Archivo

Archive for the ‘Mundo’ Category

Cómo espantar a un cliente en dos segundos

atención al cliente 2¿El cliente siempre lleva la razón? No. Por supuestísimo que no. Pero de ahí a hacer sentir al cliente como si no tuviera ni pajolera idea o estuviera cometiendo una atrocidad con lo que te está pidiendo, hay un paso. Obviamente habría que ver en profundidad el tipo de producto o servicio que ofrece el profesional y el tipo de petición que el cliente le está haciendo. Pero creo que todo se puede explicar de manera que el cliente comprenda el punto de vista desde la experiencia y no salga espantado, a menos que la intención sea precisamente esa por parte de la empresa o profesional individual.

¿A qué viene esto? Pues se debe a que recientemente he pasado por una vivencia considerablemente incómoda, en concreto en una peluquería. Reconozco que casi siempre que pido que me escalonen el pelo con la primera capa a la altura de la ceja, cosa que llevo haciéndome desde hace años, a los peluqueros parece chirriarles un poco esa petición. Se resisten, siempre quieren dejarla más larga, con el resultado del perímetro de pelo en torno a la nuca más abultado en lugar de todo el cabello uniforme desde lo alto de la cabeza hasta las puntas, lo cual me da una rabia tremenda y por ello procuro describir en detalle lo que quiero.

Si bien estoy familiarizada con la reacción de los peluqueros, la de esta vez me dejó patidifusa nada más explicar lo que quería. “¡Eso va a quedar horroroso!” me soltó de inmediato. Como una, a pesar de estar en edad más que adulta, se sigue quedando con cara de pez cuando le pillan desprevenida, traté de explicar humildemente en mayor profundidad el motivo de mi preferencia en medio del brutal impulso de salir de allí por patas. Bueno, pues durante la media hora que estuve allí, corrieron perlas del tipo:

  • ¡Yo eso no te lo hago!
  • ¿Alguna vez te han cortado la capa así? (Sí) ¿¿Por la ceja?? (Sí).
  • Es que venís y pedís cosas como si todo se pudiera hacer…
  • ¿Te corto más? (Sí). ¡Pues no digas que te lo he hecho yo!

A mí me tenía que tocar, que ni siquiera me gusta ir a la peluquería, que voy por pura necesidad. Flipando en colores me quedé, no tiene otro nombre. Supongo que mi actual puesto en atención al cliente me da aún más perspectiva sobre el trato tan reprobable que me proporcionaron. Sin duda ella sabrá muchísimo más de peluquería que yo, pero me da que de marketing y atención al cliente, poco.

Además, vamos a ver, ¿estilos de pelo horribles? ¿Quién decide eso hoy en día, con la cantidad de peinados de todo tipo que rulan por el mundo? Me parece algo tan extremadamente subjetivo que alucino con que una peluquera se escandalice. ¿Se planteó en algún momento cómo me sentarían sus palabras, ya no solo como clienta sino como ser humano? ¿Será consciente de la crucial repercusión que tiene su servicio de cara a mi experiencia, a cómo la transmita a otros y a mis ganas de volver o de recomendarla? Lo increíble es que al final me cortó como deseaba, con más razón para preguntarme: ¿era necesaria aquella pataleta quejicosa gratuita?

peinados

Pongo el ejemplo que se me pasó por la mente: una servidora trabaja en atención al cliente en Booking.com, plataforma de encuentro entre personas que buscan establecimientos para viajar por cualquier motivo (placer, trabajo, etc.) y aquellos que los ofrecen. Específicamente asesoro a este último tipo de cliente, el cliente-colaborador, el que ofrece el alojamiento, que puede ser un hotel de cinco estrellas, un bed & breakfast o un apartamento particular, entre muchas otras categorías.

¿Qué pasaría si le dijera a un cliente, por ejemplo, que “con sus fotos espantosas no iba a hacerle una reserva nadie en su vida”? ¿O con sus “precios abusivos”? ¿O reprocharle que alquile su alojamiento en determinadas estaciones y no todo el año? Absurdo. ¿Habrá formas y formas de expresar hacia un cliente de manera muy educada y positiva, aunque clara y determinante cuando haga falta, cómo hacer las cosas mejor, y aceptar sin resistencia la decisión final de ese cliente, si acaso puntualizando que sería su responsabilidad para cubrirse las espaldas?

enfadoVolvemos a lo mismo: cada gremio profesional tiene sus técnicas, procesos, posibilidades y tipos de clientes. Lo que vengo hoy aquí a recalcar es que no nos damos cuenta de cómo cada una de nuestras palabras puede influir de manera fulminante sobre el estado de ánimo de una persona, y por supuesto sobre su percepción de nuestro servicio, y más si se trata de su primera vez con nosotros.

Independientemente de la fuerza mental de cada uno para asumir los golpes de la vida, nuestra actitud para con los demás cuenta, y mucho. Cada contestación, comentario, queja, piropo, reclamación, insulto… Se impregna como un chicle a la suela de un zapato, y no todo el mundo es capaz de sacudírselo con la misma rapidez. A menudo, las sensaciones negativas provocadas por comentarios ajenos duran horas en retirarse de nuestra mente. Si todos fuéramos más responsables a la hora de canalizar nuestras opiniones o argumentos hacia los demás, evitaríamos mucho dolor, mucha pérdida de tiempo dándole vueltas a algo dañino.

No os preocupéis, no me afecta para nada la actitud de aquella peluquera, pero me chocó y no me parece adecuada. Aprecio como la que más la naturalidad, la espontaneidad, la sinceridad. No los rapapolvos gratuitos. He llegado a tener a una clienta llorando al teléfono porque otro agente le había tratado mal. Desconozco lo que ocurrió a ciencia cierta, por lo que no soy quién para juzgar; solo sé que, de manera consciente o inconsciente, se le había herido y necesitaba mi apoyo y ayuda. Para ofrecer un servicio al público, hay que tener paciencia y empatía. ¿No eres el profesional, el que sabe del tema? Entonces, compórtate y explícate como un profesional, no como un cateto chabacano y engreído. Y trata bien a la gente, no como si fueran unos ignorantes. Te lo agradecerán.

atención al cliente

Anuncios

Próximo destino: Berlín

Parece que fue ayer cuando aterricé desde Estados Unidos, y han pasado cuatro meses. Cuatro meses muy especiales en mi tierra natal, con alguna escapada a la tierra de mi pareja (Alsacia, Francia), alguna de él a Jerez y una conjunta a Berlín para buscar, y afortunadamente encontrar, piso, tema en el que mucha gente las pasa canutas en Alemania, hasta los alemanes.

2016-08-31-19-46-40Cuatro meses muy especiales porque el estar por una temporada mayor a una semana en casa de mis padres es un regalo muy excepcional. Y he procurado aprovecharlo como se merece, saboreando las pequeñas cosas de cada día: comidas en familia, charlas, bromas, paseos, mandados. La comunicación cara a cara que, por mucho que el Skype trate de suplirla, no tiene color.

Oh, y por supuesto buena parte de mi tiempo se ha sucedido en torno a un curso intensivo de alemán más las horas correspondientes de estudio en casa, ya que a mi chico le han destinado a la susodicha capital por trabajo. Es gracioso porque siempre he rechazado de plano la posibilidad de estudiar este idioma. No contaba con que el destino me lo pondría ante mis narices.

Ahora que llevo bajo el brazo un humilde A1 o nivel básico, me da menos miedo. Cuestión de poner esfuerzo y dedicación, los idiomas no vienen solos. ¡Universo, dame paciencia y perseverancia! Además, según he leído, el inglés no está tan extendido por allí como se piensa y es fundamental saber alemán si se aspira a la mayoría de puestos laborales más cualificados.

2016-08-10-15-52-25

“El amante japonés”, Isabel Allende

Pero claro, una ha leído tantas cosas en las últimas semanas que ya no sabe ni qué siente ante este nuevo pozo de incertidumbre. Supongo que una especie de gran ilusión agitada. Demasiadas horas pensando en Alemania, más que en toda mi vida, y ni siquiera estoy allí todavía. Hoy, en especial, me gustaría mandar un mensaje de reflexión y de empatía hacia los que emigramos una, dos o las veces que toque en la vida.

¡Ojo! No me he sentido ofendida ni dolida por ningún comentario ajeno, pero sí me ha llamado la atención la positividad inmediata con la que se contemplan los movimientos de otras personas. Habitualmente, al decir que he estado en Londres, en California y que ahora voy a Berlín, o nombrando únicamente uno de estos destinos, lo mismo da; muchas reacciones son del tipo “¡qué guay!”. Y lo entiendo. La cabeza se llena de sitios nuevos por descubrir, de gente por conocer, de una arquitectura y una historia por explorar, de mejores posibilidades laborales y un largo etcétera.

Pero a menudo no se cae en las horas y horas de investigación, seguidas de todo tipo de sensaciones, que cada cambio de vida requiere. No se piensa en el tiempo esfumado entre buscar casa, informarse del papeleo necesario, arreglar el CV y sucedáneos, ver cómo funcionan las cosas en general, tratar de hacerse una idea de la otra cultura y sus diferencias con la propia, aceptar esas diferencias y aún así prepararse para que te salpiquen en la cara en el terreno de juego, encontrar y recorrerse las múltiples páginas de empleo del próximo destino, tratar de encajar en un grupo una vez allí… Por no hablar de mentalizarse para no entender ni jota durante una temporadilla, y para no entender al 100 por 100 en años.

2016-08-12-19-23-44

“El amante japonés”, Isabel Allende

Tampoco suele pensarse en lo que supone la separación del nido familiar y amistoso, o de las relaciones establecidas en cada lugar donde se vive por un tiempo; de la comida de la patria, del uso del lenguaje español en toda su plenitud, de la zona de confort en general. No se considera el desequilibrio emocional que se mantiene al acecho en este tipo de circunstancias ni la mayor dificultad para escaparse a territorio conocido en caso de necesitarlo.

Así que, frente a mis queridos 50 kilos de equipaje preparados para partir mañana con rumbo semi-desconocido, invito al mundo a ser lo bastante curioso como para indagar más allá de la primera impresión, para cuestionar ese halo prometedor de felicidad, para valorar el reto que implica cada cambio de espacio y para tomar nota hacia sí mismos y lo que les hace sentir conocer esas experiencias en los demás. Tal vez se decidan a dar el paso. O a no hacerlo. Quizá ese análisis les ayude a conocerse y entenderse mejor a sí mismos.

No me afectará si esto jamás ocurre, cada cual tiene su círculo de personas con quienes profundizar, pero… ¡creo que se formarían conversaciones y reflexiones realmente interesantes!

P. D: por las dudas, a pesar del tema del idioma y la búsqueda de trabajo, que me traen de cabeza, estoy muy contenta de haber vuelto a Europa y ante la perspectiva de vivir en Berlín el tiempo que corresponda. A ver qué se cuece por allí :).

Con el corazón en un puño de colores

No sé muy bien por dónde empezar a comentar, o más bien condenar, la masacre ocurrida en el local gay de Orlando que ha dejado 49 muertos y 53 heridos (por ahora). ¿Cómo expresar únicamente con palabras lo que se siente ante un crimen de tal magnitud y falta de sentido? Tan lejos y tan cerca, tan terrible y tan inhumano. Nunca entenderé cómo un individuo puede acumular tanta aversión hacia un sector de la población que alcance el punto de concederse a sí mismo el derecho de arrebatarles sus vidas. Vidas que no se interponían entre otras personas y sus propios derechos, sino que simplemente actuaban conforme a sus creencias, valores y preferencias sin hacer daño a absolutamente nadie.

Hoy, todo el mundo tiene la obligación de darse cuenta de que 49 personas, y quizá más en las próximas horas según progresen los heridos, y muchas otras del pasado y del futuro, han muerto y morirán… ¡por ser ellas mismas! En este caso, por mantenerse fieles a su condición sexual, hecho que no comprendo por qué debe importarle a nadie. ¿Cómo es posible juzgar a alguien por el sexo de la persona con la que decida compartir su existencia? ¿Qué voz ni voto cree tener alguien ajeno? Una incongruencia total. Es más, estas decenas de personas han sido asesinadas en un lugar específicamente preparado para que puedan expresarse tal y como su naturaleza y sus almas, que no enfermedad ni error de fábrica de ningún tipo, les piden, y tal y como les invita un local creado precisamente para proporcionarles un rincón en el que no sentirse despreciados y marginados como les ocurriría, por desgracia, en muchos otros espacios.

Hoy, se ha producido un atentado contra la libertad de amar y de vivir. Se me encoge el corazón mientras escucho testimonios de familiares de las víctimas. Leo los nombres de los fallecidos confirmados y se me humedecen los ojos imaginando sus historias, sus ilusiones, sus proyectos, extinguidos sin justificación. Trato de no alterarme ante los repugnantes intentos de utilizar el ataque a favor de unas políticas u otras, escandalizándome igualmente sin remedio por la falta de sensibilidad y respeto hacia los afectados y hacia todo el colectivo LGBT.

Y, sobre todo, me pregunto: ¿por qué? Sin hallar respuesta que me desbloquee del shock, de la incomprensión, de la impotencia. Porque hay días, como este, en los que resulta especialmente difícil no perder la confianza en el ser humano, lo que provoca una sensación de desesperanza y de vacío espantosa.

La conclusión es clara: solo nos queda seguir luchando, no olvidar que los que seguimos aquí debemos continuar viviendo y que cada uno de nosotros merecemos ser tratados por igual, confiar en que la tolerancia irá ganando terreno poco a poco y ser nosotros mismos sin miedo: gais, lesbianas, transexuales, bisexuales, latinos, negros, mujeres y todo ese largo etcétera que día a día en todo el mundo sufre el rechazo de otros simplemente porque se creen mejores.

Que el ruido de una parte de la población mundial jamás eclipse los derechos fundamentales de todos.

bandera LGBT

Bandera LGBT

Publicado en lavozdelsur.es el 13 de junio de 2016.

Foto de Torbakhopper (licencia Creative Commons).

Os perdono

Hoy cierta angustia me está dando por saco y he decidido compartirla con vosotros y usaros para pararle los pies (¡gracias de antemano!). Normalmente mis publicaciones ya salen de por sí de mi cabeza al teclado a base de inspiraciones repentinas pero esta vez quiero, más que nunca, desatar este batiburrillo de sensaciones sin pararme tanto a repasar el texto, la forma y cómo expresarme. Esperemos haber entendido algo al final.

Todo ha empezado con el sentimiento de impotencia. Una amiga mía lo está pasando regular en el plano sentimental y soy incapaz de aportar luz a su visión actual. Este amargo pellizco, amplificado naturalmente por mi propio cerebro, me ha catapultado hacia otros momentos, otras impotencias, otras pocas situaciones que me oprimen el pecho a su voluntad de vez en cuando. Y me toca la moral. Necesito cerrar cabos con los demás y conmigo misma, porque no quiero vivir de esta manera. No quiero vivir con rencor, con angustia, con pesimismo. Me niego a que me sigan asaltando cuando se les antoje, por poco frecuente que sea. No he venido al mundo para perder el tiempo con sufrimientos gratuitos. Creo en la felicidad personal y, consecuentemente, en la expansión de esa felicidad al exterior. Así pues…

Te perdono, amiga, porque no soy quién para juzgarte. Seguramente tu círculo vicioso emocional (alias “rallada”) sea de alguna utilidad tarde o temprano, y sé lo que se siente cuando se está atrapado en una prisión mental. Hasta que uno mismo no se da cuenta, no hay quien le saque de ahí.

Te perdono, profesora de ballet, porque a mis diez años intentaste convertirme en una persona flexible, haciéndome finalmente salir despavorida de la clase con dolor de ingles. Sé que actuabas con buena intención, aunque me mosqueé en el momento.

Os perdono, mini-compañeras, por catalogarme de “marimacho” por jugar al fútbol con los chicos en primaria. Son cosas de la edad, y me lo pasaba de lujo de todas formas.

Os perdono, ex-mejores amigas, por abandonarme deliberadamente por vuestros novios y otros motivos. Me enseñasteis que un gran porcentaje de amistades no resisten el paso del tiempo, que ese proceso forma parte de la vida y que no vale la pena resistirse cuando es inminente. Nos divertimos mientras duró.

Os perdono (aquí tengo que respirar hondo), compañeros que me hicisteis bullying, acoso escolar en español, durante buena parte de la secundaria. Porque noto que, conforme más mayor me hago, más parece afectarme aquel trato injustificado hacia mi persona. Y no voy a permitir que me sigáis molestando a estas alturas de la vida. Porque probablemente vuestras mentes, educación, ambientes, inseguridades, etc., os impulsaron a ser así sin querer realmente amargarme. Y. si sí queríais, no es mi responsabilidad preocuparme por ello, allá cada uno con sus maldades y el karma. ¡Ah! Y, afortunadamente, el cambio de curso abrió paso a vuestra desaparición de mi vista y a unos estupendos tres últimos años de colegio. Tal vez tenía que aguantaros para experimentar toda la dicha escolar posterior con mayor intensidad. Qué guasón, el “destino”.

Os perdono, resto de compañeros de secundaria, por dejar que me hicieran bullying. Porque desgraciadamente el inicio de la adolescencia es una etapa difícil en la que la personalidad aún está por curtir y no voy a culparos por esas ansias de encajar entre la masa a costa de no mirar de frente ciertas injusticias. Ojalá esto cambie con el paso de las generaciones, porque el abuso escolar es un tema que me enerva brutalmente. Pero hoy estamos perdonando, así que continuamos.

Te perdono, primer ex-novio, por abrirme la puerta a la primera explosión en pedazos de mi corazón. Total, participé en el proceso de deterioro y tampoco íbamos a ninguna parte juntos.

Te perdono (respiremos de nuevo, ahora bien fuerte)…, segundo ex-novio. Porque siento que aquella relación me destruyó. Me descompuso de pies a cabeza, me arrancó de mi inocencia nata, de mi pureza infantil-adolescente, me hizo llorar de una forma inhumana y sufrir durante dos años y me duele recordarla todavía en su saco de celos, manipulación y todo tipo de lacras que no recomiendo a nadie. Te perdono todo lo que me hiciste, o más bien lo que te permití que me hicieras, que no es poco, y tu decisión de quitarte la vida como colofón de la ruptura. Porque el mundo me va demostrando poco a poco que una persona no solo es esa persona, sino su educación, su forma de pensar, su ambiente, sus creencias, sus prejuicios, la sociedad en la que se ha criado, sus conflictos personales, sus inseguridades, sus fortalezas, sus defectos, su caos mental, sus enfermedades, sus euforias, sus particularidades internas y externas de todos los colores. Y mi lentísimo proceso de madurez me va animando a tratar de entender antes de ofenderme, a analizar antes de prejuzgar, a escuchar antes de responder, a perdonar antes de odiar. Sí, me cuesta pero te perdono, porque me niego a que tu imagen ocupe una milésima más de mi vida actual de manera negativa, sino como aquello que pasó y que forjó mi personalidad de hoy en día, en la que tengo muchas cosas claras gracias a aquella terapia de choque y me siento feliz junto a una persona maravillosa.

2016-05-11 16.48.06-1

Fragmento de “La marca del meridiano”, de Lorenzo Silva.

Os perdono, compañeras de universidad. Porque aún no sé cómo alcanzamos un punto muy feo en nuestra relación pero creo que a menudo todas las partes lo provocan. Vuestros motivos tendríais, junto a nuestros queridos veinte años, con los cuales nos creemos que sabemos todo y no sabemos nada (me incluyo). Es increíble cómo amistades de años pueden fastidiarse en pocos días o semanas, ¿no? Fascinante, al fin y al cabo.

Os perdono, elementos fugaces pertenecientes a la vida nocturna. A los que insistieron en llevarme al lado oscuro, a los que me insultaron por no aceptar, a los que lo consiguieron y cuyo resultado fue de mediocre para arriba. Porque sois libres de hacer lo que queráis y nadie me obligó nunca a hacer nada, porque no tengo nada de lo que avergonzarme y porque me habéis proporcionado unas buenas risas entre amigas, además de una visión más amplia del comportamiento humano.

Os perdono, personas a las que os gustaría pedirme perdón y personas que pensáis que no tenéis por qué pedirme perdón. Porque quiero desprenderme de esta molestia mental esporádica cuando miro hacia el pasado o cuando cosas del presente me golpean con recuerdos negativos del pasado. ¿Quién os ha dado permiso para atormentarme? Cierto, yo misma. Hoy es el comienzo de vuestro fin. Y para ello, tras perdonar, por último, la adicción actual a la pantalla del móvil por encima de las caras en vivo y en directo de los semejantes, solo me queda perdonar a una persona.

Te perdono, María (esa soy yo, la que escribe). Porque eres la primera que debe perdonarse a sí misma para perdonar a los demás, para acercarte cada vez más a esa serenidad, armonía y equilibrio emocional que aspiras alcanzar. Te perdono por interpretar todavía buena parte de ese daño recibido (ojo, un daño permitido, que a María no le gusta culpar a los demás de los actos propios) de una manera nociva, en lugar de aquello que te ha convertido en la persona que eres en la actualidad, de la que te sientes orgullosa.

María, te perdono por tus momentos de inseguridad, timidez, reparo, impaciencia, miedo, lágrimas, exigencias hacia los demás y hacia ti misma, disgusto hacia tus michelines y variados latigazos emocionales. Te perdono, porque no eres perfecta y no tienes que ser perfecta, porque esas vivencias forman parte de la vida, porque los sucesos y tus reacciones hacia ellos no tienen que salir como te gustaría, sino como les da la gana y así hay que asumirlos, procurando aprender de ellos. Porque tienes derecho a equivocarte y a levantarte de nuevo con la cabeza igual de alta que cualquier otro.

Te perdono por tus malestares momentáneos hacia todo lo que hemos perdonado a los demás más arriba. Porque para eso estamos perdonándoles, o al menos intentándolo. Y, en principio, sienta bastante bien. ¡Nada como destapar pesares internos! Cierto que no hacía falta publicarlo en Internet pero, como entre tus manías está cumplir con lo que dices (sobre todo públicamente), menos opciones tienes de echarte atrás mañana, de dejar entrar en tu mente a las sensaciones negativas de las que quieres irte deshaciendo. Tienes toda la vida por delante para aprender a ser feliz, a quererte incondicionalmente y a perdonar con toda la amplitud del término (pero tampoco te duermas en los laureles).

Qué bonito es sentirse libre.

Cuando la rutina se vuelve agradable

Creo que es una de las mejores cosas que te pueden pasar: que tu rutina te resulte agradable. Obviamente las vacaciones son siempre bienvenidas pero no creo ser la única que, cuando llega el momento de regresar a la vida real, experimente cierta sensación de que es lo apropiado y hasta apetecible. También dependerá del tipo de periodo vacacional que se tenga, supongo. En España, lo típico es pillarse un mes entero en verano y el resto del año apañárselas con los festivos (aunque quizá esto esté cambiando al ritmo laboral que vamos).

Cuando viví en Londres, me repartí mis días libres bastante equitativamente para poder ir a casa (Jerez de la Frontera, España) cada tres meses más o menos. Es curioso cómo la casa de los padres perdura siendo “casa” en general a pesar de estar fuera. Aunque, poco a poco, la vida propia equilibrará el peso del hogar materno y el del propio. Ya me está comenzando a ocurrir, de hecho. Ir a casa (de los padres) permanecerá siendo un placer y una desconexión maravillosa. Pero mi casa está donde mi rutina opera (y donde vivo junto a mi pareja, que también contribuye a la sensación de asentamiento).

2016-03-03 18.21.19

Amanecer

¿A qué viene esta reflexión? Seguramente sea porque acabo de pasar por casa (de los padres), jeje. Mi hermano mayor se ha casado. Tres días de compañía asiática (la novia, ahora esposa, es coreana), seguidos de otros cinco días familiares, de amistades y, naturalmente, de esos preciosos regodeos personales que solo tengo de vacaciones en Jerez, como tomarme infusiones mirando a la pared, charlar con mi madre en la cocina, ver la tele con mi padre, echarme la siesta… En resumen, dejarme llevar por la tranquilidad autóctona de allí como si cada una de estas sencillas actividades fuera la más importante y única que hacer, sin prisa, sin inventarme deberes ni tareas posteriores.

El caso: mi hermano se ha convertido en un marido. Fue una boda muy bonita y divertida, ya os pasaré un vídeo (si mi hermano llega a montarlo). Me resulta tan increíble y, a la vez, natural contemplar cómo el paso del tiempo te obliga a madurar, a tomar decisiones, a adquirir nuevas responsabilidades prácticamente sin darte cuenta, todo de manera implacable y, si te lo montas bien, satisfactoria. Un “tenía que pasar” con una sonrisa y con ganas de seguir viendo qué deparará el futuro, un futuro aún incierto pero que suena ameno, sobre todo habiendo encontrado a la persona adecuada (esperemos).

Siempre me he sentido en armonía con el sentimiento y aplicación práctica de la independencia, de nunca tener prisa por encontrar pareja, del derecho a ser feliz en la soltería. Bueno, lo mantengo, pero ahora estoy totalmente convencida de que, con otra persona a tu lado, la supervivencia siempre será más agradable, la verdad. Con los altibajos y desacuerdos de turno, que más vale asimilar lo antes posible porque nadie se salva (algo que también he tenido que aprender), pero no hay color.

2016-02-14 17.33.33-1

Amor propio por San Valentín este año, porque tener pareja tampoco implica no celebrar el amor a uno mismo

En fin, hoy no he venido aquí a desperdigar mi vida sentimental en realidad. He venido a desperdigar un poco de todo, que para eso llevo unos mesecillos sin aparecer. Otro aspecto que ha contribuido a volver amena mi rutina consiste en tener un portátil propio por fin. El pasado octubre adquirí un económico Lenovo que antes de Navidad dijo “hasta aquí llegué”, y desde entonces hasta mi reciente viaje a España, porque no iba a pagar para arreglarlo cuando estaba en “garantía internacional” (internacional por los cataplines), me tuve que apañar con el portátil de mi pareja, y con su teclado francés, dicho sea de paso, dejando de lado mis queridas pérdidas de tiempo online. Bienvenidas seáis de nuevo. Obviamente el blog no está incluido pero sí era algo que, cuando estás usando el ordenador de otro, y de otro que usa su ordenador mucho, es prescindible.

Total, no voy a emitir mayores excusas, ya sabéis cómo funciona esto del blog: ahora escribo mucho, ahora te abandono, ahora me pongo nostálgica y vuelvo a escribir, y así. Y hoy tengo ganas de contaros un poco las historias que me han acompañado durante estos meses, y quizá de antes. Vamos, lo que me dé la gana.

Para refrescar la memoria y actualizarla incluso: vivo en San Diego (California) y trabajo como periodista por cuenta propia, campo en el que, por cierto, en los últimos días me han calificado de “excelente” y me han dicho que “da gusto trabajar con profesionales como yo” (tenía que decirlo, que tampoco es que ocurra todos los días)… y también trabajo en el área de comida preparada de un supermercado mexicano. Esto es nuevo, de hace casi un par de meses. Se intuye qué me apasiona y qué supone un ingreso económico extra, ¿verdad?

2016-02-16 18.01.35

Saludos desde San Diego, ciudad con arte urbano por doquier.

Antes de pasar a mis historias periodísticas y de cualquier otro tipo, he de confirmar lo que muchos puedan haber pensado: el trabajo en el supermercado es durillo. Obviamente los habrá peores pero yo hablaré de lo mío: muchas horas de pie, atención al cliente permanente y, por tanto, sonrisa obligada; 10% de los atendidos dignos de tirarles la comida a la cara (centrémonos en el otro 90%, que suele ser neutro o majete), sensación de ser un burrito humano con el olor que se impregna, esfuerzo por evitar mirar la cabeza de vaca sobresaliendo de una olla…

¿Qué pasa? Que he elegido estar ahí. He decidido asumir el reto de meterme en un curro que no me imaginaba haciendo y no negaré que el pensamiento de dejarlo no se me ha pasado (varias veces) por la cabeza. Afortunadamente, la perspectiva me cambia con el cheque de cada viernes, con el apoyo de unos compañeros estupendos, con la sensación de aprovechar mi tiempo de manera más productiva. Con, para qué engañarnos, sucesos como la propina de $5 que recibí ayer, cosa nada frecuente. Cualquier cosa que me ayude a sobrevivir y mantener mi actividad periodística es bienvenida.

Ahora, quiero hablaros de algunas de las historias que he cubierto y que más me han llegado. La palma se la lleva el relato de una mujer que lucha contra la transmisión del VIH de madres a hijos a través de la lactancia. Su organización no lucrativa, Es Por Los Niños, apoya a mujeres sin recursos, a menudo solteras, y las forma para evitar que este daño irreparable se produzca. Fue brutal reunirme con ella y que me contara su historia y su motivación para dirigir esta causa, basada en la muerte de su propio hijo.

2016-02-03 11.12.12

“Aspira a inspirar a otros y el universo tomará nota”

Esta, para mí, heroína de los pies a la cabeza que ha decidido destinar su vida a estas personas en apuros se emocionó por un momento durante la entrevista. El local donde estábamos emitía la canción “Dear Mama” de 2pac, melodía que su hijo le había hecho escuchar una vez. Me faltan las palabras para describir la situación y la admiración que me produjo esta señora, quien en aquel momento sintió la presencia de su hijo con ella, haciéndome emocionarme profundamente a mí también.

En un segundo puesto, aunque muy cercano al primero, se encuentra una víctima de violencia de género, actualmente luchadora por los derechos de las mujeres que sufren esta lacra y centrada en la comunidad latina, ya que el miedo a la deportación y a que les quiten a sus hijos convierte a este sector en gran candidato a permanecer en silencio en los Estados Unidos. Desde aquí, vuelvo a proclamar mis respetos y admiración hacia esta valiente joven que utiliza su experiencia para ayudar a otros, con el trauma que supone una vivencia así y lo mal visto que aún está hablar de ello desgraciadamente, de una terrible situación familiar, cuando debería denunciarse de inmediato.

Y así, a día de hoy, me llevo cerca de 100 historias para el recuerdo. Obviamente las hay más y menos profundas, no todo van a ser causas de vida o muerte, pero hasta las más pequeñas aportan algo, a los lectores y a mí misma. He entrevistado a actores y cantantes, he conocido a artistas de distintas tendencias, he hablado con un maestro maya, he anunciado estrenos de programas y festivales, he asistido a eventos, unos benéficos, como la entrega gratuita de regalos a niños desfavorecidos por Navidad y otros tantos, como la representación de ballet de El Gran Cascanueces Ruso. ¡Hasta he informado a la población sobre cómo evitar garrapatas!

Este año único como reportera, como me dicen por aquí, se me quedará grabado para siempre. Admito que apenas he escrito en el blog pero os aseguro que he escrito y, sobre todo, he sentido escribiendo más que en toda mi vida (que tampoco es muy larga, 27 años cumplidos en enero, pero como no veo muchas más opciones periodísticas futuras una vez se me acabe el permiso de trabajo en tres meses…). Interesados en ver parte de mis artículos pueden visitar https://mariagonzalezamarillo.contently.com/. Sí, soy fan de los portafolios, los recomiendo a todo el mundo para mostrar los trabajos profesionales.

2016-03-01 10.41.34

Regalito de una pequeña-gran persona con un pequeño-gran mensaje

Otros aspectos hacia los que me gustaría emitir agradecimientos son esas cosas pequeñas que, si cuentan con nuestra atención, también hacen de nuestra rutina un camino mucho más pleno. Véase aquel corte de pelo que una simpática peluquera mexicana me hizo, y que mentalmente necesitaba con desesperación; haber descubierto que me gusta el sushi hace un par de días; la más elaborada comida semanal que tengo desde que me mudé a San Diego con mi pareja hace un año (todo suyo el mérito), los emails informativos que me llegan de mi padre en torno a cualquier cuestión mencionada, el poder ir en manga corta durante el día, ver una serie en inglés sin problema…

Los audio-whatsapps con amigos de varios minutos poniéndonos al día, las reuniones más o menos mensuales con una fantástica familia americana de Riverside, que me ha permitido vivir todas las fiestas y tradiciones del país en su más pura esencia; mis míticas tostadas con philadelphia para desayunar (comer me hace definitivamente feliz); encontrar el regalo adecuado para un ser querido, “limpiar” el Gmail de correos, una novela entretenida, tachar en la agenda las cosas ya hechas, tener portátil propio tras tres meses, haber aprendido a hacer un buen salmorejo, soñar con viajes y planes futuros, posibles e improbables; reír por cualquier cosa, o simplemente reír…

Una larga lista.

Gracias.

La zona de confort

Paisaje desde el Alvia de Madrid a Jerez

Paisaje desde el tren. Terreno conocido.

La zona de confort es un estado en el que nos sentimos seguros mental y físicamente. Digamos que engloba ese tipo de actitud humana en la que uno no se permite tentar a la suerte para no desestabilizarse emocionalmente. Se rechaza el correr riesgos con el objetivo de permanecer cómodo.

¿A qué nivel se convencerá uno de que está en un estado de confort? Conocí a repetidas personas que, cuando me hallaba en Londres, comentaban que se planteaban mudarse a probar suerte por allí. Palabras que se quedan en los labios, a menudo precisamente porque es más seguro quedarse en el sitio que conoces con la gente y la cultura que conoces.

¿Seguro? Es decir, ¿es posible que compense emocionalmente quedarse en un país esperando a la oportunidad de tu vida sin saber si llegará? ¿Cuánta frustración puede provocar eso a la larga a algunas de dichas personas?

Cuidado, no digo en absoluto que todo el mundo deba salir huyendo de España. Era un sencillo ejemplo de la posible consecuencia de permanecer en la zona de confort, que finalmente se convertiría en el peor castigo, en todo lo contrario. ¿Me explico? Me parece comprensible el luchar por ella, la verdad, no todo el mundo tiene la misma capacidad ni necesidad de dar ciertos pasos. Pero creo que la zona de confort es extremadamente engañosa y que aquellos que reniegan de una posibilidad por miedo al cambio y no porque estén convencidos de su decisión por los motivos que sea acabarán sufriendo mucho más que si se hubieran tirado a la piscina.

Otro ejemplo: esa persona que, escarmentada por desagravios amorosos, opta por no confiar en nadie. Es más, decide seguir relacionándose pero conservando las distancias, evitando implicaciones sentimentales. Esto no deja de ser un remedio pasajero que frecuentemente esconde un fantasma posterior: el miedo a las relaciones serias y, finalmente, el de quedarse solo. Ojo: hacia la vida individual tampoco hay ningún problema si se está consecuentemente convencido de ello. El conflicto viene cuando no se plantean todas las posibilidades, cuando piensas que te estás protegiendo y haciendo lo correcto al no poner en riesgo tus emociones. Un narcótico pasajero que, cuando se esfume, te machacará con un síndrome de abstinencia mucho peor.

Tartas de chocolate. Bienvenida al visitar mi Jerez natal. Zona de confort elevado a la máxima potencia.

Tartas de chocolate. Bienvenida al visitar mi Jerez natal. Zona de confort elevada a la máxima potencia.

¿Qué quiero decir? Que la zona de confort, dentro de su hipotética falta de peligros, es peligrosísima. Repito: si uno toma sus decisiones consciente y consecuentemente sin la influencia de temores infundidos, sino con una base argumentativa sólida y real, es más que respetable. Hay compromisos y sacrificios que van más allá del aventurarse a hacer ciertas cosas, ¿quiénes somos para juzgar a nadie? Sin embargo, limitarse a una situación mediocre o que “no está mal” con posibilidad de mejorar no impedirá que cualquier día lejano miremos hacia atrás y nos arrepintamos, ya sin remedio, de lo que nos habría gustado hacer y nunca nos atrevimos.

Por tanto, no os dejéis llevar por el aparente confort sin psicoanalizarlo. Una de las frases más inteligentes desde mi punto de vista es: “el <<no>> ya lo tienes”. Tan simple, tan cierto. Y no solo el “no” del exterior sino los “noes” de ti a ti. El “no, esto no ha salido como quería. Pero no pasa nada, porque lo he intentado”.

Aunque tampoco hace falta irnos a circunstancias extremas y típicas relacionadas con la vida laboral y sentimental. Cualquier acción diaria resulta un mal trago para algunas personas y ningún problema para otras. Elegir qué comer, hacer deporte, elegir las palabras adecuadas ante tu jefe, ser sincero con un amigo, buscar aparcamiento, limpiar la casa, ayudar a una persona mayor por la calle.

Hablando de personas mayores… La última vez que cogí el metro de Madrid, una señora mayor accedió al vagón y la situación siguiente me horrorizó: desgraciadamente yo iba de pie y ninguno de los ocho individuos sentados entre ella y yo se levantó para cederle el asiento. Pasaron varios minutos. La mitad del grupo miraba sus móviles, la otra mitad pensaría en las musarañas o yo qué sé, pero ciegos no eran. Y yo percibía, angustiosa, la estructura de trapo de esta mujer de fácilmente 70 años, hasta que por suerte distinguió un asiento libre más alejado.

El canto de un duro me faltó para soltar allí en medio: “¿nadie va a levantar el culo para que se siente esta señora o qué?”. Increíble. Es curiosísimo cómo un ambiente en el que habitualmente me encuentro perfectamente cómoda, con cada cual a lo suyo, se transformó en un segundo en un espacio arisco y violento para mí. Como es natural, la ocurrencia de pronunciarme ante aquella gente se salía por completo de mi zona de confort también. Aquí la cosa va de unas zonas de confort y “disconfort” dentro otras eternamente. Qué cachondas ellas.

Plaza del Caballo, Jerez de la Frontera. Recuerdos positivos. Escenario familiar. Poco riesgo de "disconfort".

Plaza del Caballo, Jerez de la Frontera. Escenario familiar. Poco riesgo de “disconfort”.

Otro hecho sucedido en los últimos días se dio en mi tierra natal. Misión: encontrar un vestido para la boda de mi hermano. Desasosiego previo inminente: no soy ninguna fan de las compras. Me dan pereza, aburrimiento, cansancio, agobio. Sobre todo si encima tengo que encontrar algo en concreto. Pues si bien acerté mucho más rápido de lo esperado, más rápido quise luego salir por patas y dejar el tema de los zapatos para otro día. Zona de confort desapareciendo y apareciendo: ahora busco el traje, ahora lo encuentro, ahora quiero teletransportarme a casa. Conclusión: valió la pena porque la gestión se completó de manera satisfactoria pero tengo claro mi estado según lo que hago y las consecuencias. No gustarme ir de compras no sobrepasaba la necesidad personal de revisar por mí misma las posibilidades antes de permitir que otra persona (madre, amigas) lo hiciera por mí, porque las consecuencias podrían ser mucho peores (dentro de la poca gravedad vital en este caso concreto, claro).

Parecerá un ejemplo tonto pero cada cual todo el derecho a las no-zonas de confort más dispares, no lo olvidéis. Os lo digo: ni la primera vez que tuve que coger dos aviones de unas 8 y 5 horas de España a California me sentí tan insegura como ayer entre prendas, probadores y espejos. Con dos cojones.

Uno de los regalos.

Uno de los regalos. Me encantan los cuadernos de este rollo.

Un último ejemplo de lo más cotidiano, también perteneciente a la semana pasada: encontrar regalos. No falla: mi sensación inicial guarda siempre un halo de mini-frustración por no saber qué regalar. Pero tras darle las vueltas necesarias, cuando el elemento perfecto aparece la satisfacción e ilusión por la entrega son bestiales (hablo de mí). Sí, disfruto muchísimo cuando encuentro lo que siento como idóneo para regalar. El proceso anterior, lo tiraba a la basura. Pero es necesario para alcanzar la plenitud.

Y así con un porrón de cosas. Resumiendo, las zonas de confort suponen un mundo la mar de entretenido colgando de un hilo con dos extremos: el de las zonas que se escogen por voluntad propia y siendo consecuente con los posibles efectos posteriores, y el de las que se deciden por descarte de los riesgos a pesar del valor futuro que se pierde.

Pd: por las dudas, aquí he expuesto mi visión del concepto “zona de confort” y divagaciones varias. Para explicaciones técnicas, véase Internet ;).

Quejarse es gratis… ¿o no?

No son las palmeras más bonitas o altas de California ni es el amanecer más impresionante que se pueda ver, pero cuando uno se levanta y se encuentra con una vista agradable a través de la ventana, el día empieza de otra manera, ¿verdad?

Amanecer

Amanecer

Nunca me he considerado especialmente dependiente de las condiciones climatológicas para sentirme de mejor o peor humor. Viví un año y 8 meses en Londres y nunca entendí por qué la gente se empeñaba en decir “uf, otra vez lloviendo” casi a diario. Pues claro, pesaditos, ¿qué esperáis en un lugar donde el 90% del tiempo está nublado y el 75% lloviendo? (Calculado así a ojo).

Ignoro si estas quejas se deben a la necesidad de conversar en determinadas situaciones o a la necesidad en sí de exteriorizar pesares internos. Igualmente, es terrible. Muy recientemente fui ayudada a darme cuenta de la cantidad de comentarios negativos que hacía sin inmutarme lo más mínimo de su efecto, tanto en mí como en las personas a mi alrededor.

Quejas sobre el clima, el tráfico, la actitud de una persona, la situación laboral, la incertidumbre… Un horror, y yo que me veo como una persona realista de tendencia optimista. Con este tipo de comentarios no hacemos más que permitir la expansión de conversaciones victimistas y, por tanto, la proliferación de pensamientos y sentimientos destructivos.

Leí hace poco un artículo sobre un experimento en el que varias personas habían decidido no exteriorizar sus quejas. Entendedme: esas quejas que son realmente innecesarias, repetitivas y no aportan nada. No voy a prohibir a nadie que se desahogue en una situación desfavorecedora. Bueno, pues dichas personas, al cabo de un mes, comprobaron que su índice de felicidad había aumentado notablemente. Obvio: queja que evitas, queja que no conviertes en algo más grave de lo que es al ponerle palabras y que no contagias a nadie para quejaros juntitos. Paraos a reflexionar un minuto en torno a todo lo que vais diciendo a lo largo del día y os daréis cuenta de cuántas soltáis que no hacen más que perjudicar.

Por eso, hoy quería enseñaros este amanecer entre palmeras. Una imagen simple, natural y digna de apreciarse. Lo cual no implica que la mañana que llueva deba suponer una excusa para permitirse refunfuñar. La lluvia es buena. Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Tratemos de ver las primeras más que los segundos y notaremos los resultados. No hace falta quejarse tanto, hace falta reaccionar hacia el detonante de esos sentimientos.

Reflexionemos. Por tu felicidad, por la mía, por la de todos.

A %d blogueros les gusta esto: