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Archive for 14 septiembre 2014

¿Qué tipo de “sed” tengo yo?

Hace poco os hablé de un par de redacciones de cuando tenía 16 años que me encontré por mi cuarto mientras lo ordenaba a fondo: ¿Qué pienso sobre la religión, sobre Dios, sobre mí mismo? (click sobre el título para leerla) y ¿Qué tipo de “sed” tengo yo? Aquí expongo esta y mi reflexión en torno a ella a continuación:

Ser feliz y hacer feliz a mis seres queridos en la medida de lo posible. Este es mi objetivo para toda la vida.

En función de este deseo y mis ideas sobre la religión, no necesito a Dios para conseguirlo. Incluso opino que puedo ser más feliz que un creyente porque al no creer en la vida eterna, aprovecho y vivo más intensa y arriesgadamente la existencia que sé que está ocurriendo de verdad, pues nada me demuestra que haya algo después de la muerte.

Quiero ser feliz por mí y hacer feliz por los demás, quiero intentar mejorar el mundo y aportar mi granito de arena, quiero demostrar a las personas que amo lo importante que son para mí y como personas.

Me gusta cómo pensaba, aunque me doy cuenta de que me he vuelto positivamente (desde mi punto de vista) más egoísta. Ser feliz sigue siendo mi objetivo primordial, o más bien la búsqueda permanente de la felicidad asumiendo con naturalidad los baches y altibajos que se van cruzando por el camino; pero para ello necesito sentirme satisfecha conmigo misma y emocionalmente equilibrada, lo que acarrea unas determinadas condiciones laborales y personales a la vez que depende de mi propia capacidad de reacción a las circunstancias y de adaptación. Es decir, que el proceso para ser feliz se ha vuelto mucho más complejo y reúne a su vez otros objetivos en sí mismo.

Discrepo con mi afirmación de aquel momento en cuanto a los creyentes: actualmente no creo que ni las creencias ni el agnosticismo, ateísmo o cualquier práctica religiosa hagan más o menos felices a las personas; dependerá totalmente de cada ser humano y su forma de vida de manera individual. Es más: me ha cambiado totalmente la perspectiva en cuanto a mí misma en mi lucha constante por, más que la felicidad, el equilibrio emocional, hasta el punto de añorar esa fe que nunca he tenido y que me haría ver la muerte de una manera probablemente menos afectada.

Calculo que pensaba que tenía ventaja de alguna manera a la hora de aprovechar más la vida terrenal al quizá haberme centrado en las personas especialmente fanáticas y que todo lo justifican poniendo a Dios por delante y cediéndole una idiosincrasia demasiado elevada (cosa que en realidad resulta igualmente respetable aunque no lo comparta, ya que a mucha gente le hace feliz, pero por lo visto no lo consideraba yo muy provechoso de adolescente), y también al no sentir todavía presión ninguna hacia la fugacidad del tiempo a mis inocentes 16 años.

Sí estoy de acuerdo en colaborar para hacer feliz a mis seres queridos. Creo profundamente que cuanta más alegría, comprensión y todo tipo de sensaciones positivas expandimos a nuestro alrededor, mayor es el bienestar que experimentamos en nosotros mismos. Y sin duda me gustaría enormemente “mejorar el mundo y aportar mi granito de arena”. Aún no sé cómo pero estoy segura de que todo llegará y de que en cierto modo ya llevo tiempo procurándolo día a día aunque sea desde mis reducidas posibilidades.

Y vosotros, ¿qué tipo de “sed” tenéis?

motivación

Lo que me queda por vivir, de Elvira Lindo

Elvira Lindo Lo que me queda por vivirEsta novelita ha sido especialmente interesante no por la historia en sí, sino por las profundas reflexiones que la protagonista va lanzando disimuladamente a la mente del lector como quien no quiere la cosa. Y por “profundas” no pretendo que entendáis largas ni engorrosas ni especialmente rebuscadas, sino acertadas, directas, iluminadoras. Planteamientos de cosas cotidianas por las que todos pasamos sin ponerle nombres concretos ni intentar canalizarlos con palabras, y que se quedan en el saco de las experiencias sin siquiera ser analizados.

