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Cuando no encuentras “tu pasión”

Tony RobbinsAcabo de ver un documental bastante inspirador llamado “Tony Robbins: A Date With Destiny” centrado en la actividad profesional del señor del título que consiste en, digamos, ayudar a otros a encontrar su camino, a darse cuenta de qué es lo que les está impidiendo avanzar y qué hacer para superarlo. Más o menos. Entre todas las actividades de coaching a las que se dedica Tony, esta producción cubre un evento anual que se basa en una especie de convivencia con talleres temáticos, dinámicas de grupo, etc., de una semana de duración y que cuesta unos €5000 euros (no estoy segura de qué incluye y qué no).

Tras ver el docu, estoy segura de que a los asistentes a la convivencia les habrá servido con creces la experiencia, pero me alegro de que hayan lanzado la película porque, con ese precio, pocos nos íbamos a enterar de la labor del buen hombre. Si aún no se os ha pasado el susto por el coste del programita, recalcaré que la historia transcurre en Estados Unidos, donde servicios como este, y de otros muchos tipos, cuestan un coj*n y medio. ¡Bienvenidos a la tierra de las oportunidades!

Pero la idea no es hablar de los sablazos económicos americanos, sino del tema que pone sobre la mesa: resolver cuentas pendientes emocionales, encauzar nuestros caminos, crearnos metas, encontrar nuestra identidad y entender que todo lo que nos ha pasado nos hace como somos y, por tanto, hay que dar gracias por ello con amor.

Mira que estas cosas me conmueven en el momento y hasta me las creo, las siento y me entra el gusanillo de poner esa filosofía en práctica en mi vida. Pero eso es un curro psicológico diario en un mundo en el que me cuesta mucho aceptar las perrerías humanas y, desde un punto de vista, por supuesto, egoísta, en el que, oh dios mío… ¡No encuentro mi pasión! Y no estoy segura de hasta qué punto tengo que encontrarla o me han vendido que debería encontrarla. Supongo que es una forma poética de fomentar que nos busquemos objetivos, metas, razones de ser, causas en las que volcarnos para mantenernos motivados, para ver esa chispa a la vida, para no marchitarnos de aburrimiento, hastío y asqueamiento. Sí, esta versión me gusta más. A mí. Cada uno que se busque la que le sirva, que no todo el mundo se va a regir igual.

Y, sin embargo, aquí me veo, con las carnes abiertas tras ese torrente espiritual e incitador inyectado por mi adorado Netflix, intentando desesperadamente dilucidar qué me pide el cuerpo hacer para satisfacer esas ansias auto-realizadoras. Y, sinceramente, el cuerpo me pide más bien poquito. Como mucho, una duchita. Así que, tras el fracaso del cuerpo iluminador, he pasado a intentar forzar a mi mente a hallar aquello que haría de mi existencia algo realmente significativo o, al menos productivo. Las primeras candidatas, de rollo más artístico o intelectual, han sido escribir algún relato o seguir con un curso online sobre liderazgo. Tras rechazarlas por pereza máxima, se me ha venido la idea de salir a caminar y a comprar el pan, o escribir en el diario, o cocinar algo guay… La cosa se ha quedado en lavar los platos y navegar por internet cual zombi.

¿Por qué no ha funcionado? Supongo que porque todo lo pensado son deberes y responsabilidades inventados por mi cabeza y que no pueden estar ya más cocidos, rebozados y recalentados en el patio de mis neuronas veintinueveañeras. Porque no me acaba de salir aquello que se supone que ha de brotar de mi mismísima alma, y no sé si saldrá. Que sí, que una no se topa con el sentido de su vida en cuestión de dos horitas, pero no me acaba de convencer tanta paja mental en torno a la felicidad que nos espera una vez demos con ello porque creo que se trata del camino. Con una meta, sin duda, pero del camino, sus tropiezos y sus logros. Y nos están educando para mandar a tomar por saco el camino y priorizar la valía de los triunfos, que están muy bien pero, al volverse el núcleo de la felicidad, crea una insatisfacción terrible.

A ver, obviamente me alegro un montón por todos aquellos que encuentran una pasión, pero empiezo a ver el mundo un tanto sobrecargado de tanta reflexión y psicoanálisis derivados en exigencias existenciales, y no me parece bien vivir con esa presión constante de tener que encontrar por coj*nes la respuesta definitiva. Justo en una parte del documental, al personaje de interés en cuestión le preguntan en qué momento vivió su “despertar”. Él, de manera muy acertada, en mi opinión, comenta que no ha habido un único momento determinante, sino una buena cantidad de ellos a lo largo de su vida. ¡Equilicuá!

En fin, no os preocupéis, que basta con que publique esto para que, al rato, vuelva a estar yo en modo (léase con voz épica) EN BUSCA DE LA PASIÓN PERDIDA (o pasiones, ¿quién dice que hay que tener solo una?). Y, si no, tan a gusto que me he quedado quitándome de en medio la pila de platos por fregar.

Fragmento de la novela Demián, de Hermann Hesse

Fragmento de la novela Demián, de Hermann Hesse

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¡Un año en Berlín!

Cuando me preguntan si me gusta Berlín, me quedo dubitativa. Tras pasar por varios lugares, necesito preguntas más específicas.

¿Me gusta la ciudad? He recorrido algunos de los típicos sitios turísticos e históricos, lo cual siempre es muy interesante, pero me imagino asentándose en otro tipo de ciudad. Demasiado extensa, oscura, con obras constantemente, con un clima muy desagradecido, con un idioma que nunca me planteé aprender y con buena parte de actividades culturales que, consecuentemente por la ignorancia del idioma, no puedo entender. Culpa mía, totalmente reconocida. Calculo que mi estado actual cuerpo-mente empieza a anhelar un lugar de residencia más permanente y que me aporte esas cosas que te apetecen más cuando te vas “haciendo mayor”.

¿Me gustan los servicios de la ciudad? Sí. Salvando las distancias, tengo supermercados a mano y los servicios fundamentales, un seguro médico integrado en la nómina al estilo de España, no abusivo como en Estados Unidos; unos precios generales asequibles, provocados por una ciudad con recursos inesperadamente más humildes, a pesar de ser la capital, que otras del país como Munich, Hamburgo, Francfurt, Stuttgart, etc., bastante más ricas y caras. Mejor no hablar de la gastronomía nacional, pero eso sí: Berlín ofrece un buen abanico de restaurantes de todo tipo.

currywurst

¡Currywurst!

¿Me gusta el idioma? En verdad, ¡no me disgusta! Cuando llegué hace un año y me apunté de inmediato a una escuela para estudiar el A2, tras haber estudiado el A1 durante el verano en Jerez, me di cuenta de que no era tan complicado. En el sentido de que no era el chino que me esperaba, una cosa totalmente opuesta a lo que me resulta familiar.

Aparte de sus famosas declinaciones, que no es momento de tratar de explicar ahora, la gramática no deja de tener una lógica similar a la nuestra, y muchas palabras se asemejan a sus homólogas en inglés y en francés. Si percibiera que mi estancia fuera a durar un tiempo relevante, seguiría con ello, pero a estas alturas de la vida tengo otras prioridades e intereses. No vine por el país ni su idioma, vine porque aquí destinaron a mi pareja y mi objetivo era ganarme las papas. ¡Dicho y hecho! Es más, si he de aprender un idioma, antes va el francés.

No obstante, jamás se me ocurrirá exigir a los alemanes que me hablen en inglés ni daré por hecho que el país entero sea bilingüe, porque no es así en absoluto. Estando aquí, lógicamente el esfuerzo por integrarme depende de mí, y ante todo hay que respetar la cultura nativa, sus costumbres y su forma de vivir y de pensar. ¿Estaría más a gusto si hiciera un mejor clima y el estilo de vida se pareciera más al español o al francés? Seguramente. Pero esto no es España ni Francia, aspecto muy importante de asimilar cuando se visita o se vive en un lugar que no es el de origen. Para no explorar con la mente abierta y quejarse de todo lo que es distinto, mejor no salir de casa.

puerta Brandeburgo Berlín

Puerta de Brandeburgo

¿Me gusta la gente? ¡Berlín es un popurrí de culturas! Me he relacionado con muy pocos nativos y mi trato habitualmente ha sido cordial, nada que destacar. No me gusta generalizar, así que, a falta de integración en este aspecto, mejor no decir más, al menos en cuanto a los alemanes. Disfruto mucho de mis ámbitos sociales, basados en algunas amistades individuales y mi equipo del trabajo, formado unas 14 personas y nueve nacionalidades distintas, ¡para que os hagáis una idea!

Lógicamente, el encontrarme con este tipo de ambiente multicultural también lo provoco yo misma ante la necesidad de trabajar y la limitación del idioma, ya que naturalmente en Berlín la mayoría de las empresas estarán formadas por trabajadores alemanes.

Torre de Televisión

Torre de Televisión

¿Me gusta mi vida en Berlín? Dejando de lado la fecha incierta de caducidad de esta etapa, sin duda. Por primera vez, los típicos pilares de la vida están en un equilibrio fantástico: tengo un trabajo aparentemente más estable, que me permite sobrevivir e incluso ahorrar un poco, con unas condiciones laborales bastante buenas y un ambiente estupendo, al menos con mi equipo, y tal vez con posibilidades de crecer.

Y soy muy, muy feliz sentimentalmente y con la práctica de una existencia simple. No necesito muchas reuniones sociales (unas pocas sí), fiestas, viajes, evasiones de la cotidianeidad. Llegar a casa tras el trabajo, cenar algo rico y ver una serie o película con mi pareja es una de mis actividades favoritas. O leer mientras él hace cualquier otra cosa a mi lado, o tomar un café con un amigo y conversar, o pasear por la ciudad, o cenar un día cualquiera en un tibetano con una compañera de trabajo, y así con múltiples ejemplos igual de sencillos. La ausencia de necesidad, más allá de las básicas lógicamente, hace tu vida maravillosamente completa.

