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Archive for the ‘Pizcas’ Category

Quejarse es gratis… ¿o no?

No son las palmeras más bonitas o altas de California ni es el amanecer más impresionante que se pueda ver, pero cuando uno se levanta y se encuentra con una vista agradable a través de la ventana, el día empieza de otra manera, ¿verdad?

Amanecer

Amanecer

Nunca me he considerado especialmente dependiente de las condiciones climatológicas para sentirme de mejor o peor humor. Viví un año y 8 meses en Londres y nunca entendí por qué la gente se empeñaba en decir “uf, otra vez lloviendo” casi a diario. Pues claro, pesaditos, ¿qué esperáis en un lugar donde el 90% del tiempo está nublado y el 75% lloviendo? (Calculado así a ojo).

Ignoro si estas quejas se deben a la necesidad de conversar en determinadas situaciones o a la necesidad en sí de exteriorizar pesares internos. Igualmente, es terrible. Muy recientemente fui ayudada a darme cuenta de la cantidad de comentarios negativos que hacía sin inmutarme lo más mínimo de su efecto, tanto en mí como en las personas a mi alrededor.

Quejas sobre el clima, el tráfico, la actitud de una persona, la situación laboral, la incertidumbre… Un horror, y yo que me veo como una persona realista de tendencia optimista. Con este tipo de comentarios no hacemos más que permitir la expansión de conversaciones victimistas y, por tanto, la proliferación de pensamientos y sentimientos destructivos.

Leí hace poco un artículo sobre un experimento en el que varias personas habían decidido no exteriorizar sus quejas. Entendedme: esas quejas que son realmente innecesarias, repetitivas y no aportan nada. No voy a prohibir a nadie que se desahogue en una situación desfavorecedora. Bueno, pues dichas personas, al cabo de un mes, comprobaron que su índice de felicidad había aumentado notablemente. Obvio: queja que evitas, queja que no conviertes en algo más grave de lo que es al ponerle palabras y que no contagias a nadie para quejaros juntitos. Paraos a reflexionar un minuto en torno a todo lo que vais diciendo a lo largo del día y os daréis cuenta de cuántas soltáis que no hacen más que perjudicar.

Por eso, hoy quería enseñaros este amanecer entre palmeras. Una imagen simple, natural y digna de apreciarse. Lo cual no implica que la mañana que llueva deba suponer una excusa para permitirse refunfuñar. La lluvia es buena. Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Tratemos de ver las primeras más que los segundos y notaremos los resultados. No hace falta quejarse tanto, hace falta reaccionar hacia el detonante de esos sentimientos.

Reflexionemos. Por tu felicidad, por la mía, por la de todos.

El mapa de tu vida

He descubierto hace poco la sección de “my maps” ofrecida por Google en la cual cualquiera puede crear los mapas que le plazca. Peligro. Esta es una de las chorraditas en las que a mi mente le encanta sumergirse para tratar de organizar y controlar mi vida todo lo posible, aunque sea psicológicamente. De hecho, llevaba un tiempo con la tarea pendiente de comprarme un mapamundi físico para marcar todos los lugares en los que he estado. Sin embargo, una vez más, las nuevas tecnologías han venido a cargarse el romanticismo de la idea. Pero bueno, tampoco me importa mucho no taladrar la pared de un piso alquilado con un porrón de chinchetas, que ya se sabe que más de un dueño de una vivienda agradecería cualquier pequeña excusa para gastarse mi fianza en sus vicios.

El resultado emocional ha sido demoledor. Aplastante. Aturdidor. Vamos, que me he quedao muerta. No en sí por creer que he visitado muchos o pocos sitios, sino por la brutal cantidad de recuerdos que me han golpeado la cabeza con cada click. Espectacular. El cerebro es alucinante. Cómo se encarga de almacenar la información, procesarla, sepultarla, resucitarla, lanzártela en las narices sin venir a cuento. Y cómo se las ingenia para transformar los recuerdos, destacar aspectos positivos o negativos, trastornar por completo la perspectiva hacia una vivencia determinada a raíz de la fusión de todo esto: lo que nuestra mente destaca, lo que no y de qué manera; el paso del tiempo y la acumulación de más y más experiencias. Entonces, el reflejo de esta mezcolanza impacta directamente sobre nuestra personalidad y forma de pensar actual, dando lugar a nuevas percepciones o enfatizando las existentes, afeando algunas y embelleciendo otras.

Efectivamente: una locura lo que cargamos de la frente al cogote. Hay sitios cuyos nombres no habría recordado en mi vida de no haber sido por haberlos plasmado en este blog. Por ejemplo: “Hondarribia“. ¡No hay huevos de repetirlo diez veces sin trabarse! No obstante, un diminuto pueblo de revista fue aquel. Y situado al norte de España. Una muestra preciosa de los tesoros que nos rodean y que en muchas ocasiones despreciamos por llamarnos más la atención lo que está más lejos, no sé muy bien por qué.

Bueno, echemos un vistazo al susodicho mapa en cuestión.

El mapa de mi vida

El mapa de mi vida

En principio, nos encontramos con dos núcleos claramente diferenciados: Europa y California; la primera con muchísima más historia por el momento, ya que solo llevo poco más de medio año al otro lado del Atlántico, donde concretamente he parado en los siguientes destinos.

El mapa de mi vida en California

El mapa de mi vida en California

Los Ángeles, Las Vegas, Riverside, San Diego, donde resido actualmente; y una serie de zonas menores, la mayoría de playa. Recuerdos muy recientes y fáciles de desglosar. Volvamos a Europa para analizar en mayor profundidad tal cantidad de marcadores y remover los fantasmas del pasado.

El mapa de mi vida en Europa

El mapa de mi vida en Europa

No parecen para tanto acercándonos, en el primer mapamundi se pensaría que me he visto Europa entera, pero mucho me falta por conocer. Dos sub-núcleos esta vez: España y Reino Unido, a los que pasaré enseguida tras aclarar qué ocurrió por el resto del continente.

El mapa de mi vida por centro-Europa

El mapa de mi vida por centro-Europa

Un interrail de un mes el verano pasado, una escapada corta con uno de mis mejores amigos y unas tres visitas a amistades en el extranjero por variados motivos (nativo, erasmus, trabajo). Viajes tan distintos como especiales cada uno en su carácter único y personalizadamente anecdótico. Ah, y una escapada universitaria a Roma, que me pillaba demasiado al sur en el mapa para incluirlo visualmente.

El mapa de mi vida en Irlanda

Tres veranos adolescentes cerca de la capital irlandesa y una escapada, también veraniega, años más tarde a Cork para visitar a buenos colegas y escapar un poco del frenetismo londinense.

El mapa de mi vida en Reino Unido

Un año y ocho meses de mi vida divididos entre la cotidianeidad londinense y varias escapadas de un día a las ciudades más cercanas, un fin de semana en York, cuatro días entre Manchester y Liverpool con mis hermanos, un road-trip y un fin de semana en Edimburgo que, al contrario que Roma dos mapas más arriba y demasiado al sur, la encantadora capital de Escocia se me ha quedado demasiado al norte, así que me limitaré a mencionarla.

El mapa de mi vida en España

Finalmente, aparte de una escapada a Portugal para conocer por fin la capital y el maravilloso Oporto, aterrizamos en la auténtica protagonista de mi vida: España. Con sus visitas espontáneas por mi Andalucía natal, gran parte de mi vida antes de la universidad danzando por Jerez de la Frontera, una semana de vacaciones por el País Vasco y la Rioja, preciosos también, con un amigo; vacaciones fiesteras en Benidorm, Ibiza y Tenerife (imaginaros que esta isla está abajo a la izquierda en un cuadrito como cuando nos cuentan el tiempo en las noticias); dos caminos de Santiago, de los cuales me siento muy feliz de haber redactado uno en detalle; un par de festivales de música por Castellón, un viaje con el colegio a Barcelona, una visita a casa de una de mis mejores amigas en Tarragona, aventuras veraniegas en Salou y Zaragoza, visitas de un día a Toledo y a Segovia, un día en Mallorca, un día en Gibraltar, un campamento en Cuenca, con doce inocentes y tímidos años… Reconozco que era toda una mosquita muerta pero, ¡cómo han cambiado las cosas! Y, por mucha falta que me hiciera espabilarme, me alegro de haber sido una niña de verdad, no como las de hoy en día.

Parece fácil haber citado esta retaíla de experiencias. Pero yo continúo abrumada, porque cada palabra, cada ciudad conlleva una prueba, una aventura, un riesgo, un compromiso, dolor, sonrisas, personas, conversaciones, momentos. Mi mente salta tan rápido de unas imágenes, caras, paisajes, sentimientos a otros que no me da ni tiempo de asimilar el cúmulo de sensaciones que me provocan. Desde un chasquido de cócteles hasta una carrera bajo la lluvia, un paseo en barquita rodeados de medusas, un robo, las vistas desde un mirador granadino, mis pies destrozados frente a la catedral de Santiago, el mareo tras salir del Dragon Khan en PortAventura, una conversación profunda en medio de un Toledo dormido… Y muchísimas escenas más que se agolpan tratando de imponerse ante las demás, de jugar con mis percepciones veintiseañeras y de recordarme que, lo crea o no, he vivido. He vivido una barbaridad de cosas. Y, mientras ninguna desgracia mayor se interponga en mi camino (que nunca se sabe, no nos vayamos a creer ahora inmortales), me queda otra increíble barbaridad de cosas que vivir multiplicada por dos y pico, incluso por tres si me cuido lo bastante.

Os invito a sentaros unos minutos; a parar, hacer esta reflexión para con vosotros mismos y compartir conmigo esta gratitud existencial. Porque, ¿sabéis lo mejor? Aunque en este post una servidora se haya entretenido en recorrer el mundo, no considero necesario haberse movido mucho para contar con una cantidad mayor o menor de experiencias. Estas las creáis vosotros allá donde os lo permitáis, sin importar si habéis pisado el otro lado del mundo o si apenas soléis pasar de los límites de vuestro barrio. Podría hacer un segundo y tercero y muchos posts más enfocándome exclusivamente en determinados destinos, sus comercios, gentes, parques y reflexiones locales; pero creo que me entendéis y, por hoy, tengo mucho que asimilar, que el mapa con el que esperaba limitar mi vida me la ha desbordado por todas partes.

El Mandela y los cambios de planes

La tarde-noche del jueves pasado, día 6 de marzo, salió por completo del revés de como estaba planeada, pero tan diferente y amena fue, que se me antojó perfecta. Debido a la clase de máster cambiada, una de tantas que me mantienen ocupada de 19:00 a 22:00 de lunes a jueves pero que por manías del destino no le tocaba sucederse, tuve la oportunidad de planear una velada ociosa con mi hermano mayor, con el que vivo (tampoco somos muchos, tengo otro hermano menor y ya está).

La idea inicial consistió en asistir a una tertulia sobre viajes en entornos fríos, seguida de una sesión de cine en los Yelmo Ideal de la Plaza Jacinto Benavente (Madrid, por las dudas), con sus películas en versión original y subtítulos a las que les estoy cogiendo especial afición y cariño. Cuando te acostumbras a escuchar las verdaderas palabras de los personajes, de los actores, ya no te apetece volver a oír sus doblajes. Suenan falsos, te cuesta muchísimo creértelos, notas a leguas la falta de sincronización entre lo emitido y el movimiento de los labios, por no hablar de la tremenda repetición de las mismas voces en un porrón de actores. No paro de ver a Brad Pitt, entre otros, en rostros que no son suyos.

Sin embargo, durante ese rato que se corresponde con la destructiva mezcla de la digestión y la consecuente modorra post-almuerzo, me acometió una pereza brutal hacia la (pobre) tertulia y, en cambio, me surgió en la mente como una iluminación la opción de probar un sitio nuevo para cenar, sin renegar de la sesión de cine a continuación. Así se lo expuse a mi hermano, al que no me costó nada convencer.

Ya prácticamente casi a las puertas de El Mandela, un restaurante africano cercano a la estación de metro de Ópera (concretamente la dirección es Calle Independencia, nº1), mi querido brother cayó en que había olvidado sus gafas, lo que enturbió el plan fílmico. No es que necesite leer los subtítulos, va sobradísimo en inglés, pero sí que le podría acometer un buen dolor de cabeza en caso de exponerse al riesgo de forzar la vista, por lo que nos centramos en nuestra cena retrasando un poco la decisión y dando tiempo a su mini-mosqueo consigo mismo a que se volatilizara entre sabores exóticos y timbales de fondo.

El Mandela restaurante Madrid

Tan motivados estábamos hacia probar cosas que empezamos a pedir dos entrantes cuando el experimentado camarero nos paró los pies asegurándonos que no podríamos con todo, y tenía razón en vistas de cómo acabamos, así que nos decantamos por una tortilla de yuca (un tubérculo) para comenzar y de plato principal él se pidió un Ndolé (ternera con una salsa de hierbas con la que yo habría sufrido brutalmente pero cuyo sabor fuerte a él le gustó) y yo una Yassa (pollo con arroz y una salsa dulce buenísima).

Al terminar, con toda la calma del mundo y el cine ya más que relegado a otro día, nuestras prolongaciones barrigudas y nosotros salimos de allí, todos gordos y satisfechos, y procedimos a pasear de camino a casa para bajar la hinchazón un poco. Una servidora ha hecho el recorrido del centro a casa y viceversa bastantes veces a lo largo de estos meses de vuelta a la capital (desde octubre) pero no esperaba que a mi hermano le entraran las ganas de patearse gratuitamente cincuenta madrileños minutos, no porque sea mi hermano sino porque conozco a poca gente que lo haría. Con más razón me alegró que surgiera tan espontáneamente y allá que nos fuimos, entre amplias calles iluminadas por miles de farolas y coches pero escasas de gente y con una temperatura nocturna magnífica que hasta nos obligó a despojarnos de los abrigos durante los últimos metros.

Los que me conocen saben que me encanta tener las cosas claras y los planes organizados, pero también suelen ser conscientes de que me adapto bastante bien a los cambios que se acontecen, sobre todo cuando ocurre de manera natural, progresiva, lo que viene a definirse como “sobre la marcha”, proceso que me parece fantástico y que no tiene nada que ver con esos molestos cambios de última hora que te pillan de improviso y te trastocan por completo.

Un buen día el pasado jueves 6 de marzo, y con la mejor compañía 🙂

Pd: para orientar en cuanto a los precios de El Mandela, el conjunto formado por un entrante, dos platos, una cerveza nigeriana (suavecita) y un Nestea nos costó 37 euros. No es una oferta McDonald’s pero precisamente por eso la experiencia que te llevas no tiene ni punto de comparación, además de que el servicio fue excelente.

Repaso de los principales errores de los emprendedores

Esta semana tuve el placer de asistir en el Palacio de Deportes de Madrid a una serie de conferencias, debates y presentaciones que se dieron con motivo del evento para emprendedores y PYMES Salón MiEmpresa, cuyos contenidos me han parecido muy interesantes y tanto motivadores como concienciadores.

errorMe gustaría publicar algunos posts que muestren varios de los consejos, ventajas, problemas y demás cuestiones expuestos por diferentes ponentes a los que pude escuchar y este, el primero de ellos, he decidido dedicarlo a una serie de errores típicos cometidos por los emprendedores y contados por Carlos Blanco, socio fundador de IT Net y fundador de Akamon Entertainment. Aquí os los pongo, sin dejar de recordaros previamente a su lectura que las palabras de los conferenciantes a menudo tienen tintes subjetivos, por lo que no hay que tomarse todo comentario como regla absoluta. Ahí van esos errores típicos de los emprendedores según Carlos Blanco:

  • Elegir como socio a parejas o compañeros universitarios de la misma carrera: cuanto más distintos a ti sea el resto de integrantes de tu equipo, mayor cantidad de aportaciones diferentes habrá, aparte de los conflictos que pueden surgir en caso de separación o enemistad.
  • Repartir las acciones, el porcentaje de ganancias, a partes iguales: tanto cuando va muy bien como cuando va muy mal, te arrepientes. Hay que tener en cuenta el nivel de trabajo y de cualificación de cada persona.
  • Falta de valores claros previamente al lanzamiento del negocio.
  • No asumir que el riesgo forma parte de emprender.
  • Que no haya un líder claramente definido: siempre ha de haberlo. Queda muy mal visitar a un cliente y pretender que varias personas compartan el papel de portavoz, no queda serio.
  • Tener miedo = no tener perfil para emprender: si tienes miedo, mejor no emprender. Se puede recurrir a un coach profesional en caso de no conocer tus habilidades, virtudes y defectos.
  • El individualismo: normalmente las personas que quieren ser y hacer todo acaban fracasando.
  • La dedicación a medias: si no se está dispuesto a dejar un trabajo cuando no se tienen hijos ni una hipoteca que pagar, no funcionará. Hay que tener clara la plena dedicación que se necesita.
  • Pensar que las ideas ya son algo: las ideas no sirven para nada porque muchos han estado antes de los que han triunfado pero han triunfado los que lo han hecho bien, los que lo han ejecutado.
  • La falta de ambición: los españoles a menudo somos menos ambiciosos que otras nacionalidades.
  • El impacto personal: el emprendedor a menudo no sabe compaginar bien a la pareja y el trabajo. Hay tres opciones: convencer a tu pareja, dejar de emprender o dejar a tu pareja.
  • Idea = enemigo: uno debe de tener en cuenta el sector en el que está junto con la situación del mismo a la hora de formular ideas.
  • La búsqueda imperiosa de capital por encima de la de clientes: hay negocios viables pero no invertibles, es decir, que pueden funcionar pero no van a crecer exponencialmente, y esto no le gusta a los inversores, cuyo objetivo siempre es ganar dinero.
  • No tener indicadores de negocio: tema matemático.
  • No conocer el mercado: hay muchos medios que se pueden usar para investigar (Google, etc.), y también hay que triunfar primero en tu mercado y ver dónde puede funcionar antes de ir a otros.
  • La falta de gente buena en cuestiones de marketing y de ventas: fundamental contar con profesionales en nuestro equipo de estos campos a la hora de hacer el plan de marketing y de ventas.
  • El gasto excesivo en los inicios: te das cuenta tarde de que has invertido mal y cuando toca sacar el producto al mercado ya no queda dinero. La ejecución es lo más importante.
  • El no vender: la gente se arrepiente en un 99% de no haber vendido su compañía porque nunca le ofrecerían tanto por ella. Se recomienda vender.
  • El tema de la autoestima: el lanzamiento de la empresa suele coincidir con momentos felices (bodas, nacimientos de hijos…) o sustitutos del amor, por lo que la autoestima es muy importante para tener éxito. Mucha gente emprende en el mal momento y se genera energía negativa, desembocando en el fracaso.

¿Un día cualquiera? El poder de las marcas

Hace poco me dio por preguntarme acerca de la cantidad de marcas que nos rodean. Y luego sobre las que usamos. Y, finalmente, la cantidad de ellas que nos pueden acompañar durante un solo día. Y vaya tela… Desde luego no voy a poner todas aquí pero estoy segura de que os imaginaréis en líneas generales la jornada que tuve simplemente paseando la mirada a lo largo de las imágenes siguientes.

Colacao Sureñametro MadridMusicamToshibaInternetHoliday GymDomino's Pizza fanta naranja

Y esto sin incluir las marcas de la ropa empleada, de cada alimento, de los electrodomésticos del hogar, de los aparatos electrónicos que manejamos a lo largo del día…

Todo son marcas. Productos, servicios, proyectos, ideas, metas, sueños.

Todo es marketing. Hasta las personas lo somos. Cada uno de nosotros nos vendemos a los demás de una manera determinada, consciente o, con mayor frecuencia, inconscientemente. Da para reflexionar sobre el sistema que hemos creado y cómo funcionamos, ¿no creéis?

Bueno, para terminar y en contraposición a lo recién afirmado, os regalo el amanecer, porque aún quedan cosas que no se pueden vender.

amanecer

Cuando te haces mayor…

… A la vez que adoptas (o deberías adoptar) ciertas dosis de humildad y madurez para aprender, no prejuzgar, intentar no tropezar con las mismas piedras y seguir mirando al futuro con esperanza y buenas vibraciones; tus principios se endurecen, tus creencias se acentúan, tus ideas se refuerzan. Tu personalidad se va formando por fin en una única dirección. Que sí: susceptible de variar, de cambiar en un momento dado por tal circunstancia, de adaptarse, de seguir madurando y aprendiendo eternamente, bla bla bla, pero con unas bases psicológico-vitales adquiridas fuertemente para, en principio, toda la vida.

Me he dado cuenta de que últimamente he repetido bastantes veces la frase “me hago mayor…” con el objetivo de justificar una determinada forma de actuar. He dicho “justificar”, ¿eh? No “excusar”. Es decir, que si lo digo, aunque invite a reírse (puesto que cumplo los 25 años en dos semanas), lleva su buen contenido afirmativo. Así, el cerciorarme de que estoy tan convencida de tal cosa que lo elevo y aplico a la máxima potencia me hace ver cómo me voy radicalizando en mis, llamémoslo, manías existenciales. Las cuales, dicho sea de paso, no me importa en absoluto que se solidifiquen. Ejemplos prácticos:

No soporto

– No soporto la gente que me llega tarde. Me revienta profunda y dolorosamente.

– No soporto sentir el compromiso de hacer algo que en realidad no me apetece lo más mínimo. Y, creedme, que lo evito a más no poder.

– No soporto no decir lo que pienso bajo los argumentos de “hay que aceptar a los amigos tal y como son”. ¿No son mis amigos? Pues que se coman mis opiniones con papas; o “¡no le voy a decir eso, sería muy duro!”. ¿Por qué tanto miedo a la verdad? ¿No resulta más doloroso ir descubriéndola poco a poco o demasiado tarde y comprobar después todo el tiempo perdido en ello?

– No soporto los rodeos para hacer planes. ¿Tan difícil es decidir qué hacer? ¿Por qué? ¿Porque queremos satisfacer a los demás o porque a nosotros no nos satisface lo propuesto? ¿Porque preferimos no decir “sí” hasta que se acerque el momento para comprobar que realmente nos compensa?

– No soporto que me mareen emocionalmente. ¿Que sí? Bien. ¿Que no? También. Para una tipa a la que le gustan las cosas claras, cuán desaprovechada me tienen, coño.

– No soporto que la gente no aguante las verdades como puños ni el tremendismo, el victimismo, el regodearse gratuitamente en la mierda, la falta de lógica, el impune desprecio hacia lo que es realmente importante, el egocentrismo.

simplicidad

Como espero que comprendáis, obviamente no me suelo sentir afectada por este tipo de comportamientos, ya que se manifiestan cada dos por tres a mi alrededor y soy plenamente consciente de que es algo con lo que hay que convivir como ser perteneciente al género humano… Pero creo que nunca está de más psicoanalizar un poco a uno mismo de vez en cuando.

Puede que mi personalidad no me permita ser popular, tener muchos amigos, caer bien a todo el mundo y demás parafernalia sensiblera, mas me hallo tan a gusto con las personas con las que sí cuento a mi lado y, sobre todo, conmigo misma, que me sobra el resto. Adoro ser selectiva, controlar la situación y mi equilibrio emocional todo lo posible, decir lo que pienso tal y como me viene (lógicamente con cierta medida, en muchas ocasiones ni es necesario sincerarse ni viene a cuento) y que me aprecien por ello. Es estresante tener una convicción y no poderla soltar por los tapujos sociales, los fáciles escándalos intestinales, la tendencia a sentirse violentado si no acompañas tus palabras de un tono condescendiente y tus mensajes de emoticonos sonrientes.

¡Ne-na-zas, que os estáis volviendo tod@s unas nenazas!

Londres, cuna de artistas / London, cradle of artists

El sábado pasado, 6 de julio, fue un día en el que recordé por qué elegí Londres para vivir una temporada. Las ciudades grandes siempre van a ofrecer muchísimo más que las pequeñas, nos gusten más o menos las aglomeraciones.

El día comenzó temprano al ir a recoger a una amiga a la estación de St. Pancras donde, para mi sorpresa, me encontraría con un piano justo delante de la puerta de las llegadas. Una invitación gratuita a todo el que quisiera a sentarse y deleitar a los que nos encontráramos por los alrededores. Tuve la suerte de que dos personas sucumbieran a la tentación.

Last Saturday 6th of July was a day that made me remembered me the reasons to choose London to live for a while. Whether we like masses or not, big cities have always much more things to offer than small ones.

This day I got up early to pick up a friend at St. Prancras station where I’d get amazed by a piano situated in front of the arrivals door. It was a free invitation to play for whoever wanted to sit down and delight everybody around. Lucky me I could enjoy a couple of people who gave in to temptation.

St Pancras piano

Tras una agradabilísima velada durante la cual almorzaríamos en un italiano y tomaríamos un par de buenísimos cócteles (un Cosmopolitan y desconozco el nombre del segundo, suelo ir a la barra y pedir “el más dulce que tengan”), me encontraba tan llena que me apetecía darme el paseo de Charing Cross a London Bridge al lado del río, un recorrido precioso que recomiendo a todo el mundo. No sólo por las hermosas vistas sino por la cantidad de artistas callejeros con los que te vas cruzando por el camino.

Así, me toparía con el siguiente personaje que hizo de las suyas con la arena para montarse su chiringuito particular. El letrero se encontraba bastante próximo al sofá pero los fotografié por separado para que se apreciaran mejor.

After a lovely time we spent having lunch in an Italian restaurant as well as some delicious cocktails (a Cosmopolitan and I don’t know the name of the other one, I usually go and order “the sweetest one that you have”), I felt so full that I decided to go for a walk from Charing Cross to London Bridge along the river, which is a recommendable beautiful tour not just due to its awesome views but for the amount of street artists you find on your way.

Therefore, I saw the following person who had managed to create his own personal world on the sand. The sign was quite close to the sofa but I took pictures separately for them to be better perceived.

sand art

¡Acierta en el cubo, pide un deseo, yo pedí libras e hice todo esto!

Como aclaración, al haber montado el show en la arena, llamémoslo, “a pie de río”, los transeúntes teníamos que asomarnos desde el paseo para verlo y, junto al letrero precisamente, había un cubo al que tirar monedas.

Por desgracia, no logré ver al señor en su apogeo con una guitarrita porque un gracioso se le acercó y, al sentarse, se cargó parte del mueble que véis abajo, lo que obligó al pobre hombre a ponerse a arreglarlo. De esa manera, pude apreciar de paso el trabajo y el tiempo considerable que debió de dedicar al tema estético. Aparte de un par de útiles para darle forma a la arena y alisarla, empleó una especie de bombona con una manguera a través de la cual expulsaba agua a modo de spray sobre la arena para ponerla completamente homogénea.

For more information, as this guy built all the stuff on the seaside, passersby had to look out the path to see it and actually there was a bucket next to the sign where throwing coins.

Unfortunately, I couldn’t see this man with a little guitar at his peak because a stupid guy approached him and damaged part of the sofa below when sitting down, what forced the poor man to fix it. That way, I appreciated anyway the considerable work and time he must spend on the esthetic aspect. Apart from a couple of tools to give shape and smooth the sand, he used a kind of gas bottle with a hose that expelled water to make the sand completely homogeneus.

sand sofa London Thames

A lo largo de este paseo, tampoco faltan nunca unos pocos jóvenes malabaristas haciendo piruetas varias ante el público y pegándose sus bailes y coreografías, y también pude contemplar a un grupo de personas promocionando el capoeira. Todo un espectáculo observar cómo se coordinaban para “luchar” en parejas y el control que ejercían sobre sus movimientos.

No obstante, este día triunfó la música para mí. A continuación, os muestro a un simpático gaitero que animaba a todo el que pasaba a asomarse y escucharle un rato.

A few young jugglers doing some pirouettes and coreographies for the public are never missing along this walk, and I could see also a group of people who were promoting capoeira. Watching the way they coordinated themselves to “fight” in pairs and how they controlled their movements was an addictive show.

However, music was the winner this day. Next, you can see a nice bag-piper who attracted everybody’s looks and made many of them to stop to listen to him for a while.

Finalmente, si tuviera que definir el día con una sola palabra, esa sería “Reminiscence” (reminiscencia), nombre de la siguiente banda de muchachos que me encontré bajo el puente de Blackfriars y me encandilaron por completo.

El fallo es que, al preguntarles, me dijeron que no tenían Facebook ni Twitter. ¿Cómo se pretende hoy en día llegar al público sin estar en las redes sociales? Aish…

Finally, if I have to define this day with a word, it would be “Reminiscence”, which is the name of the following group of boys who were playing under Blackfriars Bridge and completely dazzled me.

The problem is that I asked them if they had Facebook or Twitter and they didn’t. How can you think about getting fans without having any presence on social networks? Aish…

Por todo esto y más, este fin de semana reviví la pasión por Londres que me acompañó a mi llegada hace ya nada más y nada menos que un año y cuatro meses :D.

Because of all this and more, last weekend I relived my passion for London that came with me when I first arrived one year and four months ago :D.

¡Sólo es un té!

Sábado, 18.00. Piccadilly Circus, pleno centro turístico de Londres, atestado de gente de todas las nacionalidades habidas y por haber. Una muchacha de pelo rizado y ojos verdes se halla concretamente en el interior de las puertas del Boots, famosa cadena británica de farmacias, para no congelarse con el gélido frío que se ha dejado caer de improviso esa tarde.

En su espera, se le acerca un hombre de mediana edad y piel incombustiblemente negra, lo que remarca sus blanquísimos dientes y brillantes cristalinos. Escasos centímetros más alto, favoreciendo la posición de sus ojos a la misma altura de los de ella, y con una expresión confusa, le pregunta qué puede comprar para su sobrina de 23 años. No está de suerte, la chica no puede ser más negada para pensar en regalos, sobre todo al no conocer a la persona. Sin embargo, frunce el ceño y trata de hacer el esfuerzo. Le recomienda un bolso, maquillaje, un lápiz negro de ojos… Artículos femeninos de ese tipo que nunca vienen mal.

No obstante, el hombre ha pasado sutilmente a preguntarle cómo se llama y qué hace. Ella le comenta, ya algo reticente, que se encuentra esperando a un amigo y que trabaja en un colegio de inglés. Al instante, como si hubiera topado con un diamante en bruto, una amplia sonrisa surca sus anchos y oscuros labios y surge una conversación que poco a poco disiparía toda desconfianza ante la sincera y agradable actitud de este fortuito acompañante.

– So are you teaching? (¿Enseñas entonces?).

– No, no, I’m just doing the administrative part. Organizing excursions, booking attractions and all that stuff (No, no, sólo hago tareas administrativas. Organizar excursiones, reservar visitas y todo eso).

– Really? You could create your own business! (¿En serio? ¡Podrías formar tu propio negocio!).

– Oh, well, I don’t think I would like telling people what to do… (Oh, bueno, no me gusta decirle a la gente lo que tiene que hacer…).

Llegados a este punto, el gesto del hombre se tornó súbitamente contrariado y divertido a la vez.

– Don’t you think you’d like telling people what to do? C’mon, do you prefer to be told what to do for the rest of your life? (¿No te gusta decirle a la gente lo que tiene que hacer? Vamos, ¿prefieres que te digan a ti lo que tienes que hacer para el resto de tu vida?).

– Umm… No, but, well, for the time being I’m ok, it’s just for some time while I’m improving my English and I live here, in London… (Umm… No, pero, bueno, por ahora estoy bien, sólo es por un tiempo mientras mejoro mi inglés y vivo aquí, en Londres…).

Media sonrisa cómplice obtuvo por respuesta, previamente a lo que venía a continuación y que no se esperaba en absoluto.

– I can see that you are a good person. I can see it in your eyes. You look a bit sad though right now, am I wrong? (Puedo ver que eres una buena persona. Lo veo en tus ojos. Sin embargo, pareces un poco triste en este momento, ¿me equivoco?).

– Well… Maybe, I don’t know. (Bueno… Tal vez, no lo sé).

– You just need a little push. Somebody or something that motivates you to go ahead, to wake you up, to go after your goals. What would you really like to do? (Sólo necesitas un empujón. Alguien o algo que te motive hacia adelante, que te despierte, que te haga ir a por tus metas. ¿A qué te gustaría dedicarte de verdad?).

– I studied Journalism. (Estudié periodismo).

– A journalist! (¡Periodista!)–exclamó con los ojos muy abiertos y regalando de nuevo sus magníficos dientes a la noche londinense- Lovely profession. You need to spread your network, contacts are very important. Have you been in The British Library? (Una profesión bellísima. Necesitas extender tus redes, los contactos son muy importantes. ¿Has estado en la Librería Británica?)–ella negó con la cabeza- Visit it, there’s nothing you cannot find in there. Look for your dream and don’t let it go, meet and talk to people. Each person is a world, you never know what you can find. Tell your number every time that you can, go to have a tea, it’s just a tea! You don’t lose anything. (Visítala, no hay nada que no puedas encontrar en ella. Busca tu sueño y no lo dejes escapar, queda y habla con gente. Cada persona es un mundo, nunca sabes lo que puedes encontrar, da tu número cada vez que puedas, ve a tomar un té, ¡sólo es un té! No pierdes nada).

– Yeah… –balbuceó algo aturdida aunque pensativa- you are right. (Sí… Tienes razón).

Seguidamente, transcurrieron algunos segundos en silencio durante los cuales nada más existía alrededor. A pesar de hallarse en una de las plazas más concurridas del mundo; a pesar de las luces, la multitud y el ruido, en aquel momento sólo tenía lugar un simpático cruce de miradas. Él, dejando sentir el efecto de sus palabras con una mezcla de dicha y orgullo como si se dirigiera efectivamente hacia un maravilloso proyecto de futuro que había encontrado de casualidad. Ella, preguntándose cómo le estaba sucediendo tal cosa y, sobre todo, inmersa en el discurso que se acababa de incrustar en su mente.

– Think about everything I told you. I can really see in your eyes you are a great person. You could have ignored me, you could have thought “who the hell is this guy coming to talk to me”, but you didn’t. You stayed, you answered me and you listened to me. (Piensa en todo lo que te he dicho. Realmente puedo ver en tus ojos que eres una gran persona. Podías haberme ignorado, podías haber pensado “quién coño es este tipo que me está hablando”. Pero no lo hiciste. Te has quedado, me has respondido y me has escuchado) –una vez más, otros tantos segundos gozaron del placer del silencio y, como mínimo, un joven corazón en vilo- I’m leaving now. It was really nice to meet you. Take care and go for it. (Ahora, me voy. Ha sido estupendo conocerte. Cuídate y lánzate a por ello).

Y se marchó. Con paso firme y desenfadado, sin volver la vista atrás, dejando a la muchacha en un mar de reflexiones vitales, inquietudes profesionales y anhelos personales que permanecerían en ella antes y después de la cerveza con su amigo, al llegar a casa y al día siguiente.

Piccadilly Circus

Piccadilly Circus. 

Dedicado a la persona que más quiero y admiraré para siempre en este mundo.

¡¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS, PAPÁ!!!

Independencia de plástico

Hoy, he hablado unos minutos con una compañera de trabajo. Apenas la conozco pero me la he cruzado por el baño y me parece muy agradable. Me ha preguntado por mi fin de semana y yo por el suyo. El viernes pasado se celebró la fiesta de Navidad de la empresa: cena, vino y música durante cuatro horas en un crucero desde el puerto del barrio de Greenwich hasta el centro, concretamente Westminster, y vuelta. Lo recomiendo totalmente. Unas vistas preciosas, alucinantes, nada que ver con las que se disfrutan desde la orilla, ya impresionantes de por sí. Un viento helado nos hacia estremecernos de frío pero no importaba, teníamos que permanecer en cubierta para no perder ni una perspectiva de los monumentos más importantes: un imponente Tower Bridge, The Shard, el London Eye… A mitad dejé el pollo incluso en cuanto advertí la presencia del Big Ben aproximándose rápidamente.

Absolutamente ninguna queja. Ni siquiera me mareé, posibilidad que me acongojaba bastante a partir de mi escasa (y harto desapacible) experiencia en barco. Buena organización, mejor comida, excelente compañía. Un ambiente estupendo entre todos los empleados desde lo más alto hasta lo más bajo, un torrente de energía positiva que probablemente todos necesitábamos tras un intenso año. Es la segunda fiesta de Navidad de empresa a la que he asistido y me he terminado de convencer de que se trata de un fenómeno cuanto menos interesante; cuanto más, iluminador. Una forma diferente de relacionarse, desinhibida, despreocupada, profunda, confiada. En resumidas cuentas, mucho más humana que en la oficina, a pesar de que el ambiente ya sea ameno. El alcohol hizo sus estragos, naturalmente, con más razón para recordar la velada con una amplia sonrisa y alguna carcajada.

Sin embargo, no he comenzado este post con intención de reflexionar sobre la fiesta y sus implicaciones, probablemente todos hayáis experimentado esta sensación alguna vez; si no en una fiesta de empresa, en cualquier otra reunión esporádica, véase fin de año, Pascua y demás. El tema es que esta chica con la que he hablado hoy no acudió porque vive demasiado lejos del centro de Londres, le habría resultado imposible llegar a casa a tiempo tras la fiesta y no cuenta con amigos viviendo por las cercanías como para haber dispuesto de un alojamiento alternativo hasta el día siguiente. Tarda diariamente la animalada de dos horas en llegar a la oficina y dos horas en volver. Esto es muy normal y típico aquí, pasarse media existencia en los medios de transporte, aunque cuando se rebasa la hora y media por traslado me parece excesivo. Ya se sabe que siempre puedes intentar aprovechar el tiempo leyendo, incluso viendo alguna película si se lleva el portátil, etcétera, pero, seamos sinceros: a efectos prácticos, hasta el más optimista sabe que emplear tanto tiempo en moverse supone más bien una soberana putada.

Total: desconozco la posición exacta de esta joven en la empresa pero no me suena a mí que sea becaria, por lo que la economía no sería un problema para permitirse la independencia. Así pues, en vistas del terrible volumen de vida ocupado en viajar al lugar de trabajo, le he preguntado si no habia pensado en mudarse a un sitio más cercano, a lo que me ha respondido entre risas: “oh, no, vivo con mis padres y no me lo permitirían hasta que me casara!”. A medida que volvía a mi puesto, no podía más que horrorizarme a cada paso que daba ante la perspectiva que esta muchacha ha aprendido a asumir con tanta naturalidad, y tan extremadamente opuesta a la vez a lo que a mí se me ha dado desde que nací: libertad absoluta para tomar mis propias decisiones.

No es que me escandalice como tal, soy completamente consciente de las mil y una formas de pensar y educar en este mundo… Pero mas consciente soy aún de la descomunal suerte que he tenido y que tengo cuando me las cruzo por delante.
decisiones

“El dinero no da la felicidad pero yo prefiero llorar en un ferrari”

¡Muy buenas a todos! Qué dejada estoy últimamente con el blog. Supongo que me hallo en el periodo más primario de la adaptación a este país, de manera que lo más turístico y llamativo a primera vista, perteneciente a la etapa, llamémosla, “del encuentro” o “de introducción”, ya ha pasado, ¡pero aún queda muchísimo por hacer!

El título de este post (cita más vista que el tebeo) se debe, cómo no, a otro arrebato consumista más que añadir a la lista. De esto que una se acerca al supermercado Sainsbury’s más cercano a por Philadelphia y se encuentra de cabeza con la sección “DVD SPECIAL OFFERS”. Que si 8 o 7 libras por películas normalillas, tal y cual, ojeada furtiva ya perdiéndose hacia el objetivo principal (sección de quesos) cuando se cruza de sopetón con lo siguiente:

WHAT? ¿La trilogía de El Señor de los Anillos a 5 libras (6’2 euros)? ¡De cabeza!

Si no le hecho la foto con el plástico puesto es porque en cuanto atravesé las puertas del Sainsbury’s lo abrí (to ansiosa) para comprobar que estaban dentro las tres pelis. ¡Y efectivamente! Primera parte…

… ¡Segunda y tercera! Parecía una niña pequeña a la que le acabaran de dar un caramelo. Tal cara de felicidad…

Que sí, que me las podría haber descargado gratuitamente y punto pero mira, hay cosas que cuando te atrapan, lo hacen con ganas. Para haberme marchado del supermercado dándole vueltas mejor comprármelo, que no sé cuánto tiempo llevo ya pensando en bajarme pelis en versión original y hace siglos que nada. Mitad pereza, mitad… más pereza.

¡Hablando de consumismo! Hace un par de meses os hablé sobre las cadenas Poundland y 99p, ¿verdad? Pues el fin de semana pasado volvía para la residencia desde la parada de autobús en Lewisham cuando me encuentro con lo siguiente de sopetón.

Un Poundworld!!!! ¡Inimaginable otra cadena más (en la misma calle) de todo a una libra! Menos mal que estaba cerrada en aquel momento, que si no me habría metido a explorarla…

En fin, como conclusión, naturalmente reconozco la tremenda superficialidad de la frase que encabeza este post pero no puede tener más razón. Y no entraré a analizar/rajar sobre la dependencia económica en este mundo porque, aparte de que ya hablé de esto en otra publicación, tengo tres películas por ver :D.

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