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Archive for 25 octubre 2015

Las Vegas I: ¡visitando los hoteles!

Hotel Encore, Vegas, Nevada

Hotel Encore, Vegas, Nevada

Este ha sido un mes movidito. Tras una visita a mi Jerez natal del 1 al 11 de octubre, boda incluida de una amiga pasando de vuelta por Madrid; mi hermano mayor, Víctor, llegó de visita a California el día 14 y se quedó hasta el 22, lo que me permitió tanto redescubrir el encanto de San Diego, donde resido, como convencerme del todo de que Las Vegas es el destino más emblemático en el que he estado en California-Nevada por ahora. Veremos si baja de puesto el día que visite el Cañón del Colorado.

Sí, Las Vegas es un espacio diferente a todo lo que haya visto antes. Si el turismo en este país ya me parece que tiende hacia el espectáculo y las vistas naturales, dejando el carácter histórico para el resto de continentes, Las Vegas supone el máximo exponente del concepto, inventado por mí misma así a bote pronto, “ciudad-show”.

Así pues, dos noches pasamos mi hermano, al que podéis conocer visitando su canal de Youtube Víctor Amarillo, y yo en este majestuoso espejismo en medio del desierto creado para tragarse el dinero. Por suerte, ya que normalmente los visitantes se gastan la pasta en los casinos y eventos variados (conciertos, cabarés, salas de streaptease y un largo etcétera), el alojamiento se puede conseguir a un precio bastante asequible. Nosotros nos quedamos concretamente en el Rodeway Inn Convention Center, que pertenece a una cadena, por unos 20 dólares por noche y por persona. Desayuno incluido al reservar con booking.com. En otra página intermediaria no lo ofrecían, por eso lo recalco (guiño, guiño, amantes de las comidas incluidas).

La localización del hotel/motel se encuentra al norte de Las Vegas Blvd, popularmente llamada “The Strip”, la calle de Las Vegas con todo el meollo. Recomiendo total y absolutamente recorrerla por la noche para gozar al máximo del exterior de los hoteles. Lo he disfrutado aún más que en mi primera visita a Las Vegas el pasado diciembre porque yo he sido la que guiaba esta segunda vez, lo que te hace darte mucha más cuenta de cómo está todo montado y dónde está cada cosa. Sin más dilación, os enseño los hoteles más relevantes visualmente:

En primer lugar, aunque la imagen no le haga honor ninguno por desgracia, el Venetian. Maravilloso por fuera…

Venetian Hotel, Vegas

Hotel Venetian, Vegas.

…Y por dentro con su mini-Venecia. Sin duda alguna, la ambientación interior de este hotel es la mejor de la ciudad. No solo cuenta con la arquitectura correspondiente y con góndolas y gondoleros que hasta cantan sino que incluso nos cruzamos con unos actores disfrazados dedicándole una ópera al público.

Mini-Venecia, hotel Venetian, Vegas

Mini-Venecia, hotel Venetian, Vegas

Seguidamente, el Bellagio, con su espectáculo de agua, luces y música diario. Lo lanzan cada media hora de 15:00 a 20:00 y cada quince minutos de 20:00 a medianoche. ¡Como para perdérselo!

Hotel Bellagio, Vegas

Hotel Bellagio, Vegas (foto de Víctor Amarillo)

Fue un momento épico además porque dio la casualidad de que, cuando nos pasamos por allí, pusieron la canción I’m proud to be an American (“Me siento orgulloso de ser americano”), de Lee Greenwood. ¡Patriotismo a tope! Podéis escucharla haciendo click aquí.

A continuación, de izquierda a derecha, repetimos el Bellagio, esta vez de día; pasamos por el Caesar’s Palace (bueno, por uno de sus edificios, porque el conjunto es inmenso) y culminamos con el París en el otro extremo, que también tiene un mini-París dentro, aunque no le llega ni a la suela de los zapatos a la mini-Venecia. Todo hay que decirlo: la torre Eiffel, tanto esta versión como la auténtica, por la noche es preciosa pero por el día es un amasijo de metal sin nada de magia, sinceramente.

Bellagio, Caesar's Palace y París

Bellagio, Caesar’s Palace y París

Ahora, perspectiva nocturna más amplia del Caesar’s Palace. Sí, es así de enorme, todo lo que veis le pertenece. Y no he podido incluir el panteón que tiene por entrada por encontrarse más profundo, que si no…

Caesar's Palace, Vegas

Caesar’s Palace, Vegas

Para variar, una pizca de casino en el que se incita a los visitantes a “ganar un coche”, en el hotel Mirage. No mostraré más casinos porque, sinceramente, una vez entras en uno, ya los has visto todos. Y son efectivamente como en las películas, con sus mesas de cartas, sus ruletas y sus tropecientas tragaperras, delante de las cuales no faltan las típicas señoras mayores (realmente avanzadas de edad algunas) tentando a la suerte con cara solemne.

Casino del hotel Mirage, Vegas

Casino del hotel Mirage, Vegas

Luego, el hotel Treasure Island, en cuya entrada ofrece un par de barcos de tamaño considerable. Pongo uno de ellos como muestra.

Hotel Treasure Island, Vegas

Hotel Treasure Island, Vegas

El Excalibur, que me encanta con su rollo medieval.

Hotel Excalibur, Vegas

Hotel Excalibur, Vegas

El New York New York, con una fachada impresionante: la del fondo de la imagen con los edificios cada uno de su padre y de su madre pero pegados, y la estatua de la libertad a la izquierda. También dispone de una montaña rusa y de un diminuto Nueva York en su interior, en el que nos jactamos de toparnos de cabeza con el restaurante de estilo español “Gonzalez y Gonzalez” (nuestro primer apellido), toma castaña. No puedo decir cómo estará, no lo probamos, pero fue gracioso.

Hotel New York New York, Vegas

Hotel New York New York, Vegas

Finalmente, el Luxor, el hotel egipcio a cuya pirámide le precede una esfinge del copón que no llegué a fotografiar y por lo visto mi hermano tampoco. Nada que no resuelva Google para que adoptéis una rápida impresión. Obviamente recomiendo presenciar estas maravillas en persona, no hay color. Por cierto, visita obligada al interior de este hotel. La decoración es genial.

Hotel Luxor, Vegas

Hotel Luxor, Vegas

Que conste que me costó lo mío que me cupiera cada escena deseada en las fotografías, no es tan fácil como parece, ¡estos hoteles son mastodónticos! Así que, aunque yo me haya afanado en cuadrarlos, personalmente os animo al cien por cien a intentar disfrutar de ellos sin estar muy pendiente de la cámara.

Para terminar, cartel mítico  de “Bienvenido a Las Vegas” a la entrada de The Strip, al sur de la calle.

Mi hermano Víctor Amarillo y yo con el cartelón de Las Vegas

Mi hermano y yo con el cartelón de Las Vegas

Resumiendo, solo con recorrer Las Vegas Blvd o “The Strip” veréis todos estos hoteles por fuera, entre otros. Y debéis ver por dentro, sí o sí, el Venetian y el Luxor. A partir de ahí, el París, el New York y el Excalibur tienen ambientaciones más reducidas y el resto de los hoteles mencionados si acaso ofrecen algo de decoración en la entrada pero ninguna locura.

Por lo demás, y recalcando que este post se basa en mi punto de vista (no soy una guía turística), si os gustan las tiendas, también os toparéis con ellas por doquier. Y si os interesa algún tipo de evento o cantante que frecuente Las Vegas, consultad fechas y precios antes de visitar la ciudad para matar dos pájaros de un tiro. Bastantes famosos dan conciertos allí.

¡Ah! Y hay muchas opciones para comer. Escogimos el bufé del Bellagio para un almuerzo. Siendo lunes, costó unos 24 dólares, aunque creo que no varía mucho en fin de semana. Para cenar, pedían 34 dólares. Varios hoteles ofrecen bufés y los precios son parecidos. Es apañado y mola probar, la verdad.

En la segunda parte de mi relato sobre Las Vegas os traeré un mundo anecdótico como pocos: ¡¡las capillas de boda!! Nos vemos pronto ;).

Viaje de España a California

Ya llevo cinco viajes transatlánticos hechos desde septiembre del año pasado, así que toca relatar cómo se pasa por dicho proceso. Es más, no solo me he cruzado el Océano Atlántico cinco veces sino que cada una de ellas he tenido que desplazarme también de la costa este de Estados Unidos a la oeste o viceversa, por lo que mi testimonio va a ser bien completito.

