Archivo

Archive for the ‘Pizcas’ Category

Primera adquisición británica

Tras dos meses y medio en Londres, tengo que confesar que no me había comprado nada… ¡hasta ahora! Absolutamente nada que no fuera de consumo inmediato, claro. Es decir, comida. Pero esto tuvo que cambiar hace poco en vistas de que mis zapatillas de deporte sucumbieron ante su cruel e inevitable destino tras haber permanecido conmigo fielmente durante unos años.

Maldita sea, qué rabia me da tener que tirar un zapato porque se le empiece a fastidiar una parte determinada, pequeña para el conjunto del calzado pero una gran jodienda para lo que viene a ser el propósito fundamental de dicho producto: caminar en condiciones.

Pues nada, he aquí que sin tenerlo ni pensado, antes de ayer ocupé parte de mi hora libre para el almuerzo en el curro en pasearme por el shopping centre de Lewisham y, de repente, mi mirada perdida se encontró de pleno con un Foot Locker por una esquina y un cartel en otra tienda próxima donde citaba “Trainers” con todas sus ganas.

Noté en mi interior la llamada del consumismo, del monazo de ojear un poco a ver lo que podía considerar pillarme (tal vez también resonara por algún sitio en mi cabeza la voz de mi madre diciéndome que me comprara unas zapas de una puñetera vez, todo hay que decirlo). Cabe destacar que no soy una persona gastosa ni experimento esa pasión femenina natural por ir de compras. Ese tipo de temas me dan una pereza brutal, y ya ir a la peluquería ni os cuento, pero esto es otra historia.

Total, que tras una vuelta por el Foot Locker que me sobró para salir por donde mismo había entrado más dos vueltas por el “Trainers” me hicieron decantarme por un único par en esta tienda. De hecho, a medida que observaba las estanterías unos minutos antes pensaba: ¿para qué me voy a comprar unos deportes si nada más que los uso para caminar? Ni mijita de correr. Pegaba encontrar algo informal pero que pudiera también llevar puesto felizmente cualquier día. Hala, en la foto tenéis mi elección.

¡¡Tan monos!! En mi vida anterior, cuando llevaba pantalones anchos y sudaderas hippies (y no veía el momento de tener que renovar todo mi vestuario para que me dejaran entrar primero, en las discotecas madrileñas, y luego, en una oficina londinense), solía pillármelos bastante más anchos pero estas All Star me han llegado. Tampoco había mucho donde elegir para mi gusto.

¡La tentación despertó! Sin embargo, ya saciada, le vuelve a tocar dormir durante otras tantas semanas (tirando a meses, teniendo en cuenta mi vagancia)… O quizás simplemente hasta que me adentre con mayor profundidad en las tenebrosas posibilidades de Camden Town, Oxford Street y demás boquetes económicos paralelos. En fin, lo dicho, conociéndome…

¡Pero de estas zapas me he enamorado por completo!

Cosas que pasan cuando tienes a familiares agregados al Facebook

Por cosas como esta, entre tantas otras, no tengo a familiares agregados (exceptuando hermanos y parientes más o menos de mi quinta) y sigo dando gracias porque mis padres no tengan el más mínimo interés en introducirse en el mundo de las redes sociales.

Creo que se trata de un ámbito en el que se deberían separar unas generaciones de otras. Me explico: me parece estupendo y maravilloso que hijos y padres decidan tenerse presentes en sus respectivas cuentas pero también me parece incluso una pena saltar esa frontera, esa distinción generacional. La exteriorización de los pensamientos, estados de ánimo, opiniones, noticias e imágenes a compartir, etc, siempre se va a ver condicionada por quienes tengamos agregados a nuestro perfil, y si justo son nuestros progenitores los que deambulan por ahí, esa privacidad expresiva se pierde por completo.

No os confundáis, tengo muchísima confianza con mis padres (basta con decir que naturalmente leen este blog, y cualquiera de mis lectores habituales sabe cómo me expreso en bastantes ocasiones: sin tapujo ninguno), pero las redes sociales son otro tema. Por poner los ejemplos más típicos: ya saben que bebo pero no considero necesario que me vean con cubatas en la mano. Ya saben que tengo fotos con mis amigos pero no hace ninguna falta que vean la esperpéntica jeta que llevo en la mitad de ellas ni que me las comenten, y menos para alabar tantísimo mis virtudes delante de todos mis contactos (admitámoslo: a todos nos da una vergüenza terrible esa explosión amorosa, o reprobadora según la situación/imagen enfrente de los colegas).

Me basta y me sobra con la relación que mantengo con ellos, plenamente comunicativa pero cada uno con su espacio, en perfecto equilibrio. Aparte, extrapolándolo a todos aquellos que sí tienen a familiares agregados: ¿con qué motivación le suelto yo una burrada verbal a algún amigo en su muro si soy consciente de que tiene a su madre agregada? ¿Qué va a pensar de lo que puede ser una inocente frase para mí pero resulta una burda atrocidad para ella? No lo sé, normalmente no la conoceré pero ya me coarta. Peor aún: pongamos que lo hago y me la comenta ella misma. ¿Cómo respondo? Abran paso a la muerte cruel y dolorosa del libre (y joven) pensamiento.

Desde luego, no estoy diciendo que a los mayores de 50 años se les deba prohibir el acceso a Facebook, ¡no me malinterpretéis! Mas opino que esta intromisión tecnológico-social en masa de los nacidos en los 60 se debe más bien al boca-a-boca que a un deseo natural y espontáneo de pertenecer a estas comunidades, las cuales hay que conocer bien antes de meterse (y no es la norma esto, así nos va). Sí, eso es, una moda que ha irrumpido y se está catapultando brutalmente de unos seres a otros para ir cubriendo cual epidemia de sensación moderna y súper-actualizada todos los hogares posibles.

En fin, todo este post no deja de mostrar mi perspectiva personal (aunque más de uno coincidirá conmigo, digo yo) pero vamos, por muy transparentes que seamos, nadie se comporta igual con los padres que con los amigos (nadie, he dicho), de la misma manera que tampoco nos comportamos igual con unos amigos/colegas/conocidos/familiares que con otros.

Conclusión: papás, seguid en vuestra línea. Mis hermanos y yo estamos orgullosísimos de vosotros y extremadamente agradecidos hacia vuestro nulo interés por estos mundos virtuales :D.

He llegado a la conclusión de que tengo que aprender catalán

Sí, sí, sí, sí, no es coña. Creo que estaría bien ponerme un día. Algo me pasa con los catalanes.

Punto número 1: dos de mis mejores amigos son catalanes. Puntualizo: las dos personas con las que más experiencias, aventuras y confidencias he compartido en los últimos tres años pertenecen a esta comunidad autónoma.

Punto número 2: el primer amigo que hice en Londres, al segundo día de llegar de hecho, es decir, el primer español que conocí, también es catalán. Así, zas. Por aquel entonces todavía no me había parado a pensar en esta nueva neura mental (una más en mi cabeza, welcome to my mind!).

Punto número 3: anoche vi el clásico y salí con siete catalanes. Nada más y nada menos. De hecho, conocí a otra más antes de encontrarme con ellos. Fue de camino al pub donde realmente estaban los amigos de cada una. No voy a decir que nos confundimos porque al buscar Walkabout en Google Maps, el primer sitio al que llegamos ambas era otro (C/ Henrietta 11), parece ser que hay unos cuantos, ¡pero fijaos en la tremenda casualidad del encuentro! La verdad es que el Walkabout correcto (pegado a Temple Station, a cinco minutos uno de otro) era bastante más grande, y un ambientazo… Bestialmente español, claro. Total, que esta chica y yo nos aliamos para encontrar el pub donde nuestros amigos ya llevaban vista la primera parte del partido y un buen rato de la segunda. Sí, llegué un poco tarde.

¡Y lo que me queda con este sector geográfico me parece a mí! Están por todas partes, es impresionante. Al menos a partir de mi experiencia durante estos dos meses, creo que puedo afirmar que las plagas humano-extranjeras en esta ciudad (Londres) se basan fundamentalmente en catalanes y colombianos.

A lo que iba: sinceramente os digo que la idea me llama poderosamente la atención, la de aprender el idioma. Al menos para entenderlo, hablarlo ya será otro tema pero bueno, con el trabajo que cuesta que siete catalanes se mentalicen para hablar en castellano entre ellos por haberse colado una gaditana (cosa que entiendo perfectamente), mejor ponerme yo misma, me resulta apetecible.

Por otra parte, me da que tengo tal mono de aprender lenguas que acabaré mezclándolas como me ponga con varias a la vez. Llevo casi desde que llegué a este país brutalmente emperrada con el francés, como si no me quedara todavía recorrido con el inglés…

¡En fin! Vuelvo a irme por las ramas. El caso es que me gusta analizar el porqué de los acontecimientos, y después de la noche de ayer ya dije: esto es para pararse a pensar un rato. A la vista está que todo ser humano canaliza hacia los demás distintos tipos de conexiones interpersonales. Para poner un ejemplo fácil y rápido: ¿cuántos de vosotros sentís empatía, complicidad, entendimiento mutuo hacia los kinkis? (Cada cual que mire el sinónimo que se corresponda haciendo click sobre dicha palabra, pero ya aviso que se trata de la Frikipedia). Yo creo que poquitos, ¿no? Pues este es uno de los mayores puntos de imposibilidad-de-establecer-un-vínculo-relacional. Lo que viene a ser un tú-y-yo-ni-de-coña.

Sin embargo, a lo largo de la vida nos vamos encontrando con otros grupos sociales junto con los cuales nos sentimos a gusto, nos dan confianza, nos agradan al poco de conocerlos, nos interesan más por unas razones u otras y, en general, por lo visto compartimos bastante en común (ya no hablo de los catalanes y yo, este ámbito tengo aún que seguir explorándolo con el tiempo y el azar, tirando a la causa-efecto).

Y no solo tenemos que limitarnos a canis, heavies, pijos, hippies, frikis, “normales” (no creo que haya nadie normal pero bueno, por catalogar a los que no se les nota tanto la tendencia correspondiente), emos, góticos, fachas, comunistas y todo tipo de mezclas entre ellos (ya sabéis: pi-hippies, friki-heavies y demás parafernalia), sino que, al menos para mí, la cuestión de la procedencia también influye considerablemente.

Sobre todo viviendo en un lugar tan extremadamente multicultural como Londres es cuando te das cuenta de esto: con quién vas enlazando, ya sea casualmente o más bien a través de una serie de causalidades; las características más potenciales de cada círculo, los atributos que asimilas en tu propia mente casi más subconsciente que conscientemente y que te hacen sentir mayor simpatía hacia unos desde los inicios comunicativos que hacia otros, etc.

Tengo la sensación de que lo iré comprobando con más claridad a lo largo de los próximos meses. Así es la vida, ¡una aventura detrás de otra! Solo hay que saber verlas.

¡Feliz domingo!

Semana primaveral en Londres

Una semana en Londres impresionante en cuanto al clima. A excepción de hoy, que ya me habían dicho que para el fin de semana iba a hacer malo, ¡pero vaya cinco últimos días, señores! Ni una nube, el sol en la cara… Incluso uno de los días salí por la tarde sin abrigo, ¡alucinante! Al volver más tarde por la noche fue otro cantar pero bueno, se agradece que la primavera se vaya haciendo notar.

He encontrado un recorrido fantástico que me gustaría hacer a diario. Se trata de una agradabilísima caminata de unos 40 minutos desde el barrio de Lewisham hasta el de Greenwich, aunque yo lo que haría sería llegar hasta un mirador antes de acceder a este barrio y ahí me volvería, cumpliendo con una horita de semi-ejercicio (lo siento, mi odio hacia los gimnasios no es compatible con volver a intentar probar ninguno, al menos por ahora). En el siguiente mapa podéis verlo.

En esa primera avenida larga que he de atravesar hasta llegar a Blackheath es donde me quedé prendada de un par de árboles, literalmente: dos únicos árboles repletísimos de color, vida y esencia primaveral. Todos los demás ofrecían un panorama bastante más pelado, pero se olía en el ambiente que algo está comenzando a germinarse…

Nunca he sido tan consciente de la llegada de una estación. En España, lo adviertes en toda su plenitud puesto que normalmente el calor va y te golpea con ganas casi sin avisar. Sin embargo, por estos lares se experimenta prácticamente como un anhelo, un caramelo que te van dando a cachitos. Mucho significa ya para mí misma haber sentido desde lo más profundo la necesidad de quedarme parada ante un árbol para observar detenidamente su copa, su riqueza floral y lo que suponía su presencia, su existencia como tal, en la evolución temporal-climatológica. El despertar de la temporada. Sencillamente precioso.

Pues aún más impresionantes resultan los enormes parques que cruzo entre la salida de Blackheath y Greenwich (podéis ver en el mapa la extensión de la que gozan). De ellos aún no tengo fotos, pero espero hacerlas pronto. Me da la sensación de que me abstraigo tantísimo en mis pensamientos mientras los atravieso que ni quiero romper ese halo de reflexión para tratar de plasmar la escena, aparte de que veo imposible abarcar e inmortalizar fielmente en una fotografía lo que supone para mí ese momento. Tampoco me cabe gran cosa en el puñetero visor ante la inmensa planicie del césped y la enormidad del cielo, por lo que me temo que acabaré cometiendo un sacrilegio contra el propio paisaje pero bueno, se intentará.

A continuación y para despedirme, os voy a enseñar lo que se convirtió hace unas semanas en mi nuevo “papel tapiz” (así llama el HTC a la imagen de fondo de pantalla, qué exquisito él), tomada en un fin de semana de frenético turismo por el centro.

Simple, pero me encanta.

¡Que paséis un buen fin de semana!

London rules

Como es natural, ya hay unas cuantas cositas que me han llamado la atención de este país. Algunas conocidas, otras olvidadas y tantas muchas por descubrir. Para empezar, y dentro de lo que me permite la bazofia de conexión a Internet de esta residencia, bueno, del piso concretamente en el que vivo del edificio (a mí me tenía que tocar, ¡en los demás va en condiciones!), os enseño cómo Londres me da los buenos días al descorrer las cortinas por las mañanas.

