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Musical “El Rey León”

Ayer lo vi. Corrijo: ayer tuve el inmenso placer de asistir a este alucinante espectáculo, concretamente a las 19:30 en el Lyceum Theatre (que en el Google Maps aparece como “Lyceum Tavern”, desconozco aún el porqué). Sinceramente, no me voy a extender, o eso digo ahora, porque no creo que las palabras hagan justicia a esta representación, a esta maravillosa vuelta a la infancia envuelta en un disimulado halo adulto (reconozcámoslo: vaya dramón cuando Mufasa la palma, y esto no lo considero spoiler), solo quiero dejar constancia aquí de tan grata experiencia para que ni el tiempo ni la (mala y/o selectiva) memoria mengüen la profunda emoción que me acompañó (a mí y a todo el público, del cual debieron de llorar unos cuantos, incluidas dos amigas mías) durante las dos horas y media de tierna y viva fantasía, e incluso posteriormente hasta que me acosté envuelta en un mar de sueños y reflexiones positivas en torno a la obra e incluso hacia la vida en general. Es lo que tienen las cosas bonitas.

Dentro de lo impresionante que resultaron todos los componentes artísticos, en primer lugar destacaré el suelo. Sí, el suelo donde mismo iban pisando y bailando los diferentes personajes, el cual se movió como un auténtico ente humano cada escasos minutos (o quizá no tan escasos, sino que se hicieron muy cortos) dando lugar a una inmensa variedad de atmósferas, transportándonos sucesiva e inesperadamente de una escena a otra a través de unas capas de suelo que se superponían, se alternaban, se escalonaban, subían, bajaban, hacían surgir de la nada unas descomunales escaleras y estructuras… Absolutamente asombroso, y me estoy limitando exclusivamente al uso del suelo, luego añadidle los diferentes decorados expuestos sobre él en sus debidos momentos a lo largo de la obra y ya es el remate.

En segundo lugar, el uso de las luces, de los focos. Brutal. Si ya el colorido que ofrecían fue de impresión, el manejo en sí de los mismos para destacar figuras, ensombrecerlas, aplicarles unas determinadas sensaciones u otras, remarcar su presencia por encima de las demás o esconderlas por completo (incluso inmensas construcciones situadas de la mitad del escenario hacia atrás) resultó imponente, además de la sensacional ambientación que prestaban al día y la noche, la vegetación, la alegría, el peligro… Arte lumínico en estado puro, lo llamaría yo.

En tercer lugar, la fusión de todo lo demás. La banda sonora: impecable, indescriptible, una potencia arrasadora la de todas esas voces, engalanadas con un vestuario y un maquillaje que se debatían entre la pulcritud y lo salvaje, lo humano y lo animal, sumidos en un idóneo y caótico orden visual. Los diálogos: clavados, emotivos, intensos, con sus pequeños golpes humorísticos que no podían faltar.

Los personajes, excelentemente definidos, con solo un par de anomalías desde mi punto de vista: la falta de negro en la mata de pelo de Scar (demasiados colores cálidos para lo frío y oscuro que debería encarnarse a este ser) y el apabullante verde del traje llevado por el actor que manejaba a Timón. Durante los primeros cinco minutos no podía dejar de ver ese gigantesco moscardón verde tras el muñeco pero bueno, luego te vuelves a meter en el papel y la mente lo ignora cómodamente.

Culminando con la interpretación, destacaré a los pequeños Simba y Nala, los cuales no debían de superar los 8 ó 9 años (tampoco soy muy buena adivinando edades pero creo que tiran por ahí) y se lucieron admirablemente en todas sus cualidades; la simpatía que los personajes de Timón y Pumba cedían a la historia y, sin duda, las carcajadas que arrancaban; la gracia y el dinamismo con los que Zazu se expresaba y sobrevolaba por el escenario en manos del actor que lo representaba; y, finalmente, Rafiki. ¿Cómo ponerle adjetivos a la manera en que aquella opulenta señora le dio vida al probablemente más carismático personaje de la historia? Me agradó enormemente, de hecho, que fuera una mujer quien lo pusiera en escena, y tan excelsamente.

Teniendo en cuenta que más arriba os dije que no me iba a extender, como conclusión, por si no se ha dilucidado a través de mis parrafadas alabadoras y encandiladas, recomiendo este musical. Muchísimo. Incluso diría que me parece un espectáculo prácticamente de contemplación obligada, añadiendo además que, aunque en mi caso me salió la mar de económico por una oferta temporal que llegó a mis manos, garantizo que vale la pena pagar el precio que valga para verlo. Por ello mismo, a su vez, no hay fotografías en este post. Vayan ustedes y juzguen por sí mismos.

El Prado (II): Carlos de Haes y Francisco de Goya

En El Prado (I) ya os hablé brevemente de La acróbata de la bola, de Picasso, y más extendidamente sobre el cuadro que me enamoró hasta las trancas, Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, de Antonio Gisbert. Pues aquí viene la segunda parte de aquel rato tan bien aprovechado en el Museo del Prado de Madrid.

Cuál fue mi grata sorpresa cuando descubrí una sala repleta de hermosísimos paisajes. El honorable artista responsable de ellos recibe el nombre de Carlos de Haes. Os pongo a continuación una pequeña muestra de su pintura, pero os aconsejo ver unas cuantas más, para quien no tenga acceso al museo, gracias a nuestro gran amigo Google. Aunque sea por Internet, vale la pena.

Seguidamente, a unos pocos pasos me encontré de pleno ante la mismísima maestría de Francisco de Goya. Demos una vuelta por algunas de sus obras.

El aquelarre o el gran cabrón, caracterizado por un profundo aire tétrico, colmado de los rostros esperpénticos de las brujas y presidido por una figura protagonista especialmente oscura, que no es otra sino el demonio, y por la joven de la derecha que, al igual que este Satán encabronado, tampoco mira hacia el frente, sino que atiende a las palabras del maligno emitidas con motivo de su postulación a bruja. Difícil contemplar largo rato la escena sin sufrir escalofríos.

No menos espeluznante resulta Saturno devorando a un hijo, archiconocido cuadro en el que el dios Chronos engulle a uno de sus hijos para evitar que ocuparan su trono. Sin embargo, Júpiter conseguiría salvarse y acabar con él (lo que no deja de ser cierto consuelo). La imagen, de gran equilibrio en cuanto a luces y sombras, no da pie a la imaginación: ojos desorbitados, sangre, destrucción y la crueldad más absoluta. El horror personalizado.

Para terminar de manera algo más suave y menos plagada del espíritu macabro impregnado en El aquelarre y Saturno, aunque sin apartarnos de un dramatismo extremo, culminamos con una obra digna de mencionar: El 3 de mayo en Madrid: los fusilamientos de patriotas madrileños. Sobran las palabras.

El Prado (I) : Picasso y el fusilamiento de Torrijos, de Antonio Gisbert

Yo pensaba que había visto el Museo del Prado pero, o no lo había investigado entero o no le he prestado la atención que se merece. Y ya que es gratis para los estudiantes y yo sigo teniendo el carnet, para allá que me dirigí una mañana cualquiera de esta semana. Para los periodistas también hay acceso libre, pero no voy a pagar por el carnet de prensa, y menos cuando hasta los personajes del corazón lo pueden solicitar por haber aparecido un tiempo soltando comentarios/chorradas en televisión.

Pero bueno, que me voy por las ramas. El caso es que fui con la intención de ver la “exposición” de Picasso. Lo que yo pensaba que sería un considerable surtido de obras se tradujo en un solo cuadro: La acróbata de la bola.

Sin menospreciar la capacidad y el reconocimiento universal del artista, la verdad es que no me impresionó demasiado. Aún no le veo la gracia a este tipo de arte de trazos sencillos y figuras planas, e ignoro si se lo veré alguna vez.

Así pues, me dije: ya que estoy, me doy un paseo por el museo. Y me sorprendí recorriendo salas que no recordaba en absoluto (supongo que nunca había estado en ellas porque si no, no me lo explico) y disfrutando de lo lindo. Vayamos por partes. En primer lugar, me enamoré increíblemente de la siguiente obra:

Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, de Antonio Gisbert (1835-1902). Evidentemente, no hay color entre verla por el ordenador y visualizarla en una sala con proporciones de 6×3.9 metros pero bueno, la recomiendo fervientemente para quien tenga la oportunidad de visitar el museo. Os transcribo la descripción:

El general Torrijos fue uno de los protagonistas del régimen constitucionalista durante el Trienio Liberal, que Fernando VII sustituyó en 1823 por un férreo absolutismo. Exiliado en Inglaterra, cuando se dirigía a Málaga desde Gibraltar cayó en una emboscada con sus seguidores, y todos ellos fueron fusilados en las playas malagueñas sin haber sido juzgados. El gobierno liberal de Sagasta encargó esta obra para exponerla en el Prado como ejemplo de la defensa de las libertades y la lucha contra el autoritarismo, que Gisbert pintó con gran audacia compositiva y una intensa carga emocional.

Tras ser consciente de la escena extremadamente trágica que se nos ofrece, queda tiempo para admirar, sin duda alguna, la precisión de la composición del cuadro, los rostros, los gestos, las figuras, el paisaje de fondo. Resignación, dolor, muerte. Todo un panorama entre humano y natural con gran potencia desoladora.

En la siguiente imagen se ofrece precisamente el punto central del cuadro, permitiendo distinguir mejor los tres personajes (el más céntrico, el de gris y el de la mirada hacia el cielo) que más me llegaron al corazón en su caracterización, su expresividad, su actitud, sus reflexiones personales, sus manos atadas y unidas, su magnífico porte ante un desenlace inminente.

Qué más puedo deciros… Alucinante, maravillosamente abrumador, terrorífico. La máxima expresión del cruel designio y del compañerismo incondicional.

A veces, la felicidad está en…

 – Empezar una novela prometedora.

– Recibir un e-mail a modo de carta.

– Alcanzar el peso corporal deseado.

– Ver una película impactante en el cine (¡española!).

– Conversar con un amigo.

– Visitar un museo y enamorarse de un cuadro.

– Pasear bajo un clima fantástico.

– Tirar a una papelera el paquete de tabaco.

– Escuchar un buen disco de rock alternativo.

– Ir a un encuentro de extranjeros para practicar idiomas.

Y cuanto todo esto se junta en menos de 48 horas, ya se puede hasta alcanzar la felicidad suprema.

Porque no es tan difícil sentirse contento cuando hay motivos para estarlo y las contrariedades son inevitables.

Porque hasta una tipa tan rematadamente realista como yo sabe que la felicidad está dentro de nosotros.

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