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El Mandela y los cambios de planes


La tarde-noche del jueves pasado, día 6 de marzo, salió por completo del revés de como estaba planeada, pero tan diferente y amena fue, que se me antojó perfecta. Debido a la clase de máster cambiada, una de tantas que me mantienen ocupada de 19:00 a 22:00 de lunes a jueves pero que por manías del destino no le tocaba sucederse, tuve la oportunidad de planear una velada ociosa con mi hermano mayor, con el que vivo (tampoco somos muchos, tengo otro hermano menor y ya está).

La idea inicial consistió en asistir a una tertulia sobre viajes en entornos fríos, seguida de una sesión de cine en los Yelmo Ideal de la Plaza Jacinto Benavente (Madrid, por las dudas), con sus películas en versión original y subtítulos a las que les estoy cogiendo especial afición y cariño. Cuando te acostumbras a escuchar las verdaderas palabras de los personajes, de los actores, ya no te apetece volver a oír sus doblajes. Suenan falsos, te cuesta muchísimo creértelos, notas a leguas la falta de sincronización entre lo emitido y el movimiento de los labios, por no hablar de la tremenda repetición de las mismas voces en un porrón de actores. No paro de ver a Brad Pitt, entre otros, en rostros que no son suyos.

Sin embargo, durante ese rato que se corresponde con la destructiva mezcla de la digestión y la consecuente modorra post-almuerzo, me acometió una pereza brutal hacia la (pobre) tertulia y, en cambio, me surgió en la mente como una iluminación la opción de probar un sitio nuevo para cenar, sin renegar de la sesión de cine a continuación. Así se lo expuse a mi hermano, al que no me costó nada convencer.

Ya prácticamente casi a las puertas de El Mandela, un restaurante africano cercano a la estación de metro de Ópera (concretamente la dirección es Calle Independencia, nº1), mi querido brother cayó en que había olvidado sus gafas, lo que enturbió el plan fílmico. No es que necesite leer los subtítulos, va sobradísimo en inglés, pero sí que le podría acometer un buen dolor de cabeza en caso de exponerse al riesgo de forzar la vista, por lo que nos centramos en nuestra cena retrasando un poco la decisión y dando tiempo a su mini-mosqueo consigo mismo a que se volatilizara entre sabores exóticos y timbales de fondo.

El Mandela restaurante Madrid

Tan motivados estábamos hacia probar cosas que empezamos a pedir dos entrantes cuando el experimentado camarero nos paró los pies asegurándonos que no podríamos con todo, y tenía razón en vistas de cómo acabamos, así que nos decantamos por una tortilla de yuca (un tubérculo) para comenzar y de plato principal él se pidió un Ndolé (ternera con una salsa de hierbas con la que yo habría sufrido brutalmente pero cuyo sabor fuerte a él le gustó) y yo una Yassa (pollo con arroz y una salsa dulce buenísima).

Al terminar, con toda la calma del mundo y el cine ya más que relegado a otro día, nuestras prolongaciones barrigudas y nosotros salimos de allí, todos gordos y satisfechos, y procedimos a pasear de camino a casa para bajar la hinchazón un poco. Una servidora ha hecho el recorrido del centro a casa y viceversa bastantes veces a lo largo de estos meses de vuelta a la capital (desde octubre) pero no esperaba que a mi hermano le entraran las ganas de patearse gratuitamente cincuenta madrileños minutos, no porque sea mi hermano sino porque conozco a poca gente que lo haría. Con más razón me alegró que surgiera tan espontáneamente y allá que nos fuimos, entre amplias calles iluminadas por miles de farolas y coches pero escasas de gente y con una temperatura nocturna magnífica que hasta nos obligó a despojarnos de los abrigos durante los últimos metros.

Los que me conocen saben que me encanta tener las cosas claras y los planes organizados, pero también suelen ser conscientes de que me adapto bastante bien a los cambios que se acontecen, sobre todo cuando ocurre de manera natural, progresiva, lo que viene a definirse como “sobre la marcha”, proceso que me parece fantástico y que no tiene nada que ver con esos molestos cambios de última hora que te pillan de improviso y te trastocan por completo.

Un buen día el pasado jueves 6 de marzo, y con la mejor compañía 🙂

Pd: para orientar en cuanto a los precios de El Mandela, el conjunto formado por un entrante, dos platos, una cerveza nigeriana (suavecita) y un Nestea nos costó 37 euros. No es una oferta McDonald’s pero precisamente por eso la experiencia que te llevas no tiene ni punto de comparación, además de que el servicio fue excelente.

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