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El respeto al espacio personal

Hoy no es un día en que tenga al ser humano en enorme estima. Y es injusto, porque hay muchísimas personas maravillosas, consideradas, respetuosas… No obstante, esta tarde no me he cruzado con una de ellas.

Estaba en la cola del supermercado, sitio TAN idóneo para múltiples anécdotas en la vida. La señora que me seguía estaba muy cerca de mí. Demasiado. Ha habido un momento en que su riñonera me ha tocado por detrás, me he girado y se ha disculpado. Al avanzar un paso más hacia la cajera, la señora se ha puesto igual de próxima, gesto que nunca he entendido sin necesidad de epidemias mundiales. Me parece de cajón aprovechar cualquier oportunidad para no respirarle en el cogote a otra persona.

Me he envalentonado (porque no me resulta fácil pronunciarme hacia algo que pueda provocar un conflicto) y, con una media sonrisa, le he dicho que estaba muy cerca. La mujer tenía principalmente dos elecciones: entenderme, respetarme y echarse para atrás o no entender una mierda, poner una excusa barata como “la de gente que había” y decir que “póngase una máscara, ¡esto es increíble!”. Aparte de responderle que hablábamos de cosas diferentes (el llevar máscara no me da más ganas de que una riñonera ajena me roce el culo), no me salió más que decir. No le vi sentido, no me sentí con confianza, y menos en francés.

Me habría gustado preguntarle si realmente pensaba que yo tenía el más mínimo interés en molestarla. Me habría gustado preguntarle si en alguna parte de su razonamiento era capaz de comprender el por qué de mi comentario. Me habría gustado decirle que ya antes del coronavirus me reventaba el hecho de que la gente no respetara el espacio personal de los demás, y que su argumento era una falacia porque si yo había podido mantenerme más de un metro alejada del señor que tenía delante, no había explicación para que quien viniera detrás de mí no pudiera hacer lo mismo. Me habría gustado decir tantas cosas, idealmente en un tono conciliador más que enfadado… Pero no he dicho nada más. Me he tomado con tranquilidad la espera, he sonreído a la cajera y me he largado con todo lo que me gustaría haberle dicho rondándome por la cabeza, que menuda pérdida de tiempo y energía, por otra parte.

Me he tomado la libertad de decirle a esta persona, como podía haber sido a cualquier otra, algo que me incomodaba, confiada con que la epidemia mundial apoyaría con contundencia mi feedback. Me ha salido el tiro por la culata. Supongo que seguramente no habría servido de nada el decirle todo lo que me habría gustado decirle, su actitud no me hace pensar que le habría hecho reflexionar, y menos allí en medio de un supermercado a una hora bastante concurrida pero, que conste, con pasillos de unos cincuenta o cien metros de largo y unos dos de ancho. Por lo que espacio, había. Estoy segura de que existen fórmulas comunicativas para bajar del burro al más tarugo. Pero ya nunca lo comprobaré con esa señora.

Me da una rabia indescriptible el sentirme afectada por la reacción de una persona que probablemente no volveré a ver en la vida, de una persona que tendrá sus propias inseguridades y certezas y que ha elegido deliberadamente la vía defensiva en lugar de la empática. Ver esto me hace entender que el problema no lo tengo yo. Tampoco sé si lo tiene ella, no la conozco lo suficiente; yo considero haber dicho lo que sentía sin ser maleducada. Quizá podría haber empleado otras palabras y, sin embargo, me da la sensación de que con una petición con su “s’il vous plait” habría obtenido el mismo resultado.

Me parece triste. Me ha hecho pensar que los males humanos son merecidos, y me ha hecho arrepentirme inmediatamente de pensarlo. Sinceramente, no le deseo ningún mal a esa señora. Le deseo aprendizaje. Aprendizaje para, en algún momento de su vida, aunque no fuera así hacia mí hoy, saber escuchar y respetar al otro. Aprendizaje para entender que estamos todos en el mismo barco, que muchas de las palabras ajenas no pretenden ser un ataque y que siempre tienen su razón de ser. Afortunadamente, no he sufrido ninguna pérdida familiar o amistosa. Quizá eso me habría motivado a soltarle las cuarenta, pero tampoco es algo que me produzca gran satisfacción a posteriori. Me interesa que la gente reflexione, no que se rebote.

No, no le deseo ningún mal porque aunque hoy mismo se contagiara ella misma o alguno de sus seres queridos, no se pararía necesariamente a pensar en si quizá tenía sentido guardar las distancias en espacios públicos, ni mucho menos se le ocurriría: “ah, a lo mejor esa chica del súper tenía razón, tenía motivos para decirme que estaba demasiado cerca”. Las desgracias o malas pasadas no siempre son absorbidas como retos para superarse. Una lástima.

Y, a pesar de todos mis razonamientos, siento un pequeño pellizco en el pecho, el desasosiego de la incomprensión ajena, de la falta de empatía, de mi arrojo truncado en una situación incómoda. ¿Orgullo herido? ¿Decepción hacia la actitud de los demás? ¿O hacia mí misma por no haberlo previsto y, en consecuencia, haberlo evitado o haberme pensado una segunda respuesta? Es factible. Es posible que se trate más de mí que de esa señora. Porque es evidente que en este mundo nadie hace todo bien en todo momento. Y que incluso a menudo la concepción de lo que está bien o mal es relativa, porque desde mi punto de vista esta mujer ha debido de quedarse la mar de a gusto descargando su crítica sobre mí. Ella verá su reacción como la mejor, la que debía tener. Yo no. Vaya un ping-pong pésimo.

Bajo mi raqueta, esta partida no me agrada, no me merece la pena y no quiero darle la oportunidad de quitarme las ganas de jugar todas las demás partidas que se me presenten en el futuro. No sería justo hacia la diversión explotable de las mismas y de los futuros contrincantes. Ni hacia mí. Ahora soy yo quien tiene a elegir entre dos opciones: seguir atormentándome inútilmente por lo que dije y no dije, sumirme en el pozo de la desazón porque otra persona no me haya entendido (¡a mí! ¡Con lo buena persona que soy!) y retirar mi voto de confianza en el ser humano y en su capacidad para vivir en sociedad; o… puedo aceptar las cosas tal y como han salido, asumir que ocurrirá de nuevo por mucho que me fastidien las invasiones del espacio personal y que lo más conveniente, de acuerdo con mi temperamento pacífico, será no volver a decir nada porque no es el contexto adecuado para educar a nadie y no me resulta tan grave como para enfrentarme a la reacción del otro. Me compensará más respirar hondo y, con suerte, que me den ganas de tirarme un pedo en ese mismo instante. Sería como una mini-victoria secreta, como cuando los niños pequeños se han salido con la suya en alguna treta sin que nadie les haya visto (o creyéndolo así) y se les pone esa pícara sonrisita de satisfacción.

Ahora en serio: me cuesta entender cómo sobreviví estoica y alegremente a tantas noches de discoteca en mis años mozos con los sarpullidos mentales que me da el tema del respeto al espacio personal, por el otro, por uno mismo y por lógica aplastante. Me recuerdo, sin duda, con cara de odio de vez en cuando, sobre todo cuando aún se fumaba en interiores (¿a quién no le han quemado algo?), para luego volver a la charla o bailoteo de turno como si nada. Debían de ser otros tiempos, espíritu e intereses para mí, claramente. En fin, yo haré mi ejercicio de reseteo emocional pero vosotros sedme considerados y, con virus o sin virus, haced un esfuerzo por dejar la puñetera distancia, que no es tan difícil y muchos lo agradeceremos.

La inseguridad social poscoronavirus

Hoy, he salido por primera vez a un espacio concurrido, concurrido de verdad. Ya he estado en restaurantes y cafeterías tras el fin del confinamiento pero con sus debidas distancias, por lo que no me había sentido como me ha ocurrido esta noche. Me han invitado a ir a un evento al aire libre donde se ponía música de salsa y bachata. El ambiente estaba repleto de gente animada, buen rollo, canciones estupendas y una bonita vista del Puerto Viejo de Marsella a medida que anochecía.

