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Archive for the ‘Cosas que pasan’ Category

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Sí, esto está pasando: ¡un nuevo blog!

Me avergüenzo y me descojono a partes iguales viendo la entrada que publiqué justo antes de esta, hace seis meses, de la que se puede concluir que desistí de profundizar en la búsqueda de aquello para lo que se supone que estoy hecha, aquello que me haría levantarme por la mañana por algo y no por sistema. Volví a dejarme caer en la duermevela cotidiana, en el trajín de lo mundano.

Pero la inquietud, el vacío, el ansia que se asoman por las esquinas de ese limbo no te dejan en paz por mucho tiempo, así que he decidido que es hora de inventarme una meta, ya que no se me pone por delante por sí sola, como es lógico por otra parte. Ya que me doy cuenta cada vez más de que, con objetivos por delante, sí o sí ves tu existencia de otra manera que si simplemente te dejas llevar y “vas viendo lo que pasa”. La psiquiatra Marián Rojas dice en esta conferencia: “Piensa en grande y actúa en pequeño”. ¡Oído cocina! A falta de una pasión por meta, mi meta, por ahora, es buscar esa pasión.

No quiero enrollarme aquí sobre mis motivaciones para crear este nuevo blog porque, para eso, mejor que lo sigáis vosotros mismos si os interesa. Ojo, un par de puntos:

  1. No estoy pasando por una, objetivamente hablando, mala etapa vital ni nada parecido, simplemente me gustaría rellenar la vida estándar de española emigrante y cuasi-treintañera que tengo de un sentido lo más elevado y satisfactorio posible. Que yo decida mi destino, no el azar.
  2. Esto no es un adiós, por supuesto Maria Dixit seguirá aquí plantado para cuando la inspiración me llame impulsivamente, que es así como siempre ha funcionado, y quizá el motivo por el que se ve cada vez más abandonado, el pobre. Simplemente, desde este momento, tengo una misión añadida.

Sí que tomaré un momento para poneros un poco al día. A grandes rasgos: ya llevo poco más de dos años en Berlín, capital que me ha dado bellísimas cosas pero de la que me despediré el próximo enero a raíz del fin de mi contrato laboral (no hay dolor, dos añitos seguidos en atención al cliente van que chutan) y de la vuelta de mi pareja a su país de origen: Francia.

Mientras que la tierra de los vinos y los quesos se prevé como mi próximo destino donde, una vez más, habrá que buscarse la vida, cabe destacar que mi primera parada oficial tras la capital alemana será Jerez de la Frontera, mi ciudad natal. Nada como regresar al origen de todo para reorganizarse como Zeus manda.

Nos seguimos viendo por aquí y por https://buscandomipasion.home.blog/, que también está en Facebook.

buscando mi pasión cabecera

Cómo espantar a un cliente en dos segundos

atención al cliente 2¿El cliente siempre lleva la razón? No. Por supuestísimo que no. Pero de ahí a hacer sentir al cliente como si no tuviera ni pajolera idea o estuviera cometiendo una atrocidad con lo que te está pidiendo, hay un paso. Obviamente habría que ver en profundidad el tipo de producto o servicio que ofrece el profesional y el tipo de petición que el cliente le está haciendo. Pero creo que todo se puede explicar de manera que el cliente comprenda el punto de vista desde la experiencia y no salga espantado, a menos que la intención sea precisamente esa por parte de la empresa o profesional individual.

¿A qué viene esto? Pues se debe a que recientemente he pasado por una vivencia considerablemente incómoda, en concreto en una peluquería. Reconozco que casi siempre que pido que me escalonen el pelo con la primera capa a la altura de la ceja, cosa que llevo haciéndome desde hace años, a los peluqueros parece chirriarles un poco esa petición. Se resisten, siempre quieren dejarla más larga, con el resultado del perímetro de pelo en torno a la nuca más abultado en lugar de todo el cabello uniforme desde lo alto de la cabeza hasta las puntas, lo cual me da una rabia tremenda y por ello procuro describir en detalle lo que quiero.

Si bien estoy familiarizada con la reacción de los peluqueros, la de esta vez me dejó patidifusa nada más explicar lo que quería. “¡Eso va a quedar horroroso!” me soltó de inmediato. Como una, a pesar de estar en edad más que adulta, se sigue quedando con cara de pez cuando le pillan desprevenida, traté de explicar humildemente en mayor profundidad el motivo de mi preferencia en medio del brutal impulso de salir de allí por patas. Bueno, pues durante la media hora que estuve allí, corrieron perlas del tipo:

  • ¡Yo eso no te lo hago!
  • ¿Alguna vez te han cortado la capa así? (Sí) ¿¿Por la ceja?? (Sí).
  • Es que venís y pedís cosas como si todo se pudiera hacer…
  • ¿Te corto más? (Sí). ¡Pues no digas que te lo he hecho yo!

A mí me tenía que tocar, que ni siquiera me gusta ir a la peluquería, que voy por pura necesidad. Flipando en colores me quedé, no tiene otro nombre. Supongo que mi actual puesto en atención al cliente me da aún más perspectiva sobre el trato tan reprobable que me proporcionaron. Sin duda ella sabrá muchísimo más de peluquería que yo, pero me da que de marketing y atención al cliente, poco.

Además, vamos a ver, ¿estilos de pelo horribles? ¿Quién decide eso hoy en día, con la cantidad de peinados de todo tipo que rulan por el mundo? Me parece algo tan extremadamente subjetivo que alucino con que una peluquera se escandalice. ¿Se planteó en algún momento cómo me sentarían sus palabras, ya no solo como clienta sino como ser humano? ¿Será consciente de la crucial repercusión que tiene su servicio de cara a mi experiencia, a cómo la transmita a otros y a mis ganas de volver o de recomendarla? Lo increíble es que al final me cortó como deseaba, con más razón para preguntarme: ¿era necesaria aquella pataleta quejicosa gratuita?

peinados

Pongo el ejemplo que se me pasó por la mente: una servidora trabaja en atención al cliente en Booking.com, plataforma de encuentro entre personas que buscan establecimientos para viajar por cualquier motivo (placer, trabajo, etc.) y aquellos que los ofrecen. Específicamente asesoro a este último tipo de cliente, el cliente-colaborador, el que ofrece el alojamiento, que puede ser un hotel de cinco estrellas, un bed & breakfast o un apartamento particular, entre muchas otras categorías.

¿Qué pasaría si le dijera a un cliente, por ejemplo, que “con sus fotos espantosas no iba a hacerle una reserva nadie en su vida”? ¿O con sus “precios abusivos”? ¿O reprocharle que alquile su alojamiento en determinadas estaciones y no todo el año? Absurdo. ¿Habrá formas y formas de expresar hacia un cliente de manera muy educada y positiva, aunque clara y determinante cuando haga falta, cómo hacer las cosas mejor, y aceptar sin resistencia la decisión final de ese cliente, si acaso puntualizando que sería su responsabilidad para cubrirse las espaldas?

enfadoVolvemos a lo mismo: cada gremio profesional tiene sus técnicas, procesos, posibilidades y tipos de clientes. Lo que vengo hoy aquí a recalcar es que no nos damos cuenta de cómo cada una de nuestras palabras puede influir de manera fulminante sobre el estado de ánimo de una persona, y por supuesto sobre su percepción de nuestro servicio, y más si se trata de su primera vez con nosotros.

Independientemente de la fuerza mental de cada uno para asumir los golpes de la vida, nuestra actitud para con los demás cuenta, y mucho. Cada contestación, comentario, queja, piropo, reclamación, insulto… Se impregna como un chicle a la suela de un zapato, y no todo el mundo es capaz de sacudírselo con la misma rapidez. A menudo, las sensaciones negativas provocadas por comentarios ajenos duran horas en retirarse de nuestra mente. Si todos fuéramos más responsables a la hora de canalizar nuestras opiniones o argumentos hacia los demás, evitaríamos mucho dolor, mucha pérdida de tiempo dándole vueltas a algo dañino.

No os preocupéis, no me afecta para nada la actitud de aquella peluquera, pero me chocó y no me parece adecuada. Aprecio como la que más la naturalidad, la espontaneidad, la sinceridad. No los rapapolvos gratuitos. He llegado a tener a una clienta llorando al teléfono porque otro agente le había tratado mal. Desconozco lo que ocurrió a ciencia cierta, por lo que no soy quién para juzgar; solo sé que, de manera consciente o inconsciente, se le había herido y necesitaba mi apoyo y ayuda. Para ofrecer un servicio al público, hay que tener paciencia y empatía. ¿No eres el profesional, el que sabe del tema? Entonces, compórtate y explícate como un profesional, no como un cateto chabacano y engreído. Y trata bien a la gente, no como si fueran unos ignorantes. Te lo agradecerán.

atención al cliente

El pánico gratuito y la confianza en uno mismo

Sí, sí, ese pánico que nos ataca más o menos constantemente, dependiendo en buena parte de la personalidad de cada uno aunque igualmente extendidísimo. Ese pellizco en el pecho debido a la incertidumbre, a la inseguridad, al miedo, a la vergüenza, al reparo y a todos esos sentimientos negativos que, en resumidas cuentas, no nos permiten gozar de una existencia plácida por mucho tiempo… Oh, un momento, ¿no nos lo permiten o somos nosotros los que les estamos dando banda ancha para importunarnos?

Porque, sinceramente, llega un punto en el que la mente les coge el gusto y es que no para. Y otra preocupación por esto, y de nuevo ansiedad por aquello, y una mala cara después por lo otro… No tiene sentido. No tiene el más mínimo sentido cuando normalmente hasta se solucionan por sí mismas. Y si resulta que no y hemos de solucionarlas nosotros pues no estaría mal tomarlas como los escalones que necesitamos para ascender en esta vida, en lugar de constantes contrariedades que “quieren fastidiarnos”.

2015-05-14 20.27.57El problema es cuando de repente me llega un mensaje al móvil como el que podéis ver en la imagen (un “aviso de riadas en mi área hasta las 10:30 de la noche” que me recomienda “evitar zonas inundadas” y comprobar qué dicen los medios de comunicación locales, enviado por el Servicio Nacional del Clima: National Weather Service, NWS) y justo me encuentro en casa esperando a mi novio. ¿Qué pasa entonces? Que, en vez de pensar como cualquier persona con la cabeza en su sitio que el chico tendrá más trabajo de la cuenta, una empieza a imaginarse una escena de película en la cual el susodicho debía de estar conduciendo de vuelta cuando le habría caído una tromba de agua espantosa, haciéndole perder toda visión de la carretera y hasta provocando que el coche se deslice por la misma mientras que se forma una riada de mil demonios que termina por arrastrar el vehículo a lo largo de cuestas repletas de agua, tierra e incluso algún ciervo hasta precipitarse por un acantilado. Y yo en casa sin enterarme de nada.

Hasta que cruza la puerta y esta inepta ha pasado un mal rato gratuitamente. Este es el pánico del que hablo. Obviamente la descripción del hecho catastrófico ha sido exagerado: las cuestas hacia abajo en San Diego no te llevarían precisamente a unos acantilados y no sé yo si hay ciervos por la zona pero claro, estás a diez mil kilómetros de tus seres queridos y para alguien que se ha metido en tu vida más de la cuenta y sin esperarlo en California, va la tierra del sol y le da por llover un océano sobre la hora a la que sale de trabajar, que ya es mala suerte también (aunque dicho océano tampoco es que se viera a través de la ventana precisamente).

Toda esa angustia me pertenece exclusivamente a mí y a mi falta de capacidad para llevar con calma determinadas situaciones, y mira que soy tranquila a menudo pero nada como la incertidumbre para acojonarme. Y eso no puede ser, ¿por qué? Porque en la vida una incertidumbre va detrás de otra. Y de otra. Y de otra. Y nunca se acaban. Así que mejor procurar llevarlas de otra manera. Las incertidumbres, los imprevistos, los cambios de planes, los problemas en sí, las rupturas, los desacuerdos, las discusiones. Lo que no podemos controlar que suceda pero sí en buena medida nuestra reacción y actitud hacia ello.

confianza en uno mismoAyer me ocurrió algo parecido. No en el tema pero sí en la sensación: confesé a uno de mis mejores amigos una serie de pensamientos que me corroían el alma acerca de su situación actual. No os preocupéis, no se dedica a nada turbio, simplemente me preguntaba si era realmente feliz o no, a muy grandes rasgos. Pues me puse más nerviosa que un hipocondríaco en una piscina de jeringas. Hasta grabé un vídeo para poder explicar mi opinión en condiciones y ni así, con un canguelo hacia no sé qué temores infundados… Lo cual nos catapulta del pánico gratuito a la falta de confianza en uno mismo. Porque, ¿cuántos miedos eliminamos cuando confiamos en nosotros mismos, cuando nos vemos capaces de aquello y más, cuando consideramos nuestras opiniones y decisiones como bien sustentadas y útiles para nosotros mismos y para los demás, cuando nos miramos al espejo y estamos orgullosos de lo que vemos? Un porrón.

