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Philomena y la otra realidad


PhilomenaPhilomena es la obra cinematográfica, mucho más real que ficticia, que acabo de ver y por la que no he querido acostarme sin antes escribir unas líneas para no dejar de sentirla tan rápido, para que el efecto que me ha dejado postrada en el asiento durante largos segundos tras su final no sea vapuleado por el estado inconsciente en el que me sumiría el sueño, desprendiéndome de inmediato de la melancólica historia de Philomena, mujer que decidió buscar al hijo que le arrebataron pasados 50 años del suceso.

Basada en hechos reales.

Una vida en secreto cuya exteriorización se transforma en la aventura conjunta de esta mujer y de un periodista, dando lugar al triste pero equilibrado juego, con acertados toques cómicos, entre la vejez rural y la madurez urbana, la espontaneidad verbal y la parafernalia aprendida, la fe y el agnosticismo. Una lucha de caracteres que se complementan a la perfección a pesar de sus abismales diferencias, unidos por la búsqueda de la verdad, aunque con intereses distintos.

Repito: basada en hechos reales.

La otra realidad es la que se me ha olvidado durante la película. La de las prisas, las preocupaciones mundanas, los deberes de hoy y de mañana y, por tanto, del pasado, presente y futuro individual en su totalidad, eclipsada por la auténtica realidad, la que no es la propia, sino la que pertenece al mundo. La realidad formada por los miles de millones de personas que pueblan la Tierra y cuyas historias se ven entrelazadas eternamente, abarcando de un extremo a otro del globo, creando vínculos, proyectando males, despertando alegrías, propulsando todo tipo de sentimientos y acciones encontrados y provocadores tanto de las desgracias más aterradoras como de las bellezas más plausibles.

A mitad de película, sin venir a cuento, me he dicho que debería ver más cine. Nada nuevo. Me lo he propuesto por una milésima, aun sabiendo que probablemente no lo cumpla, pero tenía motivación suficiente como para decírmelo. Por la realidad global. Por el respeto a mí misma y a los demás. Por la muerte del egocentrismo. Por ti, por mí, por todos. Por las personas, con sus respectivas realidades, que ya conozco y las muchísimas que me quedan por conocer.

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