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Carta para una bulímica / Letter for a bulimic person

(Scroll down for English version)

Hola.

Desde aquí te pido que te hagas un favor a ti misma y a las personas que te quieren y no lo hagas, no vomites más. No sirve para absolutamente nada, te haces un daño terrible y este tipo de ralladas son psicológicas, no físicas. Es decir, que cuando llegaras a los 50 kilos, muy probablemente luego querrías bajar hasta los 45 y así sucesivamente hasta quedarte en los huesos (si no lo estás ya, aunque no lo puedas ver). Es un problema mental que se tiene que arreglar, por tanto, desde la mente. Nunca estarás contenta contigo misma físicamente porque la paranoia pertenece a tu cabeza, no a tu cuerpo.

Sé que es mucho más fácil decirlo que hacerlo pero, por favor, dame un voto de confianza y sigue mi consejo. Tienes que quererte a ti misma tal y como eres y tratar de mirar tu cuerpo con objetividad y tratarlo bien. Lee esto con atención: ni vomitar ni dejar de comer son soluciones. Necesitamos nutrirnos y en esta vida estamos para intentar disfrutarla lo máximo posible, no para anularnos de esa manera. Tú misma te estás poniendo barreras, te estás perdiendo muchísimas cosas por tu paranoia. Abre los ojos, cielo, hay mucho mundo más allá de nuestro cuerpo, y estar híper delgada no deja de ser una moda que más que hacernos atractivas, nos afea. A nadie le gusta un cuerpo esquelético ni una cara chupada, no es saludable ni bonito.

Habla con alguien, mejor tus padres que tus amigos (confío en que reaccionen adecuadamente), déjate ayudar y para esto cuanto antes o te auto-destruirás. Al fin y al cabo somos lo único que tenemos: a nosotros mismos. Es más, en estos casos se necesita ayuda profesional. Puede que te resulte violento pensar en ir a ver a un psicólogo, mucha gente enseguida salta con un “¡no estoy loco!” en cuanto se le menciona la idea, pero precisamente están ahí para ayudar a las personas a enfrentar estas enfermedades. Sí, estás enferma. Piénsatelo, no estés sola en esto y date la oportunidad de ser feliz y salir a la calle con la cabeza bien alta.

Como último apunte: que no te importe lo que diga la gente, sea bueno o malo, para quedar bien o para quedar mal. No eres lo que dicen, eres quien eres. Las opiniones de los demás no son más que eso: opiniones, juicios ajenos que no nos definen. Y, básicamente, nunca vivirás tranquila escuchando continuamente a los demás, así que mejor no prestarles más atención de la que merecen.

Si necesitas hablar, no dudes en escribirme, ¿vale? Pero recuerda que yo no puedo salvarte, sólo tú, y con ayuda profesional. Cuanto antes, mejor. Mi email es mariagonamarillo@gmail.com

Un abrazo.

María.

 Bulimia help

Hello.

I would like to ask you from here for making yourself and the people who love you a favor and don’t do it anymore, don’t throw up. It’s totally useless and you terribly harm yourself while these kinds of obsessions are psychological, not physical. This means that when you reached fifty kilos, afterwards you would probably want to reach 45 y and so on and so forth until being down to skin and bones (in case you are not already, although you can’t see it). It’s a mental problem that therefore has to be sorted out in your mind. You will never be happy with yourself because the paranoia belongs to your mind, not to your body.

I know it’s much easier said than done but, please, trust me and follow my advice. You must love yourself like you are and try to look objectively at your body. Pay attention to this: neither throwing up nor stopping eating are solutions. We need to nourish and we are here to enjoy as much as we can, not to destroy us in that way. You are limiting yourself, you are losing loads of experiences due to your paranoia. Open your eyes, honey, the world is too big beyond our bodies, and being super thin is just a fashion that instead of making us more attractive, it makes us uglier. Nobody likes a skinny body or a skinny face, it’s not healthy or nice.

Speak with somebody, better with your parents rather than your friends (I hope they react correctly), let the others help you and stop this as soon as possible or you will destroy yourself. In the end, we are the only thing that we really have: ourselves. In fact, this problem requires professional help. Thinking about going to a psychologist might be violent for you, many people would quickly say: “I’m not crazy!” when the idea was proposed to them, but actually psychologists are there to help people to cope with these disorders. Yes, you suffer a disorder. Think about it, don’t be alone and give yourself the chance to be happy and to face the world out there with your head held high.

As a last advice: don’t listen to whatever people may say, either good or bad, to be nice at your eyes or not. You are not what people say, you are who you are. The others’ opinions are just that: opinions, other people’s judgements which don’t define us. And basically you won’t ever feel ok if you always listen to the others, so better not to pay them more attention than the one they deserve.

If you need to talk, don’t hesitate to write to me, all right? But bear in mind that I can’t save you, just you, and with professional help. The sooner the better. My email is mariagonamarillo@gmail.com

Love,

Maria.

“God bless you”

En esta ciudad (Londres), el verano no existe, o no me lo parece de momento. A casi mediados de junio, continúo llevando mi enorme abrigo a cuestas, y bien que me viene la capucha a falta de paragüas, cuya ausencia no se debe a otra cosa que a la pereza de cargarlo y al riesgo de perderlo. Me resulta un artículo tan tremendamente fácil de dejar por ahí apoyado y olvidado, además de incómodo de llevar, que aún resisto en este país sin adquirir ninguno. Con más razón ante la pérdida del mismo por parte de dos amigas en la última semana.

A su vez, estas temperaturas no te incitan a la mítica operación bikini como en mi querido país natal. No hay fecha determinada, no hay un impulso meteorológico que te lance un aviso tan bestial a la cara como esos españoles treinta y pico, cuarenta grados a la sombra y la obligación de comenzar a enseñar carne para sobrevivir.

Pues de esto que el pasado viernes, antes de ayer, me encontraba la mar de a gusto estrenando un vestido cuyas características permitían encontrarme a mis anchas por mucha cerveza que bebiera, ya que era de composición ancha de cintura para abajo (sin hacerme gorda, obviamente, en tal caso se habría quedado colgado en ese infierno alias Primark cuya cola para los probadores podéis ver en la foto), aunque dándole cada vez más vueltas mentales a mi inminente viaje a Jerez esta semana que entra, con su más que probable y correspondiente rato en la playa de turno.

No estoy haciendo muy buena dieta desde que me hallo aquí, aunque ni mucho menos entraré en el juego de culpar al país porque opino que todo el que tenga verdadero empeño puede alimentarse de una manera igual de sana y equilibrada que la que favorece la dieta mediterránea. No obstante, ahí estaba yo, permitiéndome unas Foster y apaleando con ellas todo lo rebajado frugalmente entre semana.

Ni siquiera tenía pensado salir esa tarde ni esa noche, pero se me juntaron una fiestecilla en la empresa (con bebida y comida gratis hasta las 21:00) con las ansias de una amiga por salir por su cumpleaños. ¿Cómo negarme a ninguno de los dos planes? El culmen calórico fue una criminal Alhambra al final de la velada (2:00 de la mañana en Londres) que dejé a los tres buches de lo fatídica que me sabía. Ignoro el porqué de mi empeño en consumir cerveza si tengo más que comprobado que no me gusta. No, no me gusta, y punto en boca.

Adonde quiero llegar con toda esta extensa parrafada, que no me explico ni cómo albergo tal capacidad para enrollarme, es a que a las 3:30 de la mañana me hallaba de vuelta a casa en autobús sin un balance claro sobre la noche. Tampoco soy de determinar si tal o cual plan ha valido la pena (a menos que sea evidente si sí o si no) pero bueno, ahí estaba yo, tratando de crear nuevos equilibrios mentales en la relación próximas-comidas-de-la-semana–rato-de-playa-inminente, cuando llegué a mi parada.

Me bajo y me sorprendo al instante al divisar una menuda figura portando muleta en una mano y maleta del copón en la otra, en un compás de cojear y tirar respectivamente que hacía daño a la vista. Casi ni un alma a aquella hora y en aquel paraje y una sola dirección que tomar para llegar a alguna calle con algo más de civilización, es decir, que tomábamos el mismo camino por huevos, así que con más razón no vi ningún impedimento para ofrecerle mi ayuda, que aceptó con una sonrisa.

¡Joder, cómo pesaba aquello! Debieron de ser cinco o diez minutillos hasta dejarla donde deseaba pero no quise ni pensar en el estado en que habría quedado la risueña mujer de haberlo hecho sola. Era de Ghana, llevaba diez años en Inglaterra y estaba yendo a visitar a su hermana (o eso me contó, a menudas horas). No hablaba mucho al principio, creo que se concentraba más en caminar y respirar a la vez, pero al hacerle un par de preguntas se soltó. Tanto que por un momento me pidió una libra para tomarse un té pero a eso ya no accedí, siguiéndole a mi negativa un rápido gesto de ella de “no importa” y amplias muestras de gratitud, comentándome que nadie la había ayudado y, sin embargo, ahí había ido yo a socorrerla sin pensarlo.

God bless you (“que Dios te bendiga”) fue lo último que me dijo, y otra nueva reflexión me acompañaría durante el resto de mi camino a casa, bajo una impresionante luna llena por cierto (aunque en la imagen el punto situado justo en el centro parezca una farola más). Una buena acción. Había aprovechado la oportunidad y la había clavado, la verdad, nunca había sentido tan profundo el bien ajeno (no había tenido muchas oportunidades hasta ahora, quitando las monedas dadas a músicos y demás artistas callejeros).

Me sentía orgullosa, buena persona. A su vez, me sentía algo gilipollas por llevar las últimas semanas medio obsesionada con los michelines de las pelotas cuando hay gente que no puede ni andar en condiciones. Y también sentía fuerzas y ganas renovadas hacia emprender esas caminatas frikis mías que me gustan y que poca gente haría, esas semi-palizas improvisadas (como la que os conté de Lewisham a Leicester Square) que me recuerdan que sigo teniendo unas piernas en perfectas condiciones para llevar a cabo su función principal: caminar. Caminar todo lo posible mientras pueda hacerlo.

Y así es como próximamente tendréis por aquí un nuevo post (¡o dos!) con el siguiente título: El día que caminé de Lewisham a Monument.

¡Buenas noches y que tengáis un feliz comienzo de semana!

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