Pues esto es lo que haría la joven narradora de la trama: hablar, contar, exteriorizar. Cedernos todos y cada uno de sus pensamientos y anécdotas a lo largo de una existencia considerablemente intensa incluso en su sencillez, y actualmente tortuosa a raíz de la ruptura con su marido pero a su vez influida por muchos más factores, con frecuencia relacionados con la relación entre ella y las personas que la rodean o la rodearon en el pasado: su hijo, sus padres, su tía, amigos, amantes…

No recomiendo leerla desde el punto de vista de una historia como tal (inicio-nudo-desenlace), sino como una sucesión de recuerdos e impresiones mezclados de manera caótica dentro de su orden. Recalco esto porque he de reconocer que llegó un momento en el que me impacienté a la espera de algún giro o suceso que “animara” el asunto, me daba la sensación de que el libro estaba hecho a base de relatar historietas cual anciano melancólico en lugar de centrarse en el presente de la protagonista. Y, en cierto modo, es así, pero una vez asimilado el formato, se lee de otra manera.

Así pues, procedo a plasmar algunas de las sentencias que más me han llegado:

Nunca y siempre. Esas son las palabras que los amantes pronuncian de manera ilusa sin querer admitir que son las únicas dos que carecen de sentido.

“Una verdad como un templo” es poco para categorizarla. ¿Quién no ha caído en la tentación de emitir estos adverbios de tiempo, incluso repetidas veces, a lo largo de sus relaciones sentimentales? Muy pocos, por no generalizar por completo. “Siempre te querré”, “nunca me dejes”, “nunca te abandonaré”, “siempre estaremos juntos”… Obviamente entiendo que estas expresiones se ven automáticamente lanzadas al exterior dentro de la euforia emocional correspondiente y no niego su encanto, pero conviene ser consciente del escaso realismo que conllevan implícito en el caso de las relaciones, volátiles como bandadas de pájaros por suerte o por desgracia.

Los actos de los muertos no pueden modificarse, ni discutirse, así que cualquier hallazgo sobre su pasado nos trastorna más que consolarnos.

Otra afirmación aplastante. Naturalmente, hay muchos casos en los que averiguar algo de un ser querido fallecido (entiéndase “querido” tanto como un familiar o amigo como alguien a quien admiremos, aunque no le conozcamos personalmente, por el motivo que sea) o encontrar alguna pertenencia del mismo no tiene por qué suscitar mayor agitación que la puramente positiva, pero somos muy propensos al sufrimiento, a la frustración, la melancolía, la nostalgia, la tristeza en general. Hay cosas que preferimos no saber de alguien por el daño que provoca el hecho en sí, o por hacernos revivir el dolor experimentado ya sea con esa persona en vida y/o con su muerte. Y, como es evidente, nada es debatible cuando ya no se encuentra entre los vivos.

La mentira grave, esencial, puede producirse por respeto, por miedo o por cariño a la persona a la que se le cuenta, pero las pequenas mentiras, esas que se suceden unas a otras, que se amontonan como las cagadas de paloma, son las que acaban definiendo al mentiroso, que miente y olvida, miente y olvida.

Una manera excelente de definir al auténtico embustero. Un ser que se acostumbra tanto a mentir que acaba por no sentir apenas remordimiento ni reparo hacia la vida paralela que se inventa. Como ya hemos oído y leído en muchas ocasiones: un individuo que termina por creerse sus propias mentiras. No es que me tome la expresión al pie de la letra pero en cierto modo, así viven. Por miedo, vergüencia, ansias de aparentar más de lo que son… Básicamente, las mentiras me parecen un mal provocado por el no aceptarse a sí mismo y/o por no ser lo bastante valiente como para proyectar la verdad, o los verdaderos pensamientos que se tienen hacia una cuestión, ante los demás. Por querer sentirse más integrado en un grupo o más apreciado o idolatrado por otra persona.

mentiraTambién dicen que por no hacer daño. Este argumento se mantiene en la cuerda floja para mí. ¿Cuántas veces se trata de evitar un pequeño malestar hasta que por acumulación se convierte en una bomba? Esto se entremezcla con el tema de la negatividad hacia la que tenemos tanta tendencia a lo largo de la vida. Y esto es por falta de prepación psicológica vital, es decir, porque los que más y los que menos normalmente vivimos en el mundo de Yupi. No queremos malas noticias, no estamos preparados para escucharlas, y menos directamente relacionadas con nosotros. No tenemos aguante a duras penas hacia cosas tan normales como rupturas y muertes.

¿Normal la muerte? ¿Cómo puedo atreverme a catalogar algo tan trágico y traumático como “normal”? Pues precisamente por eso, porque algo que ocurre todos los días a millares desde el principio de los tiempos nos sigue resultando trágico y traumático. Todos habéis oído, y muchos dicho: “no somos nada”. Y esta frase sí que hay que tomarla al pie de la letra. En el siglo XXI continuamos siendo tan increíblemente egocéntricos que se nos olvida cómo funciona el universo, en el que la extinción forma parte intrínseca del equilibrio cósmico.

Con esto no voy a menospreciar las lágrimas y el sufrimiento que acompaña al suceso ni mucho menos, soy la primera que tiene que trabajar muchísimo en asimilar la muerte como algo “normal” de verdad… Pero precisamente por esto, por la impotencia hacia mi propia incapacidad, me animo a criticar nuestro limitado mundo mental, nuestra falta de amplia de miras, nuestro carácter frecuentemente destructivo y autodestructivo más que productivo, nuestra resistencia a conocer las cosas tal y como son y no como nos gustaría, nuestro énfasis en defendernos y en llevar la razón, nuestra facilidad para sentirnos atacados en vez de constructivamente comentados o simplemente incitados a mantener una conversación más allá del típico y banal intercambio de datos, de información que no admite respuesta ni fomenta la reflexión ni el debate en el que compartir opiniones y aprender o contemplar otros puntos de vista. He aquí la muerte de la transparencia y de la comunicación, en el sentido estricto de la palabra.

Ya no sabía cuáles eran sus intenciones, qué quería hacer con su vida o si quería acabar lentamente con la mía. A veces pensaba que era un malvado, otras uno de esos cobardes que queriendo no hacer daño acaban provocando desgracias mayores que las que desencadenan los verdaderos malvados. Lo más probable es que no supiera qué hacer con su vida y tratara de averiguarlo fracasando conmigo una vez y otra y otra.

Sobre la religión, Dios y mí misma… a los 16 años

religiónAlgo bueno y malo de proceder a ordenar el caos reinante en el armario de tu cuarto durante los últimos diez años consiste precisamente en encontrar cosas agradables de ver y rememorar, y otras que no tanto. Tenemos un afán incondicional hacia acumular elementos inútiles “por si acaso”, y así es como me he cruzado con un par de folios encabezados por los títulos ¿Qué pienso sobre la religión, sobre Dios, sobre mí mismo? y “¿Qué tipo de “sed” tengo yo?, y con las fechas 8/11/2006 y 9/11/2006 respectivamente.

Os transcribo mis redacciones, motivadas indudablemente por la asignatura de religión, empezando por la de mayor envergadura, que se corresponde con el primer título, ¿Qué pienso sobre la religión, sobre Dios, sobre mí mismo?:

Sobre la religión, pienso que cada uno debería tener libertad para elegir la suya o hacerse agnóstico o ateo. La primera comunión impuesta se ha vuelto una costumbre, a los diez años un niño no sabe nada realmente, no tiene en sí el sentimiento religioso, sino que le animan los regalos y las comuniones de sus amigos.

Comparto la idea de enseñar cultura religiosa en los colegios, no religión, para adoptar una buena base global en la que decidir las creencias propias. Inculcar una religión por obligación o por costumbre me parece una pérdida de tiempo, y a veces dinero.

Respecto a Dios, no lo he considero mucho a lo largo de mi vida. Mayormente no creo que exista, mi postura es agnóstica por tanto, pero esto se debe a que nunca lo he tenido en cuenta. Siempre he hecho lo que tenía que hacer, tanto obligaciones como diversiones, sin pensar en que un ser superior nos mira y sigue nuestros actos.

De pequeña rezaba, como todos, al empezar las clases diarias, pero hará un año que dejé de hacerlo pues veía inútil pronunciar palabras que no sentía, no me afectaban, no me hacían creyente ni me paraba a reflexionar sobre ellas.

Con la muerte de mi abuela, la cual tenía alzheimer muy avanzado y no me reconocía, recé por ella durante una semana por las noches. Posteriormente, se me olvidaba. Aparte de este gesto, poca religiosidad encuentro en mí.

En cuanto a mí misma, opino que no sé ni voy a saber nada, por lo que no creo pero tampoco niego. Probablemente temo un mínimo a la muerte porque no veo nada más allá, mientras que tampoco soy capaz de imaginarme vagando felizmente el resto de la eternidad.

La religión me plantea muchas dudas imposibles, quizá eso también influye a que mi mente opte por desistir de introducirme en ella.

Sin lugar a dudas, resulta un tema muy interesante de debatir, jamás juzgaría a nadie por su religión, aceptaría su opinión y le escucharía. En eso creo que consiste la educación.

libertad escrituraMe doy cuenta de que mi opinión sigue siendo prácticamente la misma. Me agrada comprobar que, dentro de la inocencia y la personalidad aún por curtir que siempre relaciono con mi adolescencia, era capaz de expresar mis razonamientos con coherencia y propiedad. Y confirma mi teoría, ya formada como adulta, de que en los colegios echo en falta asignaturas “existenciales”, “vitales”, llamadlas como queráis. Asignaturas que favorezcan el debate entre los alumnos, que haga a los niños y adolescentes pensar acerca de cuestiones variadas, que fomenten el respeto y el desarrollo mental de los adultos del futuro.

Siempre fui buena estudiante pero rara vez presté atención plena en clase, no sé por qué. Me aprendía las lecciones con facilidad y curso tras curso incluso me exigía más, crecí inmersa en la costumbre de sacar buenas notas. Mas si me paro a preguntarme por el tiempo real de escucha escolar, puedo contar las asignaturas con los dedos de las manos: matemáticas, por no tener más remedio si quería aprobar; filosofía, para entender los conceptos más abstractos y porque el profesor me provocaba una especial ternura (aunque tampoco es que atendiera siempre), y literatura en bachillerato, por la mejor motivación de todas: poder escribir de lo que me apeteciera, con total libertad verbal y creativa, tanto a partir de los textos que traía el profesor como por mí misma en el diario de bitácora que nos motivó a redactar desde principio de curso con nuestras emociones, pensamientos y lo que nos viniera en gana. Básicamente: libertad absoluta de pensamiento y de acción, aunque fuera sobre el papel.

Aquella asignatura era una “maría”. Ni siquiera entraba en la media de bachillerato si no recuerdo mal. Y era a primera hora de la mañana. Pero le dediqué más tiempo que a ninguna otra. Más tiempo que a las matemáticas, economía, geografía, inglés, lengua, filosofía. Mucho más tiempo que a ninguna. Porque la disfrutaba plenamente, porque la mente me pedía leer aquellos textos, interpretarlos y escribir mis impresiones tanto de ellos como de mi propia rutina.

Independientemente de mi experiencia, creo que habéis entendido lo que quiero decir. Ignoro si alguna vez se creará una asignatura “existencial” pero sé que, mientras en los colegios persista esa considerable cantidad de alumnos desmotivados y faltos de inquietudes junto con ese cáncer conocido como el bullying, la educación dejará mucho que desear.  

Luego, hay otro par de aspectos que contemplo levemente modificados en mí actualmente: 

miedo libertad1. El temor a la muerte. Sé que se ha intensificado. Temor, respeto, reparo… Supongo que tanto por la fugacidad del tiempo como por “hacerme mayor” como tal. Procuro no pensar en ello porque, al menos de momento, es algo que me acongoja irremediablemente. Espero trabajar en ello en un futuro. De momento, el presente me mantiene lo bastante entretenida como para apartar este tema fácilmente.

2. Con 16 años escribí: jamás juzgaría a nadie por su religión, aceptaría su opinión y le escucharía. Añado un pequeño matiz: “siempre que esa religión no atentara contra los derechos humanos”. Por poner un simple ejemplo: me cuesta describir la desazón que me encoge el pecho al ver a mis compañeras de género con burka. Hay gente que dice que ellas son felices así, que han nacido con ello y se sienten más cómodas llevándolo aún habiéndose trasladado a áreas del mundo donde las mujeres muestran su rostro y eligen su vestuario con toda libertad. Este argumento me produce aún mayor desazón. Siguiendo esta línea, tremendo es el pavor que me suscitan los radicales religiosos. Nunca se sabe lo que serían capaces de hacer “en nombre de Dios” (del Dios que sea). No creo que necesite aclarar este punto mucho más.

En conclusión, ha sido interesante indagar un poco en el pasado y despertar melancolías inciertas desperdigadas por la memoria. Próximamente, mi redacción ¿Qué tipo de “sed” tengo yo? con su reflexión correspondiente.

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