Debo mencionar que hablo desde la perspectiva de haber usado determinadas aerolíneas pero calculo que en lo básico todas ofrecerán el mismo servicio, así que me lanzo a la piscina. ¿Voláis conmigo?

Lo primero que debo decir es que las comidas incluidas en estos viajes me hacen inmensamente feliz. Soy ese tipo de persona a la que le alegran las cosas pequeñas, como los menús “gratuitos” en viajes de tropecientas horas. Cosa que no parece darse en los vuelos que cruzan el país norteamericano, no sé muy bien por qué cuando sus cinco horas de una punta a otra no se las quita nadie. Más os vale llevar algún bocadillo para no fenecer ni gastaros una pasta para comer durante estos desplazamientos nacionales.

A lo que íbamos: en mi último viaje, volé con Delta, que forma parte de Air France. Esto puede venir bien saberlo, ya que mi código de avión (DL+números) era distinto del que mostraban los pantallones del aeropuerto de Madrid (AF+números), lo cual al principio me descolocó en mi afán por tener todo bajo control. Nada que no resolví en dos segundos preguntándolo al personal del avión.

Pero antes, facturación de maleta. 23 kilos máximo. No problem. Suelo estar en el aeropuerto tres horas antes de un viaje al otro lado del charco, cosa que sinceramente no es necesaria, con dos horas o dos y media diría que va bien pero bueno, es lo recomendado y ahí que aparezco yo sola delante de la cinta que se traga tus preciados bienes tras introducir mis datos en una máquina bajo la supervisión de una azafata. Un “auto-check-in” que se han inventado para, al menos, los viajes con destino Nueva York. Paso el pasaporte por la máquina, el visado, me obliga a que un ser humano vea mis documentos (porque no voy de visita, vivo allí y tienen que comprobar cuáles son mis intenciones y si mis papeles están en regla) y listos. Hasta pronto, maleta, espero que no te sacudan mucho.

aeropuerto Madrid

Más sola que la una en la puerta de embarque

Siguiente paso: llegar a la puerta de embarque. Llego la primera y me da que precisamente por ello me registran la maleta de mano entera. Voy mejor preparada que la vez anterior: solo llevo una mochila típica de colegio y todos mis aparatos electrónicos en una bolsa dentro para sacarlos cómodamente, ya que los inspeccionan todos. Es más, Delta te pide que los enciendas y apagues. El que no furule, se queda en España. Una gracia.

Luego, a esperar. Embarque por zonas. Primero, pasajeros que necesitan asistencia o que tienen billetes con prioridad. Luego, los de la zona 1 y, finalmente, los de la zona 2, entre los que me incluyo. Es un tanto absurdo porque por ese orden dejan pasar a los que se sientan delante del avión antes que a los que se sientan detrás, lo que crea inútiles colas y ratos de espera mientras cada cual coloca sus maletas, entorpeciendo el paso. Pero bueno, allá el que haya inventado el sistema y los que lo sigan.

A la hora aproximadamente del despegue, aperitivo a elegir entre frutos secos y galletitas. Entre una y dos horas más tarde, comida, con tres opciones que varían de un vuelo a otro pero a menudo se basan en alguna clase de pasta, pollo con algo y otro plato más. Como una ya sabe que en el segundo vuelo le darán algo de picar como mucho, me como la pasta y el yogur de chocolate y me reservo todo lo demás: la ensaladita, el pan, la mantequilla…

comida vuelo

Almuerzo bien completo.

Otro par de horas más tarde, helado rico y refrescante. En un momento en el que, por fin, he entrado en calor, se agradece. Pero en los aviones frecuentemente hace un frío del copón. La siguiente foto lo demuestra (te dan mantita y almohada).

frío vuelo manta

Frío.

Finalmente, una hora y media antes de aterrizar, merienda apañada, de la cual me tomo el sandwichillo de pavo y queso y me reservo el yogur para el vuelo de Nueva York a San Diego.

Merienda en Delta

Merienda en Delta

¿A qué te puedes dedicar entre bocado y bocado? Hay una pantalla delante de ti en la que seleccionar películas. También es posible usar tu ordenador, entre otros recursos típicos como leer, dormir o lo que puedas inventarte. No se me suelen pasar mal estos viajes, la verdad. Si no fuera porque esta vez iba de empalmada tras la boda de una amiga… En fin, esto es otra historia. Ofrecen wifi y todo para usar en el avión, aunque a mí en el móvil no me tiraba ni a pedales. Quizá pruebe para la próxima en el portátil.

Wifi que no furula

Wifi que no furula

Ah, y también has de rellenar un formulario como el siguiente en relación con los artículos que haya en la maleta. Léanlo y hagan sus propias conclusiones.

Declaración de aduanas

Declaración de aduanas

Hay gente que se arriesga y se lleva su querido jamón serrano sin declararlo. Normalmente no se darían cuenta pero yo no me arriesgo, la verdad. En mi primer viaje el pasado septiembre le tocó un registro aleatorio a mi maleta facturada, así que… Vaya puntería. Lo supe porque al recogerla llevaba una pegatina informándome de ello. ¡Gracias, majetes!

Cabe destacar el vídeo de presentación y de seguridad de Delta, reproducido al inicio de cada uno de sus vuelos en las pantallitas del avión. Me llama bastante la atención, los creadores deben de haberse divertido haciéndolo. Aquí lo tenéis.

Aterrizaje sin percances. Control de pasaportes milagrosamente rápido y tras el cual te preguntan en unos mostradores a qué vienes a Estados Unidos. Lo explicas, te miran la documentación, te toman las huellas de todos los dedos y a huir.

Toca recoger la maleta facturada y facturarla de nuevo, porque es lo que tiene hacer escala en Estados Unidos: no se fían de ti. Sin embargo, si bien la primera vez que volé a California la escala en Philadelphia fue larga y pesada, en Nueva York se sucedió de manera bastante más agilizada. Cuestión de recogerla de la cinta, recorrer un par de pasillos siguiendo la señal de “Connecting flights” (“vuelos de conexión”) y dejarla en otra cinta sin más burocracia, ya que en Madrid ya le han puesto la pegatina de que ha de llegar a San Diego.

Seguidamente, cola pasable para el control de equipaje de mano. Afortunadamente esta vez solo tenía que sacar el portátil. El vigilante de seguridad estaba sembrado, estadounidense de pura cepa, con su voz grave y provocando risas entre los pasajeros con sus comentarios.

– HOW ARE YOU? (“¿cómo estás?”, me pregunta cuando me pongo delante del control de personas tras pasar la maleta de mano).

– I’m good… and you? (“estoy bien… ¿Y usted?

I’M AMAZING! (“¡estoy increíble!”, por traducirlo de alguna manera).

– I can see that haha. (Ya veo, jaja).

Un cachondo. Y nada, a ir hacia la puerta de embarque de turno y a esperar de nuevo. Os enseño el detalle del aeropuerto de Nueva York de proporcionar zonas para recargar la batería del móvil. Qué apañados ellos.

Zona de recarga de móviles. Aeropuerto de Nueva York.

Zona de recarga de móviles. Aeropuerto de Nueva York.

El vuelo de Nueva York a San Diego no tuvo mucho de particular. Se hace más pesadillo pero bueno. Pasado ya un primer control en el país, el de Nueva York; en San Diego no necesité hacer nada. Un gustazo. Remitiéndome de nuevo a mi primer vuelo en septiembre, en Los Ángeles me esperaba otro control de muy señor mío. Menos mal que vivo en San Diego… Aunque los vuelos a Los Ángeles saldrían normalmente más baratos. Total, me lo ahorro en estrés, gasolina, dinero y tiempo de ir y volver de San Diego a Los Ángeles.

Por cierto, si en vuestro segundo vuelo (o en el que sea) no os pone el asiento en el que debéis ir en la tarjeta de embarque, no os preocupéis: hay un pantallón en la misma puerta de embarque que os lo dirá. Mi nombre salía en todo el medio jeje.

Pantalla con los asientos

Pantalla con los asientos

Espero haberos dado cierta visión de lo que este tipo de viajes supone. Naturalmente, solo con cambiar de aerolínea y de destino americano ya pueden variar cosas, como las diferencias que he nombrado entre mi primera ida a California y la última, pero en esencia recomiendo ir con tiempo, sin miedo y mentalizado para estar sentado durante muchas horas. Estos sitios están preparados para ayudarte, no para hacerte la vida más difícil, como algunos irritables pasajeros piensan y se esfuerzan en exteriorizarlo para el deleite de los demás… En fin, siempre quedarán las vistas :D.

Vistas guapas desde el avión

Vistas guapas desde el avión

En cuanto al jet lag, en principio no es algo que me afecte demasiado al parecer (toco madera). Las piernas están tocadas al día siguiente sin duda pero las horas de sueño no se me vuelven locas. Aunque a muchos compañeros les pasa, así que prepararos para ello. No hay mal que por bien no venga, siempre hay cosas que se pueden hacer si uno es incapaz de volver a dormirse a partir de las 4 o 5 de la mañana, ¿no? Habrá que echarle un poco de imaginación.

¡Buen futuro vuelo!

La zona de confort

Paisaje desde el Alvia de Madrid a Jerez

Paisaje desde el tren. Terreno conocido.

La zona de confort es un estado en el que nos sentimos seguros mental y físicamente. Digamos que engloba ese tipo de actitud humana en la que uno no se permite tentar a la suerte para no desestabilizarse emocionalmente. Se rechaza el correr riesgos con el objetivo de permanecer cómodo.

¿A qué nivel se convencerá uno de que está en un estado de confort? Conocí a repetidas personas que, cuando me hallaba en Londres, comentaban que se planteaban mudarse a probar suerte por allí. Palabras que se quedan en los labios, a menudo precisamente porque es más seguro quedarse en el sitio que conoces con la gente y la cultura que conoces.

¿Seguro? Es decir, ¿es posible que compense emocionalmente quedarse en un país esperando a la oportunidad de tu vida sin saber si llegará? ¿Cuánta frustración puede provocar eso a la larga a algunas de dichas personas?

Cuidado, no digo en absoluto que todo el mundo deba salir huyendo de España. Era un sencillo ejemplo de la posible consecuencia de permanecer en la zona de confort, que finalmente se convertiría en el peor castigo, en todo lo contrario. ¿Me explico? Me parece comprensible el luchar por ella, la verdad, no todo el mundo tiene la misma capacidad ni necesidad de dar ciertos pasos. Pero creo que la zona de confort es extremadamente engañosa y que aquellos que reniegan de una posibilidad por miedo al cambio y no porque estén convencidos de su decisión por los motivos que sea acabarán sufriendo mucho más que si se hubieran tirado a la piscina.

Otro ejemplo: esa persona que, escarmentada por desagravios amorosos, opta por no confiar en nadie. Es más, decide seguir relacionándose pero conservando las distancias, evitando implicaciones sentimentales. Esto no deja de ser un remedio pasajero que frecuentemente esconde un fantasma posterior: el miedo a las relaciones serias y, finalmente, el de quedarse solo. Ojo: hacia la vida individual tampoco hay ningún problema si se está consecuentemente convencido de ello. El conflicto viene cuando no se plantean todas las posibilidades, cuando piensas que te estás protegiendo y haciendo lo correcto al no poner en riesgo tus emociones. Un narcótico pasajero que, cuando se esfume, te machacará con un síndrome de abstinencia mucho peor.

Tartas de chocolate. Bienvenida al visitar mi Jerez natal. Zona de confort elevado a la máxima potencia.

Tartas de chocolate. Bienvenida al visitar mi Jerez natal. Zona de confort elevada a la máxima potencia.

¿Qué quiero decir? Que la zona de confort, dentro de su hipotética falta de peligros, es peligrosísima. Repito: si uno toma sus decisiones consciente y consecuentemente sin la influencia de temores infundidos, sino con una base argumentativa sólida y real, es más que respetable. Hay compromisos y sacrificios que van más allá del aventurarse a hacer ciertas cosas, ¿quiénes somos para juzgar a nadie? Sin embargo, limitarse a una situación mediocre o que “no está mal” con posibilidad de mejorar no impedirá que cualquier día lejano miremos hacia atrás y nos arrepintamos, ya sin remedio, de lo que nos habría gustado hacer y nunca nos atrevimos.

Por tanto, no os dejéis llevar por el aparente confort sin psicoanalizarlo. Una de las frases más inteligentes desde mi punto de vista es: “el <<no>> ya lo tienes”. Tan simple, tan cierto. Y no solo el “no” del exterior sino los “noes” de ti a ti. El “no, esto no ha salido como quería. Pero no pasa nada, porque lo he intentado”.

Aunque tampoco hace falta irnos a circunstancias extremas y típicas relacionadas con la vida laboral y sentimental. Cualquier acción diaria resulta un mal trago para algunas personas y ningún problema para otras. Elegir qué comer, hacer deporte, elegir las palabras adecuadas ante tu jefe, ser sincero con un amigo, buscar aparcamiento, limpiar la casa, ayudar a una persona mayor por la calle.

Hablando de personas mayores… La última vez que cogí el metro de Madrid, una señora mayor accedió al vagón y la situación siguiente me horrorizó: desgraciadamente yo iba de pie y ninguno de los ocho individuos sentados entre ella y yo se levantó para cederle el asiento. Pasaron varios minutos. La mitad del grupo miraba sus móviles, la otra mitad pensaría en las musarañas o yo qué sé, pero ciegos no eran. Y yo percibía, angustiosa, la estructura de trapo de esta mujer de fácilmente 70 años, hasta que por suerte distinguió un asiento libre más alejado.

El canto de un duro me faltó para soltar allí en medio: “¿nadie va a levantar el culo para que se siente esta señora o qué?”. Increíble. Es curiosísimo cómo un ambiente en el que habitualmente me encuentro perfectamente cómoda, con cada cual a lo suyo, se transformó en un segundo en un espacio arisco y violento para mí. Como es natural, la ocurrencia de pronunciarme ante aquella gente se salía por completo de mi zona de confort también. Aquí la cosa va de unas zonas de confort y “disconfort” dentro otras eternamente. Qué cachondas ellas.

Plaza del Caballo, Jerez de la Frontera. Recuerdos positivos. Escenario familiar. Poco riesgo de "disconfort".

Plaza del Caballo, Jerez de la Frontera. Escenario familiar. Poco riesgo de “disconfort”.

Otro hecho sucedido en los últimos días se dio en mi tierra natal. Misión: encontrar un vestido para la boda de mi hermano. Desasosiego previo inminente: no soy ninguna fan de las compras. Me dan pereza, aburrimiento, cansancio, agobio. Sobre todo si encima tengo que encontrar algo en concreto. Pues si bien acerté mucho más rápido de lo esperado, más rápido quise luego salir por patas y dejar el tema de los zapatos para otro día. Zona de confort desapareciendo y apareciendo: ahora busco el traje, ahora lo encuentro, ahora quiero teletransportarme a casa. Conclusión: valió la pena porque la gestión se completó de manera satisfactoria pero tengo claro mi estado según lo que hago y las consecuencias. No gustarme ir de compras no sobrepasaba la necesidad personal de revisar por mí misma las posibilidades antes de permitir que otra persona (madre, amigas) lo hiciera por mí, porque las consecuencias podrían ser mucho peores (dentro de la poca gravedad vital en este caso concreto, claro).

Parecerá un ejemplo tonto pero cada cual todo el derecho a las no-zonas de confort más dispares, no lo olvidéis. Os lo digo: ni la primera vez que tuve que coger dos aviones de unas 8 y 5 horas de España a California me sentí tan insegura como ayer entre prendas, probadores y espejos. Con dos cojones.

Uno de los regalos.

Uno de los regalos. Me encantan los cuadernos de este rollo.

Un último ejemplo de lo más cotidiano, también perteneciente a la semana pasada: encontrar regalos. No falla: mi sensación inicial guarda siempre un halo de mini-frustración por no saber qué regalar. Pero tras darle las vueltas necesarias, cuando el elemento perfecto aparece la satisfacción e ilusión por la entrega son bestiales (hablo de mí). Sí, disfruto muchísimo cuando encuentro lo que siento como idóneo para regalar. El proceso anterior, lo tiraba a la basura. Pero es necesario para alcanzar la plenitud.

Y así con un porrón de cosas. Resumiendo, las zonas de confort suponen un mundo la mar de entretenido colgando de un hilo con dos extremos: el de las zonas que se escogen por voluntad propia y siendo consecuente con los posibles efectos posteriores, y el de las que se deciden por descarte de los riesgos a pesar del valor futuro que se pierde.

Pd: por las dudas, aquí he expuesto mi visión del concepto “zona de confort” y divagaciones varias. Para explicaciones técnicas, véase Internet ;).

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