Imagen del grupo de Facebook Alors On Danse

He llegado sobre las 21:00. A medida que llegaba y divisaba la escena, me ha maravillado observar el panorama, el mogollón de parejas sobre la improvisada pista de baile, lo propicio de aquella explanada para disfrutar, conocer gente, pegarse unos bailoteos y deleitarse con el paisaje y la buena temperatura que acompaña a esta época. Luego, sintiendo la música, he recordado mis reducidas pero fructíferas tomas de contacto con estos tipos de bailes: la clase de Educación Física en bachillerato (gracias, Pepe) y un curso de salsa para principiantes en la Universidad de California, Riverside. He pensado que no me costaría mucho meterme de nuevo en el papel con un rato de práctica, he contemplado a parejas con un ritmo y movilidad espectaculares y otras no tan fantásticas pero pasándolo igual de bien que las primeras, he hablado con la chica que me ha propuesto unirme al plan y con sus amigos.

Y, de repente, me ha entrado una especie de desasosiego en el cuerpo. Me he dado cuenta de que, mientras sostenía la mochilita de mi amiga y miraba tranquilamente hacia la pista, me había ido desplazando varias veces unos centímetros intentando distanciarme de la gente, tratando de no estar demasiado cerca de nadie. Hasta que no ha sido posible. No es que hubiera miles de personas ni mucho menos, quizá entre cien y doscientas y, además, en un espacio abierto. Mas me ha atacado una claustrofobia humana del copón a pesar del espacio personal con el que contaba, alejado del metro cuadrado pero más amplio que los que típicamente se conceden en bares y discotecas. ¡Ah! Bares y discotecas, una imagen que parece de otro siglo entre lo poco que los frecuento ya y los estragos de la epidemia global de coronavirus.

Imagen de Gerd Altmann

No he sido capaz de sobreponerme a la impresión. Demasiado cerca, demasiada gente de repente. No sé qué debía esperarme antes de plantarme allí, sabiendo de lo que iba la fiestecilla y con el calor apretando. La cosa no se queda ahí: inmediatamente después de atacarme esta incomodidad social, he rememorado inevitablemente que, si Ryanair no me hace la puñeta (involuntariamente, pero las cosas como son), en dos semanas visito a mis padres en España. No, definitivamente esta noche ya no quería estar ahí, en medio de una multitud, aunque solo fueran unas cuantas hileras de humanidad entre la zona de baile y unos escalones, que es donde los que no bailábamos estábamos sentados o de pie, charlando y mirando hacia el área del jolgorio latino. Aunque no alcanzara a tener contacto físico con nadie, mi corazón me pedía a gritos salir por patas. Y así lo he hecho sobre las 22:00.

Me he quedado loca con mi situación interna. De vuelta a casa, que por primera vez después de más de un año viviendo en Marsella no me pilla donde Cristo perdió las alpargatas, iba intentando entenderme. No me considero una persona que viva con miedo hacia casi ningún aspecto. Sin creerme la Superwoman del sistema inmunitario (bueno, a veces sí), confío plenamente en mis defensas. Pienso que todo va a salir bien hasta que se demuestre lo contrario. Me resulta más fácil ser positiva que negativa.

No obstante, como se dice popularmente, me he cagao por las patas abajo (versión formal: me he asustado mucho). En medio del amargo regusto por mi pronta huida de un evento tan hermoso y por mi pellizco en el pecho in crescendo al final de los apenas sesenta minutos pasados en sociedad, he identificado la razón de mi congoja, y es que la más mínima posibilidad de llevarme el virus a casa de mis padres me ha provocado auténtico terror.

Con esto no pretendo favorecer el pánico colectivo, nada más lejos de mi intención. Simplemente he querido analizar y plasmar por escrito como mero auto-experimento psicológico (afortunadamente, ¡que todo se quede en eso!) cómo me he sentido durante esta específica entrada en contacto con el mundo exterior. Concluyo que, de la misma manera que, por un lado, he disfrutado como una enana de varios restaurantes en las últimas semanas; por el otro, no estoy preparada para jaleos mayores. La vida sigue y el día de estar rodeada de peña por doquier llegará, no me cabe la menor duda. Pero, por ahora, mientras el contacto con seres queridos de estadísticamente más riesgo esté próximo, la respuesta es no.

El “mediavirus” o virus mediático

Por un momento, me he creído muy original al pensar en qué título ponerle a esta entrada, comenzando por “el virus mediático” y ocurriéndoseme luego “Media Virus” para muy pronto descubrir por Internet que un señor ha publicado un libro con este mismo título. ¡Cogido! No obstante, me sigue pareciendo adecuado para el tema que quiero comentar, así que lo utilizaré, aunque la versión en una sola palabra.

Imagen de Arek Socha en Pixabay

Desde que no leo noticias, vivo mejor. Exponencialmente mejor. Para ser más precisa, me refiero a las noticias de medios nacionales españoles genéricos. Las pocas veces que caigo en la tentación de pasearme por una página de titulares, recuerdo por qué desactivé las alertas diarias por correo electrónico: no me merece la pena estar tan informada. No en el formato en que estos medios están construidos, a base de argucias políticas, catástrofes naturales y de otras clases, muertes accidentales y provocadas, trapos sucios y todo tipo de textos que provocan fundamentalmente desesperación, rabia, hastío, miedo y desconfianza hacia el ser humano. Y yo no quiero perder la confianza que tengo en él.

Afortunadamente, existen plataformas que te permiten informarte de manera más temática y elegida, si bien aún dentro de sus tendencias, de lo que ese medio decida investigar y mostrar, como es lógico. Por ejemplo, esta mañana me ha llegado la notificación semanal del canal de Youtube TED en español, organización con charlas de tropecientos temas. Y solo con dos conferencias, una sobre el poder rehabilitador y la importancia de la educación y otra sobre el torrente de acción que puede provocar la insatisfacción hacia una situación dramática o injusticia determinada, me he sentido más esperanzada, motivada y empoderada que con toda la página de inicio de varios diarios nacionales reconocidos. Más positiva, emocionada, ilusionada hacia nuestras increíbles capacidades e iniciativas, tan poco presentes en el consumo mediático más superficial.

¿Hasta qué punto es la responsabilidad de cada uno el buscarse sus fuentes de información y nutrirse de ellas, confiar y sustentar ideas propias en ellas, así como cuestionarlas y desafiarlas, contrartarlas con otras y verificarlas, sobre todo antes de compartir? Creo que nuestra responsabilidad es total, pero colinda con la responsabilidad de los medios de comunicación hacia favorecer la sociedad del bienestar en lugar de perjudicarla. Esa delgada línea entre la “información de calidad” y la que no, por supuesto, es dificilísima de marcar y cargada de subjetividad, aunque solo sea por la influencia cultural. Bendita sea la libertad de expresión y la variedad de temas a investigar y a exponer pero, sinceramente, en qué mala hora se desvirtuó el enfoque principal de muchos medios de todo tipo, escritos, radiofónicos y televisivos. Porque es fácil quedarse en lo “noticiable”, pasar una mirada rápida por ello y conformarse, alterarse, ofuscarse, defenderlo en cuerpo y alma, vivirlo como propio y lo más real que pueda existir, e incluso comprometerse y transformarse. Olvidarse de uno mismo y rechazar cualquier otra perspectiva y posibilidad.

Imanen de geralt en Pixabay

No pretendo salirme de ese pozo de absorción mediática, sin duda formo parte de él. Solo que procuro sacar la cabeza cada vez más y este pequeño paso, ese click sobre el botón “dar de baja” (ya hace años) que me daba tanta inseguridad por tirarme a un vacío informativo, por salirme de una norma impuesta (o auto-impuesta), por “no enterarme de las cosas”… La superación de estos temores ha merecido la pena. Porque yo elijo dónde meterme, cuándo hacerlo, si me apetece o no. No niego que acceder a noticias y artículos facilita el debate entre las personas, pero no puedo con el regodeo, la repetición hasta la saciedad, la explotación de los mismos dramas, a veces con las mismas caras y a veces distintas, hasta consumir el alma y el buen espíritu del lector o espectador, que se olvida de dónde está y lo que hace para entrar en un ensimismamiento desganado y asqueado por “lo mal que está el mundo”.

Pues claro que está mal, está espantoso en muchos sentidos. Pero también es maravilloso en muchos otros, en miles de historias fascinantes de lucha, de superación, de aprendizaje, de triunfos, de progresos, de humanidad, de amor que se nos escapan entre tanta mierda. Pues claro que hay que denunciar las maldades, las atrocidades, las injusticias que se cometen. ¿Cómo, si no, se habría salido a la calle a defender derechos humanos como ha ocurrido tras el horrible asesinato (no tiene otro nombre) de George Floyd? Pues claro que conviene estar mínimamente informados, que es alucinante tener acceso a tantísimos datos al alcance de unos clicks, por no hablar del disfrute de lo que yo llamo “la esencia del periodismo”, que tantos extraordinarios artículos y reportajes nos brinda. Pues claro que necesitamos que se cubran sucesos para ser más conscientes, tomar medidas si es necesario, intentar entender unas y otras circunstancias.

Imagen de _Alicja_ en Pixabay

Pero no tanto. No así. No en dosis genéricas y tremendistas, no en ganchos hacia las entrañas, no en gotas de veneno hacia el equilibrio emocional y la apertura de miras de las personas. No en validaciones subjetivas de lo que es publicable o no. No en cantidades industriales. El drama vende, y creo que eso sale caro sociológicamente. La apelación cultural a los sentidos es indiscutiblemente exitosa, está demostrado en la difusión de las muertes en unos países y no de otros aunque se trate también de personas con la misma sangre por sus venas que nosotros. Las vidas no valen lo mismo.

Mi propio trabajo en turismo me ha hecho seguir mucho más de lo que me habría gustado la evolución de la epidemia mundial de coronavirus. Una compañera encontró en Internet un mapa que contabiliza los infectados, medicalizados y muertos en cada país de todo el mundo. Una herramienta tan impresionante como del demonio. Números sin caras, vidas sin nombre. Y la desesperación hacia el incremento diario. La angustia, la incertidumbre, el miedo. El olvido, también, de muchos otros problemas.

A pesar de ser consciente de que, en cierto modo, cada persona tiene la elección de salirse del juego mediático, aunque no siempre se dan cuenta de ello o lo ignoran intencionadamente (me incluyo), no puedo evitar sentir un halo de preocupación hacia las consecuencias psicológicas de este bombardeo continuo. Y, hoy por hoy, no tengo solución global. Supongo que porque es una cuestión personal, con el ataque extra y en la frente por parte de la expansión y dominación de las redes sociales, que tantas ansias nos dan por mantenernos conectados, exponernos, compartir, discutir y hasta denigrar allá donde la ética y la moral no se contemplan entre la protección de la pantalla y el olvido del respeto mutuo y de que hay una persona real al otro lado. Desde luego, no obvio sus fantásticas ventajas de las que me beneficio personalmente, pero una cosa no quita la otra. Las generaciones que no encienden la televisión ni una radio física o no abren un periódico no se hallan más a salvo del “mediavirus” entre tanto interés político, empresarial, publicitario y económico. Por no hablar de la invasión de datos, de nuestros datos, de nuestros hábitos de uso y consumo, de nuestra privacidad.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Vaya desastre: al final siento como si yo misma contribuyera a propiciar un sentimiento negativo y de pavor en quien me lea. Pero no es mi intención, sino más bien invitaros a liberaros del virus mediático. Recomiendo encarecidamente buscar de manera directa y activa la información que os interese. Contrastarla entre varias fuentes. No juzgar a otras personas a la primera de cambio, recordar que hay un ser humano con su propia realidad tras cada palabra. No dejarse perder entre publicaciones y dramas en bucle. Controlar los datos que se consumen e incluso influir en las conversaciones a vuestro alrededor si os resultan repetitivas y tóxicas. Y desconectar sin miedo al “no saber”. De lo que tengáis que enteraros, os enteraréis inevitablemente.

La oscuridad después de dar a luz

De manera ineludible a raíz de la edad, me voy rodeando de mamás. También de no-mamás, que dejaré para otro merecido artículo. La proporción a mi alrededor sin niños es aún más abundante que la que los tiene y, dentro de esta, hay mamás muy cercanas a mí, es decir, amigas encontradas antes de ser mamás, o mujeres que me cruzo directamente siéndolo y entran a formar parte de mis círculos de reunión social.

Imagen de mcmurryjulie en Pixabay

Sin ánimo de ser cotilla ni entrometerme, me gusta conocer sus impresiones, cómo lo viven, qué sienten. Todo lo que quieran contarme, básicamente. Y detecto en general un halo de sentimientos encontrados. Muchísimo amor (no siempre apabullante e innato como nos lo vende Hollywood desde el principio, durante el cual hay personas que han de acostumbrarse a esa nueva criaturita ocupando todo su espacio mental y físico sin saber muy bien cómo sentirse hacia ella), un vuelco radical en sus vidas, un camino sin retorno repleto de maravillas y, muchas veces, de otras sensaciones no tan agradables.

La primera referencia que tengo es la de mi madre, que no recuerda mayores molestias ni físicas ni psicológicas, lo cual admito que me tranquiliza pensando en que me puede ir igual cuando me toque, al menos por genética. No sé si es por su época, exenta de tanto boom emocional, libros de auto-ayuda y dietas-milagro; los tremendos cambios de una generación a otra o que simplemente hay gente que lo vive así. Imagino que un poco de cada.

Hace poco me planteaba si nuestra generación se encuentra más afectada por el deseo propio de experimentación existencial, la mayor sensación de “carga” a la hora de entrar en el juego de la reproducción, la tardanza en llegar a esa vida estable, tanto sentimental como económicamente, como para tener hijos (los que quieren tenerlos), acentuada por la inestabilidad laboral y la búsqueda de nosotras mismas, de nuestro lugar en el mundo, del éxito profesional, social, etc. E incluso aspectos más precisos que he oído como el miedo al parto, entre otros que fomentan las dudas en las mujeres y retrasan el momento. Mi conclusión es que sí, que todo esto influye.

No sé cómo me va a ir a mí, pero veo experiencias tan preciosas como duras. Para empezar, la brutal transformación del cuerpo, las dificultades para volver a sentirse bien con una misma físicamente y la lucha interna abrazada a la resignación en los primeros meses de crianza para recordarse que ha merecido la pena y que una está ahí por y para su hijo hasta que llegue el momento de poder centrarse un poco más en sí misma. Una amiga mía ganó veinte kilos durante su embarazo. Otra me contaba ayer mismo que había ganado quince, que durante los primeros seis meses no podía hacer ejercicio a causa de las repercusiones de la cesárea que hubo de tener y, lo que más me conmovió, lo mal que se sentía consigo misma, inevitablemente comparando su cuerpo de ahora con el de antes. Sensación que se le quitaba al mirar a su hijo, ahora de unos cuatro meses. Pero que está ahí, agazapada.

La soledad, la exclusión de ciertos círculos, el paso de “mujer” a “madre” como si no se fuera nada más, la pérdida de la libertad personal. Y otras muchas cosas que dan respeto, que se manifiestan de diferentes maneras y que, en muchas ocasiones, no se comparten por miedo a la crítica, al rechazo y prejuicio social o directamente por la falta de alguien con quien expresarse. Y sin que te digan “sabías en lo que te metías” como si no tuvieras derecho a exteriorizar tus sentimientos como en cualquier otro ámbito de la vida.

Creo que cada maternidad es única y no necesariamente pasa por las mismas experiencias que otras. Estoy segura de que habrá madres que se paseen por sus crianzas prácticamente como por su casa. Pero lo que venía yo hoy a comentar por aquí y en relación con el otro lado de la moneda es que me llama la atención no ver, quizá por desconocimiento, más plataformas de apoyo a las madres, más recursos para atender a las mujeres y a sus posibles síntomas post-parto, más espacios donde conocer a otras madres y maternidades y recibir apoyo y comprensión en caso necesario. ¿Por qué a menudo consiste en un camino a emprender en privado y con toda la responsabilidad emocional concentrada en una misma, en uno de los picos hormonales más relevantes en la vida de una mujer?

Afortunadamente, siento que cada vez es menos tabú hablar en público de estos temas, lo cual creo que es sano para compartir y sentirse más acompañada. En este sentido, me he hecho fan de un nuevo canal de Youtube llamado, de manera muy acertada, “Desmadradas”, a través del cual dos madres (“entre muchas otras cosas” como mencionan en su canción de entrada) comentan sus experiencias sin tapujos y “sin culpa” (como mencionan en su cancioncilla de despedida). Me parecen muy valientes porque se han lanzado a abrir sus fueros internos a los cuatro vientos a pesar de las posibles críticas. Desde mi punto de vista, un@ debe escucharles con la mente abierta, entendiendo que son sus vivencias expuestas para información y apoyo de quienes así lo perciban y necesiten. Creo que no todo el mundo está preparado para escucharlas porque pronuncian alto y claro sus procesos emocionales dolorosos y conflictivos en relación con su maternidad, y es fácil olvidar que el título del canal es “Desmadradas”, es decir, que se trata de desmadrarse, de desahogarse, de expresarse, de soltar, de destripar y poner las entrañas sobre la mesa, por encima de haters y de feedbacks escandalizados. No obstante, no les falta un tono desenfadado, reflexivo y argumentado. Para escuchar las lindezas de la maternidad, mejor buscar otros canales.

No puedo negarlo: me enorgullece el coraje de cualquier persona dispuesta a hablar de temas polémicos (más por las sensibilidades hacia ellos que porque se busque generar polémica) sin miedo, que no sin reparo y respeto, hacia la respuesta que pueda recibir porque, si no, no hacemos nada. Hoy en día, digas lo que digas siempre va a haber alguien que se ofenda. Y a mí me merece la pena disfrutar de sus conversaciones. Opino que cuando un@ se aleja de su visión particular, del afán de posicionarse, de querer estar de acuerdo o en desacuerdo con algo, se abre a un debate saludable y a un universo amplio y rico en perspectivas y aprendizaje. Qué tontería perderse esto por pura cabezonería y egocentrismo, ¿no?

Décimo aniversario de María dixit

Hace diez años que abrí este blog. Se dice pronto. Inicialmente la URL era “lastvacaciones.wordpress.com” porque pensaba que solo me duraría el verano entre el fin de la universidad y el resto de mi vida. Pero claramente duró más, aunque me he dado cuenta de que en 2019 no publiqué más que un post. Ahí seguimos. Si tenemos en cuenta que creé otro blog en noviembre de 2018 con el objetivo de auto-explorarme profesionalmente (https://buscandomipasion.home.blog) en el que he publicado 9 entradas, no he estado tan desaparecida del mundo bloguero.

He releído por encima mis primeras publicaciones. Tenía 21 años. Tierna edad. Sin miedos, sin tapujos, con la naturalidad y espontaneidad maravillosas de la etapa post-adolescente, con la seguridad en sí misma característica de quien se cree y, sobre el papel, es adulta. Y, como debe ser, le queda tanto por aprender. Sin prisa pero sin pausa, experimentando, viviendo, reflexionando, sufriendo, riendo, haciendo amigos rápidamente, y luego más lentamente.

He contado las entradas publicadas por año. Resultado:

  • 2010 -> 266
  • 2011 -> 163
  • 2012 -> 54
  • 2013 -> 30
  • 2014 -> 32
  • 2015 -> 28
  • 2016 -> 4
  • 2017 -> 3
  • 2018 -> 3
  • 2019 -> 1

Me impresiona el comienzo: 266 publicaciones, y en medio año en realidad, en concreto desde el 13 de junio de 2010. Pura adicción a la escritura, o al relato personal para ser más específicos. Escritura como terapia, terapia de vida, análisis, aplicación de consciencia, lucha contra el olvido de los detalles y las experiencias.

Siempre he dicho que lo que me hace no abandonar del todo este blog, por poco que escriba, es el hecho de que no es temático. Va exactamente de lo que a mí me apetezca, me conmueva, me preocupe, me inspire en cada momento. Cada publicación es un “venazo”, un ramalazo de inquietud, un subidón de “me ha entrado esto en la cabeza y hasta que no lo suelte sobre las teclas, no me aguanto”.

Entonces, ¿por qué he escrito cada vez menos? Seguramente por una pintoresca variedad de motivos y excusas. Pereza, falta de inspiración, decaída de la visión de relevancia sobre mis propios temas e inquietudes. Pensar que no es tan importante, dinamitar el interés, entretenerme con otras cosas. El cansancio por la cotidianidad. La pérdida de un hábito. La supremacía de otras actividades. El Netflix. El crecimiento de mi compromiso hacia mis diarios personales en papel desde que en 2012 mi madre me regalara una agenda de Paulo Coelho que me pareció tan bonita que no quise usarla para los típicos apuntes de una agenda anual, sino como diario. La lentitud olvidada y sufrida en carne propia en este preciso momento de mi ordenador, que toma hasta 10 segundos para mostrarme cada frase que redacto, periodo eterno cuando una siente que está escribiendo a ciegas sin la garantía de que las frases van a aparecer.

Marsella. Imagen de María González Amarillo

Razones que se unen a la firme convicción de que no quiero crearme una necesidad obsesiva y agobiante, quiero escucharme cada vez más y atender a mi propio deseo y apetencia independientemente de lo que creo que está bien o mal, fuera de compromisos y culpas. Por supuesto, las experiencias y logros más satisfactorios son los que cuestan más tiempo y esfuerzo, pero no me hallo ya en ese punto con mi blog. ¿Me gustaría escribir más? Sí. ¿Cada vez que escribo disfruto de la sensación de dejar mis dedos expresar libremente mi alma y pienso que debería volver a una continuidad? Sí. Pero luego se me vuelve a escapar entre esos mismos dedos a raíz de todas las circunstancias mencionadas arriba, y hace tiempo que opté por hacer caso a lo que me pida el cuerpo en este sentido. Por todo eso, no me fuerzo. Para no estresarme gratuitamente, para no cogerle manía al escribir, para mantener esta actividad en el pedestal en que la tengo. Para sorprenderme a mí misma con mi propio carácter impredecible a la hora de atacar el editor de WordPress.

Sea como sea, aquí estoy, tras diez años de Maria dixit. Una década en la cual he acabado mis estudios de periodismo + CAV, los he redondeado con un máster en marketing y un posgrado de empresariales y he vivido en cuatro países aparte de España. Se podría decir que esa es mi ficha técnica, la parte profesional y geográfica. Ya describir el plano emocional, desarrollar un diagnóstico en profundidad llevaría mucho más tiempo. Supongo que podemos remitirnos más o menos a lo que he ido escribiendo, aunque por supuesto haya muchísimo más no plasmado aquí. Lo resumiré en que he crecido, me siento bien con la persona que soy hoy en día y estoy entusiasmada por seguir cultivando esa persona, hoy de 31 años. Una etiqueta más esto de la edad, que dice mucho y nada de cada uno. Supongo que concuerda con la atención que le sigo prestando al paso del tiempo. Pero no hoy. Para bien o para mal, me voy a centrar en el presente, que para eso acabo de empezar un libro sobre el mindfulness.

El presente se ofrece tranquilo, beneficiándome del sistema francés, que me permite cobrar buena parte del salario sin trabajar desde hace unas tres semanas, tras haber pasado más de dos meses frenéticos gestionando, junto con otras compañeras, la atención al cliente en la empresa turística en la que trabajo desde hace un año y dos meses. Frenéticos, sí, pero desde casa, lo cual marca una diferencia apabullante teniendo en cuenta que antes del confinamiento empleaba entre dos y tres horas al día de ida y vuelta de la oficina. Me siento muy, muy afortunada de contar con mis ventajas actuales, de no preocuparme el no trabajar con la confianza de que volveré a ese mundo en cualquier momento, de haber ganado tiempo. Tiempo, un bien precioso, un bien redescubierto y atesorado con gran cariño desde el 16 de marzo de 2020.

Cierta culpa se asoma porque soy consciente de que mucha gente lo ha pasado y lo está pasando mal, han perdido seres queridos y/o trabajos, se encuentran en dificultades. Dejo correr por mis venas y mi corazón la empatía y compasión que siento por ellos… Y luego vuelvo a mí, porque al fin y al cabo yo soy mi mundo más cercano, lo único que puedo gestionar, y no quiero avergonzarme ni andar con miedo a la hora de expresarlo y compartirlo con otros, entre los cuales varios estarán experimentando algo parecido. Algo parecido al alivio, la alegría, el regocijo ante este parón que nos ha dejado a todos paralizados, confusos ante una nueva e inesperada realidad, que nos ha hecho encontrarnos con otras partes de nosotros mismos, que nos ha hecho reflexionar y llegar a disfrutar de lo que estaba ahí, sepultado por las obligaciones y el adormilamiento de la rutina y las responsabilidades.

Marsella. Imagen de María González Amarillo

No he experimentado propiamente miedo hacia el causante de la epidemia mundial, el Covid-19. Quizá por mi seguridad innata hacia que todo irá bien, sea como sea, o por mi cuerpo acostumbrado a no ponerse malo, o por el rechazo a permanecer al corriente de las noticias que los medios deciden mostrarnos día tras día, de la mano del tremendismo y del pánico. Vivo mejor enterándose de lo mínimo e indispensable. La sociedad se asegurará de que no me pierda lo más gordo. Tal vez ayude también la tranquilidad que me inspiran mis padres, pertenecientes al ámbito médico y, también, sin miedo. Cosa que es diferente de ser imprudentes y que no es el debate aquí y ahora de todas formas pero por aclararlo. La conciencia de que, aunque la perspectiva de la muerte me deje helada y como un pato mareado, vacía, perdida y hasta en ocasiones aterrorizada… la convicción de que la muerte y la vida son uno, van de la mano, y necesito aprender a vivir en armonía con esa relación natural, esa mezcla de fenómenos ineludibles.

Volviendo al plano terrenal: llevo 12 días cumpliendo con las rutinas deportivas de la entrenadora del canal “Siéntete joven”. Estoy convencida de que cada cual habrá encontrado sus coaches y truquitos para intentar cumplir con esa auto-exigencia, bendita y maldita, del ejercicio. Recomendada, su calendario mensual me tiene maravillada, con lo que me gusta a mí una cosa bien organizada.

He leído, otra de esas actividades con el listón muy alto en mi repertorio emocional y a la que no dedico tanto tiempo como me gustaría. Otra auto-exigencia a mirarse… para más adelante, que ahora sí que tengo tiempo para ello. Me he leído dos libros en francés (Toutes ces choses qu’on ne s’est pas dites, de Marc Levy; y Les jolis garçons, de Delphine de Vigan), Cómo hacer que te pasen cosas buenas, de Marían Rojas Estapé; Historias de diván, de Gabriel Rolón; y la novela La madre de Frankestein, de Almudena Grandes. Estoy como una niña con un juguete nuevo, emocionada perdida ante esta súbita sobredosis de lectura en los últimos tres meses. Ah, y el borrador de un amigo en proceso de convertirse en un producto comercial que me ha aportado una mini-experiencia como revisora de un texto, lo cual me ha hecho reflexionar sobre la profesión de editor. Ahí se ha quedado el planteamiento, porque este kitkat existencial que ha sido el confinamiento me ha motivado a meterme de lleno en otro proyecto profesional, o mejor, de aprendizaje al que dedicaré el siguiente párrafo.

Imagen de Gordon Johnson en Pixabay 

Voy a estudiar psicología. La carrera de psicología. Es una idea que me ha rondado por la cabeza cada cierto tiempo e incluso antes de haber elegido periodismo y comunicación audiovisual a los 18 años, y me he dicho que ya bastaba de seguir dejándolo como una mera proyección apasionada y bohemia. He aprovechado parte de la libertad de movimiento (de acuerdo con las condiciones sanitarias, claro) que la pausa laboral me ha cedido para gestionar el papeleo tras haber tomado la decisión. Obviamente (para mí), ha de ser a distancia y en español, a compaginar con mi trabajo actual en Francia, que sigue siendo la prioridad. Esta misma semana me he matriculado de mis primeras dos asignaturas a estudiar para el cuatrimestre que comienza en septiembre. De los nervios me pongo cuando lo pienso, acompañados de mucha ilusión y de la intención de, por encima de todo, aprender y disfrutar. No tengo necesidad a estas alturas de meterme de lleno en la mentalidad propiamente estudiantil, no necesito esto para sobrevivir, es una decisión personal para favorecer mi auto-conocimiento, crecimiento y desarrollo personal. Y luego ya veremos, porque naturalmente me va a llevar cerca de diez años terminarla al ser un complemento en mi vida cotidiana. Keep calm and enjoy the way. Y lo dejo aquí, porque si no me vengo arriba y no paro. Añadir para los que tengan curiosidad que he escogido la UOC: su sistema basado en la evaluación continua me atrae más que la metodología de estudio a muerte y examen tipo test de la UNED (según he investigado).

He disfrutado de una barbaridad de tiempo con mi pareja, de más tiempo del que nunca hemos tenido en los cinco años y medio que llevamos juntos debido a la naturaleza de nuestros trabajos, con horarios opuestos. Pura vida. No voy a explicar más porque entonces tendría que contar todo nuestro recorrido como pareja, y eso me pertenece a mí, así que cierro párrafo.

Sin duda, he tenido momentos de no saber muy bien qué hacer ni cómo sentirme, de incomprensión hacia decisiones laborales tomadas por parte de otros hacia mí, de inquietud hacia el futuro, de soledad, de hastío, de aburrimiento. Hasta que me he adaptado. Porque a todo se puede adaptar uno, lo creamos o no. Y sacarle provecho, aunque solo sea porque no hay más remedio, porque no queda otra, porque es lo más inteligente y sano hacia nosotros mismos. Sin que signifique que esos momentos de bajón desaparecerán sino que formarán parte del todo, pero no serán el todo. Algunos lo vivirán como yo, más bien felizmente. Otros se habrán visto puestos a prueba de manera más bestia, con menos recursos, teniendo que pedir ayuda, obligados a superar pérdidas terribles. No soy nadie para hablar más que por mí, pero sí tengo confianza en la inmensa fuerza de cada ser humano para sobreponerse a las dificultades. De una forma o de otra, seguiremos adelante.

Una vida en un clic

clicNo sé si hace ya dos, tres años o cuánto tiempo exactamente pero, el día que me animé a darme de baja del boletín de noticias por correo electrónico de El País, tomé una buena decisión. Una buena decisión para mí, para mi persona, mi equilibrio emocional, mi forma de pensar, quién quiero ser, cómo quiero levantarme cada mañana.

Lo mismo da hablar de El País que de cualquier otro periódico. La inmensa mayoría de las noticias son un bajón. Un bajón de estado de ánimo, de azúcar, de tensión, de alegría, de vida. Accidentes, fraudes, maltrato, asesinatos, guerras, muertes. Si por lo menos nos enseñaran a tener otro tipo de relación con estas situaciones, todavía tendría sentido permitirme pasearme por esos titulares. Si nos contaran a una edad razonable (no es plan fastidiarse la infancia de antemano tampoco) que la vida es una lotería… Cosa que sabemos pero obviamos, ignoramos. Tema tabú. Si nos dijeran que la vida es REALMENTE una lotería, que caemos como moscas, que hoy estás aquí y mañana no, que en prácticamente todas las familias hay, más cerca o menos, enfermedad y muerte. Si tuviéramos otra visión hacia la muerte; si yo fuera capaz, porque no quiero culpar al exterior, de mirarla de otra manera, tendría una relación más saludable con la vida, con el ciclo de la vida. Podría llamarse “El ciclo de la vida y la muerte”. Tres palabras más pueden cambiarte la perspectiva para siempre. Pero no es así.

El caso es que, no importa los años que pasen por mí, las noticias (entiéndase como las de medios de comunicación genéricos) siguen provocándome una profunda desazón. No me inmunizo ante las tragedias por mucho que sigan el mismo patrón. Me entristecen, me quitan esperanza, me causan vacíos y hastío hacia el ser humano. Y no quiero eso para mí. Aunque eso suponga a ojos de la sociedad convertirme en una “inculta”, no estar al día, no enterarme de qué pasa en el mundo. ¿En qué beneficia a mi evolución como persona “mantenerme informada”? Yo decido de qué informarme. Yo escojo qué ver, qué leer, qué escuchar. Y mi preferencia no son los periódicos ni las crónicas políticas ni los programas de cotilleo.

empatíaNo obstante, hay cosas que, a pesar de mi voluntad por evitarlas, te llegan. Y me resquebraja el alma saber que alguien, que por supuesto no ha sido ni será la única, se ha suicidado a causa de la falta de empatía ajena (en concreto, por la difusión de un vídeo sexual). A alguien le ha superado tanto la situación, las ansias de morbo hacia su vida privada en este caso, que ha optado por quitarse de en medio.

Estoy horrorizada. Me horroriza lo fácil que es provocar que una persona se pierda de sí misma, que alcance tal nivel de desesperación que escoja morir. Desaparecer voluntariamente sin posibilidad de retorno. Solo hace falta una palabra, un cotilleo, un rumor, un mensaje, un vídeo con algo íntimo, inadecuado de compartir, dañino. Por no hablar de las situaciones de acoso intencionado y continuado. Me da verdadero pánico la posibilidad de causar ese daño, de desencadenar un sentimiento así en alguien por una acción mala y egoísta.

Como no podía ser de otra manera, esa noticia me llevó directamente a otra del palo “Suicidios en España”. Estadísticas difíciles de concluir por ser tema tabú. Eufemismos como “accidente” bailando con cifras. Cifras que son personas con vidas, sueños y seres queridos rotos. No niego que es un tema peliagudo, pero eso no justifica tratarlo de pasada. Personalmente, y aunque quizá me embarre por afirmar lo siguiente: trato de empatizar con el deseo de desaparecer. Aunque sacuda mis entrañas, intento aceptar la libre elección de las personas. Tan simple como procurar entender que no todo el mundo quiera seguir aquí, aunque naturalmente asuma que, si no todos, un porcentaje de suicidios podría evitarse de tratarse de otra manera. Y este es uno de ellos.

Nos falta consciencia. Nos falta respeto. Nos falta aplicar sentido común hacia lo que está bien y lo que está mal, que no es más que aquello que provocará gozo o daño en los demás. Hay circunstancias en tonos grises, claro que sí. Pero otras son muy claras. Como compartir un vídeo sexual de otra persona. Blanco y en botella.

Facebook likesHace ya tiempo también que decidí vaciar mi Facebook. Me resisto a quitármelo porque sus puntos positivos me resultan realmente de provecho, como acceder a ciertos grupos y estar en contacto con gente. Así que encontré la forma más sana, para mí, de mantenerlo. La fiebre por limpiarlo me entró tras ver el último episodio de la serie de documentales Hot Girls Wanted: Turn On, en el que se cuenta el caso de una adolescente que reprodujo por una red social, Periscope, la violación en directo de su amiga. Soy incapaz de describir lo en shock que me dejó aquella historia, lo congelada que me sentí durante cada minuto. No es que entrara a saco en detalles escabrosos pero solamente la idea de que las ansias de divulgación y atención pública superen al más puro instinto de ayuda y consideración humanas… Me horrorizó. Era la guinda que me faltaba junto con la proliferación de haters protegidos por la pantalla y la expansión de noticias falsas para negarme a formar parte de ello. Lo respeto, obviamente, cada uno decide en qué utilizar su tiempo. Siempre que no se ataquen los derechos de los demás, que parecen estar colgando de una línea moral muy delgada y, a menudo, vulnerada.

Es curioso cómo, tras la desgracia, se hace el silencio. Vienen el despertar y la reflexión. Cuando ya es demasiado tarde. Así somos, vendiendo almas, las nuestras y las de los demás, por likes y comentarios. Por recibir atención, por sentirnos menos pequeños, por lo que sea que nos transmite tanta euforia interna que nos hace olvidar nuestro poder de destrucción y nos separa de lo que nos hace humanos.

Aprendamos a no ser partícipes ni cómplices de estas actitudes, por favor.

La agresividad, la culpa y la identidad

Nacidas para el placerNecesito hablaros de lo que me está provocando leer “Nacidas para el placer”, de Mireia Darder con la colaboración de Silvia Díez. Esperaba un libro muy volcado en lo que anuncia el subtítulo en la misma portada: “Instinto y sexualidad en la mujer”, pero me he encontrado con un fantástico análisis de la mujer del siglo XXI. Un recorrido alucinantemente iluminador por su origen y sus características, condicionantes e influencias hasta el punto de ayudarme a entenderme y conocerme mejor a mí misma. Hasta el punto de decir a veces: “¡coño! ¡Por eso me siento así cuando…!”.

Aún no me lo he terminado pero no quiero esperar a finalizarlo para hablar de los puntos que más me han marcado, entremezclados con mis propias sensaciones. Lo recomiendo a las mujeres en especial y a toda persona de cualquier identidad en general. Precisamente, una de sus claves para mí, muy sutil, consistía en los estereotipos de género: cuánta necesidad tenemos siempre de categorizar a la gente. Parece darnos gran inseguridad el no reconocer a alguien en alguno de los papeles de género tradicionales, nos crea desconfianza, nos descoloca, nos confunde. Recuerdo haber visto en algún formulario que podía poner si era “hombre”, “mujer” u “otro”. Supongo que es algo, aunque quizá lo ideal sería no tener que especificarlo para asegurarnos de no excluir a nadie que no se sienta únicamente mujer u hombre. Ahí lo dejo. Por no hablar del otro porrón de etiquetas sociales: padre/madre, soltero/a, etc.

Me agitan los párrafos dedicados a la agresividad femenina, la gran prohibida a pesar de todos los logros del feminismo. Un hombre cabreado transmite carácter, fuerza, poder, ímpetu. Una mujer cabreada se percibe débil, loca, exagerada, histérica. Histeria, esa enfermedad diagnosticada a un incontable número de mujeres hasta el siglo pasado a menudo simplemente por que se salieran de la tónica sumisa y pasivamente sexual. Lo sabemos, conocemos estos estereotipos de género y, aún así, todavía juzgamos a las mujeres mucho más duramente por cualquier comportamiento y, en especial, cuando se muestran, cuando nos mostramos, agresivas.

No sé cuántas veces he oído ya, tras cualquier debate sobre la violencia doméstica, que también hay hombres maltratados de los que no se dice nada. Dentro de mí, reconocía su validez, aunque no me valiera para contrarrestar el espantoso volumen de maltrato hacia la mujer. Lo reconocía como una cuestión relacionada pero independiente, merecedora de su propio capítulo aún por explorar. Me creía, y me creo, que hay mujeres que se comen al hombre porque, sin duda alguna, tenemos poder, fuerza y capacidad para eso y mucho más. Pero me faltaban argumentos para comprender la dimensión de este fenómeno. El libro de Mireia me ha permitido abarcarlo mejor: en una sociedad en la que está tan mal vista y castigada la exposición pública del enfado femenino, ¿cómo se canaliza? Aparte de entre amigas, cómo no, en el seno familiar. Rebosa por todo él por no poder expresarse de otra manera que no sea en la intimidad. Y eso cuando una no se lo guarda para sí misma, en cuyo caso a menudo explotará en cualquier momento y encima te tildarán de desequilibrada. Ojo: ningún maltrato está justificado. Pero siempre es interesante investigar sus orígenes, sobre todo con el objetivo de comprenderlos mejor y resolverlos.

Espectacular, espectacular alumbramiento. ¿Cómo no me he dado cuenta de ello antes? Pues claro que reventamos con quienes más queremos: no nos dejan hacerlo fuera. Generaciones y generaciones de mujeres marcan nuestro camino y genes, que son perfectamente modificables a través de los comportamientos, para sobrevivir sin hacer ruido, sin llamar la atención. Para encajar en una sociedad en la que no hemos creado nuestra propia identidad sino que nos hemos acoplado a la vida y derechos de los hombres. Hemos conseguido trabajar y ahora no solo debemos ser esposas y madres perfectas (porque claro, sin hijos, ¿qué mujer está completa?) sino también triunfar profesionalmente, cultivarnos y tener cuerpos irreales, generando un cansancio e insatisfacción continuos, estrés y depresión, marcas personales del momento presente junto con la necesidad de no parar nunca, de estar siempre haciendo “cosas productivas”. Hemos olvidado la importancia de pisar el freno, disfrutar y compartir, anulada por las ansias de competitividad y de ser mejor que los demás.

Defendemos la libertad sexual de la mujer y seguimos llamando, a ellos, ligones; a ellas, putas. Putas, guarras (y sus diminutivos, “putillas”, “guarrillas”), inconscientes, descarriadas, viciosas, enfermas, adictas. Esto abre paso a otra gran protagonista de nuestras vidas: la culpa. Esa culpa que ahoga a muchísimas compañeras a la hora de experimentar físicamente con otros y consigo misma, si es que consiguen lanzarse para mantenerlo en la clandestinidad. Esa culpa que convierte a víctimas en culpables y no les permite reintegrarse en la sociedad tras sufrir salvajadas sexuales. Absurdo. Injusto. Arcaico y, a la vez, muy actual. Consecuencia de la invasión territorial de civilizaciones patriarcales, de dominación masculina, que han destruido la conexión entre la mujer y su propia fuerza, temerosos de ella. ¡Basta ya de sentirnos culpables! No solo por nuestra sexualidad, sino por todo. Por “no cumplir” con los demás, sus expectativas, sus antojos, sus exigencias. Encontremos nuestro propio sitio, con nuestra agresividad y nuestra mayor capacidad emocional. Nada nos falta, nada nos sobra.

Si una mujer se dedica a sus hijos, le falta ambición. Si una mujer elige su desarrollo profesional, está incompleta, “se quedará sola y desamparada”, “ya le saldrá el instinto maternal”. O no, joder, ¡o no! Y es lo más respetable del mundo porque esa persona solo está tratando de ser quien verdaderamente es, lo cual no debería encarnar una lucha interna y externa. Por otra parte, no me olvido de que si a un hombre le diera por volcarse en sus hijos, también sería tachado, en este caso, de “poco hombre”, de “calzonazos”, de débil. El patriarcado es problema de todos y muchos no se dan cuenta de esto, se piensa que es una lucha que solo pertenece a las mujeres.

Cada persona necesita hallar su propia identidad, definida o no por los estereotipos de género, y comportarse en base a ella para no perderse a sí mismo. El camino de las personas transgénero es un brutal ejemplo. ¡Cuánto dolor debe provocar sentirse en el cuerpo equivocado! Nos criticarán, nos juzgarán, nos pegarán, nos matarán. Pero, poco a poco, iremos ganando terreno, cada persona y la identidad que le corresponda. Qué bonito será el día en que cada cual se mire al espejo sin miedo, sin entrar en comparaciones autodestructivas, con amor propio y seguridad en sí mismo. Aquí estoy yo. Sin ánimo de cambiarme. Sin temor a mostrarme tal y como soy. Y respetando a los demás exactamente de la misma manera.

Buscandomipasion.home.blog

Sí, esto está pasando: ¡un nuevo blog!

Me avergüenzo y me descojono a partes iguales viendo la entrada que publiqué justo antes de esta, hace seis meses, de la que se puede concluir que desistí de profundizar en la búsqueda de aquello para lo que se supone que estoy hecha, aquello que me haría levantarme por la mañana por algo y no por sistema. Volví a dejarme caer en la duermevela cotidiana, en el trajín de lo mundano.

Pero la inquietud, el vacío, el ansia que se asoman por las esquinas de ese limbo no te dejan en paz por mucho tiempo, así que he decidido que es hora de inventarme una meta, ya que no se me pone por delante por sí sola, como es lógico por otra parte. Ya que me doy cuenta cada vez más de que, con objetivos por delante, sí o sí ves tu existencia de otra manera que si simplemente te dejas llevar y “vas viendo lo que pasa”. La psiquiatra Marián Rojas dice en esta conferencia: “Piensa en grande y actúa en pequeño”. ¡Oído cocina! A falta de una pasión por meta, mi meta, por ahora, es buscar esa pasión.

No quiero enrollarme aquí sobre mis motivaciones para crear este nuevo blog porque, para eso, mejor que lo sigáis vosotros mismos si os interesa. Ojo, un par de puntos:

  1. No estoy pasando por una, objetivamente hablando, mala etapa vital ni nada parecido, simplemente me gustaría rellenar la vida estándar de española emigrante y cuasi-treintañera que tengo de un sentido lo más elevado y satisfactorio posible. Que yo decida mi destino, no el azar.
  2. Esto no es un adiós, por supuesto Maria Dixit seguirá aquí plantado para cuando la inspiración me llame impulsivamente, que es así como siempre ha funcionado, y quizá el motivo por el que se ve cada vez más abandonado, el pobre. Simplemente, desde este momento, tengo una misión añadida.

Sí que tomaré un momento para poneros un poco al día. A grandes rasgos: ya llevo poco más de dos años en Berlín, capital que me ha dado bellísimas cosas pero de la que me despediré el próximo enero a raíz del fin de mi contrato laboral (no hay dolor, dos añitos seguidos en atención al cliente van que chutan) y de la vuelta de mi pareja a su país de origen: Francia.

Mientras que la tierra de los vinos y los quesos se prevé como mi próximo destino donde, una vez más, habrá que buscarse la vida, cabe destacar que mi primera parada oficial tras la capital alemana será Jerez de la Frontera, mi ciudad natal. Nada como regresar al origen de todo para reorganizarse como Zeus manda.

Nos seguimos viendo por aquí y por https://buscandomipasion.home.blog/, que también está en Facebook.

buscando mi pasión cabecera

Cuando no encuentras “tu pasión”

Tony RobbinsAcabo de ver un documental bastante inspirador llamado “Tony Robbins: A Date With Destiny” centrado en la actividad profesional del señor del título que consiste en, digamos, ayudar a otros a encontrar su camino, a darse cuenta de qué es lo que les está impidiendo avanzar y qué hacer para superarlo. Más o menos. Entre todas las actividades de coaching a las que se dedica Tony, esta producción cubre un evento anual que se basa en una especie de convivencia con talleres temáticos, dinámicas de grupo, etc., de una semana de duración y que cuesta unos €5000 euros (no estoy segura de qué incluye y qué no).

Tras ver el docu, estoy segura de que a los asistentes a la convivencia les habrá servido con creces la experiencia, pero me alegro de que hayan lanzado la película porque, con ese precio, pocos nos íbamos a enterar de la labor del buen hombre. Si aún no se os ha pasado el susto por el coste del programita, recalcaré que la historia transcurre en Estados Unidos, donde servicios como este, y de otros muchos tipos, cuestan un coj*n y medio. ¡Bienvenidos a la tierra de las oportunidades!

Pero la idea no es hablar de los sablazos económicos americanos, sino del tema que pone sobre la mesa: resolver cuentas pendientes emocionales, encauzar nuestros caminos, crearnos metas, encontrar nuestra identidad y entender que todo lo que nos ha pasado nos hace como somos y, por tanto, hay que dar gracias por ello con amor.

Mira que estas cosas me conmueven en el momento y hasta me las creo, las siento y me entra el gusanillo de poner esa filosofía en práctica en mi vida. Pero eso es un curro psicológico diario en un mundo en el que me cuesta mucho aceptar las perrerías humanas y, desde un punto de vista, por supuesto, egoísta, en el que, oh dios mío… ¡No encuentro mi pasión! Y no estoy segura de hasta qué punto tengo que encontrarla o me han vendido que debería encontrarla. Supongo que es una forma poética de fomentar que nos busquemos objetivos, metas, razones de ser, causas en las que volcarnos para mantenernos motivados, para ver esa chispa a la vida, para no marchitarnos de aburrimiento, hastío y asqueamiento. Sí, esta versión me gusta más. A mí. Cada uno que se busque la que le sirva, que no todo el mundo se va a regir igual.

