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Del White Label con Robert de Niro a #kon3ctados o atrapa2?

Llevo unos cuantos meses enamorándome de la siguiente campaña publicitaria cada vez que la veo en un inmenso cartel en medio de la nada al pasar en autobús. Desde luego, aprecio la gracia de George Clooney en sus anuncios de café pero, en esta fotografía, el rostro y la pose de Robert de Niro desprenden tantísima clase que le da mil millones de vueltas. Apréciese la connotación parcialmente subjetiva, claro.

No obstante, hay otro gran panel que ha cobrado protagonismo en mis recorridos en transporte público, en esta ocasión situado en el escaparate de una de las paradas de autobús, y es la imagen con la que El Chupete, Festival Internacional de Comunicación Infantil, presenta su séptima edición para este año, sacando a la luz el popular y reciente debate en torno a los adolescentes y su uso de las redes sociales. Me parece una estampa espectacular en su personalidad y expresividad.

El cartel ha sido realizado por Germán Silva y Belén Romero, de la agencia de publicidad Bárbara&Co.

La información en tres generaciones

Eran las 9 de la mañana. Manolo, de 67 años, se asomó al salón, miró a su alrededor advirtiendo la tranquilidad que se respiraba en el ambiente, ocupado exclusivamente por la presencia de su hijo, Pedro, de 42 años, quien se hallaba enfrascado en su ordenador de mesa, y accedió a la estancia.

Tomó asiento cómodamente en el sofá y abrió uno de los periódicos que portaban sus manos: El País, y depositó en la mesa situada enfrente de él La Razón, El Mundo y La Vanguardia. Desplegó las páginas del primer diario escogido y dedicó breves miradas a todas las noticias, deteniéndose para prestar mayor atención a las que más captaban su interés. Incluso hacía algún comentario en voz alta, en ocasiones alegre y desenfadado; otras, duro y crítico.

Llevó a cabo el mismo procedimiento con los demás periódicos, y al terminar le comentó a Pedro sobre la muerte de Bin Laden. Pero su hijo estaba tan abstraído que le tuvo que preguntar por segunda vez. Entonces, Pedro reaccionó y afirmó efusivamente que ya había echado una ojeada a las portadas virtuales de El País, El Mundo, la Razón, Público, el ABC y La Vanguardia, además de haber visto el vídeo en el que salía la estancia donde supuestamente había sido tiroteado, así como el vídeo en el que Obama, presidente de los Estados Unidos, proclamaba con orgullo que el mundo estaba más seguro y que estaba demostrado que para EEUU nada era imposible. “Aunque –afirmó Pedro-, casi que me atrevería a dudar de si no será todo una especie de montaje, porque cuesta un poco asimilar algo así de buena mañana pero bueno, no deja de ser un notición. Creo que voy a llamar a Marta por teléfono, a ver si se ha enterado y me dice su opinión”.

En estos momentos, entró apresuradamente el hijo de Pedro, David, de 17 años. Abuelo y padre dirigieron la vista hacia él interrumpiendo su conversación y su exploración de otros vídeos de portada para preguntarle a qué venía tanta prisa. David aludió que buscaba el cargador de su iPhone, que lo necesitaba al instante. “¿Has oído lo de Bin Laden, hijo?”, evocó Pedro.

“Pues claro, papá, anoche lo vi por Twitter y precisamente estaba siguiendo el evento cuando ha empezado a parpadear el chisme este por la batería y se me ha apagado. Entre los diarios españoles, los extranjeros, los blogs, las plataformas y toda la parafernalia que están soltando miles de internautas, como para no ver que es todo una burda estrategia política. Que si han tirado el cadáver al mar, que ahora lo custodian los militares, que no habían comprobado el ADN, que luego sí, que si la foto trucada por Photoshop… Anda, hombre, no me creo ná. ¡Ah! ¡Aquí está!”.

David agarró con fuerza y entusiasmo el cargador del iPhone ante las patidifusas expresiones faciales de Pedro y Manolo y salió corriendo para conectarlo en su habitación, sin perder ni un segundo mientras se encendía el móvil para acudir a su portátil a continuar siguiendo el acontecimiento hasta que se reactivara el pequeño aparato y, de paso, ir quedando con sus amigos por el Facebook para comentarlo después de comer de inmediato.

Pequeñas criaturas

Que no le vayas con esa cara inocente, guiño de ojos, mano en garfio en señal de que se acerque.

Que no le hables de buen rollo cuando tu objetivo es metérsela.

Que no le invites a una copa, que no está en venta ni es una puta.

Que no le mientas para tratar de impresionar, que luego te reduces a una basura de recuerdo, una bazofia, un error.

Que no juegues con ella, que no es un jodido instrumento sexual.

Que no la sobes, no le insistas, no le toques, no la agobies, ella solo se quiere divertir.

Que no le lleves a tu casa para “dormir juntitos” cuando te la quieres follar.

Así se levantan niñas de 13 años en camas desconocidas, sábanas manchadas de sangre y ojos bañados en lágrimas. Y un cuerpo masculino durmiente dándoles la espalda, ocultando su rostro entre sombras, indiferente, impasible, saciado, importándole ya un carajo todo romanticismo.

Pequeñas criaturas inconscientes que salen con la idea de bailar y pasarlo genial con sus amiguitas pero al atravesar la puerta de mamá y papá se emborrachan, intentan andar en tacones de diez centímetros de altura con un resultado lamentable, desenfundan los vaqueros y guardan el fular en el bolso para desfilar con un vestidito despampanante y lanzan miraditas a todo ser con polla que les hace un mínimo de caso y que normalmente les pasará varios años de ventaja.

Vamos, que llevan el coño al aire y se pasan la lengua por los labios cual mini-putón berbenero y luego pretenden que las respeten.

Entonces… ¿quién tiene la culpa?

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