Lo sé, no tiene una gran resolución pero por ahora me las apaño con el móvil. La imagen me dio buen rollo, esperanza, alegría, más ganas de levantarme todavía. Me abrió los ojos, me re-situó en mi nuevo hogar. Indudablemente, no se trata de ningún paisajazo, de una vista espectacular… Pero es Londres. Otra ciudad, otra gente, otra mentalidad, otro estilo de vida, otro mundo. Para rematar lo que quiero decir: soy yo en Londres. He aquí la cuestión.

Por ejemplo, comenzando a profundizar, parémonos a observar esa afición al café portátil. Sí, claro que existe también en España, pero nunca me había cruzado con tantísimos seres humanos portando uno de ellos. Si algo aprendí al primero que adquirí esta semana es que el cartón que le ponen para cogerlo resulta de suma importancia para no perder los dedos de ardor.

Os plasmo a continuación el segundo y último café (al menos de tamaño large, que ya fui bestia yo eligiendo) que tomaré en este país. ¿Por qué? Pues porque, a pesar de que me motivara a escribir mi primer post desde Londres, es decir, el anterior (para dar vueltas en la cama prefiero aprovechar el tiempo), las cuatro horas de sueño me pasaron factura a la tarde del día siguiente. Aparte, mejor un buen tazón de cereales antes de salir de casa y evitar estar gastando dinero cada mañana. Relego a los demás el placer del glamuroso y magnánimo potingue cafeínico.

Grande con todas sus ganas, ¿eh? Me mantuvo durante horas sin que me entrara hambre. Pero bueno, prosigamos con algún que otro detalle cotidiano de estos británicos.

De la siguiente foto, lo que me veo obligada a comentar se centra, sin duda, en la diferencia crucial entre el mensaje de esta puerta de cuarto de baño londinense con respecto a cualquier otra puerta española en la que normalmente se expondría algo parecido a “no arrojar compresas ni tampones al WC”.

Está claro que los ingleses, lo que es tirar este tipo de útiles por el váter no lo hacen, porque de hacerlo colocarían carteles similares en las puertas, digo yo. Y ya que no se cargan los inodoros, algo habrá que poner, ¿no? Exquisitez máxima a la orden del día. Me parece correcto, la verdad. Curioso, cuanto menos.

Finalmente, llegamos a un derrotero de lo más expandido entre los no británicos. ¡Esa circulación en direcciones distintas al resto de Europa que nos trae locos! Pues nada, un letrero grande y claro a nuestros pies antes de cruzar.

Me ha gustado cómo ha quedado la foto, con cierta llovizna en el ambiente. De momento, he tenido la dicha de que no me haya caído ninguna tromba encima, ni tampoco estando a cubierto la he visto, de hecho. Y ese famoso frío semi-polar atribuido a estos lares se me antoja más bien un gran mito. Obviamente no hace calor, pero aquí no te van a traspasar más olas siberianas y sucedáneos de los que te puedan sorprender en Madrid. Incluso en caso de llevar prisas hasta te quitas capas de vez en cuando.

Volviendo al mensaje de la fotografía, a mí se me viene una pregunta a la cabeza: ¿cuántos atropellos se habrán producido para que hayan tenido que plasmar eso en nuestras narices?

Como podéis ver, todo ocurre por alguna razón, así como que todo letrero tiene su motivo.

Y con esto y una barrita de cereales, a la cama. A descansar y a ver lo que va surgiendo para los próximos días. London’s calling

¡Que paséis un feliz fin de semana!

London life

Visto lo visto, es decir, 17 días consecutivos sin publicar nada, he llegado a la conclusión de que no sería mala idea pasarme un poco al plano visual (sí, señores, ¡fotitos!) para ir plasmando mis experiencias en mi nueva aventura, distinta de cualquier otra vivida anteriormente. Nada como unas prácticas laborales en una ciudad como Londres para despertarte los sentidos un poco más en este nuestro gran mundo y en este mi pequeño universo interior. Con sus ventajas y sus inconvenientes, por supuesto. Comencemos, pues.

Así es como me recibió la capital británica un 12 de febrero de 2012, cargando con una maleta de 21 kilos (maldito kilo de más) y otra de 9.8 aproximadamente. Un bellísimo manto blanco que cubría los campos, dándole a mi llegada un toque mágico y encantador.

A excepción de en los 3 trasbordos que hice, claro, durante los cuales la realidad me devolvió brutalmente a la pesadez de mis 30 kilos a cuestas.

Mis fieles seguidores sabrán, y los que no os enteraréis ahora mismo, que los medios de transporte siempre me parecen unos espacios de lo más interesantes en el plano sociológico. Cada día te pueden sorprender o llamar la atención con algo. Como el siguiente anuncio que exponía una de las paredes del tren que cojo actualmente a diario:

Exacto. Beauty is with thin. Llamadme malpensada pero… Oiga, ¿no está incitando a los pasajeros en cierto modo a la anorexia? Pensadlo, pensadlo. A mí se me vino a la cabeza en cero coma, lo relacioné a la velocidad de la luz, demasiado rápido quizá. Probablemente influya la fusión de mi propia condición femenina y psicología personal a la hora de percatarme de este tipo de mensajes, digamos, no ocultos, porque no afirmo que vaya realmente intrínseco en la intención publicitaria pero vamos, tal y como están los cerebros de las niñas de hoy en día… En fin, continuemos, no obstante, con el susodicho tren, ahora mostrando una visión algo más genérica de su composición.

No tiene nada de particular, la verdad. Pero que a mí al volver hoy para casa un completo desconocido me haya dejado pasar con un caballeroso gesto de la mano y un “ladies” pronunciado con una sonrisa pletórica, además de haberme deseado poco después (habiendo salido y todo del tren y adelantándome tras varios minutos yendo yo totalmente ya a mi bola) un “have a good evening” girándose hacia mí y sin venir a cuento, pues qué queréis que os diga, me da la confianza en el género humano que me falta desde hace años.

Sin embargo, este tipo de situaciones no dejan de formar parte de la cara bonita de los medios de transporte porque, si alguien quiere estresarse, le recomiendo elegir como primera opción el meterse en el metro de Londres con prisas. Una cantidad de gente por todos lados de todas las razas, una mezcolanza cultural… que no sé ni cómo no se estampa contra sí misma más a menudo del torrente incombustible que provoca, cubriendo cada vía, cada pasillo, cada recodo, cada centímetro de cada uno de los vagones.

London Bridge es mi querida parada, en la que me cambio al tren del que ya os he hablado y que me lleva a mi lugar de trabajo. A ver si un día de estos salgo de ella hacia el exterior a contemplar realmente el London Bridge en vez de continuar sumida bajo tierra.

Esta mañana había tantísima gente que cortaron uno de los accesos, obligándonos a dar una buena vuelta a los que queríamos acceder a los trenes y descolocándome por completo al pensar por un momento que no estaban disponibles. La semana que viene pruebo los autobuses y hago balance sobre en qué resulta menos agobiante viajar. Total, creo que me tardarán más o menos lo mismo entre un trasbordo y otro, puesto que parece imposible encontrar un recorrido directo, así que lo comprobaré más pronto que tarde, y más con la tromba humana de esta mañana. Aish, esos autobuses rojitos y altísimos… ¡Ya caerán más fotos! De todas formas, ya me he montado en uno y sí, son muy cucos, pero como no te agarres con las dos manos acabas rodando por las escaleras.

Y nada más por hoy. Hala, por fin he empezado a escribir desde aquí, así que esto no tiene vuelta atrás, ¡he arrancado! Tras una semana y media de locura absoluta entre asimilar la situación, superar el pánico inicial y aclararme en el tema de la vivienda (que no estaba del todo estipulado, lo cual no te suele permitir mucha tranquilidad), he logrado la estabilidad necesaria para sentarme a escribir. Eso solo puede significar que… ¡comienzo a adaptarme!

Bueno, y por otra parte, os enseñaré próximamente el Large Capuccino que me ha desvelado por completo de mi sueño esta noche (son las 2:15 y me levanto a las 7, y sigo con unos ojos de búho que pa qué). Agradecedle también a él este post.

¡Buenas noches desde London City!

Categorías:London's calling, Pizcas

Balance personal del año 2011

Sé que este post debería haberse escrito el 31 de diciembre de dicho año pero bueno, nunca es tarde para reflexionar un poco sobre el año pasado. Si me permitís, lo voy a adornar con varios de los mensajes que personas anónimas escribieron para que fueran expuestos en aquellas bolas gigantes que colocaron en septiembre en la Plaza de Callao de Madrid y que iban ofreciendo sus deseos y/o propósitos uno detrás de otro, apareciendo y desapareciendo paulatinamente, y durante las 24 horas del día.

¿Qué puedo decir? Un año intenso. Tela. Un año para ponerme a prueba más que nunca. Un año en el que he visitado Roma, Amsterdam y Bélgica (hacedme el favor de ir a Brujas, ciudad de ensueño como pocas, con pareja si es posible), he terminado la doble licenciatura de Periodismo y Comunicación Audiovisual, he pasado mi primer verano en Madrid, me he operado de la vista y he vivido de primera mano una revolución política y social de reconocimiento universal. Un año en el que hasta las lágrimas derramadas y las decepciones sufridas han valido su peso en oro para curtirme y hacerme tal y como soy.

Difíciles últimos meses de carrera. Poco tiempo libre, tensiones varias compañeriles, incertidumbre total hacia el futuro. Y, tal y como empezó mi aventura académica en la capital, terminó, igual de rápido. He de reconocer que, aunque cara de cojones, la Universidad Europea de Madrid me parece buena. Más que buena, al menos en las ramas de la comunicación. Muchísimas prácticas, profesores cercanos y bien entendidos en sus materias, disponibilidad libre de instrumentos de todo tipo (eso sí, no te retrases un día en devolver una cámara, que te sancionan un mes), acceso permanente a las diferentes salas con sus programas o útiles determinados…

Probablemente, un error ha sido no aprovechar mejor todas estas posibilidades, no haber sido más autodidacta. En fin, no vamos a lamentarnos por lo irremediable. Y tampoco nos engañemos: una preparación excepcional pero en cuanto al curro garantizado me han dado por saco.

Un verano espectacular en Madrid. Alucinante, precioso, emotivo. Entre semana, sus madrugones para ir a las prácticas y las siestas no me las quitaba nadie, junto con las reuniones semanales con mi consejo de ministras particular. Los fines de semana, la vida se transformaba. Jerez, el festival de Benicasim, Tarragona, Chipiona, Benidorm, Sevilla. Madrid y todo lo que ofrece, por supuesto. Sin olvidar, ya que hablamos de turismo, la visita primaveral al País Vasco y a Logroño en Semana Santa.

Septiembre: fin del contrato de las prácticas. ¿Y ahora qué? Frente a la espera eterna para que alguien notara mi existencia como profesional, tenía que hacer algo, sobre todo al estar pagando un alquiler en Madrid. El resultado fue apuntarme a una academia de inglés para intentar sacarme el Advanced. Y digo intentarlo porque, aunque mi nivel era para aprobarlo, el examen no me salió bien. Así que nada, a seguir mejorando el idioma de todas formas. Ya nos veremos las caras el resultado y yo dentro de unas semanas.

Lo que no me esperaba era que el ambiente en una academia de inglés pudiera tener tantísima vida. Qué gente tan fantástica me he encontrado en ella, madre mía, y qué buen rollo y qué ilusión de relacionarse con seres a los que te apetece verlos, que te alegran el día con simplemente su presencia, que cuentan contigo desde el primer día y sin conocerte de nada. Gente que brilla, que destaca, que te iluminan y te hacen confiar más en el género humano.

Sin embargo, una vez realizado el examen… Vuelta a casa. Cuatro meses enviando el currículum y varias ocasiones en las que parecía haber esperanza cuando al final resultaba que no. Pues nada, vuelta al nido familiar a investigar otras opciones, a ser posible en el extranjero. En este tema no hay nada concreto todavía, ya se irá viendo.

Un mes de diciembre apacible. Celebrando como correspondía el haber hecho el examen del Advanced por fin, haciendo las maletas, sufriendo las despedidas y experimentando el sabor dulce de unas vacaciones más largas, después de un año y medio sin tenerlas. A gustísimo entre mi familia, a los que más quiero en este mundo; recuperando un poco el hábito lector, perdido entre phrasal verbs y sus puñeteros sucedáneos; haciendo, aleluya, ejercicio, tras unos seis años de sedentarismo. Restableciendo contacto también con las amistades de mis orígenes, por supuesto.

Así pues, dejándome muchas cosas en el tintero, me despido del año 2011 con una gran sonrisa, la verdad. Gracias, 2011, por todo lo que me has enseñado, tanto lo bueno como lo malo. Gracias por decirme adiós con el inmenso regalo de contar con una nueva personita en mi vida desde hace muy poco pero que parece prometer mucho, y gracias por todas con las que me he relacionado. Pero, sobre todo, gracias por haberme dado la oportunidad de creer en la fuerza de la amistad a través de los dos especímenes más maravillosos que se han podido cruzar en mi camino. Y catalanes, con un par.

Le deseo un feliz 2012 a todas esas personas que quiero, aprecio y que me han aportado algo, y a todos aquellos que se lo merecen. Este es nuestro año, ni crisis ni hostias.

¡Un abrazo!

