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Sobre la religión, Dios y mí misma… a los 16 años


religiónAlgo bueno y malo de proceder a ordenar el caos reinante en el armario de tu cuarto durante los últimos diez años consiste precisamente en encontrar cosas agradables de ver y rememorar, y otras que no tanto. Tenemos un afán incondicional hacia acumular elementos inútiles “por si acaso”, y así es como me he cruzado con un par de folios encabezados por los títulos ¿Qué pienso sobre la religión, sobre Dios, sobre mí mismo? y “¿Qué tipo de “sed” tengo yo?, y con las fechas 8/11/2006 y 9/11/2006 respectivamente.

Os transcribo mis redacciones, motivadas indudablemente por la asignatura de religión, empezando por la de mayor envergadura, que se corresponde con el primer título, ¿Qué pienso sobre la religión, sobre Dios, sobre mí mismo?:

Sobre la religión, pienso que cada uno debería tener libertad para elegir la suya o hacerse agnóstico o ateo. La primera comunión impuesta se ha vuelto una costumbre, a los diez años un niño no sabe nada realmente, no tiene en sí el sentimiento religioso, sino que le animan los regalos y las comuniones de sus amigos.

Comparto la idea de enseñar cultura religiosa en los colegios, no religión, para adoptar una buena base global en la que decidir las creencias propias. Inculcar una religión por obligación o por costumbre me parece una pérdida de tiempo, y a veces dinero.

Respecto a Dios, no lo he considero mucho a lo largo de mi vida. Mayormente no creo que exista, mi postura es agnóstica por tanto, pero esto se debe a que nunca lo he tenido en cuenta. Siempre he hecho lo que tenía que hacer, tanto obligaciones como diversiones, sin pensar en que un ser superior nos mira y sigue nuestros actos.

De pequeña rezaba, como todos, al empezar las clases diarias, pero hará un año que dejé de hacerlo pues veía inútil pronunciar palabras que no sentía, no me afectaban, no me hacían creyente ni me paraba a reflexionar sobre ellas.

Con la muerte de mi abuela, la cual tenía alzheimer muy avanzado y no me reconocía, recé por ella durante una semana por las noches. Posteriormente, se me olvidaba. Aparte de este gesto, poca religiosidad encuentro en mí.

En cuanto a mí misma, opino que no sé ni voy a saber nada, por lo que no creo pero tampoco niego. Probablemente temo un mínimo a la muerte porque no veo nada más allá, mientras que tampoco soy capaz de imaginarme vagando felizmente el resto de la eternidad.

La religión me plantea muchas dudas imposibles, quizá eso también influye a que mi mente opte por desistir de introducirme en ella.

Sin lugar a dudas, resulta un tema muy interesante de debatir, jamás juzgaría a nadie por su religión, aceptaría su opinión y le escucharía. En eso creo que consiste la educación.

libertad escrituraMe doy cuenta de que mi opinión sigue siendo prácticamente la misma. Me agrada comprobar que, dentro de la inocencia y la personalidad aún por curtir que siempre relaciono con mi adolescencia, era capaz de expresar mis razonamientos con coherencia y propiedad. Y confirma mi teoría, ya formada como adulta, de que en los colegios echo en falta asignaturas “existenciales”, “vitales”, llamadlas como queráis. Asignaturas que favorezcan el debate entre los alumnos, que haga a los niños y adolescentes pensar acerca de cuestiones variadas, que fomenten el respeto y el desarrollo mental de los adultos del futuro.

Siempre fui buena estudiante pero rara vez presté atención plena en clase, no sé por qué. Me aprendía las lecciones con facilidad y curso tras curso incluso me exigía más, crecí inmersa en la costumbre de sacar buenas notas. Mas si me paro a preguntarme por el tiempo real de escucha escolar, puedo contar las asignaturas con los dedos de las manos: matemáticas, por no tener más remedio si quería aprobar; filosofía, para entender los conceptos más abstractos y porque el profesor me provocaba una especial ternura (aunque tampoco es que atendiera siempre), y literatura en bachillerato, por la mejor motivación de todas: poder escribir de lo que me apeteciera, con total libertad verbal y creativa, tanto a partir de los textos que traía el profesor como por mí misma en el diario de bitácora que nos motivó a redactar desde principio de curso con nuestras emociones, pensamientos y lo que nos viniera en gana. Básicamente: libertad absoluta de pensamiento y de acción, aunque fuera sobre el papel.

Aquella asignatura era una “maría”. Ni siquiera entraba en la media de bachillerato si no recuerdo mal. Y era a primera hora de la mañana. Pero le dediqué más tiempo que a ninguna otra. Más tiempo que a las matemáticas, economía, geografía, inglés, lengua, filosofía. Mucho más tiempo que a ninguna. Porque la disfrutaba plenamente, porque la mente me pedía leer aquellos textos, interpretarlos y escribir mis impresiones tanto de ellos como de mi propia rutina.

Independientemente de mi experiencia, creo que habéis entendido lo que quiero decir. Ignoro si alguna vez se creará una asignatura “existencial” pero sé que, mientras en los colegios persista esa considerable cantidad de alumnos desmotivados y faltos de inquietudes junto con ese cáncer conocido como el bullying, la educación dejará mucho que desear.  

Luego, hay otro par de aspectos que contemplo levemente modificados en mí actualmente: 

miedo libertad1. El temor a la muerte. Sé que se ha intensificado. Temor, respeto, reparo… Supongo que tanto por la fugacidad del tiempo como por “hacerme mayor” como tal. Procuro no pensar en ello porque, al menos de momento, es algo que me acongoja irremediablemente. Espero trabajar en ello en un futuro. De momento, el presente me mantiene lo bastante entretenida como para apartar este tema fácilmente.

2. Con 16 años escribí: jamás juzgaría a nadie por su religión, aceptaría su opinión y le escucharía. Añado un pequeño matiz: “siempre que esa religión no atentara contra los derechos humanos”. Por poner un simple ejemplo: me cuesta describir la desazón que me encoge el pecho al ver a mis compañeras de género con burka. Hay gente que dice que ellas son felices así, que han nacido con ello y se sienten más cómodas llevándolo aún habiéndose trasladado a áreas del mundo donde las mujeres muestran su rostro y eligen su vestuario con toda libertad. Este argumento me produce aún mayor desazón. Siguiendo esta línea, tremendo es el pavor que me suscitan los radicales religiosos. Nunca se sabe lo que serían capaces de hacer “en nombre de Dios” (del Dios que sea). No creo que necesite aclarar este punto mucho más.

En conclusión, ha sido interesante indagar un poco en el pasado y despertar melancolías inciertas desperdigadas por la memoria. Próximamente, mi redacción ¿Qué tipo de “sed” tengo yo? con su reflexión correspondiente.

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  1. Aún no hay comentarios.
  1. septiembre 14, 2014 en 11:51 am

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