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Nuestro Camino de Santiago, Xacobeo 2010

Camino de Santiago (XI), fin de la aventura

Nos situamos ya en el lunes 26 de julio. Recuerdo que la noche anterior me había acostado a las 8 de la mañana. Pues este día lo dedicamos a un poco más de lo mismo: levantarnos, pasar un rato bastante divertido porque V, A y AR se habían quedado encerrados en su habitación: almorzar (pizzas!), ducha, y siesta. Yo no me la eché porque me dijeron que nos íbamos a ir pronto, que si acaso iban a descansar un ratito, así que me puse a escribir. Un carajo para María. Al cabo de dos horas y pico seguían más sobados que un bebé y yo seguía escribiendo, que llevaba varios días de retraso.

Esta tarde-noche descubrí que tenía un cacho de la planta en carne viva. Un buen cacho, vaya, normal que llevara días viendo las estrellas. Total. Queríamos ir a Finisterra pero solo había un coche y el horario de autobuses era una tremenda basura, así que no pudo ser :(. Nos fuimos a dar una vuelta y acabamos en un local de degustación, cuyas camareras nos embaucaron lo suficiente como para que compráramos y tomáramos allí un par de botellas de vino O´Horreo (coloquialmente llamado entre nosotros “O´chorreo”). Yo adquirí de paso un típico queso de tetilla, aunque posteriormente me he quedado con la sensación de que el ahumado estaba mejor pero bueno, ya no queda ni del primero en mi casa.

Entonces volvimos al mismo pub de la queimada y algunos la repetimos. Me di cuenta de que tomar eso no me hace lo más mínimo sin llevar antes la dosis correspondiente de cubatas pero bueno. Literalmente escribí en el cuadernito: En realidad no sabe mal pero da la sensación de que te estás metiendo algo potencialmente oscuro dentro, como si en un rato te fuera a empezar a corroer el estómago, si fuera físico, o el alma, si fuera… ¿psicológico? No sé, veneno. xD.

Mi qué grupo…

Así que nada, después de un día relajado y algo pendiente del correo electrónico a través del iPhone de PA, esperando novedades de Fréderic que no llegaron, y tras una noche apacible, me despedí de PA y MC (AR ya estaba tirado sobre el colchón en modo off), que a la mañana siguiente partieron “temprano” en el coche para Sevilla, mientras que los demás nos levantamos a una hora prudente para abandonar el piso.

Tocaba ir a buscar regalitos y recuerdos para familiares y amigos, y situamos el “campamento” a un lado en sombra de la plaza enfrente de la catedral. Nada más volver, me dice V: “ha estado aquí Fréderic”, y, cuando ya lo había dado por perdido, se me iluminó la cara: “what?? ¡dónde!” y apareció al ratito, ¡yupi! Me sonrió, me agarró por unos segundos la mano y al minuto, observando que estaba todo Dios medio expectante, le ofrecí ir a dar un paseo. Y nada, andurreamos, se compró una empanada vegetal (es vegetariano), nos reímos, cambiamos de sitio para sentarnos tres veces porque en el primero empezó a haber un ruido de cojones por unas obras o algo y en el segundo pegaba el sol con to sus ganas.

Cree en “God”, pero en el “God” del amor, el “love” que está en todas partes, en cada uno y entre las personas, no el notas con barba larga de ahí arriba que nos mira, “that´s bullshit” xD.

Entonces hubo que volver y pasar por eso que a nadie le gusta: la despedida. Abrazos fuertes, sintiéndolos, adioses con la mano y besos tirados a distancia (con un cariñoso corte de mangas para Boris en medio). Supongo que no los volveré a ver en la puñetera vida pero quién sabe, igual Fred se pasa por Madrid y me avisa por e-mail, si es que le da por abrirlo. Vaya imagen más cómica la de un hippie navegando por internet. Pero me da lo mismo, porque la historia que ya he vivido no me la quita nadie. Quién me iba a decir a mí que al final el camino sí que tiene mucho más sentido espiritual del que pensaba y me contaban.

El viaje en avión se pasó rápido. Por un vergonzoso momento y a causa de un anuncio por megafonía creí que haríamos escala en Madrid pero evidentemente no podía ser, y no fui la única que lo pensó, que conste. El paisaje desde las alturas era admirable. Las curvas de las montañas, el mar, la estructura de las ciudades… Y por fin se me destaponaron los oídos. Aterrizamos en Málaga y nos recogieron mi madre y mi tía, que muy voluntariosamente se dieron el viajecito en coche a por nosotros desde Jerez.

Y se acabó la aventura, a la 1 de la mañana del miércoles 28, lo que se puede considerar todavía como la noche del martes 27 de julio de 2010.

Cada vez que lo pienso me cuesta volver a asimilarlo todo.

Demasiado Grande. Demasiado Fugaz. Comprimido. Del dolor a lo indescriptible. Del comienzo del disfrute a la vuelta ya entre nubes. De un viaje completamente inesperado y planeado en tres días a su término, con un balance final tan bestialmente chocante como fantástico. ¿Un antes y un después? No lo sé, supongo, o no porque en verdad todo sigue igual… pero sí, vaya tela. Muy Fuerte. Intenso. Me llegó en todos los sentidos. No tengo nada más que decir, me he quedado brutalmente bloqueada, no se puede explicar, sin más.

🙂

Camino de Santiago (X), el piso y la queimada

Después de pasar esa penosa media noche durmiendo en el coche de PA y otro rato más en la estación de autobuses, y habiéndonos despedido de R, partimos en busca de un sitio donde desayunar. Parece ser que en Galicia, o al menos en aquel bar, el pan con tomate es una rebanada con tres mijitas de tomate triturado (literalmente, porque los cachitos no cubrían ni el 30% de la superficie del pan) y el pan con jamón es un sándwich mixto, o eso le pusieron a mis amigos. Menos mal que respecto a la mantequilla y la mermelada no había confusión.

V, A y yo fuimos a recoger nuestras maletas en la consigna, que es donde las habían dejado la ajetreada tarde anterior, y fuimos a la Plaza Roja, lugar de encuentro con el viejete que nos llevaría al piso alquilado por dos noches. Fui lentísima, una vez más, retorciéndome por los putos pies y agradeciendo no haber hecho aquellos 25 kilómetros, porque creo que habrían sido brutalmente fatídicos, y por fin llegamos. De lujo: 4 habitaciones, dos baños y una cocina y un salón espaciosos. Tanto el viejo como otras personas que estaban allí se pusieron a colocar las sábanas y a dar un fregao que no veas a la casa. No me pareció mal pero ya podían haberlo hecho antes.

Almorzamos unas fajitas al horno con jamón y queso que me supieron a gloria, nos duchamos y todos a dormir la siesta, pero antes me tiré un buen rato de cháchara con F, mi compañero de cuarto :). Como dos horas a gustísimo, tras las cuales decidimos descansar un poco o no íbamos a durar mucho para la segunda noche en Santiago. Sobre las 21:00 me despertó PA y claro, tocaba cenar (casi se me habían fundido las dos comidas), una bandeja impresionante de filetes con nata y patatas. El pan se cayó como tres veces al suelo y cada vez resultaba más absurda que la anterior pero bueno, menos mal que no cayó la carne.

La Queimada.

Esta noche fui aún más fresquita que la anterior, y por suerte la temperatura estuvo inmejorable, agradabilísima. Nos cruzamos con los granadinos, les saludamos y tal y avanzamos un poco más. Subiendo unas escaleras, nos posicionamos a una distancia prudente de un escenario del que no paraba de sonar música celta. Los chicos se marcaron unos bailes espectaculares. Ya con una buena dosis de Negrita en vena y el último vaso sin hielo (puaj), dimos una vuelta. Ahí sí que ya no me notaba tan mal los pies, ¡la naturaleza y el cuerpo humano son alucinantes! Nos cruzamos con unos cuantos chavales que creo que habíamos visto la noche anterior pero no estoy segura, no me quedé con las caras, y fuimos a un bar con cuya camarera estos se sentían en deuda, ya que en otro camino anterior habían estado allí y habían dicho que volverían. La muchacha probablemente no se acordaba pero bueno, bien que nos lo pasamos entre la música, algo de baile y la quemazón de la queimada, vaya tela de bebida, su paso por la garganta da una sensación de estar metiéndose veneno hasta la mismísima alma. No lo noté fuerte en sí, era raro. Había que tomarla, es típica de allí.

Así que nada, llegamos primero 4 de nosotros al piso, nos fundimos la pizza que había, llegaron los demás, se cagaron en nosotros y me tiré hasta las 8 de la mañana hablando con PA. No podía haber salido el día más perfecto :D.

Camino de Santiago (IX), Arzúa-Santiago

Sábado 24 de julio de 2010, año Xacobeo. Prepárate a morir. De Arzúa a Santiago hay 38 kilómetros y son los que se iban a hacer aquel día. No había dormido demasiado bien, me había despertado muchas veces y cada una de ellas era más extraña que la anterior, sobre la media colchoneta del polideportivo. Nada más levantarme, el dolor de pies se me hacía difícilmente soportable. Venda, apósitos, vaselina (ya esta era para nada, se supone que previene las ampollas pero ya las que habían salido no las iba a quitar)…

Antes de acostarnos la noche anterior, una muchacha de rostro angelical se había acercado a preguntarnos si íbamos a ir directamente a Santiago, y manifestó su deseo y el de sus compañeros de hacer lo mismo en vez de llegar allí el domingo, pero dependían de lo que le permitieran en el grupo, que no sé quién se encargaría de llevarlos. Tras desearle suerte y que Boris fallara en su intento de recibir un beso de la chica, a la mañana me la crucé y le pregunté pero nada, no les dejaban, qué lástima.

Total, después de una hora y media larga caminando, a mi ritmo y acompañada de PA mientras que los demás a saber por dónde iban, no pude más. Ya estábamos por el kilómetro 30, pero el dolor no remitía. Los pies ya se habían calentado, y seguían inquebrantables en su reventaera… Así que, para mi vergüenza, después de pensarlo mucho, llorar, desviarnos y acabar esperando en un bar, tuve que coger un taxi. PA se portó genial conmigo, aunque lo llamé pesado varias veces de lo cabezota que estaba por no dejarme sola, el pobre.

Ya en soledad, seguí debatiéndome conmigo misma en torno a dejar al taxista la maleta y yo seguir caminando, aunque fuera a mi ritmo… pero es que daba igual el paso al que fuera, me ardían, me dolían, me reventaban, se me descuajaringaban, me moría a cada paso, y mira que estaba cabezota pero nada… Llega el taxi y el buen hombre, con un acentazo gallego que no me permitió entender el 70% de lo que me decía, conseguí entender su proposición: montarme, ir hasta el Monte Do Gozo (a cinco kilómetros de Santiago) y durante el camino que decidiera si me dejaba donde me había recogido o me quedaba ya allí.

Por ahí me metí buscando un baño. Me gustaba pasar las manos sobre las plantas a la altura de mi cabeza.

Claro… después de recorrer todo aquello en coche, sintiéndome como una jodida perdedora pero con la misma tortura física ya permanente, me quedé en el monte. Qué puto asco. 25 kilómetros al carajo. Llamé a mi madre y, mientras dejaba salir (por fin) las últimas lágrimas del camino, me dijo claramente que me quitara las tonterías. Así que me compré una caña de chocolate y, cuando la acabé, me senté a la altura de un murito que había por allí, me puse la gorra negra y las gafas de sol y procedí a entretenerme un rato escribiendo, mientras esperaba a que llegaran los demás para recorrer los últimos 5 kilómetros con ellos.

¿Qué pasó? Que estaba yo con la cara agachada ahí en mi esquinita enfrascada en el cuaderno cuando de repente escuché la voz de R, aquel malagueño que conocimos en Triacastela, nada más llegar al camino francés. Alcé la mirada y dudé por unos segundos, ya que tenía el sol de fondo cegándome brutalmente y dejándome ver solo su silueta, pero aquel tono era inconfundible. “¡María!” exclamó cuando le llamé. El pobre tenía unas tendinitis de la hostia, así que, cada uno lisiado a su manera, decidimos tirar para Santiago a nuestro ritmo.

Casi dos horas después, con un calor del copón y habiendo atravesado media ciudad, llegamos a la cola para que nos dieran la compostelana, el documento que certifica que has hecho el camino de Santiago, para el que hay que enseñar la compostela con los sellos de los pueblos y tal. Dos horas más esperando, llegaron los demás chicos y todo, fui a verlos, estaban en la plaza de la catedral tirados, muertos del cansancio. Volví a la cola, que me llamó R porque estaban a punto de darle la compostelana y como me habían dicho que si incluyes los “motivos religiosos” el documento es más bonito pues yo lo dije, aunque fuera un embuste brutal.

Vuelta a la plaza. Este fue un rato raro, como de tránsito para mí. Miraba a los demás, tumbados en el suelo, apenas sin hablar, apoyados en las mochilas y mirando hacia la catedral. Hice lo propio mientras me sentía de nuevo, ahora aún más fuerte y conscientemente, como una puñetera fracasada, una pringada fuera de lugar entre los que se habían hecho los 38 kilómetros íntegros.

Por suerte, se me pasó sin darme cuenta entre que vigilaba las esterillas en el espacio que habíamos cogido, permanecíamos pendientes de si había algún sitio donde quedarse aquella noche, mantenía la conversación más normal que he podido tener con Boris (junto con una litrona, por supuesto) y, finalmente, nos movíamos de la plaza porque ya los demás no podían acceder desde fuera (post-entrada de los reyes y todo).

Lo siguiente consistió en organizarse un poco, llevar algunas cosas al coche (mientras esperábamos algunos sentados en otro sitio, nos preguntábamos por la presencia de una misteriosa mujer al lado… yo me sentía como si jugara al pollito inglés con ella, porque cada vez que me giraba se encontraba más cerca, ya no sabía qué pensar), comprar la bebida y, a las horas, posicionarnos cerca de la plaza para ver los magníficos fuegos artificiales a las 12 de la noche por el día del Xacobeo, el 25. Entonces nos retiramos a cenar, algunos en un burguer, y el resto de la noche, hasta las 4 de la mañana aproximadamente, lo pasamos junto a un escenario que había por unos jardines cercanos. Bailé un poco de salsa con F (qué arte tiene, joé), dimos vueltas y me lo pasé bastante bien. Ya estábamos en Santiago, con el más que merecido alcohol. Hice una ronda con PA de pedida de hielos. Nunca lo había hecho antes pero tuvimos bastante éxito. Yo iba a por los chicos y él a por las chicas. Fácil y sencillo. Se siente una poderosa y todo, consiguiendo lo que quiere xD.

Llegó un momento en el que ya el cansancio hacía mella y tampoco había nada más que hacer allí así que nos retiramos, AR y yo en taxi, hasta el coche de PA, en el cual dormimos 5 personas mientras que las demás, que yo supiera, pasaban la noche a la intemperie, claro que a las 4 horas ya no pude más, me salí del coche y me dijeron que habían estado metidos en la estación de autobuses, donde incluso hacía calor. Genial, gracias por la información (tardía). Pero bueno, qué más daba, ¡ya estábamos en Santiago!

Camino de Santiago (VIII), Palas de Rei-Arzúa

Una marcha diferente. Ya estábamos a viernes 22 de julio y se trataba de la penúltima etapa, al final de la cual nos encontraríamos con PA, MC y AR, que llevaban un par de días viniendo por el norte en una especie de “camino express”, ya que no tenían tiempo suficiente como para dedicar dos semanas al viaje.

Cabe destacar que desde el martes no sentía presión agónica ni de ningún tipo :D, ya todo fluía conforme al sentimiento peregrino… y al incremento del dolor de pies.

¿Por qué fue esta una marcha diferente? Porque la hice sola. O casi. Os explico: me despierto, me levanto, hostialaputa, cómo me duelen los pies. Igual que durante la tarde del día anterior, claro, horroroso, un comienzo de la marcha para hincharse a llorar. Y eso hice, mientras les decía a los chicos que se fueran adelantando, que yo iría a mi ritmo, y menos mal que me hicieron caso, no era plan dar muestras de debilidad gratuitas.

Al rato de echar lágrimas hasta que no pude más, acordándome de todo tipo de cosas chungas que me habían pasado en otros tiempos con el objetivo de descargar aún más y mejor el dolor (puede sonar masoca pero ya que empecé, lo terminé a saco), me sentí como nueva. De espíritu sobre todo, los pies tardaron un poco más en calentarse pero por suerte a su vez fueron adelantándome, aparte de otros cientos de peregrinos, los alemanes que nos habían acompañado la noche anterior, y resultó que le pregunté qué tal estaba a uno de ellos y el muchacho, llamado Moritz, (“mo”, dicho como el camarero de los Simpson para los amigos, porque no veas para pronunciar su nombre completo) se quedó conmigo ya durante como dos horas, durante las cuales adelantamos tanto a mis amigos, que habían hecho una parada y a los que dejé allí (me acojonaba solo de pensar en pararme, que se me enfriaran los pies, reanudar la marcha y pasar otra vez por aquella tortura) y nos encontramos también a los amigos de este chico, y ya se quedó con ellos. 19 años tiene y hablamos en inglés (¡yupi, a practicar el idioma otra vez! Me acordé mucho de mi padre, pensé que se alegraría de que hubiera mantenido conversaciones normales en inglés, con las pullas que me ha soltado un par de veces este verano sobre ese tema :P), muy majo. Opina que el francés es una lengua de gays. Normal, el contraste entre alemán y francés tiene que ser ultra exagerao, vamos.

Esta es de otro día pero la pongo para amenizar tanta letra ;).

Después de ese par de horas acompañada, seguí. Solo me paré a buscar un baño provisional y ni siquiera me senté. Creo que tenía tal miedo a mis pies que si se me hubiera interpuesto por el camino un toro lo habría saltado antes que pararme a pensar en buscar otra ruta. No hombre, es broma, pero para que os hagáis una idea. No sabía ni cómo caminaba, sabía que me estaba haciendo un montón de daño pero tenía que aprovechar el adormecimiento del dolor hasta el final. Así que nada, de 7 de la mañana a 13 del mediodía, seis horas sin parar, alguna llamada de PA, otra para mi madre, y el resto solo la naturaleza y yo. Durante un buen rato consistió en tierra y alrededor un porrón de árboles, dando lugar a un camino fresco y tranquilo, reflexivo, relajado.

Creo que fue A el que había dicho hacía unos días que el camino sirve para pensar en todo lo que no piensas durante el resto del año. Lo intenté pero no me salió bien, porque todo lo que se me venía ya lo había pensado en realidad. Lo diferente para mí era donde estaba en el presente, lo que había hecho esos días, y alguna que otra posibilidad para un futuro incierto. Quizá en esto último sí que cupo algo más nuevo, pero lo realmente innovador eran las sensaciones exteriores que me acompañaban. Y muchas renovadas ganas de viajar y comerme el mundo.

Y a lo largo de la última media hora y 2 kilómetros, finalizados con la eterna avenida del puñetero pueblo, también venía conmigo un cansancio y la impresión de estar ya maltratando mi cuerpo, pero junto con el deseo irrefrenable de no parar y llegar hasta el albergue. Allí estaban ya PA y MC, a los que abracé y besé para acto seguido postrarme en el suelo y quitarme los deportes y el doble par de calcetines que llevaba. Que, por cierto, me los dejé olvidados allí. Hay que ser Gilipollas, vamos, y mira que me los colocó PA sobre los zapatos, pues toma Retrasada Mental. Esperamos a los demás, llegaron A, V y F, y AR, también había por allí granadinos y demás gente que llevábamos viendo desde Triacastela.

Por fin, cabrón (el cartel).

No quedó sitio, así que nos fuimos al polideportivo, que no veas si estaba lejos, o se me hizo a mí así por la reventaera que llevaba encima. Bueno, debajo, en las plantas de los pies. No me gusta tanto repetir la misma palabra pero no sé qué sinónimos emplear y es que estos días se merecen esa palabra: PIES, seguido de SU PUTA MADRE incluso pero esto ya no queda bonito.

Se me saltaron las lágrimas otra vez, por Dios, ya sí que no pegaba, coño, que ya se había acabado. Me vino a recoger la maleta PA, porque iba lentísima, y se pensó que me pasaba algo más. “No había visto a nadie llorar solo por dolor físico”, me dijo. Pues nada, siempre hay una primera vez. Yo creo que tampoco lo había hecho nunca por esa causa exclusivamente. Me tiré la tarde en cierto modo medio encabroná conmigo misma y con mis pies, qué mal lo hice para acabar así, joder, pero después de la ducha y de entablar conversación con uno de los granadinos mientras lavábamos la ropa, la mar de simpático (y guapo), me sentí mejor.

Además, llegó Fréderic, me curé las pompas mientras hablábamos un ratillo, me reuní con mis amigos y el porrón de granadinos, que se hallaban en círculo pendientes del pique de chistes entre uno de ellos y V (no veas qué hartón de reír), y ya luego procedimos a cenar, a recoger y a organizarnos un poco el horario del día siguiente, última etapa, 40 kilómetros de un tirón.

Antes de acostarnos, Fréderic me ofreció irnos al día siguiente caminando juntos para charlar tranquilamente y tal, cosa que me emocionó un huevo, pero como él es hippie y va a su ritmo siempre desistí, porque se pensaba levantar a las 8 o cuando se le abrieran los ojos felizmente mientras que mis amigos iban a despertarse a las 5 de la mañana, lo cual era lo más lógico teniendo en cuenta el porrón de horas que había que caminar.

Así que nada, salí afuera, que estaba el francés sentado en un banco junto a una pareja sudamericana muy agradable, le dije que no podía ir con él, lo comprendió y vimos un rato las estrellas. Momento precioso, a gustísimo, una de esas burbujas en las que se para el tiempo porque solo nos pertenece a nosotros…

No tardé en meterme de nuevo en el polideportivo y acostarme porque había que madrugar. Pero menuda última etapa me esperaba, me cago en tó.

Camino de Santiago (VII), Portomarín-Palas de Rei

Otro amanecer.

A estas alturas empezó ya a venir el dolor de pies, aunque la etapa no se me hizo larga ni nada. Boris llegó horas antes que nosotros, el mamón, que va follao, y nos pusimos, para variar, en la cola del albergue, donde había sitio pero se formó una pequeña trifulca con una de las encargadas, gorda y amargada por lo visto, con la cual empezaron a discutir un poco esta gente porque la cocina no funcionaba y claro, eso es para exigir que al menos te bajen el precio de la noche. Un mojón pa nosotros, naturalmente.

Con menudos bicharracos nos cruzamos en esta marcha.

Así que, al haber pasado hacía un kilómetro el polideportivo del pueblo y otro albergue, permanecimos enfrente de la puerta del municipal almorzando unos bocadillos con atún, queso y tomate frito, muy buenos, y esperando posteriormente a que abriera algún comercio para comprar… no me acuerdo ahora qué, algo para hacer una especie de camping gas con lo que hacer la cena.

Estos estaban tirados en un cacho de césped sobre las esterillas y yo cuidándome las pompas y charlando un ratillo con Abdul, un joven negro de Guinea que venía con un grupo organizado y al que ni siquiera habían informado de lo que iban a hacer. Él, to simpático, se esperaba que les llevaran en coche a visitar sitios, no caminar 7 horas al día. La conversación empezó porque durante la mañana le había visto cojear y al adelantarle le dije lo típico: “buen camino, ánimo”, y claro, al llegar ellos se quedaron en el albergue y pasando por enfrente de mí le pregunté cómo estaba… mientras yo me curaba las dos o tres nuevas brutalísimas ampollas que me habían salido. Total, un chico muy majo.

Cuando nos pusimos en movimiento, retrocedimos aquel kilómetro y ahora sí que lo flipé en colores con los pies… Pero bueno, llegamos al polideportivo y los chicos descubrieron una pedazo de cantidad inhumana de mierda en el baño que yo ni me atreví a mirar tal como me la habían descrito, así que huimos de allí en principio a las duchas de la piscina próxima, pero como nos dijeron que el agua salía fría, optamos por quedarnos en el albergue de al lado.

