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La felicidad en un espejo

mujer espejoEstrella se levantó y se dirigió hacia el baño. Aún no se había puesto las lentillas pero lo primero que hizo, como cada día, fue mirar su figura desnuda, algo borrosa debido a su visión miope, en el espejo. No se vio mal del todo, aunque alguna que otra curva le disgustó en cierto sentido. Se lavó la cara y se colocó las lentillas, para mirarse de nuevo. Ahora se veía con claridad. Bueno, tampoco era tanto si metía un poco de barriga. Total, casi nunca se mantiene la tripa relajada a lo largo del día, así que aquello no suponía un gran problema.

Escogió su nuevo conjunto de ropa interior y no perdió la oportunidad de volverse a mirar para puntuarse a sí misma, compararse con la que había sido el día anterior y la que sería al día siguiente según el conjunto que escogiera. Idéntico proceso se dio una vez vestida con la ropa que tocaba aquella mañana, elegida cuidadosamente la noche anterior para no tener que perder tiempo probándose otras cosas, aún a pesar de que no le convenciera, ya que no quería entretenerse y llegar tarde al trabajo.

Cada una de las veces que se observaba en el espejo en todas estas fases, se repetía el mismo ritual. Perspectiva de frente, de perfil y de detrás. Nunca fallaba. Y el sentimiento también era similar: de conformismo. Resignación pura y dura. En pocas ocasiones, satisfacción, la cual no solía durar mucho.

De camino al trabajo, no podía evitar mirar de reojo su silueta en todos y cada uno de los escaparates que se cruzaban con su reflejo. El último era el mejor, siempre se veía fantástica en él. Siempre se proponía buscar un espejo que se correspondiera con las formas que prestaba aquel cristal, pero enseguida se decía que aquello era lo esporádico, mejor atenerse a la realidad.

Tampoco faltaba a su costumbre de mirarse en el espejo del baño de la oficina, para eso estaba, ¿no? Para verse y retocarse si hiciera falta.

A la salida del trabajo, todo se sucedía de manera inversa: escaparates, ropa, conjunto de ropa interior, desnudez. Se había convertido en parte de su rutina observarse. Observarse y juzgarse. Y, a partir de un michelín más o menos, determinar la felicidad que le correspondía cada día. Si no intencionadamente, en su subconsciente.

Así, no advertía el sonido de los pájaros al abrir los ojos por la mañana. Ni el bello color sonrosado de sus mejillas recién lavadas, a causa de sus pupilas fijas en el vientre. Ni el propio brillo de sus ojos, de atención dirigida exclusivamente en alisar esta camisa, ese vestido o aquel pantalón. Ni las carcajadas de los niños con los que se cruza y que se dirigen al colegio, centrada en el reflejo de los escaparates. Ni en las lágrimas que su compañera de trabajo ha derramado justo a su lado en los baños. Ni en el chico que le regaló una sonrisa de vuelta a casa.

Así viven miles de mujeres, porque así las estamos educando: apagando sus brillos y creando un mundo plagado de Estrellas sin luz.

Musical “El Rey León”

Ayer lo vi. Corrijo: ayer tuve el inmenso placer de asistir a este alucinante espectáculo, concretamente a las 19:30 en el Lyceum Theatre (que en el Google Maps aparece como “Lyceum Tavern”, desconozco aún el porqué). Sinceramente, no me voy a extender, o eso digo ahora, porque no creo que las palabras hagan justicia a esta representación, a esta maravillosa vuelta a la infancia envuelta en un disimulado halo adulto (reconozcámoslo: vaya dramón cuando Mufasa la palma, y esto no lo considero spoiler), solo quiero dejar constancia aquí de tan grata experiencia para que ni el tiempo ni la (mala y/o selectiva) memoria mengüen la profunda emoción que me acompañó (a mí y a todo el público, del cual debieron de llorar unos cuantos, incluidas dos amigas mías) durante las dos horas y media de tierna y viva fantasía, e incluso posteriormente hasta que me acosté envuelta en un mar de sueños y reflexiones positivas en torno a la obra e incluso hacia la vida en general. Es lo que tienen las cosas bonitas.

Dentro de lo impresionante que resultaron todos los componentes artísticos, en primer lugar destacaré el suelo. Sí, el suelo donde mismo iban pisando y bailando los diferentes personajes, el cual se movió como un auténtico ente humano cada escasos minutos (o quizá no tan escasos, sino que se hicieron muy cortos) dando lugar a una inmensa variedad de atmósferas, transportándonos sucesiva e inesperadamente de una escena a otra a través de unas capas de suelo que se superponían, se alternaban, se escalonaban, subían, bajaban, hacían surgir de la nada unas descomunales escaleras y estructuras… Absolutamente asombroso, y me estoy limitando exclusivamente al uso del suelo, luego añadidle los diferentes decorados expuestos sobre él en sus debidos momentos a lo largo de la obra y ya es el remate.

En segundo lugar, el uso de las luces, de los focos. Brutal. Si ya el colorido que ofrecían fue de impresión, el manejo en sí de los mismos para destacar figuras, ensombrecerlas, aplicarles unas determinadas sensaciones u otras, remarcar su presencia por encima de las demás o esconderlas por completo (incluso inmensas construcciones situadas de la mitad del escenario hacia atrás) resultó imponente, además de la sensacional ambientación que prestaban al día y la noche, la vegetación, la alegría, el peligro… Arte lumínico en estado puro, lo llamaría yo.

En tercer lugar, la fusión de todo lo demás. La banda sonora: impecable, indescriptible, una potencia arrasadora la de todas esas voces, engalanadas con un vestuario y un maquillaje que se debatían entre la pulcritud y lo salvaje, lo humano y lo animal, sumidos en un idóneo y caótico orden visual. Los diálogos: clavados, emotivos, intensos, con sus pequeños golpes humorísticos que no podían faltar.

Los personajes, excelentemente definidos, con solo un par de anomalías desde mi punto de vista: la falta de negro en la mata de pelo de Scar (demasiados colores cálidos para lo frío y oscuro que debería encarnarse a este ser) y el apabullante verde del traje llevado por el actor que manejaba a Timón. Durante los primeros cinco minutos no podía dejar de ver ese gigantesco moscardón verde tras el muñeco pero bueno, luego te vuelves a meter en el papel y la mente lo ignora cómodamente.

Culminando con la interpretación, destacaré a los pequeños Simba y Nala, los cuales no debían de superar los 8 ó 9 años (tampoco soy muy buena adivinando edades pero creo que tiran por ahí) y se lucieron admirablemente en todas sus cualidades; la simpatía que los personajes de Timón y Pumba cedían a la historia y, sin duda, las carcajadas que arrancaban; la gracia y el dinamismo con los que Zazu se expresaba y sobrevolaba por el escenario en manos del actor que lo representaba; y, finalmente, Rafiki. ¿Cómo ponerle adjetivos a la manera en que aquella opulenta señora le dio vida al probablemente más carismático personaje de la historia? Me agradó enormemente, de hecho, que fuera una mujer quien lo pusiera en escena, y tan excelsamente.

Teniendo en cuenta que más arriba os dije que no me iba a extender, como conclusión, por si no se ha dilucidado a través de mis parrafadas alabadoras y encandiladas, recomiendo este musical. Muchísimo. Incluso diría que me parece un espectáculo prácticamente de contemplación obligada, añadiendo además que, aunque en mi caso me salió la mar de económico por una oferta temporal que llegó a mis manos, garantizo que vale la pena pagar el precio que valga para verlo. Por ello mismo, a su vez, no hay fotografías en este post. Vayan ustedes y juzguen por sí mismos.

Cual casa de putas

Relato ficticio. Autora: María González Amarillo.

Circe se mira al espejo. No se reconoce. Un rostro demacrado, machacado, reventado por el roce. Como si sus más terribles miedos estuvieran intentando salir a través de las mejillas, minando en su furia la piel, marcándola, rasgándola, enrojeciéndola. Unos ojos tristes y ensombrecidos color miel forman parte de este tenebroso cuadro, de esta nariz desconocida, de estos labios medio arrancados, de estos pómulos cuyas marcas no son las típicas de la almohada. Preciosa Circe, ¿qué te has hecho?

Una alegre noche, ¿eh? Una maravillosa velada truncada por los objetos de deseo. Te sentías bella, imponente, fabulosa. Nada podía contigo, arrasabas a tu paso. Tus ojos brillaban e invitaban al placer, tus labios relucían con su intenso carmín, tu amplia sonrisa cautivaba a todo el que se encontrara alrededor y tus movimientos de caderas se sabían perseguidos por miles de miradas.

Y volviste a cometer el mismo error. La piedra de siempre está a punto de desaparecer en forma de gravilla de tanto tropezarte, bonita. Te divertiste con uno, con otro, un tercero, otro más. ¿Dónde está tu límite? Bueno, aún así, no dejaba de ser una situación agradable, incluso cariñosa. Bailar, prestar besos, repartir amor por todo el espacio…

Hasta que le metiste en tu casa. Ya sabías por el camino que no era buena idea. ¡Ay, linda y joven Circe! Te dejaste llevar demasiado. Rebasaste la línea. Y solo tú tienes toda la culpa. Por suerte, solo te insistió un poco para que le hicieras una felación. Te negaste, por supuesto, ¡aquello era demasiado! Él te presionó un poco más. Empezaste a llorar. Eso no se lo esperaba. Te acordaste de que no era la primera vez que te sucedía. Hacía ya tanto tiempo, que se te había olvidado el asco que te daba ese tipo de situación. Te acordaste de todas las veces anteriores y te insultaste.

Pero, sobre todo, te acordaste de él. Del protagonista de tus sueños. Del que realmente se preocupa y vela por ti. Del que siempre te acuerdas cuando te sientes mal a raíz de cada uno de esos malditos polvos innecesarios. Del dueño de tu corazón y la melodía que impregna todo tu cuerpo de su ser.

Y, aún así, dejaste que aquel impostor te penetrara, en vez de echarlo inmediatamente de tu territorio, de tu único mini-cosmos personal. ¿No te gustó? Claro que sí, lo físico se disfruta por naturaleza. Mas, en realidad, lo que más ansiabas era que se acabara ya. Al menos, se había puesto un condón, no todos lo habían hecho. Tampoco le habrías dejado… ¿verdad, Circe? Mira, otro golpe de suerte: acabó rápido. Te alegraste enormemente por la existencia de la eyaculación precoz.

Entonces, tal cual se separó, te dijo: “bueno, guapa, pues lo siento pero me voy a tener que ir”. Hasta ese momento ni te habías planteado el querer que permaneciera contigo. De hecho, era lo último que deseabas pero, en cuanto soltó aquella blasfemia, como si tú le hubieras suplicado que se quedara, te jodió. Porque le había faltado tiempo para huir, para quitarse de en medio. ¿Para qué dar ni medio abrazo cuando ya se ha descargado el material?

Y en cinco minutos y dos besos, cerraste la puerta. Para no volver a verlo nunca más. Para sumirte en las tormentosas profundidades de la inconsciencia y la inmadurez. Para recordarte lo imbécil que has sido, en resumidas cuentas.

Sucia. Te sientes sucia. Corres a la ducha, te frotas hasta hacerte daño incluso, y no te importa porque te lo mereces por haberte faltado el respeto a ti misma una vez más. Vuelves a tu habitáculo contaminado de su esencia y ni miras las sábanas corrompidas mientras las arrancas para cambiarlas y romper todo lazo mental. Por fin puedes tumbarte tranquila. Respirar hondo, reflexionar, prometerte una vez más un “basta”, un “nunca más”, un intento por preservar la propia dignidad que se te había escapado en escasos minutos.

Y así fue como la hermosa e inocente Circe erró de nuevo. Volvió a permitir que usurparan su intimidad bajo los efectos del encanto y del alcohol. Y el intruso indebidamente invitado, tal y como había venido, se había ido de su pequeña madriguera, sin mirar atrás, sin procurar honrar su integridad manchada ni su humilde morada. Cual casa de putas.

Conmiseración infundada

Una tristeza infinita. Una compasión ininteligible hacia el exterior, rozando el egoísmo, palpando la superficialidad, zambulléndose en un mar de prejuicios.

Predisposición hacia la desgracia ajena, se sepa o no. Lástima por ese rostro exento de hermosura y longevidad. ¿Seguro que nos basta con que la belleza esté en el interior? ¿Hasta qué punto nos hemos empapado de modas, tópicos, prototipos, etc, perdiendo nuestra propia esencia, la naturalidad, la espontaneidad?

El tren se ha quedado vacío. Unas tres personas y yo permanecemos, bien repartidas a lo largo de los asientos, ni se distinguen los rostros. Deben de haberse bajado como cuarenta del tirón, provocando cierta sensación de abandono, necesidad de preguntarse si se va por el camino correcto. Atisbo tembloroso de confiar en la masa. Animales de sociedad, todos, sin excepción.

Se han cerrado las puertas en medio del torbellino de pensamientos. Ya corremos hacia el próximo, y último, destino. Por esta vez, pues se avecina una época repleta de trenes. A ver cuáles cojo. Y cuánta maldad puedo evitar en cada uno de ellos. La que no tenía de niña, ni siquiera en la adolescencia. Y la que aún no tengo y me queda por delante.

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