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Siete tetas y cuatro torres

Este lunes fui a Vallecas. Nunca había estado en ese barrio y a todo el mundo le da bastante mal rollo pero en mi caso el plan resultó ser de lo más agradable. Por lo visto hay una zona cerca de la parada de metro Buenos Aires con una frondosa vegetación y dividida, aparte del resto del terreno plano o en cuesta, en siete montes que se hacen llamar tetas, de ahí el título del post y mi cara de sorpresa la primera vez que escuché el término sin llegar a comprender a lo que se refería en un principio (“desde esta teta se ve…”, y yo: “¿cómo?”).

Pues desde una de las tetas más altas pude divisar ampliamente una buena parte de Madrid. Un Madrid iluminadísimo, en pleno apogeo todavía a aquellas horas de la tarde-noche, y nosotros sumidos en una considerable oscuridad y a una distancia prudente de varias parejitas ataviadas con sus correspondientes mantas, incluidos nosotros, ya que hacía un frío del copón.

No, no saqué fotos, se me pasó por completo y tampoco creo que se hubiera visto mucho de noche, pero a cambio tengo una anécdota en torno a la vuelta de Vallecas al día siguiente. Me monto en el metro, esta vez el de Puerto de Vallecas. Me ahorraba así unas tres paradas de metro a cambio de un corto paseo matutino, no estaba mal para despejarse. ¿Qué pasó? Pues que iba yo en la línea 1, la celeste, y veo que va a Atocha Renfe. Y yo oh, perfes, así cojo el cercanías allí en vez de hacer trasbordo en el metro y cogerlo en Méndez Álvaro, que es lo que había hecho a la ida.

Pues yo no sé qué coño hice que me metí en un cercanías que se recorrió medio Madrid. Empecé a ver un poco de campo, y luego más, y luego una bestialidad vegetal y la civilización alejándose cada vez más…

Una hora de camino. Una hora, cuando a través del metro te recorres Madrid entero en 30 minutos. O en 45 pero vamos, lo mío sigue siendo una burrada. Y todo por experimentar, así de guays, por no prestar atención. Quería llegar pronto a casa y me encontré con que aquel tren pasaba hasta por Majadahonda, he aquí la prueba.

Llegó un momento en el que, aparte de hartarme de contemplar el bonito paisaje campestre (por sacarle algo positivo), empecé a apuntarme las paradas. No sé por qué, para aumentar lo cómico del asunto, supongo. Recoletos [laguna de unas 4, 5, o yo qué sé cuántas estaciones], Ramón y Cajal, Pitis, Las Rozas, Majadahonda, El Barrial, Pozuelo, Aravaca y finalmente Príncipe Pío, mi destino. Solo diré que aquí cojo el autobús a Villaviciosa (22 km) y que Majadahonda está a 17 km de Príncipe Pío.

Ya no había ni edificios, pa qué. Casitas, muchas casitas muy cucas y monas, construidas igualitas y a montones y desperdigadas ordenadamente por aquel paraje del culo del mundo. Aunque en realidad el recorrido más duradero fue de Pitis a Las Rozas, si no recuerdo mal. Tan largo fue que a lo largo de las siguientes estaciones me ponía contenta cada vez que anunciaban la siguiente parada sin tardar tantísimo como en el viaje Pitis-Las Rozas.

Esta vista me gustó mucho, aunque no conseguí sacarla nítida ni menos torcida entre el movimiento del cercanías y que se me iban a escapar por la ventana.

Para que os hagáis una idea más clara del paseo que me di, “Impr pant” del Google Maps. Olvidaos de la mitad de la derecha, la parte importante de esta captura es la izquierda. Exacto: hacia el norte, Pozuelo, Majadahonda, Las Rozas… ¿Dónde está Villaviciosa? A una distancia bien parecida, solo que justo hacia el sur, veis el pueblo en la esquina inferior.

En fin… Otra anécdota para la lista (y para que os riáis de mí).

El flamenquito del cercanías

Cuando cogí el cercanías el sábado por la mañana de camino a Atocha para ir a Jerez, no me esperaba encontrar a tal personaje.

Se trata de un viejecillo que procedió a recorrer el vagón tomándose su tiempo y sin dejar de hablar a la vez que a cada ratito se daba él solo un zapateado curioso acompañado de los toques de su bastón en el suelo al compás de los pies.

No es que bailara, no, el hombre no estaba para esos trotes, pero sí que portaba un rostro bastante carismático. Miraba a la gente a medida que iba pasando y estuve largo rato intentando concentrarme para hacerle una buena foto, pero me habría pillado en seco de hacérsela de frente y no me atrevía porque todavía no sabía si estaba loco, borracho, medio zumbado o cantando simplemente por caridad, así que decidí, al bajar en la estación y divisarlo a lo lejos, sacar la mejor perspectiva que pude desde el piso superior.

Ya antes de bajarme del cercanías deducí que daba su espectáculo para pedir dinero, ya que vi a un muchacho darle algo y poco después, precisamente desde las alturas, lo contemplé tanteando el monedero ese entre las manos.

Un ser atrevido y peculiar aquel. Las únicas palabras que capté más o menos de la retahíla que soltó fueron: ¡hay que cambiar el móvil! Supongo que hablaba de la crisis…

Hablando de viejos… me merezco una paliza por un gran fallo que cometí a la vuelta del puente. Iba en el Talgo y había un señor durmiendo en mi asiento. Pensé que le habría tocado la silla del pasillo y me fui a colocar mi maleta. Entonces al volver vi a una mujer que se iba a sentar en ese asiento y les pregunté, porque ya resultaba más rara la cosa. Resulta que el hombre se había confundido de asiento. Bueno, él no, la azapata subnormal y zopenca que le llevó al coche 7 en vez de al 6, como ponía en su billete. Yo aludí que podía moverme yo al otro vagón pero entre pitos y flautas vi al viejo levantarse… con la ayuda de la otra mujer, bastón en mano y un paso más que vacilante. Me entró un apuro de la hostia, ya que ni de coña me imaginaba que estuviera en ese estado, ni siquiera lo veía muy mayor en sí, e intenté inútilmente arreglarlo toda apurada: “¡no, no, no, quédese sentado, yo me voy al otro vagón!”, pero él dijo que no importaba, y allá que se puso en camino…

Valiente mal cuerpo que tuve mientras lo veía moverse a través del pasillo con la otra mujer detrás llevándole la maleta y valiente el malestar que me acompañó durante parte del viaje.

Ya has aprendido algo nuevo, puñetera y despreciable levanta-viejos de sus asientos. El procedimiento suele ser al revés: los jóvenes ceden su sitio a los mayores.

Primer premio a la ineptitud.

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