Menos mal que me duché sola porque en este momento sí que sentía las plantas como si formaran un ente aparte y terrible de mi cuerpo. Vamos, que me puse a quejarme, a cagarme en tó y a lloriquear del dolor que llevaba. Luego cenamos un par de pizzas hechas en el microondas (¡hombre, segunda cocina del camino!) y algunos se comieron una lata de albóndigas… Que no debían calentarse en el mismo envase, cosa que averiguaron después de consumirlas pero bueno, todos sobrevivieron. Fréderic también se quedó allí, y volvió a tener su momento con la guitarra (a mi lado justo otra vez, jeje), esta vez con bastante más público, que le aplaudió :).

Y nada, el último rato de la noche lo pasamos en medio de un frío atroz algo más alejados de la entrada del albergue porque estábamos hablando demasiado fuerte y la gente ya estaba durmiendo. Y a descansar… Tras escuchar una tremenda pedorreta que nos dejó locos a todos. Se tuvo que quedar bien a gusto al que se le hubiera escapado, vamos, vaya tela.

¿A que parece que la copa del árbol está colgando del cable? Pues no, sino que el muy listo del tronco hacía un giro de 90 grados en ángulo recto justo por debajo del cable esquivándolo.

¡Sabia naturaleza!

Camino de Santiago (VI), Sarria-Portomarín

Para mí, la mejor etapa. Para A, me da que de las peores, debido a que se cambió los zapatos con F para que este fuera mejor. La consecuencia directa fue un tremendo mal rato para A, sobre todo en las cuestas abajo por lo visto (no había visto a nadie que se pusiera a tocar las palmas para combatir el dolor xD, evidentemente, lo hacía de cachondeo), y no me extraña con aquellas botas, de las que se vengarían ambos estrellándolas contra el suelo y tirándolas a un contenedor al día siguiente.

Pues eso, esta marcha es la que menos que costó y la que más disfruté. Me resultó la más bonita de todas y ya al llegar a Portomarín el paisaje se pasa de bello, como podéis observar en la imagen. Solo nos quedaba cruzar ese puente. La cola del albergue era ya considerable pero se trataba de uno de los más espaciosos, así que no hubo problema. De hecho, los mismos catalanes a los que habíamos dejado nuestras plazas en Sarria se encontraban allí, y nos cedieron su puesto porque pensaban caminar unos 13 kilómetros más. Que me mataran para hacer 13 kilómetros más a partir del mediodía, vamos. Solo sé el nombre de uno de ellos: Emanuel, creo. Rubio, simpático, con unos ojos verdes claros bastante llamativos y, en conjunto, un cachondo mental. Allá que se largaron él y los otros dos, que eran pareja, chico y chica.

Total, que nos duchamos, compramos la comida (para no variar) y tuvimos el mejor almuerzo peregrino del camino. Exacto, esa pedazo de fuente con arroz y habichuelas. No voy a decir que estaba ultra soberbio pero sí bueno, se dejaba comer muy a gusto, sobre todo ante la perspectiva de más bocatas de no ser por la cocina del albergue.

Y nada, echamos parte de la tarde en la piscina del pueblo y para cenar nos hicimos otra buena fuente de pasta, en este caso macarrones. La última parte del día concentró lo mejor, como de costumbre: charlando en la plaza principal, siendo fotografiados en comuna para, en teoría, publicarlo en La Voz de Galicia del viernes (pero no salimos, normal, a saber cuántas fotos llevaría el notas), conociendo a la futura alcaldesa de Portomarín (que más que eso me dio la impresión de ser una zumbada, con el desparpajo que me traía) y, tatatachán, hablando con Fréderic. Él se estaba quedando en el polideportivo y cuando apareció, al ratillo sacó la guitarra y dio la casualidad de que se sentó a mi derecha, y lo escuchamos y empecé a conversar con él. Y así seguí hasta que a las 23 de la noche ya tuvimos que retirarnos. Me encantó conocer a alguien tan agradable de forma tan espontánea, y de paso practicar el inglés.

Fréderic es rubio, moreno de piel (en ocasiones rojo), de ojos azulísimos, pelo largo que no se peina desde hace tres años (ya decía yo que eso más que rastas parecían nudos, aunque sí se lo lava), 34 años, de los cuales se ha pasado caminando los cuatro últimos, en especial por Asia. Me gusta mucho su sonrisa, sincera, le hace más joven. Es posible que ahí comenzara una curiosa conexión entre ambos, o que me agrade imaginarlo pero vamos, creo que sí :).

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