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Archive for the ‘Neuras mentales’ Category

Os perdono

Hoy cierta angustia me está dando por saco y he decidido compartirla con vosotros y usaros para pararle los pies (¡gracias de antemano!). Normalmente mis publicaciones ya salen de por sí de mi cabeza al teclado a base de inspiraciones repentinas pero esta vez quiero, más que nunca, desatar este batiburrillo de sensaciones sin pararme tanto a repasar el texto, la forma y cómo expresarme. Esperemos haber entendido algo al final.

Todo ha empezado con el sentimiento de impotencia. Una amiga mía lo está pasando regular en el plano sentimental y soy incapaz de aportar luz a su visión actual. Este amargo pellizco, amplificado naturalmente por mi propio cerebro, me ha catapultado hacia otros momentos, otras impotencias, otras pocas situaciones que me oprimen el pecho a su voluntad de vez en cuando. Y me toca la moral. Necesito cerrar cabos con los demás y conmigo misma, porque no quiero vivir de esta manera. No quiero vivir con rencor, con angustia, con pesimismo. Me niego a que me sigan asaltando cuando se les antoje, por poco frecuente que sea. No he venido al mundo para perder el tiempo con sufrimientos gratuitos. Creo en la felicidad personal y, consecuentemente, en la expansión de esa felicidad al exterior. Así pues…

Te perdono, amiga, porque no soy quién para juzgarte. Seguramente tu círculo vicioso emocional (alias “rallada”) sea de alguna utilidad tarde o temprano, y sé lo que se siente cuando se está atrapado en una prisión mental. Hasta que uno mismo no se da cuenta, no hay quien le saque de ahí.

Te perdono, profesora de ballet, porque a mis diez años intentaste convertirme en una persona flexible, haciéndome finalmente salir despavorida de la clase con dolor de ingles. Sé que actuabas con buena intención, aunque me mosqueé en el momento.

Os perdono, mini-compañeras, por catalogarme de “marimacho” por jugar al fútbol con los chicos en primaria. Son cosas de la edad, y me lo pasaba de lujo de todas formas.

Os perdono, ex-mejores amigas, por abandonarme deliberadamente por vuestros novios y otros motivos. Me enseñasteis que un gran porcentaje de amistades no resisten el paso del tiempo, que ese proceso forma parte de la vida y que no vale la pena resistirse cuando es inminente. Nos divertimos mientras duró.

Os perdono (aquí tengo que respirar hondo), compañeros que me hicisteis bullying, acoso escolar en español, durante buena parte de la secundaria. Porque noto que, conforme más mayor me hago, más parece afectarme aquel trato injustificado hacia mi persona. Y no voy a permitir que me sigáis molestando a estas alturas de la vida. Porque probablemente vuestras mentes, educación, ambientes, inseguridades, etc., os impulsaron a ser así sin querer realmente amargarme. Y. si sí queríais, no es mi responsabilidad preocuparme por ello, allá cada uno con sus maldades y el karma. ¡Ah! Y, afortunadamente, el cambio de curso abrió paso a vuestra desaparición de mi vista y a unos estupendos tres últimos años de colegio. Tal vez tenía que aguantaros para experimentar toda la dicha escolar posterior con mayor intensidad. Qué guasón, el “destino”.

Os perdono, resto de compañeros de secundaria, por dejar que me hicieran bullying. Porque desgraciadamente el inicio de la adolescencia es una etapa difícil en la que la personalidad aún está por curtir y no voy a culparos por esas ansias de encajar entre la masa a costa de no mirar de frente ciertas injusticias. Ojalá esto cambie con el paso de las generaciones, porque el abuso escolar es un tema que me enerva brutalmente. Pero hoy estamos perdonando, así que continuamos.

Te perdono, primer ex-novio, por abrirme la puerta a la primera explosión en pedazos de mi corazón. Total, participé en el proceso de deterioro y tampoco íbamos a ninguna parte juntos.

Te perdono (respiremos de nuevo, ahora bien fuerte)…, segundo ex-novio. Porque siento que aquella relación me destruyó. Me descompuso de pies a cabeza, me arrancó de mi inocencia nata, de mi pureza infantil-adolescente, me hizo llorar de una forma inhumana y sufrir durante dos años y me duele recordarla todavía en su saco de celos, manipulación y todo tipo de lacras que no recomiendo a nadie. Te perdono todo lo que me hiciste, o más bien lo que te permití que me hicieras, que no es poco, y tu decisión de quitarte la vida como colofón de la ruptura. Porque el mundo me va demostrando poco a poco que una persona no solo es esa persona, sino su educación, su forma de pensar, su ambiente, sus creencias, sus prejuicios, la sociedad en la que se ha criado, sus conflictos personales, sus inseguridades, sus fortalezas, sus defectos, su caos mental, sus enfermedades, sus euforias, sus particularidades internas y externas de todos los colores. Y mi lentísimo proceso de madurez me va animando a tratar de entender antes de ofenderme, a analizar antes de prejuzgar, a escuchar antes de responder, a perdonar antes de odiar. Sí, me cuesta pero te perdono, porque me niego a que tu imagen ocupe una milésima más de mi vida actual de manera negativa, sino como aquello que pasó y que forjó mi personalidad de hoy en día, en la que tengo muchas cosas claras gracias a aquella terapia de choque y me siento feliz junto a una persona maravillosa.

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Fragmento de “La marca del meridiano”, de Lorenzo Silva.

Os perdono, compañeras de universidad. Porque aún no sé cómo alcanzamos un punto muy feo en nuestra relación pero creo que a menudo todas las partes lo provocan. Vuestros motivos tendríais, junto a nuestros queridos veinte años, con los cuales nos creemos que sabemos todo y no sabemos nada (me incluyo). Es increíble cómo amistades de años pueden fastidiarse en pocos días o semanas, ¿no? Fascinante, al fin y al cabo.