Y, sin embargo, aquí me veo, con las carnes abiertas tras ese torrente espiritual e incitador inyectado por mi adorado Netflix, intentando desesperadamente dilucidar qué me pide el cuerpo hacer para satisfacer esas ansias auto-realizadoras. Y, sinceramente, el cuerpo me pide más bien poquito. Como mucho, una duchita. Así que, tras el fracaso del cuerpo iluminador, he pasado a intentar forzar a mi mente a hallar aquello que haría de mi existencia algo realmente significativo o, al menos productivo. Las primeras candidatas, de rollo más artístico o intelectual, han sido escribir algún relato o seguir con un curso online sobre liderazgo. Tras rechazarlas por pereza máxima, se me ha venido la idea de salir a caminar y a comprar el pan, o escribir en el diario, o cocinar algo guay… La cosa se ha quedado en lavar los platos y navegar por internet cual zombi.

¿Por qué no ha funcionado? Supongo que porque todo lo pensado son deberes y responsabilidades inventados por mi cabeza y que no pueden estar ya más cocidos, rebozados y recalentados en el patio de mis neuronas veintinueveañeras. Porque no me acaba de salir aquello que se supone que ha de brotar de mi mismísima alma, y no sé si saldrá. Que sí, que una no se topa con el sentido de su vida en cuestión de dos horitas, pero no me acaba de convencer tanta paja mental en torno a la felicidad que nos espera una vez demos con ello porque creo que se trata del camino. Con una meta, sin duda, pero del camino, sus tropiezos y sus logros. Y nos están educando para mandar a tomar por saco el camino y priorizar la valía de los triunfos, que están muy bien pero, al volverse el núcleo de la felicidad, crea una insatisfacción terrible.

A ver, obviamente me alegro un montón por todos aquellos que encuentran una pasión, pero empiezo a ver el mundo un tanto sobrecargado de tanta reflexión y psicoanálisis derivados en exigencias existenciales, y no me parece bien vivir con esa presión constante de tener que encontrar por coj*nes la respuesta definitiva. Justo en una parte del documental, al personaje de interés en cuestión le preguntan en qué momento vivió su “despertar”. Él, de manera muy acertada, en mi opinión, comenta que no ha habido un único momento determinante, sino una buena cantidad de ellos a lo largo de su vida. ¡Equilicuá!

En fin, no os preocupéis, que basta con que publique esto para que, al rato, vuelva a estar yo en modo (léase con voz épica) EN BUSCA DE LA PASIÓN PERDIDA (o pasiones, ¿quién dice que hay que tener solo una?). Y, si no, tan a gusto que me he quedado quitándome de en medio la pila de platos por fregar.

Fragmento de la novela Demián, de Hermann Hesse

Fragmento de la novela Demián, de Hermann Hesse

¡Un año en Berlín!

Cuando me preguntan si me gusta Berlín, me quedo dubitativa. Tras pasar por varios lugares, necesito preguntas más específicas.

¿Me gusta la ciudad? He recorrido algunos de los típicos sitios turísticos e históricos, lo cual siempre es muy interesante, pero me imagino asentándose en otro tipo de ciudad. Demasiado extensa, oscura, con obras constantemente, con un clima muy desagradecido, con un idioma que nunca me planteé aprender y con buena parte de actividades culturales que, consecuentemente por la ignorancia del idioma, no puedo entender. Culpa mía, totalmente reconocida. Calculo que mi estado actual cuerpo-mente empieza a anhelar un lugar de residencia más permanente y que me aporte esas cosas que te apetecen más cuando te vas “haciendo mayor”.

¿Me gustan los servicios de la ciudad? Sí. Salvando las distancias, tengo supermercados a mano y los servicios fundamentales, un seguro médico integrado en la nómina al estilo de España, no abusivo como en Estados Unidos; unos precios generales asequibles, provocados por una ciudad con recursos inesperadamente más humildes, a pesar de ser la capital, que otras del país como Munich, Hamburgo, Francfurt, Stuttgart, etc., bastante más ricas y caras. Mejor no hablar de la gastronomía nacional, pero eso sí: Berlín ofrece un buen abanico de restaurantes de todo tipo.

currywurst

¡Currywurst!

¿Me gusta el idioma? En verdad, ¡no me disgusta! Cuando llegué hace un año y me apunté de inmediato a una escuela para estudiar el A2, tras haber estudiado el A1 durante el verano en Jerez, me di cuenta de que no era tan complicado. En el sentido de que no era el chino que me esperaba, una cosa totalmente opuesta a lo que me resulta familiar.

Aparte de sus famosas declinaciones, que no es momento de tratar de explicar ahora, la gramática no deja de tener una lógica similar a la nuestra, y muchas palabras se asemejan a sus homólogas en inglés y en francés. Si percibiera que mi estancia fuera a durar un tiempo relevante, seguiría con ello, pero a estas alturas de la vida tengo otras prioridades e intereses. No vine por el país ni su idioma, vine porque aquí destinaron a mi pareja y mi objetivo era ganarme las papas. ¡Dicho y hecho! Es más, si he de aprender un idioma, antes va el francés.

No obstante, jamás se me ocurrirá exigir a los alemanes que me hablen en inglés ni daré por hecho que el país entero sea bilingüe, porque no es así en absoluto. Estando aquí, lógicamente el esfuerzo por integrarme depende de mí, y ante todo hay que respetar la cultura nativa, sus costumbres y su forma de vivir y de pensar. ¿Estaría más a gusto si hiciera un mejor clima y el estilo de vida se pareciera más al español o al francés? Seguramente. Pero esto no es España ni Francia, aspecto muy importante de asimilar cuando se visita o se vive en un lugar que no es el de origen. Para no explorar con la mente abierta y quejarse de todo lo que es distinto, mejor no salir de casa.

puerta Brandeburgo Berlín

Puerta de Brandeburgo

¿Me gusta la gente? ¡Berlín es un popurrí de culturas! Me he relacionado con muy pocos nativos y mi trato habitualmente ha sido cordial, nada que destacar. No me gusta generalizar, así que, a falta de integración en este aspecto, mejor no decir más, al menos en cuanto a los alemanes. Disfruto mucho de mis ámbitos sociales, basados en algunas amistades individuales y mi equipo del trabajo, formado unas 14 personas y nueve nacionalidades distintas, ¡para que os hagáis una idea!

Lógicamente, el encontrarme con este tipo de ambiente multicultural también lo provoco yo misma ante la necesidad de trabajar y la limitación del idioma, ya que naturalmente en Berlín la mayoría de las empresas estarán formadas por trabajadores alemanes.

Torre de Televisión

Torre de Televisión

¿Me gusta mi vida en Berlín? Dejando de lado la fecha incierta de caducidad de esta etapa, sin duda. Por primera vez, los típicos pilares de la vida están en un equilibrio fantástico: tengo un trabajo aparentemente más estable, que me permite sobrevivir e incluso ahorrar un poco, con unas condiciones laborales bastante buenas y un ambiente estupendo, al menos con mi equipo, y tal vez con posibilidades de crecer.

Y soy muy, muy feliz sentimentalmente y con la práctica de una existencia simple. No necesito muchas reuniones sociales (unas pocas sí), fiestas, viajes, evasiones de la cotidianeidad. Llegar a casa tras el trabajo, cenar algo rico y ver una serie o película con mi pareja es una de mis actividades favoritas. O leer mientras él hace cualquier otra cosa a mi lado, o tomar un café con un amigo y conversar, o pasear por la ciudad, o cenar un día cualquiera en un tibetano con una compañera de trabajo, y así con múltiples ejemplos igual de sencillos. La ausencia de necesidad, más allá de las básicas lógicamente, hace tu vida maravillosamente completa.

¡Con lo que yo era! Me dicen, me digo. Supongo que he agotado las reservas de vida nocturna y viajera, al menos por una temporada. Muy divertidas pero muy agotadoras y volubles. En estos tiempos, me interesa más mirarme de frente y examinarme, conocerme, cultivarme, cuidarme.

Berlín, siempre estaré profundamente agradecida por lo que me has dado, por lo que me das, y me aseguraré de aprovecharte al máximo. No tengo ni idea en este momento de cómo se sucederán los acontecimientos, para no variar, pero sí que hay una diferencia, y está en la sensación de estar avanzando de manera más determinada y satisfactoria en la dirección correcta, personal, laboral y espiritualmente.

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