésta sería, al menos, una atención encarnada, y con la suficiente práctica, podríamos llegar a darnos cuenta de la inutilidad del pronombre personal. Bajo, subo, voy, siento, soy consciente, soy consciente, soy consciente…

¿Qué necesidad hay de decírselo a nadie? ¿Acaso lo necesitan? De ese modo no hacemos más que distraernos, desviarnos y cosificar el momento presente. Parece como si ahora, aunque siga tratándose de nuestra vida, ya no bastase con permanecer a solas con nuestra experiencia.

De ese modo dispondríamos, al menos, de una pausa, tal vez la pausa necesaria para restablecer el contacto con nuestro cuerpo, con la respiración, con el mundo puro, analógico y no digital de la naturaleza, con este momento tal cual es y con quienes realmente somos.

Con todo ello no pretendo negar la utilidad de las nuevas tecnologías. A fin de cuentas, el teléfono móvil permite que los padres puedan conectar en cualquier momento con sus hijos, también fue el que alertó a los pasajeros de uno de los aviones secuestrados el 11-S y parece que permitió a algunos de los pasajeros del cuarto avión impedir que los terroristas alcanzaran su objetivo. Pero, por más interesante que sea para comunicarnos y organizar nuestras actividades, el teléfono móvil también ha acabado convirtiéndose en una de las principales causas de accidentes de automóvil porque parece que, en tal caso, el usuario está más atento a la conversación telefónica (y, según un reciente estudio, a sintonizar el dial de la radio, comer y hasta acicalarse) que a la seguridad e incluso a fijarse por dónde va. Así es como el teléfono móvil añade un nuevo significado a la expresión “estar en Babia”, un significado tan peligroso que, en ocasiones, roza el ámbito de lo criminal (<<¡Lo siento! –sin separar el oído del teléfono– móvil conduciendoCasi le atropello. No le había visto. Es que estaba hablando con mi contable, con mi abogado, con mi madre o con mi socio>>). Por no mencionar el acoso a la intimidad al que nos enfrenta la tecnología digital, que permite rastrear y analizar cada compra y cada movimiento y posibilitar así el esbozo de un perfil de nuestros hábitos personales de una forma anteriormente inconcebible que puede redefinir por completo el dominio de lo privado y que, como mínimo, supondrá recibir más publicidad y más catálogos.

Los ordenadores, las impresoras y sus sorprendentes capacidades, combinadas con la posibilidad de intercambiar instantáneamente documentos por correo electrónico en cualquier momento y a cualquier lugar y de poder acceder de inmediato a una información cuya recopilación hubiese requerido, hace tan sólo quince años, un arduo esfuerzo, nos permiten, tanto a nivel individual como colectivo, realizar en un solo día el mismo trabajo –y, en muchas ocasiones, mejor hecho– que entonces hubiera exigido una semana o hasta un mes. Esto es, al menos, lo que ha ocurrido en mi caso. Tampoco abogo por una condena ludita del desarrollo tecnológico que brote del anhelo romántico de tiempos más sencillos. Lo único que pretendo es llamar la atención del lector sobre las posibilidades que nos brindan los avances tecnológicos, avances que aumentan día tras día y año tras año y que pueden desconectarnos tanto de nosotros mismos que acabemos perdiéndonos.

Creo, en suma, que la mejor manera de familiarizarnos con este nuevo mundo consiste en desarrollar nuestro mundo interior de un modo que compense y equilibre nuestro sistema nervioso y lo ponga al servicio de una vida más sabia, tanto para nosotros mismos como para los demás. Y, para ello, es necesario prestar una mayor atención a nuestro cuerpo, a nuestra mente y a nuestras experiencias en la frontera existente entre el mundo exterior y el mundo interior, incluso en el mismo momento en que empleamos la tecnología para permanecer conectados o cuando aparece el impulso a hacerlo. ¿No cree que, de otro modo, corremos el riesgo de acabar convirtiéndonos en robots sin tiempo para contemplar quién está haciendo todo esto y quién está dirigiéndose hacia un lugar más deseable?

El señor de la artrosis, las anécdotas y las películas antiguas

vejezCaminaba tan lento que no se le podía llamar caminar. Pasitos de apenas cinco centímetros, bastón en mano derecha y un par de bolsas en la izquierda. Mi cuello acababa de absorber los últimos atisbos de sudor de la clase de spinning en los escasos minutos de camino al Supersol cuando me lo crucé y me pensé si ayudarle. Venían un par de carritos de bebé por detrás y no quería ponerme en medio, así que pasé de largo. Pero luego me giré y me dije que no podía dejar a aquel hombre con tal pesar físico y mental a grito pelado en silencio en medio de una multitud que no parecía ni inmutarse de su existencia, aún encontrándose casi parado en medio de la acera.

Ni medio segundo tardó en aceptar mi ayuda, mostrando una cara de alivio indescriptible, todavía seria pero de ojos azulísimos con un brillo nuevo. Si no me lo agradeció unas veinte veces durante la hora que compartimos pasito a pasito, no me lo agradeció ninguna. Sí, una hora para recorrer media calle. Aquel agradable señor de 73 años, al que le echaba yo sesenta y bastantes pero no más de siete décadas, caminaba, y camina, a unos 30 metros por hora. 60 minutos que se me pasaron volando entre relatos de artrosis, anécdotas, viajes con su hermana (fallecida hacía un año, un mes y siete días), películas de años en los que ni mis padres habían nacido, agradecimientos a mí y a Dios por haberme puesto en su camino (menos mal que no me preguntó si era creyente, aunque esto se corresponde con una anécdota que ya contaré en otro post), menciones hacia mi gran belleza física e interior (palabras suyas, no me he vuelto presumida de repente) y vuelta a empezar.

Un gesto que a mí no me ha costado nada, para él ha supuesto todo un mundo. Una hora de dolor espantoso se ha transformado en un ameno paseo en el que tratar de ignorar unos pies terriblemente quejumbrosos ha sido mucho más fácil gracias a las palabras emitidas, las historias recordadas al contarlas y el eterno sentimiento de gratitud que sobrecogió a su alma, y a mi espíritu de rebote, a pesar del leve entumecimiento de mi brazo izquierdo por su bolsa y de mi muñeca derecha encorvada en su brazo izquierdo. Pequeñeces frente a la aureola de complicidad que transformó la oscuridad de la noche en un sendero privado de felicidad. No he llegado al Supersol pero he llegado a casa más llena que nunca.

Entonces… me he acordado de mi abuela. Y de lo poco que hablé con ella la última vez que la vi, que precisamente fue el fin de semana pasado, aunque normalmente transcurren de media casi dos meses entre visita y visita a Jerez. Ella no cuenta anécdotas ni historias. Estoy segura de que recuerda cosas, muchas, pero no lo dice, porque ha elegido subsistir en buena medida sufriendo por sus hijos y nietos, sobre todo por aquellos que estamos “tan lejos”. Suerte tenemos de que no sepa situar Japón ni EEUU en el mapa para que no se asuste del todo. Es una forma distinta de vivir y de amar que no favorece demasiado la conversación pero, aunque haya personas mayores a las que nunca se les acabe el repertorio remendado del pasado, las que hablan menos quieren igual.

Y ahora me pregunto a mí misma por qué no le hablé yo mucho más, con todo lo que puedo contar. Qué más da que ella no sepa de marketing, de películas modernas o de libros de blogueros, cuando yo podría ilustrarla con ello, o al menos entretenerla y hacerle sentir un poquito más parte de mi ajetreada vida y un poquito más parte de este mundo que va ya demasiado rápido para ella, cuyos ojos están marchitos en un 80% de visibilidad perdida pero cuyos oídos siguen ahí atentos a todo lo que acontece alrededor, y cuyas manos siempre están abiertas a agarrar las mías, y a mi tripa para decir siempre lo delgada que estoy aunque haya engordado, y a mi contorno para abrazarme bien fuerte cada vez que me saluda y cada vez que se despide con un halo de tristeza resignada flotando a su alrededor.

Cuenta pendiente para la próxima visita, afortunadamente no muy lejana: en Semana Santa. Gracias, Rafael, por concederme mi primera buena acción que siento como verdadera y abrirme los ojos. Me has prestado una hora de tarde-noche de viernes que no podía haber empleado de mejor manera que ayudándote y ayudándome.

Philomena y la otra realidad

PhilomenaPhilomena es la obra cinematográfica, mucho más real que ficticia, que acabo de ver y por la que no he querido acostarme sin antes escribir unas líneas para no dejar de sentirla tan rápido, para que el efecto que me ha dejado postrada en el asiento durante largos segundos tras su final no sea vapuleado por el estado inconsciente en el que me sumiría el sueño, desprendiéndome de inmediato de la melancólica historia de Philomena, mujer que decidió buscar al hijo que le arrebataron pasados 50 años del suceso.

Basada en hechos reales.

Una vida en secreto cuya exteriorización se transforma en la aventura conjunta de esta mujer y de un periodista, dando lugar al triste pero equilibrado juego, con acertados toques cómicos, entre la vejez rural y la madurez urbana, la espontaneidad verbal y la parafernalia aprendida, la fe y el agnosticismo. Una lucha de caracteres que se complementan a la perfección a pesar de sus abismales diferencias, unidos por la búsqueda de la verdad, aunque con intereses distintos.

Repito: basada en hechos reales.

La otra realidad es la que se me ha olvidado durante la película. La de las prisas, las preocupaciones mundanas, los deberes de hoy y de mañana y, por tanto, del pasado, presente y futuro individual en su totalidad, eclipsada por la auténtica realidad, la que no es la propia, sino la que pertenece al mundo. La realidad formada por los miles de millones de personas que pueblan la Tierra y cuyas historias se ven entrelazadas eternamente, abarcando de un extremo a otro del globo, creando vínculos, proyectando males, despertando alegrías, propulsando todo tipo de sentimientos y acciones encontrados y provocadores tanto de las desgracias más aterradoras como de las bellezas más plausibles.

A mitad de película, sin venir a cuento, me he dicho que debería ver más cine. Nada nuevo. Me lo he propuesto por una milésima, aun sabiendo que probablemente no lo cumpla, pero tenía motivación suficiente como para decírmelo. Por la realidad global. Por el respeto a mí misma y a los demás. Por la muerte del egocentrismo. Por ti, por mí, por todos. Por las personas, con sus respectivas realidades, que ya conozco y las muchísimas que me quedan por conocer.

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