Os perdono, elementos fugaces pertenecientes a la vida nocturna. A los que insistieron en llevarme al lado oscuro, a los que me insultaron por no aceptar, a los que lo consiguieron y cuyo resultado fue de mediocre para arriba. Porque sois libres de hacer lo que queráis y nadie me obligó nunca a hacer nada, porque no tengo nada de lo que avergonzarme y porque me habéis proporcionado unas buenas risas entre amigas, además de una visión más amplia del comportamiento humano.

Os perdono, personas a las que os gustaría pedirme perdón y personas que pensáis que no tenéis por qué pedirme perdón. Porque quiero desprenderme de esta molestia mental esporádica cuando miro hacia el pasado o cuando cosas del presente me golpean con recuerdos negativos del pasado. ¿Quién os ha dado permiso para atormentarme? Cierto, yo misma. Hoy es el comienzo de vuestro fin. Y para ello, tras perdonar, por último, la adicción actual a la pantalla del móvil por encima de las caras en vivo y en directo de los semejantes, solo me queda perdonar a una persona.

Te perdono, María (esa soy yo, la que escribe). Porque eres la primera que debe perdonarse a sí misma para perdonar a los demás, para acercarte cada vez más a esa serenidad, armonía y equilibrio emocional que aspiras alcanzar. Te perdono por interpretar todavía buena parte de ese daño recibido (ojo, un daño permitido, que a María no le gusta culpar a los demás de los actos propios) de una manera nociva, en lugar de aquello que te ha convertido en la persona que eres en la actualidad, de la que te sientes orgullosa.

María, te perdono por tus momentos de inseguridad, timidez, reparo, impaciencia, miedo, lágrimas, exigencias hacia los demás y hacia ti misma, disgusto hacia tus michelines y variados latigazos emocionales. Te perdono, porque no eres perfecta y no tienes que ser perfecta, porque esas vivencias forman parte de la vida, porque los sucesos y tus reacciones hacia ellos no tienen que salir como te gustaría, sino como les da la gana y así hay que asumirlos, procurando aprender de ellos. Porque tienes derecho a equivocarte y a levantarte de nuevo con la cabeza igual de alta que cualquier otro.

Te perdono por tus malestares momentáneos hacia todo lo que hemos perdonado a los demás más arriba. Porque para eso estamos perdonándoles, o al menos intentándolo. Y, en principio, sienta bastante bien. ¡Nada como destapar pesares internos! Cierto que no hacía falta publicarlo en Internet pero, como entre tus manías está cumplir con lo que dices (sobre todo públicamente), menos opciones tienes de echarte atrás mañana, de dejar entrar en tu mente a las sensaciones negativas de las que quieres irte deshaciendo. Tienes toda la vida por delante para aprender a ser feliz, a quererte incondicionalmente y a perdonar con toda la amplitud del término (pero tampoco te duermas en los laureles).

Qué bonito es sentirse libre.

La zona de confort

Paisaje desde el Alvia de Madrid a Jerez

Paisaje desde el tren. Terreno conocido.

La zona de confort es un estado en el que nos sentimos seguros mental y físicamente. Digamos que engloba ese tipo de actitud humana en la que uno no se permite tentar a la suerte para no desestabilizarse emocionalmente. Se rechaza el correr riesgos con el objetivo de permanecer cómodo.

¿A qué nivel se convencerá uno de que está en un estado de confort? Conocí a repetidas personas que, cuando me hallaba en Londres, comentaban que se planteaban mudarse a probar suerte por allí. Palabras que se quedan en los labios, a menudo precisamente porque es más seguro quedarse en el sitio que conoces con la gente y la cultura que conoces.

¿Seguro? Es decir, ¿es posible que compense emocionalmente quedarse en un país esperando a la oportunidad de tu vida sin saber si llegará? ¿Cuánta frustración puede provocar eso a la larga a algunas de dichas personas?

Cuidado, no digo en absoluto que todo el mundo deba salir huyendo de España. Era un sencillo ejemplo de la posible consecuencia de permanecer en la zona de confort, que finalmente se convertiría en el peor castigo, en todo lo contrario. ¿Me explico? Me parece comprensible el luchar por ella, la verdad, no todo el mundo tiene la misma capacidad ni necesidad de dar ciertos pasos. Pero creo que la zona de confort es extremadamente engañosa y que aquellos que reniegan de una posibilidad por miedo al cambio y no porque estén convencidos de su decisión por los motivos que sea acabarán sufriendo mucho más que si se hubieran tirado a la piscina.

Otro ejemplo: esa persona que, escarmentada por desagravios amorosos, opta por no confiar en nadie. Es más, decide seguir relacionándose pero conservando las distancias, evitando implicaciones sentimentales. Esto no deja de ser un remedio pasajero que frecuentemente esconde un fantasma posterior: el miedo a las relaciones serias y, finalmente, el de quedarse solo. Ojo: hacia la vida individual tampoco hay ningún problema si se está consecuentemente convencido de ello. El conflicto viene cuando no se plantean todas las posibilidades, cuando piensas que te estás protegiendo y haciendo lo correcto al no poner en riesgo tus emociones. Un narcótico pasajero que, cuando se esfume, te machacará con un síndrome de abstinencia mucho peor.

Tartas de chocolate. Bienvenida al visitar mi Jerez natal. Zona de confort elevado a la máxima potencia.

Tartas de chocolate. Bienvenida al visitar mi Jerez natal. Zona de confort elevada a la máxima potencia.

¿Qué quiero decir? Que la zona de confort, dentro de su hipotética falta de peligros, es peligrosísima. Repito: si uno toma sus decisiones consciente y consecuentemente sin la influencia de temores infundidos, sino con una base argumentativa sólida y real, es más que respetable. Hay compromisos y sacrificios que van más allá del aventurarse a hacer ciertas cosas, ¿quiénes somos para juzgar a nadie? Sin embargo, limitarse a una situación mediocre o que “no está mal” con posibilidad de mejorar no impedirá que cualquier día lejano miremos hacia atrás y nos arrepintamos, ya sin remedio, de lo que nos habría gustado hacer y nunca nos atrevimos.

Por tanto, no os dejéis llevar por el aparente confort sin psicoanalizarlo. Una de las frases más inteligentes desde mi punto de vista es: “el <<no>> ya lo tienes”. Tan simple, tan cierto. Y no solo el “no” del exterior sino los “noes” de ti a ti. El “no, esto no ha salido como quería. Pero no pasa nada, porque lo he intentado”.

Aunque tampoco hace falta irnos a circunstancias extremas y típicas relacionadas con la vida laboral y sentimental. Cualquier acción diaria resulta un mal trago para algunas personas y ningún problema para otras. Elegir qué comer, hacer deporte, elegir las palabras adecuadas ante tu jefe, ser sincero con un amigo, buscar aparcamiento, limpiar la casa, ayudar a una persona mayor por la calle.

Hablando de personas mayores… La última vez que cogí el metro de Madrid, una señora mayor accedió al vagón y la situación siguiente me horrorizó: desgraciadamente yo iba de pie y ninguno de los ocho individuos sentados entre ella y yo se levantó para cederle el asiento. Pasaron varios minutos. La mitad del grupo miraba sus móviles, la otra mitad pensaría en las musarañas o yo qué sé, pero ciegos no eran. Y yo percibía, angustiosa, la estructura de trapo de esta mujer de fácilmente 70 años, hasta que por suerte distinguió un asiento libre más alejado.

El canto de un duro me faltó para soltar allí en medio: “¿nadie va a levantar el culo para que se siente esta señora o qué?”. Increíble. Es curiosísimo cómo un ambiente en el que habitualmente me encuentro perfectamente cómoda, con cada cual a lo suyo, se transformó en un segundo en un espacio arisco y violento para mí. Como es natural, la ocurrencia de pronunciarme ante aquella gente se salía por completo de mi zona de confort también. Aquí la cosa va de unas zonas de confort y “disconfort” dentro otras eternamente. Qué cachondas ellas.

Plaza del Caballo, Jerez de la Frontera. Recuerdos positivos. Escenario familiar. Poco riesgo de "disconfort".

Plaza del Caballo, Jerez de la Frontera. Escenario familiar. Poco riesgo de “disconfort”.

Otro hecho sucedido en los últimos días se dio en mi tierra natal. Misión: encontrar un vestido para la boda de mi hermano. Desasosiego previo inminente: no soy ninguna fan de las compras. Me dan pereza, aburrimiento, cansancio, agobio. Sobre todo si encima tengo que encontrar algo en concreto. Pues si bien acerté mucho más rápido de lo esperado, más rápido quise luego salir por patas y dejar el tema de los zapatos para otro día. Zona de confort desapareciendo y apareciendo: ahora busco el traje, ahora lo encuentro, ahora quiero teletransportarme a casa. Conclusión: valió la pena porque la gestión se completó de manera satisfactoria pero tengo claro mi estado según lo que hago y las consecuencias. No gustarme ir de compras no sobrepasaba la necesidad personal de revisar por mí misma las posibilidades antes de permitir que otra persona (madre, amigas) lo hiciera por mí, porque las consecuencias podrían ser mucho peores (dentro de la poca gravedad vital en este caso concreto, claro).

Parecerá un ejemplo tonto pero cada cual todo el derecho a las no-zonas de confort más dispares, no lo olvidéis. Os lo digo: ni la primera vez que tuve que coger dos aviones de unas 8 y 5 horas de España a California me sentí tan insegura como ayer entre prendas, probadores y espejos. Con dos cojones.

Uno de los regalos.

Uno de los regalos. Me encantan los cuadernos de este rollo.

Un último ejemplo de lo más cotidiano, también perteneciente a la semana pasada: encontrar regalos. No falla: mi sensación inicial guarda siempre un halo de mini-frustración por no saber qué regalar. Pero tras darle las vueltas necesarias, cuando el elemento perfecto aparece la satisfacción e ilusión por la entrega son bestiales (hablo de mí). Sí, disfruto muchísimo cuando encuentro lo que siento como idóneo para regalar. El proceso anterior, lo tiraba a la basura. Pero es necesario para alcanzar la plenitud.

Y así con un porrón de cosas. Resumiendo, las zonas de confort suponen un mundo la mar de entretenido colgando de un hilo con dos extremos: el de las zonas que se escogen por voluntad propia y siendo consecuente con los posibles efectos posteriores, y el de las que se deciden por descarte de los riesgos a pesar del valor futuro que se pierde.

Pd: por las dudas, aquí he expuesto mi visión del concepto “zona de confort” y divagaciones varias. Para explicaciones técnicas, véase Internet ;).

La esencia del periodismo y la verdad sobre el sueño americano

escribir muchoLo sé: según el post anterior a este, llevo sin escribir desde el 26 de julio, pero quizá las apariencias os estén engañando. Todo depende del punto de vista. Efectivamente, en este blog, he estado ese tiempo sin manifestarme. Sin embargo, hacía mucho que no ocupaba tantas horas redactando. Diría que desde aquel verano de 2010 en el cual empecé este blog y me volqué en él de un modo casi enfermizo.

