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Archive for the ‘Literarte’ Category

Cuando la rutina se vuelve agradable

Creo que es una de las mejores cosas que te pueden pasar: que tu rutina te resulte agradable. Obviamente las vacaciones son siempre bienvenidas pero no creo ser la única que, cuando llega el momento de regresar a la vida real, experimente cierta sensación de que es lo apropiado y hasta apetecible. También dependerá del tipo de periodo vacacional que se tenga, supongo. En España, lo típico es pillarse un mes entero en verano y el resto del año apañárselas con los festivos (aunque quizá esto esté cambiando al ritmo laboral que vamos).

Cuando viví en Londres, me repartí mis días libres bastante equitativamente para poder ir a casa (Jerez de la Frontera, España) cada tres meses más o menos. Es curioso cómo la casa de los padres perdura siendo “casa” en general a pesar de estar fuera. Aunque, poco a poco, la vida propia equilibrará el peso del hogar materno y el del propio. Ya me está comenzando a ocurrir, de hecho. Ir a casa (de los padres) permanecerá siendo un placer y una desconexión maravillosa. Pero mi casa está donde mi rutina opera (y donde vivo junto a mi pareja, que también contribuye a la sensación de asentamiento).

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Amanecer

¿A qué viene esta reflexión? Seguramente sea porque acabo de pasar por casa (de los padres), jeje. Mi hermano mayor se ha casado. Tres días de compañía asiática (la novia, ahora esposa, es coreana), seguidos de otros cinco días familiares, de amistades y, naturalmente, de esos preciosos regodeos personales que solo tengo de vacaciones en Jerez, como tomarme infusiones mirando a la pared, charlar con mi madre en la cocina, ver la tele con mi padre, echarme la siesta… En resumen, dejarme llevar por la tranquilidad autóctona de allí como si cada una de estas sencillas actividades fuera la más importante y única que hacer, sin prisa, sin inventarme deberes ni tareas posteriores.

El caso: mi hermano se ha convertido en un marido. Fue una boda muy bonita y divertida, ya os pasaré un vídeo (si mi hermano llega a montarlo). Me resulta tan increíble y, a la vez, natural contemplar cómo el paso del tiempo te obliga a madurar, a tomar decisiones, a adquirir nuevas responsabilidades prácticamente sin darte cuenta, todo de manera implacable y, si te lo montas bien, satisfactoria. Un “tenía que pasar” con una sonrisa y con ganas de seguir viendo qué deparará el futuro, un futuro aún incierto pero que suena ameno, sobre todo habiendo encontrado a la persona adecuada (esperemos).

Siempre me he sentido en armonía con el sentimiento y aplicación práctica de la independencia, de nunca tener prisa por encontrar pareja, del derecho a ser feliz en la soltería. Bueno, lo mantengo, pero ahora estoy totalmente convencida de que, con otra persona a tu lado, la supervivencia siempre será más agradable, la verdad. Con los altibajos y desacuerdos de turno, que más vale asimilar lo antes posible porque nadie se salva (algo que también he tenido que aprender), pero no hay color.

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Amor propio por San Valentín este año, porque tener pareja tampoco implica no celebrar el amor a uno mismo

En fin, hoy no he venido aquí a desperdigar mi vida sentimental en realidad. He venido a desperdigar un poco de todo, que para eso llevo unos mesecillos sin aparecer. Otro aspecto que ha contribuido a volver amena mi rutina consiste en tener un portátil propio por fin. El pasado octubre adquirí un económico Lenovo que antes de Navidad dijo “hasta aquí llegué”, y desde entonces hasta mi reciente viaje a España, porque no iba a pagar para arreglarlo cuando estaba en “garantía internacional” (internacional por los cataplines), me tuve que apañar con el portátil de mi pareja, y con su teclado francés, dicho sea de paso, dejando de lado mis queridas pérdidas de tiempo online. Bienvenidas seáis de nuevo. Obviamente el blog no está incluido pero sí era algo que, cuando estás usando el ordenador de otro, y de otro que usa su ordenador mucho, es prescindible.

Total, no voy a emitir mayores excusas, ya sabéis cómo funciona esto del blog: ahora escribo mucho, ahora te abandono, ahora me pongo nostálgica y vuelvo a escribir, y así. Y hoy tengo ganas de contaros un poco las historias que me han acompañado durante estos meses, y quizá de antes. Vamos, lo que me dé la gana.

Para refrescar la memoria y actualizarla incluso: vivo en San Diego (California) y trabajo como periodista por cuenta propia, campo en el que, por cierto, en los últimos días me han calificado de “excelente” y me han dicho que “da gusto trabajar con profesionales como yo” (tenía que decirlo, que tampoco es que ocurra todos los días)… y también trabajo en el área de comida preparada de un supermercado mexicano. Esto es nuevo, de hace casi un par de meses. Se intuye qué me apasiona y qué supone un ingreso económico extra, ¿verdad?

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Saludos desde San Diego, ciudad con arte urbano por doquier.

