Archivo

Archive for the ‘Uncategorized’ Category

La agresividad, la culpa y la identidad

Nacidas para el placerNecesito hablaros de lo que me está provocando leer “Nacidas para el placer”, de Mireia Darder con la colaboración de Silvia Díez. Esperaba un libro muy volcado en lo que anuncia el subtítulo en la misma portada: “Instinto y sexualidad en la mujer”, pero me he encontrado con un fantástico análisis de la mujer del siglo XXI. Un recorrido alucinantemente iluminador por su origen y sus características, condicionantes e influencias hasta el punto de ayudarme a entenderme y conocerme mejor a mí misma. Hasta el punto de decir a veces: “¡coño! ¡Por eso me siento así cuando…!”.

Aún no me lo he terminado pero no quiero esperar a finalizarlo para hablar de los puntos que más me han marcado, entremezclados con mis propias sensaciones. Lo recomiendo a las mujeres en especial y a toda persona de cualquier identidad en general. Precisamente, una de sus claves para mí, muy sutil, consistía en los estereotipos de género: cuánta necesidad tenemos siempre de categorizar a la gente. Parece darnos gran inseguridad el no reconocer a alguien en alguno de los papeles de género tradicionales, nos crea desconfianza, nos descoloca, nos confunde. Recuerdo haber visto en algún formulario que podía poner si era “hombre”, “mujer” u “otro”. Supongo que es algo, aunque quizá lo ideal sería no tener que especificarlo para asegurarnos de no excluir a nadie que no se sienta únicamente mujer u hombre. Ahí lo dejo. Por no hablar del otro porrón de etiquetas sociales: padre/madre, soltero/a, etc.

Me agitan los párrafos dedicados a la agresividad femenina, la gran prohibida a pesar de todos los logros del feminismo. Un hombre cabreado transmite carácter, fuerza, poder, ímpetu. Una mujer cabreada se percibe débil, loca, exagerada, histérica. Histeria, esa enfermedad diagnosticada a un incontable número de mujeres hasta el siglo pasado a menudo simplemente por que se salieran de la tónica sumisa y pasivamente sexual. Lo sabemos, conocemos estos estereotipos de género y, aún así, todavía juzgamos a las mujeres mucho más duramente por cualquier comportamiento y, en especial, cuando se muestran, cuando nos mostramos, agresivas.

No sé cuántas veces he oído ya, tras cualquier debate sobre la violencia doméstica, que también hay hombres maltratados de los que no se dice nada. Dentro de mí, reconocía su validez, aunque no me valiera para contrarrestar el espantoso volumen de maltrato hacia la mujer. Lo reconocía como una cuestión relacionada pero independiente, merecedora de su propio capítulo aún por explorar. Me creía, y me creo, que hay mujeres que se comen al hombre porque, sin duda alguna, tenemos poder, fuerza y capacidad para eso y mucho más. Pero me faltaban argumentos para comprender la dimensión de este fenómeno. El libro de Mireia me ha permitido abarcarlo mejor: en una sociedad en la que está tan mal vista y castigada la exposición pública del enfado femenino, ¿cómo se canaliza? Aparte de entre amigas, cómo no, en el seno familiar. Rebosa por todo él por no poder expresarse de otra manera que no sea en la intimidad. Y eso cuando una no se lo guarda para sí misma, en cuyo caso a menudo explotará en cualquier momento y encima te tildarán de desequilibrada. Ojo: ningún maltrato está justificado. Pero siempre es interesante investigar sus orígenes, sobre todo con el objetivo de comprenderlos mejor y resolverlos.

Espectacular, espectacular alumbramiento. ¿Cómo no me he dado cuenta de ello antes? Pues claro que reventamos con quienes más queremos: no nos dejan hacerlo fuera. Generaciones y generaciones de mujeres marcan nuestro camino y genes, que son perfectamente modificables a través de los comportamientos, para sobrevivir sin hacer ruido, sin llamar la atención. Para encajar en una sociedad en la que no hemos creado nuestra propia identidad sino que nos hemos acoplado a la vida y derechos de los hombres. Hemos conseguido trabajar y ahora no solo debemos ser esposas y madres perfectas (porque claro, sin hijos, ¿qué mujer está completa?) sino también triunfar profesionalmente, cultivarnos y tener cuerpos irreales, generando un cansancio e insatisfacción continuos, estrés y depresión, marcas personales del momento presente junto con la necesidad de no parar nunca, de estar siempre haciendo “cosas productivas”. Hemos olvidado la importancia de pisar el freno, disfrutar y compartir, anulada por las ansias de competitividad y de ser mejor que los demás.

Defendemos la libertad sexual de la mujer y seguimos llamando, a ellos, ligones; a ellas, putas. Putas, guarras (y sus diminutivos, “putillas”, “guarrillas”), inconscientes, descarriadas, viciosas, enfermas, adictas. Esto abre paso a otra gran protagonista de nuestras vidas: la culpa. Esa culpa que ahoga a muchísimas compañeras a la hora de experimentar físicamente con otros y consigo misma, si es que consiguen lanzarse para mantenerlo en la clandestinidad. Esa culpa que convierte a víctimas en culpables y no les permite reintegrarse en la sociedad tras sufrir salvajadas sexuales. Absurdo. Injusto. Arcaico y, a la vez, muy actual. Consecuencia de la invasión territorial de civilizaciones patriarcales, de dominación masculina, que han destruido la conexión entre la mujer y su propia fuerza, temerosos de ella. ¡Basta ya de sentirnos culpables! No solo por nuestra sexualidad, sino por todo. Por “no cumplir” con los demás, sus expectativas, sus antojos, sus exigencias. Encontremos nuestro propio sitio, con nuestra agresividad y nuestra mayor capacidad emocional. Nada nos falta, nada nos sobra.

Si una mujer se dedica a sus hijos, le falta ambición. Si una mujer elige su desarrollo profesional, está incompleta, “se quedará sola y desamparada”, “ya le saldrá el instinto maternal”. O no, joder, ¡o no! Y es lo más respetable del mundo porque esa persona solo está tratando de ser quien verdaderamente es, lo cual no debería encarnar una lucha interna y externa. Por otra parte, no me olvido de que si a un hombre le diera por volcarse en sus hijos, también sería tachado, en este caso, de “poco hombre”, de “calzonazos”, de débil. El patriarcado es problema de todos y muchos no se dan cuenta de esto, se piensa que es una lucha que solo pertenece a las mujeres.

Cada persona necesita hallar su propia identidad, definida o no por los estereotipos de género, y comportarse en base a ella para no perderse a sí mismo. El camino de las personas transgénero es un brutal ejemplo. ¡Cuánto dolor debe provocar sentirse en el cuerpo equivocado! Nos criticarán, nos juzgarán, nos pegarán, nos matarán. Pero, poco a poco, iremos ganando terreno, cada persona y la identidad que le corresponda. Qué bonito será el día en que cada cual se mire al espejo sin miedo, sin entrar en comparaciones autodestructivas, con amor propio y seguridad en sí mismo. Aquí estoy yo. Sin ánimo de cambiarme. Sin temor a mostrarme tal y como soy. Y respetando a los demás exactamente de la misma manera.

El feminismo es necesario. Y la educación, mucho más

Cielo gris, lluvia intermitente. El clima se ha levantado del mismo humor que yo, al igual que anoche al salir de casa a tomar algo se mostraba sorprendentemente agradable, bajo el abrigo por supuesto, al compás de mi ilusión por reunirme finalmente con mis compañeros del turno de tarde, con horarios más complicados para coincidir.

Berlín es muy oscuro, o al menos la zona por la que me asomé al salir del metro sobre las 22:00. Tenía tiempo, así que me dediqué a explorar la calle para localizar la parada de autobús que me convenía para volver. Poca gente, sensación de alerta activada. Euforia interior al localizar la parada y seguidamente encontrar el bar propuesto, oscurísimo por dentro también. Nos quedamos fuera, había menos ruido y no se estaba mal.

Me lo pasé muy bien. Charlamos, bromeamos, nos reímos. Dibujé en mi mente las nuevas experiencias que me estaban transmitiendo, vivencias pasadas, opiniones, visiones del mundo, permitiéndome conocerles un poco mejor, saboreando esa feliz agitación de profundizar emocionalmente con potenciales amistades futuras.

Entonces, llegaron las 2 de la mañana, junto con la evidencia de que mi casa era la más lejana del área, y de que no había comprobado correctamente el horario de los autobuses. Esperé unos 20 minutos. Llegó un autobús de dos pisos y me puse en primera fila en la planta superior, rememorando mi época londinense. ¡Cuántas veces regresé a casa tras salir de fiesta! Una hora de vuelta en la capital británica; 45 minutos aquí la pasada noche. El camino procedió con normalidad, y con la cierta impaciencia que suele acompañar a las vueltas a casa, in crescendo conforme me hago mayor y me decanto definitivamente por la vida diurna más que por la nocturna.

De la parada del autobús a mi casa hay apenas cinco minutos a pie, incluso menos. Y, hasta que no abrí la puerta exterior del edificio, no me di cuenta de que me seguía un hombre. Mi impulso fue empujar la pesada puerta para cerrarla pero él puso su mano sobre ella y, por una milésima de segundo de duda en cuanto a si viviría allí, le dejé entrar. Su reacción inmediata fue hablarme, haciéndome caer inmediatamente en que no cerrarle la puerta en las narices había sido un error.