Como os conté el susodicho 26 de julio, tengo… um, un trabajo freelance, no dos: el de editora de publicaciones de Facebook me he visto obligada a dejarlo ante la evidente necesidad de buscar una posición estable que complemente mi labor como freelance para un periódico hispano, cosa que sin duda no quiero dejar de hacer tras haber conseguido una oportunidad en este sector cuatro años después de acabar la carrera. Si me hubieran dicho antes que en California tenía opciones… En fin, dejémoslo en que toda experiencia sirve.

El caso: ¿que no he escrito? He plasmado variadas causas sociales y culturales que van desde la labor del centro LGBT (dedicado a la comunidad de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales) de San Diego y sus servicios, que le convierten en el primer centro estadounidense en ofrecer apoyo a los latinos en un país repleto de estos; hasta la celebración de un evento culinario en contra de la violencia de género y el acoso sexual, pasando por la trayectoria de un galerista que vive para el arte y para una organización que ayuda a niños afectados por el VIH; un festival de mascotas para apoyar su adopción, luchar contra su abandono y educar hacia los cuidados que merecen; y otro festival destinado a exponer las creaciones de unos 200 artistas de todo tipo y tendencia.

Asimismo, he inmortalizado un programa de Volunteers of America que trata la drogadicción en latinos porque, al parecer, estos tienen una tendencia 13 veces más elevada a darse a las sustancias cuando siguen el estilo de vida americano en lugar de preservar su cultura al emigrar. Y también he contribuido a popularizar una organización sin ánimo de lucro que educa a los niños y jóvenes de una zona de por aquí, llamada Barrio Logan, para que reflexionen sobre qué quieren hacer para el resto de su vida y se planteen ir a la universidad. En dicho barrio, el 97% de las personas mayores de 24 años nunca han ido a la universidad. El 97%.

bueno maloSan Diego se me antoja un prisma de lo mejor y lo peor de la humanidad. Desconozco si en España hay tantos grupos no lucrativos pero, desde luego, sin los que hay aquí, para mí que la ciudad se hundiría en el caos. Este país me está demostrando que, de no pertenecer al gremio de los más afortunados, Europa es un lugar bastante más agradecido para vivir. Incluyendo mi país natal, por muy mal que estemos laboralmente.

Una educación y una sanidad que valen miles de dólares; unas distancias muy largas tanto en ciudades grandes como en ciudades pequeñas, porque están extra repartidas por el terreno, lo cual fulmina la posibilidad de caminar (¿caminar? ¿Qué es eso?) y te condiciona para todo movimiento; unos medios de transporte, a su vez, que no le llegan ni a la suela de los zapatos a los del continente europeo, cuando no son inexistentes; una población, por tanto, sometida a trasladarse permanentemente en coche, con los atascos, la contaminación y los riesgos de accidente que conlleva; una alimentación artificial, calórica e insípida, con comida que dura semanas en el frigorífico sin caducar (no, esto no es una ventaja); unos precios para alquilar una vivienda que no permiten ni de lejos sobrevivir como mileurista; un acceso terriblemente fácil a armas de fuego que nunca entenderé; un turismo prácticamente ausente de historia y basado en el paisaje, el espectáculo y las playas (que sinceramente para algunos, entre los que me incluyo, si ves una playa, las has visto todas); una cultura que vive para trabajar y hasta teme cogerse las vacaciones que le corresponde; un nivel de obesidad sobrecogedor…

american dreamA ver, naturalmente y como en todas partes, hay pros junto a los contras, y personalmente estoy a gusto por ahora y motivadísima por poder dedicarme al periodismo, pero os aviso: el “sueño americano” está muy sobrevalorado. Por supuesto que aquí hay más trabajo que en España, pero al precio de todas las movidas del párrafo anterior y, cuidado, empezando normalmente desde abajo a menos que tengáis unas cualidades excepcionales (o que seáis ingenieros). No quiero desalentar a nadie que desee venir, ¡bienvenidos sean los aventureros! Pero informaos bien y no crucéis el charco con demasiados pajaritos en la cabeza.

Además, hoy no venía con intenciones anti-yanquis sino más bien con una reflexión positiva, aunque no lo parezca, hacia el periodismo como arma y recurso informativo. Como parte integrante por fin de esta vocación, me cuesta describir la sensación que experimento al expresar hechos por escrito en los que creo y tener la oportunidad de expandirlos al mundo (o a la tirada de turno, que actualmente me basta y me sobra).

Es un subidón bestial que justifica por qué tantas personas se dedican a esto, a una labor empeñada en fomentar la conciencia y la capacidad de cuestionamiento universal en la sociedad. Una misión que va mucho más allá de la compensación económica y de los límites humanos. Y que está muy infravalorada entre individuos incompetentes que manchan la esencia de la profesión (como en todas las profesiones, solo que esta se lleva más leches por ser de cara al público), ideologías, remuneraciones penosas y programas catetos.

El mapa de tu vida

He descubierto hace poco la sección de “my maps” ofrecida por Google en la cual cualquiera puede crear los mapas que le plazca. Peligro. Esta es una de las chorraditas en las que a mi mente le encanta sumergirse para tratar de organizar y controlar mi vida todo lo posible, aunque sea psicológicamente. De hecho, llevaba un tiempo con la tarea pendiente de comprarme un mapamundi físico para marcar todos los lugares en los que he estado. Sin embargo, una vez más, las nuevas tecnologías han venido a cargarse el romanticismo de la idea. Pero bueno, tampoco me importa mucho no taladrar la pared de un piso alquilado con un porrón de chinchetas, que ya se sabe que más de un dueño de una vivienda agradecería cualquier pequeña excusa para gastarse mi fianza en sus vicios.

El resultado emocional ha sido demoledor. Aplastante. Aturdidor. Vamos, que me he quedao muerta. No en sí por creer que he visitado muchos o pocos sitios, sino por la brutal cantidad de recuerdos que me han golpeado la cabeza con cada click. Espectacular. El cerebro es alucinante. Cómo se encarga de almacenar la información, procesarla, sepultarla, resucitarla, lanzártela en las narices sin venir a cuento. Y cómo se las ingenia para transformar los recuerdos, destacar aspectos positivos o negativos, trastornar por completo la perspectiva hacia una vivencia determinada a raíz de la fusión de todo esto: lo que nuestra mente destaca, lo que no y de qué manera; el paso del tiempo y la acumulación de más y más experiencias. Entonces, el reflejo de esta mezcolanza impacta directamente sobre nuestra personalidad y forma de pensar actual, dando lugar a nuevas percepciones o enfatizando las existentes, afeando algunas y embelleciendo otras.

Efectivamente: una locura lo que cargamos de la frente al cogote. Hay sitios cuyos nombres no habría recordado en mi vida de no haber sido por haberlos plasmado en este blog. Por ejemplo: “Hondarribia“. ¡No hay huevos de repetirlo diez veces sin trabarse! No obstante, un diminuto pueblo de revista fue aquel. Y situado al norte de España. Una muestra preciosa de los tesoros que nos rodean y que en muchas ocasiones despreciamos por llamarnos más la atención lo que está más lejos, no sé muy bien por qué.

Bueno, echemos un vistazo al susodicho mapa en cuestión.

El mapa de mi vida

El mapa de mi vida

En principio, nos encontramos con dos núcleos claramente diferenciados: Europa y California; la primera con muchísima más historia por el momento, ya que solo llevo poco más de medio año al otro lado del Atlántico, donde concretamente he parado en los siguientes destinos.

El mapa de mi vida en California

El mapa de mi vida en California

Los Ángeles, Las Vegas, Riverside, San Diego, donde resido actualmente; y una serie de zonas menores, la mayoría de playa. Recuerdos muy recientes y fáciles de desglosar. Volvamos a Europa para analizar en mayor profundidad tal cantidad de marcadores y remover los fantasmas del pasado.

El mapa de mi vida en Europa

El mapa de mi vida en Europa

No parecen para tanto acercándonos, en el primer mapamundi se pensaría que me he visto Europa entera, pero mucho me falta por conocer. Dos sub-núcleos esta vez: España y Reino Unido, a los que pasaré enseguida tras aclarar qué ocurrió por el resto del continente.

El mapa de mi vida por centro-Europa

El mapa de mi vida por centro-Europa

Un interrail de un mes el verano pasado, una escapada corta con uno de mis mejores amigos y unas tres visitas a amistades en el extranjero por variados motivos (nativo, erasmus, trabajo). Viajes tan distintos como especiales cada uno en su carácter único y personalizadamente anecdótico. Ah, y una escapada universitaria a Roma, que me pillaba demasiado al sur en el mapa para incluirlo visualmente.

El mapa de mi vida en Irlanda

Tres veranos adolescentes cerca de la capital irlandesa y una escapada, también veraniega, años más tarde a Cork para visitar a buenos colegas y escapar un poco del frenetismo londinense.

El mapa de mi vida en Reino Unido

Un año y ocho meses de mi vida divididos entre la cotidianeidad londinense y varias escapadas de un día a las ciudades más cercanas, un fin de semana en York, cuatro días entre Manchester y Liverpool con mis hermanos, un road-trip y un fin de semana en Edimburgo que, al contrario que Roma dos mapas más arriba y demasiado al sur, la encantadora capital de Escocia se me ha quedado demasiado al norte, así que me limitaré a mencionarla.

El mapa de mi vida en España

Finalmente, aparte de una escapada a Portugal para conocer por fin la capital y el maravilloso Oporto, aterrizamos en la auténtica protagonista de mi vida: España. Con sus visitas espontáneas por mi Andalucía natal, gran parte de mi vida antes de la universidad danzando por Jerez de la Frontera, una semana de vacaciones por el País Vasco y la Rioja, preciosos también, con un amigo; vacaciones fiesteras en Benidorm, Ibiza y Tenerife (imaginaros que esta isla está abajo a la izquierda en un cuadrito como cuando nos cuentan el tiempo en las noticias); dos caminos de Santiago, de los cuales me siento muy feliz de haber redactado uno en detalle; un par de festivales de música por Castellón, un viaje con el colegio a Barcelona, una visita a casa de una de mis mejores amigas en Tarragona, aventuras veraniegas en Salou y Zaragoza, visitas de un día a Toledo y a Segovia, un día en Mallorca, un día en Gibraltar, un campamento en Cuenca, con doce inocentes y tímidos años… Reconozco que era toda una mosquita muerta pero, ¡cómo han cambiado las cosas! Y, por mucha falta que me hiciera espabilarme, me alegro de haber sido una niña de verdad, no como las de hoy en día.

Parece fácil haber citado esta retaíla de experiencias. Pero yo continúo abrumada, porque cada palabra, cada ciudad conlleva una prueba, una aventura, un riesgo, un compromiso, dolor, sonrisas, personas, conversaciones, momentos. Mi mente salta tan rápido de unas imágenes, caras, paisajes, sentimientos a otros que no me da ni tiempo de asimilar el cúmulo de sensaciones que me provocan. Desde un chasquido de cócteles hasta una carrera bajo la lluvia, un paseo en barquita rodeados de medusas, un robo, las vistas desde un mirador granadino, mis pies destrozados frente a la catedral de Santiago, el mareo tras salir del Dragon Khan en PortAventura, una conversación profunda en medio de un Toledo dormido… Y muchísimas escenas más que se agolpan tratando de imponerse ante las demás, de jugar con mis percepciones veintiseañeras y de recordarme que, lo crea o no, he vivido. He vivido una barbaridad de cosas. Y, mientras ninguna desgracia mayor se interponga en mi camino (que nunca se sabe, no nos vayamos a creer ahora inmortales), me queda otra increíble barbaridad de cosas que vivir multiplicada por dos y pico, incluso por tres si me cuido lo bastante.

Os invito a sentaros unos minutos; a parar, hacer esta reflexión para con vosotros mismos y compartir conmigo esta gratitud existencial. Porque, ¿sabéis lo mejor? Aunque en este post una servidora se haya entretenido en recorrer el mundo, no considero necesario haberse movido mucho para contar con una cantidad mayor o menor de experiencias. Estas las creáis vosotros allá donde os lo permitáis, sin importar si habéis pisado el otro lado del mundo o si apenas soléis pasar de los límites de vuestro barrio. Podría hacer un segundo y tercero y muchos posts más enfocándome exclusivamente en determinados destinos, sus comercios, gentes, parques y reflexiones locales; pero creo que me entendéis y, por hoy, tengo mucho que asimilar, que el mapa con el que esperaba limitar mi vida me la ha desbordado por todas partes.

El pánico gratuito y la confianza en uno mismo

Sí, sí, ese pánico que nos ataca más o menos constantemente, dependiendo en buena parte de la personalidad de cada uno aunque igualmente extendidísimo. Ese pellizco en el pecho debido a la incertidumbre, a la inseguridad, al miedo, a la vergüenza, al reparo y a todos esos sentimientos negativos que, en resumidas cuentas, no nos permiten gozar de una existencia plácida por mucho tiempo… Oh, un momento, ¿no nos lo permiten o somos nosotros los que les estamos dando banda ancha para importunarnos?

Porque, sinceramente, llega un punto en el que la mente les coge el gusto y es que no para. Y otra preocupación por esto, y de nuevo ansiedad por aquello, y una mala cara después por lo otro… No tiene sentido. No tiene el más mínimo sentido cuando normalmente hasta se solucionan por sí mismas. Y si resulta que no y hemos de solucionarlas nosotros pues no estaría mal tomarlas como los escalones que necesitamos para ascender en esta vida, en lugar de constantes contrariedades que “quieren fastidiarnos”.

2015-05-14 20.27.57El problema es cuando de repente me llega un mensaje al móvil como el que podéis ver en la imagen (un “aviso de riadas en mi área hasta las 10:30 de la noche” que me recomienda “evitar zonas inundadas” y comprobar qué dicen los medios de comunicación locales, enviado por el Servicio Nacional del Clima: National Weather Service, NWS) y justo me encuentro en casa esperando a mi novio. ¿Qué pasa entonces? Que, en vez de pensar como cualquier persona con la cabeza en su sitio que el chico tendrá más trabajo de la cuenta, una empieza a imaginarse una escena de película en la cual el susodicho debía de estar conduciendo de vuelta cuando le habría caído una tromba de agua espantosa, haciéndole perder toda visión de la carretera y hasta provocando que el coche se deslice por la misma mientras que se forma una riada de mil demonios que termina por arrastrar el vehículo a lo largo de cuestas repletas de agua, tierra e incluso algún ciervo hasta precipitarse por un acantilado. Y yo en casa sin enterarme de nada.

Hasta que cruza la puerta y esta inepta ha pasado un mal rato gratuitamente. Este es el pánico del que hablo. Obviamente la descripción del hecho catastrófico ha sido exagerado: las cuestas hacia abajo en San Diego no te llevarían precisamente a unos acantilados y no sé yo si hay ciervos por la zona pero claro, estás a diez mil kilómetros de tus seres queridos y para alguien que se ha metido en tu vida más de la cuenta y sin esperarlo en California, va la tierra del sol y le da por llover un océano sobre la hora a la que sale de trabajar, que ya es mala suerte también (aunque dicho océano tampoco es que se viera a través de la ventana precisamente).

Toda esa angustia me pertenece exclusivamente a mí y a mi falta de capacidad para llevar con calma determinadas situaciones, y mira que soy tranquila a menudo pero nada como la incertidumbre para acojonarme. Y eso no puede ser, ¿por qué? Porque en la vida una incertidumbre va detrás de otra. Y de otra. Y de otra. Y nunca se acaban. Así que mejor procurar llevarlas de otra manera. Las incertidumbres, los imprevistos, los cambios de planes, los problemas en sí, las rupturas, los desacuerdos, las discusiones. Lo que no podemos controlar que suceda pero sí en buena medida nuestra reacción y actitud hacia ello.

confianza en uno mismoAyer me ocurrió algo parecido. No en el tema pero sí en la sensación: confesé a uno de mis mejores amigos una serie de pensamientos que me corroían el alma acerca de su situación actual. No os preocupéis, no se dedica a nada turbio, simplemente me preguntaba si era realmente feliz o no, a muy grandes rasgos. Pues me puse más nerviosa que un hipocondríaco en una piscina de jeringas. Hasta grabé un vídeo para poder explicar mi opinión en condiciones y ni así, con un canguelo hacia no sé qué temores infundados… Lo cual nos catapulta del pánico gratuito a la falta de confianza en uno mismo. Porque, ¿cuántos miedos eliminamos cuando confiamos en nosotros mismos, cuando nos vemos capaces de aquello y más, cuando consideramos nuestras opiniones y decisiones como bien sustentadas y útiles para nosotros mismos y para los demás, cuando nos miramos al espejo y estamos orgullosos de lo que vemos? Un porrón.

Los miedos no son más que consecuencias de la falta de seguridad en uno mismo. Y el nivel de seguridad que sintamos dependerá, aparte de nuestra educación y principios básicos personales, de nuestra capacidad para plantearnos las circunstancias con más o menos temple, junto con la lógica y el realismo que creamos que se merecen y la mayor o menos resistencia a la tendencia a pensar en las posibilidades más nefastas, que no sé de dónde hemos sacado esta espantosa costumbre. Si yo no me hubiera imaginado a mi novio siendo boicoteado por inundaciones milenarias, dos horas que me habría ahorrado de pánico gratuito. Si me hubiera sentido lo bastante segura de que estaba haciendo lo correcto, o más bien lo que me pedía imperiosamente el cuerpo, al ser honesta con mi amigo, no me habría rallado la cabeza con hipotéticos dramas amistosos.

Y así ocurre con todo, con todo lo que nos afecta improductivamente, que es mucho más de lo que pensamos pero nos empeñamos en camuflarlo entre justificaciones. ¿Para qué? ¿Para permitirnos ser más desgraciados? Ya he asumido que aquí los fuertes sobreviven y los débiles mueren pero claro, el tremendo problema es que antaño estos fenecían de verdad mientras que hoy en día permanecen en cuerpo presente con el alma a la altura de los pies, arrastrándose, cabizbaja y perdida. Cuidado, naturalmente no es un problema que sobrevivamos más tiempo, no quiero matar a nadie. Sin embargo… Hay como demasiadas existencias tan vacías o desgraciadas que cuesta pensar que les merezca la pena subsistir de esa manera, ¿no creéis? Nótese que hablo de conflictos psicológicos del siglo XI. A los que les falta un techo o el plato delante de ellos tienen mayores preocupaciones como para entrar en conflictos mentales de este tipo.

pirámide de MaslowLa ciencia nunca dejará de sorprendernos. Cada época, sorteará unos baches para verse obligada inmediatamente a lidiar con otros nuevos. Cada avance de la civilización conlleva sus atrasos. Enfermedades de hoy en día no existían anteriormente, ni los niños vivían pegados a una pantalla, ni los padres acudían al colegio a pegar a los profesores, ni… En ocasiones, resulta extremadamente difícil no hacer un agujero y meterse dentro para aislarse de este mundo trágico y perverso. Hasta que te das cuenta de que forma parte de la supervivencia. No somos más que los animales que nos rodean, cada uno nace y crece con posibilidades y suertes distintas. Y cada uno es responsable de sus propios actos, cada cual decide su papel en el universo. Y en eso estamos trabajando los más privilegiados de la tierra, en aprender a mover nuestras marionetas de manera que apreciemos lo que nos ha venido dado y muchos otros no tienen, es decir, las necesidades fisiológicas, de seguridad y de afiliación que tan acertadamente nos expuso Maslow; y en tratar de alcanzar los dos pilares más altos: el reconocimiento y, finalmente, la autorrealización.

Total, una vez más, os hablo y me hablo en un intento de darnos un guantazo a todos y de sonreír más y preocuparnos menos. De reflexionar sobre el comportamiento humano y nuestras posibilidades, de mirar al exterior con menos egocentrismo y más objetividad, de mejorar como individuos y crear una sociedad un poco menos desastrosa para nuestros descendientes. Y de confiar más en nosotros mismos, que sabiamente se dice que, si no confías en ti mismo, ¿quién lo va a hacer? Puede que al principio haya gente que lo haga, pero luego muchos acabarán hasta la coronilla de tus inseguridades y tu negatividad, así que mejor irse curtiendo el espíritu, que hay mucho que hacer y que aprender como para andar asustándose y lamentándose gratuitamente.

Feliz Cumpleaños

Hoy iba a ser un día, bueno, una mañana, de búsqueda de prácticas. Proceso que, como a gran parte del mundo creo que le ocurre, me pone un poco enferma. Porque es parecido a navegar sin rumbo, dando tumbos, recibiendo salpicaduras de olas inesperadas y esquivando rocas. Es incertidumbre y esperanza. Es la cuerda floja sobre la que tu confianza en ti mismo, tus expectativas y tus auto-decepciones bailan al son de canciones de todas las corrientes según lo que te encuentras.

Hay ofertas que te entusiasman, ofertas que te parecen igual de mecánicamente expuestas que otras, ofertas que te espantan. Y siempre ese espacio para la “cover letter”, esa especie de carta de recomendación que has de personalizar para cada empresa según sus propias características diciendo lo maravilloso que eres para ellos y lo fantástica que es su empresa para ti. Así funciona el sistema laboral estadounidense.

camino felicidadPues ese era mi plan hasta que me he levantado y he visto la felicitación de cumpleaños de mi padre en un email acompañada de un libro muy corto que le ha gustado mucho. Y me he dicho, ¿por qué no? Ya está en el ebook para disfrutarlo durante la mañana de mi cumpleaños, porque creo que ya he empleado suficientes horas de esta semana danzando mentalmente en torno a unas prácticas que no sé si se conseguiré la semana que viene, en un mes o a finales de marzo.

Nunca he pensado que determinadas fechas clave (cumpleaños, navidades y fines de año, san Valentines, rebajas…) supongan necesariamente un incremento del nivel de felicidad. Cierto es que a menudo incitan a reflexionar más de la cuenta (como si lo hiciera poco durante el resto del año) pero hace un ratillo mi madre me ha preguntado cómo me siento al cumplir 26 años. Y no siento nada, ni bueno ni malo. Este día no destaca de ninguna manera, es uno más perteneciente a una semana que, de hecho, no ha sido la mejor de mi vida (ni mucho menos la peor, ¡no al dramatismo gratuito!). Pero me recuerda con ímpetu una cosa, y es que todo esfuerzo es poco para procurar ser más feliz día a día. Que la vida pasa demasiado rápido como para preocuparse más de lo conveniente por nada. Que la paciencia es un bien maravilloso en el que vale la pena trabajar. Que se agradece que exista un día al año en el que se retome el contacto con amistades de otros tiempos, aunque solo sea para ponerse mínimamente al corriente con un par de frases, y se reafirmen aquellas actualmente integradas en mi cotidianeidad diaria o semanal.

Sí, parece que cumplir años al final me recuerda más de una cosa. Y supongo que cada enero me recordará otras tantas más a medida que siga viviendo, añadiéndose algunas, extinguiéndose otras, sustituyéndose y mutando. Evolucionando, espero, hacia el tipo de persona del que me sentiré orgullosa de haberme convertido en el futuro. Creo que esto es lo más importante: mirarte a ti mismo al final de tus días y sentirte satisfecho con el camino recorrido. Con sus errores y tropiezos, nadie se salva de ellos. Con sus pérdidas, arrebatos, lágrimas y arrepentimientos. Pero también con sus metas cumplidas, lecciones aprendidas, anécdotas y sonrisas. Ese saco de sonrisas que suele decrecer a medida que se crece (contradictorio pero cierto), abriendo paso a esas inclinaciones en las comisuras de la boca, demasiado a menudo proyectadas hacia el suelo en vez del cielo. ¿Habéis visto la cantidad de personas mayores que ofrecen unos labios cabizbajos? ¿Qué niño tiene eso? ¿No se hace notar enormemente el viejecillo o viejecilla que mantiene el boomerang bucal embelleciendo las mejillas y no encerrando la barbilla?

Feliz cumpleaños para mis compañeros de nacimiento y feliz no cumpleaños para el resto.

Pd: soy consciente de que Google nos tiene más vigilados que el Gran Hermano pero me ha dejado muerta saludándome con esto.

feliz cumpleaños Google

Fotos, fotos, fotos

Y más fotos en Facebook, en Instagram, en Flickr, en el ordenador, acumulándose en un bucle infinito de amigos (y no tan amigos), sonrisas, copas, paisajes, reencuentros… Y menos fotos para el recuerdo, para el recuerdo de verdad, el que no se olvida ni queda archivado en la maraña de memoria, el que merece su lugar entre reflexión y reflexión que se cuela por en medio de nuestras vidas cotidianas.

Menos fotos que destacar entre los cientos que sacamos, la mayoría repetidas para corregir cualquier fallo (¿qué habrá de malo en no salir siempre perfecto?). Menos fotos meticulosamente sacadas porque en ese particular momento el ambiente te pedía sacarlas, ¡porque es tan fácil hacer miles de fotos en todo momento! Menos fotos que aguardan para ser vistas en la clandestinidad del carrete analógico a menos que seas un melancólico o un romántico de este tipo de fotografía. Menos fotos que enseñar a tus seres queridos porque tienes tantas que no encuentras ni tiempo para separar las mejores, y enseñarlas en condiciones se hace imposible. Menos fotos pensando en ti mismo, sino en los demás.

cielo rosa

Un día cualquiera en un lugar cualquiera

Menos fotos sin filtros, menos fotos en papel, menos fotos en marcos de fotos, menos álbumes en los que pasar las páginas con emoción, paseando la mirada por ellas, sintiéndolas desde las puntas de los dedos hasta el corazón, notando cómo ese álbum te cuenta miles de historias y anécdotas con fecha de caducidad, porque todo lo bueno y todo lo malo acaba, porque notas con expectación que te quedan menos láminas para llegar a la que culmina el álbum, la que elegiste personalmente para cerrarlo, y no la última de la carpeta virtual de 2007, 2010 o 2013 de tu portátil, cuyo lugar lo ocupa por motivos cronológicos (es la última que sacaste) y con altas probabilidades de estar desenfocada, de no mostrar nada de interés o simplemente de no significar nada al precederle unas cinco imágenes exactamente iguales.

Las nuevas tecnologías presentan unas ventajas fantásticas, no lo niego. Pero también fulminan la esencia de lo artesanal, lo manual, lo que a menudo supone un mayor esfuerzo y, por tanto, una recompensa más satisfactoria, tanto física como emocionalmente. Y, en especial, volviendo a nuestra querida época en la que nunca se han hecho tantas fotos por minuto en el mundo, esta locura visual pública también lleva a equívocos, a creerse capaz de mostrar o de percibir un nivel de dicha y de penas determinado según lo que se exponga al exterior. Cuanta más cantidad, más color y más etiquetas en lugares distintos, mejor persona soy, más sociable, más aventurero, más feliz.

¿No nos estamos pasando un poco? ¿En serio no cabe en ninguna cabeza el ignorar un pelín la tentación de la cámara según qué momento? ¿El anonimato ha perdido su encanto por completo? ¿Hemos de conocer a los amigos, parejas, familiares, mascotas, restaurantes, películas, discotecas, comida, libros (estos no son muy frecuentes, fíjate qué lástima) y estados emocionales de todo tipo de todo el mundo? ¿Hemos de dar a conocer todo lo nuestro para indicar que nuestro mundo (y por tanto el mundo en general, claro) funciona correctamente, todo está en orden, controlado, óptimo, “me gusta”?

resumen año FacebookPues no, querido Facebook, no vas a definir mi año 2014. Te respeto, a ti y a todos los que te hemos convertido en parte de nuestras vidas, pero no me apetece que ahora vengas también a elegir por mí los retazos de mi existencia que te parecen importantes. No tienes derecho ni puñetera idea de lo que durante los últimos doce meses ha sido realmente significativo para mí, por mucho movimiento y jolgorio que haya en mi perfil, así que no me toques la moral, que bastante incrustadito estás ya en la mentalidad contemporánea para que encima decidas mi felicidad y cuándo mostrar tu propia perspectiva de ella.

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