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Archive for the ‘Neuras mentales’ Category

El respeto al espacio personal

Hoy no es un día en que tenga al ser humano en enorme estima. Y es injusto, porque hay muchísimas personas maravillosas, consideradas, respetuosas… No obstante, esta tarde no me he cruzado con una de ellas.

Estaba en la cola del supermercado, sitio TAN idóneo para múltiples anécdotas en la vida. La señora que me seguía estaba muy cerca de mí. Demasiado. Ha habido un momento en que su riñonera me ha tocado por detrás, me he girado y se ha disculpado. Al avanzar un paso más hacia la cajera, la señora se ha puesto igual de próxima, gesto que nunca he entendido sin necesidad de epidemias mundiales. Me parece de cajón aprovechar cualquier oportunidad para no respirarle en el cogote a otra persona.

Me he envalentonado (porque no me resulta fácil pronunciarme hacia algo que pueda provocar un conflicto) y, con una media sonrisa, le he dicho que estaba muy cerca. La mujer tenía principalmente dos elecciones: entenderme, respetarme y echarse para atrás o no entender una mierda, poner una excusa barata como “la de gente que había” y decir que “póngase una máscara, ¡esto es increíble!”. Aparte de responderle que hablábamos de cosas diferentes (el llevar máscara no me da más ganas de que una riñonera ajena me roce el culo), no me salió más que decir. No le vi sentido, no me sentí con confianza, y menos en francés.

Me habría gustado preguntarle si realmente pensaba que yo tenía el más mínimo interés en molestarla. Me habría gustado preguntarle si en alguna parte de su razonamiento era capaz de comprender el por qué de mi comentario. Me habría gustado decirle que ya antes del coronavirus me reventaba el hecho de que la gente no respetara el espacio personal de los demás, y que su argumento era una falacia porque si yo había podido mantenerme más de un metro alejada del señor que tenía delante, no había explicación para que quien viniera detrás de mí no pudiera hacer lo mismo. Me habría gustado decir tantas cosas, idealmente en un tono conciliador más que enfadado… Pero no he dicho nada más. Me he tomado con tranquilidad la espera, he sonreído a la cajera y me he largado con todo lo que me gustaría haberle dicho rondándome por la cabeza, que menuda pérdida de tiempo y energía, por otra parte.

Me he tomado la libertad de decirle a esta persona, como podía haber sido a cualquier otra, algo que me incomodaba, confiada con que la epidemia mundial apoyaría con contundencia mi feedback. Me ha salido el tiro por la culata. Supongo que seguramente no habría servido de nada el decirle todo lo que me habría gustado decirle, su actitud no me hace pensar que le habría hecho reflexionar, y menos allí en medio de un supermercado a una hora bastante concurrida pero, que conste, con pasillos de unos cincuenta o cien metros de largo y unos dos de ancho. Por lo que espacio, había. Estoy segura de que existen fórmulas comunicativas para bajar del burro al más tarugo. Pero ya nunca lo comprobaré con esa señora.

Me da una rabia indescriptible el sentirme afectada por la reacción de una persona que probablemente no volveré a ver en la vida, de una persona que tendrá sus propias inseguridades y certezas y que ha elegido deliberadamente la vía defensiva en lugar de la empática. Ver esto me hace entender que el problema no lo tengo yo. Tampoco sé si lo tiene ella, no la conozco lo suficiente; yo considero haber dicho lo que sentía sin ser maleducada. Quizá podría haber empleado otras palabras y, sin embargo, me da la sensación de que con una petición con su “s’il vous plait” habría obtenido el mismo resultado.

Me parece triste. Me ha hecho pensar que los males humanos son merecidos, y me ha hecho arrepentirme inmediatamente de pensarlo. Sinceramente, no le deseo ningún mal a esa señora. Le deseo aprendizaje. Aprendizaje para, en algún momento de su vida, aunque no fuera así hacia mí hoy, saber escuchar y respetar al otro. Aprendizaje para entender que estamos todos en el mismo barco, que muchas de las palabras ajenas no pretenden ser un ataque y que siempre tienen su razón de ser. Afortunadamente, no he sufrido ninguna pérdida familiar o amistosa. Quizá eso me habría motivado a soltarle las cuarenta, pero tampoco es algo que me produzca gran satisfacción a posteriori. Me interesa que la gente reflexione, no que se rebote.

No, no le deseo ningún mal porque aunque hoy mismo se contagiara ella misma o alguno de sus seres queridos, no se pararía necesariamente a pensar en si quizá tenía sentido guardar las distancias en espacios públicos, ni mucho menos se le ocurriría: “ah, a lo mejor esa chica del súper tenía razón, tenía motivos para decirme que estaba demasiado cerca”. Las desgracias o malas pasadas no siempre son absorbidas como retos para superarse. Una lástima.

Y, a pesar de todos mis razonamientos, siento un pequeño pellizco en el pecho, el desasosiego de la incomprensión ajena, de la falta de empatía, de mi arrojo truncado en una situación incómoda. ¿Orgullo herido? ¿Decepción hacia la actitud de los demás? ¿O hacia mí misma por no haberlo previsto y, en consecuencia, haberlo evitado o haberme pensado una segunda respuesta? Es factible. Es posible que se trate más de mí que de esa señora. Porque es evidente que en este mundo nadie hace todo bien en todo momento. Y que incluso a menudo la concepción de lo que está bien o mal es relativa, porque desde mi punto de vista esta mujer ha debido de quedarse la mar de a gusto descargando su crítica sobre mí. Ella verá su reacción como la mejor, la que debía tener. Yo no. Vaya un ping-pong pésimo.

Bajo mi raqueta, esta partida no me agrada, no me merece la pena y no quiero darle la oportunidad de quitarme las ganas de jugar todas las demás partidas que se me presenten en el futuro. No sería justo hacia la diversión explotable de las mismas y de los futuros contrincantes. Ni hacia mí. Ahora soy yo quien tiene a elegir entre dos opciones: seguir atormentándome inútilmente por lo que dije y no dije, sumirme en el pozo de la desazón porque otra persona no me haya entendido (¡a mí! ¡Con lo buena persona que soy!) y retirar mi voto de confianza en el ser humano y en su capacidad para vivir en sociedad; o… puedo aceptar las cosas tal y como han salido, asumir que ocurrirá de nuevo por mucho que me fastidien las invasiones del espacio personal y que lo más conveniente, de acuerdo con mi temperamento pacífico, será no volver a decir nada porque no es el contexto adecuado para educar a nadie y no me resulta tan grave como para enfrentarme a la reacción del otro. Me compensará más respirar hondo y, con suerte, que me den ganas de tirarme un pedo en ese mismo instante. Sería como una mini-victoria secreta, como cuando los niños pequeños se han salido con la suya en alguna treta sin que nadie les haya visto (o creyéndolo así) y se les pone esa pícara sonrisita de satisfacción.

Ahora en serio: me cuesta entender cómo sobreviví estoica y alegremente a tantas noches de discoteca en mis años mozos con los sarpullidos mentales que me da el tema del respeto al espacio personal, por el otro, por uno mismo y por lógica aplastante. Me recuerdo, sin duda, con cara de odio de vez en cuando, sobre todo cuando aún se fumaba en interiores (¿a quién no le han quemado algo?), para luego volver a la charla o bailoteo de turno como si nada. Debían de ser otros tiempos, espíritu e intereses para mí, claramente. En fin, yo haré mi ejercicio de reseteo emocional pero vosotros sedme considerados y, con virus o sin virus, haced un esfuerzo por dejar la puñetera distancia, que no es tan difícil y muchos lo agradeceremos.

La inseguridad social poscoronavirus

Hoy, he salido por primera vez a un espacio concurrido, concurrido de verdad. Ya he estado en restaurantes y cafeterías tras el fin del confinamiento pero con sus debidas distancias, por lo que no me había sentido como me ha ocurrido esta noche. Me han invitado a ir a un evento al aire libre donde se ponía música de salsa y bachata. El ambiente estaba repleto de gente animada, buen rollo, canciones estupendas y una bonita vista del Puerto Viejo de Marsella a medida que anochecía.

Imagen del grupo de Facebook Alors On Danse

He llegado sobre las 21:00. A medida que llegaba y divisaba la escena, me ha maravillado observar el panorama, el mogollón de parejas sobre la improvisada pista de baile, lo propicio de aquella explanada para disfrutar, conocer gente, pegarse unos bailoteos y deleitarse con el paisaje y la buena temperatura que acompaña a esta época. Luego, sintiendo la música, he recordado mis reducidas pero fructíferas tomas de contacto con estos tipos de bailes: la clase de Educación Física en bachillerato (gracias, Pepe) y un curso de salsa para principiantes en la Universidad de California, Riverside. He pensado que no me costaría mucho meterme de nuevo en el papel con un rato de práctica, he contemplado a parejas con un ritmo y movilidad espectaculares y otras no tan fantásticas pero pasándolo igual de bien que las primeras, he hablado con la chica que me ha propuesto unirme al plan y con sus amigos.

Y, de repente, me ha entrado una especie de desasosiego en el cuerpo. Me he dado cuenta de que, mientras sostenía la mochilita de mi amiga y miraba tranquilamente hacia la pista, me había ido desplazando varias veces unos centímetros intentando distanciarme de la gente, tratando de no estar demasiado cerca de nadie. Hasta que no ha sido posible. No es que hubiera miles de personas ni mucho menos, quizá entre cien y doscientas y, además, en un espacio abierto. Mas me ha atacado una claustrofobia humana del copón a pesar del espacio personal con el que contaba, alejado del metro cuadrado pero más amplio que los que típicamente se conceden en bares y discotecas. ¡Ah! Bares y discotecas, una imagen que parece de otro siglo entre lo poco que los frecuento ya y los estragos de la epidemia global de coronavirus.

Imagen de Gerd Altmann

No he sido capaz de sobreponerme a la impresión. Demasiado cerca, demasiada gente de repente. No sé qué debía esperarme antes de plantarme allí, sabiendo de lo que iba la fiestecilla y con el calor apretando. La cosa no se queda ahí: inmediatamente después de atacarme esta incomodidad social, he rememorado inevitablemente que, si Ryanair no me hace la puñeta (involuntariamente, pero las cosas como son), en dos semanas visito a mis padres en España. No, definitivamente esta noche ya no quería estar ahí, en medio de una multitud, aunque solo fueran unas cuantas hileras de humanidad entre la zona de baile y unos escalones, que es donde los que no bailábamos estábamos sentados o de pie, charlando y mirando hacia el área del jolgorio latino. Aunque no alcanzara a tener contacto físico con nadie, mi corazón me pedía a gritos salir por patas. Y así lo he hecho sobre las 22:00.

Me he quedado loca con mi situación interna. De vuelta a casa, que por primera vez después de más de un año viviendo en Marsella no me pilla donde Cristo perdió las alpargatas, iba intentando entenderme. No me considero una persona que viva con miedo hacia casi ningún aspecto. Sin creerme la Superwoman del sistema inmunitario (bueno, a veces sí), confío plenamente en mis defensas. Pienso que todo va a salir bien hasta que se demuestre lo contrario. Me resulta más fácil ser positiva que negativa.

No obstante, como se dice popularmente, me he cagao por las patas abajo (versión formal: me he asustado mucho). En medio del amargo regusto por mi pronta huida de un evento tan hermoso y por mi pellizco en el pecho in crescendo al final de los apenas sesenta minutos pasados en sociedad, he identificado la razón de mi congoja, y es que la más mínima posibilidad de llevarme el virus a casa de mis padres me ha provocado auténtico terror.

Con esto no pretendo favorecer el pánico colectivo, nada más lejos de mi intención. Simplemente he querido analizar y plasmar por escrito como mero auto-experimento psicológico (afortunadamente, ¡que todo se quede en eso!) cómo me he sentido durante esta específica entrada en contacto con el mundo exterior. Concluyo que, de la misma manera que, por un lado, he disfrutado como una enana de varios restaurantes en las últimas semanas; por el otro, no estoy preparada para jaleos mayores. La vida sigue y el día de estar rodeada de peña por doquier llegará, no me cabe la menor duda. Pero, por ahora, mientras el contacto con seres queridos de estadísticamente más riesgo esté próximo, la respuesta es no.

El “mediavirus” o virus mediático

Por un momento, me he creído muy original al pensar en qué título ponerle a esta entrada, comenzando por “el virus mediático” y ocurriéndoseme luego “Media Virus” para muy pronto descubrir por Internet que un señor ha publicado un libro con este mismo título. ¡Cogido! No obstante, me sigue pareciendo adecuado para el tema que quiero comentar, así que lo utilizaré, aunque la versión en una sola palabra.

Imagen de Arek Socha en Pixabay

Desde que no leo noticias, vivo mejor. Exponencialmente mejor. Para ser más precisa, me refiero a las noticias de medios nacionales españoles genéricos. Las pocas veces que caigo en la tentación de pasearme por una página de titulares, recuerdo por qué desactivé las alertas diarias por correo electrónico: no me merece la pena estar tan informada. No en el formato en que estos medios están construidos, a base de argucias políticas, catástrofes naturales y de otras clases, muertes accidentales y provocadas, trapos sucios y todo tipo de textos que provocan fundamentalmente desesperación, rabia, hastío, miedo y desconfianza hacia el ser humano. Y yo no quiero perder la confianza que tengo en él.

Afortunadamente, existen plataformas que te permiten informarte de manera más temática y elegida, si bien aún dentro de sus tendencias, de lo que ese medio decida investigar y mostrar, como es lógico. Por ejemplo, esta mañana me ha llegado la notificación semanal del canal de Youtube TED en español, organización con charlas de tropecientos temas. Y solo con dos conferencias, una sobre el poder rehabilitador y la importancia de la educación y otra sobre el torrente de acción que puede provocar la insatisfacción hacia una situación dramática o injusticia determinada, me he sentido más esperanzada, motivada y empoderada que con toda la página de inicio de varios diarios nacionales reconocidos. Más positiva, emocionada, ilusionada hacia nuestras increíbles capacidades e iniciativas, tan poco presentes en el consumo mediático más superficial.

¿Hasta qué punto es la responsabilidad de cada uno el buscarse sus fuentes de información y nutrirse de ellas, confiar y sustentar ideas propias en ellas, así como cuestionarlas y desafiarlas, contrartarlas con otras y verificarlas, sobre todo antes de compartir? Creo que nuestra responsabilidad es total, pero colinda con la responsabilidad de los medios de comunicación hacia favorecer la sociedad del bienestar en lugar de perjudicarla. Esa delgada línea entre la “información de calidad” y la que no, por supuesto, es dificilísima de marcar y cargada de subjetividad, aunque solo sea por la influencia cultural. Bendita sea la libertad de expresión y la variedad de temas a investigar y a exponer pero, sinceramente, en qué mala hora se desvirtuó el enfoque principal de muchos medios de todo tipo, escritos, radiofónicos y televisivos. Porque es fácil quedarse en lo “noticiable”, pasar una mirada rápida por ello y conformarse, alterarse, ofuscarse, defenderlo en cuerpo y alma, vivirlo como propio y lo más real que pueda existir, e incluso comprometerse y transformarse. Olvidarse de uno mismo y rechazar cualquier otra perspectiva y posibilidad.

Imanen de geralt en Pixabay

No pretendo salirme de ese pozo de absorción mediática, sin duda formo parte de él. Solo que procuro sacar la cabeza cada vez más y este pequeño paso, ese click sobre el botón “dar de baja” (ya hace años) que me daba tanta inseguridad por tirarme a un vacío informativo, por salirme de una norma impuesta (o auto-impuesta), por “no enterarme de las cosas”… La superación de estos temores ha merecido la pena. Porque yo elijo dónde meterme, cuándo hacerlo, si me apetece o no. No niego que acceder a noticias y artículos facilita el debate entre las personas, pero no puedo con el regodeo, la repetición hasta la saciedad, la explotación de los mismos dramas, a veces con las mismas caras y a veces distintas, hasta consumir el alma y el buen espíritu del lector o espectador, que se olvida de dónde está y lo que hace para entrar en un ensimismamiento desganado y asqueado por “lo mal que está el mundo”.

Pues claro que está mal, está espantoso en muchos sentidos. Pero también es maravilloso en muchos otros, en miles de historias fascinantes de lucha, de superación, de aprendizaje, de triunfos, de progresos, de humanidad, de amor que se nos escapan entre tanta mierda. Pues claro que hay que denunciar las maldades, las atrocidades, las injusticias que se cometen. ¿Cómo, si no, se habría salido a la calle a defender derechos humanos como ha ocurrido tras el horrible asesinato (no tiene otro nombre) de George Floyd? Pues claro que conviene estar mínimamente informados, que es alucinante tener acceso a tantísimos datos al alcance de unos clicks, por no hablar del disfrute de lo que yo llamo “la esencia del periodismo”, que tantos extraordinarios artículos y reportajes nos brinda. Pues claro que necesitamos que se cubran sucesos para ser más conscientes, tomar medidas si es necesario, intentar entender unas y otras circunstancias.

Imagen de _Alicja_ en Pixabay

Pero no tanto. No así. No en dosis genéricas y tremendistas, no en ganchos hacia las entrañas, no en gotas de veneno hacia el equilibrio emocional y la apertura de miras de las personas. No en validaciones subjetivas de lo que es publicable o no. No en cantidades industriales. El drama vende, y creo que eso sale caro sociológicamente. La apelación cultural a los sentidos es indiscutiblemente exitosa, está demostrado en la difusión de las muertes en unos países y no de otros aunque se trate también de personas con la misma sangre por sus venas que nosotros. Las vidas no valen lo mismo.

Mi propio trabajo en turismo me ha hecho seguir mucho más de lo que me habría gustado la evolución de la epidemia mundial de coronavirus. Una compañera encontró en Internet un mapa que contabiliza los infectados, medicalizados y muertos en cada país de todo el mundo. Una herramienta tan impresionante como del demonio. Números sin caras, vidas sin nombre. Y la desesperación hacia el incremento diario. La angustia, la incertidumbre, el miedo. El olvido, también, de muchos otros problemas.

A pesar de ser consciente de que, en cierto modo, cada persona tiene la elección de salirse del juego mediático, aunque no siempre se dan cuenta de ello o lo ignoran intencionadamente (me incluyo), no puedo evitar sentir un halo de preocupación hacia las consecuencias psicológicas de este bombardeo continuo. Y, hoy por hoy, no tengo solución global. Supongo que porque es una cuestión personal, con el ataque extra y en la frente por parte de la expansión y dominación de las redes sociales, que tantas ansias nos dan por mantenernos conectados, exponernos, compartir, discutir y hasta denigrar allá donde la ética y la moral no se contemplan entre la protección de la pantalla y el olvido del respeto mutuo y de que hay una persona real al otro lado. Desde luego, no obvio sus fantásticas ventajas de las que me beneficio personalmente, pero una cosa no quita la otra. Las generaciones que no encienden la televisión ni una radio física o no abren un periódico no se hallan más a salvo del “mediavirus” entre tanto interés político, empresarial, publicitario y económico. Por no hablar de la invasión de datos, de nuestros datos, de nuestros hábitos de uso y consumo, de nuestra privacidad.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Vaya desastre: al final siento como si yo misma contribuyera a propiciar un sentimiento negativo y de pavor en quien me lea. Pero no es mi intención, sino más bien invitaros a liberaros del virus mediático. Recomiendo encarecidamente buscar de manera directa y activa la información que os interese. Contrastarla entre varias fuentes. No juzgar a otras personas a la primera de cambio, recordar que hay un ser humano con su propia realidad tras cada palabra. No dejarse perder entre publicaciones y dramas en bucle. Controlar los datos que se consumen e incluso influir en las conversaciones a vuestro alrededor si os resultan repetitivas y tóxicas. Y desconectar sin miedo al “no saber”. De lo que tengáis que enteraros, os enteraréis inevitablemente.

La oscuridad después de dar a luz

De manera ineludible a raíz de la edad, me voy rodeando de mamás. También de no-mamás, que dejaré para otro merecido artículo. La proporción a mi alrededor sin niños es aún más abundante que la que los tiene y, dentro de esta, hay mamás muy cercanas a mí, es decir, amigas encontradas antes de ser mamás, o mujeres que me cruzo directamente siéndolo y entran a formar parte de mis círculos de reunión social.

Imagen de mcmurryjulie en Pixabay

Sin ánimo de ser cotilla ni entrometerme, me gusta conocer sus impresiones, cómo lo viven, qué sienten. Todo lo que quieran contarme, básicamente. Y detecto en general un halo de sentimientos encontrados. Muchísimo amor (no siempre apabullante e innato como nos lo vende Hollywood desde el principio, durante el cual hay personas que han de acostumbrarse a esa nueva criaturita ocupando todo su espacio mental y físico sin saber muy bien cómo sentirse hacia ella), un vuelco radical en sus vidas, un camino sin retorno repleto de maravillas y, muchas veces, de otras sensaciones no tan agradables.

La primera referencia que tengo es la de mi madre, que no recuerda mayores molestias ni físicas ni psicológicas, lo cual admito que me tranquiliza pensando en que me puede ir igual cuando me toque, al menos por genética. No sé si es por su época, exenta de tanto boom emocional, libros de auto-ayuda y dietas-milagro; los tremendos cambios de una generación a otra o que simplemente hay gente que lo vive así. Imagino que un poco de cada.

Hace poco me planteaba si nuestra generación se encuentra más afectada por el deseo propio de experimentación existencial, la mayor sensación de “carga” a la hora de entrar en el juego de la reproducción, la tardanza en llegar a esa vida estable, tanto sentimental como económicamente, como para tener hijos (los que quieren tenerlos), acentuada por la inestabilidad laboral y la búsqueda de nosotras mismas, de nuestro lugar en el mundo, del éxito profesional, social, etc. E incluso aspectos más precisos que he oído como el miedo al parto, entre otros que fomentan las dudas en las mujeres y retrasan el momento. Mi conclusión es que sí, que todo esto influye.

No sé cómo me va a ir a mí, pero veo experiencias tan preciosas como duras. Para empezar, la brutal transformación del cuerpo, las dificultades para volver a sentirse bien con una misma físicamente y la lucha interna abrazada a la resignación en los primeros meses de crianza para recordarse que ha merecido la pena y que una está ahí por y para su hijo hasta que llegue el momento de poder centrarse un poco más en sí misma. Una amiga mía ganó veinte kilos durante su embarazo. Otra me contaba ayer mismo que había ganado quince, que durante los primeros seis meses no podía hacer ejercicio a causa de las repercusiones de la cesárea que hubo de tener y, lo que más me conmovió, lo mal que se sentía consigo misma, inevitablemente comparando su cuerpo de ahora con el de antes. Sensación que se le quitaba al mirar a su hijo, ahora de unos cuatro meses. Pero que está ahí, agazapada.

La soledad, la exclusión de ciertos círculos, el paso de “mujer” a “madre” como si no se fuera nada más, la pérdida de la libertad personal. Y otras muchas cosas que dan respeto, que se manifiestan de diferentes maneras y que, en muchas ocasiones, no se comparten por miedo a la crítica, al rechazo y prejuicio social o directamente por la falta de alguien con quien expresarse. Y sin que te digan “sabías en lo que te metías” como si no tuvieras derecho a exteriorizar tus sentimientos como en cualquier otro ámbito de la vida.

Creo que cada maternidad es única y no necesariamente pasa por las mismas experiencias que otras. Estoy segura de que habrá madres que se paseen por sus crianzas prácticamente como por su casa. Pero lo que venía yo hoy a comentar por aquí y en relación con el otro lado de la moneda es que me llama la atención no ver, quizá por desconocimiento, más plataformas de apoyo a las madres, más recursos para atender a las mujeres y a sus posibles síntomas post-parto, más espacios donde conocer a otras madres y maternidades y recibir apoyo y comprensión en caso necesario. ¿Por qué a menudo consiste en un camino a emprender en privado y con toda la responsabilidad emocional concentrada en una misma, en uno de los picos hormonales más relevantes en la vida de una mujer?

Afortunadamente, siento que cada vez es menos tabú hablar en público de estos temas, lo cual creo que es sano para compartir y sentirse más acompañada. En este sentido, me he hecho fan de un nuevo canal de Youtube llamado, de manera muy acertada, “Desmadradas”, a través del cual dos madres (“entre muchas otras cosas” como mencionan en su canción de entrada) comentan sus experiencias sin tapujos y “sin culpa” (como mencionan en su cancioncilla de despedida). Me parecen muy valientes porque se han lanzado a abrir sus fueros internos a los cuatro vientos a pesar de las posibles críticas. Desde mi punto de vista, un@ debe escucharles con la mente abierta, entendiendo que son sus vivencias expuestas para información y apoyo de quienes así lo perciban y necesiten. Creo que no todo el mundo está preparado para escucharlas porque pronuncian alto y claro sus procesos emocionales dolorosos y conflictivos en relación con su maternidad, y es fácil olvidar que el título del canal es “Desmadradas”, es decir, que se trata de desmadrarse, de desahogarse, de expresarse, de soltar, de destripar y poner las entrañas sobre la mesa, por encima de haters y de feedbacks escandalizados. No obstante, no les falta un tono desenfadado, reflexivo y argumentado. Para escuchar las lindezas de la maternidad, mejor buscar otros canales.

No puedo negarlo: me enorgullece el coraje de cualquier persona dispuesta a hablar de temas polémicos (más por las sensibilidades hacia ellos que porque se busque generar polémica) sin miedo, que no sin reparo y respeto, hacia la respuesta que pueda recibir porque, si no, no hacemos nada. Hoy en día, digas lo que digas siempre va a haber alguien que se ofenda. Y a mí me merece la pena disfrutar de sus conversaciones. Opino que cuando un@ se aleja de su visión particular, del afán de posicionarse, de querer estar de acuerdo o en desacuerdo con algo, se abre a un debate saludable y a un universo amplio y rico en perspectivas y aprendizaje. Qué tontería perderse esto por pura cabezonería y egocentrismo, ¿no?

Buscandomipasion.home.blog

Sí, esto está pasando: ¡un nuevo blog!

Me avergüenzo y me descojono a partes iguales viendo la entrada que publiqué justo antes de esta, hace seis meses, de la que se puede concluir que desistí de profundizar en la búsqueda de aquello para lo que se supone que estoy hecha, aquello que me haría levantarme por la mañana por algo y no por sistema. Volví a dejarme caer en la duermevela cotidiana, en el trajín de lo mundano.

Pero la inquietud, el vacío, el ansia que se asoman por las esquinas de ese limbo no te dejan en paz por mucho tiempo, así que he decidido que es hora de inventarme una meta, ya que no se me pone por delante por sí sola, como es lógico por otra parte. Ya que me doy cuenta cada vez más de que, con objetivos por delante, sí o sí ves tu existencia de otra manera que si simplemente te dejas llevar y “vas viendo lo que pasa”. La psiquiatra Marián Rojas dice en esta conferencia: “Piensa en grande y actúa en pequeño”. ¡Oído cocina! A falta de una pasión por meta, mi meta, por ahora, es buscar esa pasión.

No quiero enrollarme aquí sobre mis motivaciones para crear este nuevo blog porque, para eso, mejor que lo sigáis vosotros mismos si os interesa. Ojo, un par de puntos:

  1. No estoy pasando por una, objetivamente hablando, mala etapa vital ni nada parecido, simplemente me gustaría rellenar la vida estándar de española emigrante y cuasi-treintañera que tengo de un sentido lo más elevado y satisfactorio posible. Que yo decida mi destino, no el azar.
  2. Esto no es un adiós, por supuesto Maria Dixit seguirá aquí plantado para cuando la inspiración me llame impulsivamente, que es así como siempre ha funcionado, y quizá el motivo por el que se ve cada vez más abandonado, el pobre. Simplemente, desde este momento, tengo una misión añadida.

Sí que tomaré un momento para poneros un poco al día. A grandes rasgos: ya llevo poco más de dos años en Berlín, capital que me ha dado bellísimas cosas pero de la que me despediré el próximo enero a raíz del fin de mi contrato laboral (no hay dolor, dos añitos seguidos en atención al cliente van que chutan) y de la vuelta de mi pareja a su país de origen: Francia.

Mientras que la tierra de los vinos y los quesos se prevé como mi próximo destino donde, una vez más, habrá que buscarse la vida, cabe destacar que mi primera parada oficial tras la capital alemana será Jerez de la Frontera, mi ciudad natal. Nada como regresar al origen de todo para reorganizarse como Zeus manda.

Nos seguimos viendo por aquí y por https://buscandomipasion.home.blog/, que también está en Facebook.

buscando mi pasión cabecera

Cuando no encuentras “tu pasión”

Tony RobbinsAcabo de ver un documental bastante inspirador llamado “Tony Robbins: A Date With Destiny” centrado en la actividad profesional del señor del título que consiste en, digamos, ayudar a otros a encontrar su camino, a darse cuenta de qué es lo que les está impidiendo avanzar y qué hacer para superarlo. Más o menos. Entre todas las actividades de coaching a las que se dedica Tony, esta producción cubre un evento anual que se basa en una especie de convivencia con talleres temáticos, dinámicas de grupo, etc., de una semana de duración y que cuesta unos €5000 euros (no estoy segura de qué incluye y qué no).

Tras ver el docu, estoy segura de que a los asistentes a la convivencia les habrá servido con creces la experiencia, pero me alegro de que hayan lanzado la película porque, con ese precio, pocos nos íbamos a enterar de la labor del buen hombre. Si aún no se os ha pasado el susto por el coste del programita, recalcaré que la historia transcurre en Estados Unidos, donde servicios como este, y de otros muchos tipos, cuestan un coj*n y medio. ¡Bienvenidos a la tierra de las oportunidades!

Pero la idea no es hablar de los sablazos económicos americanos, sino del tema que pone sobre la mesa: resolver cuentas pendientes emocionales, encauzar nuestros caminos, crearnos metas, encontrar nuestra identidad y entender que todo lo que nos ha pasado nos hace como somos y, por tanto, hay que dar gracias por ello con amor.

Mira que estas cosas me conmueven en el momento y hasta me las creo, las siento y me entra el gusanillo de poner esa filosofía en práctica en mi vida. Pero eso es un curro psicológico diario en un mundo en el que me cuesta mucho aceptar las perrerías humanas y, desde un punto de vista, por supuesto, egoísta, en el que, oh dios mío… ¡No encuentro mi pasión! Y no estoy segura de hasta qué punto tengo que encontrarla o me han vendido que debería encontrarla. Supongo que es una forma poética de fomentar que nos busquemos objetivos, metas, razones de ser, causas en las que volcarnos para mantenernos motivados, para ver esa chispa a la vida, para no marchitarnos de aburrimiento, hastío y asqueamiento. Sí, esta versión me gusta más. A mí. Cada uno que se busque la que le sirva, que no todo el mundo se va a regir igual.

Y, sin embargo, aquí me veo, con las carnes abiertas tras ese torrente espiritual e incitador inyectado por mi adorado Netflix, intentando desesperadamente dilucidar qué me pide el cuerpo hacer para satisfacer esas ansias auto-realizadoras. Y, sinceramente, el cuerpo me pide más bien poquito. Como mucho, una duchita. Así que, tras el fracaso del cuerpo iluminador, he pasado a intentar forzar a mi mente a hallar aquello que haría de mi existencia algo realmente significativo o, al menos productivo. Las primeras candidatas, de rollo más artístico o intelectual, han sido escribir algún relato o seguir con un curso online sobre liderazgo. Tras rechazarlas por pereza máxima, se me ha venido la idea de salir a caminar y a comprar el pan, o escribir en el diario, o cocinar algo guay… La cosa se ha quedado en lavar los platos y navegar por internet cual zombi.

¿Por qué no ha funcionado? Supongo que porque todo lo pensado son deberes y responsabilidades inventados por mi cabeza y que no pueden estar ya más cocidos, rebozados y recalentados en el patio de mis neuronas veintinueveañeras. Porque no me acaba de salir aquello que se supone que ha de brotar de mi mismísima alma, y no sé si saldrá. Que sí, que una no se topa con el sentido de su vida en cuestión de dos horitas, pero no me acaba de convencer tanta paja mental en torno a la felicidad que nos espera una vez demos con ello porque creo que se trata del camino. Con una meta, sin duda, pero del camino, sus tropiezos y sus logros. Y nos están educando para mandar a tomar por saco el camino y priorizar la valía de los triunfos, que están muy bien pero, al volverse el núcleo de la felicidad, crea una insatisfacción terrible.

A ver, obviamente me alegro un montón por todos aquellos que encuentran una pasión, pero empiezo a ver el mundo un tanto sobrecargado de tanta reflexión y psicoanálisis derivados en exigencias existenciales, y no me parece bien vivir con esa presión constante de tener que encontrar por coj*nes la respuesta definitiva. Justo en una parte del documental, al personaje de interés en cuestión le preguntan en qué momento vivió su “despertar”. Él, de manera muy acertada, en mi opinión, comenta que no ha habido un único momento determinante, sino una buena cantidad de ellos a lo largo de su vida. ¡Equilicuá!

En fin, no os preocupéis, que basta con que publique esto para que, al rato, vuelva a estar yo en modo (léase con voz épica) EN BUSCA DE LA PASIÓN PERDIDA (o pasiones, ¿quién dice que hay que tener solo una?). Y, si no, tan a gusto que me he quedado quitándome de en medio la pila de platos por fregar.

Fragmento de la novela Demián, de Hermann Hesse

Fragmento de la novela Demián, de Hermann Hesse

Os perdono

Hoy cierta angustia me está dando por saco y he decidido compartirla con vosotros y usaros para pararle los pies (¡gracias de antemano!). Normalmente mis publicaciones ya salen de por sí de mi cabeza al teclado a base de inspiraciones repentinas pero esta vez quiero, más que nunca, desatar este batiburrillo de sensaciones sin pararme tanto a repasar el texto, la forma y cómo expresarme. Esperemos haber entendido algo al final.

Todo ha empezado con el sentimiento de impotencia. Una amiga mía lo está pasando regular en el plano sentimental y soy incapaz de aportar luz a su visión actual. Este amargo pellizco, amplificado naturalmente por mi propio cerebro, me ha catapultado hacia otros momentos, otras impotencias, otras pocas situaciones que me oprimen el pecho a su voluntad de vez en cuando. Y me toca la moral. Necesito cerrar cabos con los demás y conmigo misma, porque no quiero vivir de esta manera. No quiero vivir con rencor, con angustia, con pesimismo. Me niego a que me sigan asaltando cuando se les antoje, por poco frecuente que sea. No he venido al mundo para perder el tiempo con sufrimientos gratuitos. Creo en la felicidad personal y, consecuentemente, en la expansión de esa felicidad al exterior. Así pues…

Te perdono, amiga, porque no soy quién para juzgarte. Seguramente tu círculo vicioso emocional (alias “rallada”) sea de alguna utilidad tarde o temprano, y sé lo que se siente cuando se está atrapado en una prisión mental. Hasta que uno mismo no se da cuenta, no hay quien le saque de ahí.

Te perdono, profesora de ballet, porque a mis diez años intentaste convertirme en una persona flexible, haciéndome finalmente salir despavorida de la clase con dolor de ingles. Sé que actuabas con buena intención, aunque me mosqueé en el momento.

Os perdono, mini-compañeras, por catalogarme de “marimacho” por jugar al fútbol con los chicos en primaria. Son cosas de la edad, y me lo pasaba de lujo de todas formas.

Os perdono, ex-mejores amigas, por abandonarme deliberadamente por vuestros novios y otros motivos. Me enseñasteis que un gran porcentaje de amistades no resisten el paso del tiempo, que ese proceso forma parte de la vida y que no vale la pena resistirse cuando es inminente. Nos divertimos mientras duró.

Os perdono (aquí tengo que respirar hondo), compañeros que me hicisteis bullying, acoso escolar en español, durante buena parte de la secundaria. Porque noto que, conforme más mayor me hago, más parece afectarme aquel trato injustificado hacia mi persona. Y no voy a permitir que me sigáis molestando a estas alturas de la vida. Porque probablemente vuestras mentes, educación, ambientes, inseguridades, etc., os impulsaron a ser así sin querer realmente amargarme. Y. si sí queríais, no es mi responsabilidad preocuparme por ello, allá cada uno con sus maldades y el karma. ¡Ah! Y, afortunadamente, el cambio de curso abrió paso a vuestra desaparición de mi vista y a unos estupendos tres últimos años de colegio. Tal vez tenía que aguantaros para experimentar toda la dicha escolar posterior con mayor intensidad. Qué guasón, el “destino”.

Os perdono, resto de compañeros de secundaria, por dejar que me hicieran bullying. Porque desgraciadamente el inicio de la adolescencia es una etapa difícil en la que la personalidad aún está por curtir y no voy a culparos por esas ansias de encajar entre la masa a costa de no mirar de frente ciertas injusticias. Ojalá esto cambie con el paso de las generaciones, porque el abuso escolar es un tema que me enerva brutalmente. Pero hoy estamos perdonando, así que continuamos.

Te perdono, primer ex-novio, por abrirme la puerta a la primera explosión en pedazos de mi corazón. Total, participé en el proceso de deterioro y tampoco íbamos a ninguna parte juntos.

Te perdono (respiremos de nuevo, ahora bien fuerte)…, segundo ex-novio. Porque siento que aquella relación me destruyó. Me descompuso de pies a cabeza, me arrancó de mi inocencia nata, de mi pureza infantil-adolescente, me hizo llorar de una forma inhumana y sufrir durante dos años y me duele recordarla todavía en su saco de celos, manipulación y todo tipo de lacras que no recomiendo a nadie. Te perdono todo lo que me hiciste, o más bien lo que te permití que me hicieras, que no es poco, y tu decisión de quitarte la vida como colofón de la ruptura. Porque el mundo me va demostrando poco a poco que una persona no solo es esa persona, sino su educación, su forma de pensar, su ambiente, sus creencias, sus prejuicios, la sociedad en la que se ha criado, sus conflictos personales, sus inseguridades, sus fortalezas, sus defectos, su caos mental, sus enfermedades, sus euforias, sus particularidades internas y externas de todos los colores. Y mi lentísimo proceso de madurez me va animando a tratar de entender antes de ofenderme, a analizar antes de prejuzgar, a escuchar antes de responder, a perdonar antes de odiar. Sí, me cuesta pero te perdono, porque me niego a que tu imagen ocupe una milésima más de mi vida actual de manera negativa, sino como aquello que pasó y que forjó mi personalidad de hoy en día, en la que tengo muchas cosas claras gracias a aquella terapia de choque y me siento feliz junto a una persona maravillosa.

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Fragmento de “La marca del meridiano”, de Lorenzo Silva.

Os perdono, compañeras de universidad. Porque aún no sé cómo alcanzamos un punto muy feo en nuestra relación pero creo que a menudo todas las partes lo provocan. Vuestros motivos tendríais, junto a nuestros queridos veinte años, con los cuales nos creemos que sabemos todo y no sabemos nada (me incluyo). Es increíble cómo amistades de años pueden fastidiarse en pocos días o semanas, ¿no? Fascinante, al fin y al cabo.

Os perdono, elementos fugaces pertenecientes a la vida nocturna. A los que insistieron en llevarme al lado oscuro, a los que me insultaron por no aceptar, a los que lo consiguieron y cuyo resultado fue de mediocre para arriba. Porque sois libres de hacer lo que queráis y nadie me obligó nunca a hacer nada, porque no tengo nada de lo que avergonzarme y porque me habéis proporcionado unas buenas risas entre amigas, además de una visión más amplia del comportamiento humano.

Os perdono, personas a las que os gustaría pedirme perdón y personas que pensáis que no tenéis por qué pedirme perdón. Porque quiero desprenderme de esta molestia mental esporádica cuando miro hacia el pasado o cuando cosas del presente me golpean con recuerdos negativos del pasado. ¿Quién os ha dado permiso para atormentarme? Cierto, yo misma. Hoy es el comienzo de vuestro fin. Y para ello, tras perdonar, por último, la adicción actual a la pantalla del móvil por encima de las caras en vivo y en directo de los semejantes, solo me queda perdonar a una persona.

Te perdono, María (esa soy yo, la que escribe). Porque eres la primera que debe perdonarse a sí misma para perdonar a los demás, para acercarte cada vez más a esa serenidad, armonía y equilibrio emocional que aspiras alcanzar. Te perdono por interpretar todavía buena parte de ese daño recibido (ojo, un daño permitido, que a María no le gusta culpar a los demás de los actos propios) de una manera nociva, en lugar de aquello que te ha convertido en la persona que eres en la actualidad, de la que te sientes orgullosa.

María, te perdono por tus momentos de inseguridad, timidez, reparo, impaciencia, miedo, lágrimas, exigencias hacia los demás y hacia ti misma, disgusto hacia tus michelines y variados latigazos emocionales. Te perdono, porque no eres perfecta y no tienes que ser perfecta, porque esas vivencias forman parte de la vida, porque los sucesos y tus reacciones hacia ellos no tienen que salir como te gustaría, sino como les da la gana y así hay que asumirlos, procurando aprender de ellos. Porque tienes derecho a equivocarte y a levantarte de nuevo con la cabeza igual de alta que cualquier otro.

Te perdono por tus malestares momentáneos hacia todo lo que hemos perdonado a los demás más arriba. Porque para eso estamos perdonándoles, o al menos intentándolo. Y, en principio, sienta bastante bien. ¡Nada como destapar pesares internos! Cierto que no hacía falta publicarlo en Internet pero, como entre tus manías está cumplir con lo que dices (sobre todo públicamente), menos opciones tienes de echarte atrás mañana, de dejar entrar en tu mente a las sensaciones negativas de las que quieres irte deshaciendo. Tienes toda la vida por delante para aprender a ser feliz, a quererte incondicionalmente y a perdonar con toda la amplitud del término (pero tampoco te duermas en los laureles).

Qué bonito es sentirse libre.

La zona de confort

Paisaje desde el Alvia de Madrid a Jerez

Paisaje desde el tren. Terreno conocido.

La zona de confort es un estado en el que nos sentimos seguros mental y físicamente. Digamos que engloba ese tipo de actitud humana en la que uno no se permite tentar a la suerte para no desestabilizarse emocionalmente. Se rechaza el correr riesgos con el objetivo de permanecer cómodo.

¿A qué nivel se convencerá uno de que está en un estado de confort? Conocí a repetidas personas que, cuando me hallaba en Londres, comentaban que se planteaban mudarse a probar suerte por allí. Palabras que se quedan en los labios, a menudo precisamente porque es más seguro quedarse en el sitio que conoces con la gente y la cultura que conoces.

¿Seguro? Es decir, ¿es posible que compense emocionalmente quedarse en un país esperando a la oportunidad de tu vida sin saber si llegará? ¿Cuánta frustración puede provocar eso a la larga a algunas de dichas personas?

Cuidado, no digo en absoluto que todo el mundo deba salir huyendo de España. Era un sencillo ejemplo de la posible consecuencia de permanecer en la zona de confort, que finalmente se convertiría en el peor castigo, en todo lo contrario. ¿Me explico? Me parece comprensible el luchar por ella, la verdad, no todo el mundo tiene la misma capacidad ni necesidad de dar ciertos pasos. Pero creo que la zona de confort es extremadamente engañosa y que aquellos que reniegan de una posibilidad por miedo al cambio y no porque estén convencidos de su decisión por los motivos que sea acabarán sufriendo mucho más que si se hubieran tirado a la piscina.

Otro ejemplo: esa persona que, escarmentada por desagravios amorosos, opta por no confiar en nadie. Es más, decide seguir relacionándose pero conservando las distancias, evitando implicaciones sentimentales. Esto no deja de ser un remedio pasajero que frecuentemente esconde un fantasma posterior: el miedo a las relaciones serias y, finalmente, el de quedarse solo. Ojo: hacia la vida individual tampoco hay ningún problema si se está consecuentemente convencido de ello. El conflicto viene cuando no se plantean todas las posibilidades, cuando piensas que te estás protegiendo y haciendo lo correcto al no poner en riesgo tus emociones. Un narcótico pasajero que, cuando se esfume, te machacará con un síndrome de abstinencia mucho peor.

Tartas de chocolate. Bienvenida al visitar mi Jerez natal. Zona de confort elevado a la máxima potencia.

Tartas de chocolate. Bienvenida al visitar mi Jerez natal. Zona de confort elevada a la máxima potencia.

¿Qué quiero decir? Que la zona de confort, dentro de su hipotética falta de peligros, es peligrosísima. Repito: si uno toma sus decisiones consciente y consecuentemente sin la influencia de temores infundidos, sino con una base argumentativa sólida y real, es más que respetable. Hay compromisos y sacrificios que van más allá del aventurarse a hacer ciertas cosas, ¿quiénes somos para juzgar a nadie? Sin embargo, limitarse a una situación mediocre o que “no está mal” con posibilidad de mejorar no impedirá que cualquier día lejano miremos hacia atrás y nos arrepintamos, ya sin remedio, de lo que nos habría gustado hacer y nunca nos atrevimos.

Por tanto, no os dejéis llevar por el aparente confort sin psicoanalizarlo. Una de las frases más inteligentes desde mi punto de vista es: “el <<no>> ya lo tienes”. Tan simple, tan cierto. Y no solo el “no” del exterior sino los “noes” de ti a ti. El “no, esto no ha salido como quería. Pero no pasa nada, porque lo he intentado”.

Aunque tampoco hace falta irnos a circunstancias extremas y típicas relacionadas con la vida laboral y sentimental. Cualquier acción diaria resulta un mal trago para algunas personas y ningún problema para otras. Elegir qué comer, hacer deporte, elegir las palabras adecuadas ante tu jefe, ser sincero con un amigo, buscar aparcamiento, limpiar la casa, ayudar a una persona mayor por la calle.

Hablando de personas mayores… La última vez que cogí el metro de Madrid, una señora mayor accedió al vagón y la situación siguiente me horrorizó: desgraciadamente yo iba de pie y ninguno de los ocho individuos sentados entre ella y yo se levantó para cederle el asiento. Pasaron varios minutos. La mitad del grupo miraba sus móviles, la otra mitad pensaría en las musarañas o yo qué sé, pero ciegos no eran. Y yo percibía, angustiosa, la estructura de trapo de esta mujer de fácilmente 70 años, hasta que por suerte distinguió un asiento libre más alejado.

El canto de un duro me faltó para soltar allí en medio: “¿nadie va a levantar el culo para que se siente esta señora o qué?”. Increíble. Es curiosísimo cómo un ambiente en el que habitualmente me encuentro perfectamente cómoda, con cada cual a lo suyo, se transformó en un segundo en un espacio arisco y violento para mí. Como es natural, la ocurrencia de pronunciarme ante aquella gente se salía por completo de mi zona de confort también. Aquí la cosa va de unas zonas de confort y “disconfort” dentro otras eternamente. Qué cachondas ellas.

Plaza del Caballo, Jerez de la Frontera. Recuerdos positivos. Escenario familiar. Poco riesgo de "disconfort".

Plaza del Caballo, Jerez de la Frontera. Escenario familiar. Poco riesgo de “disconfort”.

Otro hecho sucedido en los últimos días se dio en mi tierra natal. Misión: encontrar un vestido para la boda de mi hermano. Desasosiego previo inminente: no soy ninguna fan de las compras. Me dan pereza, aburrimiento, cansancio, agobio. Sobre todo si encima tengo que encontrar algo en concreto. Pues si bien acerté mucho más rápido de lo esperado, más rápido quise luego salir por patas y dejar el tema de los zapatos para otro día. Zona de confort desapareciendo y apareciendo: ahora busco el traje, ahora lo encuentro, ahora quiero teletransportarme a casa. Conclusión: valió la pena porque la gestión se completó de manera satisfactoria pero tengo claro mi estado según lo que hago y las consecuencias. No gustarme ir de compras no sobrepasaba la necesidad personal de revisar por mí misma las posibilidades antes de permitir que otra persona (madre, amigas) lo hiciera por mí, porque las consecuencias podrían ser mucho peores (dentro de la poca gravedad vital en este caso concreto, claro).

Parecerá un ejemplo tonto pero cada cual todo el derecho a las no-zonas de confort más dispares, no lo olvidéis. Os lo digo: ni la primera vez que tuve que coger dos aviones de unas 8 y 5 horas de España a California me sentí tan insegura como ayer entre prendas, probadores y espejos. Con dos cojones.

Uno de los regalos.

Uno de los regalos. Me encantan los cuadernos de este rollo.

Un último ejemplo de lo más cotidiano, también perteneciente a la semana pasada: encontrar regalos. No falla: mi sensación inicial guarda siempre un halo de mini-frustración por no saber qué regalar. Pero tras darle las vueltas necesarias, cuando el elemento perfecto aparece la satisfacción e ilusión por la entrega son bestiales (hablo de mí). Sí, disfruto muchísimo cuando encuentro lo que siento como idóneo para regalar. El proceso anterior, lo tiraba a la basura. Pero es necesario para alcanzar la plenitud.

Y así con un porrón de cosas. Resumiendo, las zonas de confort suponen un mundo la mar de entretenido colgando de un hilo con dos extremos: el de las zonas que se escogen por voluntad propia y siendo consecuente con los posibles efectos posteriores, y el de las que se deciden por descarte de los riesgos a pesar del valor futuro que se pierde.

Pd: por las dudas, aquí he expuesto mi visión del concepto “zona de confort” y divagaciones varias. Para explicaciones técnicas, véase Internet ;).

La esencia del periodismo y la verdad sobre el sueño americano

escribir muchoLo sé: según el post anterior a este, llevo sin escribir desde el 26 de julio, pero quizá las apariencias os estén engañando. Todo depende del punto de vista. Efectivamente, en este blog, he estado ese tiempo sin manifestarme. Sin embargo, hacía mucho que no ocupaba tantas horas redactando. Diría que desde aquel verano de 2010 en el cual empecé este blog y me volqué en él de un modo casi enfermizo.

Como os conté el susodicho 26 de julio, tengo… um, un trabajo freelance, no dos: el de editora de publicaciones de Facebook me he visto obligada a dejarlo ante la evidente necesidad de buscar una posición estable que complemente mi labor como freelance para un periódico hispano, cosa que sin duda no quiero dejar de hacer tras haber conseguido una oportunidad en este sector cuatro años después de acabar la carrera. Si me hubieran dicho antes que en California tenía opciones… En fin, dejémoslo en que toda experiencia sirve.

El caso: ¿que no he escrito? He plasmado variadas causas sociales y culturales que van desde la labor del centro LGBT (dedicado a la comunidad de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales) de San Diego y sus servicios, que le convierten en el primer centro estadounidense en ofrecer apoyo a los latinos en un país repleto de estos; hasta la celebración de un evento culinario en contra de la violencia de género y el acoso sexual, pasando por la trayectoria de un galerista que vive para el arte y para una organización que ayuda a niños afectados por el VIH; un festival de mascotas para apoyar su adopción, luchar contra su abandono y educar hacia los cuidados que merecen; y otro festival destinado a exponer las creaciones de unos 200 artistas de todo tipo y tendencia.

Asimismo, he inmortalizado un programa de Volunteers of America que trata la drogadicción en latinos porque, al parecer, estos tienen una tendencia 13 veces más elevada a darse a las sustancias cuando siguen el estilo de vida americano en lugar de preservar su cultura al emigrar. Y también he contribuido a popularizar una organización sin ánimo de lucro que educa a los niños y jóvenes de una zona de por aquí, llamada Barrio Logan, para que reflexionen sobre qué quieren hacer para el resto de su vida y se planteen ir a la universidad. En dicho barrio, el 97% de las personas mayores de 24 años nunca han ido a la universidad. El 97%.

bueno maloSan Diego se me antoja un prisma de lo mejor y lo peor de la humanidad. Desconozco si en España hay tantos grupos no lucrativos pero, desde luego, sin los que hay aquí, para mí que la ciudad se hundiría en el caos. Este país me está demostrando que, de no pertenecer al gremio de los más afortunados, Europa es un lugar bastante más agradecido para vivir. Incluyendo mi país natal, por muy mal que estemos laboralmente.

Una educación y una sanidad que valen miles de dólares; unas distancias muy largas tanto en ciudades grandes como en ciudades pequeñas, porque están extra repartidas por el terreno, lo cual fulmina la posibilidad de caminar (¿caminar? ¿Qué es eso?) y te condiciona para todo movimiento; unos medios de transporte, a su vez, que no le llegan ni a la suela de los zapatos a los del continente europeo, cuando no son inexistentes; una población, por tanto, sometida a trasladarse permanentemente en coche, con los atascos, la contaminación y los riesgos de accidente que conlleva; una alimentación artificial, calórica e insípida, con comida que dura semanas en el frigorífico sin caducar (no, esto no es una ventaja); unos precios para alquilar una vivienda que no permiten ni de lejos sobrevivir como mileurista; un acceso terriblemente fácil a armas de fuego que nunca entenderé; un turismo prácticamente ausente de historia y basado en el paisaje, el espectáculo y las playas (que sinceramente para algunos, entre los que me incluyo, si ves una playa, las has visto todas); una cultura que vive para trabajar y hasta teme cogerse las vacaciones que le corresponde; un nivel de obesidad sobrecogedor…

american dreamA ver, naturalmente y como en todas partes, hay pros junto a los contras, y personalmente estoy a gusto por ahora y motivadísima por poder dedicarme al periodismo, pero os aviso: el “sueño americano” está muy sobrevalorado. Por supuesto que aquí hay más trabajo que en España, pero al precio de todas las movidas del párrafo anterior y, cuidado, empezando normalmente desde abajo a menos que tengáis unas cualidades excepcionales (o que seáis ingenieros). No quiero desalentar a nadie que desee venir, ¡bienvenidos sean los aventureros! Pero informaos bien y no crucéis el charco con demasiados pajaritos en la cabeza.

Además, hoy no venía con intenciones anti-yanquis sino más bien con una reflexión positiva, aunque no lo parezca, hacia el periodismo como arma y recurso informativo. Como parte integrante por fin de esta vocación, me cuesta describir la sensación que experimento al expresar hechos por escrito en los que creo y tener la oportunidad de expandirlos al mundo (o a la tirada de turno, que actualmente me basta y me sobra).

Es un subidón bestial que justifica por qué tantas personas se dedican a esto, a una labor empeñada en fomentar la conciencia y la capacidad de cuestionamiento universal en la sociedad. Una misión que va mucho más allá de la compensación económica y de los límites humanos. Y que está muy infravalorada entre individuos incompetentes que manchan la esencia de la profesión (como en todas las profesiones, solo que esta se lleva más leches por ser de cara al público), ideologías, remuneraciones penosas y programas catetos.

El mapa de tu vida

He descubierto hace poco la sección de “my maps” ofrecida por Google en la cual cualquiera puede crear los mapas que le plazca. Peligro. Esta es una de las chorraditas en las que a mi mente le encanta sumergirse para tratar de organizar y controlar mi vida todo lo posible, aunque sea psicológicamente. De hecho, llevaba un tiempo con la tarea pendiente de comprarme un mapamundi físico para marcar todos los lugares en los que he estado. Sin embargo, una vez más, las nuevas tecnologías han venido a cargarse el romanticismo de la idea. Pero bueno, tampoco me importa mucho no taladrar la pared de un piso alquilado con un porrón de chinchetas, que ya se sabe que más de un dueño de una vivienda agradecería cualquier pequeña excusa para gastarse mi fianza en sus vicios.

El resultado emocional ha sido demoledor. Aplastante. Aturdidor. Vamos, que me he quedao muerta. No en sí por creer que he visitado muchos o pocos sitios, sino por la brutal cantidad de recuerdos que me han golpeado la cabeza con cada click. Espectacular. El cerebro es alucinante. Cómo se encarga de almacenar la información, procesarla, sepultarla, resucitarla, lanzártela en las narices sin venir a cuento. Y cómo se las ingenia para transformar los recuerdos, destacar aspectos positivos o negativos, trastornar por completo la perspectiva hacia una vivencia determinada a raíz de la fusión de todo esto: lo que nuestra mente destaca, lo que no y de qué manera; el paso del tiempo y la acumulación de más y más experiencias. Entonces, el reflejo de esta mezcolanza impacta directamente sobre nuestra personalidad y forma de pensar actual, dando lugar a nuevas percepciones o enfatizando las existentes, afeando algunas y embelleciendo otras.

Efectivamente: una locura lo que cargamos de la frente al cogote. Hay sitios cuyos nombres no habría recordado en mi vida de no haber sido por haberlos plasmado en este blog. Por ejemplo: “Hondarribia“. ¡No hay huevos de repetirlo diez veces sin trabarse! No obstante, un diminuto pueblo de revista fue aquel. Y situado al norte de España. Una muestra preciosa de los tesoros que nos rodean y que en muchas ocasiones despreciamos por llamarnos más la atención lo que está más lejos, no sé muy bien por qué.

Bueno, echemos un vistazo al susodicho mapa en cuestión.

El mapa de mi vida

El mapa de mi vida

En principio, nos encontramos con dos núcleos claramente diferenciados: Europa y California; la primera con muchísima más historia por el momento, ya que solo llevo poco más de medio año al otro lado del Atlántico, donde concretamente he parado en los siguientes destinos.

El mapa de mi vida en California

El mapa de mi vida en California

Los Ángeles, Las Vegas, Riverside, San Diego, donde resido actualmente; y una serie de zonas menores, la mayoría de playa. Recuerdos muy recientes y fáciles de desglosar. Volvamos a Europa para analizar en mayor profundidad tal cantidad de marcadores y remover los fantasmas del pasado.

El mapa de mi vida en Europa

El mapa de mi vida en Europa

No parecen para tanto acercándonos, en el primer mapamundi se pensaría que me he visto Europa entera, pero mucho me falta por conocer. Dos sub-núcleos esta vez: España y Reino Unido, a los que pasaré enseguida tras aclarar qué ocurrió por el resto del continente.

El mapa de mi vida por centro-Europa

El mapa de mi vida por centro-Europa

Un interrail de un mes el verano pasado, una escapada corta con uno de mis mejores amigos y unas tres visitas a amistades en el extranjero por variados motivos (nativo, erasmus, trabajo). Viajes tan distintos como especiales cada uno en su carácter único y personalizadamente anecdótico. Ah, y una escapada universitaria a Roma, que me pillaba demasiado al sur en el mapa para incluirlo visualmente.

El mapa de mi vida en Irlanda

Tres veranos adolescentes cerca de la capital irlandesa y una escapada, también veraniega, años más tarde a Cork para visitar a buenos colegas y escapar un poco del frenetismo londinense.

El mapa de mi vida en Reino Unido

Un año y ocho meses de mi vida divididos entre la cotidianeidad londinense y varias escapadas de un día a las ciudades más cercanas, un fin de semana en York, cuatro días entre Manchester y Liverpool con mis hermanos, un road-trip y un fin de semana en Edimburgo que, al contrario que Roma dos mapas más arriba y demasiado al sur, la encantadora capital de Escocia se me ha quedado demasiado al norte, así que me limitaré a mencionarla.

El mapa de mi vida en España

Finalmente, aparte de una escapada a Portugal para conocer por fin la capital y el maravilloso Oporto, aterrizamos en la auténtica protagonista de mi vida: España. Con sus visitas espontáneas por mi Andalucía natal, gran parte de mi vida antes de la universidad danzando por Jerez de la Frontera, una semana de vacaciones por el País Vasco y la Rioja, preciosos también, con un amigo; vacaciones fiesteras en Benidorm, Ibiza y Tenerife (imaginaros que esta isla está abajo a la izquierda en un cuadrito como cuando nos cuentan el tiempo en las noticias); dos caminos de Santiago, de los cuales me siento muy feliz de haber redactado uno en detalle; un par de festivales de música por Castellón, un viaje con el colegio a Barcelona, una visita a casa de una de mis mejores amigas en Tarragona, aventuras veraniegas en Salou y Zaragoza, visitas de un día a Toledo y a Segovia, un día en Mallorca, un día en Gibraltar, un campamento en Cuenca, con doce inocentes y tímidos años… Reconozco que era toda una mosquita muerta pero, ¡cómo han cambiado las cosas! Y, por mucha falta que me hiciera espabilarme, me alegro de haber sido una niña de verdad, no como las de hoy en día.

Parece fácil haber citado esta retaíla de experiencias. Pero yo continúo abrumada, porque cada palabra, cada ciudad conlleva una prueba, una aventura, un riesgo, un compromiso, dolor, sonrisas, personas, conversaciones, momentos. Mi mente salta tan rápido de unas imágenes, caras, paisajes, sentimientos a otros que no me da ni tiempo de asimilar el cúmulo de sensaciones que me provocan. Desde un chasquido de cócteles hasta una carrera bajo la lluvia, un paseo en barquita rodeados de medusas, un robo, las vistas desde un mirador granadino, mis pies destrozados frente a la catedral de Santiago, el mareo tras salir del Dragon Khan en PortAventura, una conversación profunda en medio de un Toledo dormido… Y muchísimas escenas más que se agolpan tratando de imponerse ante las demás, de jugar con mis percepciones veintiseañeras y de recordarme que, lo crea o no, he vivido. He vivido una barbaridad de cosas. Y, mientras ninguna desgracia mayor se interponga en mi camino (que nunca se sabe, no nos vayamos a creer ahora inmortales), me queda otra increíble barbaridad de cosas que vivir multiplicada por dos y pico, incluso por tres si me cuido lo bastante.

Os invito a sentaros unos minutos; a parar, hacer esta reflexión para con vosotros mismos y compartir conmigo esta gratitud existencial. Porque, ¿sabéis lo mejor? Aunque en este post una servidora se haya entretenido en recorrer el mundo, no considero necesario haberse movido mucho para contar con una cantidad mayor o menor de experiencias. Estas las creáis vosotros allá donde os lo permitáis, sin importar si habéis pisado el otro lado del mundo o si apenas soléis pasar de los límites de vuestro barrio. Podría hacer un segundo y tercero y muchos posts más enfocándome exclusivamente en determinados destinos, sus comercios, gentes, parques y reflexiones locales; pero creo que me entendéis y, por hoy, tengo mucho que asimilar, que el mapa con el que esperaba limitar mi vida me la ha desbordado por todas partes.

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