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Bolonia

Este fin de semana ha estado repleto de playa. Parecido al anterior en cuanto al ritmo (noche de sábado movida, 3 horas para dormir y domingo entero en plena naturaleza), para este ha tocado, en principio, una tranquila noche de viernes en casa de PG en Valdelagrana, cenando pizza del Carusso, desconocido para mí, viendo unas cuantas escenas de Little Britain, serie que no puede ser más absurda (se puede intuir un poco a raíz de la expresión de los personajes de la imagen), y echando una partida a un juego de mesa cuyo nombre no recuerdo, que consistía en que te decían una serie de regalos y tú tenías que dar a cada uno de los demás participantes el que creas que más le iba a gustar, así como ellos a ti, y posteriormente se colocan fichas que determinan qué tres regalos gustarían más y cuál no gustaría en absoluto, y luego se miran los resultados y se van sumando o restando puntos. Estuvo bastante gracioso, sobre todo con la perspectiva de que acababa de conocer a la mitad de los jugadores, 4 chicos que justo habían llegado a la casa, y no tenía ni la menor idea de sus gustos, ¡yuju!

Cabe destacar la ida en coche con D hacia Valdelagrana, un tanto polémica a raíz de dos temas principales: la conducción de las mujeres y los posibles motivos de la homosexualidad. Un rato la mar de entretenido, vamos.

El sábado consistió en básicamente perder la tarde esperando a que me recogieran los niños, porque ni ellos se ponen de acuerdo, y lo que iba a ser salir de casa a las 19:30 se trasladó a las 21:30, con un hambre que te cagas, para ir a la playa de Sanlúcar a hacer barbacoa por la fiesta de La Caridad. Allí no había ni Dios, en la zona donde nos pusimos, pero mira, más a gusto que un arbusto, con nuestra comida, el tinto que nos vendieron en el chiringuito por un módico precio (la mujer se dio cuenta de que tiraba a la baja y terminó diciendo: “bueno, os lo dejo por 5, 6, eh, 7 euros, ¿vale, chicos?”, pero en fin…), la bebida, un montón de matojos rodeándonos, buenísimos para buscar un hipotético váter cada vez que fuera necesario, y el agua muy cerca, para acabar bañándonos en unas aguas cálidas tras conversaciones sobre sexo y temas varios y algo de baile a través de la música del chiringuito.

Y vuelta para casa, no me fijé en la hora, pero a las 11:30 larga me estaban llamando para partir de nuevo hacia otra aventura, en este caso pasar el día en la playa Bolonia, a una hora y pico de viaje en coche. Yo ya llevaba un ratillo despierta, medio inquieta incluso, recordando la noche anterior y pensando en el día que me esperaba, y cuando recibí la llamada me puse en pie de un salto, bueno, tranquilamente para no marearme, desayuné y mi madre me preparó los bocadillos :). Y lo que iba a ser recogerme a las 12:10 se convirtió en las 12:50, anda que estamos bien con la puntualidad U_U, pero bueno, esta vez fue culpa de CH, que se incorporó de nuevo a las aventuras de la PTP, además de a Sanlúcar la noche anterior.

Recogimos a un par de chicas más y caminito a Bolonia. Una cola del copón como a la mitad del viaje nos dejó unos 15 minutos algo más retrasados pero bueno, llegamos por fin a las 15:30. La fotografía es de internet pero tal y como véis la vi yo, que conste. De hecho, esa es la vista que tuvimos cuando, al final del día prácticamente, subimos las pedazo de dunas que había por ese lado de la playa, para ver un paisaje impresionante desde arriba, aparte de tirarnos cuesta abajo rodando por la arena. Bueno, se tiraron los niños y a algunas nos tiraron. Después se fue el sol, y no nos dio tiempo a ver el “rayo verde” del que tan bien nos habían hablado, qué coraje. Y bajamos corriendo las dunas, para bañarnos por última vez y quitarnos los kilos de arena y sudor que llevábamos ya a esas alturas de un día completo de playa.

Baños congelados, almuerzo, rato tranquilo de la siesta en silencio mirando a la lejanía, jugueteos con Golfo, el perro de A, que le dio mucha vida a la jornada playera, tirándole el palo y enseñándole a no morder la pelota (en una de las ocasiones creo que le di algo de miedo con un “¡que no!”) y finalmente, subida de dichas dunas, durilla, costosa, más de lo que esperaba, y no eran los gemelos cargados lo peor, sino un leve dolor de riñones que me vino de repente y que me hizo recorrer un último tramillo medio corriendo en un intento de llegar un poquito antes. Vamos, no sufrí con el camino, solo me lo esperaba más llevadero. El premio vale la pena con creces. La vista de la montaña por un lado, con el sol escondiéndose y siendo envuelto entre bruma y enormes nubarrones grises que se habían estado avecinando durante la tarde. A los lados, verde. Un verde fuerte, bellísimo, que supera con creces a los más bonitos ojos de ese color que puedan existir. Un mar de hojas de esperanza. Y hacia atrás, por donde habíamos venido, la vista de la fotografía. El océano en su expansión, de unos tonos azules y turquesas como solo algunas playas más puras y menos llenas de mierda pueden ofrecer al ojo humano. Casi me agobié de intentar mirarlo todo a la vez, me habría gustado tener visión panorámica desde aquella privilegiada posición.

Vuelta a casa, ya de noche. Acabó con un pelín de mal sabor de boca, con la pérdida de un colgante muy significativo para un amigo, pero se puede pensar en modo romántico que se quedará en las profundidades de una de las playas más bonitas de Cádiz… aunque joda un montón de todas formas. Por el camino, nos paramos en una gasolinera (cerrada) para que el conductor bebiera agua y se espabilara, no fuera a quedarse dormido, y dio la casualidad de que al otro lado de la carretera y por encima de la verja, un hombre al que se le había parado el coche nos pidió que le rellenáramos una botella con agua para ponerlo de nuevo en marcha. Las casualidades de la vida.

Ducha y a dormir unas 10 horas o más. Empieza una nueva semana, con un lunes de fiesta en Andalucía, Aragón y Asturias, y un sábado en cuya mañana temprano huiré a tierras mañas. A ver qué me invento para entretenerme por en medio :).

Río La Miel

Noche de sábado sensacional, como siempre con la PTP y una considerable dosis de alcohol. Barbacoa por el cumpleaños de J (al carajo la “dieta” una vez más, mañana empiezo en serio a comer exactamente como mi madre porque a este paso me van a confundir con una foca marina, cuyons), seguida de una divertidísima sesión del juego de la botella (flipo: ya estoy practicando más ese juego a los 21 años que en toda mi adolescencia xD), no veas si estaban los muchachos ilusionados cada vez que les tocaba un colega, y mira que son todos hetero. ¡Ese es el espíritu, seguros de su sexualidad y sin tapujos!

Y para culminar, naturalmente había que dirigirse al Comedia. Típico rato de baile, durante el cual al parecer se hicieron un porrón de fotos y yo no me enteré de ninguna… De todas formas solo salgo en una pero vamos, ya de por sí debería acordarme del flash al menos. Se ve que en el culmen de mi estado semi-eufórico festivo no cabía lugar para apreciar cámara alguna, solo abría paso al movimiento rítmico en consonancia con el resto del universo, el resto dedicado en exclusiva y justo en esas horas precisas al mismo motivo, destino y finalidad: abandonarse en cuerpo y alma a la música, a la desvergüenza, a la danza, a los demás, al tiempo en stop solo para nosotros, a la noche que nos pertenece, al espacio que nos ha sido dado para llenarlo de zapatazos y de amor.

¿Hola? Vaya cursilada la última palabra. Pero quedaba bien. De novelita. Me ha gustado la parrafada. Sí, quédome satisfecha.

Y hoy, después de unas 3 horas de sueño, que las he sentido tan intensamente como si de tres segundos se hubieran tratado, me ha despertado la llamada que me llevaría a replantearme por unos largos, amargos  y resacosos minutos el levantarme o no para ir a visitar el Río La Miel, situado más allá del municipio de Los Barrios, en esta nuestra provincia gaditana. Una hora en coche y unos 40 minutos andando a través de la maleza, con el murmullo del agua corriendo y los chillidos permanentes de miles de millones de cigarras, para llegar por fin a un pequeño rincón de tierra donde dejar las cosas, junto a un amplio charco de frías y apacibles aguas sobre las cuales caía una torrentosa cascada. Me costó un poco al principio encaramarme para situarme bajo esta pero al final, aprovechando que nadie miraba, lo conseguí. Entonces ya les llamé victoriosa para que me vieran allí sentada, cual podio olímpico.

Y nada, allí hemos pasado la tarde. En cuanto tenga fotos os colgaré algunas para que lo veáis :).

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Bravo por este breve diálogo:

– Jai omá, qué caló, tengo un viaje de sed pero no me quiero levantar.

– Yo también, jajaja, de hecho, llevo un rato así.

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