¡Con lo que yo era! Me dicen, me digo. Supongo que he agotado las reservas de vida nocturna y viajera, al menos por una temporada. Muy divertidas pero muy agotadoras y volubles. En estos tiempos, me interesa más mirarme de frente y examinarme, conocerme, cultivarme, cuidarme.

Berlín, siempre estaré profundamente agradecida por lo que me has dado, por lo que me das, y me aseguraré de aprovecharte al máximo. No tengo ni idea en este momento de cómo se sucederán los acontecimientos, para no variar, pero sí que hay una diferencia, y está en la sensación de estar avanzando de manera más determinada y satisfactoria en la dirección correcta, personal, laboral y espiritualmente.

Cómo espantar a un cliente en dos segundos

atención al cliente 2¿El cliente siempre lleva la razón? No. Por supuestísimo que no. Pero de ahí a hacer sentir al cliente como si no tuviera ni pajolera idea o estuviera cometiendo una atrocidad con lo que te está pidiendo, hay un paso. Obviamente habría que ver en profundidad el tipo de producto o servicio que ofrece el profesional y el tipo de petición que el cliente le está haciendo. Pero creo que todo se puede explicar de manera que el cliente comprenda el punto de vista desde la experiencia y no salga espantado, a menos que la intención sea precisamente esa por parte de la empresa o profesional individual.

¿A qué viene esto? Pues se debe a que recientemente he pasado por una vivencia considerablemente incómoda, en concreto en una peluquería. Reconozco que casi siempre que pido que me escalonen el pelo con la primera capa a la altura de la ceja, cosa que llevo haciéndome desde hace años, a los peluqueros parece chirriarles un poco esa petición. Se resisten, siempre quieren dejarla más larga, con el resultado del perímetro de pelo en torno a la nuca más abultado en lugar de todo el cabello uniforme desde lo alto de la cabeza hasta las puntas, lo cual me da una rabia tremenda y por ello procuro describir en detalle lo que quiero.

Si bien estoy familiarizada con la reacción de los peluqueros, la de esta vez me dejó patidifusa nada más explicar lo que quería. “¡Eso va a quedar horroroso!” me soltó de inmediato. Como una, a pesar de estar en edad más que adulta, se sigue quedando con cara de pez cuando le pillan desprevenida, traté de explicar humildemente en mayor profundidad el motivo de mi preferencia en medio del brutal impulso de salir de allí por patas. Bueno, pues durante la media hora que estuve allí, corrieron perlas del tipo:

  • ¡Yo eso no te lo hago!
  • ¿Alguna vez te han cortado la capa así? (Sí) ¿¿Por la ceja?? (Sí).
  • Es que venís y pedís cosas como si todo se pudiera hacer…
  • ¿Te corto más? (Sí). ¡Pues no digas que te lo he hecho yo!

A mí me tenía que tocar, que ni siquiera me gusta ir a la peluquería, que voy por pura necesidad. Flipando en colores me quedé, no tiene otro nombre. Supongo que mi actual puesto en atención al cliente me da aún más perspectiva sobre el trato tan reprobable que me proporcionaron. Sin duda ella sabrá muchísimo más de peluquería que yo, pero me da que de marketing y atención al cliente, poco.

Además, vamos a ver, ¿estilos de pelo horribles? ¿Quién decide eso hoy en día, con la cantidad de peinados de todo tipo que rulan por el mundo? Me parece algo tan extremadamente subjetivo que alucino con que una peluquera se escandalice. ¿Se planteó en algún momento cómo me sentarían sus palabras, ya no solo como clienta sino como ser humano? ¿Será consciente de la crucial repercusión que tiene su servicio de cara a mi experiencia, a cómo la transmita a otros y a mis ganas de volver o de recomendarla? Lo increíble es que al final me cortó como deseaba, con más razón para preguntarme: ¿era necesaria aquella pataleta quejicosa gratuita?

peinados

Pongo el ejemplo que se me pasó por la mente: una servidora trabaja en atención al cliente en Booking.com, plataforma de encuentro entre personas que buscan establecimientos para viajar por cualquier motivo (placer, trabajo, etc.) y aquellos que los ofrecen. Específicamente asesoro a este último tipo de cliente, el cliente-colaborador, el que ofrece el alojamiento, que puede ser un hotel de cinco estrellas, un bed & breakfast o un apartamento particular, entre muchas otras categorías.

¿Qué pasaría si le dijera a un cliente, por ejemplo, que “con sus fotos espantosas no iba a hacerle una reserva nadie en su vida”? ¿O con sus “precios abusivos”? ¿O reprocharle que alquile su alojamiento en determinadas estaciones y no todo el año? Absurdo. ¿Habrá formas y formas de expresar hacia un cliente de manera muy educada y positiva, aunque clara y determinante cuando haga falta, cómo hacer las cosas mejor, y aceptar sin resistencia la decisión final de ese cliente, si acaso puntualizando que sería su responsabilidad para cubrirse las espaldas?

enfadoVolvemos a lo mismo: cada gremio profesional tiene sus técnicas, procesos, posibilidades y tipos de clientes. Lo que vengo hoy aquí a recalcar es que no nos damos cuenta de cómo cada una de nuestras palabras puede influir de manera fulminante sobre el estado de ánimo de una persona, y por supuesto sobre su percepción de nuestro servicio, y más si se trata de su primera vez con nosotros.

Independientemente de la fuerza mental de cada uno para asumir los golpes de la vida, nuestra actitud para con los demás cuenta, y mucho. Cada contestación, comentario, queja, piropo, reclamación, insulto… Se impregna como un chicle a la suela de un zapato, y no todo el mundo es capaz de sacudírselo con la misma rapidez. A menudo, las sensaciones negativas provocadas por comentarios ajenos duran horas en retirarse de nuestra mente. Si todos fuéramos más responsables a la hora de canalizar nuestras opiniones o argumentos hacia los demás, evitaríamos mucho dolor, mucha pérdida de tiempo dándole vueltas a algo dañino.

No os preocupéis, no me afecta para nada la actitud de aquella peluquera, pero me chocó y no me parece adecuada. Aprecio como la que más la naturalidad, la espontaneidad, la sinceridad. No los rapapolvos gratuitos. He llegado a tener a una clienta llorando al teléfono porque otro agente le había tratado mal. Desconozco lo que ocurrió a ciencia cierta, por lo que no soy quién para juzgar; solo sé que, de manera consciente o inconsciente, se le había herido y necesitaba mi apoyo y ayuda. Para ofrecer un servicio al público, hay que tener paciencia y empatía. ¿No eres el profesional, el que sabe del tema? Entonces, compórtate y explícate como un profesional, no como un cateto chabacano y engreído. Y trata bien a la gente, no como si fueran unos ignorantes. Te lo agradecerán.

atención al cliente

El feminismo es necesario. Y la educación, mucho más

Cielo gris, lluvia intermitente. El clima se ha levantado del mismo humor que yo, al igual que anoche al salir de casa a tomar algo se mostraba sorprendentemente agradable, bajo el abrigo por supuesto, al compás de mi ilusión por reunirme finalmente con mis compañeros del turno de tarde, con horarios más complicados para coincidir.

Berlín es muy oscuro, o al menos la zona por la que me asomé al salir del metro sobre las 22:00. Tenía tiempo, así que me dediqué a explorar la calle para localizar la parada de autobús que me convenía para volver. Poca gente, sensación de alerta activada. Euforia interior al localizar la parada y seguidamente encontrar el bar propuesto, oscurísimo por dentro también. Nos quedamos fuera, había menos ruido y no se estaba mal.

Me lo pasé muy bien. Charlamos, bromeamos, nos reímos. Dibujé en mi mente las nuevas experiencias que me estaban transmitiendo, vivencias pasadas, opiniones, visiones del mundo, permitiéndome conocerles un poco mejor, saboreando esa feliz agitación de profundizar emocionalmente con potenciales amistades futuras.

Entonces, llegaron las 2 de la mañana, junto con la evidencia de que mi casa era la más lejana del área, y de que no había comprobado correctamente el horario de los autobuses. Esperé unos 20 minutos. Llegó un autobús de dos pisos y me puse en primera fila en la planta superior, rememorando mi época londinense. ¡Cuántas veces regresé a casa tras salir de fiesta! Una hora de vuelta en la capital británica; 45 minutos aquí la pasada noche. El camino procedió con normalidad, y con la cierta impaciencia que suele acompañar a las vueltas a casa, in crescendo conforme me hago mayor y me decanto definitivamente por la vida diurna más que por la nocturna.

De la parada del autobús a mi casa hay apenas cinco minutos a pie, incluso menos. Y, hasta que no abrí la puerta exterior del edificio, no me di cuenta de que me seguía un hombre. Mi impulso fue empujar la pesada puerta para cerrarla pero él puso su mano sobre ella y, por una milésima de segundo de duda en cuanto a si viviría allí, le dejé entrar. Su reacción inmediata fue hablarme, haciéndome caer inmediatamente en que no cerrarle la puerta en las narices había sido un error.

Le digo una primera vez que me deje en paz. Se aproxima y hace el gesto de abrir los brazos como para coger mis manos mientras sonríe, ignorando mi total y repetida negativa e incluso arrinconándome en una esquina del portal interior. Insistencia. Mucha. Demasiada. Frena cuando empiezo a hablar más fuerte, aunque no acaba de largarse. Me escurro sin dejar de decirle que no, que me deje en paz, que se largue. No sé si me entiende al hablarle en inglés y él a mí en alemán pero en ese tipo de circunstancias sobran las palabras, los gestos y la expresión facial lo dicen todo… a quien quiera escuchar. Allá por la quinta o sexta vez, por fin agarra el maldito picaporte y se marcha, aún a tiempo de que mi pareja se asomara por la puerta de casa y saliera a decirle que llamaría a la policía.

Todo fue muy rápido, casi no me dio tiempo a sentir miedo entre la sorpresa y la repulsión. El problema es lo que ha venido después: la conciencia plena sobre la realidad que expone ese hecho, la fuerza con la que la imagen se está paseando una y otra vez por mi mente, y el temor innato. Por mí, por mi género, por la lacra que llevamos tatuada en la cara, en el cuerpo, solo por haber nacido mujeres, o cualquier otra identidad que no coincida con un hombre blanco heterosexual en realidad. No se puede rebajar al argumento feminista, ni a ningún otro que defienda derechos humanos, clasificándolo de tontería, de innecesario, de exagerado, de “feminazi”, con la barbaridad de afrentas que suceden día tras día, desde el “simple y breve” acoso que sufrí en carne propia ayer hasta los crímenes más graves.

Sinceramente, hoy en día no me importa que un hombre abra una puerta y me deje pasar primero, no necesito que en los discursos se diga “ciudadanos y ciudadanas”, no creo que siempre que un chico mire a una chica, el acto suponga una situación machista. Comprendo la importancia de prestar atención a estas y muchas otras actitudes pero antes, mucho antes, hoy en día, lo único que quiero es respeto como persona y ser humano. Lo demás vendría consecuentemente de manera natural, o al menos más fácilmente, desde mi punto de vista, partiendo de una base tan lógica y fundamental como la del respeto y la tolerancia a los demás.

Y, para difundirlos, hace falta llevar a cabo una labor de re-educación intensa y exhaustiva, no solo desde las asociaciones feministas y de todo tipo centradas en los grupos desfavorecidos, como si fuera algo en lo que no debiéramos contribuir todos, ni solo desde la intimidad y el ambiente familiar de cada uno, sino desde los colegios, institutos, universidades, gobiernos, múltiples instituciones locales y globales. Sin esto, sin una intención y puesta en práctica conjunta y unificada por expandir el respeto y la tolerancia, los detalles cotidianos son muy difíciles de pulir. La historia nos enseña que los cambios llevan mucho, mucho tiempo. Cuanto más significativos, más tiempo y dolor conllevan. Y van paso a paso. Y empiezan por el principio.

Porque, que alguien me diga: ¿qué maldita necesidad tengo de sentir miedo? ¿De que me persigan? ¿De que me insistan? ¿De que alguien se crea con el derecho de abordarme en el portal de mi casa? ¿De creerse que me pueden arrinconar, que me pueden tocar? ¿De que mi novio me tenga que abrazar durante minutos mientras me tiemblan las piernas? ¿De levantarme pensando en apuntarme a clases de defensa personal y comprarme un spray anti-violadores? ¿De no querer volver a salir tarde nunca más? ¿De arrepentirme de ponerme medias en lugar de vaqueros? ¿De encontrarme en el resumen del periódico que los títulos más leídos de las últimas 24 horas han sido “En el Hormiguero no son los únicos: Scarlett, ¿llevabas bragas en el rodaje?” y “La policía apunta al robo como móvil del asesinato de un bebé y la violación de la madre y la hermana en Mexico”? ¿De enterarme un día de buena mañana que a un amigo un grupo homófobo le ha pegado una paliza? ¿De que maten a docenas de gais y lesbianas en una discoteca? ¿De que un fanático haya decidido arrollar a quien pillara con un camión? ¿De que un hombre sea asesinado por ser negro? ¿De que a una chica un imbécil le dé una patada sin venir a cuento mientras baja las escaleras del metro haciéndole caer de bruces? ¿De que en Rusia mueran cada año 14.000 mujeres (que se sepa) por agresiones machistas y encima conviertan estas en “faltas administrativas” en lugar de delitos porque “¿cómo se va a mandar a alguien a la cárcel por una torta?”?

La educación y el respeto es cosa de todos, y no funciona limitarnos a intentar transmitirlos lo mejor que podamos en nuestra propia casa. Pero tampoco sé qué cojones hace falta para que se tome como un asunto de prioridad universal.

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Próximo destino: Berlín

Parece que fue ayer cuando aterricé desde Estados Unidos, y han pasado cuatro meses. Cuatro meses muy especiales en mi tierra natal, con alguna escapada a la tierra de mi pareja (Alsacia, Francia), alguna de él a Jerez y una conjunta a Berlín para buscar, y afortunadamente encontrar, piso, tema en el que mucha gente las pasa canutas en Alemania, hasta los alemanes.

2016-08-31-19-46-40Cuatro meses muy especiales porque el estar por una temporada mayor a una semana en casa de mis padres es un regalo muy excepcional. Y he procurado aprovecharlo como se merece, saboreando las pequeñas cosas de cada día: comidas en familia, charlas, bromas, paseos, mandados. La comunicación cara a cara que, por mucho que el Skype trate de suplirla, no tiene color.

Oh, y por supuesto buena parte de mi tiempo se ha sucedido en torno a un curso intensivo de alemán más las horas correspondientes de estudio en casa, ya que a mi chico le han destinado a la susodicha capital por trabajo. Es gracioso porque siempre he rechazado de plano la posibilidad de estudiar este idioma. No contaba con que el destino me lo pondría ante mis narices.

Ahora que llevo bajo el brazo un humilde A1 o nivel básico, me da menos miedo. Cuestión de poner esfuerzo y dedicación, los idiomas no vienen solos. ¡Universo, dame paciencia y perseverancia! Además, según he leído, el inglés no está tan extendido por allí como se piensa y es fundamental saber alemán si se aspira a la mayoría de puestos laborales más cualificados.

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“El amante japonés”, Isabel Allende

Pero claro, una ha leído tantas cosas en las últimas semanas que ya no sabe ni qué siente ante este nuevo pozo de incertidumbre. Supongo que una especie de gran ilusión agitada. Demasiadas horas pensando en Alemania, más que en toda mi vida, y ni siquiera estoy allí todavía. Hoy, en especial, me gustaría mandar un mensaje de reflexión y de empatía hacia los que emigramos una, dos o las veces que toque en la vida.

¡Ojo! No me he sentido ofendida ni dolida por ningún comentario ajeno, pero sí me ha llamado la atención la positividad inmediata con la que se contemplan los movimientos de otras personas. Habitualmente, al decir que he estado en Londres, en California y que ahora voy a Berlín, o nombrando únicamente uno de estos destinos, lo mismo da; muchas reacciones son del tipo “¡qué guay!”. Y lo entiendo. La cabeza se llena de sitios nuevos por descubrir, de gente por conocer, de una arquitectura y una historia por explorar, de mejores posibilidades laborales y un largo etcétera.

Pero a menudo no se cae en las horas y horas de investigación, seguidas de todo tipo de sensaciones, que cada cambio de vida requiere. No se piensa en el tiempo esfumado entre buscar casa, informarse del papeleo necesario, arreglar el CV y sucedáneos, ver cómo funcionan las cosas en general, tratar de hacerse una idea de la otra cultura y sus diferencias con la propia, aceptar esas diferencias y aún así prepararse para que te salpiquen en la cara en el terreno de juego, encontrar y recorrerse las múltiples páginas de empleo del próximo destino, tratar de encajar en un grupo una vez allí… Por no hablar de mentalizarse para no entender ni jota durante una temporadilla, y para no entender al 100 por 100 en años.

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“El amante japonés”, Isabel Allende

Tampoco suele pensarse en lo que supone la separación del nido familiar y amistoso, o de las relaciones establecidas en cada lugar donde se vive por un tiempo; de la comida de la patria, del uso del lenguaje español en toda su plenitud, de la zona de confort en general. No se considera el desequilibrio emocional que se mantiene al acecho en este tipo de circunstancias ni la mayor dificultad para escaparse a territorio conocido en caso de necesitarlo.

Así que, frente a mis queridos 50 kilos de equipaje preparados para partir mañana con rumbo semi-desconocido, invito al mundo a ser lo bastante curioso como para indagar más allá de la primera impresión, para cuestionar ese halo prometedor de felicidad, para valorar el reto que implica cada cambio de espacio y para tomar nota hacia sí mismos y lo que les hace sentir conocer esas experiencias en los demás. Tal vez se decidan a dar el paso. O a no hacerlo. Quizá ese análisis les ayude a conocerse y entenderse mejor a sí mismos.

No me afectará si esto jamás ocurre, cada cual tiene su círculo de personas con quienes profundizar, pero… ¡creo que se formarían conversaciones y reflexiones realmente interesantes!

P. D: por las dudas, a pesar del tema del idioma y la búsqueda de trabajo, que me traen de cabeza, estoy muy contenta de haber vuelto a Europa y ante la perspectiva de vivir en Berlín el tiempo que corresponda. A ver qué se cuece por allí :).

Con el corazón en un puño de colores

No sé muy bien por dónde empezar a comentar, o más bien condenar, la masacre ocurrida en el local gay de Orlando que ha dejado 49 muertos y 53 heridos (por ahora). ¿Cómo expresar únicamente con palabras lo que se siente ante un crimen de tal magnitud y falta de sentido? Tan lejos y tan cerca, tan terrible y tan inhumano. Nunca entenderé cómo un individuo puede acumular tanta aversión hacia un sector de la población que alcance el punto de concederse a sí mismo el derecho de arrebatarles sus vidas. Vidas que no se interponían entre otras personas y sus propios derechos, sino que simplemente actuaban conforme a sus creencias, valores y preferencias sin hacer daño a absolutamente nadie.

Hoy, todo el mundo tiene la obligación de darse cuenta de que 49 personas, y quizá más en las próximas horas según progresen los heridos, y muchas otras del pasado y del futuro, han muerto y morirán… ¡por ser ellas mismas! En este caso, por mantenerse fieles a su condición sexual, hecho que no comprendo por qué debe importarle a nadie. ¿Cómo es posible juzgar a alguien por el sexo de la persona con la que decida compartir su existencia? ¿Qué voz ni voto cree tener alguien ajeno? Una incongruencia total. Es más, estas decenas de personas han sido asesinadas en un lugar específicamente preparado para que puedan expresarse tal y como su naturaleza y sus almas, que no enfermedad ni error de fábrica de ningún tipo, les piden, y tal y como les invita un local creado precisamente para proporcionarles un rincón en el que no sentirse despreciados y marginados como les ocurriría, por desgracia, en muchos otros espacios.

Hoy, se ha producido un atentado contra la libertad de amar y de vivir. Se me encoge el corazón mientras escucho testimonios de familiares de las víctimas. Leo los nombres de los fallecidos confirmados y se me humedecen los ojos imaginando sus historias, sus ilusiones, sus proyectos, extinguidos sin justificación. Trato de no alterarme ante los repugnantes intentos de utilizar el ataque a favor de unas políticas u otras, escandalizándome igualmente sin remedio por la falta de sensibilidad y respeto hacia los afectados y hacia todo el colectivo LGBT.

Y, sobre todo, me pregunto: ¿por qué? Sin hallar respuesta que me desbloquee del shock, de la incomprensión, de la impotencia. Porque hay días, como este, en los que resulta especialmente difícil no perder la confianza en el ser humano, lo que provoca una sensación de desesperanza y de vacío espantosa.

La conclusión es clara: solo nos queda seguir luchando, no olvidar que los que seguimos aquí debemos continuar viviendo y que cada uno de nosotros merecemos ser tratados por igual, confiar en que la tolerancia irá ganando terreno poco a poco y ser nosotros mismos sin miedo: gais, lesbianas, transexuales, bisexuales, latinos, negros, mujeres y todo ese largo etcétera que día a día en todo el mundo sufre el rechazo de otros simplemente porque se creen mejores.

Que el ruido de una parte de la población mundial jamás eclipse los derechos fundamentales de todos.

bandera LGBT

Bandera LGBT

Publicado en lavozdelsur.es el 13 de junio de 2016.

Foto de Torbakhopper (licencia Creative Commons).

Os perdono

Hoy cierta angustia me está dando por saco y he decidido compartirla con vosotros y usaros para pararle los pies (¡gracias de antemano!). Normalmente mis publicaciones ya salen de por sí de mi cabeza al teclado a base de inspiraciones repentinas pero esta vez quiero, más que nunca, desatar este batiburrillo de sensaciones sin pararme tanto a repasar el texto, la forma y cómo expresarme. Esperemos haber entendido algo al final.

Todo ha empezado con el sentimiento de impotencia. Una amiga mía lo está pasando regular en el plano sentimental y soy incapaz de aportar luz a su visión actual. Este amargo pellizco, amplificado naturalmente por mi propio cerebro, me ha catapultado hacia otros momentos, otras impotencias, otras pocas situaciones que me oprimen el pecho a su voluntad de vez en cuando. Y me toca la moral. Necesito cerrar cabos con los demás y conmigo misma, porque no quiero vivir de esta manera. No quiero vivir con rencor, con angustia, con pesimismo. Me niego a que me sigan asaltando cuando se les antoje, por poco frecuente que sea. No he venido al mundo para perder el tiempo con sufrimientos gratuitos. Creo en la felicidad personal y, consecuentemente, en la expansión de esa felicidad al exterior. Así pues…

Te perdono, amiga, porque no soy quién para juzgarte. Seguramente tu círculo vicioso emocional (alias “rallada”) sea de alguna utilidad tarde o temprano, y sé lo que se siente cuando se está atrapado en una prisión mental. Hasta que uno mismo no se da cuenta, no hay quien le saque de ahí.

Te perdono, profesora de ballet, porque a mis diez años intentaste convertirme en una persona flexible, haciéndome finalmente salir despavorida de la clase con dolor de ingles. Sé que actuabas con buena intención, aunque me mosqueé en el momento.

Os perdono, mini-compañeras, por catalogarme de “marimacho” por jugar al fútbol con los chicos en primaria. Son cosas de la edad, y me lo pasaba de lujo de todas formas.

Os perdono, ex-mejores amigas, por abandonarme deliberadamente por vuestros novios y otros motivos. Me enseñasteis que un gran porcentaje de amistades no resisten el paso del tiempo, que ese proceso forma parte de la vida y que no vale la pena resistirse cuando es inminente. Nos divertimos mientras duró.

Os perdono (aquí tengo que respirar hondo), compañeros que me hicisteis bullying, acoso escolar en español, durante buena parte de la secundaria. Porque noto que, conforme más mayor me hago, más parece afectarme aquel trato injustificado hacia mi persona. Y no voy a permitir que me sigáis molestando a estas alturas de la vida. Porque probablemente vuestras mentes, educación, ambientes, inseguridades, etc., os impulsaron a ser así sin querer realmente amargarme. Y. si sí queríais, no es mi responsabilidad preocuparme por ello, allá cada uno con sus maldades y el karma. ¡Ah! Y, afortunadamente, el cambio de curso abrió paso a vuestra desaparición de mi vista y a unos estupendos tres últimos años de colegio. Tal vez tenía que aguantaros para experimentar toda la dicha escolar posterior con mayor intensidad. Qué guasón, el “destino”.

Os perdono, resto de compañeros de secundaria, por dejar que me hicieran bullying. Porque desgraciadamente el inicio de la adolescencia es una etapa difícil en la que la personalidad aún está por curtir y no voy a culparos por esas ansias de encajar entre la masa a costa de no mirar de frente ciertas injusticias. Ojalá esto cambie con el paso de las generaciones, porque el abuso escolar es un tema que me enerva brutalmente. Pero hoy estamos perdonando, así que continuamos.

Te perdono, primer ex-novio, por abrirme la puerta a la primera explosión en pedazos de mi corazón. Total, participé en el proceso de deterioro y tampoco íbamos a ninguna parte juntos.

Te perdono (respiremos de nuevo, ahora bien fuerte)…, segundo ex-novio. Porque siento que aquella relación me destruyó. Me descompuso de pies a cabeza, me arrancó de mi inocencia nata, de mi pureza infantil-adolescente, me hizo llorar de una forma inhumana y sufrir durante dos años y me duele recordarla todavía en su saco de celos, manipulación y todo tipo de lacras que no recomiendo a nadie. Te perdono todo lo que me hiciste, o más bien lo que te permití que me hicieras, que no es poco, y tu decisión de quitarte la vida como colofón de la ruptura. Porque el mundo me va demostrando poco a poco que una persona no solo es esa persona, sino su educación, su forma de pensar, su ambiente, sus creencias, sus prejuicios, la sociedad en la que se ha criado, sus conflictos personales, sus inseguridades, sus fortalezas, sus defectos, su caos mental, sus enfermedades, sus euforias, sus particularidades internas y externas de todos los colores. Y mi lentísimo proceso de madurez me va animando a tratar de entender antes de ofenderme, a analizar antes de prejuzgar, a escuchar antes de responder, a perdonar antes de odiar. Sí, me cuesta pero te perdono, porque me niego a que tu imagen ocupe una milésima más de mi vida actual de manera negativa, sino como aquello que pasó y que forjó mi personalidad de hoy en día, en la que tengo muchas cosas claras gracias a aquella terapia de choque y me siento feliz junto a una persona maravillosa.

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Fragmento de “La marca del meridiano”, de Lorenzo Silva.

Os perdono, compañeras de universidad. Porque aún no sé cómo alcanzamos un punto muy feo en nuestra relación pero creo que a menudo todas las partes lo provocan. Vuestros motivos tendríais, junto a nuestros queridos veinte años, con los cuales nos creemos que sabemos todo y no sabemos nada (me incluyo). Es increíble cómo amistades de años pueden fastidiarse en pocos días o semanas, ¿no? Fascinante, al fin y al cabo.

Os perdono, elementos fugaces pertenecientes a la vida nocturna. A los que insistieron en llevarme al lado oscuro, a los que me insultaron por no aceptar, a los que lo consiguieron y cuyo resultado fue de mediocre para arriba. Porque sois libres de hacer lo que queráis y nadie me obligó nunca a hacer nada, porque no tengo nada de lo que avergonzarme y porque me habéis proporcionado unas buenas risas entre amigas, además de una visión más amplia del comportamiento humano.

Os perdono, personas a las que os gustaría pedirme perdón y personas que pensáis que no tenéis por qué pedirme perdón. Porque quiero desprenderme de esta molestia mental esporádica cuando miro hacia el pasado o cuando cosas del presente me golpean con recuerdos negativos del pasado. ¿Quién os ha dado permiso para atormentarme? Cierto, yo misma. Hoy es el comienzo de vuestro fin. Y para ello, tras perdonar, por último, la adicción actual a la pantalla del móvil por encima de las caras en vivo y en directo de los semejantes, solo me queda perdonar a una persona.

Te perdono, María (esa soy yo, la que escribe). Porque eres la primera que debe perdonarse a sí misma para perdonar a los demás, para acercarte cada vez más a esa serenidad, armonía y equilibrio emocional que aspiras alcanzar. Te perdono por interpretar todavía buena parte de ese daño recibido (ojo, un daño permitido, que a María no le gusta culpar a los demás de los actos propios) de una manera nociva, en lugar de aquello que te ha convertido en la persona que eres en la actualidad, de la que te sientes orgullosa.

María, te perdono por tus momentos de inseguridad, timidez, reparo, impaciencia, miedo, lágrimas, exigencias hacia los demás y hacia ti misma, disgusto hacia tus michelines y variados latigazos emocionales. Te perdono, porque no eres perfecta y no tienes que ser perfecta, porque esas vivencias forman parte de la vida, porque los sucesos y tus reacciones hacia ellos no tienen que salir como te gustaría, sino como les da la gana y así hay que asumirlos, procurando aprender de ellos. Porque tienes derecho a equivocarte y a levantarte de nuevo con la cabeza igual de alta que cualquier otro.

Te perdono por tus malestares momentáneos hacia todo lo que hemos perdonado a los demás más arriba. Porque para eso estamos perdonándoles, o al menos intentándolo. Y, en principio, sienta bastante bien. ¡Nada como destapar pesares internos! Cierto que no hacía falta publicarlo en Internet pero, como entre tus manías está cumplir con lo que dices (sobre todo públicamente), menos opciones tienes de echarte atrás mañana, de dejar entrar en tu mente a las sensaciones negativas de las que quieres irte deshaciendo. Tienes toda la vida por delante para aprender a ser feliz, a quererte incondicionalmente y a perdonar con toda la amplitud del término (pero tampoco te duermas en los laureles).

Qué bonito es sentirse libre.

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