Los miedos no son más que consecuencias de la falta de seguridad en uno mismo. Y el nivel de seguridad que sintamos dependerá, aparte de nuestra educación y principios básicos personales, de nuestra capacidad para plantearnos las circunstancias con más o menos temple, junto con la lógica y el realismo que creamos que se merecen y la mayor o menos resistencia a la tendencia a pensar en las posibilidades más nefastas, que no sé de dónde hemos sacado esta espantosa costumbre. Si yo no me hubiera imaginado a mi novio siendo boicoteado por inundaciones milenarias, dos horas que me habría ahorrado de pánico gratuito. Si me hubiera sentido lo bastante segura de que estaba haciendo lo correcto, o más bien lo que me pedía imperiosamente el cuerpo, al ser honesta con mi amigo, no me habría rallado la cabeza con hipotéticos dramas amistosos.

Y así ocurre con todo, con todo lo que nos afecta improductivamente, que es mucho más de lo que pensamos pero nos empeñamos en camuflarlo entre justificaciones. ¿Para qué? ¿Para permitirnos ser más desgraciados? Ya he asumido que aquí los fuertes sobreviven y los débiles mueren pero claro, el tremendo problema es que antaño estos fenecían de verdad mientras que hoy en día permanecen en cuerpo presente con el alma a la altura de los pies, arrastrándose, cabizbaja y perdida. Cuidado, naturalmente no es un problema que sobrevivamos más tiempo, no quiero matar a nadie. Sin embargo… Hay como demasiadas existencias tan vacías o desgraciadas que cuesta pensar que les merezca la pena subsistir de esa manera, ¿no creéis? Nótese que hablo de conflictos psicológicos del siglo XI. A los que les falta un techo o el plato delante de ellos tienen mayores preocupaciones como para entrar en conflictos mentales de este tipo.

pirámide de MaslowLa ciencia nunca dejará de sorprendernos. Cada época, sorteará unos baches para verse obligada inmediatamente a lidiar con otros nuevos. Cada avance de la civilización conlleva sus atrasos. Enfermedades de hoy en día no existían anteriormente, ni los niños vivían pegados a una pantalla, ni los padres acudían al colegio a pegar a los profesores, ni… En ocasiones, resulta extremadamente difícil no hacer un agujero y meterse dentro para aislarse de este mundo trágico y perverso. Hasta que te das cuenta de que forma parte de la supervivencia. No somos más que los animales que nos rodean, cada uno nace y crece con posibilidades y suertes distintas. Y cada uno es responsable de sus propios actos, cada cual decide su papel en el universo. Y en eso estamos trabajando los más privilegiados de la tierra, en aprender a mover nuestras marionetas de manera que apreciemos lo que nos ha venido dado y muchos otros no tienen, es decir, las necesidades fisiológicas, de seguridad y de afiliación que tan acertadamente nos expuso Maslow; y en tratar de alcanzar los dos pilares más altos: el reconocimiento y, finalmente, la autorrealización.

Total, una vez más, os hablo y me hablo en un intento de darnos un guantazo a todos y de sonreír más y preocuparnos menos. De reflexionar sobre el comportamiento humano y nuestras posibilidades, de mirar al exterior con menos egocentrismo y más objetividad, de mejorar como individuos y crear una sociedad un poco menos desastrosa para nuestros descendientes. Y de confiar más en nosotros mismos, que sabiamente se dice que, si no confías en ti mismo, ¿quién lo va a hacer? Puede que al principio haya gente que lo haga, pero luego muchos acabarán hasta la coronilla de tus inseguridades y tu negatividad, así que mejor irse curtiendo el espíritu, que hay mucho que hacer y que aprender como para andar asustándose y lamentándose gratuitamente.

Las personas tóxicas y las luciérnagas

negatividadLas personas tóxicas son aquellas que te aportan tristeza, pesar, desequilibrio. Negatividad en general. Corresponden a ese determinado porcentaje de seres humanos que, de manera consciente o inconsciente, extienden a su alrededor un halo de vibraciones que alteran tu estado de ánimo si no tienes la suficiente fuerza mental como para rechazarlas, tanto desde el principio si las ves venir como una vez habiendo irrumpido en tu camino de manera inesperada ante tu falta de capacidad para afrontarlo bajo el raciocinio y una perspectiva crítica y analítica.