Le digo una primera vez que me deje en paz. Se aproxima y hace el gesto de abrir los brazos como para coger mis manos mientras sonríe, ignorando mi total y repetida negativa e incluso arrinconándome en una esquina del portal interior. Insistencia. Mucha. Demasiada. Frena cuando empiezo a hablar más fuerte, aunque no acaba de largarse. Me escurro sin dejar de decirle que no, que me deje en paz, que se largue. No sé si me entiende al hablarle en inglés y él a mí en alemán pero en ese tipo de circunstancias sobran las palabras, los gestos y la expresión facial lo dicen todo… a quien quiera escuchar. Allá por la quinta o sexta vez, por fin agarra el maldito picaporte y se marcha, aún a tiempo de que mi pareja se asomara por la puerta de casa y saliera a decirle que llamaría a la policía.

Todo fue muy rápido, casi no me dio tiempo a sentir miedo entre la sorpresa y la repulsión. El problema es lo que ha venido después: la conciencia plena sobre la realidad que expone ese hecho, la fuerza con la que la imagen se está paseando una y otra vez por mi mente, y el temor innato. Por mí, por mi género, por la lacra que llevamos tatuada en la cara, en el cuerpo, solo por haber nacido mujeres, o cualquier otra identidad que no coincida con un hombre blanco heterosexual en realidad. No se puede rebajar al argumento feminista, ni a ningún otro que defienda derechos humanos, clasificándolo de tontería, de innecesario, de exagerado, de “feminazi”, con la barbaridad de afrentas que suceden día tras día, desde el “simple y breve” acoso que sufrí en carne propia ayer hasta los crímenes más graves.

Sinceramente, hoy en día no me importa que un hombre abra una puerta y me deje pasar primero, no necesito que en los discursos se diga “ciudadanos y ciudadanas”, no creo que siempre que un chico mire a una chica, el acto suponga una situación machista. Comprendo la importancia de prestar atención a estas y muchas otras actitudes pero antes, mucho antes, hoy en día, lo único que quiero es respeto como persona y ser humano. Lo demás vendría consecuentemente de manera natural, o al menos más fácilmente, desde mi punto de vista, partiendo de una base tan lógica y fundamental como la del respeto y la tolerancia a los demás.

Y, para difundirlos, hace falta llevar a cabo una labor de re-educación intensa y exhaustiva, no solo desde las asociaciones feministas y de todo tipo centradas en los grupos desfavorecidos, como si fuera algo en lo que no debiéramos contribuir todos, ni solo desde la intimidad y el ambiente familiar de cada uno, sino desde los colegios, institutos, universidades, gobiernos, múltiples instituciones locales y globales. Sin esto, sin una intención y puesta en práctica conjunta y unificada por expandir el respeto y la tolerancia, los detalles cotidianos son muy difíciles de pulir. La historia nos enseña que los cambios llevan mucho, mucho tiempo. Cuanto más significativos, más tiempo y dolor conllevan. Y van paso a paso. Y empiezan por el principio.

Porque, que alguien me diga: ¿qué maldita necesidad tengo de sentir miedo? ¿De que me persigan? ¿De que me insistan? ¿De que alguien se crea con el derecho de abordarme en el portal de mi casa? ¿De creerse que me pueden arrinconar, que me pueden tocar? ¿De que mi novio me tenga que abrazar durante minutos mientras me tiemblan las piernas? ¿De levantarme pensando en apuntarme a clases de defensa personal y comprarme un spray anti-violadores? ¿De no querer volver a salir tarde nunca más? ¿De arrepentirme de ponerme medias en lugar de vaqueros? ¿De encontrarme en el resumen del periódico que los títulos más leídos de las últimas 24 horas han sido “En el Hormiguero no son los únicos: Scarlett, ¿llevabas bragas en el rodaje?” y “La policía apunta al robo como móvil del asesinato de un bebé y la violación de la madre y la hermana en Mexico”? ¿De enterarme un día de buena mañana que a un amigo un grupo homófobo le ha pegado una paliza? ¿De que maten a docenas de gais y lesbianas en una discoteca? ¿De que un fanático haya decidido arrollar a quien pillara con un camión? ¿De que un hombre sea asesinado por ser negro? ¿De que a una chica un imbécil le dé una patada sin venir a cuento mientras baja las escaleras del metro haciéndole caer de bruces? ¿De que en Rusia mueran cada año 14.000 mujeres (que se sepa) por agresiones machistas y encima conviertan estas en “faltas administrativas” en lugar de delitos porque “¿cómo se va a mandar a alguien a la cárcel por una torta?”?

La educación y el respeto es cosa de todos, y no funciona limitarnos a intentar transmitirlos lo mejor que podamos en nuestra propia casa. Pero tampoco sé qué cojones hace falta para que se tome como un asunto de prioridad universal.

Categorías:Uncategorized
A %d blogueros les gusta esto: