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Confesiones de un alma vagante por Londres

Cada vez escribo menos, ¿verdad? No tengo muy claro el porqué. Analicemos un poco, ya que nos hemos levantado con ganas.

Este año, he pasado por unos meses de estancamiento mental absoluto. Desatascarme fue un placer indescriptible. Pero muchos amigos y compañeros siguen así. El pasado jueves me reuní con unos cuantos colegas y me di cuenta de que todos y cada uno de nosotros estamos en un limbo laboral del que no sabemos muy bien cómo salir. Todos. Sin saber qué hacer, por dónde tirar, sin distinguir bien las posibilidades que tenemos, ni si las tenemos.

Y no sé si es por la época, la crisis, la insatisfacción creciente en las mentes jóvenes que ansían dedicarse a algo que les apasione. La visión de un mundo en el que se trabaja para conseguir dinero y disfrutarlo fuera del ámbito laboral desaparece. Queremos apasionarnos, sentir, amar nuestro trabajo. Queremos despertarnos motivados hacia la actividad que vamos a desempeñar. O, en muchos casos, queremos levantarnos con alguna actividad que hacer al menos, para posteriormente ir buscando el camino hacia aquello que realmente queremos, aunque no sepamos aún siquiera lo que es.

Sí, este estado mental puede ser el primer motivo de mis bandazos blogueros.

tate britain

Foto de Víctor González Amarillo. Tate Britain. Así estaba mi cabeza más o menos.

Otra razón es… ¿Se acabará la inspiración? ¿Alcanzará la pereza un nivel tal que cualquier idea se vuelva vacía, no lo suficientemente digna de comentarse, de publicarse? No lo tengo claro, pero es posible. Lo que sé es que siento que me repito. Doy vueltas y vueltas en torno a neuras mentales que no sé cuántas veces habré mencionado ya, aunque por otra parte nunca siento que sea suficiente porque tampoco es que asumamos la lógica como se merece en nuestras vidas. De hacerlo, nos iría mejor. Y esto se mezcla con la falta de conocimientos. ¡Hay tanta gente más especializada y detallada que yo al contar las cosas! Tengo tropecientas fotos. Tropecientas. Y un alto porcentaje de ellas son de cosas que no sé explicar bien ahora lo que son. Entonces pienso: ¿para qué?

Luego… Llamémosle la falta de experimentación cuando lo nuevo se ha hecho viejo. Necesitamos (yo al menos) vivir experiencias nuevas, conocer gente nueva, probar cosas nuevas para adoptar impresiones y lanzarlas hacia el exterior. Sin embargo, hasta socialmente me he estancado. Mismos planes, misma gente, mismas costumbres. Me pregunto si en alguna ciudad de este mundo pensaré un día: “ahora sí puedo quedarme aquí”. Estoy convencida de que no se trata del espacio en sí, sino de uno mismo. No obstante, la maravillosa capital británica me ha acabado saturando. No tengo nada en contra de la gente, no he profundizado lo bastante con la mayoría de ellos mientras que mis amigos ya se encargan de mantener mi nivel social en modo satisfactorio, pero la velocidad del paso del tiempo y la cotidianeidad me consumen. Y la superficialidad. Y el día a día inconcluso, sin objetivo aparente.

Me gusta la espontaneidad pero si ahora mismo pudiera tener claros los planes para toda la semana que empieza, señores, eso me haría feliz. ¿Tan difícil es comprometerse hoy en día a decir “sí, nos vemos este día y a esta hora” sin tener que esperar hasta el último momento? Me toca los huevos, así de claro. Porque cuando se tiene interés, se puede. Porque si no se tiene, no es mi problema. Porque todo el mundo está tan puñeteramente ocupado que recaen en la comodidad de permitirse hacer esperar a los demás. Y esto hace resentirse a las relaciones y vuelve a la gente loca, porque la fidelidad amistosa y amorosa se desvanecen entre molestas posibilidades que suplantan a las más que agradecidas probabilidades. Ojo, esto no va por nadie en concreto, que hay que andarse con pies de plomo escribiendo. Todo el mundo es así aquí, por lo que no hay más opción que la de adaptarse.

abeja flor

Foto de David Vidal Sans

Por último, traducir al inglés es un coñazo. Empecé de buena fe y me encanta ver el resultado final (con sus múltiples fallos probablemente pero dejándose entender universalmente, que es la idea), pero depender de ello a veces te hace descartar la labor. Porque escribir, mis queridos lectores, no es cosa de “me pongo y en media hora lo tengo”. Nanai. Es redactar, leer, re-redactar, releer, corregir, estructurar, organizar, adornar. Un sinfín para el que hay que levantarse con muchas ganas, básicamente, como parece que hoy ha ocurrido. Aunque ya me pensaré si traducirlo más tarde.

En fin, creo que es suficiente. Para no resultar demasiado negativa (que no lo soy, ojo, simplemente adoro el realismo puro y duro), he de reconocer, y me apetece hablar de ello, que este año y medio en Londres ha sido fantástico en todos los sentidos. Una vivencia totalmente recomendable. Pero, por favor, venid con unos ahorros y un plan, sobre todo con unos ahorros, que me he cruzado con cada conversación en el grupo de Facebook “Españoles en Londres” para salir corriendo. A cuchillo es poco. Pero claro, la tontería se paga cara. Me explico: individuos que solicitan desesperadamente un hueco donde caerse muerto por falta de pasta mientras se espera la respuesta de un trabajo. Y fotos en su Facebook de fiesta. O personajes que preguntan si pueden recibir benefits del gobierno durante las dos o tres primeras semanas para disfrutarlas y hacer turismo antes de ponerse a buscar trabajo. Pues claro, la peña curranta se enciende contra los susodichos y no veáis la que se monta en unos minutos.

También hay que venir con una mentalidad abierta. Si os acojonáis o agobiáis fácilmente ante las adversidades de la vida, quedaos en casita. Salir del cascarón compensa pero todo el mundo lo pasa mal en algún momento y hay que verlo como una forma de superación, de ponerse a prueba, no en modo “pobrecito de mí, que me pasa todo”. Aprovechad y documentaos en profundidad antes de poner los pies aquí, que para eso muchos ya lo hemos vivido y os podemos aportar consejos la mar de útiles que os evitarán unos cuantos dolores de cabeza. Aquí mismo podéis preguntarme lo que os plazca, sin miedo.

Españoles en Londres

De cualquier manera, mi etapa británica está llegando a su fin. Días raros estos, víspera de mi marcha. Los detalles de ella vendrán más adelante, ahora no viene al caso. Me voy tras una temporada tan alucinante como sufrida. Más lo primero que lo segundo, todo hay que decirlo, no llevo bien hacerme la víctima públicamente. Me voy con la cabeza bien alta porque necesito sentir que progreso, porque no aguanto el estancamiento y porque en esta ciudad no me corresponde seguir evolucionando. Me voy con muchos amigos, mogollón de personitas que me llevo en el corazón (y en el Facebook, bendito sea con sus ventajas y sus inconvenientes). Tesoros que voy dejando en cada ciudad en la que paso un tiempo. Jerez, Madrid, Londres… No acabo de decidir si es bueno o malo. No tengo por qué decidirlo, por suerte. Es lo que es.

Poema a los amigos, de Jorge Luis Borges

Pocas palabras plasmadas por aquí a lo largo de la última semana. Unos días difíciles, días de adaptación, de tensión, de levantarse, de luchar, de recibir malas noticias. Semanas especialmente intensas las seis últimas, y parece que la agitación no tiene fin. Obviamente sé que sí, pero no cuándo. Por ahora la angustia a mi alrededor no hace más que crecer. Lo noto, lo detecto, lo veo (también me cuentan parte de ella, claro), se abre hacia mí toda una retahíla huracanada de insatisfacción, incomprensión, desesperación, desde el exterior y desde mi interior a partes iguales.

El equilibrio emocional se encuentra definitivamente aplastado entre tanta hostia mental (alguna expresión más directa tenía que soltar, que sigo siendo yo la que escribe). Siempre he sabido que el principal motivo de nuestra inestabilidad somos nosotros mismos, pero últimamente se me está escurriendo este argumento entre los dedos, entre las lágrimas semi-injustificadas, entre el dolor ajeno, entre las miles de diminutas aflicciones que, al unirse todas en una, explotan y desmoralizan hasta al más fuerte.

Basta. Se acabó el buscar el bienestar, se terminó el luchar contra uno mismo, culminó esta incesante reflexión sin comienzo ni final. Toca dejarse llevar. Experimentar, sufrir, sonreír, confesar, callar, escuchar y, por fin, dejar de agotarse por querer estar siempre por encima de las circunstancias. Unirse a ellas, compincharse, saberse cómplice, asimilar que a veces deciden darte por saco un tiempo y punto.

Hoy, no toca contar maravillas de Londres. Tampoco desgracias, que para eso tengo a mis seres queridos y a mi diario (si es que lo actualizo un día de estos…). Después del tocho que acabáis de zamparos, solo voy a colgar dos presentaciones que he recibido esta semana de una de las personas a las que más quiero y querré nunca en este mundo, sin ninguna duda (sí que me pilla sensible, cuando publique esto me pondré colorada yo sola al releerlo).

Ahí va, en primer lugar, el Poema a los amigos de Jorge Luis Borges. Corto pero conciso. Lo malo es que al subir el powerpoint a la plataforma de documentos nos podemos ir despidiendo de la musiquita que acompañaba a las imágenes y textos pero bueno, os propongo ver la presentación mientras escucháis la melodía del vídeo que he colgado justo debajo. Es puramente funcional, para acompañar acústicamente a las palabras de Borges, aunque quien quiera luego tragarse los 10 minutos de paisajitos cuenta con todo mi apoyo, por supuesto.

De hecho, no estaría mal que dejárais este vídeo funcionando para ver la siguiente presentación igual de bien ambientada. Una sucesión de escenarios distinta, ausente de mensajes, todo visual, color, naturaleza. Reconozcámoslo: el Photoshop hace maravillas. Con esto me despido, sin confiar en las sorpresas que me deparen los próximos días, sin pensar en que mañana abriré los ojos albergando una felicidad radiante, sin creer que dentro de dos días todo volverá a la normalidad dentro y fuera de mi cabeza.

Solo esperaré a que en esta ciudad, la British City por excelencia, haga otro día tan espectacular como lleva haciendo desde el lunes. Ni una sola nube. Almuerzos bajo el sol en un banco cualquiera de la calle hablando en spanglish (más English que Spanish, que conste) con mi compañera más cercana del curro, alias “la suiza”. Fácil de adivinar el porqué.

Y si me levanto y está lloviendo (que ya sería mala suerte porque no me ha caído casi nada encima en el mes y medio que llevo aquí) pues nada, me ahorro alisarme el pelo.

Pd: yo también he visto tropecientos powerpoints de este estilo a lo largo de mi vida, pero tengo que reconocer que en un mínimo de diez ocasiones (que mi vida ya son 23 años) en las que he contado con alguno de estos adorables archivos delante de mis ojos, me han llegado brutalmente al alma, ya sea por mi situación personal, el emisor del email o ambos. Y esta semana, ha sido así.

Las personas que marcan nuestras vidas

Un famoso expositor comenzó un seminario en una sala con 200 personas a las que suplicó:

1. Nombren a las 5 personas más ricas del mundo.

2. Nombren a las 5 últimas ganadoras del concurso “Miss Universo”.

3. Nombren a 10 ganadores del premio Nobel.

4. Nombren a los 5 últimos ganadores del premio Óscar al mejor actor o actriz.

¿Cómo va? Mal, ¿no? ¿Difícil de recordar? No se preocupen: nadie de nosotros recuerda a los mejores de ayer. ¡Los aplausos se van! ¡Los trofeos se llenan de polvo! ¡Los ganadores son olvidados! Ahora, hagan lo siguiente:

1. Nombren a 3 profesores que les hayan ayudado en su verdadera formación.

2. Nombren a 3 amigos que les hayan ayudado en los momentos difíciles.

3. Piensen en alguna persona que les haya hecho sentir alguien especial.

4. Nombren a 5 personas con quienes transcurre su tiempo.

¿Cómo va? Mejor, ¿no es verdad?

Las personas que marcan nuestras vidas no suelen ser las que tienen los mejores credenciales, más dinero o los mejores premios. Más bien, son aquellas que se preocupan por nosotros, que cuidan de nosotros, que, de algún modo, están a nuestro lado. Reflexionen un momento… Ustedes, ¿en qué lista están?

Fuente: un e-mail con el que me he cruzado hoy y no he podido contenerme a enseñaros. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.

¿Qué nos pasó?

Soy partidaria de las amistades escasas y buenas. Lo demás son conocidos. Los tengo a porrillo, muchos de los cuales ya ni mu. Y a veces se me cruzan con la mirada… Ya no escénicamente la mayoría, pero pululan por las redes sociales. Un día está X conectado en el messenger, otro aparece Z en el Inicio del Facebook…

Y me acaban de entrar ganas de preguntarle a una amiga de cualquier tiempo pasado: ¿por qué salió así? ¿qué hizo que, de un periodo pasado juntas en completa armonía y millones de risas y anécdotas, pasáramos al silencio, a la indiferencia absoluta, a esta lejanía que nos ha convertido en unas completas desconocidas?

Tampoco termina de apenarme, más que nada me causa curiosidad. Estoy tan acostumbrada a dejar pasar gente en mi vida que no puede ser ya un hecho más predecible y repetitivo cíclicamente. Aunque luego igual te sigues preguntando muy de vez en cuando… ¿Qué nos pasó?

A alguna persona la recuperé un poco. Un atisbo de hacía cinco años a través del ordenador, que se canalizó hacia cordiales saludos y palabras en posteriores encuentros interpersonales que no quedaron nada exentos de simpatía y naturalidad, a pesar de tanto tiempo pasado sin hablar. Una bella excepción en torno a la que reflexionar y, probablemente, sonreír.

Imposible preguntar a cada cual qué cree que ocurrió. Además, sería agotador llevar a cabo tantísimos procesos de análisis. Total, para acabar en una conclusión bien parecida, estilo “se enfríó” o vete tú a saber, tampoco compensa.

Pero a veces es que sucede tan rápido y/o sutilmente que todavía no te has dado cuenta cuando resulta que ni os miráis a la cara… Y, aparte de un diminuto halo de melancolía, te da exactamente igual.

SOS. Esto… ¡qué SOS ni pollas!

Creo que tengo que alejarme rápidamente de las redes sociales y, en general, de la civilización. Últimamente me da asco todo el mundo. Lo más mínimo. Argh. Ni siquiera necesito a nadie porque solo de pensar en confiar o en una salida, seguro que detrás viene otro palo que me haga asquearme más todavía.

Voy tocando fondo. Y cuando llegue, a ver cómo salgo. No “quién me saca”, no, porque si existe alguien, seguro que termina de hundirme y de paso me entierra.

¿Qué coño pasa?

Cambio de aires YA.

Un contacto, otro, una foto, miles más, agregados para nunca, conservados ficticios, libros pendientes, paranoias maliciosas, odio incandescente flotando y esperando para saltar y volver a escarmentarme. Películas desaparecidas, series inexistentes, música nula. Todo se va. Menos yo.

¿Por qué me detestas tanto? ¿Y tú, por qué pasas de mí? ¿Yo? Sí, y vosotros, o mejor dicho, nosotros, ¿competimos por el premio gordo para el más soso, o para el más sieso? No, tranquila, tú te salvas. No sé cómo, pero pareces ser una tenue luz en medio de la oscuridad, y mira que, absurdamente, te sentía como una competidora. La naturaleza femenina es terrible.

Me apetece muchísimo irme a tomar por culo, lo que viene siendo muy lejos, no hacia algo que suponga un desagravio estético para mi físico, claro. Tengo que largarme. “Cuando acabe la carrera”. “Sí, eso dice todo el mundo, a ver si es verdad”. “Te lo diré el curso que viene”.

A ver si es verdad.

Definitivamente, no estoy hecha para quedarme. En ningún sitio. Ni con nadie.

¿De dónde me habré sacado tantos amigos virtuales? ¿Dónde se han escondido los de carne y hueso? Salid. ¡Salid! ¡SALID!

…(silencio)…

¡Hombre, tú por aquí!

Esto se llama: formas brutales y esperpénticas de intentar superarse en el proceso “pérdida de tiempo a saco”, directamente proporcional a la cantidad de horas libres al día. Es decir, en este momento todas. Acuéstate ya, coño, acuéstate, que igual la mañana te sorprende con algo bonito.

Entre la peli de vaqueros con musiquita inquietante de fondo, el murmullo del ruido procedente de las escaleras hacia arriba y las cucarachas que me quedan por ver día tras día (¡anda! que no pican ni hacen nada a nadie, pero vaya puto asco dan, ¿verdad?), voy lista para dormirme rápido, por no hablar del cacao mental que llevo, en el que hay tanto de todo como absolutamente nada. Gilipollez Primermundista, básicamente.

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