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Posts Tagged ‘búsqueda de la felicidad’

Os perdono

Hoy cierta angustia me está dando por saco y he decidido compartirla con vosotros y usaros para pararle los pies (¡gracias de antemano!). Normalmente mis publicaciones ya salen de por sí de mi cabeza al teclado a base de inspiraciones repentinas pero esta vez quiero, más que nunca, desatar este batiburrillo de sensaciones sin pararme tanto a repasar el texto, la forma y cómo expresarme. Esperemos haber entendido algo al final.

Todo ha empezado con el sentimiento de impotencia. Una amiga mía lo está pasando regular en el plano sentimental y soy incapaz de aportar luz a su visión actual. Este amargo pellizco, amplificado naturalmente por mi propio cerebro, me ha catapultado hacia otros momentos, otras impotencias, otras pocas situaciones que me oprimen el pecho a su voluntad de vez en cuando. Y me toca la moral. Necesito cerrar cabos con los demás y conmigo misma, porque no quiero vivir de esta manera. No quiero vivir con rencor, con angustia, con pesimismo. Me niego a que me sigan asaltando cuando se les antoje, por poco frecuente que sea. No he venido al mundo para perder el tiempo con sufrimientos gratuitos. Creo en la felicidad personal y, consecuentemente, en la expansión de esa felicidad al exterior. Así pues…

Te perdono, amiga, porque no soy quién para juzgarte. Seguramente tu círculo vicioso emocional (alias “rallada”) sea de alguna utilidad tarde o temprano, y sé lo que se siente cuando se está atrapado en una prisión mental. Hasta que uno mismo no se da cuenta, no hay quien le saque de ahí.

Te perdono, profesora de ballet, porque a mis diez años intentaste convertirme en una persona flexible, haciéndome finalmente salir despavorida de la clase con dolor de ingles. Sé que actuabas con buena intención, aunque me mosqueé en el momento.

Os perdono, mini-compañeras, por catalogarme de “marimacho” por jugar al fútbol con los chicos en primaria. Son cosas de la edad, y me lo pasaba de lujo de todas formas.

Os perdono, ex-mejores amigas, por abandonarme deliberadamente por vuestros novios y otros motivos. Me enseñasteis que un gran porcentaje de amistades no resisten el paso del tiempo, que ese proceso forma parte de la vida y que no vale la pena resistirse cuando es inminente. Nos divertimos mientras duró.

Os perdono (aquí tengo que respirar hondo), compañeros que me hicisteis bullying, acoso escolar en español, durante buena parte de la secundaria. Porque noto que, conforme más mayor me hago, más parece afectarme aquel trato injustificado hacia mi persona. Y no voy a permitir que me sigáis molestando a estas alturas de la vida. Porque probablemente vuestras mentes, educación, ambientes, inseguridades, etc., os impulsaron a ser así sin querer realmente amargarme. Y. si sí queríais, no es mi responsabilidad preocuparme por ello, allá cada uno con sus maldades y el karma. ¡Ah! Y, afortunadamente, el cambio de curso abrió paso a vuestra desaparición de mi vista y a unos estupendos tres últimos años de colegio. Tal vez tenía que aguantaros para experimentar toda la dicha escolar posterior con mayor intensidad. Qué guasón, el “destino”.

Os perdono, resto de compañeros de secundaria, por dejar que me hicieran bullying. Porque desgraciadamente el inicio de la adolescencia es una etapa difícil en la que la personalidad aún está por curtir y no voy a culparos por esas ansias de encajar entre la masa a costa de no mirar de frente ciertas injusticias. Ojalá esto cambie con el paso de las generaciones, porque el abuso escolar es un tema que me enerva brutalmente. Pero hoy estamos perdonando, así que continuamos.

Te perdono, primer ex-novio, por abrirme la puerta a la primera explosión en pedazos de mi corazón. Total, participé en el proceso de deterioro y tampoco íbamos a ninguna parte juntos.

Te perdono (respiremos de nuevo, ahora bien fuerte)…, segundo ex-novio. Porque siento que aquella relación me destruyó. Me descompuso de pies a cabeza, me arrancó de mi inocencia nata, de mi pureza infantil-adolescente, me hizo llorar de una forma inhumana y sufrir durante dos años y me duele recordarla todavía en su saco de celos, manipulación y todo tipo de lacras que no recomiendo a nadie. Te perdono todo lo que me hiciste, o más bien lo que te permití que me hicieras, que no es poco, y tu decisión de quitarte la vida como colofón de la ruptura. Porque el mundo me va demostrando poco a poco que una persona no solo es esa persona, sino su educación, su forma de pensar, su ambiente, sus creencias, sus prejuicios, la sociedad en la que se ha criado, sus conflictos personales, sus inseguridades, sus fortalezas, sus defectos, su caos mental, sus enfermedades, sus euforias, sus particularidades internas y externas de todos los colores. Y mi lentísimo proceso de madurez me va animando a tratar de entender antes de ofenderme, a analizar antes de prejuzgar, a escuchar antes de responder, a perdonar antes de odiar. Sí, me cuesta pero te perdono, porque me niego a que tu imagen ocupe una milésima más de mi vida actual de manera negativa, sino como aquello que pasó y que forjó mi personalidad de hoy en día, en la que tengo muchas cosas claras gracias a aquella terapia de choque y me siento feliz junto a una persona maravillosa.

2016-05-11 16.48.06-1

Fragmento de “La marca del meridiano”, de Lorenzo Silva.

Os perdono, compañeras de universidad. Porque aún no sé cómo alcanzamos un punto muy feo en nuestra relación pero creo que a menudo todas las partes lo provocan. Vuestros motivos tendríais, junto a nuestros queridos veinte años, con los cuales nos creemos que sabemos todo y no sabemos nada (me incluyo). Es increíble cómo amistades de años pueden fastidiarse en pocos días o semanas, ¿no? Fascinante, al fin y al cabo.

Os perdono, elementos fugaces pertenecientes a la vida nocturna. A los que insistieron en llevarme al lado oscuro, a los que me insultaron por no aceptar, a los que lo consiguieron y cuyo resultado fue de mediocre para arriba. Porque sois libres de hacer lo que queráis y nadie me obligó nunca a hacer nada, porque no tengo nada de lo que avergonzarme y porque me habéis proporcionado unas buenas risas entre amigas, además de una visión más amplia del comportamiento humano.

Os perdono, personas a las que os gustaría pedirme perdón y personas que pensáis que no tenéis por qué pedirme perdón. Porque quiero desprenderme de esta molestia mental esporádica cuando miro hacia el pasado o cuando cosas del presente me golpean con recuerdos negativos del pasado. ¿Quién os ha dado permiso para atormentarme? Cierto, yo misma. Hoy es el comienzo de vuestro fin. Y para ello, tras perdonar, por último, la adicción actual a la pantalla del móvil por encima de las caras en vivo y en directo de los semejantes, solo me queda perdonar a una persona.

Te perdono, María (esa soy yo, la que escribe). Porque eres la primera que debe perdonarse a sí misma para perdonar a los demás, para acercarte cada vez más a esa serenidad, armonía y equilibrio emocional que aspiras alcanzar. Te perdono por interpretar todavía buena parte de ese daño recibido (ojo, un daño permitido, que a María no le gusta culpar a los demás de los actos propios) de una manera nociva, en lugar de aquello que te ha convertido en la persona que eres en la actualidad, de la que te sientes orgullosa.

María, te perdono por tus momentos de inseguridad, timidez, reparo, impaciencia, miedo, lágrimas, exigencias hacia los demás y hacia ti misma, disgusto hacia tus michelines y variados latigazos emocionales. Te perdono, porque no eres perfecta y no tienes que ser perfecta, porque esas vivencias forman parte de la vida, porque los sucesos y tus reacciones hacia ellos no tienen que salir como te gustaría, sino como les da la gana y así hay que asumirlos, procurando aprender de ellos. Porque tienes derecho a equivocarte y a levantarte de nuevo con la cabeza igual de alta que cualquier otro.

Te perdono por tus malestares momentáneos hacia todo lo que hemos perdonado a los demás más arriba. Porque para eso estamos perdonándoles, o al menos intentándolo. Y, en principio, sienta bastante bien. ¡Nada como destapar pesares internos! Cierto que no hacía falta publicarlo en Internet pero, como entre tus manías está cumplir con lo que dices (sobre todo públicamente), menos opciones tienes de echarte atrás mañana, de dejar entrar en tu mente a las sensaciones negativas de las que quieres irte deshaciendo. Tienes toda la vida por delante para aprender a ser feliz, a quererte incondicionalmente y a perdonar con toda la amplitud del término (pero tampoco te duermas en los laureles).

Qué bonito es sentirse libre.

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