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La zona de confort


Paisaje desde el Alvia de Madrid a Jerez

Paisaje desde el tren. Terreno conocido.

La zona de confort es un estado en el que nos sentimos seguros mental y físicamente. Digamos que engloba ese tipo de actitud humana en la que uno no se permite tentar a la suerte para no desestabilizarse emocionalmente. Se rechaza el correr riesgos con el objetivo de permanecer cómodo.

¿A qué nivel se convencerá uno de que está en un estado de confort? Conocí a repetidas personas que, cuando me hallaba en Londres, comentaban que se planteaban mudarse a probar suerte por allí. Palabras que se quedan en los labios, a menudo precisamente porque es más seguro quedarse en el sitio que conoces con la gente y la cultura que conoces.

¿Seguro? Es decir, ¿es posible que compense emocionalmente quedarse en un país esperando a la oportunidad de tu vida sin saber si llegará? ¿Cuánta frustración puede provocar eso a la larga a algunas de dichas personas?

Cuidado, no digo en absoluto que todo el mundo deba salir huyendo de España. Era un sencillo ejemplo de la posible consecuencia de permanecer en la zona de confort, que finalmente se convertiría en el peor castigo, en todo lo contrario. ¿Me explico? Me parece comprensible el luchar por ella, la verdad, no todo el mundo tiene la misma capacidad ni necesidad de dar ciertos pasos. Pero creo que la zona de confort es extremadamente engañosa y que aquellos que reniegan de una posibilidad por miedo al cambio y no porque estén convencidos de su decisión por los motivos que sea acabarán sufriendo mucho más que si se hubieran tirado a la piscina.

Otro ejemplo: esa persona que, escarmentada por desagravios amorosos, opta por no confiar en nadie. Es más, decide seguir relacionándose pero conservando las distancias, evitando implicaciones sentimentales. Esto no deja de ser un remedio pasajero que frecuentemente esconde un fantasma posterior: el miedo a las relaciones serias y, finalmente, el de quedarse solo. Ojo: hacia la vida individual tampoco hay ningún problema si se está consecuentemente convencido de ello. El conflicto viene cuando no se plantean todas las posibilidades, cuando piensas que te estás protegiendo y haciendo lo correcto al no poner en riesgo tus emociones. Un narcótico pasajero que, cuando se esfume, te machacará con un síndrome de abstinencia mucho peor.

Tartas de chocolate. Bienvenida al visitar mi Jerez natal. Zona de confort elevado a la máxima potencia.

Tartas de chocolate. Bienvenida al visitar mi Jerez natal. Zona de confort elevada a la máxima potencia.

¿Qué quiero decir? Que la zona de confort, dentro de su hipotética falta de peligros, es peligrosísima. Repito: si uno toma sus decisiones consciente y consecuentemente sin la influencia de temores infundidos, sino con una base argumentativa sólida y real, es más que respetable. Hay compromisos y sacrificios que van más allá del aventurarse a hacer ciertas cosas, ¿quiénes somos para juzgar a nadie? Sin embargo, limitarse a una situación mediocre o que “no está mal” con posibilidad de mejorar no impedirá que cualquier día lejano miremos hacia atrás y nos arrepintamos, ya sin remedio, de lo que nos habría gustado hacer y nunca nos atrevimos.

Por tanto, no os dejéis llevar por el aparente confort sin psicoanalizarlo. Una de las frases más inteligentes desde mi punto de vista es: “el <<no>> ya lo tienes”. Tan simple, tan cierto. Y no solo el “no” del exterior sino los “noes” de ti a ti. El “no, esto no ha salido como quería. Pero no pasa nada, porque lo he intentado”.

Aunque tampoco hace falta irnos a circunstancias extremas y típicas relacionadas con la vida laboral y sentimental. Cualquier acción diaria resulta un mal trago para algunas personas y ningún problema para otras. Elegir qué comer, hacer deporte, elegir las palabras adecuadas ante tu jefe, ser sincero con un amigo, buscar aparcamiento, limpiar la casa, ayudar a una persona mayor por la calle.

Hablando de personas mayores… La última vez que cogí el metro de Madrid, una señora mayor accedió al vagón y la situación siguiente me horrorizó: desgraciadamente yo iba de pie y ninguno de los ocho individuos sentados entre ella y yo se levantó para cederle el asiento. Pasaron varios minutos. La mitad del grupo miraba sus móviles, la otra mitad pensaría en las musarañas o yo qué sé, pero ciegos no eran. Y yo percibía, angustiosa, la estructura de trapo de esta mujer de fácilmente 70 años, hasta que por suerte distinguió un asiento libre más alejado.

El canto de un duro me faltó para soltar allí en medio: “¿nadie va a levantar el culo para que se siente esta señora o qué?”. Increíble. Es curiosísimo cómo un ambiente en el que habitualmente me encuentro perfectamente cómoda, con cada cual a lo suyo, se transformó en un segundo en un espacio arisco y violento para mí. Como es natural, la ocurrencia de pronunciarme ante aquella gente se salía por completo de mi zona de confort también. Aquí la cosa va de unas zonas de confort y “disconfort” dentro otras eternamente. Qué cachondas ellas.

Plaza del Caballo, Jerez de la Frontera. Recuerdos positivos. Escenario familiar. Poco riesgo de "disconfort".

Plaza del Caballo, Jerez de la Frontera. Escenario familiar. Poco riesgo de “disconfort”.

Otro hecho sucedido en los últimos días se dio en mi tierra natal. Misión: encontrar un vestido para la boda de mi hermano. Desasosiego previo inminente: no soy ninguna fan de las compras. Me dan pereza, aburrimiento, cansancio, agobio. Sobre todo si encima tengo que encontrar algo en concreto. Pues si bien acerté mucho más rápido de lo esperado, más rápido quise luego salir por patas y dejar el tema de los zapatos para otro día. Zona de confort desapareciendo y apareciendo: ahora busco el traje, ahora lo encuentro, ahora quiero teletransportarme a casa. Conclusión: valió la pena porque la gestión se completó de manera satisfactoria pero tengo claro mi estado según lo que hago y las consecuencias. No gustarme ir de compras no sobrepasaba la necesidad personal de revisar por mí misma las posibilidades antes de permitir que otra persona (madre, amigas) lo hiciera por mí, porque las consecuencias podrían ser mucho peores (dentro de la poca gravedad vital en este caso concreto, claro).

Parecerá un ejemplo tonto pero cada cual todo el derecho a las no-zonas de confort más dispares, no lo olvidéis. Os lo digo: ni la primera vez que tuve que coger dos aviones de unas 8 y 5 horas de España a California me sentí tan insegura como ayer entre prendas, probadores y espejos. Con dos cojones.

Uno de los regalos.

Uno de los regalos. Me encantan los cuadernos de este rollo.

Un último ejemplo de lo más cotidiano, también perteneciente a la semana pasada: encontrar regalos. No falla: mi sensación inicial guarda siempre un halo de mini-frustración por no saber qué regalar. Pero tras darle las vueltas necesarias, cuando el elemento perfecto aparece la satisfacción e ilusión por la entrega son bestiales (hablo de mí). Sí, disfruto muchísimo cuando encuentro lo que siento como idóneo para regalar. El proceso anterior, lo tiraba a la basura. Pero es necesario para alcanzar la plenitud.

Y así con un porrón de cosas. Resumiendo, las zonas de confort suponen un mundo la mar de entretenido colgando de un hilo con dos extremos: el de las zonas que se escogen por voluntad propia y siendo consecuente con los posibles efectos posteriores, y el de las que se deciden por descarte de los riesgos a pesar del valor futuro que se pierde.

Pd: por las dudas, aquí he expuesto mi visión del concepto “zona de confort” y divagaciones varias. Para explicaciones técnicas, véase Internet ;).

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