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Posts Tagged ‘arquitectura’

Liverpool City (I): un paseo por la ciudad y los Beatles

Lo prometido es deuda, aquí viene el par de días pasados en Liverpool con mis hermanos tras los primeros dos visitando Manchester, donde en realidad nos quedamos las cinco noches debido al económico precio del hostal. En vistas de que con una horita en autobús bastaba para ir de una ciudad a otra, ese recorrido hicimos el sábado 30 y el domingo 31 de marzo.

Liverpool nos recibiría con una temperatura menos gélida que en Manchester, lo cual se agradeció enormemente. Fácil de recorrer a pie, ya que la mayoría de los sitios de interés se encuentran pegados unos a otros a lo largo de la línea costera, la primera mañana optaríamos por coger el ferry que nos pasearía durante una horita por el río haciendo una ruta circular. Antes de que os emocionéis, he de admitir que la siguiente perspectiva es lo mejor que capté: las vistas dejaban bastante que desear en general. Aunque algo más bonita, la ciudad de Liverpool cuenta con el mismo estilo arquitectónico que Manchester a lo industrial y grisáceo-triste-sucio, a excepción de un par de señoriales edificios litorales que ni siquiera llegamos a averiguar de qué iban.

Liverpool ferry

La ruta ofrecía la posibilidad de bajarse un par de veces o tres según los intereses de los pasajeros, con la posibilidad de volver a montarse en cualquier otro ferry que viniera posteriormente (habiendo pagado el recorrido entero, obviamente), por lo que aprovechamos una de las paradas para ver el Spaceport, un museo centrado en el sistema solar, muy interactivo y pensado en parte para los niños, con un planetario que nos relató la historia del universo a través de simpáticos muñequitos y con una (no sé cómo llamarlo más técnicamente) “nave espacial a tamaño real” con capacidad de movimiento (esto quiere decir que daba tumbos para reventar) y una secuencia en 3D que se nos hizo tela, pero tela, de larga. Más mareada que salí de aquel cacharro infernal…

A continuación, esta escalera se encontraba en el edificio en el que obtuvimos los tickets para el ferry, el cual resultó ser una tienda repleta de artículos mitad de los Beatles y mitad de Elvis Presley.

Beatles songs

Enfrente de dicha tienda se encontraba el Museo de Liverpool. ¿Qué tiene? Pues mirad, tal miscelánea de cosas que no podía ir más perdida tratando de prestar atención a cada una individualmente, una hazaña imposible. Ahí han metido absolutamente todo lo relacionado con la ciudad y su historia a presión, tanto que hasta nos saltamos una planta, no nos daban las ganas para más. Por allí me encontré con la pared esta y me gustó, con su cuasi-impoluto cielo azul y sus esperanzadores rallos de sol envueltos, a mis ojos, de un halo de misterio, de historia entre líneas (o entre ladrillos, ¡já!), como si de un romanticismo previamente reprimido y recién liberado para escapar, expandirse y volar muy alto se tratara.

pared cielo

A cinco minutos largos caminando desde el Museo de Liverpool,  toparíamos con el Albert Dock (que suena bastante mejor que “El Muelle de Alberto” pero, se siente, es lo mismo), un espacio caracterizado por una serie de museos estratégicamente posicionados formando un amplio rectángulo por cuyo interior fluye el agua felizmente. Decidimos saltarnos el Museo Marítimo y el Museo de los Esclavos porque, con todo el respeto, para ver barquitos y escenas desagradables preferíamos amortizar el tiempo de otra manera.

Albert Dock Liverpool

Así pues, nos metimos en el Tate Modern que, como su nombre indica… Rarito, requisito imprescindible de cualquier museo o galería de arte moderno. Nada que destacar. Donde realmente me entretendría, recrearía y pararía prácticamente en cada rincón donde se me apareciera un número de la audioguía sería en el museo propiamente de los Beatles, The Beatles Story, completa y satisfactoriamente ambientado e impregnado del recorrido vital de la banda entre escenarios, fotografías, textos y multitud de elementos varios. El comienzo, cómo se conocieron, lo que les costó ser escuchados y darse a conocer, éxitos, público (histéricas que se ponían las jovencitas), diferencias, separación, camino independiente de cada uno. Me ha costado elegir pero he optado por mostraros la reproducción del espacio en el que se presentarían por primera vez en Liverpool en el club The Cavern.

IMG_0448

A su vez, enunciados por doquier, como esta cita de George Harrison que procuraré traducir lo más acertadamente posible: se puede llegar alto, y más alto, y para llegar realmente alto – quiero decir tan alto que puedas caminar sobre el agua – ahí es adonde voy.

George Harrison quote

The Beatles Story sería la última visita del sábado 30, antes de perdernos bestialmente de vuelta a la estación de autobús para regresar a Mánchester y que nos saliera mal tratar de coger un autobús anterior al haber reservado los tickets por Internet. Resultado: tiempo de vida inútil y menos horas de sueño. ¡En fin!

Madrugón de nuevo el domingo 31 de marzo (6.30am, al igual que el sábado para llegar tempranito a Liverpool y verse todo lo visible). ¡A piñón, señores!

Foto-portada de disco de mis hermanos que no he podido contenerme a colgar, rodeados de un porrón de adorables maletas de piedra que nos encontramos esparcidas por una plaza cualquiera. Nótese el estado de congelación permanente que llevó mi hermano menor (a la izquierda) en el cuerpo durante todo el viaje. El pobre, es lo que tiene la falta de costumbre, tanto que mi hermano mayor no llevaría su propia bufanda desde el minuto “hostia, qué frío”.

Liverpool stone suitcases

Naturalmente, había que echar una ojeada al China Town de Liverpool, miniatura ultra cutre del de Londres. Vamos, que sólo se salva de curiosa la puerta porque la calle que la seguía exponía, si acaso, tres penosos restaurantes chinos. Vale que eran las 8 y pico de la mañana pero la perspectiva de los locales cerrados hacía el barrio aún más lamentable. Total, no lloremos, la entrada aún se dejaba mirar.

China Town Liverpool

Y, para terminar la primera Liverpudlian part, un bar carismático. Salta a la vista el porqué, ¿no?

Irish American Bar Liverpool

¡Hasta la próxima entrega! No os perdáis las catedrales (sí, a falta de una, dos, y una tremendamente hippie) de Liverpool y la sorprendente afición por plasmar frases profundas en fachadas :).

Logroño y Navarra; nacedero del Urederra y pub alternativo de Viana

Llegada a Logroño la tarde del lunes 25 de abril tras haber visto San Juan de Luz y Hondarribia, con el cuerpo para tirarse a la cama sin pensarlo mucho, pero acabó surgiendo una salida a tomar algo que me permitió ver la ciudad por primera vez. ¡Y me gustó! Quizá me la esperaba más normal, menos llamativa, parecida a Jerez digamos, pero las callejuelas, el ambiente y los característicos edificios, que no eran como en el del País Vasco pero seguía siendo bastante atractivo y diferente del sur arquitectónicamente. Me encandilaron bastante.

El puente de piedra de Logroño. Pero no lo vería hasta el miércoles 27 en un agradable paseo en bici por esta zona. El martes salió un poco diferente, inesperado, espontáneo, y extraordinario. Acabamos reuniéndonos al mediodía con tres personas más para coger en coche rumbo al nacedero del Urederra, en Navarra, lo que se tradujo en una magnífica excursión a través del campo. Una explosión de maleza en todo su esplendor, árboles, piedras, subidas y bajadas (a la ida fundamentalmente subir y a la vuelta bajar, obviamente), cuyo resultado tanto final como a ratos intermedio, acompañados por la caída del río, fue increíble paisajísticamente.

Cometí el gravísimo error de no llevarme el móvil y, por tanto, no dispongo de imágenes de la aventura, ni nadie más llevaba cámara, y las de Google no me convencen en absoluto, así que tendréis que conformaros con la imaginación a través de mis palabras, que, aún así, se quedan en muy poco comparado con vivir la experiencia. Espero volver algún día.

Tras la expedición, decidimos acercarnos a Viana, situado en la misma provincia, y nuestro turismo allí se limitó a mirar un par de calles de las pocas que tendría y decantarnos por acomodarnos al exterior del bar más heviata que he visto en mi vida (del que tampoco dispongo de foto, claro, maldita sea…). Unas paredes con una decoración de impresión, y la música que le corresponde a esta clase de locales a buen volumen. Estuvo genial, muy agradable el rato tomando un calimocho y hala, vuelta para Logroño, de cerveceo (para no variar) y bocadillo de tortilla, más a gusto que en brazos.

Volvemos a la espléndida vuelta en bici del miércoles para enseñaros el puente de hierro. La temperatura era buenísima, el sol calentaba pero la brisa impedía caer en sudores corporales incómodos.

Islote frondosísimo ahí en medio del Ebro, que no sé si tendrá nombre. Así pues, recorrimos un poco esta zona del extremo norte de la ciudad. El parque del Ebro, el parque de la Ribera (siguiente imagen)… Mucho verde por todos lados, para no perder las buenas costumbres del norte que llevaba ya visitado a estas alturas.

Y, a continuación, un par de últimas alucinantes vistas, tomadas desde lo alto del Monte Cantabria, a cuya cima se tardará unos 10 minutos en llegar en coche desde Logroño y que constituye un sitio perfecto para relajarse, reflexionar y, en general, para dejar volar la mente. Nunca parece haber nadie allí arriba, si acaso alguna pareja de vez en cuando, pero realmente vale la pena si queréis ver toda la ciudad por encima.

De derecha…

…¡a izquierda!

La tarde transcurrió tranquila, atípica. Después de tomar un helado buenísimo cuyo nombre no recuerdo (quizá de amarenas pero igual me lo estoy inventando), acudí a una charla en contra de la energía nuclear que habría resultado muy interesante de no haber tenido tantísimo sueño (mortal, mucho me temía pegar alguna bestial cabezada allí en medio), pero a la hora del debate la cosa se animó bastante y escuché atenta las intervenciones de los asistentes.

Y poco más… Finalmente, vuelta por la Laurel, la calle gastronómica por excelencia de Logroño; cena a base de (más) cerveza, patatas bravas (con salsa muy picante) y calamares, y a descansar, que el jueves había que echar a buena hora, 10 de la mañana, cuatro horitas de autobús para Madrid. Cuatro clavadas, ¿eh? Patidifusa me quedé con la aplastante puntualidad.

Pues nada, aquí se acaba un relato de lo más significativo para mí. Fueron unos días estupendos que salieron de lo mejor, sin planear demasiado. La ruta de los dos primeros días y medio sí, que había que reservar los hoteles y organizar un poco el tránsito por la carretera, pero en general idóneo, soberbiamente ajustado y repartido el tiempo en cada lugar y con muchas imágenes que permanecerán en mis recuerdos más preciados.

Espero que hayáis disfrutado de estos posts y, si no habéis estado en el norte de España, que os animéis a visitarlo algún día. ¡Hasta la próxima!

Conociendo el País Vasco (III); San Juan de Luz y Hondarribia

Como dije en el post anterior y para corregir un poco el titular de este, en el tercer día de mi viaje norteño, lunes 25 de abril, nos adentramos en Francia. No muy profundamente, solo unos pocos kilómetros para visitar San Juan de Luz (Saint Jean de Luz), cuyo estilo arquitectónico era muy similar al del País Vasco, siempre con el tremendo encanto de aquellos pequeños pueblos.

La fotografía es realmente fatídica con el árbol en medio pero bueno, quería que me entrara todo ese fondo y tampoco me entretuve mucho para sacarla. La mar de bonitas las casas blancas y rojas. La verdad es que me recordó un poco a Gibraltar, con su ambiente extremadamente turístico, calles estrechas, la temperatura suave pero fresca y el vientecillo que corría.

Entonces, regresamos al País Vasco para hacer la última visita en esta comunidad: Fuenterrabía (Hondarribia en euskera). La siguiente imagen resulta bellísimamente representativa, para ayudar un poco a entender lo fácil que fue enamorarse de este pueblo.

¡No me digáis que la casita rosa y celeste no es de cuento de hadas! Yo no pondría así mi casa pero, desde luego, esta estampa me parece preciosa.

La parte más hacia el interior. Transcurriría una parte del día recorriendo la hermosa Hondarribia para acabar almorzando una pedazo de paella de cara al mar en el área situada más al exterior del pueblo. También veríamos una extensión de césped que, aunque no me lo parecía en absoluto, por lo visto se trataba del aeropuerto.

Esperamos un rato para comprobar si llegaba o salía algún avión pero al final pasamos del tema, y al final escuchamos y vimos a uno cuando ya íbamos por la otra punta, claro.

Un poco de “historia”, y mi reflejo, que me ha gustado cómo ha quedado.

Y hala, a coger con muchas ganas para Logroño, ya con un cansancio encima de lo más considerable, donde pasaríamos los siguientes tres días, a excepción de alguna que otra inesperada excursión que os contaré en el próximo y último post de este viaje.

Conociendo el País Vasco (II); San Sebastián, Pasajes de San Juan e Irún

A la mañana siguiente del fantástico día entre Bilbao, San Juaz de Gaztelugatxe y Gernika, pasamos al domingo 24 de abril, que comenzó echando una hora aproximadamente en coche para llegar a San Sebastián.

Se presentaba medio lluvioso pero apenas incordió. Por este paseo, las olas llegaban, en ocasiones, a chocar tan fuerte contra las rocas cuadriculadas, que saltaban y empapaban a los transeúntes, así que nos mantuvimos alejados un par de metros. Al fondo, la playa, la ciudad y sus verdes incombustibles, abundante por todos lados.

Una de las playas. No se distingue pero el mar se hallaba poblado de surferos. Bastante vacía la orilla, como se puede ver, al contrario que la ciudad en sí, sobre la que había una buena cantidad de movimientos de personas y turistas.

Damos la vuelta y volvemos a recorrer aquel paseo de peligrosas olas para llegar a otra perspectiva de la ciudad y otras playas a lo lejos. Poco después saldría el sol y veríamos a algunos valientes exponiendo ampliamente su piel tumbados en la arena, a pesar del ambiente fresco que corría.

Islilla frente a las playas, a la cual se puede llegar nadando si el mar está tranquilo. Probablemente recomendable para cualquier amante de la natación. No es mi caso, me conformo con las vistas.

Pero esta zona tenía algún que otro precioso detalle que ofrecernos a tan solo diez kilómetros: Pasajes de San Juan, un pequeñísimo pueblo cuyo adjetivo más acertado (aunque algo detestable) sería “cuco”.

Casitas de mil colores apiñadas acompañadas de una hermosa vegetación verde brillante. Llegamos a la ribera tras unos minutos en barquito. Mirando de frente al diminuto panorama, cogimos hacia la izquierda para acabar deleitándonos ante los siguientes acantilados.

El último destino de esta extraordinaria jornada fue Irún, donde nos limitamos a dar un breve paseo por un par de calles principales, buscar un Burguer para comer y variar de los pinchos, y a dormir, que al día siguiente… ¡pisaríamos Francia!

Conociendo el País Vasco (I); Bilbao, San Juan de Gaztelugatxe y Gernika

Empecemos por el principio: un sábado 23 de abril de 2011, casi finalizada mi Semana Santa jerezana, cogí un avión en Sevilla para el País Vasco, donde se me abriría la perspectiva de unos cuantos días descubriendo varias ciudades y pueblos del norte de España que aún no había tenido el placer de visitar.

En una hora y cuarto aproximadamente ya estaba en Bilbao. Primera parada: el Guggenheim, claro.

Naturalmente, resultó imposible que me cupiera entero. Las imágenes tampoco son espectaculares pero llegó un momento en el que decidí dejar de intentar inmortalizar bien el espacio que me rodeaba (difícilmente ilustrable en modo panorámica a través del móvil) para simplemente disfrutar de lo que veía.

Vista desde la orilla del museo hacia el otro lado del río Nervión. La arquitectura propia de todos estos sitios norteños que vi me pareció bastante singular, diferenciada del sur, colorida, de considerables dimensiones en las ciudades y muy agradable de recorrer con la mirada. Por su parte, los pueblos desprendían un profundo encanto.

La señora araña de al lado del Guggenheim, con el puente de la Salve de fondo. A partir de este momento, pasé del móvil para centrarme en el paseo por la ciudad, bastante bonita, con un ambiente bastante majestuoso. Tras unas cuantas vueltas y almorzar a base de pinchos, cultura gastronómica que no había experimentado, marchamos hacia el siguiente destino: San Juan de Gaztelugatxe (lo que me costó aprenderme el nombre), un paraje realmente precioso que consiste en una isla unida a la tierra a través de un istmo artificial y en cuya cima nos encontramos con una ermita dedicada a San Juan Bautista.

231 escalones a los que precedió un recorrido de bajada entre vegetación y carretera, y una servidora llevando botas y medias de rejilla. Fallo técnico, desconocía la verdadera naturaleza de la excursión… Temperatura agradable convertida en calor infernal por la caminata, que hacia las alturas se tornaría en un rato de tal relax y belleza paisajística que compensó con creces el esfuerzo.

A un lado, estas vistas. Al otro, la inmensidad que se fundía al fondo con el cielo y que ninguna imagen podría mostrar fielmente, así que tendréis que ir vosotros mismos. Olor a mar, brisa y campanadas de la ermita, las cuales pueden ser tocadas libremente por los visitantes.

Vuelta exclusivamente por carretera, allá se veía a lo lejos la cima en la que habíamos pasado un rato para amortizar el tiempo de ida. Ahora: subida en cuesta. Durilla, pronunciada, procurando mantener el tipo frente a las personas que bajaban (ya les tocaría luego subir, ya). No había coches, todo el mundo optaba por caminar, eso hacía la visita mucho más auténtica (aunque creo que tampoco estaba permitido el paso en un punto determinado…).

Llegar al coche por fin fue todo un premio. Botas fuera y camino de Gernika/Guernica, donde pasaríamos la noche. Breve paseo por el pueblo buscando el famoso árbol de Gernika, que me lo esperaba bastante más impresionante pero bueno, el caso era ojear un poco la zona.

Y fin de un primer y maravilloso día al que esperarían unas cuantas aventuras más :).

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