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Archive for 6 marzo 2015

La mujer de los tres vestidos

vestidosSus tres vestidos (uno amarillo, uno rojo y uno verde) se turnaban día a día para aparecer con ella por la oficina. Siempre los mismos tres vestidos, invariablemente. Su pelo era prácticamente una fregona. Su presencia entera dentro de este conjunto suponía la motivación para que por la empresa corrieran risas malignas, comentarios desdeñosos y malintencionadas elucubraciones de todo tipo en cuanto a su vida, su falta de cuidados hacia sí misma y su falta de buen gusto.

Resultó que aquella mujer era una sin techo. Una persona sin hogar. Sin casa. Sin un lugar del que salir y al que llegar tras la jornada laboral, sin un espacio que sentir como suyo, privado, propio. Sin esa guarida donde ejercemos gran parte de nuestras actividades diarias, donde nos sentimos seguros, protegidos, a salvo. Donde preparamos nuestras comidas, donde nos acostamos en una cómoda cama bajo un techo y donde al despertarnos corremos las cortinas o la persiana para ver qué día hace.

Aquella mujer estaba privada de todo esto. El divorcio con su marido le había dejado sin nada. Dormía en su coche. Recalco: pasaba cada noche durmiendo, como se pueda dormir, en un coche. Y cada mañana, antes de ir al trabajo, se duchaba y ponía uno de sus vestidos en el gimnasio del que era miembro. Un recurso inteligente dentro de la tremenda tristeza situacional. Y la gente, en su ignorancia y fácil crueldad, de la que todos somos víctimas y culpables, se burlaba de ella. Las personas a su alrededor, inmersas en prejuicios y estrechez de miras, de los que desgraciadamente tampoco ninguno nos libramos, daban rienda suelta a sus mofas, ausentes de toda posibilidad más profunda y trágica.

Esta pequeña, terrorífica y verídica historia, que me he permitido relatar con el dramatismo que se merece, nos la contó esta semana en clase mi profesor de Dirección de Proyectos. Quería darnos a entender, y bien que lo consiguió, que nunca sabemos en qué circunstancias pueden vivir nuestros empleados o compañeros. Nunca conviene prejuzgar sin saber. Nunca nos imaginaríamos en muchas ocasiones lo que esas personas están viviendo.

Estadísticamente, nos comentó, de 100 personas, 8 se plantean el suicidio. 12 tienen grandes problemas económicos (o veintipico, no me acuerdo, probablemente en España más bien esta cifra). Y trabajan ahí, a tu lado, sin que tengas la menor idea de lo que sufren.

Recordadlo: no conocemos a nadie.

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La chica que tenía fotos de su accidente

He conocido a alguien muy especial aquí. Bueno, a más de una persona (aunque tampoco superan los dedos de una mano), pero hoy quiero hablar de esta chica. Llamémosle A.

A tiene actualmente unos treinta y pocos años. Tenía 22 cuando ocurrió: un accidente brutal del que cuando ves las imágenes de cómo quedó el coche no te explicas cómo la ocupante sobrevivió. Una suerte fortuita, una casualidad de las que te cambian la vida radicalmente, de las que te arrancan tus sueños y proyectos, de las que te plantan una realidad que nunca imaginaste y con la que has de convivir para el resto de tu existencia.

A tiene la columna rota. Pero camina. “Funny”, como ella dice, es decir, como cojeando y más lentamente que los demás, pero anda. Y habla. Mucho. Y se ríe. Más todavía. Es una persona que se preocupa muchísimo por la gente a su alrededor, que conversa con cualquier persona porque no cree que nadie merezca ser ignorado (esto también es un poco americano pero de eso hablaremos en otro momento), que te pregunta una y mil veces de distintas maneras si te lo estás pasando bien, y de verdad espera que te lo estés pasando bien y no pregunta por preguntar.

admiraciónConocí a A hará ya unos tres meses. Al principio no me di cuenta de la increíble pureza y fortaleza que tiene esta chica. Afortunadamente, por una razón o por otra hemos ido compartiendo más momentos que me han permitido ver a un ser irrepetible, que bromea con sus propios defectos y problemas, y que será de los escasos a los que recuerde con cariño en el futuro, un futuro incierto y borroso en el que la memoria y la experiencia habrían de actuar como lo hacen para esta risueña muchacha.

Ayer estuve en su casa por primera vez. Un piso bajo acogedor y llenísimo de cosas: cajas, fotos, películas (en DVD, grabadas en CDs y, atención, en vídeo; sí, en VHS, toda una reliquia), carteles de artistas (Marilyn Monroe, Elvis…), dos gatos que no son nada ariscos… Y Adornos. Un popurrí de Navidad, San Valentín y el próximo San Patrick; una fusión de rosas, rojos y verdes entrelazados con el negro característico de toda la casa y de la propia A.

En una de las paredes fue donde nos paramos y vi aquel coche reventado. Totalmente abollado por el medio como solo se ve en las películas o en las noticias de sucesos de los periódicos. Allí estaba, en medio de una casa. Se me encogió el corazón ante tan explícita estampa y le pregunté por qué la tenía ahí. Me respondió que le servía para que, cada vez que comenzara a lamentarse por haber cogido peso, por cómo caminaba y por cualquier cosa en general, no dejara de recordarle la inmensa suerte que tuvo de seguir viva.

Nos trajo más fotos de aquel desastre. Nos explicó detalladamente cómo sucedió. Yo ya sabía desde prácticamente el principio que tuvo un accidente y que por ello no caminaba bien, pero no es lo mismo cuando te ponen la tragedia en las narices con tanta naturalidad. Entré en una nube de admiración que me sigue aturdiendo.

Porque me resulta tan difícil a veces mirar atrás hacia ciertas circunstancias y no experimentar ese molesto pellizco en el pecho, ese del que soy plenamente consciente y al que sigo diciéndole que, en cuanto madure más y continúe trabajando en mi bienestar emocional, se podrá ir a hacer puñetas. Pero, ¿cuándo? ¿A qué espero? Me doy cuenta de que habitualmente me considero una persona bastante estable. Hasta que salen grietas inesperadas, hasta que los oscuros recuerdos se pasean por mi mente y desaparecen bajo el recurso de hacer otra cosa, de mantenerme activa. Y hasta que no controlo las circunstancias tanto como me gustaría.

accidente coche

No quiero confundiros: las vibraciones negativas me visitan bastante inusualmente. Pero a veces esto mismo las hace más fuertes cuando acuden, dentro de su brevedad, y dentro de mis ansias de aprender a ser feliz como objetivo existencial, que no es moco de pavo. Expresiones como “todos tenemos un día malo” y “es normal estar mal a veces” no me valen. No me gustan. No las veo necesarias, no me agrada excusar esas molestias mentales para permitirles aún más movimiento. Quiero mirarles de frente y decirles que les agradezco ponerme a prueba y hacerme tal y como soy hoy en día. Sin ese pellizco. Con convicción, con una sonrisa. Como A.

Naturalmente y siguiendo el dicho, a menudo la procesión va por dentro, y cierto es que tampoco menosprecio el valor de esos momentos crudos y lo inevitables y necesarios que son. Pero la alegría fingida se nota. El victimismo se ve a leguas. Me resulta curiosísimo cómo ciertas tragedias pueden reavivarte, dependiendo de ti por supuesto, y ciertas buenas noticias pueden provocar el efecto contrario. Hace poco leí que ganar la lotería crea en un alto porcentaje frustración y variados estados nocivos debido a no ser capaz de abarcar tal cambio vital. ¿Quién se lo iba a imaginar de primeras?

Así pues, hoy brindo (con mi estupendo Nesquick mañanero) por A y por las personas como ella, que encarnan ejemplos de motivación y de superación para todos los demás, y aprovecho para dedicarle también este post a mi padre, la principal figura digna de mi admiración en este mundo, y a mi madre, por el hambre que me ha inculcado sin darme cuenta desde pequeña hacia las cuestiones espirituales y emocionales, en las que cada vez tengo más ganas de sumergirme y explorar.

Que no nos falten nunca estas personas para abrirnos los ojos.

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