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Se vende piso en Jerez. Bueno, bonito y barato, pero no regalado

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Todos sabemos que el precio de las viviendas en España está por los suelos. Pero lo que no puede ser es que digas a un posible cliente (o, más bien, a un amago de cliente) que el piso está a 125.000 euros y que te ofrezca 80.000. Creo que esto sobrepasa los límites de la caraduría y promueve espantosamente el abuso hacia personas que pueden verse obligadas a aceptar cantidades irrisorias por algo que no deja de ser una propiedad inmueble, un bien de los más valiosos del mercado, si no el más importante, a raíz de la necesidad.

No ignoro que los compradores también tendrán sus propias necesidades, como es natural. Pero si vas a ofrecer ese dinero, si ese es tu presupuesto real, no le veo el sentido a intentar comprar una vivienda de 125.000 euros. Las hay más baratas y más ajustadas a ese precio cualitativamente. A patadas, que para eso estamos como estamos.

Tampoco estoy en contra del regateo y la negociación, es una actividad permanente en todo negocio. Pero la gente no puede pretender que España se recupere, que cree más trabajos y que provea productos y servicios de calidad cuando no paramos de buscar lo más barato para todo. Me incluyo entre los que preguntan, o al menos piensan en bastantes ocasiones: “¿es gratis? Vale, voy”. Soy tan culpable como buena parte de la población española. Pero no me gusta regatear ni probar a decir costes degradantes para el vendedor, a menos que sea evidente que este quiere cobrarme un precio que sobrepasa exageradamente la media del mercado, en cuyo caso de todas formas tiendo a retirarme. No me siento cómoda tratando de luchar por algo en lo que, por fuerza, ha de haber comerciantes más honestos que justo el que me quiere timar.

Cocina y despensa

Cocina y despensa

Volviendo al tema de los pisos, he decidido hablar de este tema porque esta semana mis progenitores me han contado la situación que os he comentado en el primer párrafo: 125.000 es el precio que ofrecen, bueno, que ofrece mi amada abuela por su casa de casi toda la vida, después de haberlo rebajado ya lo máximo posible, y una individua tuvo el valor de proponer 80.000. Claro, por probar, qué más da soltar una animalada, ¿no? Como si con 45.000 euros no pudiera sobrevivir una familia varios años.

No se trata de que el tema me roce de manera personal, sino de que yo misma no tendría la poca vergüenza de sugerir tal cifra. Es un piso de 136 metros cuadrados con cuatro dormitorios, salón, cocina y dos baños en una segunda planta con ascensor, en perfectas condiciones y situado en la calle Arcos, en pleno centro de Jerez de la Frontera (Cádiz, España). Eso, señora mía, no vale 80.000 euros. Luego se quejará de que el país va mal.

Un poco de cordura, mis queridos ciudadanos españoles.

Pd: aprovecho para informar de que se venden tres viviendas más:

Otro piso en Jerez de la Frontera, situado en la Calle Merced, de 110 metros cuadrados con cuatro dormitorios, salón, cocina y un cuarto de baño. Está en una segunda planta sin ascensor ni garage y requiere reformas. 50.000 euros (no negociable).

Un estudio en Algeciras (Cádiz) de 35 metros cuadrados con todo en uno y baño aparte, en la planta baja de un bloque situado en el centro del pueblo, para meterse directamente y amueblado. 50.000 euros (no negociable).

Finalmente, una oportunidad de oro, señores: piso en la Costa de la Luz, concretamente en la playa de Regla (Chipiona, Cádiz), de 70 metros cuadrados con 3 dormitorios, salón, un cuarto de baño y una terraza con vista lateral al mar. Primera planta con ascensor, sin garage, amueblado y para meterse. 120.000 euros (negociable).

No, no soy una inmobiliaria y, aunque seguramente los carteles callejeros y anuncios formales en Internet sean más efectivos que mi post, las circunstancias me han motivado a hablar del tema, y nunca se sabe quién puede cruzarse con mi blog. Todo esfuerzo es poco para ayudar a la familia.

Interesados en cualquiera de estas viviendas, llamen al 608 399 953. Absténganse personas con propuestas denigrantes.

Se agradece la difusión 🙂

Fotos del piso de la calle Arcos cuando estaba amueblado. Click en ellas para verlas mejor.

Dormitorios y salita

Dormitorios y salita

Salón

Salón-comedor

Subida al Picacho

Esto es una aventura que he estado retrasando bastante para contarla, y mira que tampoco hay mucho que relatar, más que nada mostraros imágenes muy chulas de la experiencia.

El Picacho es uno de los varios montes-montañas situados en las proximidades de Alcalá de los Gazules, pueblo de unos cinco mil y pico habitantes de la provincia de Cádiz.

Ahí arriba estaba la cima. Y yo que me esperaba un paseíto de campo… Aún así, después de un mes metida en Madrid, este lunes 11 de octubre (en el que tenía clases pero natural y placenteramente me las salté siendo el martes fiesta) se agradeció con creces una expedición campestre. Me traía muy buenos recuerdos del verano.

La laguna de El Picacho. Cuando todavía no llevábamos casi nada recorrido ni sabía lo que me esperaba. A lo lejos parecía un enorme barrizal pero al acercarte se veía el agua algo más limpia, aparte de que comenzamos a advertir la presencia de una ferviente vida animal que nos acompañaría a lo largo de todo el recorrido.

D: “¡Una serpiente!”

Bueno, no era para tanto, una culebrilla enana. Alguno le increpó con un palito y vimos cómo reaccionó moviendo la cabeza a toda velocidad para intentar agarrarlo, como en los documentales.

Muchísimas ranitas saltando al caminar por los alrededores de la laguna.

Dejando atrás a toda aquella fauna agolpada, continuamos nuestro camino. No sé cuánto llevaríamos en este punto pero a la mitad de camino ya me estaba arrepintiendo de mi profundo sedentarismo durante las últimas semanas, comparado con todo lo que me había movido durante las vacaciones. Me estaba pasando factura.

No se ve demasiado bien pero he aquí un carnívoro espectáculo que nos dejó parados por unos segundos: una mantis poniéndose púa con un escarabajo, al que ya debía faltarle por lo menos la cabeza (o el culo, ignoro por qué parte empezó), de camino al estómago de la tremenda “bicha”.

Estoy segura de que me contempló por un momento mientras se zampaba su festín y yo me colocaba para hacerle una buena foto, pero allá que seguía ella, impasible ante los cuerpos de metro y pico que la rodeaban a escasa distancia. Qué par de huevos.

El paisaje precioso. Normalmente nos rodeaba un porrón de vegetación pero de vez en cuando se podían inmortalizar perspectivas más lejanas y muy bonitas.

Aunque llegó un momento en el que se acabó la sesión de fotos para solo centrarme en subir sin asfixiarme demasiado, no me esperaba encontrarme tan ahogada. Vamos, tirando, cada parada me daba la vida y para arriba que seguía pero vaya tela. Unas dos horas de subida, muchas piedras y poco llano, sobre todo al principio, pero digamos que a partir de la mitad la pendiente creciente estaba bien marcada.

En la cima. Saqué mi pierna intencionadamente para darle otro rollo a la imagen. Y con las nubes de los Simpson de fondo.

Apoyada en una de las rocas de la cima y punto de vista en picado. Así la verdad es que no parece para tanto pero desde arriba imponía bastante, aparte de que una cámara no da para abarcar la inmensidad del terreno.

Justo al bajar el tramo más duro de subida a la cima, nos encontramos con un espacio como este, donde descansamos un poco antes de ponernos en marcha definitivamente.

Me puse un poquillo nerviosa bajando, porque aunque lo prefiera a subir por el cansancio que esto provoca, al bajar tienes que estar permanentemente con las piernas en tensión, sin poder relajarlas ni un solo momento, y en especial en este descenso había muchísimas piedras y piedrecitas. Pegué un par de resbalones sin consecuencias graves, menos mal. Si hiciera aquello todos los días, tendría los gemelos como rocas.

Hongazo que te crió. De no ser venenoso (no sé si lo sería), hacía un gran apaño para un almuerzo.

La vuelta se hizo algo más corta que la subida, pero tampoco demasiado. En Alcalá de los Gazules nos tomamos un chocolate caliente y espesísimo que daba gusto. Entre el mini-camarero (alucinantemente bajito, pero simpático) y el que nos atendió (sieso con ganas), nos ganamos otro repertorio de comentarios durante la merienda. Muy entretenida y apacible.

Y hala, a Jerez.

Una bella jornada que destaca y brilla entre la rutina diaria :D.

Bolonia

Este fin de semana ha estado repleto de playa. Parecido al anterior en cuanto al ritmo (noche de sábado movida, 3 horas para dormir y domingo entero en plena naturaleza), para este ha tocado, en principio, una tranquila noche de viernes en casa de PG en Valdelagrana, cenando pizza del Carusso, desconocido para mí, viendo unas cuantas escenas de Little Britain, serie que no puede ser más absurda (se puede intuir un poco a raíz de la expresión de los personajes de la imagen), y echando una partida a un juego de mesa cuyo nombre no recuerdo, que consistía en que te decían una serie de regalos y tú tenías que dar a cada uno de los demás participantes el que creas que más le iba a gustar, así como ellos a ti, y posteriormente se colocan fichas que determinan qué tres regalos gustarían más y cuál no gustaría en absoluto, y luego se miran los resultados y se van sumando o restando puntos. Estuvo bastante gracioso, sobre todo con la perspectiva de que acababa de conocer a la mitad de los jugadores, 4 chicos que justo habían llegado a la casa, y no tenía ni la menor idea de sus gustos, ¡yuju!

Cabe destacar la ida en coche con D hacia Valdelagrana, un tanto polémica a raíz de dos temas principales: la conducción de las mujeres y los posibles motivos de la homosexualidad. Un rato la mar de entretenido, vamos.

El sábado consistió en básicamente perder la tarde esperando a que me recogieran los niños, porque ni ellos se ponen de acuerdo, y lo que iba a ser salir de casa a las 19:30 se trasladó a las 21:30, con un hambre que te cagas, para ir a la playa de Sanlúcar a hacer barbacoa por la fiesta de La Caridad. Allí no había ni Dios, en la zona donde nos pusimos, pero mira, más a gusto que un arbusto, con nuestra comida, el tinto que nos vendieron en el chiringuito por un módico precio (la mujer se dio cuenta de que tiraba a la baja y terminó diciendo: “bueno, os lo dejo por 5, 6, eh, 7 euros, ¿vale, chicos?”, pero en fin…), la bebida, un montón de matojos rodeándonos, buenísimos para buscar un hipotético váter cada vez que fuera necesario, y el agua muy cerca, para acabar bañándonos en unas aguas cálidas tras conversaciones sobre sexo y temas varios y algo de baile a través de la música del chiringuito.

Y vuelta para casa, no me fijé en la hora, pero a las 11:30 larga me estaban llamando para partir de nuevo hacia otra aventura, en este caso pasar el día en la playa Bolonia, a una hora y pico de viaje en coche. Yo ya llevaba un ratillo despierta, medio inquieta incluso, recordando la noche anterior y pensando en el día que me esperaba, y cuando recibí la llamada me puse en pie de un salto, bueno, tranquilamente para no marearme, desayuné y mi madre me preparó los bocadillos :). Y lo que iba a ser recogerme a las 12:10 se convirtió en las 12:50, anda que estamos bien con la puntualidad U_U, pero bueno, esta vez fue culpa de CH, que se incorporó de nuevo a las aventuras de la PTP, además de a Sanlúcar la noche anterior.

Recogimos a un par de chicas más y caminito a Bolonia. Una cola del copón como a la mitad del viaje nos dejó unos 15 minutos algo más retrasados pero bueno, llegamos por fin a las 15:30. La fotografía es de internet pero tal y como véis la vi yo, que conste. De hecho, esa es la vista que tuvimos cuando, al final del día prácticamente, subimos las pedazo de dunas que había por ese lado de la playa, para ver un paisaje impresionante desde arriba, aparte de tirarnos cuesta abajo rodando por la arena. Bueno, se tiraron los niños y a algunas nos tiraron. Después se fue el sol, y no nos dio tiempo a ver el “rayo verde” del que tan bien nos habían hablado, qué coraje. Y bajamos corriendo las dunas, para bañarnos por última vez y quitarnos los kilos de arena y sudor que llevábamos ya a esas alturas de un día completo de playa.

Baños congelados, almuerzo, rato tranquilo de la siesta en silencio mirando a la lejanía, jugueteos con Golfo, el perro de A, que le dio mucha vida a la jornada playera, tirándole el palo y enseñándole a no morder la pelota (en una de las ocasiones creo que le di algo de miedo con un “¡que no!”) y finalmente, subida de dichas dunas, durilla, costosa, más de lo que esperaba, y no eran los gemelos cargados lo peor, sino un leve dolor de riñones que me vino de repente y que me hizo recorrer un último tramillo medio corriendo en un intento de llegar un poquito antes. Vamos, no sufrí con el camino, solo me lo esperaba más llevadero. El premio vale la pena con creces. La vista de la montaña por un lado, con el sol escondiéndose y siendo envuelto entre bruma y enormes nubarrones grises que se habían estado avecinando durante la tarde. A los lados, verde. Un verde fuerte, bellísimo, que supera con creces a los más bonitos ojos de ese color que puedan existir. Un mar de hojas de esperanza. Y hacia atrás, por donde habíamos venido, la vista de la fotografía. El océano en su expansión, de unos tonos azules y turquesas como solo algunas playas más puras y menos llenas de mierda pueden ofrecer al ojo humano. Casi me agobié de intentar mirarlo todo a la vez, me habría gustado tener visión panorámica desde aquella privilegiada posición.

Vuelta a casa, ya de noche. Acabó con un pelín de mal sabor de boca, con la pérdida de un colgante muy significativo para un amigo, pero se puede pensar en modo romántico que se quedará en las profundidades de una de las playas más bonitas de Cádiz… aunque joda un montón de todas formas. Por el camino, nos paramos en una gasolinera (cerrada) para que el conductor bebiera agua y se espabilara, no fuera a quedarse dormido, y dio la casualidad de que al otro lado de la carretera y por encima de la verja, un hombre al que se le había parado el coche nos pidió que le rellenáramos una botella con agua para ponerlo de nuevo en marcha. Las casualidades de la vida.

Ducha y a dormir unas 10 horas o más. Empieza una nueva semana, con un lunes de fiesta en Andalucía, Aragón y Asturias, y un sábado en cuya mañana temprano huiré a tierras mañas. A ver qué me invento para entretenerme por en medio :).

Río La Miel

Noche de sábado sensacional, como siempre con la PTP y una considerable dosis de alcohol. Barbacoa por el cumpleaños de J (al carajo la “dieta” una vez más, mañana empiezo en serio a comer exactamente como mi madre porque a este paso me van a confundir con una foca marina, cuyons), seguida de una divertidísima sesión del juego de la botella (flipo: ya estoy practicando más ese juego a los 21 años que en toda mi adolescencia xD), no veas si estaban los muchachos ilusionados cada vez que les tocaba un colega, y mira que son todos hetero. ¡Ese es el espíritu, seguros de su sexualidad y sin tapujos!

Y para culminar, naturalmente había que dirigirse al Comedia. Típico rato de baile, durante el cual al parecer se hicieron un porrón de fotos y yo no me enteré de ninguna… De todas formas solo salgo en una pero vamos, ya de por sí debería acordarme del flash al menos. Se ve que en el culmen de mi estado semi-eufórico festivo no cabía lugar para apreciar cámara alguna, solo abría paso al movimiento rítmico en consonancia con el resto del universo, el resto dedicado en exclusiva y justo en esas horas precisas al mismo motivo, destino y finalidad: abandonarse en cuerpo y alma a la música, a la desvergüenza, a la danza, a los demás, al tiempo en stop solo para nosotros, a la noche que nos pertenece, al espacio que nos ha sido dado para llenarlo de zapatazos y de amor.

¿Hola? Vaya cursilada la última palabra. Pero quedaba bien. De novelita. Me ha gustado la parrafada. Sí, quédome satisfecha.

Y hoy, después de unas 3 horas de sueño, que las he sentido tan intensamente como si de tres segundos se hubieran tratado, me ha despertado la llamada que me llevaría a replantearme por unos largos, amargos  y resacosos minutos el levantarme o no para ir a visitar el Río La Miel, situado más allá del municipio de Los Barrios, en esta nuestra provincia gaditana. Una hora en coche y unos 40 minutos andando a través de la maleza, con el murmullo del agua corriendo y los chillidos permanentes de miles de millones de cigarras, para llegar por fin a un pequeño rincón de tierra donde dejar las cosas, junto a un amplio charco de frías y apacibles aguas sobre las cuales caía una torrentosa cascada. Me costó un poco al principio encaramarme para situarme bajo esta pero al final, aprovechando que nadie miraba, lo conseguí. Entonces ya les llamé victoriosa para que me vieran allí sentada, cual podio olímpico.

Y nada, allí hemos pasado la tarde. En cuanto tenga fotos os colgaré algunas para que lo veáis :).

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Bravo por este breve diálogo:

– Jai omá, qué caló, tengo un viaje de sed pero no me quiero levantar.

– Yo también, jajaja, de hecho, llevo un rato así.

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