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Archive for the ‘Telecosquillas’ Category

El “mediavirus” o virus mediático

Por un momento, me he creído muy original al pensar en qué título ponerle a esta entrada, comenzando por “el virus mediático” y ocurriéndoseme luego “Media Virus” para muy pronto descubrir por Internet que un señor ha publicado un libro con este mismo título. ¡Cogido! No obstante, me sigue pareciendo adecuado para el tema que quiero comentar, así que lo utilizaré, aunque la versión en una sola palabra.

Imagen de Arek Socha en Pixabay

Desde que no leo noticias, vivo mejor. Exponencialmente mejor. Para ser más precisa, me refiero a las noticias de medios nacionales españoles genéricos. Las pocas veces que caigo en la tentación de pasearme por una página de titulares, recuerdo por qué desactivé las alertas diarias por correo electrónico: no me merece la pena estar tan informada. No en el formato en que estos medios están construidos, a base de argucias políticas, catástrofes naturales y de otras clases, muertes accidentales y provocadas, trapos sucios y todo tipo de textos que provocan fundamentalmente desesperación, rabia, hastío, miedo y desconfianza hacia el ser humano. Y yo no quiero perder la confianza que tengo en él.

Afortunadamente, existen plataformas que te permiten informarte de manera más temática y elegida, si bien aún dentro de sus tendencias, de lo que ese medio decida investigar y mostrar, como es lógico. Por ejemplo, esta mañana me ha llegado la notificación semanal del canal de Youtube TED en español, organización con charlas de tropecientos temas. Y solo con dos conferencias, una sobre el poder rehabilitador y la importancia de la educación y otra sobre el torrente de acción que puede provocar la insatisfacción hacia una situación dramática o injusticia determinada, me he sentido más esperanzada, motivada y empoderada que con toda la página de inicio de varios diarios nacionales reconocidos. Más positiva, emocionada, ilusionada hacia nuestras increíbles capacidades e iniciativas, tan poco presentes en el consumo mediático más superficial.

¿Hasta qué punto es la responsabilidad de cada uno el buscarse sus fuentes de información y nutrirse de ellas, confiar y sustentar ideas propias en ellas, así como cuestionarlas y desafiarlas, contrartarlas con otras y verificarlas, sobre todo antes de compartir? Creo que nuestra responsabilidad es total, pero colinda con la responsabilidad de los medios de comunicación hacia favorecer la sociedad del bienestar en lugar de perjudicarla. Esa delgada línea entre la “información de calidad” y la que no, por supuesto, es dificilísima de marcar y cargada de subjetividad, aunque solo sea por la influencia cultural. Bendita sea la libertad de expresión y la variedad de temas a investigar y a exponer pero, sinceramente, en qué mala hora se desvirtuó el enfoque principal de muchos medios de todo tipo, escritos, radiofónicos y televisivos. Porque es fácil quedarse en lo “noticiable”, pasar una mirada rápida por ello y conformarse, alterarse, ofuscarse, defenderlo en cuerpo y alma, vivirlo como propio y lo más real que pueda existir, e incluso comprometerse y transformarse. Olvidarse de uno mismo y rechazar cualquier otra perspectiva y posibilidad.

Imanen de geralt en Pixabay

No pretendo salirme de ese pozo de absorción mediática, sin duda formo parte de él. Solo que procuro sacar la cabeza cada vez más y este pequeño paso, ese click sobre el botón “dar de baja” (ya hace años) que me daba tanta inseguridad por tirarme a un vacío informativo, por salirme de una norma impuesta (o auto-impuesta), por “no enterarme de las cosas”… La superación de estos temores ha merecido la pena. Porque yo elijo dónde meterme, cuándo hacerlo, si me apetece o no. No niego que acceder a noticias y artículos facilita el debate entre las personas, pero no puedo con el regodeo, la repetición hasta la saciedad, la explotación de los mismos dramas, a veces con las mismas caras y a veces distintas, hasta consumir el alma y el buen espíritu del lector o espectador, que se olvida de dónde está y lo que hace para entrar en un ensimismamiento desganado y asqueado por “lo mal que está el mundo”.

Pues claro que está mal, está espantoso en muchos sentidos. Pero también es maravilloso en muchos otros, en miles de historias fascinantes de lucha, de superación, de aprendizaje, de triunfos, de progresos, de humanidad, de amor que se nos escapan entre tanta mierda. Pues claro que hay que denunciar las maldades, las atrocidades, las injusticias que se cometen. ¿Cómo, si no, se habría salido a la calle a defender derechos humanos como ha ocurrido tras el horrible asesinato (no tiene otro nombre) de George Floyd? Pues claro que conviene estar mínimamente informados, que es alucinante tener acceso a tantísimos datos al alcance de unos clicks, por no hablar del disfrute de lo que yo llamo “la esencia del periodismo”, que tantos extraordinarios artículos y reportajes nos brinda. Pues claro que necesitamos que se cubran sucesos para ser más conscientes, tomar medidas si es necesario, intentar entender unas y otras circunstancias.

Imagen de _Alicja_ en Pixabay

Pero no tanto. No así. No en dosis genéricas y tremendistas, no en ganchos hacia las entrañas, no en gotas de veneno hacia el equilibrio emocional y la apertura de miras de las personas. No en validaciones subjetivas de lo que es publicable o no. No en cantidades industriales. El drama vende, y creo que eso sale caro sociológicamente. La apelación cultural a los sentidos es indiscutiblemente exitosa, está demostrado en la difusión de las muertes en unos países y no de otros aunque se trate también de personas con la misma sangre por sus venas que nosotros. Las vidas no valen lo mismo.

Mi propio trabajo en turismo me ha hecho seguir mucho más de lo que me habría gustado la evolución de la epidemia mundial de coronavirus. Una compañera encontró en Internet un mapa que contabiliza los infectados, medicalizados y muertos en cada país de todo el mundo. Una herramienta tan impresionante como del demonio. Números sin caras, vidas sin nombre. Y la desesperación hacia el incremento diario. La angustia, la incertidumbre, el miedo. El olvido, también, de muchos otros problemas.

A pesar de ser consciente de que, en cierto modo, cada persona tiene la elección de salirse del juego mediático, aunque no siempre se dan cuenta de ello o lo ignoran intencionadamente (me incluyo), no puedo evitar sentir un halo de preocupación hacia las consecuencias psicológicas de este bombardeo continuo. Y, hoy por hoy, no tengo solución global. Supongo que porque es una cuestión personal, con el ataque extra y en la frente por parte de la expansión y dominación de las redes sociales, que tantas ansias nos dan por mantenernos conectados, exponernos, compartir, discutir y hasta denigrar allá donde la ética y la moral no se contemplan entre la protección de la pantalla y el olvido del respeto mutuo y de que hay una persona real al otro lado. Desde luego, no obvio sus fantásticas ventajas de las que me beneficio personalmente, pero una cosa no quita la otra. Las generaciones que no encienden la televisión ni una radio física o no abren un periódico no se hallan más a salvo del “mediavirus” entre tanto interés político, empresarial, publicitario y económico. Por no hablar de la invasión de datos, de nuestros datos, de nuestros hábitos de uso y consumo, de nuestra privacidad.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Vaya desastre: al final siento como si yo misma contribuyera a propiciar un sentimiento negativo y de pavor en quien me lea. Pero no es mi intención, sino más bien invitaros a liberaros del virus mediático. Recomiendo encarecidamente buscar de manera directa y activa la información que os interese. Contrastarla entre varias fuentes. No juzgar a otras personas a la primera de cambio, recordar que hay un ser humano con su propia realidad tras cada palabra. No dejarse perder entre publicaciones y dramas en bucle. Controlar los datos que se consumen e incluso influir en las conversaciones a vuestro alrededor si os resultan repetitivas y tóxicas. Y desconectar sin miedo al “no saber”. De lo que tengáis que enteraros, os enteraréis inevitablemente.

Ambiciones y reflexiones… de Belén Esteban

De esto que va una tan tranquila por la calle y advierte la presencia cercana del escaparate de una librería (imagen siempre grata de ver) cuando ¡ZAS! En todo el medio de la armónica composición de los tomos colocados en posiciones variadas, la mirada se topa con lo siguiente de cara bien al frente:

Ambiciones y reflexiones Belén Esteban

Escalofríos es poco. Me parece verdaderamente fantástica la opción de que cualquier ser humano pueda hoy en día lanzar sus pensamientos e historias a los cuatro vientos, sobre todo gracias a las nuevas tecnologías y soportes en red que tantas ventajas brindan a los que no tienen tantos medios para hacerse oír (y a los que sí también, porque si no se apuntan al carro, mal les va a ir) pero… ¿En serio? ¿Un libro escrito por esta mujer? No puedo imaginar mayor contradicción que las palabras “libro” y “Belén Esteban” en la misma frase.

De ser cierto que las palabras vienen de su propia pluma (cosa que dudo), debe de haber llevado más tiempo la corrección ortográfica, gramatical y semántica posterior por parte ajena que su redacción inicial. ¿No bastaba con escucharla por televisión a través de los programas a los que los propios interesados acudían voluntariamente mientras que los demás permanecíamos felices en nuestros limbos de ignorancia hacia su persona? Desde luego, hay que reconocer que es de materia incombustible. Evítala en la pantalla y te la toparás de bruces por la calle.

Analizando con perspectiva, en cierto modo esto no es grave. Como he comentado, cualquiera puede lanzar el contenido que desee al universo, sobre todo aprovechando el hallarnos en una sociedad defensora del libre pensamiento (jé) y de la libertad de expresión (JÁ). El problema, el auténtico problema aquí implícito, se basa sencillamente en que, a pesar del pavor que tal obra provocará a una cantidad importante de gente, mucha otra la adquirirá. Probablemente más personas de las que me imagino. Y de las cuales un elevado porcentaje no se atreverá a admitir que lo ha hecho, pero procederá a la compra (o pirateo) clandestinamente.

Mira que me importa poco lo que hagan los demás mientras que no me afecte a mí o a quien no lo merezca negativamente, pero el impacto me lo he comido con papas.

Cómo no va a haber una fuga de cerebros en España bajo estas condiciones.

Canciones pegadizas y martes que no son martes

Hoy me apetecía comentar la alegría que me provoca la siguiente canción del grupo Efecto Pasillo: No importa que llueva. Pegadiza como ella sola, de videoclip ameno y tierno, voz agradable y ritmo simpático.

La conocí a través de la serie Vive Cantando, cuya primera temporada finalizó hace poco. No suelo engancharme a series, la verdad. De hecho, veo mucho menos contenido audiovisual del que me gustaría, pero por alguna razón le vi encanto a esta trama y, una vez quedaron en mi mente grabados el día y la hora que le correspondían, ahí estaba yo cada martes llegando a casa por la noche para sentarme en el sofá y disfrutar de las movidas entre los personajes, sus particularidades, tan humanas al fin y al cabo; sus giros radicales, sus lágrimas, sus risas, sus canciones y sus coreografías.

El formato actual de la televisión, débilmente sustentado aún por las reuniones familiares y unos cuantos románticos/reticentes hacia las nuevas tecnologías, está claramente destinado a morir. Por eso no existe medio ni programa que se precie sin página web propia y perfiles en las redes sociales. ¿Qué me parece esto? Ni bueno ni malo, pura evolución. O te adaptas o te quedas fuera.

Sin embargo, me gusta contar aún con la posibilidad de llegar a casa un día a la semana portando esa ilusión, ese interés por encima de lo normal hacia una historia tan ficticia y tan real como cualquier otra pero que convierte mis martes (o mis lunes, mis miércoles, mis jueves…) en una jornada distinta gracias a ese producto emanador de “felicidad” que dota a ese día de identidad propia. Básicamente, es la diferencia entre decir “hoy es martes” y “hoy toca Vive Cantando“. Nada que ver. Y ahí está, a su vez, la base de su éxito.

Además, en este caso, opino que el mensaje que emite, aunque se hinchen de llorar en la mayoría de los capítulos, es especialmente bonito si te paras a pensarlo.

Vive cantando

La frontera de los 30

Esa edad tan significativa a la que, por muy modernos que nos creamos, se le sigue atribuyendo el título de “soltero de oro” o “solterona” según el sexo. La presión social hacia esos años en los que deberías “sentar la cabeza, casarte y tener hijos”. Esas miradas y esos prejuicios hacia los que no siguen las normas, los que perduran en su ansia de libertad y/o no han hallado su media naranja, los que necesitan más tiempo, los que miran más por sí mismos. Los que cada día son más soñadores y bohemios. Los que cada día son menos conformistas. Los que cada día vamos creciendo en número.

Paula Schargorodsky ha venido para defender este modo de vida, para explicarlo, para hacer entender al mundo que ya no es todo blanco o negro.

Para contarnos que la felicidad es una elección.

Traducción (de cosecha propia, se aceptan correcciones si me he columpiado en algo):

35 y soltera

Esta soy yo. En este momento, debería estar en la boda de mi última amiga soltera. Pero por algún motivo, me he quedado dormida. Obviamente, hay algo que no quiero afrontar. No soy una de esas chicas que siempre está soñando con vestidos blancos y bebés. Pero en los últimos años he visto a todos mis amigos casarse. Uno por uno. Se mudan con los novios, se casan y tienen niños. Pero yo… Yo solo estoy ahí como testigo. Al contrario que mis amigos, resulta que tengo una vida nómada. Como asistente de dirección, viajo de rodaje en rodaje. Por unas semanas, ese equipo cinematográfico se convierte en una familia. Pero cuando la película termina, lo mismo ocurre con la familia.

Ahora soy la única soltera que queda.

–          Se casa todo el mundo, abuela.

–          Se casa todo el mundo y vos no sé, estás ahí, papando moscas. Es muy feo quedarse sola.

En tus veinte, eres libre de hacer lo que quieras: tener novios, amantes, aventuras de una noche, trabajo, estudio… Exactamente como los hombres. Pero la libertad femenina tiene fecha de caducidad. Cuando cumples los treinta, cae una cortina conservadora. En cada reunión social, se te enfrenta a una pregunta: ¿cuándo sentarás cabeza?

Después de todo, se me educó de manera tradicional y seguí las normas a la carta hasta que llegó el momento de elegir novio. Estuve buscando una intensa y pasional historia de amor, y encontré muchas. Cada uno de ellos era el amor de mi vida. Amor a primera vista. Ninguno duró más de dos años. Nunca imaginé que todos ellos acabarían juntos en una caja de cintas. Mamá se divorció después de 33 años de matrimonio.

–          ¿Y vos qué pensabas, mami, que iba a pasar?

–          Me imagino que a lo mejor vas a ir madurando y vas a valorar estar en pareja y vas a hacer un esfuerzo porque hay que hacer un esfuerzo para poder convivir con otra persona. Hay que hacer un gran esfuerzo, no es fácil.

Papá se volvió a casar.

–          Parte del ser humano es procrear, tener hijos, tratar de armar algo. Después, bueno, lo que dura, dura. Ojalá que dure mucho tiempo. Pero si buscas la perfección, no vas a encontrarla nunca.

Por una vez, decidí buscar un buen chico. Y tuve a Fernando, el novio perfecto, sobre todo para mi familia. Finalmente me volví la buena chica que todo el mundo quería que fuera. Durante nuestra relación, asistimos a dieciocho bodas. Pero cuando llegó el momento de planear la nuestra, me di cuenta de que no estaba siendo sincera conmigo misma. No puedo ser esa novia perfecta.

35 y soltera

Un 25% de mí se quiere casar, un 27% quiere ser libre, un 26% anhela una vida espiritual, un 22% quiere hijos.

Todavía no sé cómo resolver esta ecuación. Pero al menos he aprendido unas pocas cosas sobre mí. No quiero esas intensas e imposibles relaciones de mis veinte, ni quiero un marido perfecto con un montón de fans detrás, y claramente no planeo pasar el resto de mi vida sola.

Ahora me doy cuenta de que todo lo que estaba buscando estaba mucho más cerca de lo que pensaba. Sea con alguien o sola, en esos momentos en los que no te aceptas del todo a ti misma, el mundo cambia alrededor de ti. Al fin y al cabo, la felicidad es una elección, ¿no es así?

“Desconectar para conectar”, fantástico anuncio tailandés

Sobran las palabras.

Anuncio del Volkswagen Passat con el pequeño Darth Vader

Sencillamente, me parece graciosísimo el papel del niño. Un anuncio original y simpático.

 

Spot Citroën DS3 de las gemelas

No sé por qué, pero no me canso de este anuncio. ¿Será bueno, entendiéndolo como efectivo desde el punto de vista comercial? ¿O simplemente llamativo visualmente? Probablemente más esto último, pero basta con captar la atención del espectador a partir de un punto fuerte del vídeo para que el producto tenga asegurada su presencia en nuestro subconsciente y vea incrementadas, por tanto, sus posibilidades en el mercado.

Entonces, ¿qué tiene? Ritmo, música, velocidad, seducción, belleza, modernidad, transgresión. ¿De qué nos acordamos más, de las gemelas o del coche? Da igual, el spot ya ha conseguido lo que quería: atraer miradas, críticas y alabanzas, dando de hablar por toda la red.

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Reencuentro entre un león y sus antiguos dueños

Sí, me emociona un montón este vídeo. Cabe destacar la importancia fundamental de la música empleada, técnica comercial más que explotada en el mundo publicitario, cinéfilo y audiovisual en general.

Tocando la vena sensible. Que no se iba a acordar, ¿eh?

Vaya pelambreras, por cierto. Seguro que son unos personajes interesantes.

Campañas de Intereconomía TV

¡Buenas noches a todos!

Ante todo, me siento obligada a justificar mi ausencia durante este fin de semana debido a un viajecito a Amsterdam que no tardará en llegar a este blog, una vez tenga tiempo para respirar entre las prácticas y la universidad, y termine de contaros sobre Roma, que me quedé a la mitad.

Como a estas horas y habiendo descansado muy poco no me encuentro como para extenderme, os enseño tres anuncios que tenía reservados para cuando encartara mostrarlos. Tres campañas del conocido canal Intereconomía TV que me han parecido brutalmente deleznables, infumables, incomprensibles en sus huevos/inconsciencia para salir de cara al público de lo directos, terribles, prejuiciosos y exagerados que son.

El siguiente lo veo ya tan increíblemente ofensivo, asqueroso y manipulador que no concibo el que un anuncio así salga a la luz.

No digo más…

El mejor anuncio de la historia

Tras una intensa semana, en la que por fin ha llegado el día que toca quitar la alarma para madrugar, os doy las buenas noches… ¡con un regalito especial!

Por si alguien lo desconoce, aparte de que, obviamente, es BRUTAL, pues se trata del anuncio del Macintosh de Apple, basado en la novela 1984 de George Orwell, que se emitió una sola vez en el descanso de la final de la SuperBowl el 22 de enero de dicho año.

En el spot, una especie de líder pronuncia un discurso a modo de Gran Hermano a su público pasmadamente alineado que sería el siguiente:

Hoy, celebramos el primer glorioso aniversario de las Directivas de Purificación de Información. Hemos creado, por primera vez en la historia, un jardín de ideología pura donde cada obrero puede florecer a salvo de las plagas que proveen de pensamientos contradictorios. Nuestra Unificación del Pensamiento es un arma más poderosa que cualquier flota o armada sobre la tierra. Somos un pueblo con una voluntad, una resolución, una causa. Nuestros enemigos hablarán entre sí hasta su muerte y nosotros los sepultaremos en su propia confusión. ¡Nosotros prevaleceremos!

Pero una mujer irrumpe en la sala y lanza un martillo contra la pantalla, precediendo al enunciado:

El 24 de enero Apple Computer presentará Macintosh. Y usted verá por qué 1984 no será como 1984.

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