Antes de pasar a mis historias periodísticas y de cualquier otro tipo, he de confirmar lo que muchos puedan haber pensado: el trabajo en el supermercado es durillo. Obviamente los habrá peores pero yo hablaré de lo mío: muchas horas de pie, atención al cliente permanente y, por tanto, sonrisa obligada; 10% de los atendidos dignos de tirarles la comida a la cara (centrémonos en el otro 90%, que suele ser neutro o majete), sensación de ser un burrito humano con el olor que se impregna, esfuerzo por evitar mirar la cabeza de vaca sobresaliendo de una olla…

¿Qué pasa? Que he elegido estar ahí. He decidido asumir el reto de meterme en un curro que no me imaginaba haciendo y no negaré que el pensamiento de dejarlo no se me ha pasado (varias veces) por la cabeza. Afortunadamente, la perspectiva me cambia con el cheque de cada viernes, con el apoyo de unos compañeros estupendos, con la sensación de aprovechar mi tiempo de manera más productiva. Con, para qué engañarnos, sucesos como la propina de $5 que recibí ayer, cosa nada frecuente. Cualquier cosa que me ayude a sobrevivir y mantener mi actividad periodística es bienvenida.

Ahora, quiero hablaros de algunas de las historias que he cubierto y que más me han llegado. La palma se la lleva el relato de una mujer que lucha contra la transmisión del VIH de madres a hijos a través de la lactancia. Su organización no lucrativa, Es Por Los Niños, apoya a mujeres sin recursos, a menudo solteras, y las forma para evitar que este daño irreparable se produzca. Fue brutal reunirme con ella y que me contara su historia y su motivación para dirigir esta causa, basada en la muerte de su propio hijo.

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“Aspira a inspirar a otros y el universo tomará nota”

Esta, para mí, heroína de los pies a la cabeza que ha decidido destinar su vida a estas personas en apuros se emocionó por un momento durante la entrevista. El local donde estábamos emitía la canción “Dear Mama” de 2pac, melodía que su hijo le había hecho escuchar una vez. Me faltan las palabras para describir la situación y la admiración que me produjo esta señora, quien en aquel momento sintió la presencia de su hijo con ella, haciéndome emocionarme profundamente a mí también.

En un segundo puesto, aunque muy cercano al primero, se encuentra una víctima de violencia de género, actualmente luchadora por los derechos de las mujeres que sufren esta lacra y centrada en la comunidad latina, ya que el miedo a la deportación y a que les quiten a sus hijos convierte a este sector en gran candidato a permanecer en silencio en los Estados Unidos. Desde aquí, vuelvo a proclamar mis respetos y admiración hacia esta valiente joven que utiliza su experiencia para ayudar a otros, con el trauma que supone una vivencia así y lo mal visto que aún está hablar de ello desgraciadamente, de una terrible situación familiar, cuando debería denunciarse de inmediato.

Y así, a día de hoy, me llevo cerca de 100 historias para el recuerdo. Obviamente las hay más y menos profundas, no todo van a ser causas de vida o muerte, pero hasta las más pequeñas aportan algo, a los lectores y a mí misma. He entrevistado a actores y cantantes, he conocido a artistas de distintas tendencias, he hablado con un maestro maya, he anunciado estrenos de programas y festivales, he asistido a eventos, unos benéficos, como la entrega gratuita de regalos a niños desfavorecidos por Navidad y otros tantos, como la representación de ballet de El Gran Cascanueces Ruso. ¡Hasta he informado a la población sobre cómo evitar garrapatas!

Este año único como reportera, como me dicen por aquí, se me quedará grabado para siempre. Admito que apenas he escrito en el blog pero os aseguro que he escrito y, sobre todo, he sentido escribiendo más que en toda mi vida (que tampoco es muy larga, 27 años cumplidos en enero, pero como no veo muchas más opciones periodísticas futuras una vez se me acabe el permiso de trabajo en tres meses…). Interesados en ver parte de mis artículos pueden visitar https://mariagonzalezamarillo.contently.com/. Sí, soy fan de los portafolios, los recomiendo a todo el mundo para mostrar los trabajos profesionales.

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Regalito de una pequeña-gran persona con un pequeño-gran mensaje

Otros aspectos hacia los que me gustaría emitir agradecimientos son esas cosas pequeñas que, si cuentan con nuestra atención, también hacen de nuestra rutina un camino mucho más pleno. Véase aquel corte de pelo que una simpática peluquera mexicana me hizo, y que mentalmente necesitaba con desesperación; haber descubierto que me gusta el sushi hace un par de días; la más elaborada comida semanal que tengo desde que me mudé a San Diego con mi pareja hace un año (todo suyo el mérito), los emails informativos que me llegan de mi padre en torno a cualquier cuestión mencionada, el poder ir en manga corta durante el día, ver una serie en inglés sin problema…

Los audio-whatsapps con amigos de varios minutos poniéndonos al día, las reuniones más o menos mensuales con una fantástica familia americana de Riverside, que me ha permitido vivir todas las fiestas y tradiciones del país en su más pura esencia; mis míticas tostadas con philadelphia para desayunar (comer me hace definitivamente feliz); encontrar el regalo adecuado para un ser querido, “limpiar” el Gmail de correos, una novela entretenida, tachar en la agenda las cosas ya hechas, tener portátil propio tras tres meses, haber aprendido a hacer un buen salmorejo, soñar con viajes y planes futuros, posibles e improbables; reír por cualquier cosa, o simplemente reír…

Una larga lista.

Gracias.

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“La dama de las camelias”, de Alexandre Dumas, y el arte de comunicar

La dama de las camelias Alejandro DumasUna auténtica obra de arte, desde mi punto de vista de humilde lectora. Un libro corto que, cuanto más lees, más te incita a seguir leyendo. Una historia cuyo principio ya te cuenta el final pero prosigue de una manera tan intrigante que te olvidas del desenlace para esperar con ansia, página tras página, a que aparezcan las respuestas a tus preguntas, los motivos, las causas.

Una historia de amor. Empalagosa a más no poder en varios fragmentos, e incluso capítulos, e incluso en la totalidad de la novela. Pero de un empalague sublime, de una intensidad que te contagia la emoción, de un dolor que te traspasa el corazón.

Una reflexión en torno a la influencia de la sociedad y de sus prejuicios sobre las relaciones, en torno a la actitud de las personas en función del nivel económico y de la posición social que se ocupa (ellas y tú), y en torno al pesar de los sentimientos hacia el pasado, el cual en ocasiones supone tal tremenda carga que acaba afectando al presente y al futuro de forma irreparable.

Una trama deliciosa de digerir aún en su amargura. ¡Menudas últimas diez páginas! Una prueba más de que no hace falta escribir demasiadas palabras para expresar con fuerza lo que se quiere decir. Y una prueba más de que la capacidad de comunicar es un arte tan válido como la pintura o la escultura.

Terminar esta novela y el recuerdo de una conversación que mantuve hace un par de días con una compañera de profesión (o más bien de intento de profesión en que se ha convertido el periodismo) me han devuelto la confianza perdida en el sentido de mi carrera.

Esta chica y yo nos cuestionábamos lo asimilado durante la carrera de periodismo. Y solo cuando ella me preguntó directamente: “¿tú sientes que has aprendido algo que puedas aplicar?”, encontré la respuesta en mí misma mientras la razonaba y exteriorizaba, primero pareciendo querer hacernos sentir mejor, pero finalmente revelando (que no convenciendo) a ambas que había valido la pena.

Porque nacimos con la inquietud de escribir, con un latido de inspiración incorporado en el corazón, con un deseo irreprimible de aprender a escribir mejor que los demás, con la necesidad de plasmar lo que sentimos, pensamos, vemos y criticamos de manera que les sirva de algo a los demás, que les aporte lo que aprendemos, lo que pensamos que es lo correcto (lo sea o no), o aunque solo sea para compartirlo e iniciar un debate. Escribir es pensar, compartir, abrirse al mundo, pedir ser escuchado; querer emocionar, influir, afectar y hacer pensar. Es ser meticuloso con la forma y con el fondo, con las palabras, los párrafos, la gramática, la ortografía. Una falta de ortografía, una palabra mal escrita, una frase errónea puede descolocarnos. No solo la detectamos fácilmente, sino que molesta enormemente a la vista, cual moscardón posado en las narices. ¡Cuanto más sangran ojos y/u oídos ante ciertos sacrilegios literarios y/o verbales!

Dolor de alma

Dolor de alma

La voluntad de escribir y de expresarse correctamente se vuelve perfeccionista hasta el tormento en las almas auténticamente periodísticas. Y la de comunicar ya ni os cuento. El problema es que todo el mundo lo ve más fácil que una operación quirúrgica o la construcción de un edificio porque, mientras que estas actividades se reservan a médicos y arquitectos (con todo mi respeto hacia ambos campos, es solo un ejemplo), todo el mundo tiene la capacidad de escribir. Esto es, de coger un bolígrafo/teclado y plantar letras en un papel/una pantalla. Pocos se acuerdan, para nuestra consideración, de que eso no implica en absoluto contar con la capacidad de comunicar, que va muchísimo más allá.

El periodismo está destrozado de críticas. Estoy de acuerdo en que, en parte, se lo ha ganado, pero lo mismo ocurre en muchas otras carreras, las cuales van mutando igualmente a lo largo del tiempo y de los cambios de época sin que se adviertan, sin embargo, sus aspectos negativos al nivel de los del mundo periodístico. Observo con pesar que vapulearlo se ha convertido prácticamente en una moda, en un recurso conversacional, en una tendencia social, transformándolo en uno de los blancos profesionales más castigados y salpicando de desprecio a una pasión centenaria. La única diferencia con el resto de campos es que estos no han de pasar por esa exposición pública; sus negligencias, irregularidades y demás intríngulis se mantienen anónimos, a salvo de las críticas, cuando todo el mundo sabe que gente incompetente e indecente hay en todas partes y en todas las carreras. Pero esto se olvida en cuanto se ve, se lee o se escucha a tal persona en un medio de comunicación y se piensa automáticamente “estos periodistas…”.

críticasAh, otro tema candente es el de la “cultura”: todos los periodistas tienen que saber de todo, tienen que llevar la cultura general, y no tan general, en vena. Una tontería tan grande como que los médicos deban ser capaces de desenvolverse en todas las especialidades. ¿No se centran en una? ¿A alguien le cuadra un cardiólogo ejerciendo de podólogo o un dermatólogo de pediatra? Pues con nosotros, y con la inmensa mayoría de las carreras, ocurre igual: cada profesional se especializa en el tema que más le apasiona, lo demás se la trae al pairo. Hay tropecientos temas sobre los que escribir y aprender muchísimo como para estar al tanto de otros asuntos, por muy de actualidad que sean. ¿Por qué un periodista ha de saber de política o de economía si de lo que quiere comunicar es, por ejemplo, de nuevas tecnologías? ¿O de automoción? ¿De música? ¿De inteligencia emocional? ¿De bricolaje? A ver si se deja de exigirnos que sepamos de todo, que nos enteremos de todo, que nos interese todo, como si no tuviéramos nuestras propias preferencias, como todo el mundo.

Hoy, reafirmo las razones que me llevaron a estudiar periodismo. Hoy, defiendo mi profesión, aún sin saber si llegaré a ejercerla a través de un medio de comunicación o de cualquier manera remunerada, porque el periodismo nos necesita. Necesita a personas que lo traten como se merece, que amortigüe las puñaladas que recibe, que le recuerde que es un mundo de grandísimo valor, coraje y poder.

Y porque, al fin y al cabo, soy incapaz de imaginarme habiendo estudiado una carrera distinta.

Lecciones de escritor a escritor (III)

Y aquí viene la tercera y última tanda de lecciones que el personaje Harry Quebert da a Marcus Goldman en la gran novela La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker, cuya crítica personal podéis ver aquí. He vuelto a retrasarme considerablemente en culminar esta serie de posts pero, gracias a un internauta que se tomó la molestia de escribirme comentándomelo (un saludo para Alain desde aquí), he decidido cerrarla de una vez, que por algo caló hondo esta trama en mí y no está bien no terminar lo que se empieza.

Os recuerdo que, como bien cita el título, se trata de lecciones de escritor a escritor y, si está en vuestra mano, ¡no os perdáis la primera y la segunda tanda! Aunque lo idóneo naturalmente sería que os paseárais por toda la historia. Allá vamos, pues.

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“Golpee ese saco, Marcus. Golpéelo como si su vida dependiese de ello. Debe usted boxear como escribe y escribir como boxea: debe dar todo lo que tiene porque cada pelea, como cada libro, puede ser la última.”

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“Harry, ¿cómo se transmiten emociones que no se han vivido?

escribir– Ese es precisamente su trabajo como escritor. Escribir significa que es usted capaz de sentir mejor que los demás y transmitirlo después. Escribir es permitir a sus lectores ver lo que a veces no pueden ver. Si sólo los huérfanos contasen historias de huérfanos, no llegaríamos a ninguna parte. Eso significa que no podría usted hablar de madres, de padres, de perros o de pilotos de avión, ni de la Revolución Rusa, porque no es usted ni madre, ni padre, ni perro, ni piloto de avión y no ha conocido la Revolución Rusa. No es más que Marcus Goldman. Y si todos los escritores debieran limitarse a sí mismos, la literatura sería espantosamente triste y perdería todo su sentido. Tenemos derecho a hablar de todo, Marcus, de todo lo que nos conmueve. Y no existe nadie que pueda juzgarnos por eso. Somos escritores porque hacemos diferente una cosa que todo el mundo a nuestro alrededor sabe hacer: escribir. Ahí reside todo nuestro ingenio.”

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“Las palabras están bien, Marcus. Pero no escriba para que le lean: escriba para ser escuchado”.

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“Quien arriesga gana, Marcus. Piense en este lema cada vez que se enfrente a una elección difícil. Quien arriesga nada.”

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“Anhele el amor, Marcus. Haga de él su más hermosa conquista, su única ambición. Después de los hombres, habrá otros hombres. Después de los libros, hay otros libros. Después de la gloria, hay otras glorias. Después del dinero, hay más dinero. Pero después del amor, Marcus, después del amor, no queda más que la sal de las lágrimas.”

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“Ya ve usted, Marcus, las palabras están bien, pero a veces son vanas y no bastan. Llega un momento en que ciertas personas no quieren escucharle.

– ¿Qué se debe hacer entonces?

– Agarrarlos por el cuello y presionar con el codo en su garganta. Con fuerza.

– ¿Para qué?

– Para estrangularlos. Cuando las palabras no bastan, reparta algunos puñetazos.”

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“Un nuevo libro, Marcus, es una nueva vida que empieza. Es también un momento de gran altruismo: ofrece usted, a quien quiera descubrirla, una parte de sí mismo. Algunos le adorarán, otros le odiarán. Algunos le convertirán en una estrella, otros le despreciarán. Algunos se sentirán celosos, otros interesados. No es para ellos para quienes escribe usted, Marcus. Sino para todos los que, en su vida diaria, habrán pasado un buen momento gracias a Marcus Goldman. Me dirá usted que no es gran cosa, y sin embargo, no está nada mal. Algunos escritores quieren cambiar el mundo. Pero, ¿quién puede realmente cambiar el mundo?”

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“Cuando llegue al final del libro, Marcus, ofrezca a sus lectores un giro argumental de último minuto.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué? Porque hay que tener al lector en vilo hasta el último momento. Es como cuando juega a las cartas: debe guardar algunos triunfos para el final.”

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“Su vida estará salpicada de grandes acontecimientos. Menciónelos en su libro, Marcus. Porque si al final se revelan nefastos, al menos tendrán el mérito de marcar algunas páginas de la Historia”.

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“A veces le vencerá el desaliento, Marcus. Es normal. Le decía que escribir es como boxear, pero también es como correr. Por eso me paso el día mandándole a la calle: si tiene la fuerza moral para realizar carreras largas, bajo la lluvia, con frío, si tiene la fuerza de terminar, de poner en ello toda su fortaleza, todo su corazón, y llegar hasta el final, entonces será capaz de escribir. No deje nunca que se lo impida el cansancio ni el miedo. Al contrario, utilícelos para avanzar.”

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“El último capítulo de un libro, Marcus, siempre debe ser el más hermoso.”

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“Un buen libro, Marcus, no se mide sólo por sus últimas palabras, sino por el efecto colectivo de todas las palabras precedentes. Apenas medio segundo después de haber terminado el libro, tras haber leído la última palabra, el lector debe sentirse invadido por un fuerte sentimiento; durante un instante, sólo debe pensar en todo lo que acaba de leer, mirar la portada y sonreír con un gramo de tristeza porque va a echar de menos a todos los personajes. Un buen libro, Marcus, es un libro que uno se arrepiente de terminar.”

Lo que me queda por vivir, de Elvira Lindo

Elvira Lindo Lo que me queda por vivirEsta novelita ha sido especialmente interesante no por la historia en sí, sino por las profundas reflexiones que la protagonista va lanzando disimuladamente a la mente del lector como quien no quiere la cosa. Y por “profundas” no pretendo que entendáis largas ni engorrosas ni especialmente rebuscadas, sino acertadas, directas, iluminadoras. Planteamientos de cosas cotidianas por las que todos pasamos sin ponerle nombres concretos ni intentar canalizarlos con palabras, y que se quedan en el saco de las experiencias sin siquiera ser analizados.

Pues esto es lo que haría la joven narradora de la trama: hablar, contar, exteriorizar. Cedernos todos y cada uno de sus pensamientos y anécdotas a lo largo de una existencia considerablemente intensa incluso en su sencillez, y actualmente tortuosa a raíz de la ruptura con su marido pero a su vez influida por muchos más factores, con frecuencia relacionados con la relación entre ella y las personas que la rodean o la rodearon en el pasado: su hijo, sus padres, su tía, amigos, amantes…

No recomiendo leerla desde el punto de vista de una historia como tal (inicio-nudo-desenlace), sino como una sucesión de recuerdos e impresiones mezclados de manera caótica dentro de su orden. Recalco esto porque he de reconocer que llegó un momento en el que me impacienté a la espera de algún giro o suceso que “animara” el asunto, me daba la sensación de que el libro estaba hecho a base de relatar historietas cual anciano melancólico en lugar de centrarse en el presente de la protagonista. Y, en cierto modo, es así, pero una vez asimilado el formato, se lee de otra manera.

Así pues, procedo a plasmar algunas de las sentencias que más me han llegado:

Nunca y siempre. Esas son las palabras que los amantes pronuncian de manera ilusa sin querer admitir que son las únicas dos que carecen de sentido.

“Una verdad como un templo” es poco para categorizarla. ¿Quién no ha caído en la tentación de emitir estos adverbios de tiempo, incluso repetidas veces, a lo largo de sus relaciones sentimentales? Muy pocos, por no generalizar por completo. “Siempre te querré”, “nunca me dejes”, “nunca te abandonaré”, “siempre estaremos juntos”… Obviamente entiendo que estas expresiones se ven automáticamente lanzadas al exterior dentro de la euforia emocional correspondiente y no niego su encanto, pero conviene ser consciente del escaso realismo que conllevan implícito en el caso de las relaciones, volátiles como bandadas de pájaros por suerte o por desgracia.

Los actos de los muertos no pueden modificarse, ni discutirse, así que cualquier hallazgo sobre su pasado nos trastorna más que consolarnos.

Otra afirmación aplastante. Naturalmente, hay muchos casos en los que averiguar algo de un ser querido fallecido (entiéndase “querido” tanto como un familiar o amigo como alguien a quien admiremos, aunque no le conozcamos personalmente, por el motivo que sea) o encontrar alguna pertenencia del mismo no tiene por qué suscitar mayor agitación que la puramente positiva, pero somos muy propensos al sufrimiento, a la frustración, la melancolía, la nostalgia, la tristeza en general. Hay cosas que preferimos no saber de alguien por el daño que provoca el hecho en sí, o por hacernos revivir el dolor experimentado ya sea con esa persona en vida y/o con su muerte. Y, como es evidente, nada es debatible cuando ya no se encuentra entre los vivos.

La mentira grave, esencial, puede producirse por respeto, por miedo o por cariño a la persona a la que se le cuenta, pero las pequenas mentiras, esas que se suceden unas a otras, que se amontonan como las cagadas de paloma, son las que acaban definiendo al mentiroso, que miente y olvida, miente y olvida.

Una manera excelente de definir al auténtico embustero. Un ser que se acostumbra tanto a mentir que acaba por no sentir apenas remordimiento ni reparo hacia la vida paralela que se inventa. Como ya hemos oído y leído en muchas ocasiones: un individuo que termina por creerse sus propias mentiras. No es que me tome la expresión al pie de la letra pero en cierto modo, así viven. Por miedo, vergüencia, ansias de aparentar más de lo que son… Básicamente, las mentiras me parecen un mal provocado por el no aceptarse a sí mismo y/o por no ser lo bastante valiente como para proyectar la verdad, o los verdaderos pensamientos que se tienen hacia una cuestión, ante los demás. Por querer sentirse más integrado en un grupo o más apreciado o idolatrado por otra persona.

mentiraTambién dicen que por no hacer daño. Este argumento se mantiene en la cuerda floja para mí. ¿Cuántas veces se trata de evitar un pequeño malestar hasta que por acumulación se convierte en una bomba? Esto se entremezcla con el tema de la negatividad hacia la que tenemos tanta tendencia a lo largo de la vida. Y esto es por falta de prepación psicológica vital, es decir, porque los que más y los que menos normalmente vivimos en el mundo de Yupi. No queremos malas noticias, no estamos preparados para escucharlas, y menos directamente relacionadas con nosotros. No tenemos aguante a duras penas hacia cosas tan normales como rupturas y muertes.

¿Normal la muerte? ¿Cómo puedo atreverme a catalogar algo tan trágico y traumático como “normal”? Pues precisamente por eso, porque algo que ocurre todos los días a millares desde el principio de los tiempos nos sigue resultando trágico y traumático. Todos habéis oído, y muchos dicho: “no somos nada”. Y esta frase sí que hay que tomarla al pie de la letra. En el siglo XXI continuamos siendo tan increíblemente egocéntricos que se nos olvida cómo funciona el universo, en el que la extinción forma parte intrínseca del equilibrio cósmico.

Con esto no voy a menospreciar las lágrimas y el sufrimiento que acompaña al suceso ni mucho menos, soy la primera que tiene que trabajar muchísimo en asimilar la muerte como algo “normal” de verdad… Pero precisamente por esto, por la impotencia hacia mi propia incapacidad, me animo a criticar nuestro limitado mundo mental, nuestra falta de amplia de miras, nuestro carácter frecuentemente destructivo y autodestructivo más que productivo, nuestra resistencia a conocer las cosas tal y como son y no como nos gustaría, nuestro énfasis en defendernos y en llevar la razón, nuestra facilidad para sentirnos atacados en vez de constructivamente comentados o simplemente incitados a mantener una conversación más allá del típico y banal intercambio de datos, de información que no admite respuesta ni fomenta la reflexión ni el debate en el que compartir opiniones y aprender o contemplar otros puntos de vista. He aquí la muerte de la transparencia y de la comunicación, en el sentido estricto de la palabra.

Ya no sabía cuáles eran sus intenciones, qué quería hacer con su vida o si quería acabar lentamente con la mía. A veces pensaba que era un malvado, otras uno de esos cobardes que queriendo no hacer daño acaban provocando desgracias mayores que las que desencadenan los verdaderos malvados. Lo más probable es que no supiera qué hacer con su vida y tratara de averiguarlo fracasando conmigo una vez y otra y otra.

Billie y sus últimos cuatro años

Billie Anna Gavalda¿Os habéis parado a reflexionar un segundo sobre vuestros últimos cuatro años? ¿Sobre cuánto los habéis aprovechado, qué habéis hecho, qué podríais haber hecho mejor (o peor), a cuánta gente habéis conocido, cuántos de ellos siguen en vuestras vidas…?

¿Y por qué hablo de cuatro años? Supongo que porque es una cifra simbólica, representativa de ciertos periodos de reflexión, como ocurre con las elecciones. Y por el siguiente fragmento, extraído de la particular novela Billie, escrita por Anna Gavalda:

Cuatro años.
¿Qué había hecho yo en esos cuatro años?
Nada.
Mamadas a mansalva y recolectar patatas…

Estaba calcada en tristeza.

Billie es una chica psicológicamente atolondrada, un torbellino, la consecuencia de una educación tortuosa. Y como el tornado humano que es, con sus momentos de calma, el relato de su vida es contado como tal. Con muchos tacos y espontaneidad, con dudas, omisiones de detalles a mitad de frase, puntos suspensivos, exclamaciones y paréntesis. Con la simplicidad y pocos pelos en la lengua de una muchacha de barrio. Con la transparencia que hace de ella una joven hacia la que broten los sentimientos de todo tipo y, sobre todo, de cariño, de apoyo, e incluso de admiración en ocasiones.

Esta novela muestra una relación entre dos personas muy especial y original; una evolución narrativa considerablemente diferenciada de lo que he leído hasta ahora, muy actual en sus personalidades y situaciones familiares, realista en sus emociones y frustraciones, y sorprendente en su final, el cual llega de pronto para dejar al lector reflexionando sobre esta cosa tan compleja que llamamos “amor”.

Y, por esto y la mezcla de esto conmigo misma y mis conexiones cerebrales, me he preguntado por mis últimos cuatro años y por cuántos de los que me rodean se preguntarán por sus últimos cuatro años. ¿Hemos aprovechado las oportunidades que se nos han presentado? ¿Hemos estado estancados? ¿Hemos reaccionado? ¿Cuánto amor hemos dado y recibido? No hablo del sentimental sino del que lo inunda todo, del que aparece automáticamente porque viene desde lo más profundo del alma, ese que crea uno mismo y lo expande en forma de sonrisas, de generosidad, de disfrute de las cosas pequeñas, sin importar cuáles sean las circunstancias. Ese amor que puedes dar y recibir cuando te sientes pleno sin significar que tengas de todo, sino que sencillamente no necesitas nada más.

Uf.

Ha quedado un poco cursi el último parrafote, aunque naturalmente esté de acuerdo con él (por algo lo he escrito) y plasme, de alguna manera, uno de mis objetivos (o más bien luchas) existenciales. Pero bueno, cuando se os baje la subida de azúcar, creo que bastará con que analicéis si estáis satisfechos con el camino recorrido y sus decisiones correspondientes. Si lo estáis, lo demás sale solo. Si no, hora de cambiar el rumbo.

Y una servidora, afortunadamente, está contenta con su camino por el momento.

Gracias, Billie.

Los pilares de la tierra y la capacidad de perdonar

Los Pilares de la Tierra Ken FolletNo voy a hacer spoiler ninguno porque desde luego esta obra se merece leer sin conocimientos sobre la trama. No dejaría de sorprenderos y encandilaros de todas formas, al menos desde mi punto de vista tras haber pasado por ella, pero cuantas más sorpresas os dé, tanto mejor.

Solo para poneros mínimamente en situación, se trata de una historia medieval en la que se entrecruzan a lo largo de unos pocos escenarios una serie de personajes diferenciados, desde arquitectos y monjes hasta caballeros y realezas varias, pasando por proscritos y otras tantas caracterizaciones propias de estos tiempos. Sumado a unas dosis de acción prácticamente permanentes, aparece el mundo arquitectónico como vínculo entre los elementos, todo fusionado en un sinfín de conflictos y escasos periodos de calma fantásticamente enlazados, equilibrados y de una creatividad y propiedad adictiva aplastantes.

No obstante, lo que venía a destacar en este post, además de la obra de arte que esta novela es, consiste en la virtud de uno de los personajes principales, que de tan misericordioso que se muestra a la hora de perdonar a los demás le deja a uno anonadado por completo. Y le hace pensar en ello, reflexionar sobre el bien y el mal hasta el punto de incluso verle sentido a esa filosofía de vida, a la proporción entre lo positivo que emitimos y, consecuentemente, lo que recibimos. En la posibilidad de responder con una sonrisa hacia una ofensa, con ayuda ante un ataque. Actitudes inesperadas que pillen tan de sorpresa al emisor agresivo que tal vez le hagan, a su vez, reflexionar sobre su actitud y sus motivos.

Resulta difícil expresar los sentimientos que Los Pilares de la Tierra van despertando en el alma, tentando a cada frase a continuar desvelándonos el intrincado circunstancial y problemático que envuelve sin descanso a los personajes, hacia los cuales a uno le arden los sentimientos de cariño, compasión, desprecio, furia y mucho más, hasta la última página.

Para terminar: sí, efectivamente el susodicho tomo consta de unas 1300 páginas pero, ¿sabéis qué? A menudo nos perdemos grandes placeres que requieren más tiempo y esfuerzo a causa de la pereza o de la necesidad de hacer un mayor número de cosas durante lo que esa en particular nos llevaría, privándonos de lo mucho que nos pueden hacer disfrutar, no solo una vez culminadas sino durante el proceso, como ocurre en este caso. Es decir: ¿que durante ese mes que le he dedicado podría haberme leído cuatro libros más reducidos? Naturalmente, pero ¿qué más da, qué prisa tenía, cuando he vivido tanto este? Sin prisa pero sin pausa, con la dedicación justa y necesaria de cualquier lector motivado.

Qué maravilla disponer de un universo literario tan amplio… y qué poco apreciado está, el pobre.

Lecciones de escritor a escritor (II)

escribirContinuamos con la segunda división que establecí, allá por octubre, de reflexiones y consejos recibidos por el protagonista de la novela La verdad sobre el caso de Harry Quebert, de Joël Dicker. Podéis ver la primera tanda de consejos aquí, y aprovecho para volver a recomendaros este fantástico libro, cuya crítica personal tenéis en este otro post. Procedemos pues, aún tras estos meses que me han mantenido alejada de esta secuencia literaria pero que no he olvidado gracias a mi querido escritorio de ordenador, en el que cada icono presente es una tarea pendiente, y no son pocos…

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“Marcus, ¿sabe cuál es el único modo de medir cuánto se ama a alguien?

– No.

– Perdiendo a esa persona.”

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“Harry, ¿hay algún orden en todo esto que me está contando?

– Claro que sí…

– ¿Cuál?

– Cierto. Ahora que me lo pregunta, quizás no lo haya.

– ¡Pero, Harry! ¡Esto es importante! ¡No lo conseguiré si no me ayuda!

– Bueno, mi orden no importa. Es el suyo el que cuenta al final. […] La victoria está en usted, Marcus. Basta con querer dejarla salir.”

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“Los escritores que se pasan la noche escribiendo, enfermos de cafeína y fumando tabaco de liar, son un mito, Marcus. Debe ser disciplinado, exactamente igual que en los entrenamientos de boxeo. Hay horarios que respetar, ejercicios que repetir. Conservar el ritmo, ser tenaz y respetar un orden impecable en sus asuntos: ésos son los tres cancerberos que le protegerán del peor enemigo de los escritores.

– ¿Quién es ese enemigo?

– El plazo. ¿Sabe lo que implica un plazo?

– No.

– Quiere decir que su cerebro, en esencia caprichoso, debe producir en un lapso de tiempo fijado por otro. Exactamente como si fuese un recadero y su jefe le exigiese estar en tal sitio a tal hora precisa: debe arreglárselas para estar, y poco importa que haya mucho tráfico o se le pinche una rueda. No puede llegar tarde, porque si no, está usted acabado. Pasará lo mismo con los plazos que le imponga su editor. Su editor es a la vez su mujer y su jefe: sin él no es nada, pero no podrá evitar odiarlo. Sobre todo, respete los plazos, Marcus. Pero si puede permitirse el lujo, sálteselos. Es mucho más divertido.”

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“En esta sociedad, Marcus, los hombres a los que más admiramos son los que ponen en pie rascacielos, puentes e imperios. Pero en realidad, los más nobles y admirables son aquellos capaces de poner en pie el amor. Porque es la mayor y la más difícil de las empresas”.

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“Debe usted preparar sus textos como quien prepara un combate de boxeo, Marcus. Los días precedentes a la velada conviene entrenarse a un setenta por ciento del máximo, para dejar hervir y crecer dentro de uno mismo esa rabia que debe explotar la noche del combate.

– ¿Qué quiere decir eso?

– Que cuando tenga una idea, en lugar de convertirla inmediatamente en uno de esos ilegibles cuentos que publica en la revista que dirige, debe guardarla en lo más profundo de sí mismo y dejarla madurar. Debe impedir que salga, debe dejarla crecer en su interior hasta que sienta que ha llegado el momento. […]

– Entonces, Harry… Convertir las ideas…

– … en iluminaciones.”

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“Harry, ¿cuánto tiempo se necesita para escribir un libro?

– Depende.

– ¿Depende de qué?

– De todo.”

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“¿Cuál es su opinión?

– No está mal. Pero creo que les da demasiada importancia a las palabras.

– ¿Las palabras? Pero, cuando se escribe, son importantes, ¿no?

– Sí y no. El sentido de la palabra es más importante que la palabra en sí.

– ¿Qué quiere decir?

– Bueno, una palabra es una palabra y las palabras son de todos. Basta con abrir un diccionario y elegir una. Es en ese momento cuando se vuelve interesante: ¿será usted capaz de dar a esa palabra un sentido particular?

– ¿Cómo cuál?

– Coja usted una palabra y repítala en uno de sus libros, por todas partes. Cojamos una palabra al azar: gaviota. La gente empezará a decir cuando hable de usted: “Ya sabes, Goldman, el tipo que habla de gaviotas”. Y después, llegará un momento en que, al ver gaviotas, la gente empezará a pensar en usted. Se fijarán en esos estridentes pájaros y se dirán: “Me pregunto qué es lo que Goldman ha podido ver en ellos”. Y después empezarán a asimilar gaviotas y Goldman. Y cada vez que vean gaviotas, pensarán en su libro y en toda su obra. Ya no verán esos pájaros de la misma forma. Sólo en ese instante estará usted escribiendo algo. Las palabras son de todos, hasta que uno demuestra que es capaz de apropiarse de ellas. Eso es lo que define a un escritor. Y ya verá, Marcus, algunos querrán hacerle creer que un libro tiene relación con las palabras, pero es falso. Se trata de una relación con la gente.”

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“Ya ve usted, Marcus, nuestra sociedad ha sido concebida de tal forma que hay que elegir continuamente entre razón y pasión. La razón nunca ha servido de nada y la pasión a menudo es destructiva. Así que me va a costar ayudarle.

– ¿Por qué me dice eso, Harry?

– Porque sí. La vida es una estafa.

– ¿Se va a terminar las patatas fritas?

– No. Cójalas si le apetece.

– Gracias, Harry.

– ¿De verdad le interesa lo que le estoy contando?

– Sí, mucho. Le estoy escuchando atentamente. La vida es una estafa.

– Dios mío, Marcus, no ha entendido usted nada. A veces tengo la impresión de estar hablando con un estúpido.”

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“El peligro de los libros, mi querido Marcus, es que a veces se puede perder el control. Publicar significa que lo que ha escrito usted en compañía de la soledad se escapa de pronto de sus manos y desaparece entre la gente. Es un momento muy peligroso: debe usted conservar el control de la situación en todo momento. Perder el control de su propio libro es catastrófico.”

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“Aprenda a amar sus derrotas, Marcus, pues son las que le construirán. Son sus derrotas las que darán sabor a sus victorias”.

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Tercera parte pronto (o eso espero esta vez).

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