El problema es que somos salvajemente emocionales. Nos creemos dueños de nuestras vidas cuando en realidad nos hallamos sumidos en un estado de permanente afectación con respecto a lo que nos rodea. Y, dependiendo de nuestra capacidad racional, aquella que se manifiesta cuando las emociones ya han jugado previamente contigo, asumimos los acontecimientos de manera muy distinta. Por eso, personas de la misma condición social, cultural, económica, política, etc., reaccionan de muy distinta forma frente a los mismos problemas o adversidades.

Así pues, volviendo a las personas tóxicas, se recomienda alejarse de ellas rápidamente. Si se encuentran en tus círculos más cercanos, hay dos pasos: el primero, comprobar si es posible alejarse o no de ese ambiente (los más típicos son el laboral, más comprometido, y el amistoso, más doloroso). En caso de no poder evitarlo, puesto que se trate de un ambiente integrado entre tus hábitos cotidianos, entonces habrás de decidir cómo sentirte. ¿Molesto, amargado por tener a esas personas cerca o simplemente indiferente, permitiéndote disfrutar de todo lo demás que no está contaminado? Complicado pero crucial para vivir con dignidad. Tenemos que aprender a inmunizarnos, y esto requiere mucho, muchísimo tiempo y esfuerzo, pero la recompensa emocional no tiene precio.

boomerangEs más, tengo la teoría de que no vale la pena en absoluto sentirse más afectado de lo necesario, ya que podéis tener por seguro que dichas personas recibirán su toxicidad de vuelta cual boomerang. Ya lo indica la filosofía tántrica: cuando tratamos a alguien mal, injustamente, o simplemente cuando desprendemos negatividad hacia otras personas en forma de quejas y críticas destructivas constantes, no nos sentimos bien. Por regla general, el ser humano no disfruta haciendo sufrir a los demás (aunque las noticias televisivas nos hagan pensar que sí) ni exteriorizando sus desgracias gratuitamente a troche y moche (de hecho, esta actitud les engancha, es importantísimo cortarles de raíz), de manera que, cuando proyectamos este comportamiento nocivo, el malestar rebota inevitable y exponencialmente hacia nosotros.

Lo mismo ocurre con el positivismo. ¿No os sentís felices en compañía de personas que sonríen constantemente y que destacan por su amabilidad? Haced memoria. ¿Recordáis qué fácil os contagian su alegría y os sentís agradecidos por el agradable rato que os hacen pasar? Tengo una amiga que es así. La veo con menor frecuencia que a otras amistades pero siempre está ahí, cual luciérnaga en plena noche, ocupando un lugar especialmente iluminado en mi cerebro. De hecho, voy a hablar de ella, porque me apetece y me hace sentir bien pensar en que existan personas tan maravillosas:

Esta chica acaba de mudarse a Madrid para buscar trabajo. Tomó una decisión, se organizó y se tiró a la piscina con un entusiasmo precioso. Al reunirnos la última vez, me comentó que se le pasaba el tiempo volando, que no paraba de hacer cosas y que tenía mucha suerte de toda la gente buena que estaba conociendo. Ahí me permití decirle sinceramente: “no se trata de que estés conociendo gente buena, sino de que tú la estás atrayendo”. En su adorable humildad, no se quedó muy convencida, parece que continuó atribuyéndoselo a la suerte, pero una servidora está absolutamente convencida de ello.

Ypositivismo no hablo de que por desprender energía positiva constantemente a uno nunca le pase nada malo, en absoluto, afirmar eso sería profundamente surrealista porque así de puñetero es este mundo y esta vida; pero sí que tenéis que saber que, en gran medida, sois dueños de vuestro destino. Un ejemplo simple es que precisamente esta amiga mía, a su llegada a Madrid, trabajó una primera vez como freelance en una empresa cuya jefa resultó harto desagradable. Una persona a todas luces tóxica. Sin embargo, mi amiga decidió darle una segunda oportunidad, no fuera a ser que hubiera tenido un mal día. La experiencia negativa se repitió, lo que confirmó oficialmente su carácter tóxico. ¿Qué pasó? Que en lugar de seguir tragando, mi amiga decidió no volver más.

Parece fácil, ¿no? Pues qué difícil nos resulta cambiar normalmente… Reconozco que a menudo se sufren ciertas ataduras, como una hipoteca o una familia que mantener, pero a menudo estos factores se convierten en las excusas perfectas para soportar una vida espantosa que probablemente sería distinta de tratar de arriesgarse y buscar una posición mejor, siempre desde el análisis concienzudo de las posibilidades, por supuesto. Aparte, este recorrido existencial (estudio/aprendo un oficio, trabajo, me caso, compro una casa y tengo hijos) está siendo destruido a grandes zancadas en nuestro país a raíz de la situación económica, momento en que quizá debamos pensar más que nunca en lo que nos gustaría hacer y cómo conseguirlo o encaminarnos mínimamente hacia ello, aprovechando el despertar que ha supuesto este drama en medio de una sociedad que cada vez se siente más inquieta y más predispuesta a perseguir sus sueños. O eso creo notar en torno a mi generación.

Total, me estoy yendo por las ramas, así que regreso a las personas tóxicas y las luciérnagas. Lo dicho: huid de las primeras. Ya que en un principio os pueden pillar de sorpresa, proceded lo más rápidamente posible a eliminarlas de vuestra mente junto con la influencia que puedan ejercer. No tiene sentido alimentarlas sin rumbo psicoanalítico ni serán en absoluto relevantes dentro de una temporada más corta o larga de todas formas. Ni siquiera la venganza es necesaria porque, además de que os enveneraría el espíritu y agraviaría vuestro humor, la podredumbre ya está en su interior, esas semillas que ellos mismos siembran y abonan exteriorizando su contaminación hacia los demás y volviéndose cada vez más nauseabundas. ¿Para qué desearles siquiera mal alguno si ya tienen suficiente con el suyo propio? Tú estás por encima, estás en otro nivel en el que no solo responder sería rebajarse, sino también aportarse aún más negatividad de vuelta. No querrás esas semillas podridas en ti mismo, ¿verdad?

positivismo y negatividadAcercaros a las luciérnagas. Ellas os elevarán hacia lo que más os gusta de las personas, os harán recuperar la confianza en el ser humano, os darán ganas de vivir, de reír, de disfrutar, de alejaros de lo que os desestabiliza y de lo que os encoge el corazón en un incordio de pellizco innecesario e inútil, de nulo uso.

Amistades que se tuercen, jefes insufribles, parejas tortuosas, compañeros insoportables… Incluso el mero hecho de definirlos ya les da nombre y fuerza, ya les da importancia. ¿Para qué empañar tu tiempo y tu mente de tales vulgaridades? ¡Habrá cosas en las que pensar, sobre las que reflexionar y que disfrutar! No solo pertenecientes a las situaciones mundanas sino a otros universos reflexivo-filosóficos, poco apreciados a menudo a causa de nuestro egocentrismo natural (qué se le va a hacer, somos así). Además, solo tienes que preguntarte si acaso te mereces sentirte mal. ¿No? Entonces no te permitas auto-castigarte.

Por otra parte, también existe la posibilidad de que se haya producido un malentendido o efectivamente hayas tenido la culpa de algo, en cuyo caso no hay nada más sano que hablar las cosas con educación para disculparse y arreglarlo. Si eres demasiado orgulloso como para esto, la negatividad brotará de ti mismo; si lo intentas y la otra persona no es receptiva o incluso no hace el menor esfuerzo por contribuir, caso perdido. Y, por suerte, nadie es imprescindible en esta vida, así que ya sabes lo que hacer.

Dedicado a todas las luciérnagas de este mundo.

Las pantallas como destrucción de la comunicación interpersonal

Acabo de leer el siguiente artículo sobre el whatsapp y no puedo estar más de acuerdo: http://minoviomecontrola.blogspot.com.es/2012/11/que-dano-nos-ha-hecho-whatsapp.html?m=1

enfado whatsappEn resumidas cuentas (aunque os recomiendo echarle un vistazo), la autora expone la esclavitud emocional que nos impone esta aplicación a causa de informar minuto tras minuto de nuestra última conexión a todo prójimo que tenga nuestro número apuntado, dando lugar a una droga virtual generadora de disputas sentimentales (e incluso amistosas) y potenciadora de la impaciencia.

Y la califico como droga porque, a estas alturas, probablemente el porcentaje de gente que preferiría mantenerla sería mayor que el que no a raíz de esa dependencia que ha generado en nosotros, esas ansias de saber y controlar a pesar de que no nos agrade que nos hagan lo mismo.

¿Será posible que una tecnología tan provechosa provoque tanto mamoneo? Porque ya no se trata sólo de vigilar sino de los pollos que se montan cuando dos personas no se están entendiendo. Si ya en directo la comprensión resulta difícil a veces, las pantallas tienen la pasmosa habilidad de transformar pequeños problemillas en auténticas batallas campales, y ya no sólo se trata del whatsapp sino también del Facebook, Twitter y demás, de toda comunicación establecida por medio de pantallas.

¿Por qué ocurrirá esto? ¿Nos predispondrá nuestra naturaleza a malinterpretar a los demás al tomar las palabras ajenas normalmente de manera más negativa que positiva? Qué ironía calificar de “social media” a todo el tinglado este, ¿no? ¿Hasta qué punto las nuevas tecnologías suponen ventajas para el individuo cuando el nivel de autocontrol, de investigación y de crítica de este es generalmente pobre? La comunicación interpersonal sufre más que nunca, porque no solo consiste en plantar a dos personas cara a cara, eso no es comunicación. La verdadera comunicación interpersonal supone escuchar, entender, compartir, empatizar, enternecerse. Sentir, experimentar, amar. Vivir. Vivir la melodía de las palabras, disfrutar del flujo verbal en compañía, dejar volar retahílas de pensamientos para ser abrazados, no caídos en saco roto. Si ya este nivel de compenetración es complicado, cuánto más arduo rodeados de componentes favorecedores de la distracción.

gente con móviles

Incluso la posibilidad de poder consultar una imagen graciosa, una canción olvidada o cualquier cosa por el estilo durante una conversación es nociva, o al menos no recomendable de hacer por norma, puesto que interrumpe la magia, el momento entre esas personas, e induce al enganche, a enlazar imagen con imagen, canción con canción, vídeo con vídeo, masacrando la sana y agradable virtud de la improvisación y rompiendo lo que podía haber sido una bonita obra de teatro única, original y espontánea, una puesta en escena real, natural y humana. (Inter)personal.

Por tanto… ¿A qué nivel se está rebajando la comunicación interpersonal si cada vez nos comunicamos más a través de pantallas y estas, en vez de mejorar la comunicación, la tergiversan constantemente? O peor, son tergiversadas a través de nuestra propia interpretación. ¿Y si uno de los posibles amores de tu vida (o igualmente una persona fantástica) se encuentra delante de tus narices y no lo ves por estar chateando (en ocasiones con indeseables) vía móvil? ¿Cómo podemos dejar de mirar el brillo y la expresividad en los ojos de los demás cuando nos hablan? ¿Qué futuro emocional le espera a la humanidad en un mundo de pupilas cabizbajas? ¿Qué será del romanticismo, la complicidad, el respeto? ¿Quién contemplará las estrellas, la luna, las puestas de sol o simplemente el cielo azul tantas veces como se merecen?

Cosas que pasan en una residencia (III)

En este post, no hay carteles en los que se denuncie un robo o meadas en botellas por la cocina, pero me apetecía compartirlo.

De esto que una se dirige de buena mañana (tirando para el mediodía como buen sábado) hacia el baño y la cara que se me queda mirando hacia el interior del váter. Durante varios segundos. Para salir corriendo a por el móvil y hacerle la foto correspondiente.

Escarcha en el váter

¿Qué hará tal cacho de escarcha, o más bien hielo, ahí metido? ¿De dónde ha salido? ¿Será climatológicamente posible que se haya desprendido de la ventana y encajado tan estilosamente? ¿Habrá venido alguien a quitarlo de algún objeto no identificado?

Misterios de la vida.

Cosas que pasan en una residencia (II)

Tras aquel supuesto ladrón de geles que vagaba por la residencia en la que viví durante un mes en el centro de Londres, mi actual residencia, y concretamente la cocina, me han sorprendido esta semana con el siguiente cartel pegado a una pared.

Traducción:

Queridos inquilinos,

Podrían ustedes dejar de poner botellas con urina en la cocina, por favor.

Es muy antihigiénico.

Si necesitan orinar en una botella, por favor despáchense por ustedes mismos poniéndola en el aseo.

No estamos aquí para limpiar orina.

Por razones de salud y seguridad, por favor, traten con ello.

¿Qué puedo decir? Cualquier denuncia de robo no habría resultado más chocante y/o cómica que el hecho de encontrarse botellas con meados por la cocina. Pobre señora de la limpieza, con lo bien que me cae. Y, sobre todo, ¿qué clase de mente lleva la persona que deja su orina por doquier?

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