Los hombres son muy complicados (II)

Tras Los hombres son muy complicados (I), aquí viene la segunda parte que, como ya aclaré en el post anterior, se halla ligeramente más dirigida hacia la parte erótico-festiva de las relaciones (eufemismo para “complicaciones”) con los hombres de hoy en día. Repito que desde el respeto y tanto experiencias propias como ajenas y, sobre todo, con plena conciencia de que las mujeres somos perfectamente equiparables en cuanto a las movidas interpersonales. No obstante, estos posts se han creado para hablar de ellos y no de ellas. Allá vamos:

  • Adulaciones continuas, piropos, halagos, fantasías sexuales y sucedáneos que te dedican continuamente vía red social para luego comportarse como si nada en persona, dejándote sin saber si pensar en que son unos auténticos fantasmas, viven de pajas mentales (o reales) o qué.
  • “Uau, sí que has mejorado con el tiempo”. ¡Ah! ¿Ahora sí te intereso y antes ni me mirabas a la cara? Así no se empieza. Así, no.
  • Sujetos que se sienten acosados y se asustan en cuanto les dices un par de cosas (en ocasiones, exclusivamente por Internet). Bienvenidos al siglo XXI y a la liberación de la mujer, cromañones. Para las pocas que deciden tomar la iniciativa, no os acojonéis, por favor.
  • De esto que se te acerca un ser (dejemos de lado sus características físicas) nada más cruzar tú los pies por la puerta de una discoteca y ya coloca su mano en tu cintura, a lo que le pides de lo más educadamente que la retire. Su respuesta: “qué hijas de puta que sois todas”. Delicadeza a la orden del día.
  • “Tengo novio… Oye, que tengo novio… Perdona, ¿te he dicho que tengo novio, pesado de mierda?”. Y luego nosotras somos las desagradables y las bordes. Un poco de respeto al resto de vuestros congéneres.
  • Esos esfuerzos sobrehumanos por camelar a la víctima elegida con el único objetivo de echar un polvo… A ver: menos trámites. La que quiera, lo sabrá desde el principio; la que no, también.
  • Innombrables, por no soltar una burrada, que son conscientes de que portan algún que otro bicho (pasajero, no nos metamos en el VIH, que son palabras mayores) y que te prometen y perjuran que no tienen nada, ya llevando cierto tiempo de relación con ellos. Menuda la cara que se te queda cuando te lo pasan.
  • A las mujeres NO nos gustan los miembros viriles enormes. Habrá a las que sí pero, en términos generales, no es santo de nuestra devoción. La explicación es sencilla: duele. Y, en ocasiones, no cabe. Quitaros esta idea de la cabeza.
  • Erecciones que se reducen al tamaño de un cacahuete en cuanto ven, o siquiera escuchan la palabra, condón. Señores, ya va siendo hora de tomarlo como un componente fundamental del acto sexual.
  • Para terminar, un poco de cultura general: un vibrador es un instrumento dedicado al libre y voluntario placer íntimo de las mujeres para explorarse a sí mismas y contribuir a la independencia sexual. No los adquirimos por “no sentirnos lo suficientemente satisfechas con los hombres”. Los que penséis esto, madurad o morid.

Los hombres son muy complicados (I)

¡Muy buenas! Hoy, 23 de diciembre de 2011, he venido a desmitificar la famosa frase, aceptada ya en la sociedad prácticamente como un dicho, que dice: “las mujeres son muy complicadas.” ¡Y no lo voy a negar! Matizaría más de un aspecto de tal afirmación pero no he venido a defender al género femenino, del que sé perfectamente que también tenemos lo nuestro, sino a poner de manifiesto que tratar con los hombres tampoco es moco de pavo.

Desde el más profundo respeto hacia la población masculina y la experiencia que me ha ido dando tanto mi vida como vidas ajenas, vidas de amigas y de desconocidas, vidas de mujeres en general, aquí os cedo una pequeña parte del pensamiento que creo que habrá rondado por muchos de nuestros “complicados” cerebros en cuanto al comportamiento de estos “simples” seres (véase la ironía).

He de confesar que me ha salido un post tan largo que me he visto obligada a dividirlo en dos, que sé que ver demasiada letra cansa. Por ello, a continuación tenéis Los hombres son muy complicados (I) y en el siguiente post está Los hombres son muy complicados (II), algo más enfocado a la parte erótico-festiva del asunto. Comencemos, pues, con los casos:

  • Esa decisión de ignorarte brutalmente por un periodo superior a tres días esperando a que vayas tú a por ellos cuando ya lo has hecho repetidas veces anteriormente, para luego pretender, ante tu pasividad mezclada con la indignación, volver a por ti y que les hagas caso. Eso sí, antes de ignorarte, te dejan de recuerdo su cepillo de dientes en el baño. Y una toalla.
  • Esos saludos que te llegan virtualmente cada dos o tres meses cuando ya está toda relación más que perdida para recordarte la existencia del elemento que los escribe y con la intención de… aún no se sabe.
  • Enamoramientos instantáneos. Nada más verte. Declaraciones de amor sin palabras (o, peor, con ellas). Joder, así no se empieza, sobre todo si no estás completamente seguro de que es recíproco. Los flechazos existen pero lo suyo es que tengan lugar en pareja, no sólo en tu cabeza. Otra variante son los que viven permanentemente en un cuento de hadas. Algunos siguen vírgenes.
  • Intentos de dejar la relación como una amistad. Mmm… Sobre todo si no empezasteis como tal, complicado. Y no, no apetece contar las intimidades (ni saber las vuestras), para eso ya tenemos a nuestros propios amigos.
  • Hombres que cortan contigo porque se sienten agobiados, necesitan su propio espacio y quieren acabar de una vez con tus “niñerías”. Y a los que te encuentras poco después de la mano de una menor de edad. Y no necesariamente de 17.
  • “No es por ti, es por mí, no te merezco, tú necesitas a alguien mejor”. Más visto que el tebeo. Dejad de mentir. Decidnos que no nos queréis y punto.
  • Imposición desarrollada por sus propias mentes de que mejor acabar con la relación, derivando en arrepentimiento y en el consecuente anhelo de volver al estado anterior (esto puede suceder tanto en unas semanas como varios meses después). En cualquier caso, demasiado tarde. “No se sabe lo que se tiene hasta que se pierde”. Más certera la cita, imposible.
  • Individuos que te prometen cielo y tierra, mares y océanos, atardeceres y puestas de sol, pétalos y flautas. Y que desaparecen a la tercera cita. Esto es un mierda en toda regla.
  • Celos “no por ti, sino hacia los demás”. A esto se le puede añadir comentarios del tipo “qué corta esa falda, ¿no?”. Qué más puedo decir de este tema sin insultar…
  • Personajes que invierten en las primeras citas unas cantidades ingentes de dinero creando atmósferas maravillosas de príncipes azules y princesas. Para huir en cuanto menos te lo esperas. ¿Inseguridad, derroche, aburrimiento, hijoputez…?

Prosigan con Los hombres son muy complicados (II) aquí.

La paciencia

La gran desaparecida del siglo XXI. El concepto más expuesto a la exterminación de su más que significativo sentido. El segmento lingüístico susceptible de declararse en estos modernísimos tiempos como “en peligro de extinción”. Básicamente, el término más castigado por la “mentalidad contemporánea”.

Está más visto que el tebeo, pero lo repetiré: mucho avance de las tecnologías, pero menos humanización; amplias redes sociales existentes y emergentes, pero menos comunicación; mucha más facilidad para compartir y difundir opiniones y experiencias, pero menos comprensión y ganas de escuchar; muchos medios para trasladarnos, pero más prisas y estrés; mayores comodidades para con la calidad de vida, pero más insatisfacción e infelicidad.

Y, concretamente, el tema en el que venía yo a centrarme se basa en la palabra que encabeza este post, que le da título y forma, que evoca una enorme nube de pájaros invisibles violentada por esta, nuestra, avanzadísima civilización. Sí, señores, la paciencia. Que levante la mano quien cuente con tan solo una pizca de ella, en relación con los acontecimientos vitales y la volatilidad de los sentimientos. Que se pronuncie quien no viva actualmente a la espera de algo.

Una llamada, un examen, una cita, una respuesta, una felicitación, una pareja, un trabajo, las navidades, un resultado académico, el verano, un juicio, un email, un viaje. Fechas, fechas, fechas, fechas, fechas. Fechas definidas, fechas inconclusas, fechas en las que se basa nuestro día a día. Siempre perdiendo el presente, dejando escapar entre los dedos las pequeñas volutas de alegría que nos acompañan permanentemente y que nos obcecamos en ignorar.

Y ya no solo se trata de las novedades físicas, interpersonales o mentales, sino de la propia capacidad objetiva de apreciar cada día con su contenido porque sí. Con ese desayuno de siempre, esos deberes de siempre, ese aprendizaje, esa serie, esa sonrisa, ese recuerdo, ese desorden, ese mensaje, esa llamada telefónica, esos amigos, esa música de siempre.

Una mudanza, una televisión nueva, una ruptura, un coche, un hijo, una factura, el fin de semana, un nuevo capítulo, un reencuentro, un puñetero saludo por el whatsapp. Horas, días, semanas, meses ansiosos, determinados por aquello que nubla nuestra mente a cada momento, para luego ser sustituido por otro capricho, antojo, objetivo, resultado… Llamadlo como queráis.

Querida paciencia, perdónanos por haberte dejado atrás en este mundo necesitado de la máxima velocidad para sentirse vivo, chocándose continuamente con mil y una decepciones ocultas (aunque tristemente predecibles) en este letargo traicionero, insensato e inmaduro, orgulloso de su actividad frenética y pecador de las pequeñas dichas abandonadas por el camino.

En resumidas cuentas…

¡¡¡Que dejéis de esperar, coño, que se os va la vida!!!

A %d blogueros les gusta esto: